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Capítulo 18 – If you leave me now.

Desde que Diana Evelyn llegó a nuestras vidas, el núcleo familiar comenzó a configurarse tal y como lo es ahora. Como es natural, en determinados momentos de nuestra vida juntos existieron crisis. Crisis que superamos, no sin que aprendiéramos a interactuar entre nosotros como la unidad en la que nos habíamos convertido.

Como sucede en muchos casos, nuestras crisis eran sólo el producto de la adaptación a la que tuvimos que someternos mientras mi dama y yo conocíamos nuestras idiosincrasias y luego, al llegar Diana Evelyn, al realizar los ajustes para nuestra nueva condición.

Tal vez insista recurrentemente en este tema porque creo que tengo una modesta contribución para hacer. Tu pareja y tus hijos, son quizás las personas más importantes en tu existencia. No es que excluya a todos los demás, no; pero una vez que configuras una familia, son tu cónyuge y tus hijos quienes se convierten en el centro de tu atención.

Tus padres, tus hermanos, tus amigos y conocidos, todas las demás personas son importantes también, en alguna medida; pero las personas más importantes son aquellas con quienes convives por elección y a consecuencia de esta.

Pensemos en tus padres y hermanos. Aunque existan momentos álgidos y a veces se produzcan rupturas importantes, ni tus padres, ni tus hermanos dejarán nunca de serlo. No es tu decisión el renunciar a ese lazo filial, aunque no con esto estoy diciendo que no pueda fracturarse dicho lazo. Más bien, lo que digo es que sin importar si convives con ellos o no, siempre existirá una conexión genética entre ustedes y –te guste o no-, cualquier problema que se suscitase entre ustedes siempre será susceptible de ser sanado.

Tus padres jamás dejarán de amarte, aunque cuestionen cada simple aspecto de tu vida. Si lo hacen, es precisamente porque te aman. Con relación a tus hermanos, podría ocurrir que entre ustedes se distanciasen, pero esa lejanía no es capaz de destruir el fuerte lazo que les une, lazo que ustedes no eligieron, lazo que fue el producto de la unión de sus padres. Al final del día, siempre existirá la posibilidad del re-encuentro, aunque decidan no aprovecharla.

Con respecto a las personas que, si bien, forman parte de tu vida, no son –sin embargo-, partícipes directos de tus aconteceres, tú tienes la capacidad de elección en lo relativo a aceptarlos o rechazarlos en tu entorno.

Tus amigos, por ejemplo, lo son porque ambos se eligieron. El lazo que les une es sutilmente más frágil que el lazo que te une a tus padres o hermanos, pero si se escogieron entre ustedes, fue porque encontraron un cierto atisbo de afinidad.

Pudiera ser que –con el tiempo-, surgiesen situaciones álgidas que culminen en la ruptura de su relación, pero siempre puedes acudir al perdón.

El problema del perdón es que, si bien trae paz a tu ser interno, requiere que te sintonices con esta para ser capaz de otorgarlo. Si no eres capaz de inundar tu alma de esa paz interior, jamás podrás perdonar.

Tus conocidos, por otra parte, afectan tu vida por el sólo hecho de que cada persona que conoces llega a tu vida porque cumple una función en esta; a veces pequeña, en otras, suprema.

Tú careces del poder de elección; el destino los pone en tu camino mientras cumplen el objetivo por el que llegaron a ti. Hasta ese desconocido con el que te encontraste cuando caminabas por la calle tiene alguna relevancia en tu existencia. El hecho de que –aunque fuera sólo por un breve instante- se encontrarán, es un signo de que así tenía que suceder. Si lo extrapolamos a las leyes de la probabilidad, el hecho de que se topasen frente a frente es todo menos una coincidencia, ya que la probabilidad de que esto tuviese lugar –aunque fuese un valor probabilístico insignificante-, de cualquier manera existió y tuvo lugar. Quizá no seas capaz de percibir nunca la relación que tuvo este encuentro fortuito en tu vida, ni te enteres de cómo la afectó, pero de alguna manera –aunque fuera intrascendente-, lo hizo.

Ahora bien, en lo concerniente a tu pareja, esta persona se convirtió en tu pareja porque ambos de una u otra manera así lo decidieron. El nexo que les une es mucho más fuerte que el que te une a tus amigos por el sólo efecto de que elegir pareja requiere una disposición de tu parte de mantener vigente esa relación a largo plazo. Si no existiera esta promesa tácita, la pareja en sí no tendría razón de ser.

Muchas parejas enfrentan dificultades durante sus primeros años y –estadísticamente-, se considera que si una pareja logra sobrevivir los primeros cinco años sin que se presente la ruptura, las probabilidades de que dicha pareja permanezca unida de por vida aumentan considerablemente.

Los conflictos en la pareja tienen su origen en diversas circunstancias: la disposición de sus miembros a tolerar las idiosincrasias del otro, la fidelidad que pueden garantizarse entre sí, los comentarios y actitudes incómodos, producto de estados de ánimo mal controlados, las divergencias sociales, culturales e intelectuales, en fin, ese tipo de circunstancias.

El perdón se vuelve mucho más importante cuando los conflictos de pareja se presentan y lo es porque está condicionado a tu propia apertura individual para acallar tu ego y –con ello-, suprimir el interés egoísta con la finalidad de comprender el punto de vista de esa persona que se ha convertido en tu cómplice durante la vida.

Si, cuando se presenta un conflicto entre tú y tu pareja, tú no tienes la capacidad de escucharle, de ponerte en su lugar y de darte la oportunidad de escudriñar en sus palabras para no sólo captar la semántica tras su perspectiva, sino los sentimientos que la producen, el conflicto sólo se profundizará, pues la comunicación se convierte en acusatoria; descalifica las acciones del otro, las palabras del otro, su punto de vista, sus emociones… descalificas a tu pareja, la suprimes. Por eso, algunas veces, el conflicto tiene el potencial de producir tanto daño.

Mi dama y yo enfrentamos esta situación no una, sino muchas veces. Más de las que me hubiera gustado. Al principio fue difícil. Nos faltaba aprender a comunicarnos… a verdaderamente comunicarnos; pero eso, afortunadamente ocurrió.

Cuando discutíamos -al principio-, los dos nos acusábamos mutuamente. Nuestro ego nos forzaba a ignorar los puntos de vista del otro en la necedad de insistir en que la razón nos asistía a nosotros. Dejábamos de comunicarnos por lapsos prolongados… hasta que uno de los dos cedía, tan sólo porque era incapaz de concebirse sin el otro.

Con el tiempo, aprendimos a acallar a nuestro ego mientras escuchábamos. Lo hacíamos porque en principio habíamos prometido escucharnos. Entonces, mientras lo hacíamos –haciendo un esfuerzo titánico-, suprimíamos nuestra propia necesidad de insertar nuestros puntos de vista personales y le permitíamos al otro desahogarse completamente.

Lo siguiente que aprendimos fue que –una vez que el otro se hubiese desahogado-, entonces sintonizábamos con él poniéndonos en su lugar por medio de la empatía.

Al hacerlo, fue más fácil para nosotros entender las necesidades del otro y como se trataba de necesidades comunes, aprendimos estas eran mucho más importantes que nuestras propias necesidades individuales.

Lograr esto fue muy difícil. Para llegar a este punto fue necesario un proceso que duró años y que sólo pudo concretarse porque el amor que sentíamos el uno por el otro superaba cualquier diferencia.

La manera en que lo hicimos fue buscando la armonía dentro de nuestro propio ser para –entonces-, interpolarla a nuestra unión. No puedes esperar vivir en armonía con los demás si primero no aprendes a vivir en armonía contigo mismo.

Cada vez que algo nos distanciaba, aprendimos a reflexionar sobre el valor de ese punto de ignición. Antes de estallar, analizábamos en nuestro yo interior que tanta importancia tenía realmente el evento que disparó el conflicto. Identificábamos esas emociones que nos hicieron daño y comprendíamos el por qué nos habían dañado. También identificábamos aquellas emociones que no nos dañaban y las separábamos, para concentrarnos sólo en esas con potencial destructivo.

Luego, les asignábamos una importancia objetiva y -al llegar a ese punto-, las discutíamos.

Hacerlo requería de ambos, por una parte, la disposición para escuchar, por otra, la disposición para comprender.

Al hablarlas, sólo nos permitíamos hacerlo si al expresarlas buscábamos informar, más que acusar. Finalmente, llegábamos a acuerdos.

Eso fue lo que hizo nuestra relación tan especial y eso fue lo que hizo de mi amiga, mi novia, mi compañera, el pilar de mi existencia. Fue así como aprendimos a conocernos más allá de los conceptos, para aprender de nuestra esencia; fue por ello que no podíamos tener secretos entre nosotros… porque llegamos a conocernos tan bien, que casi podíamos leer los pensamientos del otro con sólo observar su mirada. Y fue esto lo que consolidó nuestra comunión.

Mi dama y yo recibimos la terrible noticia de que tenía sus días contados una tarde, cuando Diana Evelyn recién había cumplido sus diecinueve años.

No supimos cómo decírselo a nuestra hija. Durante días analizamos la forma de hacérselo saber, pues tenía que saberlo, hasta que un día se lo expusimos.

La reacción de Diana Evelyn era lógica, era de esperarse y su actitud comenzó a cambiar poco a poco. Tanto mi dama como yo la comprendíamos e intentábamos ayudarle a aceptarlo, pero decidimos darle la libertad de asimilarlo a su manera, dejándola ser ella, a pesar de que a veces, fue difícil para nosotros como familia.

En lo personal, esta era la tercera vez que debía enfrentar la muerte de alguien más importante para mí que mi vida misma. Sobra decir que me sentí destrozado, pero me esforzaba por mantener el optimismo porque mi dama así lo había dispuesto. Ella me pidió fortaleza, me exigió ánimo y me impidió darme por vencido. Sabía lo que acontecía en mi interior y sufrió junto a mí durante el proceso. Por eso decidí complacerla.

Ella murió un veintitrés de abril a las tres cuarenta y cinco de la tarde. Con ella se fue la que había sido mi compañera durante tantos años, pero su esencia… su esencia nunca me abandonó.

Hoy, a pesar de que su cuerpo ya no está conmigo, no estoy solo, porque ella sigue junto a mí, en mi corazón, en mis recuerdos, en las emociones que aún es capaz de provocarme, en mi quehacer cotidiano.

Hoy la percibo aún a través del aire que respiro, de la manzana que desayuno, del calor del sol que abraza mi cuerpo durante el día y de la luz mortecina de las estrellas durante la noche.

Me cobija mientras duermo con los sueños en los que ella está aún conmigo y me consuela cuando enfermo al recordar sus mimos cuando ella vivía.

Ella no se fue. Nunca se fue.

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