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Capítulo 13 – Emoções.

Conocí a Sol un amanecer. Recién había llegado a la Universidad para atender a mi primera clase. Crucé el patio de la Universidad hasta llegar a las canchas y ella se encontraba sentada en una jardinera.

Algo llamó mi atención de esa chica. Me pareció particularmente bonita. Alta, delgada, de rasgos finos y me pareció expectante, algo confundida, como si no supiera a dónde dirigirse; parecía esperar algo que no llegaba.

Las mejores cosas que llegan a tu vida siempre lo hacen cuando no las esperas. El día que la conocí, yo me había dado ya por vencido. Recién había dado por terminada una relación que no funcionó, como tantas otras en mi vida.

La ruptura por la que atravesaba fue dolorosa en un principio, pero no debido a la pérdida que significaba para mí, sino por darme cuenta que parecía seguir un patrón. Todas mis relaciones eran así. Al final, yo resultaba insuficiente para quien quiera que fuera mi pareja.

Comenzaba a creer que –tal vez-, las uniones románticas no eran para mí; quizá, yo no era alguien digno de ser amado, así que decidí que era suficiente. Después de todo, había llegado hasta esa etapa de mi vida valiéndome por mí mismo solamente. Nunca necesité la comprensión ni la ayuda de nadie y, a pesar de vivir rodeado de personas para quienes jamás tuve la más pequeña importancia, siempre salí adelante e hice realidad cuanto me propuse.

Era mi orgullo herido hablando. Era la manera en que mi ego lastimado se rebelaba. – Si no puedo lograr que alguien me acepte por ser quien soy, sin más, es mejor estar solo. No necesito a nadie. – Pensé.

La mañana en que conocí a Sol me hice una promesa a mí mismo al despertar. A partir de ese mismo instante, sólo me preocuparía por mí. Nadie más tendría cabida en mi vida.

Pero no puedes controlar los designios de tu corazón, ese maravilloso tirano que –sin la menor misericordia-, termina arrastrándote hacia nuevas catástrofes.

En cuanto la vi me supe enamorado, por más que mi cerebro intentase convencerme de que no era así.

Ya mencioné que ella me pareció una mujer de una belleza exquisita. Que percibí su apariencia física además de su actitud.

Sea dicha la verdad, era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. La clase de mujer con quien tenía miedo de interactuar.

Pero hubo algo más, algo que no se describe con palabras, pues no hay palabras suficientemente elocuentes para expresar en su justa magnitud el efecto de las emociones que una mirada furtiva puede producir.

Cuando nos enamoramos, no es de lo que vemos de lo que nos enamoramos. Para mí, Sol es la máxima expresión de la belleza que estoy dispuesto a reconocer, más sé que quizá para otros Sol no haya sido tan espectacular como yo la describí.

Eso es así porque percibí mucho más de lo que mis ojos me mostraron. Encontré a una mujer que despertó ternura en mi corazón, que lo hizo latir con una fuerza que nunca conocí. Descubrí a una mujer que –desde el primer instante-, me proyectó una conexión, aún sin saber de ella, aún si haber cruzado una sola palabra con ella. Fue un intercambio de ideas que ocurrió en medio de una mirada en la que vi a un ser humano que me hizo sentir su timidez, su necesidad de ayuda.

En realidad, cuando descubres a una persona que te impresiona con su aspecto, no es la apariencia física lo que te enamora. Es el cúmulo de emociones que te hace sentir lo que te atrapa. Puede ser que percibas a esa persona como lo más bonito que has visto jamás o, tal vez -sólo tal vez-, sea una persona que no tenga una apariencia espectacular, pero sin embargo y –a pesar de ello-, comunica sensualidad. La clase de sensualidad que embota tus sentidos y despierta en tu interior al animal sexual que llevas dentro.

Si fuera químico, diría que quizá es cuestión de feromonas. Siempre he preferido ser objetivo y esa explicación se me da mejor. Lo cierto es que la atracción que Sol provocó en mi fue irresistible.

Cuando la vi, lo primero que pensé fue que quizá era una estudiante de Derecho. No sé explicar con claridad porque tuve esa primera impresión. Quizá fue sólo que me pareció tener ese tipo.

Verás, durante el tiempo que me dediqué a enseñar en esa Universidad, me pareció que los estudiantes de cada carrera parecían tener una determinada apariencia. Quienes estudiaban Negocios –por ejemplo-, usualmente vestían a la moda y con ropa de marca, los Informáticos se distinguían por su apariencia de Geeks y era posible encontrar uno que otro Nerd, los Contadores  vestían de manera convencional, con ropa propia de una oficina, aunque rara vez elegante, los Abogados trataban de vestir con elegancia, pero se notaba en sus ropas su extracción humilde. Sé que parece elitista mi manera de clasificarles, pero era una práctica que surgió tras once años dedicado a trabajar con ellos. No puedo decir que esta clasificación haya tenido una utilidad práctica; sólo era mi parecer.

Precisamente eso vi en Sol. Una muchacha a todas luces humilde, tratando de verse bien. Pero lo que me atrapó fue su expresión. Era una expresión dulce que llenó de ternura mi corazón.

Sin embargo, seguí adelante. No me parecía ético involucrarme con una estudiante.

Con el paso de los días descubrí que ella no era en realidad una estudiante. Entró a trabajar en la cafetería de la Universidad y me la encontré allí diversas ocasiones.

Debo reconocer que cada vez que la veía, no podía evitar fijarme en sus senos. De hecho –debo reconocerlo-, fue lo primero que noté de ella. Si, lo entiendo; no hay manera de decirlo sin que suene perverso, pero es la verdad. Es lo más honesto que puedo ser.

Desde que supe que ella estaba en la cafetería, empecé a ir a este lugar con mayor frecuencia, sólo para verla y cruzar con ella únicamente las palabras necesarias. La verdad es que no encontraba el valor para hablar de algo más con ella, aparte de compartir con ella pequeñas bromas mientras compraba algo.

Una tarde, al terminar mis labores, subí al transporte público para regresar a mi casa. Al llegar al boulevard ella subió. El autobús iba completamente lleno y el asiento donde yo iba tenía un lugar disponible.

Aún no comprendo por qué, pero era habitual que –sin importar cuán lleno fuera el autobús-, nadie pidiera el lugar a mi lado, que iba vacío.

Vi a Sol y encontré el mismo semblante de timidez que vi en ella cuando la conocí. Sin más, me hice a un lado y le ofrecí el asiento. Ella me agradeció y lo tomó. No hubo mayor interacción.

Tan sólo unos pocos días después, en una de mis incursiones a la cafetería, le pedí un café a Sol y mientras me lo entregaba, le pedí que desayunara conmigo. Ella no accedió a desayunar, pero si a sentarse conmigo y comenzamos a platicar.

A partir de ese día fue frecuente que nos encontráramos en la cafetería y nos sentáramos a la misma mesa, yo desayunando y ella sólo contándome sobre ella.

Una tarde, de salida de la Universidad, la encontré esperando el autobús con un niño. Era su hijo. Cuando la vi pensé que quizá no era buena idea que nos encontráramos. Yo estaba empezando a enamorarme, pero me resistía a aceptarlo. Al ver al niño supe sin más que era su hijo, pero no fue el niño quien me hizo pensar en que no era buena idea encontrarla ahí y compartir el espacio mientras el autobús llegaba. Sin embargo, ya era tarde, ella ya me había visto llegar y muy posiblemente ella pensó exactamente lo mismo que yo.

No obstante, ambos nos resignamos; la alcancé, los saludé, el niño fue muy comunicativo conmigo y Sol aparentaba estar apenada. Yo me sentía bien con el niño y jugaba con él, aunque Sol se deshacía en disculpas.

Fue una de esas extrañas ocasiones en que o bien, sientes que ella buscó el encuentro –que en realidad fue fortuito, pero tu ego insiste en que hubo cualquier clase de plan-, o que las coincidencias confabulan contigo para llevarte a una situación de la cuál te sientes inseguro.

Llegó el autobús y los tres lo abordamos. Compartimos asientos contiguos y platicamos durante el trayecto.

A partir de esa tarde se volvió habitual para ambos encontrarnos y charlar en el autobús. De hecho, en más de una ocasión nos pusimos de acuerdo.

Uno de esos días visité a mi hermano y le conté sobre Sol. Le dije que estaba enamorado, que ella sencillamente me encantaba y que nunca me había sentido tan feliz. Entonces él me dijo algo que recordaré toda la vida: – Díselo. ¡Total! lo peor que puede suceder es que ella no sienta lo mismo.

El amor es una de esas cosas que insistimos en complicar innecesariamente. Nos encanta hacer difícil lo que es sencillo.

La razón por la que esto pasa es la fútil competencia entre nuestro corazón y nuestro cerebro. Mientras el corazón se entrega, el cerebro cuestiona. Mientras el corazón te lleva a actuar contra toda lógica, el cerebro te exige meditar tus acciones.

Como no se ponen de acuerdo, tú terminas confundido, sin saber cómo reaccionar, sin entender lo que ocurre. Por un lado, la intensidad de las emociones que produce tu corazón te insta a continuar hasta las últimas consecuencias; por el otro, el más frío raciocinio te detiene, previene todo posible curso de acción que tu corazón te invita a seguir.

Empiezas a cuestionar aspectos totalmente pragmáticos que nada tienen que ver con las emociones que sientes y te muestras indeciso. Deseas tanto hacerle caso a tu cuerpo, pero la razón se impone a través del miedo cuando ésta triunfa sobre los designios de tu corazón –al menos, las pocas veces que lo logra-.

La realidad es que amar es sencillo, pero aceptarlo así destruye seis mil años de una evolución cuyo resultado es la civilización en la que vivimos.

Si tan sólo actuáramos como dicta nuestro corazón, nos volveríamos irracionales, como el resto de los seres vivos que cohabitan nuestro planeta.

Nos sentimos tan orgullosos del lugar en el que nos ha puesto la evolución, que nos volvemos soberbios y creemos que dominamos la naturaleza, tan sólo para descubrir –al final-, nuestra propia infelicidad.

La lógica de las palabras de mi hermano fue totalmente incuestionable. Al menos así me lo pareció y decidí que al día siguiente se lo diría, palabra por palabra, exactamente como era para mí, sin importar lo que sucediera después. Al final de cuentas, ¿qué podía ocurrir sino que ella me aceptara o me rechazara?

Así que la mañana siguiente, cuando la vi, le pedí que se sentara conmigo, como ya era costumbre para ambos hacerlo y ya estando sentados, se lo dije, sin más. No niego que sentí una vergüenza indescriptible y que sentía un temblor interno que me hacía desmoronarme, pero decidí que simplemente lo haría.

- Usted me encanta – le confesé.

Ella bajo la mirada y sonrió.

- No sé qué decirle. – Me respondió.

- No tiene que decir nada. Sólo necesitaba decírselo. Me gusta mucho y no puedo ocultárselo más. – Le dije, tratando de minimizar el impacto que debió producirle mi confesión.

Quizá lo más prudente era cambiar de tema y yo tomé la iniciativa. Sin embargo, la semilla estaba plantada y sé que ella lo consideró porque –incluso-, ella misma me lo confesó tiempo después.

Contrario a mis más pesimistas estimaciones, ella no me retiró la palabra y continuamos frecuentándonos, aunque algo si cambió: ahora, cada tarde, habíamos acordado encontrarnos a la salida de la Universidad para esperar el autobús y abordarlo juntos.

Yo la acompañaba hasta la esquina de su casa a partir de entonces por mutuo acuerdo.

En realidad, tan sólo dos o tres días después de mi confesión, en una de esas ocasiones que la acompañe hasta la esquina de la calle donde vivía, hablamos un poco, por unos cuantos minutos y -al despedirnos-, se acercó para despedirse con un beso en la mejilla.

Fue el beso más maravilloso de mi vida, aún mejor que el primero, porque esta vez me lo había dado una mujer por quien yo había perdido la cabeza, a pesar de que sólo fue un beso en la mejilla. Poco me faltó para ponerme a bailar de la emoción.

Esos instantes de breve charla antes de despedirnos y el beso en la mejilla de la despedida se convirtieron en un ritual.

Un día, por fin aceptó salir conmigo fuera del trabajo. Acordamos encontrarnos en un parque y yo la esperaba ansioso, pensando que quizá se arrepentiría y no se presentaría, pero no fue así. Unos minutos después de que llegué pude distinguirla a lo lejos.

Fue la visión más hermosa que había tenido jamás. Luciendo  completamente bella, esbelta y alta, con el cabello suelto, cayendo en cascada sobre sus hombros, reflejando una absoluta seguridad en sí misma, con un andar sexy que ponía en evidencia sus atributos femeninos, amplias caderas y esos senos perfectos… sino estaba lo suficientemente enamorado, tan sólo eso bastó para no dudarlo más.

Por fin llegó hasta mí y me aproximé para besarla en la mejilla, como era nuestra costumbre, pero –esta vez-, ella me ofreció sus labios. Desconcertado, probé sus labios húmedos y no pude resistir la tentación de un segundo beso. Nos besamos largamente, sin importarnos la gente que nos rodeaba. Para ser sinceros, desde ese primer beso en la boca, los demás dejaron de existir para mí. Sólo éramos ella y yo.

Einstein explicaría la relatividad comparando entre sentarse sobre brazas ardientes durante un minuto y lograr que una chica hermosa se sentara sobre tus piernas durante un minuto. La duración del tiempo es la misma, pero en el primer caso, el minuto te parecería eterno. En el segundo, te parecería una fracción de segundo.

Mi explicación sería que –junto a Sol-, el tiempo dejaba de existir. Ella y yo nos transportábamos a una realidad alterna, donde el tiempo no existía, a un mundo en el que sólo existíamos ella y yo. El mundo podría haber sido destruido mientras duró ese beso y jamás lo habría notado.

Hablamos durante horas. Hacía ya un largo rato que el sol se había ocultado y la noche presumía ya las estrellas en un cielo limpio. Nos besamos muchas veces y acaricié su rostro y su cabello. Estaba completamente enamorado.

Ella era la mujer para mí. Ya no tenía más dudas en mi corazón. Esos instantes junto a ella me parecieron brevísimos. Yo deseaba estar junto a ella más que nada en el mundo, pero ella continuaba reticente a que la acompañara hasta su casa. Respeté su decisión.

Durante las semanas que siguieron, cada noche la acompañe hasta la esquina y cumplíamos nuestro ritual.

Un domingo, ella me llamó y me pidió que fuera a su casa. Yo ni siquiera lo dudé. Me aseé y me vestí lo más rápido que pude y salí para allá de inmediato.

Cuando llegué, me presentó a su mamá y conocí a su niña. Al niño ya lo conocía y, mientras ella realizaba sus labores domésticas, jugué con los niños y vimos televisión. Creo que está de más decir que estaba indescriptiblemente feliz.

En una de esas, la abracé y la besé. Ella recargada en la pared correspondió a mis caricias. Yo no pude más y llevé mi mano a su vagina. Ella sonrió, me besó y apartó mi mano. Luego, regresó a lo que estaba haciendo y me invitó a esperarla recostado en su cama.

Un rato después ella se acercó a mí y se recostó a mi lado. Seguimos besándonos y acariciándonos y –esta vez-, me permitió acariciar su vagina.

No sabría explicar mi encanto por su vagina, aunque me parece obvio. Sin embargo, no ocurrió nada más. Al menos no ese día.

Pronto fue ya costumbre que la visitara en su casa y en los ratos que ella dejaba su quehacer, se acostaba a mi lado y nos acariciábamos. Con el paso de los días, mi obsesión por su vagina nos llevó a caricias mucho más atrevidas. Ella me dejaba hacer y me permitía excitarla, sin que pasará de ese punto, hasta una noche en que le pedí que me permitiera verla desnuda.

Tímida al principio, accedió y comenzó a desnudarse. Verla desnuda fue la más maravillosa experiencia que había vivido en toda mi vida. Su cuerpo no era perfecto. Aquellos senos que me había parecido bien delineados desde la primera vez que la vi, ahora que los veía desnudos tenían las imperfecciones naturales que se pueden esperar en una mujer que ha tenido dos hijos y, no obstante, eran los senos más hermosos que había visto jamás.

No pude resistir. Me acerqué a ella y la abracé. La besé con delicadeza y –con la misma delicadeza-, recorrí su cuerpo entero en una caricia sin fin. Sobra decir que acaricié su vagina y lo hice hasta el punto de llevarla a un orgasmo. Nos besamos y acariciamos sin reservas hasta hacer el amor por primera vez. Después, tras desatar nuestra pasión, permanecimos largo rato acostados. Yo la abrazada y no dejaba de acariciar su rostro y su cabello. Ella, hablando, contándome cosas que habían ocurrido en su vida, mientras yo besaba dulcemente su mejilla o su hombro y continuaba acariciándola, escuchando lo que me decía y –en ocasiones-, intercambiando alguna opinión relevante.

A partir de esa noche, esa se convirtió en nuestra nueva rutina. Yo acudía a su casa, la dejaba realizar sus quehaceres; algunas veces me permitía ayudarle, en otras ocasiones jugaba con los niños y, cuando los niños se habían ido a dormir, ella y yo nos amábamos hasta que llegaba el momento de retirarme.

Una Noche Buena ella decidió ir a dormir a mi casa.  Tras la cena y organizar las cosas para pasar la velada, nos aseamos y nos encontramos en mi recámara. Yo comencé a desnudarla con la mayor delicadeza que me era posible, explorando sus formas, besándola, acariciándola.

Ya acostados, continué besándola mientras acariciaba su vagina. La pasión era incontenible y tras algunos minutos, ella alcanzó su orgasmo. Luego, empecé a recorrer su cuerpo con mis labios, besando cada centímetro de su piel. Besé con ternura sus senos y continué besando su estómago, hasta llegar a su vagina.

Fue una explosión de placer. Ella rodeó mi cuello con sus largas piernas mientras yo me afanaba besando su vagina. Encontré pronto su punto de máxima excitación y ella, incontenible, apretaba su vagina contra mi boca.

Yo la atraía hacia mí aferrado a sus nalgas, pero de pronto, mis manos subieron hacia sus senos. Ella gemía de placer y yo me excitaba aún más, hasta el momento en que el orgasmo llegó y me pidió que me detuviera mientras se reponía.

Entonces, yo continué acariciando su cuerpo, besándola e hicimos el amor. Ella sobre mí, yo dejándola disfrutar a su antojo.

Así pasamos esa Noche Buena y, cuando la calma volvió tras ese tornado de amor, dormimos abrazados yo, protegiéndola del frío, ella, exhalando su aromático aliento, tan cerca de mí, permitiéndome amarla.

Hay una diferencia sutil entre tener relaciones y hacer el amor. Sutil y –sin embargo-, suficientemente importante.

Tener sexo es divertido, te relaja, te pone feliz. Quizá tengas suerte y lo hagas con tu pareja por mutuo acuerdo, pero es sólo un acto que busca –ante todo- satisfacer una necesidad fisiológica.

En cambio, hacer el amor es un acto hermoso. No es tu satisfacción la que buscas, sino la de tu pareja. Te entregas para hacerla feliz, te importa poco si tú lo eres. Cada caricia, cada beso, tiene una misión y una sola: entregar felicidad a la persona que te acompaña.

No buscas satisfacer tus apetitos, sino los de tu pareja. Te esfuerzas tan sólo por la recompensa de saberla feliz.

Más aún, ni siquiera es necesario el contacto sexual.

Sé que a la mayoría de las personas lo que digo les parecerá extremadamente complicado. Muchos ni siquiera podrán entenderlo, pero hacer el amor es un acto que ni siquiera requiere del contacto físico.

Hacer el amor se trata de entregar felicidad y puedes hacer feliz a tu pareja de un billón de maneras distintas. El acto sexual que identificamos como hacer el amor es sólo una consecuencia propia de nuestra natural necesidad de reproducirnos, pero –en su más amplio contexto-, hacer el amor es entregarse física y espiritualmente a la persona amada, con el único objetivo de hacerla feliz.

Antes de comenzar, al encontrarnos en mi recámara, le pregunté a Sol si estaba segura, le dije que yo podía esperar, pero ella me acalló con un beso y yo supe en ese instante que no había más tiempo que esperar.

Por eso me esforcé por su bienestar, por ello me comprometí a buscar la satisfacción de sus sentidos antes de pensar en los míos… y fui feliz, mucho más feliz de lo que yo hubiera podido imaginar jamás.

Explico esto porque ella tenía miedo de quedar embarazada otra vez. Yo lo sabía y no deseaba arruinar su vida con un embarazo no deseado. No había preservativos y yo estaba plenamente consciente de que había límites que yo debía respetar.

Sin embargo, el que yo no pudiera disfrutar un orgasmo no representó nunca un problema para mí. Pero el que yo no pudiera llegar hasta el final no impedía que le regalara a ella mi esfuerzo para lograr que ella disfrutara el momento.

Todo lo que hice, lo hice para ella, no para mí y, sin haber satisfecho mis apetitos, fui feliz. Hacerla feliz me hizo feliz y, si llegas a comprenderlo, en ese sentido ella y yo hicimos el amor.

Fueron los mejores meses de mi vida. Ella me dijo muchas veces que yo tenía la capacidad de excitarla como nadie. Pero no fue suficiente.

Con el paso de algunos meses, ella comenzó a evadirme. Llegaron a pasar semanas sin vernos. Yo estaba desesperado, no tanto por la actividad sexual, sino porque no comprendía su alejamiento.

Pronto dejó incluso de hablarme y fue cuestión de tiempo para que nuestra relación terminara, de la misma manera en que comenzó: sin previo aviso, sin una explicación; sin más, ella ya no me permitía acercarme y, una noche, simplemente me dijo: – ¿Qué no entiendes que ya se acabó?

Tras esa ruptura pasaron por lo menos tres años de dulce agonía. Sentí que moría un millón de veces y, sin embargo, la esperanza de un re-encuentro me mantenía vivo.

Llegué a verla ocasionalmente a petición de ella, pero la reunión nunca ocurrió.

Poco a poco, la esperanza murió también y yo dejé de esperar.

Una noche, simplemente ya no pude más. Busqué sus fotos, sus cartas, todo cuanto tuviera una remota relación con ella y lo hice pedazos.

Se trató de un acto simbólico. Al romper todo vestigio de ella en mi vida, me forcé a mí mismo, no a sacarla de mi mente, eso definitivamente es imposible, sino a evitar pensar en ella.

Eliminé su número de mi celular. Fue un acto fútil ya que yo conocía su número de memoria y siempre podría marcarle, pero significativo para mí, porque era mi manera de suponer que no lo tenía y que nunca más podría llamarla.

Romper sus fotografías me impedía verlas por casualidad, aunque existe el pegamento y bien podría haber unido las piezas de nuevo.

Es decir, hice el tipo de cosas que se hacen durante un funeral, cuyo único objetivo es experimentar el duelo hasta el punto que el dolor extasíe nuestro ser, lo lleve a su cansancio y minimice futuras recurrencias de dolor.

En realidad, rezar, vigilar un cuerpo muerto durante toda la noche, cubrir un féretro con palada tras palada de tierra no sirve para otra cosa. Ni revivirá al muerto, ni nos ayudará a olvidarle tras darse uno cuenta que nunca más volveremos a convivir con él.

Sin embargo, el propósito del duelo es llevar nuestro propio dolor al límite con el fin de agotarlo. Nos insensibiliza y mengua el futuro dolor que podríamos sentir.

Destruir hasta el último vestigio de Sol en mi existencia cumplió ese propósito. Me permitió vivir mi propio duelo.

Fue así como finalmente salió de mi vida. Bueno, casi.

Hoy sé que la amo, que siempre la amaré, pero ya no la espero, ya no siento la necesidad de verla y sé que –si me lo pidiera-, jamás volvería con ella.

No obstante, sé también que la amaré hasta el último día de mi vida. Después de todo, ella ha sido la única mujer a la que he amado. Ella sigue siendo la mujer para mí, aunque no estemos juntos.

Quizá, en nuestra siguiente vida, nos re-encontremos y los sucesos que he descrito se repitan y vuelva la agonía del desamor y yo, con gusto la aceptaré una y otra vez, hasta el fin de los tiempos.

Sé que la amo porque, a pesar de mi egoísta deseo de no revivir una relación fallida, soy capaz de reconocer que su entrada en mi vida fue lo suficientemente importante como para estar seguro de que siempre estaré allí para ella, buscando su felicidad a costa de la mía, aunque nunca volvamos a estar juntos.

Cada evento que tiene lugar durante tu vida tiene un propósito. Nada ocurre por azar. Quizá, Sol represente el colmo de mi infelicidad, pero también representa la mayor felicidad que he experimentado a lo largo de mi vida.

Ella llegó a mi vida en el preciso instante en que me había dado por vencido, tan sólo para ayudarme a comprender que apartarme del mundo no es una decisión que yo pueda tomar.

Es cierto, haciéndole caso a mi cerebro podría forzarme a vivir alejado de los demás siendo infeliz a propósito, pero lo que mi razón me dicte jamás acallará las experiencias que mi corazón tenga para ofrecerme.

Nunca antes de Sol amé a ninguna de las mujeres que conocí. Había cariño, si, pero no puedo decir que amara a ninguna de ellas.

Con Sol fue algo natural. Con todas las demás tuve sexo, pero sólo con Sol hice el amor. Dejar a las demás –aunque algunas veces doloroso-, fue mucho más sencillo que dejar a Sol. Por ninguna mujer el dolor de la ruptura duró más de algunas semanas; en cambio, por Sol, viví una agonía de tres años.

Sólo recuerdo escasos detalles de cualquier otra mujer antes de Sol. De muchas ni siquiera recuerdo su nombre, en cambio, con respecto a Sol, recuerdo hasta el más mínimo detalle, atesoro una a una todas las emociones que despertó en mi, aún sonrío al recordarla acostada junto a mí, durmiendo mientras la abrazaba. Recuerdo el sabor de su boca, el olor de su aliento, la dulzura de su mirada, la tersura de su piel, la melodía en su voz pero –más que nada-, me sé completo, aun sin ella a mi lado.

Cuando puedas sentirte repleto en tu alma, con o sin esa persona que te provoca ese sentir, sabrás que le amas sin remedio y será una experiencia que durará el resto de tu vida.

 

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  1. Octubre 4th, 2012 at 08:22 | #1

    Siento la emoción en tus palabras como propia. Describes a la perfección infinidad de sentimientos vividos y marcas de manera maravillosa la tenue diferencia entre amar y desear. Te adoro!

  2. Octubre 4th, 2012 at 08:28 | #2

    Siento la emoción en tus palabras como propia. Describes a la perfección la marea de sensaciones que provoca el amor y marcas de manera muy visible esa tenue línea que separa al amor del deseo. Te adoro!

  3. admin
    Octubre 4th, 2012 at 15:22 | #3

    Muchísimas gracias. Tengo la impresión de que por lo menos contigo, si he cumplido mi objetivo de involucrarte en la historia hasta el punto que la vivas como si estuvieras allí.

  1. Octubre 4th, 2012 at 03:43 | #1
  2. Octubre 5th, 2012 at 03:21 | #2

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