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Capítulo 05. La vida es una promesa.

Octubre 10th, 2012 Leave a comment Go to comments

Una joven Irene caminaba a través del parque. Se le veía inquieta, cabizbaja, con los ojos algo enrojecidos. Su andar denotaba su estado de aparente nerviosismo, como si estuviera a punto de colapsar. Tratando de conservar el balance, se sentó en la primera banca que encontró en su camino. A su lado se encontraba un hombre que leía sin afán el periódico. Él ni siquiera se inmuto cuando ella tomó asiento, ¡vaya! Podría decirse que ni cuenta se dio de cuando ella se sentó. Eso le venía bien a Irene. Lo último que quería en ese instante era un galancete pretendiendo conquistarla “por lo bonita que se veía”.

Intentado recomponerse, clavo su mirada en un invisible vacío. Su cara, inexpresiva, hablaba no obstante de su desconexión con la realidad. Con las manos cruzadas sobre su regazo, jugueteaba con un objeto que no era del todo evidente.

La gente pasaba frente a esa banca apenas notándola. Quizás algún parroquiano llegó a intuir que algo andaba mal con esa jovencita, pero simplemente decidió que los dramas personales de la dama no eran de su incumbencia, así que continuó con su vida, sin más, alejándose en la distancia.

El día fenecía; una incipiente penumbra comenzaba a invadir el manto celeste y, a lo lejos, en el horizonte, algunas nubes empezaron a teñirse de tonos carmesíes. Era un día que moría y así se sentía Irene en su interior.

No hacía más de una hora, acababa de discutir con su novio. Ella se sentía preocupada pues creía estar embarazada. Pensó que al contárselo a su novio, este se llenaría de alegría y planearía junto a ella su futuro. En cambio, su reacción fue cínica. “¿Y cómo sé que el chamaco es mío?” le había respondido cuando ella le expresó la posibilidad; “si fuiste capaz de coger conmigo, quien sabe con cuántos más te has metido”, añadió él, eludiendo toda responsabilidad. Ella no podía creer esa reacción de Sigfrido. Él siempre había sido tan cariñoso, en todo momento le mostraba una faceta totalmente diferente a la que hacía un rato acababa de conocer. Ahora, se sentía completamente desvalida, abandonada. No tenía idea de lo que acontecería en su vida futura y sentía pánico ante la posibilidad.

No era precisamente que lo tuviese confirmado. En realidad, sólo sospechaba que podría estar embarazada. Había acudido a Sigfrido esperando que juntos visitaran a algún médico que confirmara o descartara el incipiente embarazo. En cambio, encontró a un hipócrita que rechazó toda responsabilidad de la manera más cruel de que fue capaz.

Al recordar sus hirientes palabras, no pudo contenerse más y, en medio de incontrolables sollozos, comenzó a llorar. El tipo que estaba a su lado reaccionó extrañado en cuanto escucho sus primeros sollozos. Permaneció dubitativo durante algunos segundos, pero al ver la manera tan desesperada en que transcurría su llanto, no pudo contenerse más y le preguntó si todo estaba bien.

Como es obvio, Irene respondió que todo estaba perfectamente, que no se molestara, “ni la molestara” –pensó-, que sólo eran cosas de mujeres. Él comprendió que no le incumbía y trató de volver a concentrarse en su lectura, pero simplemente no pudo. Botó el periódico y se volvió hacia ella, diciendo:

- ¡Esto es absurdo! Sé que sus asuntos no me incumben pero no puedo permanecer impasible ante su pena.

Irene le miró por primera vez y algo en sus palabras le hizo sentirse cómoda; el gesto en la cara del hombre le provocó ternura y su reacción le transmitió protección. Sabía que era un completo extraño pero, por un instante, sintió como si le conociera de toda la vida.

- En verdad, no se preocupe, estoy bien – insistió. No era que se sintiese invadida; sólo consideraba poco apropiado hablarle del infierno por el que estaba pasando a un completo desconocido.

- No me parece que así sea –insistió el hombre-, pero no se preocupe. Sus razones tendrá. Es sólo que el sufrimiento ajeno no me va tan bien como pretendo hacerle creer a los demás – confesó. Ella no pudo evitar una sonrisa pequeña ante la ocurrencia del tipo y bajo la mirada, apenada.

- ¡Hum! ¡Así está mucho mejor! – añadió el desconocido.

Algo tenía este hombre que con sencillas palabras logró hacerle olvidar por un momento la pena que le acongojaba. En una segunda mirada, Irene notó que los ojos de él transmitían paz, aunque él pretendía hacerse ver con la dureza de un roble. Sus rasgos eran finos, sin perder la masculinidad. Su voz, sin ser una voz gruesa, denotaba aplomo. No era un tipo que pareciera ocuparse demasiado por su apariencia. Más bien, parecía uno de esos tipos que están más interesados en lo que pueden demostrar a través de sus hechos, que en la imagen que pueden transmitir a través de su apariencia. Por su manera de conducirse, supuso que no era dotado en cuestiones sociales. Era crudo y directo, no hacía lujo de tacto e iba directo al grano.

- No la molesto más, señorita. Sólo recuerde: la vida es una promesa – dijo sin más y se levantó y se fue.

La vida es una promesa”, repitió ella mentalmente mientras lo vio alejarse. Su andar denotaba soberbia, una seguridad excesiva en sí mismo. Entonces lo entendió. No importaba que pasara finalmente, la vida es una promesa.

Le siguió con la mirada hasta perderlo de vista y entonces, renovada, se levantó de la banca y se retiró también. Su dolor quemaba su espíritu, pero era atenuado con la esperanza de que la promesa que representaba la vida –como apuntó el extraño-, le permitiera salir avante. Fue en ese momento en que decidió que –pasara lo que pasara-, ella continuaría sin derrumbarse.

Los días transcurrieron e Irene comprobó que no estaba embarazada en realidad. El conocimiento de este hecho le decepcionó un poco, pero agradeció su suerte al no tener que traer al mundo a un bebé que no podría crecer en el seno de un núcleo familiar, que viviría privaciones que otros niños no experimentarían.

La experiencia realmente marcó su vida. Comprendió que sexo y amor no siempre van ligados, que hacer el amor y tener relaciones no significan lo mismo y se prometió a sí misma que sólo volvería a realizar el acto por amor y con amor.

La decepción que Sigfrido le había provocado permanecería por largo tiempo anidada en su corazón. Como una herida, cicatrizaría lentamente y dejaría una marca en su alma a pesar de que, con el tiempo, dejaría de doler y se convertiría en un suceso trágico, de los que suelen ocurrir cuando nuestra vida se aproxima a una bifurcación.

Pasaron meses antes de volver a encontrar al extraño. Cada vez que la pena embargaba su corazón, recordaba las palabras del peculiar individuo que –una tarde-, trató bruscamente de consolarla: “La vida es una promesa”.

Un día, mientras departía con sus amigas en una cafetería, le reconoció en una mesa a unos metros de donde se encontraba. Él bebía su café lentamente, como saboreándolo o –quizás-, como alargando el momento. Si él la vio, no pareció reconocerla.

Una de sus amigas notó las veces que ella volteó hacia el tipo y al ver el tipo no le pareció especial. Luego, como en broma, comentó al grupo sobre el aparente interés de Irene en el extraño.

Irene se ruborizó, pero trató de sobrellevar las bromas de sus amigas quienes –curiosas-, intentaron que les dijera qué le parecía interesante de un tipo que ni siquiera percibían atractivo.

Ella quiso evadir el tema pero –ante la insistencia de sus amigas-, sólo dijo que le parecía tierno. Una de ellas volteó a ver al tipo y acotó que más bien parecía un soberbio arrogante que ni siquiera tenía qué presumir.

Obviamente Irene no concordaba, pero no estaba dispuesta a contarles sobre las circunstancias en que lo conoció aquella tarde que el mundo parecía acabar para ella.

De pronto, el tipo se levantó y se dirigió a la caja a comprar algo más. Irene, decidida, se levantó también y se acercó a él. Fingió por un momento buscar algo que comprar y -venciendo su timidez-, le susurró: “la vida es una promesa”.

Fue en ese momento que el individuo reparó en ella y volteó preguntando: – ¿perdón? -, pero entonces reparó en ella y finalmente la reconoció. – ¡Pero qué diferente se ve usted ahora! ¡Me alegra no ver más lágrimas en su rostro! – dijo él.

Ella le respondió con una sonrisa mientras le agradecía y él, apenado, le sugirió que no era necesario agradecer.

A lo lejos, las amigas de Irene presenciaban la escena mientras comentaban entre ellas sin perder detalle.

Irene sintió algo de vergüenza y se disculpó con el tipo, quién –amablemente- aceptó sus disculpas y se despidió también. Sin embargo, mientras Irene iniciaba el retorno a su mesa, él no pudo evitar llamarla:

- Disculpe… -dijo. Ella volteó. – No quisiera incomodarla pero me pregunto si aceptaría encontrarse conmigo aquí mismo, quizás mañana, a esta hora y compartir un café conmigo.

Ella le sonrió coqueta y –como retándole para descubrir si había más es sus intenciones que sólo tomar una taza de café-, respondió:

- ¿Me está invitando a una cita?

Él le regresó la sonrisa y contestó:

- Sería un excelente inicio, sosteniéndole la mirada y emitiendo un brillo particular a través de sus ojos sin siquiera percibirlo.

Entonces ella retomó sus pasos dirigiéndose de nuevo hacia él en andar sugerente y –sin arruinar el coqueteo-, preguntó:

- ¿Un… inicio?

Él se sintió un poco apenado, pero no aparentó inmutarse.

- Si, un excelente inicio de semana para mí. – Confirmó esquivo. No obstante, el mensaje había sido transmitido. – No es mi intención incomodarla, pero me ha sido grato verla, sobre todo con este maravilloso cambio en su semblante y quisiera comenzar a conocerla sin lágrimas amargas ensombreciendo el resplandor de sus hermosos ojos. – Continuó.

Ahora le tocó el turno a Irene de ruborizarse, pero trató de disimularlo.

- ¿No será que está coqueteando conmigo, señor?

A lo que él respondió:

- Hum… podría ser. Tal vez usted deba averiguarlo.

- Y… ¿por qué tendría yo que hacerlo? – preguntó ella en respuesta.

- Porque de otra manera usted no podría saber con certeza si lo mío es coqueteo o no. – Dijo él.

- ¿Qué le hace a usted pensar que quiero saber si lo suyo es coqueteo? ¿Acaso es usted un optimista? – Preguntó, retadora.

- Por supuesto, dama mía, ¿ya lo olvidó? –Preguntó él.

Irene hizo un mohín simulando a alguien distraído que –repentinamente-, repara en algo evidente.

- Es cierto – dijo mientras simulaba dar un pequeño golpecito con su palma sobre su cabeza – “la vida es una promesa”. – y sonrió.

Él sonrió con ella y confirmó – ¡Exactamente! ¡Así es!

- Bien – dijo Irene -, si he de aceptar su invitación, quizás debería conocer su nombre – sugirió.

- Me llamo Manuel – respondió él -, ¿puedo saber cómo se llama la dama que arruina mis intentos por parecer impasible? – preguntó.

- Soy Irene – dijo, extendiéndole la mano. – De acuerdo Manuel, lo veré aquí mañana a esta hora.

Manuel tomó su mano y  se acercó a ella, como intentando  un beso en la mejilla, pero simplemente le susurró al oído:

- La estaré esperando.

Luego se despidió y abandonó el lugar. Irene le vio salir y le fue inevitable ocultar la emoción que sentía. Regreso a su mesa sin poder ocultarla y sus amigas ansiosas la esperaban con toda clase de comentarios.

Fue la que puntualizó que no le veía nada especial a Manuel quien dijo:

- ¡Lo admito! ¡Me equivoqué, qué sexy tipo te acabas de ligar!

Otra de sus amigas reconoció que seguía sin encontrarle atractivo a Manuel, pero que envidiaba a Irene por la escena que acababa de protagonizar.

En general, sus amigas concordaron en eso. Les pareció –reconocieron-, que la forma en que se habían desarrollado los eventos parecía haber salido de la escena de una telenovela o una película e Irene reconoció que se sentía muy nerviosa durante su interacción con Manuel.

- ¡Tiene algo el tipo! – dijo la que admitió haberse equivocado. – Si te lo encuentras en la calle te parecerá arrogante y presumido. No tiene nada espectacular, pero se comporta como si el creyera que lo tiene y, sin embargo, la manera en que te trató… no sé como describirla.

Irene sonrió para sus adentros, recordando la primera vez que se vieron y –sin meditarlo, como hablando consigo misma-, dijo:

- Es respetuoso, no intenta invadir tu intimidad, muy seguro de sí mismo y auténtico. – Finalizó, con una sonrisa que no podía ocultar.

- Creo que nuestra amiga está enamorada. – Dijo una de las chicas y todas rieron.

La charla continuó por esa línea y se prolongó por un par de horas más.

Al día siguiente, Irene acudía a la cita, expectante y –al entrar al lugar-, no pudo descubrir a Manuel. Imaginó que sólo era una broma y estaba por irse cuando, desde su hombro izquierdo, una rosa acarició su mejilla.

- Jamás me perdería una cita con usted. – Dijo una voz conocida desde su espalda.

Irene volteó y vio a Manuel, sonriéndole. Ella le regresó la sonrisa y fue entonces cuando buscaron un lugar donde sentarse.

Así comenzó su historia juntos. Esa tarde, hablaron de cosas triviales que más tarde se volvieron relevantes para ellos. Fue la primera de muchas veces que se frecuentaron.

Aunque la atracción entre ambos fue evidente desde el principio, los dos se dieron su tiempo para permitir que la relación floreciera. Él se mostró siempre respetuoso, sobre todo de su vida antes de él. Eso incrementaba el atractivo para ella. Más que como desinterés, ella lo interpretaba como un signo de madurez. No era que él no estuviera interesado en su historia, sino que prefería dejar que ella –por sí misma-, le relatara lo que acontecía en su vida según a ella le pareciera relevante.

Otro gesto que admiraba de él era que –a pesar de esa máscara perpetua de impasibilidad-, Manuel solía ser muy franco con respecto a sus sentimientos. Simplemente no podía ocultarlos.

Manuel no solía ser muy exitoso en sus interacciones con los demás. Usualmente decía exactamente lo que pensaba y se comportaba de una manera muy autosuficiente. Era frecuente que fuera burdo en sus comentarios y era incapaz de esconder sus emociones, aunque se esforzaba titánicamente por hacerlo. Era bueno que no jugara póker.

Irene fue enamorándose poco a poco, desde el primer momento y –aunque era precavida-, su corazón fue entregándose paulatinamente.

Manuel –por su parte-, no presionaba al destino. En realidad, él lo prefería así. Aunque nunca hablaba sobre el tema, había conocido toda clase de mujeres y se sentía cansado de las aventuras. Deseaba entrañablemente conocer a alguien que le amara por quien él era, a pesar de sus defectos. Ansiaba compartir su existencia con alguien que le comprendiera, que le aceptara e Irene parecía ser esa persona.

Sin embargo, no todo fue miel sobre hojuelas. Tuvieron sus roces, pero nunca fueron tan importantes que forzaran una ruptura, aunque si las hubo, varias veces.

Debido a su juventud, Irene solía hacer cosas apropiadas para su edad y –eso-, parecía incomodar a Manuel en varias ocasiones. Manuel, no obstante, intentaba que eso no fuera un obstáculo para la relación pero, intuitiva por naturaleza, Irene siempre era capaz de descubrir la incomodidad que ocasionaba en Manuel y –terca como era-, se obstinaba en reclamarle una falta de comprensión que en realidad no existía.

Manuel evadía siempre el asunto, pero ella insistía y en diversas ocasiones, la obstinación de Irene provocó la ruptura.

Pero no eran capaces de vivir alejados uno del otro. Normalmente transcurrían unos pocos días y las cosas retomaban el curso que ellos habían elegido.

Por su parte, Manuel también tenía costumbres que exasperaban a Irene y dichas costumbres fueron la causa de otras rupturas, pero Irene terminaba perdonándolo y regresando con él.

Una de las actitudes que Irene detestaba de Manuel era su intolerancia. Manuel se quejaba de muchas cosas que a él le parecían particularmente incorrectas.

En ocasiones, Manuel le parecía un machista a Irene, aunque nunca le faltara al respeto como mujer. Manuel tenía como particularidad que las cosas debían tener un estricto orden. Cuando Irene le confesó que a ella no le incomodaba la idea de vivir juntos, sin casarse, Manuel expresó su ideal del matrimonio y se mostró inflexible en cuanto a su idea de cómo debía ser la relación de pareja.

Aunque le disgustaba la intolerancia, la firmeza de los valores de Manuel le encantaba a Irene. Él podría ser todo lo inflexible que quisiera en cuanto a sus puntos de vista, pero sólo era inflexible cuando se trataba de cosas que él consideraba moralmente correctas. Cuando entendía que podía estar equivocado, aceptaba toda sugerencia y se mostraba abierto a asumir un cambio de actitud.

Los padres de Irene conocieron a Manuel tan sólo un par de meses después de la primera cita. El primero en congeniar con Manuel fue el padre de Irene. Se sentía a gusto departiendo con Manuel. Se sentía identificado con muchos de sus ideales y con su proceder. De hecho, lo confesó muchas veces, a él le habría fascinado tener un hijo como Manuel.

La madre de Irene, por su parte, notaba las mismas actitudes que Irene notaba en Manuel y las cuestionaba, pero Manuel le caía bien. En sí, le caía bien cómo trataba Manuel a Irene.

Los hermanos y hermanas de Irene a veces bromeaban con ella llamando a Manuel “el anciano”, pero Irene siempre lo defendía, aunque comprendía perfectamente la razón de las bromas. No obstante el apodo, Manuel era apreciado entre ellos.

Por su parte, los amigos de Irene, principalmente sus amigos hombres, insistían en que Manuel no era la mejor opción para Irene. Simplemente expresaban su opinión basados en su juventud y –alguien como Manuel-, se les hacía demasiado maduro para andar con una niña como Irene. Pero eso jamás le importó a Irene.

No faltó la ocasión en que alguna otra mujer –conocida o no por Irene-, intentara un acercamiento más allá del trato normal con Manuel. Algunas veces Irene se dio cuenta y le reclamó a Manuel, pero pronto pudo comprobar que Manuel se mostraba apático ante las insinuaciones de otras mujeres, cosa que terminó de enamorarla y forjó una relación de total confianza entre ellos.

Irene se dio cuenta de que las cosas eran así. La autenticidad de Manuel era su principal atractivo. Manuel nunca fue un hombre físicamente atractivo, pero la firmeza de sus convicciones y su actuar auténtico resultaban un imán para muchas mujeres. Manuel lo sabía y siempre mantenía la distancia.

Lo que Irene no sabía era que Manuel se resistía a las tentaciones que con frecuencia le acosaban, porque él quería ser amado. Aventuras había tenido ya suficientes. Lo que no tenía, hasta antes de conocer a Irene, era amor y era lo que él más deseaba.

Siendo como él era, jamás lo admitiría ante Irene. Pero ella lo intuía y por eso era incapaz de dejar de amarle. Aunque nunca se lo dijo con palabras, siempre se lo demostró a través de sus acciones.

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