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Capítulo 16 – Eres tú.

Las cosas estaban como las he descrito hasta este punto cuando comencé a escribir. Mucho ha cambiado desde entonces. He pasado los últimos años alejado completamente de Verónica, al igual que como me ocurrió con Sol. Eventualmente, ella volvió a buscarme y es posible que en el futuro lo haga, pero yo ya dejé de esperarlo.

No significa que dejara de amarla. Eso… eso es imposible. Sol y Verónica han sido las dos mujeres que más significativamente han marcado mi vida en el aspecto romántico y en muchos otros aspectos.

Vivir la experiencia que viví al lado de Verónica, aunque reconfortante, me ha hecho ver que la vida es mucho más que el compartirla con otra persona. Como lo he mencionado en repetidas ocasiones, la felicidad no es una circunstancia, sino una decisión y –esta vez-, aunque la separación de Verónica me ha afectado tanto o más que la separación de Sol, he decidido vivir mi vida en paz con el mundo, sin odios, sin resentimientos.

Me he enfocado en disfrutar cada instante que me da la vida porque me doy cuenta de que cada uno es un regalo.

Hace años que estoy solo y la verdad… no deseo cambiar este status. Ya dejó de ser imperativo para mí. Me he dado cuenta de que puedo disfrutar de un amanecer sin despertarme al lado de una dama que me haga sentir afortunado por el simple hecho de recibir el nuevo día junto a mí. Puedo regocijarme de las estrellas durante la noche sin extrañar la compañía femenina, como -cuando niños-, mis hermanos y yo subíamos clandestinamente a la azotea para pretender que acampábamos y conversábamos por horas, hasta que el cansancio hacía mella en nuestro ánimo y caíamos rendidos a los brazos de Morfeo.

Aprecio tanto los días soleados, como los nublados e incluso los lluviosos, porque después de todo es una bendición que esté vivo para apreciarlos. He descubierto que si morir duele o no, sin importar si existe una vida más allá de la muerte o nuestro destino es la oscuridad de una tumba fría y el convertirnos en alimento de los gusanos, ha dejado de ser trascendente. No le tengo miedo a morir; a lo que le tengo miedo es a que -después de que ocurra-, ya no podré enterarme de que lo que suceda en el mundo cuando mi tiempo se agote. En mi último cumpleaños mi deseo fue vivir tiempos interesantes y cada momento desde entonces lo ha sido.

Me he concentrado en mi trabajo, en mis aficiones; me permito el lujo de mantener un solo vicio: el del cigarrillo y hace décadas que no visito a un médico. No me importa de qué he de morir. Por más progresos que haya conquistado la ciencia médica, ni los mejores médicos podrán evitar mi muerte y -cuando haya muerto-, ya no importará de qué morí. Así que… ¡No me preocupo!

Tal vez supongas que debería hacerlo. Es decir, podría prolongar un poco más mi vida si mi salud me preocupara, pero cuando se llega a mi edad la muerte se vuelve un poco deseable.

Todo lo que empieza tiene que acabar alguna vez. La muerte es sólo otra etapa de la vida. Si te da temor, piensa en todas aquellas cosas que han ocurrido en tu vida, que temiste enfrentar. Sin importar que tan grande fuera tu miedo, de todos modos ocurrieron y tu existencia dio un giro y tu personalidad se forjó. Morir es sólo otra etapa. No hay motivo para temerle.

También he descubierto que hay una falacia terrible entre los reclutadores de recursos humanos, quienes parecen considerar indeseable ocupar en los puestos que ofrecen a personas que excedan una determinada edad. Esa falacia es la de considerarnos menos rentables.

A decir verdad, me he descubierto mucho más productivo ahora que en mis años de juventud. La energía no me falta y prueba de ello es que –a pesar de que tengo compromisos que debo cumplir mañana-, he estado escribiendo toda la noche mientras termino de editar un video que pienso publicar en los próximos minutos.

No me siento cansado. He trabajado todo el día, prácticamente deteniéndome sólo para comer y descansar por pequeños intervalos de tiempo.

Si a todo lo anterior añadimos la experiencia que he obtenido tras décadas dedicado a mi negocio, la triste realidad para esta gente que recluta personas es que no tengo absolutamente nada que envidiarle a un mozalbete de treinta años.

La mayoría de las personas de mi edad están ya pensando en su retiro y sienten un miedo inmenso de lo que será su futuro cuando ya no puedan trabajar.

Esto ocurre porque son parte de la gente que dedicó su vida entera a vender su tiempo a otros, sin cobrar por ello el valor real de los momentos que estuvieron alejados de los suyos, del tiempo que pudieron gozar realizando lo que en verdad querían hacer, de una vida bien invertida en el bienestar personal.

Vivimos sumergidos en un sistema que nos mantiene hipnotizados imponiéndonos reglas que la mayoría acepta sin cuestionar… porque es más fácil obedecer que proponer.

Desde que era un crío vi las cosas diferentes. Mientras otros niños en sus primeros años se preocupaban por pensar en qué iban a jugar, yo ocupé mi cerebro en entender el universo a mi alrededor.

Cuando otros niños buscaban compañía mutua para entretenerse, yo tuve que pasar muchas tardes solo, simplemente reflexionando.

No era que no jugara; lo hacía, igual que los otros niños, pero mis juegos eran un poco diferentes. Mi adolescencia no fue muy distinta a mi infancia. Como los otros jóvenes, yo compartía sus necesidades, sus intereses, pero comencé a forjar ideales que los demás no comprendían. Empleé mucho de mi tiempo en experimentar, en investigar, en descubrir.

Cuando recién me volví adulto, todo apuntaba a que seguiría el camino que los demás habían decidido recorrer, pero fue sólo una etapa. Luego descubrí que si buscar trabajo no me daba el resultado que esperaba, entonces yo debía inventar mi trabajo… y así lo hice desde entonces.

Por eso hoy no me preocupa tanto el aspecto laboral. Mientras exista gente con problemas, habrá mercado para las soluciones que vendo.

Es cierto que mi destino final es más incierto que el que tiene la mayoría, pero al considerar todo lo que he logrado, esa incertidumbre realmente vale la pena. Al final, me he mantenido libre para ocuparme de lo que en verdad me interesa, para hacer lo que realmente quiero hacer, para administrar mi tiempo como yo considere mejor… ese… es un lujo que la mayoría sólo sueña.

Mis puntos de vista con respecto a muchas cosas también se han modificado. Cuando conocí a Sol me había dado por vencido, suponiendo que mi vida era inútil, que no producía beneficio alguno y, por tanto, que no le interesaba realmente a nadie.

Hoy he sido bendecido al descubrir que le importo a aquellos a los que menos pensé que podría importarles, que mi modesta contribución al mundo ha tenido relevancia para aquellos a quienes he alcanzado y que vivir solo no es para nada sinónimo de vivir una vida inútil. Quizá mi paso por la Tierra no haya tenido un efecto espectacular, pero nada ocurre por azar.

Aunque sigo considerándome ateo –en el sentido tradicional que esa palabra connota-, ahora estoy dispuesto a admitir que hay un dios que no necesariamente es un ser. Lo visualizo más como un concepto, como la naturaleza misma.

Hace muchos años, mientras estudiaba una maestría relacionada con la informática y las telecomunicaciones, una noche tuve una epifanía. Me había quedado sin dinero y sólo tenía lo suficiente para mis pasajes. No podía pensar en acomodarme en un hotel por lo mismo y decidí pasar la velada en una estación de autobuses. Me di cuenta de que cuando alguien se dormía, los guardias de la estación llegaban para despertarlo, como si supusieran que se trataba de algún vagabundo que intentara utilizar el edificio como un refugio para gente sin hogar, así que evité todo lo que pude caer dormido.

Como no tenía nada más que hacer, escogí un tema para reflexionar y elegí pensar en los viajes en el tiempo. Mi objetivo era tratar de determinar a consecuencia de mi propio razonamiento si esto era posible o si existían argumentos que refutaran incuestionablemente esta hipótesis.

De pronto, me pareció lógico considerar las dimensiones de las que se compone el universo que conocemos. Para ponerlo simple, te pediré que consideres que puedes moverte hacia los lados y de arriba abajo. Además, debes considerar que posees un volumen y que, si permanecieras totalmente quieto, sólo podrías percibir tres dimensiones. Pero como nos movemos, es necesario considerar una cuarta dimensión que es el tiempo, ergo, tiempo y movimiento son distintas expresiones de la misma cosa.

Así que vivimos en un mundo en el que podemos apreciar tres dimensiones mientras somos afectados por una cuarta dimensión.

Si viajar en el tiempo fuera posible, esto requeriría que el tiempo fuera discontinuo pero, por la forma que nos afecta, tenemos la impresión de que es lineal, es decir, transcurre de principio a fin sin que podamos saltar a un momento específico en el pasado o en el futuro. Vivimos, no obstante, un continuo viaje al futuro, pero sometidos a la ley del tiempo que nos obliga a experimentar un instante a la vez.

Luego entonces, ¿es o no posible viajar en el tiempo si esto necesariamente implica saltos discontinuos a través de él?

Como siempre he considerado que todo problema tiene una solución, empecé a imaginar maneras de aplicar alguna ingeniería al tiempo y descubrí que viajar en el tiempo podría ser posible, pero se requeriría que reconociéramos más dimensiones que las que afectan nuestra existencia.

De nuevo, para plantearlo de una manera simple, imagina que tu vida es una película, un filme, como los que exhiben en cualquier sala de cine.

Si pudiéramos viajar en el tiempo, no podrías hacerlo dentro de ese mismo filme; requerirías que existiera otro filme con otra versión de la película. Esa sería la quinta dimensión. La existencia de estas múltiples versiones del filme nos obligaría a suponer la existencia de múltiples universos, formando un multiverso.

Si ahora consideras que todos los posibles filmes se guardan en una videoteca y que existen muchas otras videotecas, la videoteca que conserva nuestros filmes sería el multiverso y –así-, el conjunto de todas las videotecas se convertiría en un universo de multiversos. Esta sería la sexta dimensión.

La verdad es que no pude visualizar más dimensiones, pero entendí que tienen que estar allí. Son fundamentales si alguna vez quisiéramos construir un vehículo que nos permitiera navegar a través del tiempo.

Sin proponérmelo, estaba reflexionado sobre la teoría de cuerdas, aunque esto lo supe a ciencia cierta mucho después, cuando comencé a informarme sobre ella.

El problema con esta teoría es que se trata sólo de eso: una teoría para la cual –de momento-, carecemos de los recursos necesarios para probarla. Mientras no podamos hacerlo, es más filosofía que ciencia.

Mucho tiempo después ocurrió ese evento que te platiqué antes, sobre el día que me encontraba solo en la sala de maestros y comencé a reflexionar acerca de si era posible llegar a una conclusión concreta en el sentido de si las teorías del creacionismo o del Big Bang son correctas.

Todo comenzó cuando me planteé que para que el creacionismo fuera correcto, depende de la existencia de un arquitecto que le diera forma a nuestro universo y el dilema asociado es que nada explica la existencia del creador.

Luego reflexioné que si el Big Bang se produjo gracias a una singularidad muy densa que –de pronto-, estalló liberando su energía y creando toda la materia que nos rodea, esa singularidad tuvo que tener un origen.

Esto me llevó a pensar que tal vez la singularidad fuera una especie de onda; es decir, digamos que en algún punto se produce una singularidad que estalla y forma el universo y que –por efectos de esa explosión-, el universo comienza a expandirse, hasta que llega a un punto en que regresa sobre sus pasos y comienza a contraerse hasta volver a la singularidad inicial, la cual acumula toda esa energía con tal densidad que tiene que volver a estallar, repitiendo el ciclo eternamente.

Si esta hipótesis fuera correcta, esto implicaría que la singularidad es eterna y fluctúa como una onda; siempre ha existido y siempre existirá, lo que hace que surja el dilema: ¿dios o la singularidad? Quizá simplemente son lo mismo. Eso fue lo que pensé.

Sin embargo, el problema subyacente persiste. Ni podemos explicar el origen de dios, ni podemos explicar el origen de la singularidad.

Más recientemente he pensado de una manera más infantil al respecto. He imaginado a un niño que detona un explosivo como los que usan para celebrar una festividad como la de la independencia de una nación o la navidad.

Lo que ocurre cuando explota ese explosivo, es que el material revienta, arrojando sus pedazos a todos lados, sin que se vuelva contraer, ergo, a reconstruir. Esto me sugirió la siguiente cuestión: ¿y si nuestro universo no es más que uno de esos explosivos en las manos de un niño que lo hace explotar y el lapso que transcurre desde la ignición hasta que ha fenecido la fuerza de la explosión representa la vigencia de tal universo?

Esto nos plantearía una situación en la que nuestro universo es único e irrepetible, que lo que para nosotros son miles de millones de años, es el tiempo que dura esa explosión particular pero también, que como este universo único e irrepetible, existe una multitud infinita de otros universos –distintos al nuestro-, que pueden haber explotado y fenecido mucho antes de que se formara el nuestro, o que han explotado junto a este, o bien, que explotarán después de que nosotros nos hayamos ido.

No lo sé. Estos planteamientos pueden ser inútiles y no ser otra cosa que el reflejo de que paso mucho tiempo solo, pero sólo son una reminiscencia de lo que ha sido mi vida desde la niñez.

Aunque he renegado de él, toda mi vida he buscado a dios.

* * *

Era una tarde ocupada. Había muchos asuntos que atender y, para colmo estaba retrasado. Desesperado como estaba, acabé tan pronto pude lo que estaba haciendo para llegar a mi próxima cita. Luego, salí del lugar y busqué un taxi. Con la prisa que llevaba, perdí la noción de mi entorno y –en cuanto un taxi se detuvo-, me acerqué para abrir la portezuela y abordarlo, pero entonces sentí una mano que se encontraba con la mía. Volteé desconcertado y la vi.

Antes de percatarme de su presencia, sólo quería llegar a dónde iba y cuando coincidimos intentando subir al taxi, en el segundo previo a verla, me sentí enfadado de que esta persona no me permitiera continuar mi día cuando más de prisa estaba, pero al verla mi enfado desapareció.

Algo había en esta mujer. No sé describirla con exactitud, pero sé que hizo tambalear mi mundo, no porque compitiera conmigo por abordar un taxi, sino porque un cúmulo de sensaciones nuevas se adueñó de mi ser al cruzar nuestras miradas y sentir la piel de su mano tocando la mía.

Perplejo, sólo atiné a renunciar al taxi, abriéndole la puerta y solicitándole que lo abordara. Ella me sonrió con esa clase de sonrisa que provoca destrozos en mi voluntad y –simpática-, me sugirió que ambos lo abordáramos.

Acepté su oferta agradecido y le pedí al taxista que primero la llevara a ella. Durante el trayecto, primero con la timidez propia de los desconocidos pero después –muy rápidamente-, con el bienestar que produce una sensación de familiaridad, hablamos de cosas intrascendentes.

La dulce melodía de su voz siguió en mi mente por días. No podía olvidar a esa mujer. Aunque no tocamos temas de gran trascendencia, su conversación llenó de regocijo mi intelecto y descubrí en ella tal afinidad que hoy me sé incompleto sin ella… pero vayamos un paso a la vez.

Fueron días en que no podía reprimir ese deseo incontenible de volverla a encontrar. Inconscientemente, repetí mis pasos de ese día e intenté el mismo horario, sin mucha suerte.

Pero un día quiso la casualidad ponernos en el mismo camino. De nuevo, ella esperaba un taxi cuando yo caminaba hacia ella. Estaba indeciso. Quizá hablarle no fuera buena idea, a pesar de que deseaba tanto hacerlo. Por un momento quise rectificar mi camino y eludirla, pero entonces ella me vio y me regaló la sonrisa más maravillosa que he recibido en toda mi existencia.

Me le acerqué y le dije: – Le prometo solemnemente que la dejaré abordar el primer taxi que pase. – Entonces ella volvió a sonreír y me hizo ver que también existía la alternativa de que lo abordáramos juntos, como la ocasión anterior. No quise presionar mi suerte y le dije que no tenía tanta prisa como la otra ocasión pero admití que compartir el vehículo con ella era algo que simplemente me encantaría.

Hablamos durante un rato, hasta que llegó un taxi y –antes de que lo abordara-, sin saber de dónde saqué el valor, le pregunté si podíamos encontrarnos en otra ocasión para –quizá-, tomar un café. Ella me dio su número y me pidió que le llamara.

Quizá por cortesía dejé pasar unos días hasta que le llamé. Acordamos vernos en esa misma parada ya por la tarde, cuando las actividades laborales hubiesen concluido.

Esa maravillosa tarde que pasé con ella conocí a una persona que me trasportaba a un mundo de continua fascinación al tiempo que abría una ventana hacia su interior.

No fue la única tarde que acordamos encontrarnos, pero esta vez se trató de un proceso que se desarrolló muy lentamente.

En realidad, yo disfrutaba su presencia. La disfrutaba mucho. Pero no deseaba dejarme llevar por mis impulsos para que al final, arruinara todo o se diera, acabando irremisiblemente después, como había ocurrido con Sol y con Verónica.

Preferí conocer a la mujer, conocer a la persona. No tanto en el sentido de enterarme de lo que hacía para subsistir, de las aficiones que le apasionaban, ni de la historia de su vida, como de aprender sus gestos, distinguir sus emociones, apreciar su compañía y valorar a ese ser humano en particular.

De hecho, ni ella ni yo emprendimos premeditadamente acción alguna. Las cosas fueron sucediendo, poco a poco, a su tiempo, sin presionar al destino.

Durante ese periodo, me di cuenta un día que mi lugar era junto a ella y –en vez de malgastar mis energías tratando de razonar por qué no la conocí antes-, me esforcé más por disfrutar cada momento a su lado.

Una noche, el coqueteo comenzó de pronto, cuando me pidió que le contara cómo había sido mi vida. Escuetamente, le platiqué a grandes rasgos como había llegado hasta ese punto del tiempo.

Le agradecí vehementemente que no me cuestionara y que –en vez de ello-, intentara comprenderme, ponerse en mi lugar y entender el porqué de las muchas vicisitudes de mi vida.

Entonces, nuestras miradas se cruzaron, acaricié su mejilla y le acerqué hacia mí con delicadeza. En ese preciso momento supimos que nos pertenecíamos y un beso dulce, tierno, tuvo lugar.

Fue al separarnos que le confesé que toda mi vida la había esperado, que en ese momento comprendí que ningún lugar en el mundo podría –ni remotamente-, ser mejor para mí que entre sus brazos y ella me volvió a besar.

Así inició nuestra historia. Con el tiempo, decidimos que queríamos estar juntos.

Nuestra vida en matrimonio inició de una manera memorable. Cada día junto a ella se convertía en un paraíso en la Tierra. Pero nuestra dicha fue infinita cuando llegó a nuestras vidas Diana Evelyn.

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