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Capítulo 01. La boda.

Octubre 10th, 2012 Leave a comment Go to comments

Manuel intentaba con gran intensidad ofrecer un semblante duro ante quienes le rodeaban. Su gesto severo bien podría haber cumplido su cometido pero, por dentro, esa aparente fortaleza sucumbía, desmoronándose ante el espectáculo que presenciaba.

Diana Evelyn lucía esplendorosa. El largo vestido blanco que portaba, resaltaba su esbelto cuerpo. El velo, de un transparente blanco, dejaba entrever un hermoso rostro de finas líneas dulcificadas por una inocultable alegría que irradiaba a través de cada poro de su piel. Augusto, el novio, se mostraba gallardo, orgulloso, portando un pulcro smoking negro.

Eventualmente, las miradas de Diana Evelyn y Augusto se encontraban, destilando el gran amor que los había conducido ante aquel suntuoso altar. Era más –mucho más-, de lo que Manuel podía soportar, pero su férrea determinación de aparentar una falaz ausencia de sentimientos, ocultaba la gran pena que producía en su corazón el evento que ahora atestiguaba.

La había perdido. Después de tantos años cuidando de ella, amándola más que a sí mismo, ahora ella elegía otro derrotero y se alejaría para siempre de su lado, iniciando así un nuevo episodio de su vida. Él le concedía el derecho a decidir el rumbo que su existencia habría de tomar, pero le dolía intensamente lo que ocurría.

A su lado, su esposa contemplaba extasiada la ceremonia. Estaba tanto o más feliz que Diana Evelyn y no lo ocultaba. Ni siquiera intentaba ocultarlo. Por mucho tiempo esperó que esta boda tuviera lugar y, ahora, finalmente se concretaba.

Irene era una mujer madura, unos cuantos años más joven que Manuel. El paso del tiempo –y de las costumbres-, habían dejado evidencia en su menudo cuerpo. Aunque delgada, la edad había hecho lo suyo con su apariencia, pero estaba aún en los mejores momentos de su vida y –más de uno-, envidiaba profundamente la suerte que Manuel tenía de tenerla a su lado.

A ratos, conmovida por las miradas cargadas de amor que compartían Diana Evelyn y Augusto, volteaba a ver a Manuel con los ojos inundados en lágrimas. Manuel le correspondía con fastidio, intentando parecer un roble inamovible, que ni el más fuerte huracán puede arrancar del suelo.

Diana Evelyn. Sólo dulces recuerdos surgían al contemplarla ante el altar. Un cúmulo de sentimientos encontrados debatían en el interior de Manuel, amenazando con derribar su fortaleza. Por fin, una odiosa lágrima brotó de su ojo izquierdo, deslizándose por su mejilla, hasta que estalló en la forma de sollozos que, por más que lo intentó, ya no pudo controlar.

La pequeña de papá por fin se casaba. Manuel deseaba lo mejor para su amada hija, pero estaba tan acostumbrado a ella que, la boda, tenía un significado más para él. Simbolizaba la pérdida del ser que más había amado, aunque estaba consciente de que nada ni nadie sería nunca capaz de romper el lazo filial entre ambos, sabía que Diana Evelyn dejaría el hogar paterno y se mudaría a su nuevo hogar, junto a Augusto, su marido.

Irene comprendió el desasosiego de Manuel y aferró su brazo, recargando su cabeza sobre el hombro de éste, dándole a entender que lo comprendía y extendiéndole una súplica tácita para permitir a su hija buscar su propia felicidad.

Leonardo sonrió al descubrir el momento de flaqueza de su padre y conmovido, tomó su brazo con su mano derecha, mientras daba suaves palmaditas sobre su espalda con su mano izquierda.

El olor a incienso inundaba el recinto y la voz del sacerdote recitaba algunas parábolas ad hoc a lo que ocurría. Finalmente, pidió a los novios intercambiar los anillos y los pronunció marido y mujer, otorgando el permiso al novio para besar a la hermosa novia.

Minutos más tarde, salía la pareja en desfile nupcial, mientras los presentes les felicitaban por la naciente unión.

Fuera del templo, Manuel aún se resistía a acercarse a Diana Evelyn pero ella, comprendiendo lo que esto significaba para él, lo buscó y lo abrazó.

- Estaré bien, papá. – Le dijo al oído.

- Lo sé, mi amor, lo sé. – Dijo Manuel, sin poder contenerse más y rompió a llorar como un chiquillo.

Diana Evelyn miró primero a su mamá y, en medio de una sonrisa de comprensión, a Augusto, quien se acercó al padre y a la hija y los abrazó.

- Don Manuel, no se preocupe, su hija será la mujer más feliz del planeta. – Le dijo con condescendencia.

- Más te vale, hijo. – Respondió Manuel y los tres rieron de buena gana.

- ¡Felicidades cuñado! – Dijo Leonardo, mientras saludaba a Augusto y le dirigía una sonrisa de satisfacción.

- Gracias cuñado. – Respondió Augusto sonriéndole con sincero agradecimiento.

- Hermanita, cuida bien a mi cuñado. – Dijo Leonardo, ahora dirigiéndose a Diana Evelyn.

- Gracias hermanito. – Respondió ella, abrazándolo y acariciando su espalda. – ¿Dónde está Patricio? – Le preguntó.

- No sé. Mejor para él que no esté coqueteando por ahí con otro. – Contestó Leonardo con intención de bromear.

En eso apareció Patricio, un joven adulto de unos treinta y cinco años y se acercó a los hermanos.

- Leo, te he estado buscando. Ya hasta pensaba que te habías conseguido otro novio. – Dijo a manera de saludo. – ¡Cuñadita! ¡Pero qué hermosa te ves! – Volvió a hablar, dirigiéndose ahora a Diana Evelyn.

- Hola Pat. – Dijo ella mientras lo abrazaba. – No dejes a Leo solo tanto tiempo o tus suspicacias se convertirán en hechos. – Añadió, bromeando.

Los hermanos y Patricio rieron con complicidad y entonces, Patricio descubrió a Manuel.

- Hola suegro. – Saludó, recibiendo por toda respuesta una fría mirada por parte de Manuel.

- No le hagas caso, amor. – Pidió Leonardo. – Ya sabes lo difícil que es para él aceptar nuestra unión.

- No te fijes precioso. – Contestó Patricio. – Yo entiendo al viejito.

- ¡Ay, no le digas así a mi papá! – Reclamó Diana Evelyn, sonriendo al tiempo que descargaba un femenino golpecito sobre el brazo de Patricio.

Irene se acercó al trío y saludó a Patricio. Aunque no le gustaba mucho la decisión que Leonardo había tomado al mudarse con Patricio, quería a su hijo con ese tipo de amor que sólo una madre puede experimentar y se esforzaba por comprenderlo. Con Manuel, no obstante, fue distinto. Para Manuel fue muy difícil comprender cuando se enteró de que su hijo era homosexual y fue la muerte para él cuando Leonardo, cansado de sus recriminaciones en relación con su naturaleza, decidió irse a vivir con Patricio. Sin embargo, no es que Manuel no quisiera a su hijo, sino que le preocupaba el tipo de vida que llevaría viviendo en pareja con un… marica.

- Hola Patricio. – Saludó Irene, tratando de aparentar naturalidad. A ella también le costaba mucho entender la preferencia sexual de su hijo, pero siempre anteponía su amor de madre a sus prejuicios.

- ¡Suegrita! ¡Está preciosa! – Respondió Patricio, quien sinceramente se alegraba de verla. Él sabía que Irene no se sentía cómoda con la situación entre él y Leonardo, pero también sabía que ella hacía cuanto podía por tolerarla. Más aún, de ella siempre recibió aceptación y creía que lo veía como a un hijo más, sólo deseando que Leonardo fuera feliz a su lado y en retribución, Patricio se esforzaba porque así fuera.

- ¿Has cuidado de mi hijito, Patricio? – Preguntó ella, dirigiéndose a éste.

- ¡Por supuesto, suegrita hermosa! ¿Cómo cree que no lo haría? ¡Amo a este precioso pedazo de usted más que a nada en el mundo! – Replicó Patricio.

A distancia, Manuel contemplaba la escena.

- ¡Ese maldito Putricio! – Dijo a Daniel, su hermano, quien con trabajos controló una carcajada al escuchar la manera despectiva en que Manuel se refería al novio de su hijo. – No sé porqué no nos ahorró la pena de soportar su presencia.

- No sé cómo responder a tu comentario, Meny. – Aseguró Daniel.  – Bueno, en realidad si sé, pero también sé que cualquier cosa que te diga también involucrará a mi sobrino.

- No te preocupes, Dan, lo sé mucho mejor que tú.  – Respondió Manuel. – No sabes la suerte que tienes de que Danny te saliera machín. – Añadió.

- Leo es tu hijo, Manuel, a pesar de todo es tu hijo. – Insistió Daniel.

- Es sólo que no puedo entenderlo, Dan. – Reiteró Manuel. – No sé que hice para tener un hijo…  así. – Dijo, resintiendo cada sílaba de su oración.

- Mira, deja de preocuparte. Vamos con Clau, por ahí está. – Propuso, mientras señalaba a su familia.

Claudia se acercó a la novia y la felicitó.

- Hola sobrina, que bonita boda tuviste.

- Gracias tía, no sabes cuánto aprecio que vinieras, a pesar de que esta no es tu religión.

- ¿Cómo crees que me iba a perder tu boda, hija? – Reclamó Claudia.

- ¡Hola primita! – Saludó Belén, la hija de Claudia. – No sabes cuánto te envidio. Tu boda estuvo encantadora.

- ¡Gracias Belén! – Respondió Diana Evelyn. – ¿Dónde está tu marido? – Preguntó.

- Fue por el auto, enseguida regresa. – Contestó Belén.

Un joven alto y fornido se aproximó a Diana Evelyn y la saludó.

- Prima, muchas felicidades. Espero que tengas el más feliz de los matrimonios. – Dijo. Era Danny, el hijo de Daniel a quien Manuel se había referido al compararlo con el propio.

- Danny, que guapo te ves. – Respondió Diana Evelyn al saludo. – Gracias por venir. Significa tanto para mí.

- Hola Danny. – Saludó Leonardo. – ¿Cómo va todo?

- Hola Leo, todo va muy bien, gracias por preguntar. – Respondió Danny.

- Supe que te ofrecieron un nuevo puesto. ¿Qué ha pasado al respecto? – Preguntó Leonardo.

- En realidad todo va excelente. – Informó Danny. – Hace unos días sostuve una entrevista con los directivos y me dijeron que se sentían muy complacidos con mis habilidades. Quedaron de confirmarme en un par de días.

- Si te aceptan, deberás viajar mucho, ¿es así? – Cuestionó Leonardo.

- Algo hay de eso, Leo. – Respondió Danny. – De hecho, si me aceptan deberé ir a Alemania a capacitación antes de empezar.

- Pues te deseo muchísima suerte, primo. – Dijo Leonardo, saludando a su primo.

- ¡Primos! – Exclamó Patricio, saludando a Danny y a Belén. – ¿Cómo los trata la vida? – Preguntó.

- ¡Hola Pat! – Saludó Belén.

- ¡Hola Pat! – Saludó Danny.

- ¡Pero qué guapos están! – Reconoció Patricio.

- Gracias Pat. – Respondió Belén sonriéndole.

- Gracias. – Dijo simplemente Danny, con una sonrisa forzada dibujada en los labios, sintiéndose secretamente incómodo por el comentario de Patricio.

En realidad, la familia de Daniel toleraba a Patricio. En lo particular Danny. Esto se debía a que percibían la unión de Leonardo y Patricio como pecaminosa. Si por ellos hubiera sido, tratarían de hacer que Leonardo y Patricio, aunque continuaran siendo homosexuales, dejaran de vivir en pareja, para no pecar ante los ojos de dios. Pero respetaban lo que acontecía con muchos esfuerzos e intentaban no sostener un acercamiento prolongado con Patricio, a quien percibían como el corruptor de Leonardo.

Esteban, el marido de Belén, se presentó al fin, saludando cortésmente a cada miembro de la familia. Luego, se dirigió a Belén y sugirió: – ¿Nos vamos, cariño? – A lo que ella accedió y, avisando a los demás que los encontraría en la fiesta, se despidió.

Pronto, todo mundo abandonó el templo y se dirigieron al salón donde tendría lugar la fiesta. Cuando los novios entraron al salón, un mar de felicitaciones y vítores inundó el lugar. Los músicos, por indicación de Augusto, comenzaron a tocar una vieja canción de Frank Sinatra, que fue precisamente la canción con la que él le pidió a Diana Evelyn que se casara con él.

Manuel había ya abandonado su dureza y se mostraba más amigable, saludando a todo mundo. Irene, a su lado, hacía lo propio.

Cuando llegaron a la mesa de honor, Manuel, sin más, dio sendos golpecillos a una copa para atraer hacia sí la atención y, con lágrimas en los ojos, expresó:

- Damas, caballeros, quiero comenzar esta velada agradeciéndoles a todos por su presencia en esta celebración por el matrimonio de Diana Evelyn y Augusto. – Las lágrimas, a pesar de que él luchaba por contenerlas, recorrían con rebeldía sus mejillas. – No saben lo especial que es para mí este momento. – Dijo, sollozando. – Durante muchos años sostuve la esperanza de que Diana Evelyn permaneciera a mi lado…

- ¡Papá! – Refunfuñó Diana Evelyn. – ¡No tengo tantos años! – Bromeó. Un mar de risas inundó el lugar.

- Por un momento pensé que le reclamarías a tu papá por su egoísmo al querer retenerte junto a sí. – Exclamó Augusto, bromeando. Diana Evelyn dio un leve golpecillo con el puño a su brazo.

- Querido yerno, – empezó Manuel, – no es egoísmo. – Afirmó. – Sé que bromeas, hijo, pero te pido que comprendas. – Añadió, sollozando nuevamente. Augusto hizo un gesto de aprobación, señalando que comprendía. – Mis hijos son mi mayor orgullo – amplió su explicación. – Pero refiriéndome a Diana Evelyn por ser la que se casa ahora – siguió – no puedo evitar sentimientos encontrados. No tienes idea de lo que mi hija significó para mí desde el primer momento. – Diana Evelyn se aproximó a Manuel llorando y lo abrazó. Manuel continuó, sosteniéndola por el talle: – Esta hermosa damita llenó mi vida entera apenas se asomó al mundo. – Dijo. Diana Evelyn lo besó en la mejilla. – Durante años intenté mantener la disciplina, pero ¿cómo no ceder ante los caprichos de mi hijita? – Complementó. Diana Evelyn lo volvió a abrazar. – ¡La hice una consentida! – Nuevamente la gente volvió a reír. – Hoy te la entrego, Augusto y espero que la cuides con tanto esmero como yo lo he hecho durante todo este tiempo. – Concluyó.

- Yo también quiero agradecerles por acompañarnos en estos momentos tan importantes para nosotros. – Dijo Irene. – Mi pequeña y, gracias a su padre, malcriada hija… – las risas de los presentes la interrumpieron momentáneamente, – se ha casado hoy con este apuesto joven – añadió tomando del brazo a su yerno. – Augusto – Dijo, dirigiendo su mirada al muchacho – sólo quiero reiterar la petición de mi marido, trata bien a mi pequeña, o te las verás conmigo. – Finalizó. Las carcajadas no se hicieron esperar.

Luego, Augusto tomó el turno y, levantando su copa dijo: – Doña Irene, Don Manuel, aquí enfrente de todas estas personas, a quienes agradezco infinitamente su presencia, quiero pedirles que dejen de preocuparse. Amo a Diana Evelyn con todo mi ser y les aseguró que no cejaré en mi esfuerzo por hacerla la mujer más dichosa del mundo. – Diana Evelyn lo abrazó y le dio un suave beso en los labios.

- Como siempre, me dejan a mí al último. – Dijo Diana Evelyn.  Todo mundo rió ante la ocurrencia. – Yo también deseo agradecerles. No saben cuánto representa para mí que estén reunidos en este día tan especial para nuestras familias, para mi marido y para mí. – Añadió. – Papito, estaré bien, no llores más. – Suplicó a Manuel. – Nunca voy a dejar de ser tu hija.

Varios de los presentes, incluidos Daniel y Claudia, tomaron su turno para el brindis. Cuando hubieron terminado, la música volvió a sonar y la gente pidió a la reluciente pareja que abrieran el baile.

Diana Evelyn y Augusto fueron la pista e hicieron los honores, bailando una pieza suave, romántica, mientras observaban acaramelados los ojos del otro y se besaban con ternura. Tras unos minutos, Manuel e Irene acudieron a la pista e intercambiaron posiciones con los novios. Lo mismo hicieron los padres del novio y, pronto, una multitud de parejas bailaban al ritmo de la música.

Una de las parejas eran Leonardo y Patricio quienes, a todas luces enamorados, hacían del baile un acto de amor. Manuel sintió que se le revolvía el estómago al verlos, pero luchó titánicamente por contenerse.

Como si fueran los enamorados que recién habían pactado su unión ante dios, Leonardo y Patricio se acariciaban y besaban, sin importarles los maliciosos comentarios que los invitados o sus familiares pudieran hacer.

- Esto es bochornoso. – Dijo Manuel a Irene con notorio enfado.

- Amor – respondió ella, conciliatoria, – tú bien sabes que tampoco es fácil para mí pero mira a Leo, ¿No crees que se ve muy dichoso?

- Es un descarado. – Respondió Manuel con una rabia mal contenida.

- Es tu hijo. – Aclaró Irene. – ¿Por qué no puedes aceptar que esa es su naturaleza y permitirle ser feliz a su manera? – Preguntó ella con afán.

- No puedo, amor. – Respondió Manuel. – Por más que lo intento, no puedo. – Confesó.

Patricio notó la mal contenida furia de Manuel y, confidentemente, dijo a Leonardo al oído: – ¡Tú papá está echando chispas!

- ¡Ay, olvídalo Pat! – Respondió con enfado. – De todos modos él nunca me va a perdonar por ser como soy.

- Mi amor – dijo Patricio, – yo creo que más bien, lo que tu papá nunca va a perdonar es que vivamos juntos.

- ¡Es lo mismo Pat! – Respondió Leonardo impaciente. – ¿Pues qué esperaba? ¡Tiene un hijo homosexual! ¿Creía que me iba a pasar la vida solo? – Reclamó. – ¿Por qué no hace tanto tango con mi hermana?

Patricio pasó sus brazos alrededor del cuello de Leonardo y lo besó dulcemente en la mejilla. – Es sólo que me molesta que tu padre no pueda entender que yo daría mi vida por ti, querubín. – Puntualizó.

La velada transcurrió hasta cerca de media noche. Algunos de los invitados ya se habían retirado y, ahora, Diana Evelyn y Augusto se despedían pues tenían que terminar los preparativos para partir a su luna de miel.

Leonardo y Patricio también se despidieron, dejando en Manuel una sensación equiparable a haber sido azotado sin piedad en el hígado. Se percataron, pero no emitieron comentario alguno. Ya se habían acostumbrado a la intolerancia de Manuel y decidieron no prestarle importancia.

Manuel e Irene se quedaron solos, como al principio y una sensación de soledad que nunca durante su vida en matrimonio habían sentido, inundó sus almas repentinamente.

Daniel, su esposa y sus hijos también se despidieron. Claudia les preguntó a Irene y a Manuel si podrían ir al día siguiente a su casa, donde tenían preparada una pequeña reunión con motivo del matrimonio de Diana Evelyn con Augusto. Ellos aceptaron.

Poco a poco el salón fue quedando vació, al igual que sus vidas. Era una nueva experiencia para ellos. Tantos años de vida familiar acababan de terminar y una nueva soledad se hacía patente en ellos.

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