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Capítulo 19 – Too much heaven.

Diana Evelyn tenía ya veinticinco años. Las reacciones que la muerte de su madre había provocado en ella, modificaron sustancialmente su personalidad, pero lo superó con el transcurso de los años. Aunque había iniciado su propia vida, nunca se despegó realmente de mí.

Continuamente me insistía en que yo debía re-hacer mi vida, me instaba a buscar una nueva pareja porque no quería verme solo. Suponía que yo sufría, pero no era sufrimiento lo que embargaba mi corazón sino añoranza.

La añoranza que nace de haber tenido el privilegio de experimentar la que fue una de las más grandes ilusiones de mi vida. La otra… la otra se llama Diana Evelyn.

Ellas dos se constituyeron en el motor de mi existencia. Las dos moldearon mi personalidad, no para ajustarla a sus expectativas, sino para cumplir mi secreto deseo de ser alguien mejor… para ellas.

Cada vez que Diana Evelyn confabulaba para encontrarme pareja, astutamente la rehusaba. Entonces insistía en que debía buscar a la mujer de mi vida y yo le respondía que ya había dos, su madre y ella.

Entonces, con su lógica implacable me recordaba que su madre había muerto y que ella deseaba verme feliz, pero entonces le respondía diciendo que su madre nunca se fue y que el saberla siempre a mi lado -sin estar su cuerpo con nosotros-, era suficiente para hacerme feliz.

Suspicaz, suponiendo quizá que lo mío era terquedad, nunca se rindió, pero yo siempre me rehusé.

Es cierto; podría haber buscado una nueva pareja y podría haber reconstruido mi vida, pero mi vida nunca colapsó. Tuve algo maravilloso que –infortunadamente-, tuvo que irse, pero lo que construí junto a ella sigue siendo tan sólido como esa noche en que le confesé que ella le daba sentido a mi vida.

No había nada que reconstruir, no necesitaba a alguien para que ocupase el lugar de aquella mujer que –en realidad-, nunca se fue.

Diana Evelyn intentó comprender mis motivos; en verdad lo intentó, pero nunca se dio por vencida. Aun así, trató de entenderme y me dejó hacer, aunque reprobase mi rechazo, creyendo que sufría, mientras añoraba a su madre, pero nunca sufrí. No lo hice porque el que ella muriera no significó nunca el fracaso de nuestra relación, sólo representó una etapa natural en la vida y Diana Evelyn terminaría comprendiéndolo muchos años después de que yo me hubiese ido.

Con la muerte de mi dama no perdí. Ella cumplió su ciclo vital, pero el espíritu de nuestra unión es inmortal.

Ahora era capaz de comprender por qué se dice que sólo se ama una vez y por qué se afirma que el amor verdadero es para siempre.

Muchas mujeres pasaron por mi vida, de la mayoría mis recuerdos son escasos, pero si hubo dos mujeres capaces de darle significado a mi vida, ellas fueron mi dama y mi hija, Diana Evelyn.

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