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Capítulo 09. Dulce vorágine inesperada.

Octubre 26th, 2012 Leave a comment Go to comments

El día había resultado abrumador para Augusto. Se sentía profundamente cansado cuando llegó a su departamento y todo lo que deseaba era tomar un baño y acostarse a dormir, pero ni bien entró, su celular comenzó a sonar insistente. Con curiosidad, decidió ver quien le llamaba y fue cuando notó que la llamada provenía del celular de Ernesto. Fastidiado, decidió ignorar la llamada, colocó su teléfono móvil sobre la mesa de centro de su sala, encendió el televisor y comenzó a preparar su baño.

El teléfono sonó insistentemente durante algunos minutos más, pero Augusto no estaba interesado en responder. Medio desnudo, entró al baño y continuó sus preparativos. Decidió rasurarse ahora, aunque usualmente lo hacía por la mañana, antes de su acostumbrada ducha matutina; así, ahorraría algún tiempo en la mañana.

No era hombre de excesivo bello facial; de hecho, aunque no lo necesitaba, se rasuraba diariamente. No le gustaba sentir su rostro rasposo por la barba, así que no le daba oportunidad de que creciera.

Se lavó los dientes, cepillándolos concienzudamente. Odiaba el mal aliento y procuraba asear su boca con el mismo esmero con que aseaba su cuerpo.  Dio un sorbo al enjuague bucal para sentir la frescura de la menta en el interior de su boca. Luego, abrió la regadera y esperó un par de minutos a que el agua caliente comenzará a correr.

Escuchó su teléfono sonar de nuevo, pero no le interesaba contestar, así que se metió a la tina, intentando relajarse. Quiso dormitar un rato, para despejar su mente, para relajar su cuerpo, pero el maldito teléfono volvió a sonar, insistentemente, persistentemente, negándole esos minutos de la paz que tanto ansiaba.

Por fin el teléfono cesó su incesante timbrado y supuso que ahora sí le dejaría Ernesto en paz. Sabía que no le buscaba por cuestiones de trabajo. Sabía que era una costumbre de Ernesto llamarle por la noche para invitarle a acompañarlo a algún centro nocturno de moda.

En el fondo, Augusto odiaba esos lugares. Le irritaba el ruido estridente de una música que no le permitía hablar con quien quiera que le acompañara. Le parecía irónico que lo que debería ser un centro de reunión para departir con amigos y conocidos, se convirtiese en un recinto en el que no podías escuchar ni tus propios pensamientos. Además, sabía que lo que Ernesto buscaba era conocer nuevas candidatas para satisfacer su interminable necesidad de estrenar novia y que la única razón para pedirle que le acompañara, era para no estar solo si encontraba a la “chica de sus sueños” en medio de un grupo de mujeres.

Muy en su interior, Augusto despreciaba las invitaciones de Ernesto porque no creía ser el indicado para ayudar a Ernesto en su búsqueda de nuevas conquistas. Al final, Ernesto le dejaría por su cuenta, con alguna amiga que no dejaba de expresar con su lenguaje corporal el aburrimiento al sentirse relegada a ser la acompañante de un tipo que no le hablaba o, que si lo hacía, no le hablaba de cosas que pudieran interesarle en lo más mínimo.

Lo que Augusto no sabía, era que Ernesto intentaba incansablemente de conseguirle una novia a él. En realidad, Ernesto pensaba que Augusto debía darse una oportunidad; sin tan sólo fuera… menos… nerd… pensaba.

Se cansó de instruir a Augusto en lo relativo a la conquista, pero él simplemente no captaba la idea. Muchas veces le explicó que al tratar con una mujer debía intentar ser él mismo, hablar si quería de tonterías, pero tratar de hacer sentir a la chica cómoda con su compañía. Le indicó persistentemente que ser él mismo simplemente significaba mostrarse tal y cual es, sin presumir de sus conocimientos o de la importancia de sus proyectos. Sólo ser él. Repetidamente le dijo que él tenía lo necesario, que no tenía que pretender impresionar con sus logros, sino con su personalidad, pero Augusto era incapaz de comprender ese extraño idioma que Ernesto empleaba al intentar enseñarle el arte de la seducción.

El fardo de su inseguridad era tan pesado, que Augusto suponía que nada podía haber en él que le resultara interesante a una mujer. No se consideraba atractivo, aunque vistiera con elegancia; ni qué decir de sus sentimientos, que él mismo devaluaba; peor todavía, en muchas ocasiones… simplemente enmudecía. No tenía idea de qué decir y comenzaba a balbucear.

En ocasiones, se armaba de un valor que no sabía en qué parte de sí encontraba e intentaba hablar, pero no paraba de hablar de aspectos de su trabajo, de la importancia de los proyectos en los que participaba, presumía sus conocimiento y muchas veces corregía a sus interlocutores.

A la gente no le gusta que le digan que están equivocados”, reprobaba Ernesto, pero Augusto no podía evitarlo, por más que se lo hicieran ver.

Tienes que aprender a escuchar”, Ernesto insistía. “Pero escucho cada palabra que me dicen…”, trataba de replicar Augusto y entonces, Ernesto volvía a intentar –como siempre lo hacía-, de hacerle ver que a lo que se refería era a prestar la suficiente atención, tanto a las palabras que le decían, como a las expresiones gesticulares que articulaban, de manera que pudiera formarse una idea de lo que en realidad estaba sucediendo en la mente de quien le hablaba, pero era inútil. Precisamente esa era la carencia principal de Augusto.

Había permanecido en la tina no más de veinte minutos cuando alguien llamó a la puerta.

-       ¡Dios! – dijo Augusto con fastidio. – ¡Ya voy! – Gritó. – ¡Demonios! ¿Es que no piensa dejarme en paz? – Gruñó. Se puso una bata y salió a recibir a Ernesto.

Abrió la puerta enojado y, efectivamente, era Ernesto quien llamaba.

-       Iba a preguntarte por qué no contestabas mis llamadas, pero ahora es redundante. – Dijo por saludo Ernesto.

-       ¡Por dios, Ernesto! ¡No estoy de humor para salir esta noche! – Le reclamó Augusto.

-       ¡Ah no! – Insistió Ernesto. – No puedes negarte esta vez. – Dijo, pretendiendo suprimir cualquier pretexto. – Ya hice una doble cita y las muchachas nos están esperando. – Le informó. – Además, la chica que te conseguí está buenísima.

-       ¿En serio? En la escala del uno al diez… – Iba a decir, evidentemente interesado, pero se arrepintió de pronto y cambió su oración. – ¡No! Ya te he dicho que estoy cansado y lo que pienso hacer ahora es irme a la cama a dormir. – Rectificó.

-       ¡Nada! ¡Nada! – Se negó Ernesto a aceptar su respuesta. – ¡Vamos! – ordenó haciendo que le siguiera hasta el armario de su cuarto, abriéndolo y buscando un atuendo apropiado para la velada. – ¡Pero qué aburrido eres en tus gustos! – Le regañó. – ¡Mira! No tienes más que formalidad en este armario. – Dijo, criticando la elegancia de Augusto.

Augusto vio su oportunidad y, lejos de enfadarse por los cuestionamientos de su amigo en relación con su manera de vestir, decidió utilizar este recurso para negarse una vez más.

-       ¡Hecho! – Dijo Augusto. – En vista de que no tengo nada presentable para este compromiso al que no quiero acudir… – comenzó a insinuar.

-       Jeje… ¡Buen intento, amigo! Pero de esta no te me vas a escapar tan fácil. – Le advirtió. Sacó el traje que consideró más apropiado y le dijo: – Toma, ponte este y déjame escoger los accesorios mientras te vistes. – Ordenó.

Al ver que no podía evadirlo, aunque siguió reclamando, empezó a vestirse, mientras Ernesto elegía zapatos y cinturón para él. Luego, Ernesto comenzó a examinar sus lociones y le indicó cuál usar.

-       Te pareces a mi madre. – Reclamó Augusto ya más tolerante.

-       Sólo quiero lo mejor para ti, hijito. – Respondió Ernesto burlón.

-       ¿En verdad está buena tu amiga? – Preguntó Augusto con descarada curiosidad.

-       Mi amiga está buenísima, pero junto a la que te conseguí parece monja. – Respondió Ernesto.

Y así, los amigos salieron del departamento y abordaron el auto de Ernesto.

* * *

Algunos minutos después, se encontraban con dos jóvenes mujeres en un centro comercial. Las dos eran increíblemente hermosas, pero una de ellas fue la que atrapó al instante la atención de Augusto. Desde el momento en que las jóvenes les saludaron en la distancia, Augusto quedó hipnotizado con la belleza de esta mujer, pero supuso que ella era la chica que acompañaría a Ernesto. Después de todo, ¿qué podía esperar? Ernesto era conocido por salir con las mujeres más hermosas.

Algo había en esa chica que enamoró de inmediato al pobre Augusto. Desde el primer instante supo que su destino estaba ligado a ella. Era notablemente hermosa, pero algo transmitía en su expresión que le cautivó sin más, sin la posibilidad de revelarse ante esa irresistible atracción que esta mujer ejercía en su ser.

En su fuero interno, mientras caminaban hacia ellas, intentó resignarse a no tener tanta suerte. Ernesto, por su parte, hablaba sin parar; pero Augusto dejó de oírle desde el mismo instante en que la descubrió a ella en la distancia. No se enteró de ni una palabra de las que decía Ernesto, quien fastidiosamente le repetía la misma letanía que tantas veces le había escuchado, aconsejándole ser él mismo, guardarse para sí sus logros e intentar hacer sentir a gusto a la chica que le acompañaría.

No le escuchó. De cualquier modo, no era necesario. Sabía de sobra lo que Ernesto le repetía, una y otra vez, sin que él llegase siquiera a comprender la esencia de sus consejos.

Desde la perspectiva de Augusto, el tiempo había detenido su inexorable marcha. El bullicio a su alrededor calló en un instante y todo cuánto ocurría en su entorno, sucedía en una dimensión paralela, a la que había dejado de pertenecer. En esta, su nueva dimensión, sólo dos seres existía: él y esa hermosa chica de la que no podía apartar su mirada.

Por fin llegaron hasta donde ellas estaban y Ernesto inició las presentaciones.

-       Esta bellísima dama es Camila, la mujer de mis sueños – dijo, presentándole a la amiga de la chica que le había extasiado – y ella es Diana Evelyn, su mejor amiga. – Augusto no podía creer que la fortuna le sonriera. Por primera vez en muchísimos años –tantos que ya no recordaba la última vez-, la dicha embargaba por completo su ser.

-       Camila, encantado – saludó a la amiga – Diana Evelyn, no tiene idea del placer que representa para mi conocerle. – Dijo, dirigiéndose ahora a esa hermosa mujer que le había arrebatado el aliento con una sola mirada.

-       Camila, Diana Evelyn, este es Augusto. – Anunció Ernesto. – Tendrán que ser pacientes con él, es excelente ingeniero, pero aún lo estoy entrenando en relaciones humanas. – Dijo, intentando una broma que hizo reír a los tres.

-       ¡Pero que guapo es tu amigo! – Sugirió abiertamente Camila, mientras le dirigía una sonrisa a Augusto. – ¿Qué tal si cambiamos, Diana? – Preguntó a su amiga en broma.

-       ¡Ah no! – Dijo Diana Evelyn. – ¡Yo lo vi primero! – Bromeó.

Algo ocurrió en el interior de Augusto que le hizo sentir confianza. Esa confianza que muy rara vez sentía. El mismo tipo de confianza que acudía a su ser sólo en las pocas ocasiones en que sabía en su interior que las cosas marcharían por sí solas y se sintió a gusto.

La realidad era que ya Ernesto había puesto en antecedentes a Camila y le solicitó ayuda. Por su parte, Camila hizo lo propio para convencer a Diana Evelyn que pusiera de su parte en primer lugar y que fuera un poco más tolerante con Augusto por ser él como era.

En lo que respecta a Diana Evelyn, cuando Camila le pidió que le acompañara a esa doble cita con Ernesto y Augusto, opuso resistencia desde el principio. – ¿Y si me toca un nerd insufrible? – Alegó intentando zafarse del compromiso. – Pues simplemente no lo vuelves a ver. – Sugirió Camila. – ¡No seas así, Diana! – Suplicó Camila. – Tú sabes cuánto me gusta Ernesto. – Insistió. – Pues si es guapo el hombre y hasta divertido, pero… la verdad no sé qué le ves. – Bromeó Diana Evelyn, cediendo al favor que Camila le pedía con tanta vehemencia.

Así llegaron estas dos hermosas mujeres a acudir a esa cita doble con Augusto y Ernesto. Una Camila ilusionada por la posibilidad de conquistar a ese carismático sujeto que la tenía tan enamorada y una solidaria Diana Evelyn, que rogaba porque el tipo que a ella le tocara no fuera calvo, panzón y feo, además de nerd.

Fue esa la verdadera razón por la que Camila halagó con complicidad a Augusto, para que Diana Evelyn no se arrepintiera en el último momento y fue también el por qué Diana Evelyn apoyó a Camila en sus halagos, para inyectarle confianza a su amiga.

Sin embargo, para Diana Evelyn era sólo una cita más, de las muchas a las que ya se había acostumbrado, pero no sabía definir el impacto que en ella ocasionó Augusto.

Le había notado si, desde que le vio entrar al centro comercial. Le llamó la atención el cuidadoso esmero de su presencia. Era atractivo… en una extraña manera, pero algo faltaba. Quizá si tuviera más carácter, si su expresión le hablara más de él… pero no. Era un tipo apuesto, luciendo con galanura un costoso traje que no transmitía sensualidad alguna.

* * *

La velada transcurrió agradablemente. Contrario a las expectativas de Ernesto, Augusto, por primera vez, se mostraba más relajado, más abierto. Era la primera vez que le escuchaba hablar de pequeñeces sin mayor trascendencia, pero de una manera cordial y hasta divertida. Era la primera vez que hacía por lo menos el intento por mostrarse tal cual, como él era, permitiendo a sus amigos conocer un poco de su tan apreciada personalidad escondida.

Lo que ocurría dentro de Augusto podría resumirse como el colapso de una barrera que le inducía a desconfiar. El impacto que en él produjo Diana Evelyn, desde que la descubrió a lo lejos y esa sensación de aceptación a la que tanto Camila como Diana Evelyn contribuyeron al halagarlo como lo hicieron, derribó su escudo y le hizo sentir una desconocida confianza.

Pero más importante aún, se sabía enamorado… como nunca lo había estado… y quería impresionar a Diana Evelyn, pero quería hacerlo por ser él y no sus conocimientos, ni su amplia experiencia… simplemente por ser él.

No obstante sus esfuerzos, Diana Evelyn comenzó –sin proponérselo-, a prestarle más atención a Ernesto. El natural carisma de Ernesto le estaba cautivando a niveles peligrosos.

Por eso se resistía a admitir esas sensaciones que le provocaba el amigo de Augusto, se negaba a traicionar la confianza de su amiga Camila, pero sus esfuerzos eran fútiles.

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