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Capítulo 02. Un momento incómodo.

Octubre 10th, 2012 Leave a comment Go to comments

La adolescencia había sido particularmente confusa para Leonardo. Durante sus años de niñez él se había sentido especialmente cómodo en compañía de sus amigos.

Su niñez fue normal. Era un niño un tanto brusco, que jugaba con otros niños a los juegos que ellos juegan. Cuando llegó a la pubertad vio como la mayoría de sus amigos comenzaban a salir con chicas, pero él no podía sentir atracción hacia ellas.

Un día conoció a Raúl. Un muchachito peleonero y conflictivo y se sintió atraído por su gallardía. Al principio, Leonardo pensó que lo que sentía era admiración por la forma de ser de su nuevo amigo, pero pronto empezó a notar que su incipiente musculatura llamaba mucho su atención. “¡No puede ser!” pensó. “¿Por qué me gusta tanto este niño?”, se preguntó a sí mismo.

Los meses pasaron y la atracción sexual que le producía Raúl no hizo sino incrementarse. No obstante sus preferencias, él se mantuvo discreto todo el tiempo y, si alguien lo viera con detenimiento, difícilmente podría deducir su homosexualidad.

Un día, estando solos, Leonardo no pudo reprimirse más y lo besó en los labios. Sobra decir que Raúl reaccionó con violencia.

- ¡Puto! – Le recriminó al mismo tiempo que lo aventaba lejos de sí. – ¡No te la vas a acabar, cabrón! – le dijo, insultándolo.

A partir de ese incidente, la vida de Leonardo se convirtió en un interminable martirio. Los niños lo acosaban constantemente, insultándolo. Las niñas hacían lo propio. “¡Lástima que sea jotito!”, decían, al tiempo que se reían burlonamente en su cara.

Leonardo era un jovencito de facciones agradables. Muchas niñas suspiraban cuando lo veían. Más de una intentaba un acercamiento, pero Leonardo siempre las rechazaba. Simplemente no se sentía atraído.

No obstante el acoso constante, Leonardo pudo hacer amistad con dos jovencitas, que entendían su condición y le apoyaban incondicionalmente.

No pasó mucho tiempo antes de que Manuel intuyera que algo andaba mal.

Era frecuente que Leonardo llegara a la casa con moretones que eran evidentes, sin importar qué hiciera él para evitar que sus familiares lo notaran. Quizás, la primera en descubrir la preferencia sexual del Leonardo fue su hermana, Diana Evelyn, quien inevitablemente estaba al tanto de lo que ocurría a su hermano en la escuela.

Una tarde, Diana Evelyn le pidió hablar y Leonardo, reticente, aceptó. Durante horas hablaron en secreto, en medio de los sollozos de Leonardo, motivados por la incomprensión que sentía por parte de los demás. Diana Evelyn se mostró comprensiva todo el tiempo y le aconsejó y dejó patente su incondicional apoyo. – ¡Tienes que decirle a nuestros padres! – Sugirió. –Tengo miedo de papá. – Confesó él. – Siento que mi mamá podrá entenderlo, pero no creo que sea buena idea decírselo a mi papá. – Añadió.

No fue mucho después que Manuel intentó hablar con Leonardo, pero él se negó a hacerlo. Simplemente escuchó los consejos que su padre intentaba darle para defenderse, pero un “Si él supiera” era la respuesta que su cerebro insistía en darle.

Los años transcurrieron y el retraimiento de Leonardo no hacía sino incrementarse. Se había acostumbrado a las vejaciones a las que era sometido por sus compañeros, pero había conocido a algunos otros jovencitos que se encontraban en la misma situación y se apoyaban entre ellos.

De ahí surgieron grandes amistades para Leonardo. Amistades que eran satanizadas por los demás, que no comprendían esa manera de ser. Alejandro, otro jovencito homosexual, se había encariñado mucho con Leonardo. Anímicamente, Alejandro era más abierto que Leonardo con respecto a sus preferencias sexuales y le enterneció la timidez que encontró en Leonardo.

Largamente trató de animarlo a aceptarse tal cual y le apoyó sin cansancio. Compartió con Leonardo anécdotas que relataban el sin fin de momentos ríspidos que tuvo que enfrentar por su homosexualidad hasta encontrar la fortaleza para “salir del closet” y reconocerse como tal. – A partir de entonces – dijo, – me he sentido liberado, feliz. ¡Tú deberías hacer lo mismo!

Leonardo sentía un profundo agradecimiento por el interés de Alejandro. Pronto se convirtieron en los mejores amigos y pasaban muchos instantes juntos. Sus compañeros, por su lado, se burlaban de ellos y los acosaban, sugiriendo un noviazgo entre los dos que en realidad no existía.

Sin embargo, al no poder detener el frecuente acoso, las condiciones fueron estableciéndose para consumar el hecho.

Una noche, después de ir al cine, Alejandro acompaño a Leonardo a su casa y se quedaron un rato, charlando de tonterías, en la entrada de la casa. De pronto, una mirada furtiva bajo la luz del farol de la entrada interrumpió su curso sobre los ojos de Leonardo quien, extasiado, correspondió a la mirada de Alejandro.

Algo sucedió en su interior. No le incomodaba. ¡Al contrario! ¡Por fin se sentía libre!

Con gran inocencia, tomó dulcemente la mejilla de Alejandro, quien respondió colocando sus manos sobre el pecho de Leonardo. Éste, abstraído totalmente en la perfección que encontraba en el rostro de su amigo, acarició su mejilla, sin prisas, dándose su tiempo para disfrutar el momento. Alejandro rodeó su cuello con su brazo izquierdo, atrayendo a Leonardo hacia sí y un irrefrenable éxtasis se adueño del ser de Leonardo al sentir los labios de Alejandro acariciando suavemente los suyos.

Un par de cegadoras luces los sorprendieron repentinamente. Asustados se separaron y rogaron al cielo porque quien quiera que los había sorprendido no se hubiera percatado de lo que ocurría.

El auto se aparcó y Manuel descendió de él. Tenía un evidente gesto de disgusto, pero se limitó a saludar y le pidió a Leonardo que no tardara en entrar ya que pronto iban a cenar.

Leonardo vio a su padre entrar a la casa mientras sentía una angustiosa inquietud. Durante mucho tiempo estuvo ocultándole a su padre su naturaleza y, sin previo aviso, era posible que él se hubiera dado cuenta de lo que ocurría con él.

Está de más decir que urgió a Alejandro que abandonara el lugar, temiendo a una posible recriminación de su padre. Luego, entró apresuradamente. Sentía que la cara se le caía de vergüenza y subió a toda prisa a su recámara.

Tras algunos minutos, oyó la voz de su padre llamándole para que bajara a cenar. Embargado de un profundo desasosiego obedeció.

Ya abajo, tomó su lugar en la mesa y permaneció cabizbajo, sin pronunciar palabra. Manuel le contaba a Irene cuán pesado había sido su día y su esposa le recordaba los compromisos pendientes de cumplir.

Diana Evelyn hojeaba una revista mientras cenaba, con los audífonos de su iPod en los oídos.

- Dianita – le dijo su padre tratando de captar su atención. – ¡Dianita! – Insistió con mayor vehemencia.

- ¡Perdón, papi! No te escuché. – Respondió ella.

- Ya te he dicho que no quiero esas cosas sobre la mesa. – Le recordó Manuel.

- ¡Ay papi! – obtuvo, por toda respuesta.

- ¿Quién es tu amigo? – Preguntó ahora, dirigiendo su mirada hacia Leonardo.

- Se llama Alejandro. – Respondió Leonardo sintiendo que un enorme hoyo se abría bajo la tierra y lo tragaba.

- No lo había visto nunca. – Afirmó Manuel. – ¿Dónde lo conociste? – Preguntó.

- Es un amigo de la escuela papá. – Respondió Leonardo, lacónicamente.

- ¿Hace cuánto que le conoces? – Inquirió nuevamente Manuel.

- Pues – comenzó a responder Leonardo, con notorio nerviosismo, – lo conocí cuando se inició el ciclo escolar. Recién se mudó a esta ciudad.

- Invítalo un día para que lo conozcamos. – Sugirió su mamá.

- Sería buena idea. – Apoyó Manuel.

Eso fue todo. La recriminación que veía venir nunca llegó. Al menos no esa noche.

A la semana de estos incidentes, Alejandro compartía la mesa con la familia de Leonardo. No creo necesario decir lo nervioso que se encontraba el jovencito, por no mencionar a Leonardo.

Manuel no dejaba de preguntarle cosas, como quienes eran sus padres, de dónde procedían, porqué se habían mudado a la ciudad, cuántos años tenía, cómo es que conoció a su hijo, qué tipo de cosas solían hacer, en fin, parecía un interrogatorio más que una conversación.

Por fin, después de varias semanas esperando la reacción de su padre, Leonardo lo encontró esperándolo fuera de la casa un día que regresaba de la escuela.

Manuel no había descendido del auto y, en cuanto le vio, le dijo simplemente: – Sube. Me vas a acompañar.

Ambos permanecieron en silencio mientras el auto se deslizaba a través de las calles de la ciudad hasta que, finalmente, se detuvo frente a un cine de mala muerte.

Padre e hijo entraron al local, mientras el hijo se moría de vergüenza tras ver el cartelón de la película que se exhibía. Sin embargo, no dijo nada y siguió a su padre en silencio.

Una vez adentro, la pantalla era iluminada con los fotogramas de una película pornográfica en la que un tipo de raza negra mantenía una animada e interminable sesión de sexo con cinco mujeres.

Leonardo miraba a hurtadillas la pantalla a la vez que su padre sólo miraba la película, sin pronunciar palabra.

Se sentía incómodo y no sabía cómo reaccionar. No entendía el propósito de su padre al llevarlo a ese lugar. Sin poder evitarlo, las veces que dirigía su mirada a la pantalla eran precisamente las veces en que el director quería poner mayor énfasis en la virilidad del negro, pero bajaba de inmediato la mirada temiendo que su padre notara su interés por el hombre.

Después de poco más de una hora, ambos salieron del cine y abordaron de nuevo el auto.

- ¿Qué tiene de malo una relación entre una mujer y un hombre? – Preguntó Manuel sin más, sin apartar su mirada del camino.

Con timidez y un creciente nerviosismo, Leonardo comprendió que su padre ya lo sabía. – Nada, supongo. – Fue su única respuesta.

- Entonces, ¿por qué no puedes ser un muchacho normal, al que le gusten las jovencitas? – Preguntó toscamente Manuel.

- Papá… – Comenzó a responder Leonardo, pero Manuel no lo dejó terminar.

- ¿Por qué tenía que tener un hijo joto? – Gritó Manuel exasperado.

Leonardo no pudo contenerse y rompió a llorar. No era el insulto en sí, era la incomprensión de su padre lo que le dolía. No volvieron a hablar durante ese día, ni durante mucho tiempo después de eso.

Cuando llegaron a la casa, Irene vio sorprendida, sin atinar a comprender lo que ocurría, como su hijo, sin decir palabra, subía a toda prisa a su cuarto, llorando. También vio a Manuel, Iracundo, azotando todo a su paso. Diana Evelyn comprendió lo que pasaba y corrió detrás de su hermano.

- Ese muchachito, Alejandro, es un maldito marica. – Gritó con furia a Irene. – ¡Y tu hijo también! – Le dijo, como inculpándola por la naturaleza de su hijo.

- ¿A qué te refieres? – Preguntó Irene, quien comenzaba a enojarse.

- El otro día, cuando conocí al putito ese de Alejandro, los encontré besándose a la entrada.

- ¡Ay Manuel! ¿A poco no te habías dado cuenta de las preferencias de Leonardo? – Exclamó ella.

- ¿Tú si lo sabías? – Presionó Manuel.

- ¡Por supuesto! – Respondió ella. – Lo sé desde que Leo era un niño.

- Y ¿por qué nunca me dijiste algo al respecto? – Reclamó Manuel.

- Por esto. – Respondió Irene lacónicamente, mientras hacía un ademán de obviedad. – Te conozco mejor de lo que tú mismo te conoces y sabía que cuando te enteraras reaccionarías así.

- ¡Tú debiste informármelo desde el primer momento! – Recriminó Manuel. – Si lo hubiera sabido a tiempo algo podría haber hecho.

- ¡Ay Manuel! ¡No seas absurdo! Como si no supieras que la homosexualidad no es una enfermedad. – Le reclamó Irene.

- Pero si una perversión. – Gritó Manuel.

- ¡Tampoco es eso! – Le respondió con furia Irene. – ¡Ten más respeto por tu hijo, con un carajo! – Le exigió.

Ellos siguieron hablando toda la tarde sobre el asunto. Irene no cejó en su empeño por hacerle comprender su error y apeló a su cordura para aceptar la situación. Poco a poco, Manuel fue bajando la guardia, pero pasarían muchos meses hasta que finalmente aceptara la condición de su hijo.

En el cuarto de Leonardo, Diana Evelyn se deshacía en consuelos para Leonardo, quien no paraba de llorar. Él le confesó que intuía que su padre reaccionaría como lo hizo y, de ahí, su temor a confesarle su inclinación sexual. Ella mostró una profunda empatía con él y le confirmo su total apoyo.

En el transcurso de los meses que siguieron, Alejandro y Leonardo siguieron viéndose de manera furtiva y su relación se fortaleció. Con el tiempo, Leonardo aprendió a vivir con el rechazo de su padre y procuraba encontrárselo lo menos posible. Sin embargo, siempre que se encontraban, percibía un trato frío –gélido sería más exacto decir-, por parte de Manuel.

Muchas lágrimas y recriminaciones después, mientras él hacía sus deberes, encerrado en su recámara, Manuel pidió permiso para entrar.

Al ver al adulto bajo el dintel de su puerta, Leonardo estuvo a punto de negarse a recibirlo, pero algo había en su mirada que le enterneció.

Con temor, Manuel se acercó lentamente a su hijo, dubitativo y preguntó, en un tono más humilde, como buscando entender: – ¿Por qué Leo, por qué?

Leonardo lo miró con conmiseración y, tranquilo, respondió – No sé papá, no sé. – y rompió a llorar.

- ¿Nunca te sentiste atraído por las niñas? – Preguntó Manuel. – ¿Ni un poquito?

Leonardo enjugó sus lágrimas y sonrió a su padre. – Ni un poquito. – Respondió y los dos comenzaron a reír.

- Te amo hijo. – Afirmó Manuel. – Trata de comprenderme. – Pidió. – Sé que he sido muy cruel contigo y muy egoísta al negarme a comprenderte. – Terminó.

- Gracias papá. – Fue todo lo que obtuvo por respuesta.

- No, hijo, gracias a ti por darme otra oportunidad. – Respondió Manuel mientras abrazaba a su hijo.

Y fue así como ambos se perdonaron. Para Manuel, sin embargo, resultaba completamente incomprensible la inclinación de su hijo, pero se prometió a sí mismo ser más comprensivo con él en adelante.

No obstante, a veces olvidaba su promesa y arremetía contra su hijo quien terminó acostumbrándose a las reacciones de su padre, mientras trataba de pasarlas por alto.

Con el tiempo, Leonardo terminó la preparatoria y cuando ingresó a la Universidad dejó de ver a Alejandro.

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