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Capítulo 04. La loca, loca.

Octubre 10th, 2012 Leave a comment Go to comments

Patricio siempre fue un joven muy extrovertido. A pesar de que la gente siempre le criticó su tendencia, a él jamás le importó lo que los demás decían de él. Desde muy temprana edad adquirió consciencia de su condición y la aceptó sin más, sin preocuparse demasiado por las consecuencias. Lo único que le importaba era sentirse bien consigo mismo y, con esta mentalidad, disfrutó al máximo cada instante de su vida.

No tuvo el mismo inconveniente que Leonardo con su familia, pues siempre se las ingenió  para que su homosexualidad pasara desapercibida por su mamá y no fue sino hasta cuando se convirtió en alguien autosuficiente que le permitió a ella conocer esa peculiaridad suya. Contrario a lo que suponía, su madre le expresó que ella siempre lo supo, pero que le respetaba porque lo amaba con todas sus fuerzas.

La mamá de Patricio fue madre soltera. Lo había tenido a él por un enamoramiento que tuvo cuando era apenas una jovencita de escasos diecisiete años y su padre simplemente negó su paternidad. Como pudo, lo sacó a adelante, aunque esto significará pasar por innumerables sacrificios. Aunque conoció otros amores, ella decidió no depender nunca de un hombre, más que nada porque temía que cualquier eventual pareja rechazara y maltratara a su pequeño. Ella descubrió desde la niñez de Patricio ciertas conductas en él que le orillaron a suponer que su hijo sería homosexual. Por ello es que temía tanto a que alguno de sus novios terminara abusando del pequeño. Cuando Patricio alcanzó la pubertad, fue cada vez más evidente su condición, pero ella lo dejó hacer y nunca le discriminó por ello. Muy al contrario, dio a su hijo su apoyo incondicional en cualquiera que fuese su decisión y le animó, siempre tras bambalinas, a ser él, quien quiera que él mismo decidiera ser.

Esa actitud de su madre hizo que Patricio adquiriese una sólida confianza en sí mismo y forjó una mentalidad abierta que le permitía ignorar los abusos verbales y, a veces físicos, de que era objeto. Él no sabía que su madre estaba enterada sobre sus preferencias, pero le tenía un gran respeto al ser consciente de todos los sacrificios por los que ella tuvo que pasar para educarlo y criarlo y no deseaba en realidad someterla a una pena innecesaria. Sencillamente la amaba profundamente.

A pesar de sus muchas limitaciones económicas, su madre logró darle una carrera. Era un jovenzuelo delgado que aparentaba menos edad de la que en realidad tenía cuando se graduó con honores como Ingeniero Arquitecto. Ese hecho llenó de orgullo a su madre. Pero ese orgullo duró muy poco.  Entre los sacrificios que tuvo que hacer, se descuidó de un cáncer en el seno que acabó demasiado pronto con su vida. Estaba muy próxima a cumplir los cuarenta cuando, desde su lecho de muerte, se despidió para siempre de su pequeño hijo. Ante la cruda realidad de lo inevitable y con el rostro bañado en lágrimas, Patricio sintió una incontenible necesidad de hablarle sobre su homosexualidad, como si con ello purgara una culpa que no le dejaba existir. Su madre, simplemente le miró con dulzura y le confesó que ella siempre lo supo y que fue precisamente por eso que nunca aceptó a un hombre entrar en sus vidas, por temor a que lo maltrataran.

Está de más decir que Patricio lloró sinceramente pidiéndole perdón por ser así, pero ella le instó a recobrar su frágil fortaleza y le recordó que le amaba mucho más que a su propia vida. Tomándola de la mano, él le prometió que sería siempre un hombre recto, a pesar de su homosexualidad.

Con el tiempo, Patricio comprendió que su estado poca o ninguna relación tenía con su inclinación, pero en ese preciso instante, presa de una agobiante culpabilidad, no pudo verlo así, aunque su madre le aclaró una y otra vez que eso no importaba, que lo importante era que fuera él, exactamente así, como era y que ella sabía de sobra que sería siempre un hombre honesto porque ella se lo había inculcado así.

Fue así como ella partió de su vida y a partir de entonces, él se consagró a su carrera y se convirtió en un Arquitecto muy famoso, tanto por sus logros, como por su personalidad. Durante años, luchó sin cansancio por hacerse de un nombre, pero fue más por honrar el recuerdo de su madre que por vanidad.

Patricio rondaba por los treinta y tres años cuando conoció a Leonardo, un joven de entonces veintisiete años que le pareció muy atractivo. A pesar de que su relación se inició en estricto apego al respeto profesional, pronto fue evidente para ambos que tenían más en común de lo que habían sospechado al principio.

El hecho de ser homosexuales fomentó entre ellos una incipiente amistad. Sentían que se comprendían mutuamente y eso les impulsó al acercamiento. Pero pasarían todavía algunos meses antes de que las cosas se volvieran íntimas entre ambos.

Muchas veces, al visitar las obras, no faltaba el obrero que se mofaba de ellos. No podían, ni querían, ocultar lo que eran y tampoco les importaba que los demás les usaran para divertirse a sus costillas.

- No te preocupes por lo que los que están en una jerarquía inferior o similar a la tuya piensen, preocúpate por lo que quienes están en una jerarquía superior a la tuya piensan de ti. – Aconsejó una vez a Leonardo.

Aunque Leonardo no pudo comprender ese consejo al principio, pronto lo hizo. A final de cuentas, sus compañeros de trabajo, sus colegas y quienes trabajaban obedeciendo sus órdenes, podían decir misa, pero quienes firmaban sus cheques eran sus jefes. Entendió que, mientras su trabajo fuera excelente y arrojara dividendos a los accionistas, él podía ser todo lo marica que quisiera y ellos nunca se lo iban a recriminar.

No obstante esa revelación, en parte gracias a la educación que recibió por parte de su madre, se cuidó mucho de ser involucrado en chismes que pudieran enlodar su nombre. Comprendió la importancia de mantener separadas su profesión y su vida íntima y se esforzó porque así fuera.

Tanto Patricio como Leonardo habían sostenido otras relaciones románticas con individuos de su mismo sexo pero, dadas sus particulares condiciones, la vida romántica fue para ellos mucho más serena que lo que es para una persona heterosexual promedio. De hecho, sí, hubo varios romances en sus vidas, pero siempre fueron cuidadosamente escogidos y bastante mesurados antes de llegar a concretarse. Entendían que no todas las personas eran como ellos y tal vez por esta razón fueran más selectivos al momento de elegir pareja.

Transcurrieron varios meses antes de ser invitados a un congreso de la industria. Por circunstancias del destino, tuvieron que viajar juntos. Participaron en diferentes conferencias, pero aún así lograron coincidir en algunas de ellas. No obstante, por la noche, siempre trataban de reunirse para tomar una copa o pasear por la playa.

Fue durante una de esas caminatas por la playa, intentando despejarse, que su relación realmente comenzó. No fue un comienzo tanto físico como espiritual. Sin más de qué hablar, de pronto Patricio, queriendo –como siempre, aconsejar a su joven amigo-, comenzó a relatarle como habían sido para él las cosas. Le habló de su madre y de ese amargo instante en que, sosteniendo su mano, la vio exhalar su último aliento. Ese recuerdo siempre le dolía y, sintiendo que estaba con alguien capaz de comprenderle, comenzó a llorar arrojándose a sus brazos.

Leonardo estaba afligido por su amigo. Algo le hizo comprender que en ese instante, él representaba al único pilar de la resquebrajada fortaleza de su amigo y, sintiendo su penar, le aceptó.

Le abrazó, intentando consolarle y Patricio se desahogó en sus brazos. Esa fue una noche de confidencias pues, luego, fue el turno de Leonardo de platicarle las dificultades por las que tenía que atravesar para soportar la escasa tolerancia de su padre.

Permanecieron juntos, mirando hacia al mar, por largas horas, hasta que vieron al sol aparecer en el horizonte sin que en sus cuerpos hiciera merma el cansancio. Esa noche, fue mágica para ambos. Descubrieron así, de esa manera, lo mucho que se comprendían, pero no hubo besos ni caricias, como no fueran las caricias de un alma a otra alma cuando se descubren idénticas.

Aún pasaron semanas tras compartir esa noche para que las caricias entre ambos comenzaran, pero esa noche marcó el inicio de su relación. Una relación subversiva, que incomoda a tanta gente, que sólo para ellos tenía sentido.

Ya de regreso, continuaron frecuentándose. Leonardo le presentó a Patricio a su mamá, aunque se sintió un poco reticente a permitir que Manuel le conociera, pero no pudo evitarlo, aunque lo retrasó tanto como le fue posible.

Una noche, Patricio acudió a la casa de Leonardo tras aceptar una invitación a cenar. Fue ahí donde Patricio conoció a Manuel y, de inmediato, se dio cuenta de su rechazo. Manuel había sido puesto en antecedentes sobre el amigo de su hijo y, aunque refunfuñó, intentó ser tan tolerante como sus prejuicios se lo permitieron por respeto a su hijo.

Sin embargo, esa cena fue el inicio de sus achaques y desde entonces sintió como una patada en el hígado cada vez que veía a Patricio. Para ser justos, aunque Manuel era, como tantos otros, homofóbico, no era su homofobia lo que le dolía, sino la preocupación por su hijo, por la imagen de éste, por el riesgo de que le contagiaran una enfermedad de transmisión sexual. Pero eran tantos y tan profundos sus prejuicios, que no le entraba en la cabeza que aunque su hijo fuera heterosexual, igualmente podría frecuentar a alguien que arrastrara por los suelos su imagen o que le contagiara de cualquier enfermedad. Según su visión, limitada por la homofobia, todos los males del mundo se debían a la homosexualidad y era eso lo que él condenaba.

No muy contento con ello, terminó “tolerando” la relación que nacía entre su hijo y Patricio. Irene, por su lado, tampoco se sentía muy cómoda, pero fue muy clara con Patricio un día en que pudo intercambiar unas cuantas palabras con él.

- Te voy a hablar con absoluta franqueza. – Le dijo. – Esta relación que sostienen tú y mi hijo…  – Comenzó.

- Señora, yo… – Interrumpió Patricio. Sin embargo, Irene no le dejó continuar, pidiéndole que escuchara lo que tenía que decirle.

- Te decía – continuó – Esta relación que sostienen tú y mi hijo sinceramente me incomoda, pero para mí es evidente lo feliz que está mi hijo a tu lado, sin mencionar que él es ya mayor de edad y yo no pienso interferir en sus decisiones ni influir en ellas. Lo único que quiero es pedirte que lo trates bien, no lo hagas sufrir.

Patricio tomó sus manos y la miró a los ojos con un profundo agradecimiento. Sonriéndole, le respondió: – Señora hermosa, descuide usted, su hijo es divino. ¿Cómo podría yo atreverme a herirlo?

Esa franca conversación entre ambos facilitó las condiciones para que comenzaran una extraña amistad. Con el tiempo, Irene conoció la historia de Patricio por sus propios labios y fue desentrañando su personalidad. El acercamiento entre ellos fue casi equiparable al acercamiento entre madre e hijo y, así, fue como ella terminó aceptando el noviazgo entre Leonardo y Patricio.

Manuel ni siquiera hizo el intento. Se limitaba a saludarle con cortesía, pero trataba de mantenerse lejos, “como si le fuera a pegar la homosexualidad” se burlaba Patricio cuando estaba en confidencia con Leonardo.

Con Diana Evelyn la amistad se dio de una manera absolutamente natural. Conociendo a su hermano como le conocía, no fue difícil para ella hacerse amiga de Patricio de inmediato. Muchas veces platicaban como si fueran “amigas” e intercambiaban consejos de belleza y trucos para manejar a los hombres.

La personalidad de Patricio le ganaba muchas simpatías. Mucha gente bromeaba abiertamente con él por mostrarse tal cual, como era. A veces, las bromas eran pesadas, pero Patricio siempre las tomaba a la ligera e ignoraba la malicia implícita en ellas.

Era también la apertura de su personalidad lo que le distinguía como uno de los mejores arquitectos de la constructora para la que trabajaba. A pesar de estar al tanto de su homosexualidad, muchos de los clientes de la empresa lo pedían específicamente a él para diseñar sus construcciones. Esto era así porque, abierto como era, su genialidad destilaba en cada presentación en la que participaba.

- Es muy brillante el jotito. – Muchos clientes decían en confidencia a sus jefes, quienes, al principio, se sentían confundidos sobre la decisión del potencial cliente, pero pronto comprendieron que ese comentario era más un halago que una recriminación.

- Bueno, algunos de los más grandiosos hombres de la historia fueron homosexuales. – Aprendieron sus jefes a responder a los clientes. Luego recitaban a una lista que incluía a Leonardo, Miguel Ángel y hasta a Alejandro Magno.

Fue por su extrovertida y totalmente abierta homosexualidad que Patricio se ganó el apodo de “la loca, loca”; él lo sabía, pero no se daba por aludido, es más, le divertía que le llamaran así.

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