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Capítulo 07. Leobardo.

Octubre 10th, 2012 Leave a comment Go to comments

En muchos sentidos Leobardo era similar a Manuel. De extracción humilde, introvertido, con una seguridad en sí mismo fundamentada en sus habilidades y –no obstante-, tímido ante las mujeres hermosas, Leobardo trataba de todas las formas a su alcance, de superarse en agradecimiento a los grandes esfuerzos que hacían sus padres por sacarle adelante.

Intuitivo como era, se daba perfecta cuenta de la multitud de problemas económicos que prevalecían en su hogar, a pesar de la intención de sus padres de mantener a sus hijos al margen de esto y darles tanto como pudieran por heredarles un destino mejor.

Muchas ocasiones estuvo tentado a abandonar sus estudios para ayudar a sus padres para cederles su oportunidad a sus hermanos menores, pero al ser un joven muy inteligente, se dio cuenta de que eso sería un terrible error. Un error que decepcionaría a sus padres, quienes nunca se quejaron por amor a sus hijos.

Fue así que decidió que el mejor tributo de agradecimiento que podía entregar a sus progenitores era precisamente el esforzarse el doble para regalarles un poco de satisfacción como recompensa a sus esfuerzos, así que se dedicó tanto como pudo a sus estudios y luchó por no decepcionarles.

Joven como era, muchas veces envidió la suerte de sus compañeros de disfrutar su juventud sin mucho afán por su futuro, pero su decisión era firme y –consciente como lo estaba de los sacrificios que sus padres hacía por él y por sus hermanos-, siempre fue capaz de resistirse… hasta que conoció a Diana Evelyn.

Es indescriptible el cúmulo de sensaciones que esa jovencita despertó en su ser la primera vez que la vio, pero –tímido como era-, desechó la idea de que una chica tan hermosa, tan segura de sí misma, siempre rodeada de otros de sus compañeros, fuera a notarlo a él siquiera.

Lejos estaba de imaginar que ocurría precisamente lo contrario. Quizá él no fuera agraciado por la naturaleza, pero ejercía un atractivo irresistible en esa jovencita, aunque él no estaba consciente del efecto que producía en ella.

Creyendo que no tenía oportunidad en términos románticos con ella, optó por acercársele como un amigo.

Naturalmente le hería que otros de sus compañeros, más seguros de sí mismos en este aspecto, la buscaran con tanto afán y –como es evidente-, sufría calladamente los celos cada vez que Diana Evelyn accedía a tener una cita con alguno de ellos,  pero el sentimiento que ella le provocaba le obligaba a acallar su voz interna y a preocuparse tan sólo por el bienestar de ella.

Si ella era feliz saliendo con algunos de esos chicos, él no le arrebataría esa felicidad.

Sin embargo, Diana Evelyn sentía tal atracción hacia él, que pronto decidió dedicar su tiempo sólo a Leobardo. Él supuso que era sólo que ella sentía una profunda amistad y le retribuyó.

Era frecuente verlos juntos. Mientras charlaban, él tomaba su mano o rodeaba su torso en un abrazo que sólo pretendía transmitirle fortaleza. Hablaban de muchas cosas, incluso –para pesar de Leobardo-, algunas veces de las citas de Diana Evelyn.

Al escucharla hablar de sus pretendientes, Leobardo sentía que su interior se desmoronaba, pero su interés por la felicidad de Diana Evelyn, le ayudaba a superar su egoísmo y se limitaba a escuchar.

En un afán por hacerla sentir bien, bromeaba con ella. Siempre encontraba algo ingenioso que decir y Diana Evelyn disfrutaba de su ingenio.

El día que Irene les sorprendió, él sintió que de alguna forma había manchado a Diana Evelyn y fue esa la razón de su vergüenza, pero la confianza que Irene intentó transmitirle surtió efecto y –más relajado-, fue más abierto hacia ella.

Durante las siguientes semanas, Leobardo conoció a los familiares de Diana Evelyn y empezó a frecuentar su casa. Irene parecía muy complacida de recibirle, sobre todo al saber el efecto que este muchacho producía en su hija. Por eso no fue difícil para Irene darle permiso a Evelyn de acudir a una fiesta en compañía de Leobardo.

Esa noche, mientras caminaban abrazados hacia la casa de Diana Evelyn, Leobardo se sintió más enamorado que nunca. Su corazón latía con fuerza al sentir tan cerca de sí a aquella chica que era capaz de despertar ese cúmulo de emociones en él.

Se sentía afortunado de caminar a su lado, abrazándola, pero se sentía tan lejos al ser incapaz de hablarle de sus sentimientos.

De pronto, ella expresó su sensación de frío y –caballeroso-, le ofreció su abrigo, ayudándole a ponérselo.

Fue en ese momento que se dio cuenta de que era inútil oponer más resistencia. Amaba a Diana Evelyn con todas sus fuerzas y tenía que saber si ella le correspondía, pero un profundo miedo a perderla le paralizaba.

Anonadado, fijó su mirada en la de ella, absorto en las emociones que le producía, deseando de una manera indescriptible besarla, pero petrificado por la posibilidad de equivocarse.

Para Diana Evelyn ocurrió algo similar. Ella deseaba que la besara tanto o más que él y –decidida como era-, no quiso esperar más y se dispuso a comprobar de una vez por todas que sentía Leobardo por ella.

Temerosa de que la rechazara, tomó su mano y la llevó a su rostro. Sólo eso bastó.

Tocar ese rostro tan delicado, hizo a Leobardo sucumbir. La acarició con cuidado, todavía temiendo que ella le rechazara, pero el dejarle hacer de ella le inyectó confianza y aproximó sus labios a los de ella.

Al sentirla tan cerca a él, pudo percibir como ella se desmoronaba ante su contacto y la supo suya, por fin suya y comprendió que todos sus temores eran infundados, que el miedo que tenía de perderla carecía de sentido y la acarició –más que con sus labios-, con su alma.

Fue un beso dulce, inocente, sin malicia de ninguna especie. Fue la entrega del primer amor para ambos.

Cuando Diana Evelyn desapareció tras la puerta de su casa, él estaba feliz. Todo adquiría sentido y la alegría que le embargaba el corazón explotó de un millón de maneras diferentes.

Con el transcurrir de algunos meses, Leobardo recibió una noticia tan inesperada como impactante. Por recomendación del Instituto en el que estudiaba, le ofrecían una beca para estudiar en Harvard.

Era una oportunidad irrepetible, pero dejaría a Diana Evelyn si la tomaba. Durante días se debatió en la incertidumbre. Sobra decir que sus padres estaban felices ante la grandiosa oportunidad que recibía su hijo y él no deseaba decepcionarlos, pero tampoco quería alejarse de Diana Evelyn.

Tenía miedo de decírselo a Diana Evelyn, tenía miedo de perderla, pero también sabía que debía comunicárselo.

Algunos días después, sin poder ocultar sus temores, le contó a Diana Evelyn sobre la beca y ella –sin dudarlo-, le instó a aceptarla.

Leobardo se sorprendió ante la reacción de Diana Evelyn. Ella le explicó que –si en verdad se amaban-, no podían acotar el futuro del otro por egoísmo. Le aseguró que confiaba plenamente en él y le prometió esperarle, sin importar cuánto tiempo transcurriera antes de que volvieran a encontrarse.

Sin embargo, Leobardo no deseaba apartarse de ella y así lo expresó. Discutieron mucho y el tema llegó hasta Irene quien le aconsejó que tomara la beca, le hizo ver que esa era una oportunidad que no volvería a tener y concordó con Diana Evelyn en que un amor verdadero soporta toda clase de pruebas. Finalmente accedió, aunque no sin reservas.

A un par de semanas de partir, Diana Evelyn –quizás en respuesta a la inminente ausencia de Leobardo-, simplemente cedió ante sus caricias. Leobardo quiso persuadirla de que era mejor esperar, pero Diana Evelyn le pidió que no se detuviera. Leobardo le dijo que la amaba y que no era necesario que llegaran a ese extremo tan sólo porque él debía ir a Harvard durante algunos años, pero Diana Evelyn insistió y le dijo que ella también le amaba y que deseaba hacer el amor con él, no porque se fuera a ir, sino porque sentía dentro de sí que el momento había llegado.

Si besar a Diana Evelyn fue lo más hermoso que le había ocurrido a Leobardo hace tan sólo algunos meses, hacer el amor con ella –la primera vez para ambos-, fue el éxtasis.

Nunca antes había sentido él vibrar su corazón como mientras se entregaba a ella, nunca antes su sangre recorrió sus venas como lava hirviente en un volcán a punto de hacer erupción.

Besó cada centímetro de su piel, la acarició con ternura, fue capaz de estimularla sin siquiera entender lo que estaba haciendo.

La entrega se consumó y fue hermosa. Fue la máxima expresión del amor que dos seres humanos pueden sentir el uno hacia el otro.

Y las cosas dieron un giro inesperado para ambos a partir de ese momento.

Esta vez, Leobardo supo que no volvería a ser el mismo. Esta vez, Leobardo sintió que apenas conocía el verdadero poder del amor.

Se despidió de Diana Evelyn en el aeropuerto con lágrimas en los ojos. Ella intentaba transmitirle fortaleza, aunque dentro de ella sentía que su espíritu se derrumbaba.

Irene percibió que algo había cambiado e intuyó qué podía ser. Más sin embargo, se mantuvo al margen y permitió a su hija vivir esa experiencia hasta el final.

La vida de Leobardo en Harvard fue mucho más difícil de lo que él esperaba. Debía esforzarse más, al ser extranjero. Aún así, se daba tiempo para escribirle a Diana Evelyn. Lo hacía cada vez que podía.

Un día, en una visita que hizo a New York en compañía de algunos de sus compañeros, conoció a Betsie.

Betsie era una chica de rasgos asiáticos, tan extrovertida como Diana Evelyn. Quizá la soledad que Leobardo sentía, la lejanía de su familia y lo mucho que Betsie le recordaba a Diana Evelyn, contribuyeron a la relación que surgió entre ellos.

Aunque sentía que traicionaba a Diana Evelyn, pudo más el incipiente amor que Betsie le inspiraba y poco a poco fue cediendo, hasta que –a unos meses de graduarse-, decidió mudarse con Betsie e iniciar una relación de pareja.

Fue también gradual el distanciamiento en su comunicación con Diana Evelyn y nunca fue capaz de confesarle lo que ocurría.

Un día, simplemente dejó de escribirle a Diana Evelyn.

Su romance con Betsie duro apenas algunos meses, pero las nuevas obligaciones que había adquirido le retuvieron en los Estados Unidos.

Pasaron años y conoció otras parejas. Diana Evelyn se había convertido tan sólo en un recuerdo del primer amor de su adolescencia.

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