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Capítulo 15 – Candilejas.

A veces, es mejor escuchar a la razón que hacerle caso al corazón. Ahí estaba Verónica, una mujer en sus veintes siendo pretendida por un hombre de más de cuarenta.

Lo peor era que ni ella, ni yo deseábamos –en realidad-, terminar ese juego de seducción al que nunca entenderé por qué me presté. Mientras ninguno de los dos permitiera que el amor hiciera estragos en nosotros, mientras no permitiéramos que las cosas se salieran de control y un juego absurdo, pero inocente complicara nuestras existencias, todo estaba bien.

El problema de este juego es que se convierte en una paradoja tarde o temprano. Los sentimientos surgen y las personas se involucran, sin importar qué tanto deseemos evitarlo.

Quizá ella encontraba el mí el trato que no recibía de los jóvenes de su edad, tal vez eso le halagara, -incluso-, era posible que sintiese algún cariño hacia mí… el mismo tipo de cariño que podría sentir por su padre. Tal vez, yo necesitaba tanto aferrarme a esa juventud que perdía, que era posible que viera en su trato hacia mí fantasmas de lo que fueron otras conquistas que ahora enterraba en mi pasado, pero lo cierto es que ella y yo parecíamos hechos del mismo molde.

Si surgió esa extraña relación entre los dos, fue principalmente porque yo siempre estuve allí, para ella, sin importar qué sucediera entre nosotros, sin que el estira y afloja que describía nuestra relación fuera un verdadero motivo para dejar de quererla.

En ella –por increíble que lo parezca-, encontré muchas similitudes. Coincidíamos en muchos aspectos de nuestra personalidad. A pesar de que pueda parecerte poco concebible, la afinidad entre nosotros era tal que nos mantenía unidos, aunque de pronto uno de los dos comenzara a alejarse, a pesar de las evidentes diferencias en nuestros puntos de vista, nuestro comportamiento, nuestras inquietudes… y es que quizá yo representaba una especie de escudo que la protegía y ella el aliento fresco que me despertaba de mi sopor.

Las cosas se dieron simplemente. Ninguno las buscó en realidad. Una tarde, ella me pidió que fuera a su casa. Cuando llegué estaba sola. No fue que hubiera alguna clase de plan; en realidad, me había pedido ayuda para resolver un problema que tenía del trabajo y que no sabía cómo resolver. Yo le prometí mi ayuda y por eso asistí. Nunca pensé que las cosas cambiarían adquiriendo ese nuevo matiz que allí surgiría.

Trabajamos durante un rato y –eventualmente-, nos abrazábamos o tomaba su mano. Pero una de esas miradas que nos envolvió desde el día que nos conocimos nos atrapó.

Yo no pude evitarlo más y –mientras me deleitaba con su mirada-, llevé mi mano a su rostro. Acaricié suavemente su mejilla; lentamente, sin prisas. Me le acerqué y la besé en el mismo punto en que comenzó esa caricia. Luego, seguí besándola con suavidad, con ternura. Ella no me contuvo. Nuestra cercanía era tal, que sentía el candente calor que su cuerpo irradiaba; podía sentir su corazón latiendo con fuerza junto al mío.

Rodeé su talle con mis brazos y ella me correspondió. En ese momento, mis besos encontraron retribución y acaricie sus labios con los míos. Sin detenerme, recorrí su mejilla, bajando por su cuello, hasta llegar a su oreja.

Eso encendió la hoguera y pronto las caricias se hicieron más atrevidas. Pieza a pieza, fui quitando su ropa con cuidado. Acariciando cada parte de su cuerpo que descubría, besándola con ternura, halagando su belleza.

Todo lo que sucedió después sólo podía tener un único resultado. Esa fue la primera vez que hicimos el amor y fue realmente eso, amor, aunque ninguno de los dos le llamó por ese nombre, aun cuando ni ella, ni yo llegamos a tocar el tema. Las cosas acababan de cambiar entre los dos.

Esta relación sórdida, pero hermosa duró poco más de un par de años y durante ese tiempo hicimos el amor muchas veces. Aunque clandestina, los sentimientos por los cuales surgió eran sinceros. Yo no tenía compromisos maritales y ella era soltera. Sin embargo, la mantuvimos clandestina por razones que son obvias.

Yo sabía que ella me amaba, aunque nunca lo expresó. Lo sabía porque me había convertido en su pilar, en su soporte. Porque a pesar de todo, cuando más perdida se sentía, siempre encontró el camino hacia mí.

Quizá era su edad, tal vez, no se sentía preparada para el tipo de formalidad a la que una relación así puede conducir, pero aunque me amaba, insistía en mantenerlo así, como un secreto que compartíamos sólo ella y yo.

Yo acepté su decisión sin cuestionarla y tampoco hice mucho durante un largo periodo de tiempo por intentar formalizarla, pero me mataba el no poder estar con ella, a su lado, permanentemente.

Hubo una ocasión en que creímos estar embarazados y fue una etapa muy ríspida para ella. A pesar de esa cruenta vorágine de temores, no mencionó una sola vez la posibilidad de dar el siguiente paso, formalizando nuestra relación. Fue entonces cuando yo comencé a hablarle sobre el tema, pero ella lo eludía.

Ella sentía cómo los remordimientos y el temor ante lo que sucedería si lo nuestro se volvía evidente atormentaban sin misericordia su equilibrio y se puso indescriptiblemente feliz cuando supimos que era falsa alarma.

En cuanto a mí, yo sólo callaba lo poco apreciado que me hacía sentir al insistir tanto en mantenerse libre, sin compromisos… mientras hacía un esfuerzo titánico por comprenderla.

Entonces ocurrió que me di cuenta de que con ella me sucedía algo similar a lo que me pasó con Sol. Desde el primer momento que la conocí dejé de pensar en otras, dejé de sentirme atraído por otras damas y sólo estaba interesado en ella.

Supe sin reservas, sin dudas, que era ella con quien quería estar y –aunque al principio me sentí confundido pues creía que el amor sólo puede surgir una vez-, descubrí que no por amar a Verónica había dejado de amar a Sol. Entendí que podía amar otra vez y supe que le amo porque –como me ocurrió con Sol-, yo daría mi vida por ella, aun cuando jamás pudiéramos estar juntos.

Descubrí que el sexo no era el motor de esa relación, sino la comunión que había surgido entre ambos. Comprendí que no la buscaba por satisfacer mis necesidades afectivas, sino porque me sentí incapaz de vivir, sino era para ella. Es decir, de nuevo, lo que motiva ese amor que siento por ella es simple y llanamente mi necesidad de saber que está bien, aunque no existan ataduras entre los dos.

Sé que el que estemos o no juntos, no determina la intensidad con la que necesito saberla bien, viviendo su vida de la manera que considere más apropiada para encontrar su propia felicidad. Como con Sol, existo para hacer lo que sea necesario con tal de que ella sea feliz y viva una vida plena, que la haga sentirse satisfecha consigo misma y realizada como mujer, como persona, por ser quien ella es.

Mi interés en ella nunca fue egoísta y –esté o no a mi lado-, mi amor por ella siempre será incondicional.

Un día cometí el error de confesarle que la amaba y entonces se distanció. Fue un proceso largo. Transcurrieron periodos prolongados en que no me buscaba y si yo lo hacía me evitaba, pero invariablemente volvía a buscarme.

Tal vez deseaba eludir el compromiso que un sentimiento así implica, pero sé que no lo puede evitar. Quizá no lo reconozca, pero ella también me ama. Probablemente nunca quiso decirme que ella no se siente como yo porque ella lo interpreta como la posibilidad de herirme, pero muy dentro de mí, sé sin lugar a dudas que no lo hace porque aunque siempre lo ha negado, ella siente la misma clase de amor por mí.

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