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Capítulo 06. Un tirano incomprendido.

Octubre 10th, 2012 Leave a comment Go to comments

La vida para Manuel nunca fue sencilla. Provenía de una familia humilde, de ideales muy arraigados. Perdió a su madre siendo un muchacho y pronto tuvo que valerse por sí mismo.

Su padre era un tipo muy disciplinado, que pasaba largas horas trabajando. Jornadas que se alargaron cuando su esposa –la madre de Manuel-, murió. Manuel y sus hermanos pasaban largas horas solos y no les quedó más remedio que forjarse a sí mismos, en medio de incontables privaciones. Aunque toda suerte de perversiones pudieron adueñarse de sus consciencias, la rectitud prevaleció y cada uno de ellos terminó forjándose una vida honesta, regida por los valores que sus padres se esforzaron en transmitirles.

Manuel abandonó el seno familiar desde su temprana juventud. Hizo una carrera e ingresó en un mundo laboral en el que solía mezclar sus impulsos juveniles con su sentido de la responsabilidad.

Aunque mucho le criticó a su padre la dedicación que este mostraba hacia su trabajo desatendiendo a sus hijos, Manuel mostró de inmediato rasgos similares a los de su padre.

Quizás –a pesar de la gran influencia que su padre tuvo en su forma de atender a sus responsabilidades-, lo que realmente ejerció la mayor influencia en la dedicación propia de Manuel era el amor que sentía por lo que hacía.

Al menos en eso fue afortunado. Muy temprano -en su juventud-, Manuel descubrió la que sería su vocación.

Ocurrió en un kiosco, cuando descubrió una revista en la que la portada describía vagamente un tema que captó de inmediato su atención. Pidió… -no, más bien exigió- a su padre que le comprara la revista.

Al ver la insistencia de Manuel, su padre le concedió el capricho y le compró la revista.

Durante esa tarde Manuel devoró la información contenida en la revista. La repasó una y otra vez.

Ya no había vuelta atrás. Sin que fuera consciente de ello, Manuel se había enamorado y ya había decidido su futuro.

Pero no fue de inmediato cuando ingresó en ese mundo. Pasaron unos cuantos años antes de que tuviera su primera oportunidad y –cuando finalmente la tuvo- fue evidente para él que esa era su razón de vivir.

Algo que a Manuel le fascinaba de su profesión era que creaba soluciones aún cuando –al comenzar-, no tuviera la más remota idea de lo que estaba haciendo.

Le encantaba ser capaz de crear soluciones ingeniosas, aunque la mayoría de las veces el precio consistía de la frustración, los errores, la perseverancia y mucha disciplina. Al final, tras un millón de intentos, la solución siempre aparecía y el producto –por lo regular-, resultaba genial.

Precisamente estos ingredientes –la disciplina y la perseverancia-, influyeron de manera definitiva en su forma de ser. El no ceder, forjó la rigidez de su carácter y la disciplina, le permitió justificar su perspectiva sobre cómo debían hacerse las cosas. Fue la frustración la que –contradictoriamente-, fomentó su seguridad en sí mismo y los errores contribuyeron en gran medida a su aprendizaje, no solo laboral, sino también emocional.

Fue inevitable para Manuel relacionar su mundo laboral con su mundo afectivo y fue de esa manera como Manuel forjó su carácter.

Hablando de su mundo afectivo, fue inercial que aparecieran y desaparecieran de su vida infinidad de mujeres. Durante su juventud, Manuel solo buscaba satisfacer sus apetitos, pero lógico como era su razonamiento, pronto se aburrió de relaciones vacías, que no aportaban nada a sus necesidades afectivas y su interés por las aventuras fue menguando lentamente.

Con el tiempo, siendo ya un joven adulto, sostuvo relaciones románticas sólo cuando él sentía que la semilla del amor podía ser sembrada y fructificar. Pero muchas de esas relaciones terminaron en la frustración de encontrar un día que no conocía a la persona con quien formaba pareja y descubrir que sus intereses eran diametralmente opuestos.

Otras de esas relaciones terminaron simplemente porque así tenía que ser, pero de mutuo acuerdo y sin cuentas pendientes.

Una tarde, Manuel decidió salir temprano de su trabajo porque necesitaba relajarse. Trabajaba en un problema cuya solución se resistía y permanecer intentando no sólo era necio sino infructuoso, así que decidió que era una buena idea darse un descanso y permitir que la solución llegara por sí misma, sin forzarla.

Caminó durante algún rato y –cansado-, compró un periódico y se sentó en la banca de un parque. En realidad ni siquiera leía el periódico, pero fingía hacerlo.

Tras unos minutos de haberse sentado allí, una jovencita de unos 18 años se sentó en la misma banca.

Parecía que algo le angustiaba, pero no consideró prudente invadir su privacidad, así que continuó fingiendo que leía el diario, pretendiendo que ni siquiera se había percatado de la presencia de la muchacha.

Pero el destino tenía otros planes y –de pronto-, la muchacha comenzó a llorar desconsolada. Fue entonces que no pudo más y –a pesar de su intención de mantenerse al margen-, trató de consolarla, aunque torpemente, pues esa no era su manera normal de proceder.

Fue cuando sus ojos se encontraron con los de ella cuando él intuyó la posible razón de su pesar, pero no dijo nada. Decidió mantenerse al margen, pero trataría de ayudar. Dijo lo primero que le vino a la mente, basándose en sus sospechas de lo que acontecía con la chica. Luego se levantó y se fue.

Aunque trató de no pensar más en ella, no pudo evitar hacerlo y –de hecho-, ella recurría a su memoria con frecuencia. Se preguntaba cómo habían resultado las cosas para la chica y –en cierto modo-, la extrañaba.

Le parecía absurdo echar de menos a alguien que no conocía, pero durante el breve instante en que los ojos de ambos se cruzaron, él pudo sentir que –de una manera que no era fácil para él explicar-, surgió una conexión entre ellos.

Algo vio en su mirada que le hizo sentir una profunda conexión con ella. No podía explicarlo, pero tampoco podía dejar de sentirlo.

Varios meses después, mientras disfrutaba un café negro, cargado, sin otro ingrediente que el agua y el café, como el café debe ser, creyó distinguirla entre un grupo de chicas que ingresó al mismo local.

De hecho, la reconoció tras algunos segundos, pero decidió fingir que no se había dado cuenta.

Se veía feliz y parecía que el problema que originó sus lágrimas aquella tarde en el parque finalmente se había resuelto y eso le hizo sentir feliz a él. Sin embargo, prevalecía el hecho de que escasamente la conocía y decidió que cualquier tipo de acercamiento era impropio. Por ello decidió pretender que no la reconoció.

Sin embargo, tan pronto ella se percató de su presencia, no dejaba de mirarle, así que apuró el café y se dispuso a abandonar el local.

Pero la curiosidad pudo más y el deseo de volver a hablar con ella se impuso, así que se dirigió al mostrador pretendiendo que compraría alguna cosa, lo que fuera y deseó con todas sus fuerzas que la chica se decidiera a acercarse a él.

Si no lo hacía, simplemente saldría del lugar y olvidaría el asunto.

No tuvo que esperar, de hecho, ella tomó la iniciativa y se le acercó. Él pudo confirmar entonces que ella, o bien deseaba agradecerle por su burdo intento por consolarla o –tal vez-, estaba interesada en él, así que se decidió a averiguar cuál de estas dos opciones era la correcta.

Así fue como conoció a Irene y también fue de esta manera como el vacío que sentía en su ser, tras un breve intercambio de coqueteos, se llenó de pronto, de una manera que nunca en su vida había podido experimentar jamás. En ese preciso instante supo que la mujer que había estado buscando no sólo existía, sino que estaba ahí, frente a él y que atraerla hacia su vida dependía de que supiera despertar su interés.

Es extraño cómo se dan las cosas. Usualmente, las personas dirían que el amor suele tomar mucho tiempo para terminar –por lo regular-, en fracasos decepcionantes, pero el de Manuel e Irene no lo fue.

Ambos fueron capaces desde el principio de reconocer ese profundo sentimiento que nació en ellos desde la primera mirada.

Siendo objetivos, su amor tomó mucho tiempo en consolidarse, pero surgió de manera espontanea en un segundo.

Por ilógico que parezca el amor a primera vista, no es tan difícil de comprender. Quien no pueda entenderlo, no puede hacerlo porque nunca lo ha experimentado, pero en el caso de Irene y Manuel ocurrió. Simplemente ocurrió.

Es completamente cierto que un verdadero amor solo puede construirse a partir de un conocimiento profundo de la pareja pero, ¿quién dijo que dicho conocimiento se limite a lo que pueden transmitir las palabras?

Lo que aconteció con Manuel e Irene fue que pudieron comunicarse sin hablar, transmitiendo sus emociones a través de sus sentidos. Lo que les conectó fue el reconocerse mutuamente por un evento fortuito que los ubicó en el mismo instante, en la misma localidad geográfica.

Se percibieron uno al otro a través de sus miradas, a través de sus gestos, a través de un breve intercambio que fue capaz de comunicar más de lo que unas cuantas palabras hicieron.

Más aún, pudieron interpretarse mutuamente y esto aconteció tan sólo porque –sin darse cuenta-, hablaban el mismo idioma en su corazón. Fue una sintonía perfecta.

Para Manuel, fue encontrarse cara a cara con la mujer que siempre había buscado. Aunque se empeñaba en aparentar dureza, su necesidad interna de afecto y comprensión tuvo su respuesta al fin al encontrar a Irene aquella tarde que fenecía con el llanto de una jovencita a quien –con toda seguridad-, alguien había roto el corazón.

Para Irene, fue el encontrarse con alguien que le demostraba día a día que ella era su prioridad, que la respetaba porque hacerlo significaba respetarse a sí mismo, que hacía cuanto podía por comprenderla y quien siempre estaba a su lado cuando ella más lo necesitaba.

A partir de su primera cita, Manuel decidió que su búsqueda había terminado y deseo concentrarse sólo en Irene porque lo que él tanto necesitaba, sólo Irene podía dárselo.

Cada vez que otra mujer le insinuaba algún pequeño atisbo de interés, por hermosa que fuera, Manuel recordaba a Irene y revivía el cariño que sólo ella podía transmitirle, revivía en su mente lo maravilloso de un segundo al lado de Irene y decidía que la mujer más bella era muy poco comparado con su Irene.

Era el amor que Irene despertaba en él lo que le prevenía el ceder ante la tentación, aunque él se empeñaba en insistir que eran sus valores.

Simplemente, él no podía mostrar interés, aunque fuera sexual, por otra mujer que no fuera Irene. No podía, porque Irene llenaba por completo su corazón.

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