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Capítulo 14 – Puede que te quiera.

Se dice que la vida comienza a los cuarenta. Cuando joven, me daba risa esta afirmación. Hoy sé por qué lo dicen.

En la juventud, ocupamos la mayoría de nuestro tiempo explorando el mundo, experimentando sensaciones, arriesgándolo todo por un resultado incierto. El propósito de la juventud es el de aprender. Por eso hacemos todas esas locuras. Representa el equivalente a lo que para los niños significa jugar.

Cuando alcanzas la mitad de tu vida y entras a la madurez, comienzas a notar que el tiempo se te acaba. Lo que haces ahora es motivado porque no tienes la menor idea de cuánto tiempo te queda sobre la Tierra, así que decides aprovechar el tiempo que te quede, aún si no tienes idea de qué tanto te será otorgado.

También comienzas a apreciar las pequeñas cosas que la vida te regala y atesoras momentos que –para los demás-, pudieran resultar insignificantes; pero sólo tú sabes la magnitud de su significado.

Al principio, te asusta descubrir que has dejado de ser aquel que solías ser. Fisiológicamente, te cuesta mucho más reponerte de las enfermedades, los achaques comienzan a atacarte sin piedad, tu rendimiento –si es que realizabas alguna actividad física-, comienza a menguar. Incluso, en el sexo –lo peor de todo-, las cosas ya no funcionan como antes lo hacían.

Como cualquier otro hombre que se precie de serlo, estoy muy tentado a afirmar que esto último no es mi caso, pero la realidad es que algo tiene de cierta esa afirmación. No es por machismo que la contradigo. En lo absoluto. Tal vez, la diferencia principal sea que cuando era joven respondía de inmediato y en medio de las circunstancias más inoportunas ante cualquier estímulo que despertara mi lívido. Hoy, necesito sentir la excitación de mi pareja para estimular la propia.

En una cultura fálica, como lo es nuestra civilización, se considera deseable que uno -como hombre-, responda con una erección con tan sólo ver a una mujer desnuda. Yo he visto a muchísimas a lo largo de mi vida.

Cuando era un mozalbete –quizá-, eso me impresionaba con el resultado previsto. Pero ya dejé de ver a las mujeres como un objeto. Comencé a apreciar lo verdaderamente importante, que es saberse amado a pesar de todo. Tal vez por eso ahora me cueste un poco más responder ante los estímulos sensuales.

Cuando tenía entre catorce y quince años, alguna ocasión fui –a petición de mi papá-, a un encuentro en el que nos reunimos muchos jóvenes varones en un templo para recibir una plática de un cura joven también.

Una de las cosas que nos dijo la recuerdo muy bien. Él decía que le parecía tonto que un jovencito como nosotros se excitara tanto con sólo ver la foto de una mujer desnuda. Se limitó a describir la escena de un hipotético muchacho que –de tan excitado que se encontraba debido a una foto en la que aparecía alguna hermosa mujer sin ropa-, se ponía a besar la foto, aunque todos entendimos que debíamos sustituir el verbo “besar” por el verbo “masturbar”.

Comprendí el mensaje, me sentí estúpido y una profunda vergüenza inundó mi ser por completo; pero también pensé durante días en la afirmación de aquel cura.

Entonces no lo entendí cabalmente, pero gracias a las experiencias que pude acumular a lo largo de los años que siguieron a esa plática, llegué a comprender a qué se refería el cura realmente.

Me di cuenta de que los hombres actuamos así en respuesta a un instinto que nos obliga a sentir la necesidad de transmitir nuestros genes para producir la siguiente generación; forma parte de nuestra herencia genética y respondemos a ella porque está en nuestra programación; programación que ha sido cuidadosamente diseñada y adaptada a lo largo de los miles de años de nuestra evolución.

Por otro lado, para las mujeres, aunque las motivaciones son similares, ellas se dan cuenta de que deberán cuidar de la progenie durante un periodo de por lo menos dos décadas tras la concepción y el nacimiento, por lo cual son mucho más cautelosas que nosotros en ese aspecto.

Claro está que los avances que ha producido la ciencia humana durante el último siglo –principalmente-, han modificado las cosas para nosotros, los humanos.

Dado que nuestra evolución se fundamenta en el perfeccionamiento de nuestra capacidad de raciocinio, los avances científicos tienden a producir efectos que se superponen a los de la naturaleza. Vivimos más años, en mejores condiciones que nuestros ancestros, nos allegamos de comodidades que –ahora-, hace tan sólo una década no existían y comenzamos a actuar de una manera que nuestros tatarabuelos considerarían irresponsable. Nuestra evolución es –pues-, cada vez más acelerada gracias a medios artificiales, más que a los medios convencionales de que nos dotó la naturaleza.

No es de sorprender que durante los cincuentas –incluso, desde los cuarentas-, comenzara a gestarse la liberación femenina, ni que hoy consideremos anacrónicos todos esos estándares de moralidad que nuestros padres se empeñaron en enseñarnos y que hoy utilizamos para formar a nuestros hijos. Se trata sólo del producto de esos avances que nuestra ciencia ha conquistado.

Sin embargo, el problema de fondo persiste. Aunque cortados de la misma tijera, hombres y mujeres respondemos de manera diferente a los estímulos. A nosotros nos impulsa el afán de perpetuar nuestra especie, a ellas les mueve el reconocer la responsabilidad que implica la crianza. Por eso ocurren las dificultades que surgen durante nuestra interacción. Simplemente, tenemos expectativas distintas.

Si eres hombre y logras desprenderte por un instante de la lógica masculina, comenzarás a darte cuenta de que no todo lo que consideramos correcto –como hombres-, realmente tiene sentido.

¿Qué te ganas con acostarte con la mitad de la población femenina si no eres capaz de comprometer tu responsabilidad al fruto de esa unión? ¿Por qué dañar a alguien que ha confiado en ti tan sólo para poder presumir con tus amigos de lo machito que resultaste? ¿Te has dado cuenta de que la raza humana comienza a comportarse como una plaga?

No me tergiverses. No estoy satanizando al sexo. De hecho, la verdad es que adoro el sexo, pero ya dejé de verlo como esa idea que nos venden a través de mensajes subliminales durante cualquier programa de televisión como un modelo de conducta deseable que debe definir nuestro perfil como género.

Al llegar a los cuarentas, comencé a ver a las mujeres como compañeras, más que como esclavas de mis ímpetus, empecé a percibirlas como aliadas, en vez de denigrarlas a la categoría de herramientas de mis instintos y fue así como llegué a valorarlas como el complemento que en realidad somos uno de otro.

Pero eso no ocurrió de inmediato. Hacía falta una experiencia más para llegar a comprenderlo del todo.

Aun cuando lo neguemos, todos los hombres de mi edad sabemos de primera mano el significado de la crisis de los cuarentas. Cuando alcanzamos esta etapa de nuestras vidas, al ver que nuestra vida se apaga, deseamos vivir una vez más –tan sólo una vez más-, la experiencia de disfrutar de los favores de una mujer a quién le doblamos la edad.

Es posible que ni siquiera lo hagamos a propósito, tal vez ni siquiera nos atrevamos a hacerlo, pero ese deseo asalta secretamente nuestra existencia sin poder evitarlo. A mí me ocurrió así.

Trabajando en uno de los múltiples proyectos en los que he colaborado, llegué un día a una empresa para la que desarrollaba software que ellos más tarde revendían. Allí conocí a Verónica, una hermosa jovencita que me atrajo precisamente por su radiante juventud y la espontaneidad de su inexperiencia.

Un amigo me dijo una vez que una ventaja de llegar a nuestra edad consiste en que uno puede ser mucho más abierto al interactuar con personas del sexo opuesto, prodigándoles halagos que ni siquiera llegarán a considerar como coqueteo. En todo caso, él me decía que cuando esto ocurre, lo más que puede suceder es que te consideren un viejito rabo verde.

Yo llegué a esta empresa para cumplir con una cita que habían acordado conmigo. Al entrar, fue ella quien me recibió. Me pareció una niña muy bonita y amable desde el principio, pero como no la conocía, guardé para mí esos pensamientos.

Me presenté ante ella y le dije para qué había ido. Ella tomó su teléfono y avisó de mi presencia a su jefe. Unos minutos después, él bajaba al recibidor para atenderme y fue entonces que me la presentó y me dijo que era su nueva recepcionista. Luego, subimos a su cubículo y atendimos el negocio que me había llevado hasta allí.

Tuve que ir varias ocasiones y la interacción entre Verónica y yo se limitó a saludarnos y realizar el trámite para ser recibido. Sin embargo, con el paso de los días fuimos rompiendo el hielo y comenzamos a bromear poco a poco.

Uno de esos días en que tuve que asistir a esas citas, la encontré muy guapa y –sin detenerme a analizarlo-, le pregunté si podía decirle algo personal y ella –con curiosidad-, aceptó. Le dije: “dios debió atravesar por una infinidad de problemas para crear la belleza, hasta que finalmente la creó a usted; sólo hasta entonces, dios pudo crear la belleza”.

Nunca he sido bueno para los piropos, pero eso fue lo único que se me ocurrió. Mi pobre cerebro estaba embotado tratando de asimilar la impresión que su manera de arreglarse me había producido. No es de extrañar que sólo eso se me ocurriera.

No obstante mi evidente limitación en estas lides, ella se sonrojó y a partir de ese día nuestra interacción comenzó a ser más atrevida.

Algo que nos ocurrió desde un principio fue que cada vez que nuestras miradas se cruzaban, había un sesgo de coqueteo en cada una de ellas. Reconozco que desde el primer momento yo le dirigí este tipo de miradas, pero lo que me resultaba sorprendente es que ella no sólo no se inmutara, sino que me correspondiera.

En nuestras continuas bromas, nos chanceábamos haciéndonos pequeños comentarios que desde el punto de vista de una tercera parte, podrían ser considerados como invasivos, incómodos, pero eran sólo bromas para medir la reacción del otro.

Ella era normalmente la que comenzaba y alguna vez sus comentarios llegaron a cruzar el límite de lo que consideraba el respeto que mi edad debía suponer, pero entendía que ella sólo estaba jugando y la dejaba hacer.

Poco a poco una amistad atípica fue surgiendo entre los dos. ¿Qué de típico puede tener una amistad entre una jovencita de escasos veintitrés años y un hombre de cuarenta y dos? Es decir, no es que la diferencia de edades sea un obstáculo para que se genere una amistad entre dos personas, pero si tal amistad se ve matizada por las características que tiene la amistad entre dos jóvenes de sexo opuesto de la misma edad, entonces es necesario reconsiderar un poco más las cosas.

En varias ocasiones la abrazaba o tomaba su mano mientras hablábamos y los coqueteos de una parte a la otra nunca faltaron. Era más bien así como podría definir esa extraña amistad: un continuo coqueteo entre los dos.

Las miradas, poco a poco fueron haciéndose más atrevidas, más cargadas de seducción y eso ocurrió de ambas partes.

Yo sabía muy bien que ella era sólo una niña y la verdad es que durante mucho tiempo limité las cosas a sólo ese nivel. Me sentía confundido; por un lado, sabía que se trataba de un juego peligroso en muchos sentidos; por otro, deseaba continuar jugando.

En realidad, muchas veces traté de imponerme límites a mí mismo, principalmente porque se trataba de una jovencita a la que le doblaba la edad. Procuré siempre portarme con respeto hacia ella, más que nada porque en verdad la respetaba.

Intenté sin cansancio asimilar que una relación más allá de la que teníamos era absurda. Nuestros intereses eran totalmente divergentes, nuestra manera de pensar y de asimilar nuestro entorno era distinta, a ella le asediaban los pretendientes de su misma edad y –además-, intuía que de iniciar una relación romántica con ella, las cosas sencillamente no funcionarían porque ella terminaría cansándose de mí. Pero la atracción que ejercía en mí era tan grande, que pensar en todo eso simplemente no importaba.

Cuando yo empezaba a dar muestras de un interés más formal en ella, ella me hablaba de algún nuevo novio. Entonces yo me reprimía y dejaba pasar el tiempo.

Muchas veces quise evitarlo, pero era un juego mutuo entre los dos y ninguno quería en realidad que el juego terminara.

Algunas veces, la razón se imponía y entonces yo me alejaba a propósito de ella, pero cuando había transcurrido algún tiempo, ella me buscaba. Me tenía totalmente confundido: si yo deseaba hacer más formal nuestra relación, ella simplemente colocaba barreras, pero cuando me alejaba, siempre era ella quien me buscaba. Yo no podía entender si me quería o no.

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