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Capítulo 09. Dulce vorágine inesperada.

Octubre 26th, 2012 No comments

El día había resultado abrumador para Augusto. Se sentía profundamente cansado cuando llegó a su departamento y todo lo que deseaba era tomar un baño y acostarse a dormir, pero ni bien entró, su celular comenzó a sonar insistente. Con curiosidad, decidió ver quien le llamaba y fue cuando notó que la llamada provenía del celular de Ernesto. Fastidiado, decidió ignorar la llamada, colocó su teléfono móvil sobre la mesa de centro de su sala, encendió el televisor y comenzó a preparar su baño.

El teléfono sonó insistentemente durante algunos minutos más, pero Augusto no estaba interesado en responder. Medio desnudo, entró al baño y continuó sus preparativos. Decidió rasurarse ahora, aunque usualmente lo hacía por la mañana, antes de su acostumbrada ducha matutina; así, ahorraría algún tiempo en la mañana.

No era hombre de excesivo bello facial; de hecho, aunque no lo necesitaba, se rasuraba diariamente. No le gustaba sentir su rostro rasposo por la barba, así que no le daba oportunidad de que creciera.

Se lavó los dientes, cepillándolos concienzudamente. Odiaba el mal aliento y procuraba asear su boca con el mismo esmero con que aseaba su cuerpo.  Dio un sorbo al enjuague bucal para sentir la frescura de la menta en el interior de su boca. Luego, abrió la regadera y esperó un par de minutos a que el agua caliente comenzará a correr.

Escuchó su teléfono sonar de nuevo, pero no le interesaba contestar, así que se metió a la tina, intentando relajarse. Quiso dormitar un rato, para despejar su mente, para relajar su cuerpo, pero el maldito teléfono volvió a sonar, insistentemente, persistentemente, negándole esos minutos de la paz que tanto ansiaba.

Por fin el teléfono cesó su incesante timbrado y supuso que ahora sí le dejaría Ernesto en paz. Sabía que no le buscaba por cuestiones de trabajo. Sabía que era una costumbre de Ernesto llamarle por la noche para invitarle a acompañarlo a algún centro nocturno de moda.

En el fondo, Augusto odiaba esos lugares. Le irritaba el ruido estridente de una música que no le permitía hablar con quien quiera que le acompañara. Le parecía irónico que lo que debería ser un centro de reunión para departir con amigos y conocidos, se convirtiese en un recinto en el que no podías escuchar ni tus propios pensamientos. Además, sabía que lo que Ernesto buscaba era conocer nuevas candidatas para satisfacer su interminable necesidad de estrenar novia y que la única razón para pedirle que le acompañara, era para no estar solo si encontraba a la “chica de sus sueños” en medio de un grupo de mujeres.

Muy en su interior, Augusto despreciaba las invitaciones de Ernesto porque no creía ser el indicado para ayudar a Ernesto en su búsqueda de nuevas conquistas. Al final, Ernesto le dejaría por su cuenta, con alguna amiga que no dejaba de expresar con su lenguaje corporal el aburrimiento al sentirse relegada a ser la acompañante de un tipo que no le hablaba o, que si lo hacía, no le hablaba de cosas que pudieran interesarle en lo más mínimo.

Lo que Augusto no sabía, era que Ernesto intentaba incansablemente de conseguirle una novia a él. En realidad, Ernesto pensaba que Augusto debía darse una oportunidad; sin tan sólo fuera… menos… nerd… pensaba.

Se cansó de instruir a Augusto en lo relativo a la conquista, pero él simplemente no captaba la idea. Muchas veces le explicó que al tratar con una mujer debía intentar ser él mismo, hablar si quería de tonterías, pero tratar de hacer sentir a la chica cómoda con su compañía. Le indicó persistentemente que ser él mismo simplemente significaba mostrarse tal y cual es, sin presumir de sus conocimientos o de la importancia de sus proyectos. Sólo ser él. Repetidamente le dijo que él tenía lo necesario, que no tenía que pretender impresionar con sus logros, sino con su personalidad, pero Augusto era incapaz de comprender ese extraño idioma que Ernesto empleaba al intentar enseñarle el arte de la seducción.

El fardo de su inseguridad era tan pesado, que Augusto suponía que nada podía haber en él que le resultara interesante a una mujer. No se consideraba atractivo, aunque vistiera con elegancia; ni qué decir de sus sentimientos, que él mismo devaluaba; peor todavía, en muchas ocasiones… simplemente enmudecía. No tenía idea de qué decir y comenzaba a balbucear.

En ocasiones, se armaba de un valor que no sabía en qué parte de sí encontraba e intentaba hablar, pero no paraba de hablar de aspectos de su trabajo, de la importancia de los proyectos en los que participaba, presumía sus conocimiento y muchas veces corregía a sus interlocutores.

A la gente no le gusta que le digan que están equivocados”, reprobaba Ernesto, pero Augusto no podía evitarlo, por más que se lo hicieran ver.

Tienes que aprender a escuchar”, Ernesto insistía. “Pero escucho cada palabra que me dicen…”, trataba de replicar Augusto y entonces, Ernesto volvía a intentar –como siempre lo hacía-, de hacerle ver que a lo que se refería era a prestar la suficiente atención, tanto a las palabras que le decían, como a las expresiones gesticulares que articulaban, de manera que pudiera formarse una idea de lo que en realidad estaba sucediendo en la mente de quien le hablaba, pero era inútil. Precisamente esa era la carencia principal de Augusto.

Había permanecido en la tina no más de veinte minutos cuando alguien llamó a la puerta.

-       ¡Dios! – dijo Augusto con fastidio. – ¡Ya voy! – Gritó. – ¡Demonios! ¿Es que no piensa dejarme en paz? – Gruñó. Se puso una bata y salió a recibir a Ernesto.

Abrió la puerta enojado y, efectivamente, era Ernesto quien llamaba.

-       Iba a preguntarte por qué no contestabas mis llamadas, pero ahora es redundante. – Dijo por saludo Ernesto.

-       ¡Por dios, Ernesto! ¡No estoy de humor para salir esta noche! – Le reclamó Augusto.

-       ¡Ah no! – Insistió Ernesto. – No puedes negarte esta vez. – Dijo, pretendiendo suprimir cualquier pretexto. – Ya hice una doble cita y las muchachas nos están esperando. – Le informó. – Además, la chica que te conseguí está buenísima.

-       ¿En serio? En la escala del uno al diez… – Iba a decir, evidentemente interesado, pero se arrepintió de pronto y cambió su oración. – ¡No! Ya te he dicho que estoy cansado y lo que pienso hacer ahora es irme a la cama a dormir. – Rectificó.

-       ¡Nada! ¡Nada! – Se negó Ernesto a aceptar su respuesta. – ¡Vamos! – ordenó haciendo que le siguiera hasta el armario de su cuarto, abriéndolo y buscando un atuendo apropiado para la velada. – ¡Pero qué aburrido eres en tus gustos! – Le regañó. – ¡Mira! No tienes más que formalidad en este armario. – Dijo, criticando la elegancia de Augusto.

Augusto vio su oportunidad y, lejos de enfadarse por los cuestionamientos de su amigo en relación con su manera de vestir, decidió utilizar este recurso para negarse una vez más.

-       ¡Hecho! – Dijo Augusto. – En vista de que no tengo nada presentable para este compromiso al que no quiero acudir… – comenzó a insinuar.

-       Jeje… ¡Buen intento, amigo! Pero de esta no te me vas a escapar tan fácil. – Le advirtió. Sacó el traje que consideró más apropiado y le dijo: – Toma, ponte este y déjame escoger los accesorios mientras te vistes. – Ordenó.

Al ver que no podía evadirlo, aunque siguió reclamando, empezó a vestirse, mientras Ernesto elegía zapatos y cinturón para él. Luego, Ernesto comenzó a examinar sus lociones y le indicó cuál usar.

-       Te pareces a mi madre. – Reclamó Augusto ya más tolerante.

-       Sólo quiero lo mejor para ti, hijito. – Respondió Ernesto burlón.

-       ¿En verdad está buena tu amiga? – Preguntó Augusto con descarada curiosidad.

-       Mi amiga está buenísima, pero junto a la que te conseguí parece monja. – Respondió Ernesto.

Y así, los amigos salieron del departamento y abordaron el auto de Ernesto.

* * *

Algunos minutos después, se encontraban con dos jóvenes mujeres en un centro comercial. Las dos eran increíblemente hermosas, pero una de ellas fue la que atrapó al instante la atención de Augusto. Desde el momento en que las jóvenes les saludaron en la distancia, Augusto quedó hipnotizado con la belleza de esta mujer, pero supuso que ella era la chica que acompañaría a Ernesto. Después de todo, ¿qué podía esperar? Ernesto era conocido por salir con las mujeres más hermosas.

Algo había en esa chica que enamoró de inmediato al pobre Augusto. Desde el primer instante supo que su destino estaba ligado a ella. Era notablemente hermosa, pero algo transmitía en su expresión que le cautivó sin más, sin la posibilidad de revelarse ante esa irresistible atracción que esta mujer ejercía en su ser.

En su fuero interno, mientras caminaban hacia ellas, intentó resignarse a no tener tanta suerte. Ernesto, por su parte, hablaba sin parar; pero Augusto dejó de oírle desde el mismo instante en que la descubrió a ella en la distancia. No se enteró de ni una palabra de las que decía Ernesto, quien fastidiosamente le repetía la misma letanía que tantas veces le había escuchado, aconsejándole ser él mismo, guardarse para sí sus logros e intentar hacer sentir a gusto a la chica que le acompañaría.

No le escuchó. De cualquier modo, no era necesario. Sabía de sobra lo que Ernesto le repetía, una y otra vez, sin que él llegase siquiera a comprender la esencia de sus consejos.

Desde la perspectiva de Augusto, el tiempo había detenido su inexorable marcha. El bullicio a su alrededor calló en un instante y todo cuánto ocurría en su entorno, sucedía en una dimensión paralela, a la que había dejado de pertenecer. En esta, su nueva dimensión, sólo dos seres existía: él y esa hermosa chica de la que no podía apartar su mirada.

Por fin llegaron hasta donde ellas estaban y Ernesto inició las presentaciones.

-       Esta bellísima dama es Camila, la mujer de mis sueños – dijo, presentándole a la amiga de la chica que le había extasiado – y ella es Diana Evelyn, su mejor amiga. – Augusto no podía creer que la fortuna le sonriera. Por primera vez en muchísimos años –tantos que ya no recordaba la última vez-, la dicha embargaba por completo su ser.

-       Camila, encantado – saludó a la amiga – Diana Evelyn, no tiene idea del placer que representa para mi conocerle. – Dijo, dirigiéndose ahora a esa hermosa mujer que le había arrebatado el aliento con una sola mirada.

-       Camila, Diana Evelyn, este es Augusto. – Anunció Ernesto. – Tendrán que ser pacientes con él, es excelente ingeniero, pero aún lo estoy entrenando en relaciones humanas. – Dijo, intentando una broma que hizo reír a los tres.

-       ¡Pero que guapo es tu amigo! – Sugirió abiertamente Camila, mientras le dirigía una sonrisa a Augusto. – ¿Qué tal si cambiamos, Diana? – Preguntó a su amiga en broma.

-       ¡Ah no! – Dijo Diana Evelyn. – ¡Yo lo vi primero! – Bromeó.

Algo ocurrió en el interior de Augusto que le hizo sentir confianza. Esa confianza que muy rara vez sentía. El mismo tipo de confianza que acudía a su ser sólo en las pocas ocasiones en que sabía en su interior que las cosas marcharían por sí solas y se sintió a gusto.

La realidad era que ya Ernesto había puesto en antecedentes a Camila y le solicitó ayuda. Por su parte, Camila hizo lo propio para convencer a Diana Evelyn que pusiera de su parte en primer lugar y que fuera un poco más tolerante con Augusto por ser él como era.

En lo que respecta a Diana Evelyn, cuando Camila le pidió que le acompañara a esa doble cita con Ernesto y Augusto, opuso resistencia desde el principio. – ¿Y si me toca un nerd insufrible? – Alegó intentando zafarse del compromiso. – Pues simplemente no lo vuelves a ver. – Sugirió Camila. – ¡No seas así, Diana! – Suplicó Camila. – Tú sabes cuánto me gusta Ernesto. – Insistió. – Pues si es guapo el hombre y hasta divertido, pero… la verdad no sé qué le ves. – Bromeó Diana Evelyn, cediendo al favor que Camila le pedía con tanta vehemencia.

Así llegaron estas dos hermosas mujeres a acudir a esa cita doble con Augusto y Ernesto. Una Camila ilusionada por la posibilidad de conquistar a ese carismático sujeto que la tenía tan enamorada y una solidaria Diana Evelyn, que rogaba porque el tipo que a ella le tocara no fuera calvo, panzón y feo, además de nerd.

Fue esa la verdadera razón por la que Camila halagó con complicidad a Augusto, para que Diana Evelyn no se arrepintiera en el último momento y fue también el por qué Diana Evelyn apoyó a Camila en sus halagos, para inyectarle confianza a su amiga.

Sin embargo, para Diana Evelyn era sólo una cita más, de las muchas a las que ya se había acostumbrado, pero no sabía definir el impacto que en ella ocasionó Augusto.

Le había notado si, desde que le vio entrar al centro comercial. Le llamó la atención el cuidadoso esmero de su presencia. Era atractivo… en una extraña manera, pero algo faltaba. Quizá si tuviera más carácter, si su expresión le hablara más de él… pero no. Era un tipo apuesto, luciendo con galanura un costoso traje que no transmitía sensualidad alguna.

* * *

La velada transcurrió agradablemente. Contrario a las expectativas de Ernesto, Augusto, por primera vez, se mostraba más relajado, más abierto. Era la primera vez que le escuchaba hablar de pequeñeces sin mayor trascendencia, pero de una manera cordial y hasta divertida. Era la primera vez que hacía por lo menos el intento por mostrarse tal cual, como él era, permitiendo a sus amigos conocer un poco de su tan apreciada personalidad escondida.

Lo que ocurría dentro de Augusto podría resumirse como el colapso de una barrera que le inducía a desconfiar. El impacto que en él produjo Diana Evelyn, desde que la descubrió a lo lejos y esa sensación de aceptación a la que tanto Camila como Diana Evelyn contribuyeron al halagarlo como lo hicieron, derribó su escudo y le hizo sentir una desconocida confianza.

Pero más importante aún, se sabía enamorado… como nunca lo había estado… y quería impresionar a Diana Evelyn, pero quería hacerlo por ser él y no sus conocimientos, ni su amplia experiencia… simplemente por ser él.

No obstante sus esfuerzos, Diana Evelyn comenzó –sin proponérselo-, a prestarle más atención a Ernesto. El natural carisma de Ernesto le estaba cautivando a niveles peligrosos.

Por eso se resistía a admitir esas sensaciones que le provocaba el amigo de Augusto, se negaba a traicionar la confianza de su amiga Camila, pero sus esfuerzos eran fútiles.

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Capítulo 08. Plenitud de vacío.

Octubre 25th, 2012 No comments

Augusto siempre fue un tipo pulcro. Desde niño se acostumbró a mantenerse impecable. Quizá fue que su madre le inculcó tanto esmero en su presentación y que recibió tantos cuidados y mimos de sus padres, que no podía imaginarse a sí mismo con una sola arruga en su vestimenta o un cabello desarreglado.

Ese esmero se reflejaba también en su trato hacia los demás. Siempre mesurado, intentaba ser cordial con cuanta persona conocía, aunque su manera de conducirse llegó a ocasionarle abusos de otros muchachos menos refinados durante su juventud.

Debido al exagerado cuidado que recibía cuando niño principalmente de su madre, creció acostumbrado a la protección –algo exagerada, por cierto-, a la que le sometían sus padres.

Su madre se encargó de reprimir una rebeldía que luchaba por manifestarse cada vez que era víctima de algún abuso; rebeldía que pronto fue acallada por los continuos consejos de su madre acerca de mantener el control e ignorar las provocaciones que recibía de continuo de sus compañeros de escuela.

Cada vez que algún mozalbete se mofaba de él o le incitaba a pelearse, Augusto simplemente se hacía el sordo y callaba… callaba con ese silencio estruendoso que tanto le dolía por dentro.

Muy en su interior, un grito ensordecedor le exigía responder a las burlas, regresar los golpes, insultar y agredir, pero la voz de su madre le recomendaba mesura; siempre mesura… y cedía ante ella… y mantenía el autocontrol… odiándose a sí mismo por no atreverse a desoír esa voz que tanto le castraba.

Su padre, por otra parte, era disciplinado y no encontraba apropiado que su hijo no lo fuera, así que le inculcó la disciplina y le instó a esforzarse; motivó su interés en el aprendizaje asegurándose de que siempre tuviera acceso a toda clase de libros que le explicaran la vida, que le educaran, aunque Augusto hubiera preferido que fuera su padre y no los libros quien se encargara de hacerlo.

Cuando niño, era un niño apocado, oscuro; los demás niños lo ignoraban y –cuando no lo hacían-, se divertían acusándolo de raro.

Odió esta situación durante toda su niñez y jamás pudo comprender que era sí porque era un niño de escasos recursos asistiendo a una escuela de ricos. Si su padre ponía tanto empeño en prepararlo, era porque ansiaba un futuro mejor para su hijo. Si su madre le reprimía de una manera tan asfixiante, era porque se sentía inferior a las demás madres que solían mostrar presuntuosamente su status cuando ella asistía a las reuniones de padres de familia.

En el fondo, el padre de Augusto había aprendido que es honorable ganarse la vida de una manera honrada, con trabajo arduo, sin importar si se sentía cansado, sin importar si sentía desgano o si prefería tomarse el día para disfrutar; sólo disfrutar. Era así, porque había una familia que mantener; era así porque desde joven se dio cuenta de que sólo él podía construirse un futuro y de que jamás lo haría si no se enfocaba en lo que quería lograr.

La madre de Augusto vivía desilusionada al verse rodeada de limitaciones, de que su vida no fuera fácil, como lo era la vida de todas esas señoras pudientes, madres de los compañeros de Augusto. Cuando su esposo no pudo ofrecerle esas mismas comodidades, ella odió su vida y la recriminaba en cada oportunidad que tenía; pero ansiaba más de lo que su esposo podía darle y dado que no podía tenerlo, en su interior albergaba la esperanza de que sus hijos si lo tuvieran. Por eso inscribió a sus hijos en esa escuela y, para hacer frente a los gastos, además de su trabajo, intentó todo cuánto pudo para sostener ese nivel de vida.

Aunque escuchó muchas veces a su hijo quejarse, sensata como era, trataba de disuadirlo. Si su hijo se viera envuelto en problemas con cualquiera de sus compañeros, el desliz de Augusto podría resultar más caro de lo que se podía costear. Además tenía esa imagen del tipo educado y carismático que insistía en ver a su hijo, e hizo todo cuánto pudo por convertirlo en ese ideal, sin detenerse a pensar si eso era lo que Augusto quería.

Augusto toleró durante años esa situación, hasta que un día no pudo más y –sin poder contenerse-, en un arranque de furia arremetió contra uno de los niños que le atacaba burlón y fue conducido a la dirección, donde soportó por interminables minutos la perorata de la directora, hasta que llegó su madre y entre las dos lo regañaron.

De nueva cuenta, el autocontrol de Augusto alcanzó su límite y se rebeló contra ellas también y les explicó cómo habían ocurrido las cosas y entonces le advirtió a la directora “Si usted no hace algo, lo haré yo, pero será a mi manera”.

Al otro día, al llegar a su salón, notó las cosas diferentes. Aquellos mozalbetes que abusaban de él, ya no se acercaba ni de broma y sus demás compañero mostraban un interés inusitado en su persona, pero este cambio fue efímero y duró solo los meses que le faltaban para terminar la escuela primaria.

Pronto nuevos tiempos comenzarían para él; tiempos confusos en los que su adolescencia no fue de mucha ayuda para comprender los cambios que en él y a su alrededor se gestaban.

Al no encontrar eco en la afinidad con los jóvenes de su edad, se convirtió en un solitario que –sin más-, se ganó la fama de antisocial. Los otros no podían entender a este muchacho, que prefería pasar la tarde realizando toda clase de experimentos, asombrado con las maravillas de un universo que anhelaba comprender, a hacer lo que los jóvenes hacen.

Así se forjó su timidez. Conocía cuánto había que conocer sobre las ciencias, pero era un ignorante en cuanto a las relaciones humanas.

Una vez que se convirtió en adulto, se graduó en ingeniería como uno de los más brillantes de su generación y era exitoso en cuánto proyecto emprendía.

Los fantasmas de su juventud comenzaron a alejarse y poco a poco aprendió el valor de las relaciones, aunque le costaba trabajo abrirse a las demás personas.

Se sabía exitoso, pero era titánico el esfuerzo que requería el acercarse a otros, iniciar amistades y confiar sus sentimientos a otras personas. Prefería resguardarse tras un escudo de profesionalismo para no poner en evidencia su torpeza al momento de iniciar cualquier relación y aceptó la amistad de unos cuantos con recelo, como suponiendo a priori que sería traicionado.

En el ámbito afectivo, aunque deseaba ser admirado por las mujeres, pensaba que ninguna pondría sus ojos en él como hombre. Tenía un miedo indescriptible a relacionarse con mujeres en el plano sentimental. Había tenido dos o tres novias, pero lo habían dejado tan pronto se sintieron abrumadas por el amor platónico que él les ofrecía. Sin llegar a comprenderlo del todo, de alguna forma sabía que él había arruinado esas relaciones por su manera tan abrasiva de entregar su amor, por sus ideales tan estrictos de lo que el amor es, en un romanticismo chocante que terminó asfixiando a sus parejas y les obligó a buscar su propio camino.

Lloró desconsolado cada ruptura, preguntándose qué había hecho mal; después de todo, él se esforzó siempre por ser detallista con cada una de ellas; después de todo, él se entregó por completo… pero ellas no buscaban ese tipo de entrega… ese tipo de formalidad.

Un día, simplemente decidió que el amor no era para él y entonces se abstuvo de iniciar nuevas relaciones y decidió enfocarse en su profesión. Si no podía ser atractivo o deseable para las mujeres, sería alguien muy exitoso, pensó. Creyó sinceramente que cuando le percibieran como alguien con poder, con prestigio, con dinero, las cosas cambiarían.

La realidad es que las cosas siempre siguieron igual para él, sin importar cuánto dinero tuviese, ni el tamaño de su auto, ni sus logros que tanto impresionaban a sus clientes y a sus jefes.

Sin embargo, esa timidez que en el pasado fue su personal distintivo, ahora era disfrazada de una seguridad fundamentada en la soberbia de saberse exitoso.

Fue cuestión de tiempo. Con el paso de los primeros años de su vida adulta fue capaz de ganarse un estilo de vida muy diferente al que sufrió durante su niñez. Ahora podía darse todos esos lujos que sus padres no pudieron darle cuando niño y su madre por fin pudo gozar del reconocimiento y la envidia de las otras madres sintiéndose orgullosa… muy orgullosa de su hijo; y su padre se sintió satisfecho, al comprobar que su hijo había seguido su ejemplo y se había forjado a sí mismo, con el mismo tipo de empuje y disciplina que tantos años se empeñó en mostrarle a través de su ejemplo.

Augusto tenía un amigo, Ernesto. Ernesto era un compañero de trabajo que –desde el primer instante-, se mostró muy amistoso con él. Al principio, Augusto sentía recelos del interés que le prodigaba Ernesto. Sencillamente no podía confiar en tanto interés.

De acuerdo a su óptica, las personas sólo le buscaban cuando necesitaban algo y el que Ernesto se mostrara tan irritantemente amigable despertaba su desconfianza. Sospechaba que el único interés de Ernesto era cualquier otra cosa material. No podía creer que su interés fuera genuino y que en verdad quisiera su amistad.

No obstante este recelo, con el paso de los meses fue cediendo y se convirtieron en grandes amigos; inseparables.

La personalidad de Ernesto no podría ser más opuesta a la de Augusto. Contrario a ese trato frió, sobrio y hasta soberbio que Augusto ofrecía, Ernesto era mucho más abierto, más amigable y tenía una suerte increíble para atraer mujeres. Ernesto era el tipo de hombre que –sin proponérselo-, tenía admiradoras donde quiera que él se presentara. Su natural carisma era como un imán para las mujeres.

Augusto siempre se vestía de una forma elegante, mientras Ernesto prefería un atuendo más casual. La vestimenta de Augusto reflejaba buen gusto, pero la de Ernesto ofrecía estilo, sofisticación.

Augusto exhibía sin proponérselo siquiera su dominio en lo relativo a su profesión, pero Ernesto era el que cerraba los negocios. Los jefes de ambos se percataron de esto y quizá esa fue la razón para hacerles trabajar juntos.

Lo que les unía iba más lejos; mucho más lejos. Lo que les unía era el tipo de confianza que manifiestas en las personas que eliges para integrarse a tu vida.

De ser un extraño que le provocaba desconfianza, Ernesto se transformó en el amigo a quien le confiaría su vida. No podía comprender por qué Ernesto le quería como amigo, pero su desconfianza había desaparecido y ese vacío que durante muchos años había desbordado su alma, comenzaba a ser reemplazado por la plenitud de saberse comprendido.

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Capítulo 07. Leobardo.

Octubre 10th, 2012 No comments

En muchos sentidos Leobardo era similar a Manuel. De extracción humilde, introvertido, con una seguridad en sí mismo fundamentada en sus habilidades y –no obstante-, tímido ante las mujeres hermosas, Leobardo trataba de todas las formas a su alcance, de superarse en agradecimiento a los grandes esfuerzos que hacían sus padres por sacarle adelante.

Intuitivo como era, se daba perfecta cuenta de la multitud de problemas económicos que prevalecían en su hogar, a pesar de la intención de sus padres de mantener a sus hijos al margen de esto y darles tanto como pudieran por heredarles un destino mejor.

Muchas ocasiones estuvo tentado a abandonar sus estudios para ayudar a sus padres para cederles su oportunidad a sus hermanos menores, pero al ser un joven muy inteligente, se dio cuenta de que eso sería un terrible error. Un error que decepcionaría a sus padres, quienes nunca se quejaron por amor a sus hijos.

Fue así que decidió que el mejor tributo de agradecimiento que podía entregar a sus progenitores era precisamente el esforzarse el doble para regalarles un poco de satisfacción como recompensa a sus esfuerzos, así que se dedicó tanto como pudo a sus estudios y luchó por no decepcionarles.

Joven como era, muchas veces envidió la suerte de sus compañeros de disfrutar su juventud sin mucho afán por su futuro, pero su decisión era firme y –consciente como lo estaba de los sacrificios que sus padres hacía por él y por sus hermanos-, siempre fue capaz de resistirse… hasta que conoció a Diana Evelyn.

Es indescriptible el cúmulo de sensaciones que esa jovencita despertó en su ser la primera vez que la vio, pero –tímido como era-, desechó la idea de que una chica tan hermosa, tan segura de sí misma, siempre rodeada de otros de sus compañeros, fuera a notarlo a él siquiera.

Lejos estaba de imaginar que ocurría precisamente lo contrario. Quizá él no fuera agraciado por la naturaleza, pero ejercía un atractivo irresistible en esa jovencita, aunque él no estaba consciente del efecto que producía en ella.

Creyendo que no tenía oportunidad en términos románticos con ella, optó por acercársele como un amigo.

Naturalmente le hería que otros de sus compañeros, más seguros de sí mismos en este aspecto, la buscaran con tanto afán y –como es evidente-, sufría calladamente los celos cada vez que Diana Evelyn accedía a tener una cita con alguno de ellos,  pero el sentimiento que ella le provocaba le obligaba a acallar su voz interna y a preocuparse tan sólo por el bienestar de ella.

Si ella era feliz saliendo con algunos de esos chicos, él no le arrebataría esa felicidad.

Sin embargo, Diana Evelyn sentía tal atracción hacia él, que pronto decidió dedicar su tiempo sólo a Leobardo. Él supuso que era sólo que ella sentía una profunda amistad y le retribuyó.

Era frecuente verlos juntos. Mientras charlaban, él tomaba su mano o rodeaba su torso en un abrazo que sólo pretendía transmitirle fortaleza. Hablaban de muchas cosas, incluso –para pesar de Leobardo-, algunas veces de las citas de Diana Evelyn.

Al escucharla hablar de sus pretendientes, Leobardo sentía que su interior se desmoronaba, pero su interés por la felicidad de Diana Evelyn, le ayudaba a superar su egoísmo y se limitaba a escuchar.

En un afán por hacerla sentir bien, bromeaba con ella. Siempre encontraba algo ingenioso que decir y Diana Evelyn disfrutaba de su ingenio.

El día que Irene les sorprendió, él sintió que de alguna forma había manchado a Diana Evelyn y fue esa la razón de su vergüenza, pero la confianza que Irene intentó transmitirle surtió efecto y –más relajado-, fue más abierto hacia ella.

Durante las siguientes semanas, Leobardo conoció a los familiares de Diana Evelyn y empezó a frecuentar su casa. Irene parecía muy complacida de recibirle, sobre todo al saber el efecto que este muchacho producía en su hija. Por eso no fue difícil para Irene darle permiso a Evelyn de acudir a una fiesta en compañía de Leobardo.

Esa noche, mientras caminaban abrazados hacia la casa de Diana Evelyn, Leobardo se sintió más enamorado que nunca. Su corazón latía con fuerza al sentir tan cerca de sí a aquella chica que era capaz de despertar ese cúmulo de emociones en él.

Se sentía afortunado de caminar a su lado, abrazándola, pero se sentía tan lejos al ser incapaz de hablarle de sus sentimientos.

De pronto, ella expresó su sensación de frío y –caballeroso-, le ofreció su abrigo, ayudándole a ponérselo.

Fue en ese momento que se dio cuenta de que era inútil oponer más resistencia. Amaba a Diana Evelyn con todas sus fuerzas y tenía que saber si ella le correspondía, pero un profundo miedo a perderla le paralizaba.

Anonadado, fijó su mirada en la de ella, absorto en las emociones que le producía, deseando de una manera indescriptible besarla, pero petrificado por la posibilidad de equivocarse.

Para Diana Evelyn ocurrió algo similar. Ella deseaba que la besara tanto o más que él y –decidida como era-, no quiso esperar más y se dispuso a comprobar de una vez por todas que sentía Leobardo por ella.

Temerosa de que la rechazara, tomó su mano y la llevó a su rostro. Sólo eso bastó.

Tocar ese rostro tan delicado, hizo a Leobardo sucumbir. La acarició con cuidado, todavía temiendo que ella le rechazara, pero el dejarle hacer de ella le inyectó confianza y aproximó sus labios a los de ella.

Al sentirla tan cerca a él, pudo percibir como ella se desmoronaba ante su contacto y la supo suya, por fin suya y comprendió que todos sus temores eran infundados, que el miedo que tenía de perderla carecía de sentido y la acarició –más que con sus labios-, con su alma.

Fue un beso dulce, inocente, sin malicia de ninguna especie. Fue la entrega del primer amor para ambos.

Cuando Diana Evelyn desapareció tras la puerta de su casa, él estaba feliz. Todo adquiría sentido y la alegría que le embargaba el corazón explotó de un millón de maneras diferentes.

Con el transcurrir de algunos meses, Leobardo recibió una noticia tan inesperada como impactante. Por recomendación del Instituto en el que estudiaba, le ofrecían una beca para estudiar en Harvard.

Era una oportunidad irrepetible, pero dejaría a Diana Evelyn si la tomaba. Durante días se debatió en la incertidumbre. Sobra decir que sus padres estaban felices ante la grandiosa oportunidad que recibía su hijo y él no deseaba decepcionarlos, pero tampoco quería alejarse de Diana Evelyn.

Tenía miedo de decírselo a Diana Evelyn, tenía miedo de perderla, pero también sabía que debía comunicárselo.

Algunos días después, sin poder ocultar sus temores, le contó a Diana Evelyn sobre la beca y ella –sin dudarlo-, le instó a aceptarla.

Leobardo se sorprendió ante la reacción de Diana Evelyn. Ella le explicó que –si en verdad se amaban-, no podían acotar el futuro del otro por egoísmo. Le aseguró que confiaba plenamente en él y le prometió esperarle, sin importar cuánto tiempo transcurriera antes de que volvieran a encontrarse.

Sin embargo, Leobardo no deseaba apartarse de ella y así lo expresó. Discutieron mucho y el tema llegó hasta Irene quien le aconsejó que tomara la beca, le hizo ver que esa era una oportunidad que no volvería a tener y concordó con Diana Evelyn en que un amor verdadero soporta toda clase de pruebas. Finalmente accedió, aunque no sin reservas.

A un par de semanas de partir, Diana Evelyn –quizás en respuesta a la inminente ausencia de Leobardo-, simplemente cedió ante sus caricias. Leobardo quiso persuadirla de que era mejor esperar, pero Diana Evelyn le pidió que no se detuviera. Leobardo le dijo que la amaba y que no era necesario que llegaran a ese extremo tan sólo porque él debía ir a Harvard durante algunos años, pero Diana Evelyn insistió y le dijo que ella también le amaba y que deseaba hacer el amor con él, no porque se fuera a ir, sino porque sentía dentro de sí que el momento había llegado.

Si besar a Diana Evelyn fue lo más hermoso que le había ocurrido a Leobardo hace tan sólo algunos meses, hacer el amor con ella –la primera vez para ambos-, fue el éxtasis.

Nunca antes había sentido él vibrar su corazón como mientras se entregaba a ella, nunca antes su sangre recorrió sus venas como lava hirviente en un volcán a punto de hacer erupción.

Besó cada centímetro de su piel, la acarició con ternura, fue capaz de estimularla sin siquiera entender lo que estaba haciendo.

La entrega se consumó y fue hermosa. Fue la máxima expresión del amor que dos seres humanos pueden sentir el uno hacia el otro.

Y las cosas dieron un giro inesperado para ambos a partir de ese momento.

Esta vez, Leobardo supo que no volvería a ser el mismo. Esta vez, Leobardo sintió que apenas conocía el verdadero poder del amor.

Se despidió de Diana Evelyn en el aeropuerto con lágrimas en los ojos. Ella intentaba transmitirle fortaleza, aunque dentro de ella sentía que su espíritu se derrumbaba.

Irene percibió que algo había cambiado e intuyó qué podía ser. Más sin embargo, se mantuvo al margen y permitió a su hija vivir esa experiencia hasta el final.

La vida de Leobardo en Harvard fue mucho más difícil de lo que él esperaba. Debía esforzarse más, al ser extranjero. Aún así, se daba tiempo para escribirle a Diana Evelyn. Lo hacía cada vez que podía.

Un día, en una visita que hizo a New York en compañía de algunos de sus compañeros, conoció a Betsie.

Betsie era una chica de rasgos asiáticos, tan extrovertida como Diana Evelyn. Quizá la soledad que Leobardo sentía, la lejanía de su familia y lo mucho que Betsie le recordaba a Diana Evelyn, contribuyeron a la relación que surgió entre ellos.

Aunque sentía que traicionaba a Diana Evelyn, pudo más el incipiente amor que Betsie le inspiraba y poco a poco fue cediendo, hasta que –a unos meses de graduarse-, decidió mudarse con Betsie e iniciar una relación de pareja.

Fue también gradual el distanciamiento en su comunicación con Diana Evelyn y nunca fue capaz de confesarle lo que ocurría.

Un día, simplemente dejó de escribirle a Diana Evelyn.

Su romance con Betsie duro apenas algunos meses, pero las nuevas obligaciones que había adquirido le retuvieron en los Estados Unidos.

Pasaron años y conoció otras parejas. Diana Evelyn se había convertido tan sólo en un recuerdo del primer amor de su adolescencia.

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Capítulo 06. Un tirano incomprendido.

Octubre 10th, 2012 No comments

La vida para Manuel nunca fue sencilla. Provenía de una familia humilde, de ideales muy arraigados. Perdió a su madre siendo un muchacho y pronto tuvo que valerse por sí mismo.

Su padre era un tipo muy disciplinado, que pasaba largas horas trabajando. Jornadas que se alargaron cuando su esposa –la madre de Manuel-, murió. Manuel y sus hermanos pasaban largas horas solos y no les quedó más remedio que forjarse a sí mismos, en medio de incontables privaciones. Aunque toda suerte de perversiones pudieron adueñarse de sus consciencias, la rectitud prevaleció y cada uno de ellos terminó forjándose una vida honesta, regida por los valores que sus padres se esforzaron en transmitirles.

Manuel abandonó el seno familiar desde su temprana juventud. Hizo una carrera e ingresó en un mundo laboral en el que solía mezclar sus impulsos juveniles con su sentido de la responsabilidad.

Aunque mucho le criticó a su padre la dedicación que este mostraba hacia su trabajo desatendiendo a sus hijos, Manuel mostró de inmediato rasgos similares a los de su padre.

Quizás –a pesar de la gran influencia que su padre tuvo en su forma de atender a sus responsabilidades-, lo que realmente ejerció la mayor influencia en la dedicación propia de Manuel era el amor que sentía por lo que hacía.

Al menos en eso fue afortunado. Muy temprano -en su juventud-, Manuel descubrió la que sería su vocación.

Ocurrió en un kiosco, cuando descubrió una revista en la que la portada describía vagamente un tema que captó de inmediato su atención. Pidió… -no, más bien exigió- a su padre que le comprara la revista.

Al ver la insistencia de Manuel, su padre le concedió el capricho y le compró la revista.

Durante esa tarde Manuel devoró la información contenida en la revista. La repasó una y otra vez.

Ya no había vuelta atrás. Sin que fuera consciente de ello, Manuel se había enamorado y ya había decidido su futuro.

Pero no fue de inmediato cuando ingresó en ese mundo. Pasaron unos cuantos años antes de que tuviera su primera oportunidad y –cuando finalmente la tuvo- fue evidente para él que esa era su razón de vivir.

Algo que a Manuel le fascinaba de su profesión era que creaba soluciones aún cuando –al comenzar-, no tuviera la más remota idea de lo que estaba haciendo.

Le encantaba ser capaz de crear soluciones ingeniosas, aunque la mayoría de las veces el precio consistía de la frustración, los errores, la perseverancia y mucha disciplina. Al final, tras un millón de intentos, la solución siempre aparecía y el producto –por lo regular-, resultaba genial.

Precisamente estos ingredientes –la disciplina y la perseverancia-, influyeron de manera definitiva en su forma de ser. El no ceder, forjó la rigidez de su carácter y la disciplina, le permitió justificar su perspectiva sobre cómo debían hacerse las cosas. Fue la frustración la que –contradictoriamente-, fomentó su seguridad en sí mismo y los errores contribuyeron en gran medida a su aprendizaje, no solo laboral, sino también emocional.

Fue inevitable para Manuel relacionar su mundo laboral con su mundo afectivo y fue de esa manera como Manuel forjó su carácter.

Hablando de su mundo afectivo, fue inercial que aparecieran y desaparecieran de su vida infinidad de mujeres. Durante su juventud, Manuel solo buscaba satisfacer sus apetitos, pero lógico como era su razonamiento, pronto se aburrió de relaciones vacías, que no aportaban nada a sus necesidades afectivas y su interés por las aventuras fue menguando lentamente.

Con el tiempo, siendo ya un joven adulto, sostuvo relaciones románticas sólo cuando él sentía que la semilla del amor podía ser sembrada y fructificar. Pero muchas de esas relaciones terminaron en la frustración de encontrar un día que no conocía a la persona con quien formaba pareja y descubrir que sus intereses eran diametralmente opuestos.

Otras de esas relaciones terminaron simplemente porque así tenía que ser, pero de mutuo acuerdo y sin cuentas pendientes.

Una tarde, Manuel decidió salir temprano de su trabajo porque necesitaba relajarse. Trabajaba en un problema cuya solución se resistía y permanecer intentando no sólo era necio sino infructuoso, así que decidió que era una buena idea darse un descanso y permitir que la solución llegara por sí misma, sin forzarla.

Caminó durante algún rato y –cansado-, compró un periódico y se sentó en la banca de un parque. En realidad ni siquiera leía el periódico, pero fingía hacerlo.

Tras unos minutos de haberse sentado allí, una jovencita de unos 18 años se sentó en la misma banca.

Parecía que algo le angustiaba, pero no consideró prudente invadir su privacidad, así que continuó fingiendo que leía el diario, pretendiendo que ni siquiera se había percatado de la presencia de la muchacha.

Pero el destino tenía otros planes y –de pronto-, la muchacha comenzó a llorar desconsolada. Fue entonces que no pudo más y –a pesar de su intención de mantenerse al margen-, trató de consolarla, aunque torpemente, pues esa no era su manera normal de proceder.

Fue cuando sus ojos se encontraron con los de ella cuando él intuyó la posible razón de su pesar, pero no dijo nada. Decidió mantenerse al margen, pero trataría de ayudar. Dijo lo primero que le vino a la mente, basándose en sus sospechas de lo que acontecía con la chica. Luego se levantó y se fue.

Aunque trató de no pensar más en ella, no pudo evitar hacerlo y –de hecho-, ella recurría a su memoria con frecuencia. Se preguntaba cómo habían resultado las cosas para la chica y –en cierto modo-, la extrañaba.

Le parecía absurdo echar de menos a alguien que no conocía, pero durante el breve instante en que los ojos de ambos se cruzaron, él pudo sentir que –de una manera que no era fácil para él explicar-, surgió una conexión entre ellos.

Algo vio en su mirada que le hizo sentir una profunda conexión con ella. No podía explicarlo, pero tampoco podía dejar de sentirlo.

Varios meses después, mientras disfrutaba un café negro, cargado, sin otro ingrediente que el agua y el café, como el café debe ser, creyó distinguirla entre un grupo de chicas que ingresó al mismo local.

De hecho, la reconoció tras algunos segundos, pero decidió fingir que no se había dado cuenta.

Se veía feliz y parecía que el problema que originó sus lágrimas aquella tarde en el parque finalmente se había resuelto y eso le hizo sentir feliz a él. Sin embargo, prevalecía el hecho de que escasamente la conocía y decidió que cualquier tipo de acercamiento era impropio. Por ello decidió pretender que no la reconoció.

Sin embargo, tan pronto ella se percató de su presencia, no dejaba de mirarle, así que apuró el café y se dispuso a abandonar el local.

Pero la curiosidad pudo más y el deseo de volver a hablar con ella se impuso, así que se dirigió al mostrador pretendiendo que compraría alguna cosa, lo que fuera y deseó con todas sus fuerzas que la chica se decidiera a acercarse a él.

Si no lo hacía, simplemente saldría del lugar y olvidaría el asunto.

No tuvo que esperar, de hecho, ella tomó la iniciativa y se le acercó. Él pudo confirmar entonces que ella, o bien deseaba agradecerle por su burdo intento por consolarla o –tal vez-, estaba interesada en él, así que se decidió a averiguar cuál de estas dos opciones era la correcta.

Así fue como conoció a Irene y también fue de esta manera como el vacío que sentía en su ser, tras un breve intercambio de coqueteos, se llenó de pronto, de una manera que nunca en su vida había podido experimentar jamás. En ese preciso instante supo que la mujer que había estado buscando no sólo existía, sino que estaba ahí, frente a él y que atraerla hacia su vida dependía de que supiera despertar su interés.

Es extraño cómo se dan las cosas. Usualmente, las personas dirían que el amor suele tomar mucho tiempo para terminar –por lo regular-, en fracasos decepcionantes, pero el de Manuel e Irene no lo fue.

Ambos fueron capaces desde el principio de reconocer ese profundo sentimiento que nació en ellos desde la primera mirada.

Siendo objetivos, su amor tomó mucho tiempo en consolidarse, pero surgió de manera espontanea en un segundo.

Por ilógico que parezca el amor a primera vista, no es tan difícil de comprender. Quien no pueda entenderlo, no puede hacerlo porque nunca lo ha experimentado, pero en el caso de Irene y Manuel ocurrió. Simplemente ocurrió.

Es completamente cierto que un verdadero amor solo puede construirse a partir de un conocimiento profundo de la pareja pero, ¿quién dijo que dicho conocimiento se limite a lo que pueden transmitir las palabras?

Lo que aconteció con Manuel e Irene fue que pudieron comunicarse sin hablar, transmitiendo sus emociones a través de sus sentidos. Lo que les conectó fue el reconocerse mutuamente por un evento fortuito que los ubicó en el mismo instante, en la misma localidad geográfica.

Se percibieron uno al otro a través de sus miradas, a través de sus gestos, a través de un breve intercambio que fue capaz de comunicar más de lo que unas cuantas palabras hicieron.

Más aún, pudieron interpretarse mutuamente y esto aconteció tan sólo porque –sin darse cuenta-, hablaban el mismo idioma en su corazón. Fue una sintonía perfecta.

Para Manuel, fue encontrarse cara a cara con la mujer que siempre había buscado. Aunque se empeñaba en aparentar dureza, su necesidad interna de afecto y comprensión tuvo su respuesta al fin al encontrar a Irene aquella tarde que fenecía con el llanto de una jovencita a quien –con toda seguridad-, alguien había roto el corazón.

Para Irene, fue el encontrarse con alguien que le demostraba día a día que ella era su prioridad, que la respetaba porque hacerlo significaba respetarse a sí mismo, que hacía cuanto podía por comprenderla y quien siempre estaba a su lado cuando ella más lo necesitaba.

A partir de su primera cita, Manuel decidió que su búsqueda había terminado y deseo concentrarse sólo en Irene porque lo que él tanto necesitaba, sólo Irene podía dárselo.

Cada vez que otra mujer le insinuaba algún pequeño atisbo de interés, por hermosa que fuera, Manuel recordaba a Irene y revivía el cariño que sólo ella podía transmitirle, revivía en su mente lo maravilloso de un segundo al lado de Irene y decidía que la mujer más bella era muy poco comparado con su Irene.

Era el amor que Irene despertaba en él lo que le prevenía el ceder ante la tentación, aunque él se empeñaba en insistir que eran sus valores.

Simplemente, él no podía mostrar interés, aunque fuera sexual, por otra mujer que no fuera Irene. No podía, porque Irene llenaba por completo su corazón.

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Capítulo 05. La vida es una promesa.

Octubre 10th, 2012 No comments

Una joven Irene caminaba a través del parque. Se le veía inquieta, cabizbaja, con los ojos algo enrojecidos. Su andar denotaba su estado de aparente nerviosismo, como si estuviera a punto de colapsar. Tratando de conservar el balance, se sentó en la primera banca que encontró en su camino. A su lado se encontraba un hombre que leía sin afán el periódico. Él ni siquiera se inmuto cuando ella tomó asiento, ¡vaya! Podría decirse que ni cuenta se dio de cuando ella se sentó. Eso le venía bien a Irene. Lo último que quería en ese instante era un galancete pretendiendo conquistarla “por lo bonita que se veía”.

Intentado recomponerse, clavo su mirada en un invisible vacío. Su cara, inexpresiva, hablaba no obstante de su desconexión con la realidad. Con las manos cruzadas sobre su regazo, jugueteaba con un objeto que no era del todo evidente.

La gente pasaba frente a esa banca apenas notándola. Quizás algún parroquiano llegó a intuir que algo andaba mal con esa jovencita, pero simplemente decidió que los dramas personales de la dama no eran de su incumbencia, así que continuó con su vida, sin más, alejándose en la distancia.

El día fenecía; una incipiente penumbra comenzaba a invadir el manto celeste y, a lo lejos, en el horizonte, algunas nubes empezaron a teñirse de tonos carmesíes. Era un día que moría y así se sentía Irene en su interior.

No hacía más de una hora, acababa de discutir con su novio. Ella se sentía preocupada pues creía estar embarazada. Pensó que al contárselo a su novio, este se llenaría de alegría y planearía junto a ella su futuro. En cambio, su reacción fue cínica. “¿Y cómo sé que el chamaco es mío?” le había respondido cuando ella le expresó la posibilidad; “si fuiste capaz de coger conmigo, quien sabe con cuántos más te has metido”, añadió él, eludiendo toda responsabilidad. Ella no podía creer esa reacción de Sigfrido. Él siempre había sido tan cariñoso, en todo momento le mostraba una faceta totalmente diferente a la que hacía un rato acababa de conocer. Ahora, se sentía completamente desvalida, abandonada. No tenía idea de lo que acontecería en su vida futura y sentía pánico ante la posibilidad.

No era precisamente que lo tuviese confirmado. En realidad, sólo sospechaba que podría estar embarazada. Había acudido a Sigfrido esperando que juntos visitaran a algún médico que confirmara o descartara el incipiente embarazo. En cambio, encontró a un hipócrita que rechazó toda responsabilidad de la manera más cruel de que fue capaz.

Al recordar sus hirientes palabras, no pudo contenerse más y, en medio de incontrolables sollozos, comenzó a llorar. El tipo que estaba a su lado reaccionó extrañado en cuanto escucho sus primeros sollozos. Permaneció dubitativo durante algunos segundos, pero al ver la manera tan desesperada en que transcurría su llanto, no pudo contenerse más y le preguntó si todo estaba bien.

Como es obvio, Irene respondió que todo estaba perfectamente, que no se molestara, “ni la molestara” –pensó-, que sólo eran cosas de mujeres. Él comprendió que no le incumbía y trató de volver a concentrarse en su lectura, pero simplemente no pudo. Botó el periódico y se volvió hacia ella, diciendo:

- ¡Esto es absurdo! Sé que sus asuntos no me incumben pero no puedo permanecer impasible ante su pena.

Irene le miró por primera vez y algo en sus palabras le hizo sentirse cómoda; el gesto en la cara del hombre le provocó ternura y su reacción le transmitió protección. Sabía que era un completo extraño pero, por un instante, sintió como si le conociera de toda la vida.

- En verdad, no se preocupe, estoy bien – insistió. No era que se sintiese invadida; sólo consideraba poco apropiado hablarle del infierno por el que estaba pasando a un completo desconocido.

- No me parece que así sea –insistió el hombre-, pero no se preocupe. Sus razones tendrá. Es sólo que el sufrimiento ajeno no me va tan bien como pretendo hacerle creer a los demás – confesó. Ella no pudo evitar una sonrisa pequeña ante la ocurrencia del tipo y bajo la mirada, apenada.

- ¡Hum! ¡Así está mucho mejor! – añadió el desconocido.

Algo tenía este hombre que con sencillas palabras logró hacerle olvidar por un momento la pena que le acongojaba. En una segunda mirada, Irene notó que los ojos de él transmitían paz, aunque él pretendía hacerse ver con la dureza de un roble. Sus rasgos eran finos, sin perder la masculinidad. Su voz, sin ser una voz gruesa, denotaba aplomo. No era un tipo que pareciera ocuparse demasiado por su apariencia. Más bien, parecía uno de esos tipos que están más interesados en lo que pueden demostrar a través de sus hechos, que en la imagen que pueden transmitir a través de su apariencia. Por su manera de conducirse, supuso que no era dotado en cuestiones sociales. Era crudo y directo, no hacía lujo de tacto e iba directo al grano.

- No la molesto más, señorita. Sólo recuerde: la vida es una promesa – dijo sin más y se levantó y se fue.

La vida es una promesa”, repitió ella mentalmente mientras lo vio alejarse. Su andar denotaba soberbia, una seguridad excesiva en sí mismo. Entonces lo entendió. No importaba que pasara finalmente, la vida es una promesa.

Le siguió con la mirada hasta perderlo de vista y entonces, renovada, se levantó de la banca y se retiró también. Su dolor quemaba su espíritu, pero era atenuado con la esperanza de que la promesa que representaba la vida –como apuntó el extraño-, le permitiera salir avante. Fue en ese momento en que decidió que –pasara lo que pasara-, ella continuaría sin derrumbarse.

Los días transcurrieron e Irene comprobó que no estaba embarazada en realidad. El conocimiento de este hecho le decepcionó un poco, pero agradeció su suerte al no tener que traer al mundo a un bebé que no podría crecer en el seno de un núcleo familiar, que viviría privaciones que otros niños no experimentarían.

La experiencia realmente marcó su vida. Comprendió que sexo y amor no siempre van ligados, que hacer el amor y tener relaciones no significan lo mismo y se prometió a sí misma que sólo volvería a realizar el acto por amor y con amor.

La decepción que Sigfrido le había provocado permanecería por largo tiempo anidada en su corazón. Como una herida, cicatrizaría lentamente y dejaría una marca en su alma a pesar de que, con el tiempo, dejaría de doler y se convertiría en un suceso trágico, de los que suelen ocurrir cuando nuestra vida se aproxima a una bifurcación.

Pasaron meses antes de volver a encontrar al extraño. Cada vez que la pena embargaba su corazón, recordaba las palabras del peculiar individuo que –una tarde-, trató bruscamente de consolarla: “La vida es una promesa”.

Un día, mientras departía con sus amigas en una cafetería, le reconoció en una mesa a unos metros de donde se encontraba. Él bebía su café lentamente, como saboreándolo o –quizás-, como alargando el momento. Si él la vio, no pareció reconocerla.

Una de sus amigas notó las veces que ella volteó hacia el tipo y al ver el tipo no le pareció especial. Luego, como en broma, comentó al grupo sobre el aparente interés de Irene en el extraño.

Irene se ruborizó, pero trató de sobrellevar las bromas de sus amigas quienes –curiosas-, intentaron que les dijera qué le parecía interesante de un tipo que ni siquiera percibían atractivo.

Ella quiso evadir el tema pero –ante la insistencia de sus amigas-, sólo dijo que le parecía tierno. Una de ellas volteó a ver al tipo y acotó que más bien parecía un soberbio arrogante que ni siquiera tenía qué presumir.

Obviamente Irene no concordaba, pero no estaba dispuesta a contarles sobre las circunstancias en que lo conoció aquella tarde que el mundo parecía acabar para ella.

De pronto, el tipo se levantó y se dirigió a la caja a comprar algo más. Irene, decidida, se levantó también y se acercó a él. Fingió por un momento buscar algo que comprar y -venciendo su timidez-, le susurró: “la vida es una promesa”.

Fue en ese momento que el individuo reparó en ella y volteó preguntando: – ¿perdón? -, pero entonces reparó en ella y finalmente la reconoció. – ¡Pero qué diferente se ve usted ahora! ¡Me alegra no ver más lágrimas en su rostro! – dijo él.

Ella le respondió con una sonrisa mientras le agradecía y él, apenado, le sugirió que no era necesario agradecer.

A lo lejos, las amigas de Irene presenciaban la escena mientras comentaban entre ellas sin perder detalle.

Irene sintió algo de vergüenza y se disculpó con el tipo, quién –amablemente- aceptó sus disculpas y se despidió también. Sin embargo, mientras Irene iniciaba el retorno a su mesa, él no pudo evitar llamarla:

- Disculpe… -dijo. Ella volteó. – No quisiera incomodarla pero me pregunto si aceptaría encontrarse conmigo aquí mismo, quizás mañana, a esta hora y compartir un café conmigo.

Ella le sonrió coqueta y –como retándole para descubrir si había más es sus intenciones que sólo tomar una taza de café-, respondió:

- ¿Me está invitando a una cita?

Él le regresó la sonrisa y contestó:

- Sería un excelente inicio, sosteniéndole la mirada y emitiendo un brillo particular a través de sus ojos sin siquiera percibirlo.

Entonces ella retomó sus pasos dirigiéndose de nuevo hacia él en andar sugerente y –sin arruinar el coqueteo-, preguntó:

- ¿Un… inicio?

Él se sintió un poco apenado, pero no aparentó inmutarse.

- Si, un excelente inicio de semana para mí. – Confirmó esquivo. No obstante, el mensaje había sido transmitido. – No es mi intención incomodarla, pero me ha sido grato verla, sobre todo con este maravilloso cambio en su semblante y quisiera comenzar a conocerla sin lágrimas amargas ensombreciendo el resplandor de sus hermosos ojos. – Continuó.

Ahora le tocó el turno a Irene de ruborizarse, pero trató de disimularlo.

- ¿No será que está coqueteando conmigo, señor?

A lo que él respondió:

- Hum… podría ser. Tal vez usted deba averiguarlo.

- Y… ¿por qué tendría yo que hacerlo? – preguntó ella en respuesta.

- Porque de otra manera usted no podría saber con certeza si lo mío es coqueteo o no. – Dijo él.

- ¿Qué le hace a usted pensar que quiero saber si lo suyo es coqueteo? ¿Acaso es usted un optimista? – Preguntó, retadora.

- Por supuesto, dama mía, ¿ya lo olvidó? –Preguntó él.

Irene hizo un mohín simulando a alguien distraído que –repentinamente-, repara en algo evidente.

- Es cierto – dijo mientras simulaba dar un pequeño golpecito con su palma sobre su cabeza – “la vida es una promesa”. – y sonrió.

Él sonrió con ella y confirmó – ¡Exactamente! ¡Así es!

- Bien – dijo Irene -, si he de aceptar su invitación, quizás debería conocer su nombre – sugirió.

- Me llamo Manuel – respondió él -, ¿puedo saber cómo se llama la dama que arruina mis intentos por parecer impasible? – preguntó.

- Soy Irene – dijo, extendiéndole la mano. – De acuerdo Manuel, lo veré aquí mañana a esta hora.

Manuel tomó su mano y  se acercó a ella, como intentando  un beso en la mejilla, pero simplemente le susurró al oído:

- La estaré esperando.

Luego se despidió y abandonó el lugar. Irene le vio salir y le fue inevitable ocultar la emoción que sentía. Regreso a su mesa sin poder ocultarla y sus amigas ansiosas la esperaban con toda clase de comentarios.

Fue la que puntualizó que no le veía nada especial a Manuel quien dijo:

- ¡Lo admito! ¡Me equivoqué, qué sexy tipo te acabas de ligar!

Otra de sus amigas reconoció que seguía sin encontrarle atractivo a Manuel, pero que envidiaba a Irene por la escena que acababa de protagonizar.

En general, sus amigas concordaron en eso. Les pareció –reconocieron-, que la forma en que se habían desarrollado los eventos parecía haber salido de la escena de una telenovela o una película e Irene reconoció que se sentía muy nerviosa durante su interacción con Manuel.

- ¡Tiene algo el tipo! – dijo la que admitió haberse equivocado. – Si te lo encuentras en la calle te parecerá arrogante y presumido. No tiene nada espectacular, pero se comporta como si el creyera que lo tiene y, sin embargo, la manera en que te trató… no sé como describirla.

Irene sonrió para sus adentros, recordando la primera vez que se vieron y –sin meditarlo, como hablando consigo misma-, dijo:

- Es respetuoso, no intenta invadir tu intimidad, muy seguro de sí mismo y auténtico. – Finalizó, con una sonrisa que no podía ocultar.

- Creo que nuestra amiga está enamorada. – Dijo una de las chicas y todas rieron.

La charla continuó por esa línea y se prolongó por un par de horas más.

Al día siguiente, Irene acudía a la cita, expectante y –al entrar al lugar-, no pudo descubrir a Manuel. Imaginó que sólo era una broma y estaba por irse cuando, desde su hombro izquierdo, una rosa acarició su mejilla.

- Jamás me perdería una cita con usted. – Dijo una voz conocida desde su espalda.

Irene volteó y vio a Manuel, sonriéndole. Ella le regresó la sonrisa y fue entonces cuando buscaron un lugar donde sentarse.

Así comenzó su historia juntos. Esa tarde, hablaron de cosas triviales que más tarde se volvieron relevantes para ellos. Fue la primera de muchas veces que se frecuentaron.

Aunque la atracción entre ambos fue evidente desde el principio, los dos se dieron su tiempo para permitir que la relación floreciera. Él se mostró siempre respetuoso, sobre todo de su vida antes de él. Eso incrementaba el atractivo para ella. Más que como desinterés, ella lo interpretaba como un signo de madurez. No era que él no estuviera interesado en su historia, sino que prefería dejar que ella –por sí misma-, le relatara lo que acontecía en su vida según a ella le pareciera relevante.

Otro gesto que admiraba de él era que –a pesar de esa máscara perpetua de impasibilidad-, Manuel solía ser muy franco con respecto a sus sentimientos. Simplemente no podía ocultarlos.

Manuel no solía ser muy exitoso en sus interacciones con los demás. Usualmente decía exactamente lo que pensaba y se comportaba de una manera muy autosuficiente. Era frecuente que fuera burdo en sus comentarios y era incapaz de esconder sus emociones, aunque se esforzaba titánicamente por hacerlo. Era bueno que no jugara póker.

Irene fue enamorándose poco a poco, desde el primer momento y –aunque era precavida-, su corazón fue entregándose paulatinamente.

Manuel –por su parte-, no presionaba al destino. En realidad, él lo prefería así. Aunque nunca hablaba sobre el tema, había conocido toda clase de mujeres y se sentía cansado de las aventuras. Deseaba entrañablemente conocer a alguien que le amara por quien él era, a pesar de sus defectos. Ansiaba compartir su existencia con alguien que le comprendiera, que le aceptara e Irene parecía ser esa persona.

Sin embargo, no todo fue miel sobre hojuelas. Tuvieron sus roces, pero nunca fueron tan importantes que forzaran una ruptura, aunque si las hubo, varias veces.

Debido a su juventud, Irene solía hacer cosas apropiadas para su edad y –eso-, parecía incomodar a Manuel en varias ocasiones. Manuel, no obstante, intentaba que eso no fuera un obstáculo para la relación pero, intuitiva por naturaleza, Irene siempre era capaz de descubrir la incomodidad que ocasionaba en Manuel y –terca como era-, se obstinaba en reclamarle una falta de comprensión que en realidad no existía.

Manuel evadía siempre el asunto, pero ella insistía y en diversas ocasiones, la obstinación de Irene provocó la ruptura.

Pero no eran capaces de vivir alejados uno del otro. Normalmente transcurrían unos pocos días y las cosas retomaban el curso que ellos habían elegido.

Por su parte, Manuel también tenía costumbres que exasperaban a Irene y dichas costumbres fueron la causa de otras rupturas, pero Irene terminaba perdonándolo y regresando con él.

Una de las actitudes que Irene detestaba de Manuel era su intolerancia. Manuel se quejaba de muchas cosas que a él le parecían particularmente incorrectas.

En ocasiones, Manuel le parecía un machista a Irene, aunque nunca le faltara al respeto como mujer. Manuel tenía como particularidad que las cosas debían tener un estricto orden. Cuando Irene le confesó que a ella no le incomodaba la idea de vivir juntos, sin casarse, Manuel expresó su ideal del matrimonio y se mostró inflexible en cuanto a su idea de cómo debía ser la relación de pareja.

Aunque le disgustaba la intolerancia, la firmeza de los valores de Manuel le encantaba a Irene. Él podría ser todo lo inflexible que quisiera en cuanto a sus puntos de vista, pero sólo era inflexible cuando se trataba de cosas que él consideraba moralmente correctas. Cuando entendía que podía estar equivocado, aceptaba toda sugerencia y se mostraba abierto a asumir un cambio de actitud.

Los padres de Irene conocieron a Manuel tan sólo un par de meses después de la primera cita. El primero en congeniar con Manuel fue el padre de Irene. Se sentía a gusto departiendo con Manuel. Se sentía identificado con muchos de sus ideales y con su proceder. De hecho, lo confesó muchas veces, a él le habría fascinado tener un hijo como Manuel.

La madre de Irene, por su parte, notaba las mismas actitudes que Irene notaba en Manuel y las cuestionaba, pero Manuel le caía bien. En sí, le caía bien cómo trataba Manuel a Irene.

Los hermanos y hermanas de Irene a veces bromeaban con ella llamando a Manuel “el anciano”, pero Irene siempre lo defendía, aunque comprendía perfectamente la razón de las bromas. No obstante el apodo, Manuel era apreciado entre ellos.

Por su parte, los amigos de Irene, principalmente sus amigos hombres, insistían en que Manuel no era la mejor opción para Irene. Simplemente expresaban su opinión basados en su juventud y –alguien como Manuel-, se les hacía demasiado maduro para andar con una niña como Irene. Pero eso jamás le importó a Irene.

No faltó la ocasión en que alguna otra mujer –conocida o no por Irene-, intentara un acercamiento más allá del trato normal con Manuel. Algunas veces Irene se dio cuenta y le reclamó a Manuel, pero pronto pudo comprobar que Manuel se mostraba apático ante las insinuaciones de otras mujeres, cosa que terminó de enamorarla y forjó una relación de total confianza entre ellos.

Irene se dio cuenta de que las cosas eran así. La autenticidad de Manuel era su principal atractivo. Manuel nunca fue un hombre físicamente atractivo, pero la firmeza de sus convicciones y su actuar auténtico resultaban un imán para muchas mujeres. Manuel lo sabía y siempre mantenía la distancia.

Lo que Irene no sabía era que Manuel se resistía a las tentaciones que con frecuencia le acosaban, porque él quería ser amado. Aventuras había tenido ya suficientes. Lo que no tenía, hasta antes de conocer a Irene, era amor y era lo que él más deseaba.

Siendo como él era, jamás lo admitiría ante Irene. Pero ella lo intuía y por eso era incapaz de dejar de amarle. Aunque nunca se lo dijo con palabras, siempre se lo demostró a través de sus acciones.

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Capítulo 04. La loca, loca.

Octubre 10th, 2012 No comments

Patricio siempre fue un joven muy extrovertido. A pesar de que la gente siempre le criticó su tendencia, a él jamás le importó lo que los demás decían de él. Desde muy temprana edad adquirió consciencia de su condición y la aceptó sin más, sin preocuparse demasiado por las consecuencias. Lo único que le importaba era sentirse bien consigo mismo y, con esta mentalidad, disfrutó al máximo cada instante de su vida.

No tuvo el mismo inconveniente que Leonardo con su familia, pues siempre se las ingenió  para que su homosexualidad pasara desapercibida por su mamá y no fue sino hasta cuando se convirtió en alguien autosuficiente que le permitió a ella conocer esa peculiaridad suya. Contrario a lo que suponía, su madre le expresó que ella siempre lo supo, pero que le respetaba porque lo amaba con todas sus fuerzas.

La mamá de Patricio fue madre soltera. Lo había tenido a él por un enamoramiento que tuvo cuando era apenas una jovencita de escasos diecisiete años y su padre simplemente negó su paternidad. Como pudo, lo sacó a adelante, aunque esto significará pasar por innumerables sacrificios. Aunque conoció otros amores, ella decidió no depender nunca de un hombre, más que nada porque temía que cualquier eventual pareja rechazara y maltratara a su pequeño. Ella descubrió desde la niñez de Patricio ciertas conductas en él que le orillaron a suponer que su hijo sería homosexual. Por ello es que temía tanto a que alguno de sus novios terminara abusando del pequeño. Cuando Patricio alcanzó la pubertad, fue cada vez más evidente su condición, pero ella lo dejó hacer y nunca le discriminó por ello. Muy al contrario, dio a su hijo su apoyo incondicional en cualquiera que fuese su decisión y le animó, siempre tras bambalinas, a ser él, quien quiera que él mismo decidiera ser.

Esa actitud de su madre hizo que Patricio adquiriese una sólida confianza en sí mismo y forjó una mentalidad abierta que le permitía ignorar los abusos verbales y, a veces físicos, de que era objeto. Él no sabía que su madre estaba enterada sobre sus preferencias, pero le tenía un gran respeto al ser consciente de todos los sacrificios por los que ella tuvo que pasar para educarlo y criarlo y no deseaba en realidad someterla a una pena innecesaria. Sencillamente la amaba profundamente.

A pesar de sus muchas limitaciones económicas, su madre logró darle una carrera. Era un jovenzuelo delgado que aparentaba menos edad de la que en realidad tenía cuando se graduó con honores como Ingeniero Arquitecto. Ese hecho llenó de orgullo a su madre. Pero ese orgullo duró muy poco.  Entre los sacrificios que tuvo que hacer, se descuidó de un cáncer en el seno que acabó demasiado pronto con su vida. Estaba muy próxima a cumplir los cuarenta cuando, desde su lecho de muerte, se despidió para siempre de su pequeño hijo. Ante la cruda realidad de lo inevitable y con el rostro bañado en lágrimas, Patricio sintió una incontenible necesidad de hablarle sobre su homosexualidad, como si con ello purgara una culpa que no le dejaba existir. Su madre, simplemente le miró con dulzura y le confesó que ella siempre lo supo y que fue precisamente por eso que nunca aceptó a un hombre entrar en sus vidas, por temor a que lo maltrataran.

Está de más decir que Patricio lloró sinceramente pidiéndole perdón por ser así, pero ella le instó a recobrar su frágil fortaleza y le recordó que le amaba mucho más que a su propia vida. Tomándola de la mano, él le prometió que sería siempre un hombre recto, a pesar de su homosexualidad.

Con el tiempo, Patricio comprendió que su estado poca o ninguna relación tenía con su inclinación, pero en ese preciso instante, presa de una agobiante culpabilidad, no pudo verlo así, aunque su madre le aclaró una y otra vez que eso no importaba, que lo importante era que fuera él, exactamente así, como era y que ella sabía de sobra que sería siempre un hombre honesto porque ella se lo había inculcado así.

Fue así como ella partió de su vida y a partir de entonces, él se consagró a su carrera y se convirtió en un Arquitecto muy famoso, tanto por sus logros, como por su personalidad. Durante años, luchó sin cansancio por hacerse de un nombre, pero fue más por honrar el recuerdo de su madre que por vanidad.

Patricio rondaba por los treinta y tres años cuando conoció a Leonardo, un joven de entonces veintisiete años que le pareció muy atractivo. A pesar de que su relación se inició en estricto apego al respeto profesional, pronto fue evidente para ambos que tenían más en común de lo que habían sospechado al principio.

El hecho de ser homosexuales fomentó entre ellos una incipiente amistad. Sentían que se comprendían mutuamente y eso les impulsó al acercamiento. Pero pasarían todavía algunos meses antes de que las cosas se volvieran íntimas entre ambos.

Muchas veces, al visitar las obras, no faltaba el obrero que se mofaba de ellos. No podían, ni querían, ocultar lo que eran y tampoco les importaba que los demás les usaran para divertirse a sus costillas.

- No te preocupes por lo que los que están en una jerarquía inferior o similar a la tuya piensen, preocúpate por lo que quienes están en una jerarquía superior a la tuya piensan de ti. – Aconsejó una vez a Leonardo.

Aunque Leonardo no pudo comprender ese consejo al principio, pronto lo hizo. A final de cuentas, sus compañeros de trabajo, sus colegas y quienes trabajaban obedeciendo sus órdenes, podían decir misa, pero quienes firmaban sus cheques eran sus jefes. Entendió que, mientras su trabajo fuera excelente y arrojara dividendos a los accionistas, él podía ser todo lo marica que quisiera y ellos nunca se lo iban a recriminar.

No obstante esa revelación, en parte gracias a la educación que recibió por parte de su madre, se cuidó mucho de ser involucrado en chismes que pudieran enlodar su nombre. Comprendió la importancia de mantener separadas su profesión y su vida íntima y se esforzó porque así fuera.

Tanto Patricio como Leonardo habían sostenido otras relaciones románticas con individuos de su mismo sexo pero, dadas sus particulares condiciones, la vida romántica fue para ellos mucho más serena que lo que es para una persona heterosexual promedio. De hecho, sí, hubo varios romances en sus vidas, pero siempre fueron cuidadosamente escogidos y bastante mesurados antes de llegar a concretarse. Entendían que no todas las personas eran como ellos y tal vez por esta razón fueran más selectivos al momento de elegir pareja.

Transcurrieron varios meses antes de ser invitados a un congreso de la industria. Por circunstancias del destino, tuvieron que viajar juntos. Participaron en diferentes conferencias, pero aún así lograron coincidir en algunas de ellas. No obstante, por la noche, siempre trataban de reunirse para tomar una copa o pasear por la playa.

Fue durante una de esas caminatas por la playa, intentando despejarse, que su relación realmente comenzó. No fue un comienzo tanto físico como espiritual. Sin más de qué hablar, de pronto Patricio, queriendo –como siempre, aconsejar a su joven amigo-, comenzó a relatarle como habían sido para él las cosas. Le habló de su madre y de ese amargo instante en que, sosteniendo su mano, la vio exhalar su último aliento. Ese recuerdo siempre le dolía y, sintiendo que estaba con alguien capaz de comprenderle, comenzó a llorar arrojándose a sus brazos.

Leonardo estaba afligido por su amigo. Algo le hizo comprender que en ese instante, él representaba al único pilar de la resquebrajada fortaleza de su amigo y, sintiendo su penar, le aceptó.

Le abrazó, intentando consolarle y Patricio se desahogó en sus brazos. Esa fue una noche de confidencias pues, luego, fue el turno de Leonardo de platicarle las dificultades por las que tenía que atravesar para soportar la escasa tolerancia de su padre.

Permanecieron juntos, mirando hacia al mar, por largas horas, hasta que vieron al sol aparecer en el horizonte sin que en sus cuerpos hiciera merma el cansancio. Esa noche, fue mágica para ambos. Descubrieron así, de esa manera, lo mucho que se comprendían, pero no hubo besos ni caricias, como no fueran las caricias de un alma a otra alma cuando se descubren idénticas.

Aún pasaron semanas tras compartir esa noche para que las caricias entre ambos comenzaran, pero esa noche marcó el inicio de su relación. Una relación subversiva, que incomoda a tanta gente, que sólo para ellos tenía sentido.

Ya de regreso, continuaron frecuentándose. Leonardo le presentó a Patricio a su mamá, aunque se sintió un poco reticente a permitir que Manuel le conociera, pero no pudo evitarlo, aunque lo retrasó tanto como le fue posible.

Una noche, Patricio acudió a la casa de Leonardo tras aceptar una invitación a cenar. Fue ahí donde Patricio conoció a Manuel y, de inmediato, se dio cuenta de su rechazo. Manuel había sido puesto en antecedentes sobre el amigo de su hijo y, aunque refunfuñó, intentó ser tan tolerante como sus prejuicios se lo permitieron por respeto a su hijo.

Sin embargo, esa cena fue el inicio de sus achaques y desde entonces sintió como una patada en el hígado cada vez que veía a Patricio. Para ser justos, aunque Manuel era, como tantos otros, homofóbico, no era su homofobia lo que le dolía, sino la preocupación por su hijo, por la imagen de éste, por el riesgo de que le contagiaran una enfermedad de transmisión sexual. Pero eran tantos y tan profundos sus prejuicios, que no le entraba en la cabeza que aunque su hijo fuera heterosexual, igualmente podría frecuentar a alguien que arrastrara por los suelos su imagen o que le contagiara de cualquier enfermedad. Según su visión, limitada por la homofobia, todos los males del mundo se debían a la homosexualidad y era eso lo que él condenaba.

No muy contento con ello, terminó “tolerando” la relación que nacía entre su hijo y Patricio. Irene, por su lado, tampoco se sentía muy cómoda, pero fue muy clara con Patricio un día en que pudo intercambiar unas cuantas palabras con él.

- Te voy a hablar con absoluta franqueza. – Le dijo. – Esta relación que sostienen tú y mi hijo…  – Comenzó.

- Señora, yo… – Interrumpió Patricio. Sin embargo, Irene no le dejó continuar, pidiéndole que escuchara lo que tenía que decirle.

- Te decía – continuó – Esta relación que sostienen tú y mi hijo sinceramente me incomoda, pero para mí es evidente lo feliz que está mi hijo a tu lado, sin mencionar que él es ya mayor de edad y yo no pienso interferir en sus decisiones ni influir en ellas. Lo único que quiero es pedirte que lo trates bien, no lo hagas sufrir.

Patricio tomó sus manos y la miró a los ojos con un profundo agradecimiento. Sonriéndole, le respondió: – Señora hermosa, descuide usted, su hijo es divino. ¿Cómo podría yo atreverme a herirlo?

Esa franca conversación entre ambos facilitó las condiciones para que comenzaran una extraña amistad. Con el tiempo, Irene conoció la historia de Patricio por sus propios labios y fue desentrañando su personalidad. El acercamiento entre ellos fue casi equiparable al acercamiento entre madre e hijo y, así, fue como ella terminó aceptando el noviazgo entre Leonardo y Patricio.

Manuel ni siquiera hizo el intento. Se limitaba a saludarle con cortesía, pero trataba de mantenerse lejos, “como si le fuera a pegar la homosexualidad” se burlaba Patricio cuando estaba en confidencia con Leonardo.

Con Diana Evelyn la amistad se dio de una manera absolutamente natural. Conociendo a su hermano como le conocía, no fue difícil para ella hacerse amiga de Patricio de inmediato. Muchas veces platicaban como si fueran “amigas” e intercambiaban consejos de belleza y trucos para manejar a los hombres.

La personalidad de Patricio le ganaba muchas simpatías. Mucha gente bromeaba abiertamente con él por mostrarse tal cual, como era. A veces, las bromas eran pesadas, pero Patricio siempre las tomaba a la ligera e ignoraba la malicia implícita en ellas.

Era también la apertura de su personalidad lo que le distinguía como uno de los mejores arquitectos de la constructora para la que trabajaba. A pesar de estar al tanto de su homosexualidad, muchos de los clientes de la empresa lo pedían específicamente a él para diseñar sus construcciones. Esto era así porque, abierto como era, su genialidad destilaba en cada presentación en la que participaba.

- Es muy brillante el jotito. – Muchos clientes decían en confidencia a sus jefes, quienes, al principio, se sentían confundidos sobre la decisión del potencial cliente, pero pronto comprendieron que ese comentario era más un halago que una recriminación.

- Bueno, algunos de los más grandiosos hombres de la historia fueron homosexuales. – Aprendieron sus jefes a responder a los clientes. Luego recitaban a una lista que incluía a Leonardo, Miguel Ángel y hasta a Alejandro Magno.

Fue por su extrovertida y totalmente abierta homosexualidad que Patricio se ganó el apodo de “la loca, loca”; él lo sabía, pero no se daba por aludido, es más, le divertía que le llamaran así.

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Capítulo 03. Una vida loca.

Octubre 10th, 2012 No comments

Diana Evelyn siempre fue una chica extrovertida. Acostumbrada como estaba a los mimos de su padre, su personalidad se forjó abierta y con gran seguridad en sí misma.

Desde pequeña resultó un dolor de cabeza para sus padres, pero pronto halló la manera de obtener el indulto de Manuel cuando hacía de las suyas.

Hermosa como era, pronto se vio rodeada de los galantes favores de sus compañeros que la asediaban constantemente tratando de obtener  un poco de su atención.

Nunca fue difícil para ella manejar la incipiente atracción que despertaba en los jovencitos y, aunque tuvo muchos novios, pronto se aburría de ellos e iniciaba una nueva relación. Otras niñas envidiaban su suerte con los mozalbetes, pero había varias de ellas que la seguían tan sólo por estar bajo su aura.

No faltaba el patán que la acosaba tratando de llevarla a la cama y esa fue la principal razón por la que terminó con la mayoría de sus novios. A pesar de ser muy noviera, siempre se tuvo un gran respeto a sí misma y por ello se negaba a acceder a las peticiones de sus pretendientes, que ostentaban un mar de hormonas en ebullición.

Cuando tenía diecisiete años, sin embargo, conoció a Leobardo y algo la enterneció profundamente de él. Fue cosa de días para que empezaran a frecuentarse y una bonita amistad surgió entre los dos.

A diferencia de tantos otros, Leobardo siempre exhibía un gran respeto por ella y la trataba con suma delicadeza. Era común verlos juntos por todas partes, tomados de la mano. No faltaba quien dijera que eran novios, pero eran sólo amigos.

Leobardo era un joven fornido y alto, de tez morena y ojos amielados, casi amarillos, de mirar profundo. Su voz, varonilmente gruesa, encantaba a Diana Evelyn quién, extasiada, escuchaba cuanto decía. Pero también, además de su evidente atractivo físico, era un muchacho muy inteligente y siempre encontraba una respuesta que provocaba una franca carcajada en Diana Evelyn.

Él la veía como su hermanita menor, a pesar de haber notado su belleza desde el principio. Estaba al tanto de la gran cantidad de pretendientes que la asediaban todo el tiempo y, quizá por ello, se mantenía alejado.

Como ocurre con muchos jovencitos, Leobardo no se sentía muy atractivo, sobre todo por sus kilos de más. Pensaba que una chica como Diana Evelyn jamás se fijaría en él como hombre, pero no tenía la más remota idea del efecto que producía en ella. Sabía, no obstante, que ella se sentía muy a gusto a su lado y no perdía la oportunidad para arrancarle una sonrisa.

Irene estaba al tanto de lo que acontecía en el corazón de Diana Evelyn y no dejaba de advertirle “Ya caerá” y le aconsejaba como verse bonita ante él. Aunque a veces álgida, la relación con su madre era una relación de confianza. La primera vez que Irene le habló sobre sexo, Diana Evelyn se ruborizó al extremo pero, a partir de esa charla, encontró una confidente en su madre. Claro está que la intención de su madre siempre fue inculcarle auto respeto y prevenirla sobre los métodos de protección para evitar embarazos no deseados. Si bien la educación de Irene estaba profundamente influida por la religión, ella comprendía lo que la pubertad provoca en los jóvenes y pensaba que algún día sus propios hijos sucumbirían ante las tentaciones, producto de la exaltación de sus hormonas así que, ante lo inevitable, deseaba que –por lo menos-, sus hijos estuvieran bien informados, tanto de las consecuencias de sus actos, como sobre la manera de prevenir sucesos indeseados. De ahí que pusiera tanto énfasis en educarles en cuanto el respeto que se debían a sí mismos, en primer lugar.

- ¿Está mal tener relaciones? – preguntó una inocente Diana Evelyn a su madre.

- ¡Por supuesto que no, cariño! ¡Claro que no está mal! Pero debes estar preparada psicológicamente para ello porque después nada volverá a ser igual.

- ¿Por qué todos piensan que eres una zorra si te acuestas con alguien? – Insistió Diana Evelyn.

- Amor – respondió Irene, tomándola de la mano, – Vivimos en una sociedad que sigue un protocolo. Para la sociedad, el sexo es algo que ocurre en matrimonio, no fuera de él; sin embargo, – he aquí el “pero” – muchas parejas viven en unión libre y tantas otras lo hacen furtivamente.

- No entiendo. – Confesó Diana Evelyn.

- A veces – comenzó a explicar Irene, – las parejas no se sienten completamente seguras de su propio futuro como pareja, por ello deciden sostener una relación abierta. – Dijo ella.

- ¿Y no podría ser siempre así? ¿por qué entonces existe el matrimonio? – Preguntó Diana Evelyn con gran interés.

- El matrimonio representa un compromiso de por vida. – Continuó Irene. – Cuando aceptas a un hombre como esposo, es porque ambos se sienten seguros de sus sentimientos y quieren pasar el resto de su vida juntos.

- Pero también existe el divorcio…  – Interrumpió Diana Evelyn.

- ¡Claro amor! Pero el divorcio es el resultado de una mala elección. – Explicó Irene.

- Entonces, ¿cómo puedo estar segura? ¿no sería mejor vivir en unión libre? – Preguntó evidentemente confundida.

- Llegado el momento lo sabrás. – Le dijo su madre, regalándole una sonrisa de complicidad.

- ¿Cómo? – Preguntó Diana Evelyn de nuevo, con una creciente confusión.

- Una mujer siempre lo sabe Diana. – Afirmó su madre. – Lo sabrás porque te sentirás enamorada, te sentirás a gusto a lado de él, sabrás desde el primer momento que él es el indicado. Simplemente lo sabrás. – Complementó.

- Y… ¿si me sintiera así con un niño y decidiera hacer el amor con él sin estar casados? – Preguntó, ahora más confiada ante la apertura que su madre mostraba.

- Como madre – empezó Irene a decir – no puedo decirte que eso sería algo que me gustara mucho, me sentiría decepcionada de ti, pero entendería que es tu vida y que sólo tú puedes tomar esa decisión. Sin embargo, si alguna vez lo haces tienes que entender que, como mujer, a diferencia de los hombres, tú sufrirías las consecuencias de actuar con irresponsabilidad y, con esto, no quiero decir que entregarte por amor sea irresponsable sino, más bien que, hacerlo sin prever cómo podría cambiar tu vida después de hacerlo, sería lo irresponsable.

- Pero, si un muchacho es muy persistente al insistir que lo hagamos, ¿debo hacerlo?

Irene sonrió, comprendiendo el dilema de su hija, pero no quiso ser evidente y hacerle ver que intuía lo que le sucedía, así que simplemente le preguntó: – ¿Hay algún Romeo por ahí que quiera seducir a esta hermosa Julieta?

Diana Evelyn se sonrojó al saberse descubierta, pero Irene le recordó que su intención era sólo aconsejarla, no cuestionarla.

- Si, mami, hay un chico que no deja de asediarme. – Reconoció ella.

- ¿Y tú, cariño, te sientes preparada para hacerlo? – Preguntó de nueva cuenta Irene. Diana Evelyn comprendió entonces que –en realidad- no se sentía lista para enfrentarlo. Sentía curiosidad, mucha curiosidad, por lo que el acto implicaba, pero también sentía un miedo indescriptible.

- Creo que no mamá, me da miedo. – Confesó.

- ¿A qué le tienes miedo? – Preguntó Irene.

- Algunas de mis amigas me han dicho que duele mucho. – Dijo Diana Evelyn.

- Eso ocurre, hijita, porque tu cuerpo aún no está preparado para hacerlo; además, el acto sexual debe ocurrir con amor. – Trató Irene de explicar, pero Diana Impaciente, insistió.

- ¡Mamá! Eso no me ayuda mucho. – Dijo, con un mohín de disgusto.

- Mira, – retomó Irene con paciencia -, los jovencitos de tu edad normalmente piensan que el sexo es sólo la cópula …

- ¿La qué…? – Interrumpió Diana Evelyn.

- El penetrarte con su pene en tu vagina – Explicó su madre. – Pero el acto sexual no es sólo eso. Debe haber caricias, besos, él debe hacer que tú te sientas de humor para hacerlo. Él debe hacerte sentir que el momento ha llegado. De otra manera, si sólo te penetra y ya, eso sí te ocasionará dolor.

- ¿Por qué? – Preguntó Diana Evelyn con inocencia.

- Porque tu vagina necesita lubricación. De otra manera, al entrar él en ti será doloroso. – Respondió Irene.

- Pero…  ¿Cómo puedo saber si un chico me tratará así, como tú describes, si nunca me he acostado con él para empezar? – Volvió a cuestionar Diana Evelyn.

- Lo sabrás. – Respondió Irene. – Llegado el momento tú misma lo sabrás.

- ¿Cómo? – Insistió Diana Evelyn.

- Lo sentirás en su trato hacia ti. Tu corazón te lo gritará y tú sabrás que ha llegado el momento. – Explicó su madre.

- Oye, má… – volvió a interrumpir Diana Evelyn – y… si mis amigas me consideran mojigata por no hacerlo ¿está bien?

- Dianita, tú no debes prestar atención a lo que la gente piense de ti, sólo debes hacerle caso a lo que tu corazón y tu cabecita te dicta que es correcto. – Argumentó Irene. – Ninguna de tus amigas va a pasarla mal si tú, por hacerles caso, quedas embarazada y el jovencito responsable se hace el desentendido. Ninguna de ellas enfrentará la ira de tu padre cuando se entere, ninguna pasará nueves meses de achaques…  ¿por qué preocuparte de que te consideren mojigata?

Esa conversación se prolongó por horas. Irene siempre trató de que su hija comprendiera que debía respetarse a sí misma primero y hacer que el chico que pretendiese robar su virginidad la respetase en primer lugar.

Por su parte, Diana Evelyn vio por primera vez a su madre como a una amiga y le guardó un profundo agradecimiento por su incondicional apoyo. No hubiera sido lo mismo con Manuel pues, Manuel jamás habría sido capaz de comprender los cambios que ocurrían en ella debidos a la adolescencia y trataría de restringir su vida a toda costa.

Tras esa charla entre madre e hija, hubo muchas otras. Siempre que Diana Evelyn tenía dudas sobre cómo actuar con algún chico, acudía a su madre quien, con toda paciencia, le escuchaba y le aconsejaba.

Irene llegó a conocer a Leobardo un día que fue a recoger a su hija a la escuela y los encontró tomados de la mano. Al ver a su hija, con esa mirada que delataba fascinación por el muchacho, no pudo evitar recordar cómo se sintió ella con su primer amor. Le enterneció profundamente ver a su pequeña enamorada por vez primera. Entendió que esta vez no se debía a un muchachito atractivo sino a la manera en que ese muchachito en particular la trataba. Sin querer interrumpir, les permitió algunos minutos adicionales. De todos modos ellos ni siquiera se habían percatado de su presencia.

Cuando lo consideró oportuno, se acercó lentamente hacia ellos y, sonriendo, le dijo: – Dianita, hija, ¿no me vas a presentar a tu novio?

Diana Evelyn se ruborizó notoriamente. Lo mismo sucedió con Leobardo quien, avergonzado, la soltó de inmediato y bajó la mirada, más con vergüenza que con respeto. – No es mi novio, mamá, es mi amigo, Leobardo. – Recriminó Diana Evelyn ante la involuntaria invasión de su madre a su intimidad.

Leobardo, con gran timidez, se puso de pie y dijo: – Es un placer, señora. – Sin embargo no fue capaz de levantar la mirada del suelo.

Irene comprendió la situación y trató de ser más condescendiente. – Perdón, es que los vi tan acaramelados que no pude evitar pensar que él es tu novio. – Dijo. Luego, dirigiéndose a Leobardo y con ánimos de inyectarle confianza dijo: – Pero que jovencito tan gallardo. – y le extendió su mano. – Soy Irene, la madre de Diana Evelyn. Es un placer conocerte.

Durante algunos minutos, con un Leobardo ya más abierto, estuvieron conversando y, finalmente, madre e hija se retiraron a su casa.

En el camino, Irene sugirió: – ¡Pero qué escondidito lo tenías! – Dijo. – ¡Mamá! – Reclamó Diana Evelyn ruborizada. – Hija, es ¡obvio! que Leobardo te gusta. ¡Es más visible que el sol! – dijo. – ¡Es sólo mi amigo, mamá! – Insistió Diana Evelyn. – Lo sé hijita, pero también sé que tú quisieras que fuera algo más. – Afirmó Irene. – Pues si mami, me gusta mucho. – Admitió la hija. – Puedo entender porqué. Es un joven muy apuesto. – Apoyó Irene. – Y… ¿qué te detiene para conquistarlo? – Preguntó interesada. – No sé mamá, creo que no le gusto. – Dijo Diana Evelyn. – La mamá volteó hacia Diana Evelyn con una mirada de “¡Por favor!” y le dijo: – ¡Ay hijita! Te falta aprender mucho sobre los hombres. Lo tienes comiendo de tu mano. – Le dijo. Diana Evelyn la miró con extrañeza y, con inocultable interés preguntó: – ¿Cómo? ¡Pero si lo conozco hace meses y nomás nunca me ha pedido nada! – Confesó. – ¡Ay hija! ¿A poco no te has dado cuenta de cómo te mira? Y ¿Qué es eso de hablar tomados de la mano? Más aún, ¿has notado que su voz, cuando te habla es más ronca de lo que es cuando le habla a alguien más? – Dijo, intentando mostrarle el punto. De pronto, una luz se encendió en el cerebro de Diana Evelyn e hizo esfuerzos por recordar otras ocasiones en que Leobardo y ella habían estado charlando como ahora, en que su madre les sorprendió.

En cada ocasión que podía recordar, ocurría exactamente lo mismo que su madre le recalcaba. No había una sola vez en que las cosas que su madre decía no ocurrieran. Entonces, con una mirada de sorpresa, simplemente dijo: – Si, ¿verdad? – Su madre sonrió. Insistió en que debía aprender algunos trucos y le manifestó su apoyo ante una experiencia que, si bien, la hija vivía, la madre revivía.

Otra cosa que ocurrió en el corazón de Diana Evelyn fue que finalmente entendió a lo que se madre se refirió la vez que le dijo que “una mujer siempre sabe esas cosas”. Ahora entendía mucho de lo que muchas veces su madre le explicó en relación al amor y, por vez primera, se supo enamorada.

Para Leobardo el proceso tomó mucho más tiempo. Aunque él sabía desde el primer instante que estaba perdidamente enamorado, su temor, producto de su inseguridad, no le ayudaba. Él no era más que un humilde muchacho, muchas veces mal vestido, con sobrepeso y se sentía increíblemente feo. ¿Cómo iba a ser posible que una muchacha tan bonita como lo era Diana Evelyn pudiera sentirse ni remotamente atraída por un adefesio como él? Se preguntaba.

No es extraño. Muchos hombres nos sentimos así durante los primeros años de nuestra vida. Sin embargo, el tiempo siempre acomoda las cosas en su lugar y, con el transcurrir de los años, aprendemos que las cosas no son tan absolutas como nos parecen cuando comenzamos el viaje hacia la adultez. Pero para él tendrían que pasar muchos años más después de Diana Evelyn.

La amistad entre los jóvenes se hizo cada vez más fuerte. Llegó un momento en que Diana Evelyn rechazó a otros jovenzuelos, tan sólo por estar más tiempo junto a Leobardo. Era ya común encontrarlos juntos. Tanto, que cuando uno de los dos faltaba a la escuela, los profesores siempre les preguntaran por el otro.

Una noche, caminando por las calles tras una fiesta a la que habían acudido, Diana Evelyn sintió un repentino frío. Caballeroso, Leobardo le ofreció su abrigo. Acomodándole su chamarra, sintió su cercanía y no pudo evitar quedar extasiado ante esos hermosos ojos. Sin atinar a decir nada y sin ser capaz de apartar su mirada de la de ella, permaneció así, frente a ella, tan cerca que se sentía embriagar de su aroma, tan profundamente cerca que, casi, pudo sentir su corazón latir acelerado. Para sus adentros, Diana Evelyn no dejaba de repetirse “¡Oh, dios! ¡Está ocurriendo! ¡Está ocurriendo!”, pero no dijo nada. Simplemente le regresó la mirada, sin notar que el amor se hacía inevitablemente aparente en cada centímetro de su piel. Pero Leobardo seguía sin reaccionar. Entonces ella, tomando sus manos, las llevó hasta su rostro y le permitió tocarla. Leobardo, embelesado, acarició su mejilla, completamente hipnotizado y, sin saber cómo ni cuándo, llevó su otra mano hasta la nuca de ella. Con ternura, levantó su rostro y, con sumo cuidado, la atrajo hacia sí. Diana Evelyn le dejó hacer e, inundada en su ser con la más pura inocencia, cerró los ojos esperando el beso. Leobardo ya no pudo más, pero siempre con ternura, acarició los labios de ella con los suyos, en un beso inocente, que invade sin profanar. Permanecieron así quien sabe por cuánto tiempo. Fue un beso dulce. El beso que selló el inicio de la primera vez en que ambos se sabían súbditos del amor.

Al llegar a su casa, Diana Evelyn esperó impaciente un momento de soledad de su madre. No fue necesario esperar mucho. Irene se percató de la felicidad que su hija irradiaba y, con cualquier pretexto, subió al cuarto de ella y, simplemente, urgió: – ¡Cuéntamelo todo!

No podía ocultar la emoción que sentía, influida por la emoción que Diana Evelyn destilaba. Para Manuel fue sólo un galimatías. Lejos –pero muy lejos-, estaba de imaginar la –para él-, inexplicable felicidad repentina de su hija y, más aún, la prisa de su mujer por irse a meter al cuarto de la primera.

Diana Evelyn no perdió detalle al explicarle a su madre la dulzura de aquel beso que había sido capaz de subirla a las estrellas y llevarla ante la infinita belleza del cosmos. Su madre, sin interrumpir, escuchaba compartiendo su alegría.

Más tarde, ya en el cuarto que compartía con Manuel, éste le preguntó: – ¿Qué se traen entre manos tú y tu hija? – Dijo. Irene volteó hacia él y dijo: – Sólo pasa que nuestra pequeña ya tiene su primer novio. – Reveló lacónicamente. -¡Por favor! – Exclamó Manuel. – Si esta niña ha tenido más novios que todas las chicas de la colonia juntas. – Completó. Irene no hizo más que sonreír y se acomodó en la cama, apagando la mortecina luz de la lámpara de su lado.

Esta incipiente relación continuó por espacio de varios meses, hasta que Leobardo obtuvo una beca para estudiar en una Universidad en el extranjero. Diana Evelyn lo amaba y no quería ser egoísta reteniéndolo a su lado. Deseaba lo mejor para él, aunque él sólo quería permanecer a su lado. Después de mucho hablarlo, decidieron que Leobardo partiría a realizar sus estudios en el extranjero, mientras Diana Evelyn le esperaría hasta su regreso. Con la inocencia del primer amor, ambos se prometieron fidelidad y que se escribirían de continuo y, aunque Leobardo cumplió su promesa durante el primer año y medio, con el tiempo, sus cartas fueron haciéndose más espaciadas cada vez. Aunque toda la tecnología de telecomunicaciones está disponible para nosotros en este milenio, ni siquiera todos esos artilugios del avance humano cambiaron ese hecho.

Pero, antes de partir Leobardo, una noche Diana Evelyn de repente supo que estaba lista y se dejó seducir. Esa también fue una experiencia de ternura. Leobardo quiso resistirse, al principio, pues no quería forzarla a ella, pero Diana Evelyn supo que su momento finalmente había llegado. Más que una lasciva entrega, este acercamiento fue un ritual de verdadero amor. La inocencia de la primera vez se tradujo en caricias sin fin, complementadas con suaves besos que buscaban descubrir. Las horas transcurrieron rápido, pues ellos se tomaron su tiempo en explorar sus cuerpos.  Quizá Leobardo no lo sabía entonces, pero su instinto le llevó a regalarle a ella sus primeras explosiones de placer, antes de profanar el sacro recinto de su ser. Ella descubrió por primera vez que su madre tenía razón y no tuvo más miedo. Estaba preparada y se entregó sin reservas. Lo ansiaba. Todo su ser se lo exigía.

Más enamorados que nunca, se despidieron algunos días después en el aeropuerto. Irene les había acompañado y notó el cambio de actitud en ambos, pero se reservó sus pensamientos, respetando la intimidad de su hija. Más tarde, en el auto, le preguntó: – ¿Usaron preservativos? – Diana Evelyn la miró estupefacta y, casi petrificada, le reclamó: – ¡Mamá! – Pero se dio cuenta de que poco o nada podría hacer por negarlo, así que respondió: – Si, mamá, nos cuidamos. – Afirmó. En el fondo esperaba que su mamá la regañara, así que preguntó: – ¿Te sientes decepcionada? – Su mamá la miró por breves instantes y volvió a mirar hacia el camino. Entonces dijo: – Hija, eres mayor de edad. Muy joven aún, pero eres mayor de edad. Son tus decisiones. Sólo espero que seas responsable al respecto.

Diana Evelyn permaneció callada por algunos minutos y, de pronto, al recordar a su padre, dijo: – No se lo vayas a decir a mi papá, por favor. – Irene le sonrió y dijo: – Aún te falta aprender más sobre los hombres. ¡Por supuesto que no se lo voy a decir! No es bueno decirle a los hombres todo. Hay que guardar algunos secretos.

Intrigada, Diana Evelyn le preguntó: – ¿A qué te refieres? – Entonces, casi como si hablara con ella misma, Irene le confesó: – Tu papá sigue creyendo que cuando nos casamos yo era virgen.

Abriendo exageradamente los ojos y, tapándose los oídos como si estuviera a punto de oír una explosión, Diana Evelyn respondió: – ¡Mamá! – Pero su curiosidad pudo más y entonces preguntó: – ¿Cómo es posible que no se diera cuenta si no sangraste? – Irene comprendió lo que insinuaba y le dijo: – No todas las mujeres sangramos. – Pero Diana Evelyn no estaba dispuesta a conformarse con esa lacónica respuesta, así que insistió: – De cualquier modo debe haberlo notado. Tan sólo por tu actitud en la cama… – Pero fue en ese preciso instante en que comprendió lo que su madre intentaba decirle.

Irene comprendió que su hija había finalmente captado el mensaje y la miró de reojo, sin hablar. Entonces, dándose por vencida, Diana Evelyn simplemente dijo: – Definitivamente aún hay mucho de lo que debemos hablar tú y yo mami.

El tiempo siguió su curso. Conforme pasaban los meses, la comunicación con Leobardo fue haciéndose más y más espaciada. Al principio, la indiferencia de éste le dolió mucho a Diana Evelyn, pero hay quien dice que el tiempo lo cura todo y así ocurrió con ella. Un día, las cartas dejaron de llegar y, muchos meses después ella dejó de esperarlas.

Diana Evelyn se graduó en medicina y, tras la abrupta interrupción de ese hermoso primer amor, conoció a muchos otros hombres.

Ahora se permitía sostener relaciones sexuales con algunos de ellos, siempre que el tipo le gustara lo suficiente, pero siempre exigía que se utilizara protección. Tenía una carrera muy prometedora y no quería tirarlo todo por la borda. Si un tipo se negaba, ella simplemente lo dejaba.

El no ser más virgen le hizo sentir esa libertad y siempre antepuso el respeto que se debía a sí misma.

Como su madre le había vaticinado, con el pasar de los años aprendió muchas cosas que los hombres creemos que las mujeres no saben sobre nosotros. Aprendió también a guardar para sí secretos y la razón por la que necesitaba hacer esto y, más aún, al igual que lo hacía con su padre, aprendió a tomar ventaja de las debilidades masculinas.

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Capítulo 02. Un momento incómodo.

Octubre 10th, 2012 No comments

La adolescencia había sido particularmente confusa para Leonardo. Durante sus años de niñez él se había sentido especialmente cómodo en compañía de sus amigos.

Su niñez fue normal. Era un niño un tanto brusco, que jugaba con otros niños a los juegos que ellos juegan. Cuando llegó a la pubertad vio como la mayoría de sus amigos comenzaban a salir con chicas, pero él no podía sentir atracción hacia ellas.

Un día conoció a Raúl. Un muchachito peleonero y conflictivo y se sintió atraído por su gallardía. Al principio, Leonardo pensó que lo que sentía era admiración por la forma de ser de su nuevo amigo, pero pronto empezó a notar que su incipiente musculatura llamaba mucho su atención. “¡No puede ser!” pensó. “¿Por qué me gusta tanto este niño?”, se preguntó a sí mismo.

Los meses pasaron y la atracción sexual que le producía Raúl no hizo sino incrementarse. No obstante sus preferencias, él se mantuvo discreto todo el tiempo y, si alguien lo viera con detenimiento, difícilmente podría deducir su homosexualidad.

Un día, estando solos, Leonardo no pudo reprimirse más y lo besó en los labios. Sobra decir que Raúl reaccionó con violencia.

- ¡Puto! – Le recriminó al mismo tiempo que lo aventaba lejos de sí. – ¡No te la vas a acabar, cabrón! – le dijo, insultándolo.

A partir de ese incidente, la vida de Leonardo se convirtió en un interminable martirio. Los niños lo acosaban constantemente, insultándolo. Las niñas hacían lo propio. “¡Lástima que sea jotito!”, decían, al tiempo que se reían burlonamente en su cara.

Leonardo era un jovencito de facciones agradables. Muchas niñas suspiraban cuando lo veían. Más de una intentaba un acercamiento, pero Leonardo siempre las rechazaba. Simplemente no se sentía atraído.

No obstante el acoso constante, Leonardo pudo hacer amistad con dos jovencitas, que entendían su condición y le apoyaban incondicionalmente.

No pasó mucho tiempo antes de que Manuel intuyera que algo andaba mal.

Era frecuente que Leonardo llegara a la casa con moretones que eran evidentes, sin importar qué hiciera él para evitar que sus familiares lo notaran. Quizás, la primera en descubrir la preferencia sexual del Leonardo fue su hermana, Diana Evelyn, quien inevitablemente estaba al tanto de lo que ocurría a su hermano en la escuela.

Una tarde, Diana Evelyn le pidió hablar y Leonardo, reticente, aceptó. Durante horas hablaron en secreto, en medio de los sollozos de Leonardo, motivados por la incomprensión que sentía por parte de los demás. Diana Evelyn se mostró comprensiva todo el tiempo y le aconsejó y dejó patente su incondicional apoyo. – ¡Tienes que decirle a nuestros padres! – Sugirió. –Tengo miedo de papá. – Confesó él. – Siento que mi mamá podrá entenderlo, pero no creo que sea buena idea decírselo a mi papá. – Añadió.

No fue mucho después que Manuel intentó hablar con Leonardo, pero él se negó a hacerlo. Simplemente escuchó los consejos que su padre intentaba darle para defenderse, pero un “Si él supiera” era la respuesta que su cerebro insistía en darle.

Los años transcurrieron y el retraimiento de Leonardo no hacía sino incrementarse. Se había acostumbrado a las vejaciones a las que era sometido por sus compañeros, pero había conocido a algunos otros jovencitos que se encontraban en la misma situación y se apoyaban entre ellos.

De ahí surgieron grandes amistades para Leonardo. Amistades que eran satanizadas por los demás, que no comprendían esa manera de ser. Alejandro, otro jovencito homosexual, se había encariñado mucho con Leonardo. Anímicamente, Alejandro era más abierto que Leonardo con respecto a sus preferencias sexuales y le enterneció la timidez que encontró en Leonardo.

Largamente trató de animarlo a aceptarse tal cual y le apoyó sin cansancio. Compartió con Leonardo anécdotas que relataban el sin fin de momentos ríspidos que tuvo que enfrentar por su homosexualidad hasta encontrar la fortaleza para “salir del closet” y reconocerse como tal. – A partir de entonces – dijo, – me he sentido liberado, feliz. ¡Tú deberías hacer lo mismo!

Leonardo sentía un profundo agradecimiento por el interés de Alejandro. Pronto se convirtieron en los mejores amigos y pasaban muchos instantes juntos. Sus compañeros, por su lado, se burlaban de ellos y los acosaban, sugiriendo un noviazgo entre los dos que en realidad no existía.

Sin embargo, al no poder detener el frecuente acoso, las condiciones fueron estableciéndose para consumar el hecho.

Una noche, después de ir al cine, Alejandro acompaño a Leonardo a su casa y se quedaron un rato, charlando de tonterías, en la entrada de la casa. De pronto, una mirada furtiva bajo la luz del farol de la entrada interrumpió su curso sobre los ojos de Leonardo quien, extasiado, correspondió a la mirada de Alejandro.

Algo sucedió en su interior. No le incomodaba. ¡Al contrario! ¡Por fin se sentía libre!

Con gran inocencia, tomó dulcemente la mejilla de Alejandro, quien respondió colocando sus manos sobre el pecho de Leonardo. Éste, abstraído totalmente en la perfección que encontraba en el rostro de su amigo, acarició su mejilla, sin prisas, dándose su tiempo para disfrutar el momento. Alejandro rodeó su cuello con su brazo izquierdo, atrayendo a Leonardo hacia sí y un irrefrenable éxtasis se adueño del ser de Leonardo al sentir los labios de Alejandro acariciando suavemente los suyos.

Un par de cegadoras luces los sorprendieron repentinamente. Asustados se separaron y rogaron al cielo porque quien quiera que los había sorprendido no se hubiera percatado de lo que ocurría.

El auto se aparcó y Manuel descendió de él. Tenía un evidente gesto de disgusto, pero se limitó a saludar y le pidió a Leonardo que no tardara en entrar ya que pronto iban a cenar.

Leonardo vio a su padre entrar a la casa mientras sentía una angustiosa inquietud. Durante mucho tiempo estuvo ocultándole a su padre su naturaleza y, sin previo aviso, era posible que él se hubiera dado cuenta de lo que ocurría con él.

Está de más decir que urgió a Alejandro que abandonara el lugar, temiendo a una posible recriminación de su padre. Luego, entró apresuradamente. Sentía que la cara se le caía de vergüenza y subió a toda prisa a su recámara.

Tras algunos minutos, oyó la voz de su padre llamándole para que bajara a cenar. Embargado de un profundo desasosiego obedeció.

Ya abajo, tomó su lugar en la mesa y permaneció cabizbajo, sin pronunciar palabra. Manuel le contaba a Irene cuán pesado había sido su día y su esposa le recordaba los compromisos pendientes de cumplir.

Diana Evelyn hojeaba una revista mientras cenaba, con los audífonos de su iPod en los oídos.

- Dianita – le dijo su padre tratando de captar su atención. – ¡Dianita! – Insistió con mayor vehemencia.

- ¡Perdón, papi! No te escuché. – Respondió ella.

- Ya te he dicho que no quiero esas cosas sobre la mesa. – Le recordó Manuel.

- ¡Ay papi! – obtuvo, por toda respuesta.

- ¿Quién es tu amigo? – Preguntó ahora, dirigiendo su mirada hacia Leonardo.

- Se llama Alejandro. – Respondió Leonardo sintiendo que un enorme hoyo se abría bajo la tierra y lo tragaba.

- No lo había visto nunca. – Afirmó Manuel. – ¿Dónde lo conociste? – Preguntó.

- Es un amigo de la escuela papá. – Respondió Leonardo, lacónicamente.

- ¿Hace cuánto que le conoces? – Inquirió nuevamente Manuel.

- Pues – comenzó a responder Leonardo, con notorio nerviosismo, – lo conocí cuando se inició el ciclo escolar. Recién se mudó a esta ciudad.

- Invítalo un día para que lo conozcamos. – Sugirió su mamá.

- Sería buena idea. – Apoyó Manuel.

Eso fue todo. La recriminación que veía venir nunca llegó. Al menos no esa noche.

A la semana de estos incidentes, Alejandro compartía la mesa con la familia de Leonardo. No creo necesario decir lo nervioso que se encontraba el jovencito, por no mencionar a Leonardo.

Manuel no dejaba de preguntarle cosas, como quienes eran sus padres, de dónde procedían, porqué se habían mudado a la ciudad, cuántos años tenía, cómo es que conoció a su hijo, qué tipo de cosas solían hacer, en fin, parecía un interrogatorio más que una conversación.

Por fin, después de varias semanas esperando la reacción de su padre, Leonardo lo encontró esperándolo fuera de la casa un día que regresaba de la escuela.

Manuel no había descendido del auto y, en cuanto le vio, le dijo simplemente: – Sube. Me vas a acompañar.

Ambos permanecieron en silencio mientras el auto se deslizaba a través de las calles de la ciudad hasta que, finalmente, se detuvo frente a un cine de mala muerte.

Padre e hijo entraron al local, mientras el hijo se moría de vergüenza tras ver el cartelón de la película que se exhibía. Sin embargo, no dijo nada y siguió a su padre en silencio.

Una vez adentro, la pantalla era iluminada con los fotogramas de una película pornográfica en la que un tipo de raza negra mantenía una animada e interminable sesión de sexo con cinco mujeres.

Leonardo miraba a hurtadillas la pantalla a la vez que su padre sólo miraba la película, sin pronunciar palabra.

Se sentía incómodo y no sabía cómo reaccionar. No entendía el propósito de su padre al llevarlo a ese lugar. Sin poder evitarlo, las veces que dirigía su mirada a la pantalla eran precisamente las veces en que el director quería poner mayor énfasis en la virilidad del negro, pero bajaba de inmediato la mirada temiendo que su padre notara su interés por el hombre.

Después de poco más de una hora, ambos salieron del cine y abordaron de nuevo el auto.

- ¿Qué tiene de malo una relación entre una mujer y un hombre? – Preguntó Manuel sin más, sin apartar su mirada del camino.

Con timidez y un creciente nerviosismo, Leonardo comprendió que su padre ya lo sabía. – Nada, supongo. – Fue su única respuesta.

- Entonces, ¿por qué no puedes ser un muchacho normal, al que le gusten las jovencitas? – Preguntó toscamente Manuel.

- Papá… – Comenzó a responder Leonardo, pero Manuel no lo dejó terminar.

- ¿Por qué tenía que tener un hijo joto? – Gritó Manuel exasperado.

Leonardo no pudo contenerse y rompió a llorar. No era el insulto en sí, era la incomprensión de su padre lo que le dolía. No volvieron a hablar durante ese día, ni durante mucho tiempo después de eso.

Cuando llegaron a la casa, Irene vio sorprendida, sin atinar a comprender lo que ocurría, como su hijo, sin decir palabra, subía a toda prisa a su cuarto, llorando. También vio a Manuel, Iracundo, azotando todo a su paso. Diana Evelyn comprendió lo que pasaba y corrió detrás de su hermano.

- Ese muchachito, Alejandro, es un maldito marica. – Gritó con furia a Irene. – ¡Y tu hijo también! – Le dijo, como inculpándola por la naturaleza de su hijo.

- ¿A qué te refieres? – Preguntó Irene, quien comenzaba a enojarse.

- El otro día, cuando conocí al putito ese de Alejandro, los encontré besándose a la entrada.

- ¡Ay Manuel! ¿A poco no te habías dado cuenta de las preferencias de Leonardo? – Exclamó ella.

- ¿Tú si lo sabías? – Presionó Manuel.

- ¡Por supuesto! – Respondió ella. – Lo sé desde que Leo era un niño.

- Y ¿por qué nunca me dijiste algo al respecto? – Reclamó Manuel.

- Por esto. – Respondió Irene lacónicamente, mientras hacía un ademán de obviedad. – Te conozco mejor de lo que tú mismo te conoces y sabía que cuando te enteraras reaccionarías así.

- ¡Tú debiste informármelo desde el primer momento! – Recriminó Manuel. – Si lo hubiera sabido a tiempo algo podría haber hecho.

- ¡Ay Manuel! ¡No seas absurdo! Como si no supieras que la homosexualidad no es una enfermedad. – Le reclamó Irene.

- Pero si una perversión. – Gritó Manuel.

- ¡Tampoco es eso! – Le respondió con furia Irene. – ¡Ten más respeto por tu hijo, con un carajo! – Le exigió.

Ellos siguieron hablando toda la tarde sobre el asunto. Irene no cejó en su empeño por hacerle comprender su error y apeló a su cordura para aceptar la situación. Poco a poco, Manuel fue bajando la guardia, pero pasarían muchos meses hasta que finalmente aceptara la condición de su hijo.

En el cuarto de Leonardo, Diana Evelyn se deshacía en consuelos para Leonardo, quien no paraba de llorar. Él le confesó que intuía que su padre reaccionaría como lo hizo y, de ahí, su temor a confesarle su inclinación sexual. Ella mostró una profunda empatía con él y le confirmo su total apoyo.

En el transcurso de los meses que siguieron, Alejandro y Leonardo siguieron viéndose de manera furtiva y su relación se fortaleció. Con el tiempo, Leonardo aprendió a vivir con el rechazo de su padre y procuraba encontrárselo lo menos posible. Sin embargo, siempre que se encontraban, percibía un trato frío –gélido sería más exacto decir-, por parte de Manuel.

Muchas lágrimas y recriminaciones después, mientras él hacía sus deberes, encerrado en su recámara, Manuel pidió permiso para entrar.

Al ver al adulto bajo el dintel de su puerta, Leonardo estuvo a punto de negarse a recibirlo, pero algo había en su mirada que le enterneció.

Con temor, Manuel se acercó lentamente a su hijo, dubitativo y preguntó, en un tono más humilde, como buscando entender: – ¿Por qué Leo, por qué?

Leonardo lo miró con conmiseración y, tranquilo, respondió – No sé papá, no sé. – y rompió a llorar.

- ¿Nunca te sentiste atraído por las niñas? – Preguntó Manuel. – ¿Ni un poquito?

Leonardo enjugó sus lágrimas y sonrió a su padre. – Ni un poquito. – Respondió y los dos comenzaron a reír.

- Te amo hijo. – Afirmó Manuel. – Trata de comprenderme. – Pidió. – Sé que he sido muy cruel contigo y muy egoísta al negarme a comprenderte. – Terminó.

- Gracias papá. – Fue todo lo que obtuvo por respuesta.

- No, hijo, gracias a ti por darme otra oportunidad. – Respondió Manuel mientras abrazaba a su hijo.

Y fue así como ambos se perdonaron. Para Manuel, sin embargo, resultaba completamente incomprensible la inclinación de su hijo, pero se prometió a sí mismo ser más comprensivo con él en adelante.

No obstante, a veces olvidaba su promesa y arremetía contra su hijo quien terminó acostumbrándose a las reacciones de su padre, mientras trataba de pasarlas por alto.

Con el tiempo, Leonardo terminó la preparatoria y cuando ingresó a la Universidad dejó de ver a Alejandro.

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Capítulo 01. La boda.

Octubre 10th, 2012 No comments

Manuel intentaba con gran intensidad ofrecer un semblante duro ante quienes le rodeaban. Su gesto severo bien podría haber cumplido su cometido pero, por dentro, esa aparente fortaleza sucumbía, desmoronándose ante el espectáculo que presenciaba.

Diana Evelyn lucía esplendorosa. El largo vestido blanco que portaba, resaltaba su esbelto cuerpo. El velo, de un transparente blanco, dejaba entrever un hermoso rostro de finas líneas dulcificadas por una inocultable alegría que irradiaba a través de cada poro de su piel. Augusto, el novio, se mostraba gallardo, orgulloso, portando un pulcro smoking negro.

Eventualmente, las miradas de Diana Evelyn y Augusto se encontraban, destilando el gran amor que los había conducido ante aquel suntuoso altar. Era más –mucho más-, de lo que Manuel podía soportar, pero su férrea determinación de aparentar una falaz ausencia de sentimientos, ocultaba la gran pena que producía en su corazón el evento que ahora atestiguaba.

La había perdido. Después de tantos años cuidando de ella, amándola más que a sí mismo, ahora ella elegía otro derrotero y se alejaría para siempre de su lado, iniciando así un nuevo episodio de su vida. Él le concedía el derecho a decidir el rumbo que su existencia habría de tomar, pero le dolía intensamente lo que ocurría.

A su lado, su esposa contemplaba extasiada la ceremonia. Estaba tanto o más feliz que Diana Evelyn y no lo ocultaba. Ni siquiera intentaba ocultarlo. Por mucho tiempo esperó que esta boda tuviera lugar y, ahora, finalmente se concretaba.

Irene era una mujer madura, unos cuantos años más joven que Manuel. El paso del tiempo –y de las costumbres-, habían dejado evidencia en su menudo cuerpo. Aunque delgada, la edad había hecho lo suyo con su apariencia, pero estaba aún en los mejores momentos de su vida y –más de uno-, envidiaba profundamente la suerte que Manuel tenía de tenerla a su lado.

A ratos, conmovida por las miradas cargadas de amor que compartían Diana Evelyn y Augusto, volteaba a ver a Manuel con los ojos inundados en lágrimas. Manuel le correspondía con fastidio, intentando parecer un roble inamovible, que ni el más fuerte huracán puede arrancar del suelo.

Diana Evelyn. Sólo dulces recuerdos surgían al contemplarla ante el altar. Un cúmulo de sentimientos encontrados debatían en el interior de Manuel, amenazando con derribar su fortaleza. Por fin, una odiosa lágrima brotó de su ojo izquierdo, deslizándose por su mejilla, hasta que estalló en la forma de sollozos que, por más que lo intentó, ya no pudo controlar.

La pequeña de papá por fin se casaba. Manuel deseaba lo mejor para su amada hija, pero estaba tan acostumbrado a ella que, la boda, tenía un significado más para él. Simbolizaba la pérdida del ser que más había amado, aunque estaba consciente de que nada ni nadie sería nunca capaz de romper el lazo filial entre ambos, sabía que Diana Evelyn dejaría el hogar paterno y se mudaría a su nuevo hogar, junto a Augusto, su marido.

Irene comprendió el desasosiego de Manuel y aferró su brazo, recargando su cabeza sobre el hombro de éste, dándole a entender que lo comprendía y extendiéndole una súplica tácita para permitir a su hija buscar su propia felicidad.

Leonardo sonrió al descubrir el momento de flaqueza de su padre y conmovido, tomó su brazo con su mano derecha, mientras daba suaves palmaditas sobre su espalda con su mano izquierda.

El olor a incienso inundaba el recinto y la voz del sacerdote recitaba algunas parábolas ad hoc a lo que ocurría. Finalmente, pidió a los novios intercambiar los anillos y los pronunció marido y mujer, otorgando el permiso al novio para besar a la hermosa novia.

Minutos más tarde, salía la pareja en desfile nupcial, mientras los presentes les felicitaban por la naciente unión.

Fuera del templo, Manuel aún se resistía a acercarse a Diana Evelyn pero ella, comprendiendo lo que esto significaba para él, lo buscó y lo abrazó.

- Estaré bien, papá. – Le dijo al oído.

- Lo sé, mi amor, lo sé. – Dijo Manuel, sin poder contenerse más y rompió a llorar como un chiquillo.

Diana Evelyn miró primero a su mamá y, en medio de una sonrisa de comprensión, a Augusto, quien se acercó al padre y a la hija y los abrazó.

- Don Manuel, no se preocupe, su hija será la mujer más feliz del planeta. – Le dijo con condescendencia.

- Más te vale, hijo. – Respondió Manuel y los tres rieron de buena gana.

- ¡Felicidades cuñado! – Dijo Leonardo, mientras saludaba a Augusto y le dirigía una sonrisa de satisfacción.

- Gracias cuñado. – Respondió Augusto sonriéndole con sincero agradecimiento.

- Hermanita, cuida bien a mi cuñado. – Dijo Leonardo, ahora dirigiéndose a Diana Evelyn.

- Gracias hermanito. – Respondió ella, abrazándolo y acariciando su espalda. – ¿Dónde está Patricio? – Le preguntó.

- No sé. Mejor para él que no esté coqueteando por ahí con otro. – Contestó Leonardo con intención de bromear.

En eso apareció Patricio, un joven adulto de unos treinta y cinco años y se acercó a los hermanos.

- Leo, te he estado buscando. Ya hasta pensaba que te habías conseguido otro novio. – Dijo a manera de saludo. – ¡Cuñadita! ¡Pero qué hermosa te ves! – Volvió a hablar, dirigiéndose ahora a Diana Evelyn.

- Hola Pat. – Dijo ella mientras lo abrazaba. – No dejes a Leo solo tanto tiempo o tus suspicacias se convertirán en hechos. – Añadió, bromeando.

Los hermanos y Patricio rieron con complicidad y entonces, Patricio descubrió a Manuel.

- Hola suegro. – Saludó, recibiendo por toda respuesta una fría mirada por parte de Manuel.

- No le hagas caso, amor. – Pidió Leonardo. – Ya sabes lo difícil que es para él aceptar nuestra unión.

- No te fijes precioso. – Contestó Patricio. – Yo entiendo al viejito.

- ¡Ay, no le digas así a mi papá! – Reclamó Diana Evelyn, sonriendo al tiempo que descargaba un femenino golpecito sobre el brazo de Patricio.

Irene se acercó al trío y saludó a Patricio. Aunque no le gustaba mucho la decisión que Leonardo había tomado al mudarse con Patricio, quería a su hijo con ese tipo de amor que sólo una madre puede experimentar y se esforzaba por comprenderlo. Con Manuel, no obstante, fue distinto. Para Manuel fue muy difícil comprender cuando se enteró de que su hijo era homosexual y fue la muerte para él cuando Leonardo, cansado de sus recriminaciones en relación con su naturaleza, decidió irse a vivir con Patricio. Sin embargo, no es que Manuel no quisiera a su hijo, sino que le preocupaba el tipo de vida que llevaría viviendo en pareja con un… marica.

- Hola Patricio. – Saludó Irene, tratando de aparentar naturalidad. A ella también le costaba mucho entender la preferencia sexual de su hijo, pero siempre anteponía su amor de madre a sus prejuicios.

- ¡Suegrita! ¡Está preciosa! – Respondió Patricio, quien sinceramente se alegraba de verla. Él sabía que Irene no se sentía cómoda con la situación entre él y Leonardo, pero también sabía que ella hacía cuanto podía por tolerarla. Más aún, de ella siempre recibió aceptación y creía que lo veía como a un hijo más, sólo deseando que Leonardo fuera feliz a su lado y en retribución, Patricio se esforzaba porque así fuera.

- ¿Has cuidado de mi hijito, Patricio? – Preguntó ella, dirigiéndose a éste.

- ¡Por supuesto, suegrita hermosa! ¿Cómo cree que no lo haría? ¡Amo a este precioso pedazo de usted más que a nada en el mundo! – Replicó Patricio.

A distancia, Manuel contemplaba la escena.

- ¡Ese maldito Putricio! – Dijo a Daniel, su hermano, quien con trabajos controló una carcajada al escuchar la manera despectiva en que Manuel se refería al novio de su hijo. – No sé porqué no nos ahorró la pena de soportar su presencia.

- No sé cómo responder a tu comentario, Meny. – Aseguró Daniel.  – Bueno, en realidad si sé, pero también sé que cualquier cosa que te diga también involucrará a mi sobrino.

- No te preocupes, Dan, lo sé mucho mejor que tú.  – Respondió Manuel. – No sabes la suerte que tienes de que Danny te saliera machín. – Añadió.

- Leo es tu hijo, Manuel, a pesar de todo es tu hijo. – Insistió Daniel.

- Es sólo que no puedo entenderlo, Dan. – Reiteró Manuel. – No sé que hice para tener un hijo…  así. – Dijo, resintiendo cada sílaba de su oración.

- Mira, deja de preocuparte. Vamos con Clau, por ahí está. – Propuso, mientras señalaba a su familia.

Claudia se acercó a la novia y la felicitó.

- Hola sobrina, que bonita boda tuviste.

- Gracias tía, no sabes cuánto aprecio que vinieras, a pesar de que esta no es tu religión.

- ¿Cómo crees que me iba a perder tu boda, hija? – Reclamó Claudia.

- ¡Hola primita! – Saludó Belén, la hija de Claudia. – No sabes cuánto te envidio. Tu boda estuvo encantadora.

- ¡Gracias Belén! – Respondió Diana Evelyn. – ¿Dónde está tu marido? – Preguntó.

- Fue por el auto, enseguida regresa. – Contestó Belén.

Un joven alto y fornido se aproximó a Diana Evelyn y la saludó.

- Prima, muchas felicidades. Espero que tengas el más feliz de los matrimonios. – Dijo. Era Danny, el hijo de Daniel a quien Manuel se había referido al compararlo con el propio.

- Danny, que guapo te ves. – Respondió Diana Evelyn al saludo. – Gracias por venir. Significa tanto para mí.

- Hola Danny. – Saludó Leonardo. – ¿Cómo va todo?

- Hola Leo, todo va muy bien, gracias por preguntar. – Respondió Danny.

- Supe que te ofrecieron un nuevo puesto. ¿Qué ha pasado al respecto? – Preguntó Leonardo.

- En realidad todo va excelente. – Informó Danny. – Hace unos días sostuve una entrevista con los directivos y me dijeron que se sentían muy complacidos con mis habilidades. Quedaron de confirmarme en un par de días.

- Si te aceptan, deberás viajar mucho, ¿es así? – Cuestionó Leonardo.

- Algo hay de eso, Leo. – Respondió Danny. – De hecho, si me aceptan deberé ir a Alemania a capacitación antes de empezar.

- Pues te deseo muchísima suerte, primo. – Dijo Leonardo, saludando a su primo.

- ¡Primos! – Exclamó Patricio, saludando a Danny y a Belén. – ¿Cómo los trata la vida? – Preguntó.

- ¡Hola Pat! – Saludó Belén.

- ¡Hola Pat! – Saludó Danny.

- ¡Pero qué guapos están! – Reconoció Patricio.

- Gracias Pat. – Respondió Belén sonriéndole.

- Gracias. – Dijo simplemente Danny, con una sonrisa forzada dibujada en los labios, sintiéndose secretamente incómodo por el comentario de Patricio.

En realidad, la familia de Daniel toleraba a Patricio. En lo particular Danny. Esto se debía a que percibían la unión de Leonardo y Patricio como pecaminosa. Si por ellos hubiera sido, tratarían de hacer que Leonardo y Patricio, aunque continuaran siendo homosexuales, dejaran de vivir en pareja, para no pecar ante los ojos de dios. Pero respetaban lo que acontecía con muchos esfuerzos e intentaban no sostener un acercamiento prolongado con Patricio, a quien percibían como el corruptor de Leonardo.

Esteban, el marido de Belén, se presentó al fin, saludando cortésmente a cada miembro de la familia. Luego, se dirigió a Belén y sugirió: – ¿Nos vamos, cariño? – A lo que ella accedió y, avisando a los demás que los encontraría en la fiesta, se despidió.

Pronto, todo mundo abandonó el templo y se dirigieron al salón donde tendría lugar la fiesta. Cuando los novios entraron al salón, un mar de felicitaciones y vítores inundó el lugar. Los músicos, por indicación de Augusto, comenzaron a tocar una vieja canción de Frank Sinatra, que fue precisamente la canción con la que él le pidió a Diana Evelyn que se casara con él.

Manuel había ya abandonado su dureza y se mostraba más amigable, saludando a todo mundo. Irene, a su lado, hacía lo propio.

Cuando llegaron a la mesa de honor, Manuel, sin más, dio sendos golpecillos a una copa para atraer hacia sí la atención y, con lágrimas en los ojos, expresó:

- Damas, caballeros, quiero comenzar esta velada agradeciéndoles a todos por su presencia en esta celebración por el matrimonio de Diana Evelyn y Augusto. – Las lágrimas, a pesar de que él luchaba por contenerlas, recorrían con rebeldía sus mejillas. – No saben lo especial que es para mí este momento. – Dijo, sollozando. – Durante muchos años sostuve la esperanza de que Diana Evelyn permaneciera a mi lado…

- ¡Papá! – Refunfuñó Diana Evelyn. – ¡No tengo tantos años! – Bromeó. Un mar de risas inundó el lugar.

- Por un momento pensé que le reclamarías a tu papá por su egoísmo al querer retenerte junto a sí. – Exclamó Augusto, bromeando. Diana Evelyn dio un leve golpecillo con el puño a su brazo.

- Querido yerno, – empezó Manuel, – no es egoísmo. – Afirmó. – Sé que bromeas, hijo, pero te pido que comprendas. – Añadió, sollozando nuevamente. Augusto hizo un gesto de aprobación, señalando que comprendía. – Mis hijos son mi mayor orgullo – amplió su explicación. – Pero refiriéndome a Diana Evelyn por ser la que se casa ahora – siguió – no puedo evitar sentimientos encontrados. No tienes idea de lo que mi hija significó para mí desde el primer momento. – Diana Evelyn se aproximó a Manuel llorando y lo abrazó. Manuel continuó, sosteniéndola por el talle: – Esta hermosa damita llenó mi vida entera apenas se asomó al mundo. – Dijo. Diana Evelyn lo besó en la mejilla. – Durante años intenté mantener la disciplina, pero ¿cómo no ceder ante los caprichos de mi hijita? – Complementó. Diana Evelyn lo volvió a abrazar. – ¡La hice una consentida! – Nuevamente la gente volvió a reír. – Hoy te la entrego, Augusto y espero que la cuides con tanto esmero como yo lo he hecho durante todo este tiempo. – Concluyó.

- Yo también quiero agradecerles por acompañarnos en estos momentos tan importantes para nosotros. – Dijo Irene. – Mi pequeña y, gracias a su padre, malcriada hija… – las risas de los presentes la interrumpieron momentáneamente, – se ha casado hoy con este apuesto joven – añadió tomando del brazo a su yerno. – Augusto – Dijo, dirigiendo su mirada al muchacho – sólo quiero reiterar la petición de mi marido, trata bien a mi pequeña, o te las verás conmigo. – Finalizó. Las carcajadas no se hicieron esperar.

Luego, Augusto tomó el turno y, levantando su copa dijo: – Doña Irene, Don Manuel, aquí enfrente de todas estas personas, a quienes agradezco infinitamente su presencia, quiero pedirles que dejen de preocuparse. Amo a Diana Evelyn con todo mi ser y les aseguró que no cejaré en mi esfuerzo por hacerla la mujer más dichosa del mundo. – Diana Evelyn lo abrazó y le dio un suave beso en los labios.

- Como siempre, me dejan a mí al último. – Dijo Diana Evelyn.  Todo mundo rió ante la ocurrencia. – Yo también deseo agradecerles. No saben cuánto representa para mí que estén reunidos en este día tan especial para nuestras familias, para mi marido y para mí. – Añadió. – Papito, estaré bien, no llores más. – Suplicó a Manuel. – Nunca voy a dejar de ser tu hija.

Varios de los presentes, incluidos Daniel y Claudia, tomaron su turno para el brindis. Cuando hubieron terminado, la música volvió a sonar y la gente pidió a la reluciente pareja que abrieran el baile.

Diana Evelyn y Augusto fueron la pista e hicieron los honores, bailando una pieza suave, romántica, mientras observaban acaramelados los ojos del otro y se besaban con ternura. Tras unos minutos, Manuel e Irene acudieron a la pista e intercambiaron posiciones con los novios. Lo mismo hicieron los padres del novio y, pronto, una multitud de parejas bailaban al ritmo de la música.

Una de las parejas eran Leonardo y Patricio quienes, a todas luces enamorados, hacían del baile un acto de amor. Manuel sintió que se le revolvía el estómago al verlos, pero luchó titánicamente por contenerse.

Como si fueran los enamorados que recién habían pactado su unión ante dios, Leonardo y Patricio se acariciaban y besaban, sin importarles los maliciosos comentarios que los invitados o sus familiares pudieran hacer.

- Esto es bochornoso. – Dijo Manuel a Irene con notorio enfado.

- Amor – respondió ella, conciliatoria, – tú bien sabes que tampoco es fácil para mí pero mira a Leo, ¿No crees que se ve muy dichoso?

- Es un descarado. – Respondió Manuel con una rabia mal contenida.

- Es tu hijo. – Aclaró Irene. – ¿Por qué no puedes aceptar que esa es su naturaleza y permitirle ser feliz a su manera? – Preguntó ella con afán.

- No puedo, amor. – Respondió Manuel. – Por más que lo intento, no puedo. – Confesó.

Patricio notó la mal contenida furia de Manuel y, confidentemente, dijo a Leonardo al oído: – ¡Tú papá está echando chispas!

- ¡Ay, olvídalo Pat! – Respondió con enfado. – De todos modos él nunca me va a perdonar por ser como soy.

- Mi amor – dijo Patricio, – yo creo que más bien, lo que tu papá nunca va a perdonar es que vivamos juntos.

- ¡Es lo mismo Pat! – Respondió Leonardo impaciente. – ¿Pues qué esperaba? ¡Tiene un hijo homosexual! ¿Creía que me iba a pasar la vida solo? – Reclamó. – ¿Por qué no hace tanto tango con mi hermana?

Patricio pasó sus brazos alrededor del cuello de Leonardo y lo besó dulcemente en la mejilla. – Es sólo que me molesta que tu padre no pueda entender que yo daría mi vida por ti, querubín. – Puntualizó.

La velada transcurrió hasta cerca de media noche. Algunos de los invitados ya se habían retirado y, ahora, Diana Evelyn y Augusto se despedían pues tenían que terminar los preparativos para partir a su luna de miel.

Leonardo y Patricio también se despidieron, dejando en Manuel una sensación equiparable a haber sido azotado sin piedad en el hígado. Se percataron, pero no emitieron comentario alguno. Ya se habían acostumbrado a la intolerancia de Manuel y decidieron no prestarle importancia.

Manuel e Irene se quedaron solos, como al principio y una sensación de soledad que nunca durante su vida en matrimonio habían sentido, inundó sus almas repentinamente.

Daniel, su esposa y sus hijos también se despidieron. Claudia les preguntó a Irene y a Manuel si podrían ir al día siguiente a su casa, donde tenían preparada una pequeña reunión con motivo del matrimonio de Diana Evelyn con Augusto. Ellos aceptaron.

Poco a poco el salón fue quedando vació, al igual que sus vidas. Era una nueva experiencia para ellos. Tantos años de vida familiar acababan de terminar y una nueva soledad se hacía patente en ellos.

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