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Capítulo 08. Plenitud de vacío.

Octubre 25th, 2012 Leave a comment Go to comments

Augusto siempre fue un tipo pulcro. Desde niño se acostumbró a mantenerse impecable. Quizá fue que su madre le inculcó tanto esmero en su presentación y que recibió tantos cuidados y mimos de sus padres, que no podía imaginarse a sí mismo con una sola arruga en su vestimenta o un cabello desarreglado.

Ese esmero se reflejaba también en su trato hacia los demás. Siempre mesurado, intentaba ser cordial con cuanta persona conocía, aunque su manera de conducirse llegó a ocasionarle abusos de otros muchachos menos refinados durante su juventud.

Debido al exagerado cuidado que recibía cuando niño principalmente de su madre, creció acostumbrado a la protección –algo exagerada, por cierto-, a la que le sometían sus padres.

Su madre se encargó de reprimir una rebeldía que luchaba por manifestarse cada vez que era víctima de algún abuso; rebeldía que pronto fue acallada por los continuos consejos de su madre acerca de mantener el control e ignorar las provocaciones que recibía de continuo de sus compañeros de escuela.

Cada vez que algún mozalbete se mofaba de él o le incitaba a pelearse, Augusto simplemente se hacía el sordo y callaba… callaba con ese silencio estruendoso que tanto le dolía por dentro.

Muy en su interior, un grito ensordecedor le exigía responder a las burlas, regresar los golpes, insultar y agredir, pero la voz de su madre le recomendaba mesura; siempre mesura… y cedía ante ella… y mantenía el autocontrol… odiándose a sí mismo por no atreverse a desoír esa voz que tanto le castraba.

Su padre, por otra parte, era disciplinado y no encontraba apropiado que su hijo no lo fuera, así que le inculcó la disciplina y le instó a esforzarse; motivó su interés en el aprendizaje asegurándose de que siempre tuviera acceso a toda clase de libros que le explicaran la vida, que le educaran, aunque Augusto hubiera preferido que fuera su padre y no los libros quien se encargara de hacerlo.

Cuando niño, era un niño apocado, oscuro; los demás niños lo ignoraban y –cuando no lo hacían-, se divertían acusándolo de raro.

Odió esta situación durante toda su niñez y jamás pudo comprender que era sí porque era un niño de escasos recursos asistiendo a una escuela de ricos. Si su padre ponía tanto empeño en prepararlo, era porque ansiaba un futuro mejor para su hijo. Si su madre le reprimía de una manera tan asfixiante, era porque se sentía inferior a las demás madres que solían mostrar presuntuosamente su status cuando ella asistía a las reuniones de padres de familia.

En el fondo, el padre de Augusto había aprendido que es honorable ganarse la vida de una manera honrada, con trabajo arduo, sin importar si se sentía cansado, sin importar si sentía desgano o si prefería tomarse el día para disfrutar; sólo disfrutar. Era así, porque había una familia que mantener; era así porque desde joven se dio cuenta de que sólo él podía construirse un futuro y de que jamás lo haría si no se enfocaba en lo que quería lograr.

La madre de Augusto vivía desilusionada al verse rodeada de limitaciones, de que su vida no fuera fácil, como lo era la vida de todas esas señoras pudientes, madres de los compañeros de Augusto. Cuando su esposo no pudo ofrecerle esas mismas comodidades, ella odió su vida y la recriminaba en cada oportunidad que tenía; pero ansiaba más de lo que su esposo podía darle y dado que no podía tenerlo, en su interior albergaba la esperanza de que sus hijos si lo tuvieran. Por eso inscribió a sus hijos en esa escuela y, para hacer frente a los gastos, además de su trabajo, intentó todo cuánto pudo para sostener ese nivel de vida.

Aunque escuchó muchas veces a su hijo quejarse, sensata como era, trataba de disuadirlo. Si su hijo se viera envuelto en problemas con cualquiera de sus compañeros, el desliz de Augusto podría resultar más caro de lo que se podía costear. Además tenía esa imagen del tipo educado y carismático que insistía en ver a su hijo, e hizo todo cuánto pudo por convertirlo en ese ideal, sin detenerse a pensar si eso era lo que Augusto quería.

Augusto toleró durante años esa situación, hasta que un día no pudo más y –sin poder contenerse-, en un arranque de furia arremetió contra uno de los niños que le atacaba burlón y fue conducido a la dirección, donde soportó por interminables minutos la perorata de la directora, hasta que llegó su madre y entre las dos lo regañaron.

De nueva cuenta, el autocontrol de Augusto alcanzó su límite y se rebeló contra ellas también y les explicó cómo habían ocurrido las cosas y entonces le advirtió a la directora “Si usted no hace algo, lo haré yo, pero será a mi manera”.

Al otro día, al llegar a su salón, notó las cosas diferentes. Aquellos mozalbetes que abusaban de él, ya no se acercaba ni de broma y sus demás compañero mostraban un interés inusitado en su persona, pero este cambio fue efímero y duró solo los meses que le faltaban para terminar la escuela primaria.

Pronto nuevos tiempos comenzarían para él; tiempos confusos en los que su adolescencia no fue de mucha ayuda para comprender los cambios que en él y a su alrededor se gestaban.

Al no encontrar eco en la afinidad con los jóvenes de su edad, se convirtió en un solitario que –sin más-, se ganó la fama de antisocial. Los otros no podían entender a este muchacho, que prefería pasar la tarde realizando toda clase de experimentos, asombrado con las maravillas de un universo que anhelaba comprender, a hacer lo que los jóvenes hacen.

Así se forjó su timidez. Conocía cuánto había que conocer sobre las ciencias, pero era un ignorante en cuanto a las relaciones humanas.

Una vez que se convirtió en adulto, se graduó en ingeniería como uno de los más brillantes de su generación y era exitoso en cuánto proyecto emprendía.

Los fantasmas de su juventud comenzaron a alejarse y poco a poco aprendió el valor de las relaciones, aunque le costaba trabajo abrirse a las demás personas.

Se sabía exitoso, pero era titánico el esfuerzo que requería el acercarse a otros, iniciar amistades y confiar sus sentimientos a otras personas. Prefería resguardarse tras un escudo de profesionalismo para no poner en evidencia su torpeza al momento de iniciar cualquier relación y aceptó la amistad de unos cuantos con recelo, como suponiendo a priori que sería traicionado.

En el ámbito afectivo, aunque deseaba ser admirado por las mujeres, pensaba que ninguna pondría sus ojos en él como hombre. Tenía un miedo indescriptible a relacionarse con mujeres en el plano sentimental. Había tenido dos o tres novias, pero lo habían dejado tan pronto se sintieron abrumadas por el amor platónico que él les ofrecía. Sin llegar a comprenderlo del todo, de alguna forma sabía que él había arruinado esas relaciones por su manera tan abrasiva de entregar su amor, por sus ideales tan estrictos de lo que el amor es, en un romanticismo chocante que terminó asfixiando a sus parejas y les obligó a buscar su propio camino.

Lloró desconsolado cada ruptura, preguntándose qué había hecho mal; después de todo, él se esforzó siempre por ser detallista con cada una de ellas; después de todo, él se entregó por completo… pero ellas no buscaban ese tipo de entrega… ese tipo de formalidad.

Un día, simplemente decidió que el amor no era para él y entonces se abstuvo de iniciar nuevas relaciones y decidió enfocarse en su profesión. Si no podía ser atractivo o deseable para las mujeres, sería alguien muy exitoso, pensó. Creyó sinceramente que cuando le percibieran como alguien con poder, con prestigio, con dinero, las cosas cambiarían.

La realidad es que las cosas siempre siguieron igual para él, sin importar cuánto dinero tuviese, ni el tamaño de su auto, ni sus logros que tanto impresionaban a sus clientes y a sus jefes.

Sin embargo, esa timidez que en el pasado fue su personal distintivo, ahora era disfrazada de una seguridad fundamentada en la soberbia de saberse exitoso.

Fue cuestión de tiempo. Con el paso de los primeros años de su vida adulta fue capaz de ganarse un estilo de vida muy diferente al que sufrió durante su niñez. Ahora podía darse todos esos lujos que sus padres no pudieron darle cuando niño y su madre por fin pudo gozar del reconocimiento y la envidia de las otras madres sintiéndose orgullosa… muy orgullosa de su hijo; y su padre se sintió satisfecho, al comprobar que su hijo había seguido su ejemplo y se había forjado a sí mismo, con el mismo tipo de empuje y disciplina que tantos años se empeñó en mostrarle a través de su ejemplo.

Augusto tenía un amigo, Ernesto. Ernesto era un compañero de trabajo que –desde el primer instante-, se mostró muy amistoso con él. Al principio, Augusto sentía recelos del interés que le prodigaba Ernesto. Sencillamente no podía confiar en tanto interés.

De acuerdo a su óptica, las personas sólo le buscaban cuando necesitaban algo y el que Ernesto se mostrara tan irritantemente amigable despertaba su desconfianza. Sospechaba que el único interés de Ernesto era cualquier otra cosa material. No podía creer que su interés fuera genuino y que en verdad quisiera su amistad.

No obstante este recelo, con el paso de los meses fue cediendo y se convirtieron en grandes amigos; inseparables.

La personalidad de Ernesto no podría ser más opuesta a la de Augusto. Contrario a ese trato frió, sobrio y hasta soberbio que Augusto ofrecía, Ernesto era mucho más abierto, más amigable y tenía una suerte increíble para atraer mujeres. Ernesto era el tipo de hombre que –sin proponérselo-, tenía admiradoras donde quiera que él se presentara. Su natural carisma era como un imán para las mujeres.

Augusto siempre se vestía de una forma elegante, mientras Ernesto prefería un atuendo más casual. La vestimenta de Augusto reflejaba buen gusto, pero la de Ernesto ofrecía estilo, sofisticación.

Augusto exhibía sin proponérselo siquiera su dominio en lo relativo a su profesión, pero Ernesto era el que cerraba los negocios. Los jefes de ambos se percataron de esto y quizá esa fue la razón para hacerles trabajar juntos.

Lo que les unía iba más lejos; mucho más lejos. Lo que les unía era el tipo de confianza que manifiestas en las personas que eliges para integrarse a tu vida.

De ser un extraño que le provocaba desconfianza, Ernesto se transformó en el amigo a quien le confiaría su vida. No podía comprender por qué Ernesto le quería como amigo, pero su desconfianza había desaparecido y ese vacío que durante muchos años había desbordado su alma, comenzaba a ser reemplazado por la plenitud de saberse comprendido.

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