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Capítulo 03. Una vida loca.

Octubre 10th, 2012 Leave a comment Go to comments

Diana Evelyn siempre fue una chica extrovertida. Acostumbrada como estaba a los mimos de su padre, su personalidad se forjó abierta y con gran seguridad en sí misma.

Desde pequeña resultó un dolor de cabeza para sus padres, pero pronto halló la manera de obtener el indulto de Manuel cuando hacía de las suyas.

Hermosa como era, pronto se vio rodeada de los galantes favores de sus compañeros que la asediaban constantemente tratando de obtener  un poco de su atención.

Nunca fue difícil para ella manejar la incipiente atracción que despertaba en los jovencitos y, aunque tuvo muchos novios, pronto se aburría de ellos e iniciaba una nueva relación. Otras niñas envidiaban su suerte con los mozalbetes, pero había varias de ellas que la seguían tan sólo por estar bajo su aura.

No faltaba el patán que la acosaba tratando de llevarla a la cama y esa fue la principal razón por la que terminó con la mayoría de sus novios. A pesar de ser muy noviera, siempre se tuvo un gran respeto a sí misma y por ello se negaba a acceder a las peticiones de sus pretendientes, que ostentaban un mar de hormonas en ebullición.

Cuando tenía diecisiete años, sin embargo, conoció a Leobardo y algo la enterneció profundamente de él. Fue cosa de días para que empezaran a frecuentarse y una bonita amistad surgió entre los dos.

A diferencia de tantos otros, Leobardo siempre exhibía un gran respeto por ella y la trataba con suma delicadeza. Era común verlos juntos por todas partes, tomados de la mano. No faltaba quien dijera que eran novios, pero eran sólo amigos.

Leobardo era un joven fornido y alto, de tez morena y ojos amielados, casi amarillos, de mirar profundo. Su voz, varonilmente gruesa, encantaba a Diana Evelyn quién, extasiada, escuchaba cuanto decía. Pero también, además de su evidente atractivo físico, era un muchacho muy inteligente y siempre encontraba una respuesta que provocaba una franca carcajada en Diana Evelyn.

Él la veía como su hermanita menor, a pesar de haber notado su belleza desde el principio. Estaba al tanto de la gran cantidad de pretendientes que la asediaban todo el tiempo y, quizá por ello, se mantenía alejado.

Como ocurre con muchos jovencitos, Leobardo no se sentía muy atractivo, sobre todo por sus kilos de más. Pensaba que una chica como Diana Evelyn jamás se fijaría en él como hombre, pero no tenía la más remota idea del efecto que producía en ella. Sabía, no obstante, que ella se sentía muy a gusto a su lado y no perdía la oportunidad para arrancarle una sonrisa.

Irene estaba al tanto de lo que acontecía en el corazón de Diana Evelyn y no dejaba de advertirle “Ya caerá” y le aconsejaba como verse bonita ante él. Aunque a veces álgida, la relación con su madre era una relación de confianza. La primera vez que Irene le habló sobre sexo, Diana Evelyn se ruborizó al extremo pero, a partir de esa charla, encontró una confidente en su madre. Claro está que la intención de su madre siempre fue inculcarle auto respeto y prevenirla sobre los métodos de protección para evitar embarazos no deseados. Si bien la educación de Irene estaba profundamente influida por la religión, ella comprendía lo que la pubertad provoca en los jóvenes y pensaba que algún día sus propios hijos sucumbirían ante las tentaciones, producto de la exaltación de sus hormonas así que, ante lo inevitable, deseaba que –por lo menos-, sus hijos estuvieran bien informados, tanto de las consecuencias de sus actos, como sobre la manera de prevenir sucesos indeseados. De ahí que pusiera tanto énfasis en educarles en cuanto el respeto que se debían a sí mismos, en primer lugar.

- ¿Está mal tener relaciones? – preguntó una inocente Diana Evelyn a su madre.

- ¡Por supuesto que no, cariño! ¡Claro que no está mal! Pero debes estar preparada psicológicamente para ello porque después nada volverá a ser igual.

- ¿Por qué todos piensan que eres una zorra si te acuestas con alguien? – Insistió Diana Evelyn.

- Amor – respondió Irene, tomándola de la mano, – Vivimos en una sociedad que sigue un protocolo. Para la sociedad, el sexo es algo que ocurre en matrimonio, no fuera de él; sin embargo, – he aquí el “pero” – muchas parejas viven en unión libre y tantas otras lo hacen furtivamente.

- No entiendo. – Confesó Diana Evelyn.

- A veces – comenzó a explicar Irene, – las parejas no se sienten completamente seguras de su propio futuro como pareja, por ello deciden sostener una relación abierta. – Dijo ella.

- ¿Y no podría ser siempre así? ¿por qué entonces existe el matrimonio? – Preguntó Diana Evelyn con gran interés.

- El matrimonio representa un compromiso de por vida. – Continuó Irene. – Cuando aceptas a un hombre como esposo, es porque ambos se sienten seguros de sus sentimientos y quieren pasar el resto de su vida juntos.

- Pero también existe el divorcio…  – Interrumpió Diana Evelyn.

- ¡Claro amor! Pero el divorcio es el resultado de una mala elección. – Explicó Irene.

- Entonces, ¿cómo puedo estar segura? ¿no sería mejor vivir en unión libre? – Preguntó evidentemente confundida.

- Llegado el momento lo sabrás. – Le dijo su madre, regalándole una sonrisa de complicidad.

- ¿Cómo? – Preguntó Diana Evelyn de nuevo, con una creciente confusión.

- Una mujer siempre lo sabe Diana. – Afirmó su madre. – Lo sabrás porque te sentirás enamorada, te sentirás a gusto a lado de él, sabrás desde el primer momento que él es el indicado. Simplemente lo sabrás. – Complementó.

- Y… ¿si me sintiera así con un niño y decidiera hacer el amor con él sin estar casados? – Preguntó, ahora más confiada ante la apertura que su madre mostraba.

- Como madre – empezó Irene a decir – no puedo decirte que eso sería algo que me gustara mucho, me sentiría decepcionada de ti, pero entendería que es tu vida y que sólo tú puedes tomar esa decisión. Sin embargo, si alguna vez lo haces tienes que entender que, como mujer, a diferencia de los hombres, tú sufrirías las consecuencias de actuar con irresponsabilidad y, con esto, no quiero decir que entregarte por amor sea irresponsable sino, más bien que, hacerlo sin prever cómo podría cambiar tu vida después de hacerlo, sería lo irresponsable.

- Pero, si un muchacho es muy persistente al insistir que lo hagamos, ¿debo hacerlo?

Irene sonrió, comprendiendo el dilema de su hija, pero no quiso ser evidente y hacerle ver que intuía lo que le sucedía, así que simplemente le preguntó: – ¿Hay algún Romeo por ahí que quiera seducir a esta hermosa Julieta?

Diana Evelyn se sonrojó al saberse descubierta, pero Irene le recordó que su intención era sólo aconsejarla, no cuestionarla.

- Si, mami, hay un chico que no deja de asediarme. – Reconoció ella.

- ¿Y tú, cariño, te sientes preparada para hacerlo? – Preguntó de nueva cuenta Irene. Diana Evelyn comprendió entonces que –en realidad- no se sentía lista para enfrentarlo. Sentía curiosidad, mucha curiosidad, por lo que el acto implicaba, pero también sentía un miedo indescriptible.

- Creo que no mamá, me da miedo. – Confesó.

- ¿A qué le tienes miedo? – Preguntó Irene.

- Algunas de mis amigas me han dicho que duele mucho. – Dijo Diana Evelyn.

- Eso ocurre, hijita, porque tu cuerpo aún no está preparado para hacerlo; además, el acto sexual debe ocurrir con amor. – Trató Irene de explicar, pero Diana Impaciente, insistió.

- ¡Mamá! Eso no me ayuda mucho. – Dijo, con un mohín de disgusto.

- Mira, – retomó Irene con paciencia -, los jovencitos de tu edad normalmente piensan que el sexo es sólo la cópula …

- ¿La qué…? – Interrumpió Diana Evelyn.

- El penetrarte con su pene en tu vagina – Explicó su madre. – Pero el acto sexual no es sólo eso. Debe haber caricias, besos, él debe hacer que tú te sientas de humor para hacerlo. Él debe hacerte sentir que el momento ha llegado. De otra manera, si sólo te penetra y ya, eso sí te ocasionará dolor.

- ¿Por qué? – Preguntó Diana Evelyn con inocencia.

- Porque tu vagina necesita lubricación. De otra manera, al entrar él en ti será doloroso. – Respondió Irene.

- Pero…  ¿Cómo puedo saber si un chico me tratará así, como tú describes, si nunca me he acostado con él para empezar? – Volvió a cuestionar Diana Evelyn.

- Lo sabrás. – Respondió Irene. – Llegado el momento tú misma lo sabrás.

- ¿Cómo? – Insistió Diana Evelyn.

- Lo sentirás en su trato hacia ti. Tu corazón te lo gritará y tú sabrás que ha llegado el momento. – Explicó su madre.

- Oye, má… – volvió a interrumpir Diana Evelyn – y… si mis amigas me consideran mojigata por no hacerlo ¿está bien?

- Dianita, tú no debes prestar atención a lo que la gente piense de ti, sólo debes hacerle caso a lo que tu corazón y tu cabecita te dicta que es correcto. – Argumentó Irene. – Ninguna de tus amigas va a pasarla mal si tú, por hacerles caso, quedas embarazada y el jovencito responsable se hace el desentendido. Ninguna de ellas enfrentará la ira de tu padre cuando se entere, ninguna pasará nueves meses de achaques…  ¿por qué preocuparte de que te consideren mojigata?

Esa conversación se prolongó por horas. Irene siempre trató de que su hija comprendiera que debía respetarse a sí misma primero y hacer que el chico que pretendiese robar su virginidad la respetase en primer lugar.

Por su parte, Diana Evelyn vio por primera vez a su madre como a una amiga y le guardó un profundo agradecimiento por su incondicional apoyo. No hubiera sido lo mismo con Manuel pues, Manuel jamás habría sido capaz de comprender los cambios que ocurrían en ella debidos a la adolescencia y trataría de restringir su vida a toda costa.

Tras esa charla entre madre e hija, hubo muchas otras. Siempre que Diana Evelyn tenía dudas sobre cómo actuar con algún chico, acudía a su madre quien, con toda paciencia, le escuchaba y le aconsejaba.

Irene llegó a conocer a Leobardo un día que fue a recoger a su hija a la escuela y los encontró tomados de la mano. Al ver a su hija, con esa mirada que delataba fascinación por el muchacho, no pudo evitar recordar cómo se sintió ella con su primer amor. Le enterneció profundamente ver a su pequeña enamorada por vez primera. Entendió que esta vez no se debía a un muchachito atractivo sino a la manera en que ese muchachito en particular la trataba. Sin querer interrumpir, les permitió algunos minutos adicionales. De todos modos ellos ni siquiera se habían percatado de su presencia.

Cuando lo consideró oportuno, se acercó lentamente hacia ellos y, sonriendo, le dijo: – Dianita, hija, ¿no me vas a presentar a tu novio?

Diana Evelyn se ruborizó notoriamente. Lo mismo sucedió con Leobardo quien, avergonzado, la soltó de inmediato y bajó la mirada, más con vergüenza que con respeto. – No es mi novio, mamá, es mi amigo, Leobardo. – Recriminó Diana Evelyn ante la involuntaria invasión de su madre a su intimidad.

Leobardo, con gran timidez, se puso de pie y dijo: – Es un placer, señora. – Sin embargo no fue capaz de levantar la mirada del suelo.

Irene comprendió la situación y trató de ser más condescendiente. – Perdón, es que los vi tan acaramelados que no pude evitar pensar que él es tu novio. – Dijo. Luego, dirigiéndose a Leobardo y con ánimos de inyectarle confianza dijo: – Pero que jovencito tan gallardo. – y le extendió su mano. – Soy Irene, la madre de Diana Evelyn. Es un placer conocerte.

Durante algunos minutos, con un Leobardo ya más abierto, estuvieron conversando y, finalmente, madre e hija se retiraron a su casa.

En el camino, Irene sugirió: – ¡Pero qué escondidito lo tenías! – Dijo. – ¡Mamá! – Reclamó Diana Evelyn ruborizada. – Hija, es ¡obvio! que Leobardo te gusta. ¡Es más visible que el sol! – dijo. – ¡Es sólo mi amigo, mamá! – Insistió Diana Evelyn. – Lo sé hijita, pero también sé que tú quisieras que fuera algo más. – Afirmó Irene. – Pues si mami, me gusta mucho. – Admitió la hija. – Puedo entender porqué. Es un joven muy apuesto. – Apoyó Irene. – Y… ¿qué te detiene para conquistarlo? – Preguntó interesada. – No sé mamá, creo que no le gusto. – Dijo Diana Evelyn. – La mamá volteó hacia Diana Evelyn con una mirada de “¡Por favor!” y le dijo: – ¡Ay hijita! Te falta aprender mucho sobre los hombres. Lo tienes comiendo de tu mano. – Le dijo. Diana Evelyn la miró con extrañeza y, con inocultable interés preguntó: – ¿Cómo? ¡Pero si lo conozco hace meses y nomás nunca me ha pedido nada! – Confesó. – ¡Ay hija! ¿A poco no te has dado cuenta de cómo te mira? Y ¿Qué es eso de hablar tomados de la mano? Más aún, ¿has notado que su voz, cuando te habla es más ronca de lo que es cuando le habla a alguien más? – Dijo, intentando mostrarle el punto. De pronto, una luz se encendió en el cerebro de Diana Evelyn e hizo esfuerzos por recordar otras ocasiones en que Leobardo y ella habían estado charlando como ahora, en que su madre les sorprendió.

En cada ocasión que podía recordar, ocurría exactamente lo mismo que su madre le recalcaba. No había una sola vez en que las cosas que su madre decía no ocurrieran. Entonces, con una mirada de sorpresa, simplemente dijo: – Si, ¿verdad? – Su madre sonrió. Insistió en que debía aprender algunos trucos y le manifestó su apoyo ante una experiencia que, si bien, la hija vivía, la madre revivía.

Otra cosa que ocurrió en el corazón de Diana Evelyn fue que finalmente entendió a lo que se madre se refirió la vez que le dijo que “una mujer siempre sabe esas cosas”. Ahora entendía mucho de lo que muchas veces su madre le explicó en relación al amor y, por vez primera, se supo enamorada.

Para Leobardo el proceso tomó mucho más tiempo. Aunque él sabía desde el primer instante que estaba perdidamente enamorado, su temor, producto de su inseguridad, no le ayudaba. Él no era más que un humilde muchacho, muchas veces mal vestido, con sobrepeso y se sentía increíblemente feo. ¿Cómo iba a ser posible que una muchacha tan bonita como lo era Diana Evelyn pudiera sentirse ni remotamente atraída por un adefesio como él? Se preguntaba.

No es extraño. Muchos hombres nos sentimos así durante los primeros años de nuestra vida. Sin embargo, el tiempo siempre acomoda las cosas en su lugar y, con el transcurrir de los años, aprendemos que las cosas no son tan absolutas como nos parecen cuando comenzamos el viaje hacia la adultez. Pero para él tendrían que pasar muchos años más después de Diana Evelyn.

La amistad entre los jóvenes se hizo cada vez más fuerte. Llegó un momento en que Diana Evelyn rechazó a otros jovenzuelos, tan sólo por estar más tiempo junto a Leobardo. Era ya común encontrarlos juntos. Tanto, que cuando uno de los dos faltaba a la escuela, los profesores siempre les preguntaran por el otro.

Una noche, caminando por las calles tras una fiesta a la que habían acudido, Diana Evelyn sintió un repentino frío. Caballeroso, Leobardo le ofreció su abrigo. Acomodándole su chamarra, sintió su cercanía y no pudo evitar quedar extasiado ante esos hermosos ojos. Sin atinar a decir nada y sin ser capaz de apartar su mirada de la de ella, permaneció así, frente a ella, tan cerca que se sentía embriagar de su aroma, tan profundamente cerca que, casi, pudo sentir su corazón latir acelerado. Para sus adentros, Diana Evelyn no dejaba de repetirse “¡Oh, dios! ¡Está ocurriendo! ¡Está ocurriendo!”, pero no dijo nada. Simplemente le regresó la mirada, sin notar que el amor se hacía inevitablemente aparente en cada centímetro de su piel. Pero Leobardo seguía sin reaccionar. Entonces ella, tomando sus manos, las llevó hasta su rostro y le permitió tocarla. Leobardo, embelesado, acarició su mejilla, completamente hipnotizado y, sin saber cómo ni cuándo, llevó su otra mano hasta la nuca de ella. Con ternura, levantó su rostro y, con sumo cuidado, la atrajo hacia sí. Diana Evelyn le dejó hacer e, inundada en su ser con la más pura inocencia, cerró los ojos esperando el beso. Leobardo ya no pudo más, pero siempre con ternura, acarició los labios de ella con los suyos, en un beso inocente, que invade sin profanar. Permanecieron así quien sabe por cuánto tiempo. Fue un beso dulce. El beso que selló el inicio de la primera vez en que ambos se sabían súbditos del amor.

Al llegar a su casa, Diana Evelyn esperó impaciente un momento de soledad de su madre. No fue necesario esperar mucho. Irene se percató de la felicidad que su hija irradiaba y, con cualquier pretexto, subió al cuarto de ella y, simplemente, urgió: – ¡Cuéntamelo todo!

No podía ocultar la emoción que sentía, influida por la emoción que Diana Evelyn destilaba. Para Manuel fue sólo un galimatías. Lejos –pero muy lejos-, estaba de imaginar la –para él-, inexplicable felicidad repentina de su hija y, más aún, la prisa de su mujer por irse a meter al cuarto de la primera.

Diana Evelyn no perdió detalle al explicarle a su madre la dulzura de aquel beso que había sido capaz de subirla a las estrellas y llevarla ante la infinita belleza del cosmos. Su madre, sin interrumpir, escuchaba compartiendo su alegría.

Más tarde, ya en el cuarto que compartía con Manuel, éste le preguntó: – ¿Qué se traen entre manos tú y tu hija? – Dijo. Irene volteó hacia él y dijo: – Sólo pasa que nuestra pequeña ya tiene su primer novio. – Reveló lacónicamente. -¡Por favor! – Exclamó Manuel. – Si esta niña ha tenido más novios que todas las chicas de la colonia juntas. – Completó. Irene no hizo más que sonreír y se acomodó en la cama, apagando la mortecina luz de la lámpara de su lado.

Esta incipiente relación continuó por espacio de varios meses, hasta que Leobardo obtuvo una beca para estudiar en una Universidad en el extranjero. Diana Evelyn lo amaba y no quería ser egoísta reteniéndolo a su lado. Deseaba lo mejor para él, aunque él sólo quería permanecer a su lado. Después de mucho hablarlo, decidieron que Leobardo partiría a realizar sus estudios en el extranjero, mientras Diana Evelyn le esperaría hasta su regreso. Con la inocencia del primer amor, ambos se prometieron fidelidad y que se escribirían de continuo y, aunque Leobardo cumplió su promesa durante el primer año y medio, con el tiempo, sus cartas fueron haciéndose más espaciadas cada vez. Aunque toda la tecnología de telecomunicaciones está disponible para nosotros en este milenio, ni siquiera todos esos artilugios del avance humano cambiaron ese hecho.

Pero, antes de partir Leobardo, una noche Diana Evelyn de repente supo que estaba lista y se dejó seducir. Esa también fue una experiencia de ternura. Leobardo quiso resistirse, al principio, pues no quería forzarla a ella, pero Diana Evelyn supo que su momento finalmente había llegado. Más que una lasciva entrega, este acercamiento fue un ritual de verdadero amor. La inocencia de la primera vez se tradujo en caricias sin fin, complementadas con suaves besos que buscaban descubrir. Las horas transcurrieron rápido, pues ellos se tomaron su tiempo en explorar sus cuerpos.  Quizá Leobardo no lo sabía entonces, pero su instinto le llevó a regalarle a ella sus primeras explosiones de placer, antes de profanar el sacro recinto de su ser. Ella descubrió por primera vez que su madre tenía razón y no tuvo más miedo. Estaba preparada y se entregó sin reservas. Lo ansiaba. Todo su ser se lo exigía.

Más enamorados que nunca, se despidieron algunos días después en el aeropuerto. Irene les había acompañado y notó el cambio de actitud en ambos, pero se reservó sus pensamientos, respetando la intimidad de su hija. Más tarde, en el auto, le preguntó: – ¿Usaron preservativos? – Diana Evelyn la miró estupefacta y, casi petrificada, le reclamó: – ¡Mamá! – Pero se dio cuenta de que poco o nada podría hacer por negarlo, así que respondió: – Si, mamá, nos cuidamos. – Afirmó. En el fondo esperaba que su mamá la regañara, así que preguntó: – ¿Te sientes decepcionada? – Su mamá la miró por breves instantes y volvió a mirar hacia el camino. Entonces dijo: – Hija, eres mayor de edad. Muy joven aún, pero eres mayor de edad. Son tus decisiones. Sólo espero que seas responsable al respecto.

Diana Evelyn permaneció callada por algunos minutos y, de pronto, al recordar a su padre, dijo: – No se lo vayas a decir a mi papá, por favor. – Irene le sonrió y dijo: – Aún te falta aprender más sobre los hombres. ¡Por supuesto que no se lo voy a decir! No es bueno decirle a los hombres todo. Hay que guardar algunos secretos.

Intrigada, Diana Evelyn le preguntó: – ¿A qué te refieres? – Entonces, casi como si hablara con ella misma, Irene le confesó: – Tu papá sigue creyendo que cuando nos casamos yo era virgen.

Abriendo exageradamente los ojos y, tapándose los oídos como si estuviera a punto de oír una explosión, Diana Evelyn respondió: – ¡Mamá! – Pero su curiosidad pudo más y entonces preguntó: – ¿Cómo es posible que no se diera cuenta si no sangraste? – Irene comprendió lo que insinuaba y le dijo: – No todas las mujeres sangramos. – Pero Diana Evelyn no estaba dispuesta a conformarse con esa lacónica respuesta, así que insistió: – De cualquier modo debe haberlo notado. Tan sólo por tu actitud en la cama… – Pero fue en ese preciso instante en que comprendió lo que su madre intentaba decirle.

Irene comprendió que su hija había finalmente captado el mensaje y la miró de reojo, sin hablar. Entonces, dándose por vencida, Diana Evelyn simplemente dijo: – Definitivamente aún hay mucho de lo que debemos hablar tú y yo mami.

El tiempo siguió su curso. Conforme pasaban los meses, la comunicación con Leobardo fue haciéndose más y más espaciada. Al principio, la indiferencia de éste le dolió mucho a Diana Evelyn, pero hay quien dice que el tiempo lo cura todo y así ocurrió con ella. Un día, las cartas dejaron de llegar y, muchos meses después ella dejó de esperarlas.

Diana Evelyn se graduó en medicina y, tras la abrupta interrupción de ese hermoso primer amor, conoció a muchos otros hombres.

Ahora se permitía sostener relaciones sexuales con algunos de ellos, siempre que el tipo le gustara lo suficiente, pero siempre exigía que se utilizara protección. Tenía una carrera muy prometedora y no quería tirarlo todo por la borda. Si un tipo se negaba, ella simplemente lo dejaba.

El no ser más virgen le hizo sentir esa libertad y siempre antepuso el respeto que se debía a sí misma.

Como su madre le había vaticinado, con el pasar de los años aprendió muchas cosas que los hombres creemos que las mujeres no saben sobre nosotros. Aprendió también a guardar para sí secretos y la razón por la que necesitaba hacer esto y, más aún, al igual que lo hacía con su padre, aprendió a tomar ventaja de las debilidades masculinas.

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