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Capítulo 12 – Quien te cantará.

El proyecto que tuve que realizar en Estados Unidos terminó y yo tuve que regresar a mi país. Mei quedó atrás, como un maravilloso recuerdo… y permaneció así. Nunca más volví a saber de ella. Pero muchas cosas habrían de ocurrir tras mi regreso.

La situación económica no era la mejor, pero decidí que era tiempo de concretar esos planes que había mantenido en suspenso durante tanto tiempo de completar una carrera universitaria que había iniciado cuando aún estaba involucrado con Imelda.

No era que lo necesitara. Me había ido muy bien sin tener un título, pero en cierta manera era algo que me debía a mí mismo. Así que sin más, terminé mis estudios.

Nunca las cosas se habían vuelto tan complicadas para mí como mientras estuve estudiando. Tenía que administrar mi tiempo para atender mis estudios, al mismo tiempo que intentaba cumplir con mis obligaciones laborales.

Aunque fueron los años más difíciles de mi vida, también fueron los mejores. Es posible que mi único error durante esa época haya sido el no haber elegido una carrera distinta a la que ya tenía, pero fue un error que corregí al escoger mi maestría.

Verás, cuando finalmente decidí terminar mi carrera, tenía ya más de una década trabajando como desarrollador de software. Para entonces, dominaba lo que me interesaba, que era programar computadoras.

No es que estudiar una carrera relacionada con los sistemas estuviera del todo mal. Para ser honesto, aprendí muchas cosas que anteriormente no utilizaba porque las desconocía, como la administración de proyectos, la ingeniería de control y la inteligencia artificial, aunque durante mis años en Guadalajara la curiosidad me forzó a incursionar en este último campo. Aun así, la inteligencia artificial es una disciplina muy extensa y durante mis años en la Universidad aprendí muchísimas cosas nuevas -entre ellas-, una de mis más grandes pasiones: las redes neuronales artificiales.

El encanto que producía en mí esta materia era una mezcla de la fascinación que me hizo sentir el descubrir que se fundamentaban en modelos matemáticos que para un gentil –por no llamarme a mí mismo profano- en cuestiones de la matemática, resultaban extremadamente complejos y la magnífica capacidad de estas para aprender, para distinguir patrones y para reconstruir hechos a partir de sucesos aislados. Sin embargo, el interés que despertaban en mí las redes neuronales artificiales alimentó mi curiosidad y fortaleció mi determinación.

No entendía lo más mínimo de la matemática, pero aprendí. Si era esta la única brecha que me separaba de mi objetivo primario –que era comprender la construcción de las redes neuronales artificiales-, no permitiría –ni por un brevísimo instante-, que esta dificultad se convirtiera en un obstáculo para mí. Así que aprendí, porque no tenía elección; porque yo mismo me impuse como única alternativa aprender lo que quería a toda costa.

Verás, no se trata de ser más inteligente que los demás. No es una competencia. Para ser honesto, jamás me ha interesado ser más inteligente que otras personas.

Mi único motor a lo largo de toda mi vida, ha sido mi terquedad cuando decido que haré algo. Por eso aprendí a programar, lo cual –para ser sincero-, ha sido una de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida; por eso he realizado los proyectos que he desarrollado. Cuando me plantean un nuevo proyecto, normalmente lo hacen después de que han solicitado otras opiniones y les has respondido que es imposible.

Yo jamás he creído en lo imposible; pero siempre he creído en hacer todo aquello que me desafíe y –por sobre todo- aquellas cosas que disfrute haciendo. Desde lo más profundo de mi ser considero que superarse uno mismo, no significa otra cosa que ir más allá de tus propias limitaciones.

Jamás ha sido que yo sea más inteligente que el común de las personas de quienes me rodeo. La verdad es que tengo muchísimas limitaciones. Sólo es que para mí no hay un punto de retorno una vez que decido hacer algo.

Tus verdaderos límites están en tu mente.

El hecho de haber conseguido ese proyecto en los Estados Unidos, el haber conocido a Mei y –por encima de todo-, el que Mei entrara en mi vida de la manera en que lo hizo, modificó muchas cosas en mi vida.

Antes de todo esto, me importaba muchísimo lo que otras personas opinaran sobre mí; a raíz de ese proyecto, me di cuenta de que la única opinión que realmente es relevante, es la mía propia. Nada de lo que hice a partir de entonces habría sido posible si hubiera mantenido una mentalidad tan pobre como la que tenían antes.

¿Qué fue lo que modificó mi actitud entonces? La respuesta es una sola palabra: Imelda. Debido a todo lo que sucedió entre Imelda y yo, al final, terminé convenciéndome de que mi vida dependía totalmente de mí; aprendí que no podía permitirme la esperanza de depender de alguien más para poder ser feliz; comprendí que la felicidad no es una circunstancia, sino una decisión.

A pesar de todo lo malo que para mí representaron las mentiras de Imelda, al final, algo bueno surgió de todo esto y, es justo -para ella- admitir que lo que más me impulsó en este sentido fue mi más profundo deseo de olvidarla.

Pero uno de esos momentos que lo definen todo estaba a punto de tener lugar en mi vida cuando estaba a punto de terminar mi carrera universitaria.

Un día, mi cuñada me llamó muy espantada a la oficina y -en medio de un galimatías-, me hizo saber que mi papá se había caído y que no podían levantarlo. Para ser honesto, en esos momentos me molestó que interrumpieran mi trabajo por algo que -mientras la escuchaba luchando consigo misma por darse a entender-, me parecía una nimiedad. Después de todo… ¿por qué no lo cargaban?

Fue hasta que me dijo que había perdido el sentido y que no lograban reanimarlo que comencé a preocuparme. Sin avisar siquiera, dejé todo lo que estaba haciendo y abandoné el trabajo. Fui a buscar a un médico amigo mío antes de llegar a la casa y le hice acompañarme para atender a mi padre en caso de ser necesario.

Cuando llegamos, mi hermano y mi cuñada mantenían a mi padre medio sentado en el piso, delirando, como alucinando. Les ayudé a levantarlo y –cargándolo-, lo llevé hasta su cama y le recosté. Luego, dejé que el médico hiciera su trabajo mientras esperaba con mi hermano y mi cuñada el diagnóstico en la sala.

Tras varios minutos el médico salió y nos informó abiertamente que él consideraba que de ésta mi padre ya no podría recuperarse. Nos indicó que –desde su punto de vista-, mi papá moriría en los días siguientes y nos sugirió que lo mejor para él era dejarle morir en su casa.

Creo que comprendes que el diagnóstico del médico era simplemente inadmisible y que –aunque vana-, la esperanza te obliga a creer contra toda lógica. Tanto mi hermano como yo decidimos que llamaríamos una ambulancia y le llevaríamos al hospital del ISSSTE para que le atendieran.

Cuando llegó la ambulancia y subieron a mi padre, los paramédicos nos informaron que sólo podrían dejar subir a uno de nosotros para acompañar a mi padre hasta el hospital y como yo era el más robusto y podría ayudarles a cargarlo de ser necesario, mi hermano y yo decidimos que lo mejor era que yo acompañara a mi papá en la ambulancia.

Recorrimos las calles de la ciudad durante algunos minutos, hasta llegar al hospital. Cuando lo hicimos, bajé de la ambulancia y permití a los paramédicos hacer su trabajo, pero me pidieron ayuda para bajar la camilla en la que yacía mi padre. Al momento de ayudarles a bajarlo de la ambulancia vi su rostro y lo que vi fue desgarrador.

Todavía hoy no soy capaz de explicar objetivamente lo que aconteció, pero puedo asegurar que al ver su rostro vi la muerte en él. En ese momento supe sin lugar a dudas que este era el inicio del fin y un terrible dolor hizo añicos mi corazón.

Quizá te inclines a pensar que es natural que sintiera dolor por lo que le estaba ocurriendo a mi padre y –efectivamente-, algo había de eso; pero era mucho más complejo.

Cuando era niño, compartí muchísimos eventos de mi infancia al lado de mi padre. Para mí era imperativo estar a su lado y pasaba largos ratos en su oficina, mientras él trabajaba. Yo jugaba, escuchaba su música, a ratos le interrumpía con mis infantiles comentarios o me ponía a examinar sus libros. No importaba en realidad lo que hiciera; lo único que quería era estar con él.

Al llegar a la adolescencia las cosas comenzaron a cambiar para mí. Le respetaba, pero me avergonzaba que me llamara niño delante de mis compañeros y sentía que la tierra me tragaba cada vez que me regañaba.

Después, cuando me mandó a Irapuato a estudiar computación, de alguna manera comencé a odiarlo. Ni siquiera recuerdo el motivo de mi alejamiento; sólo sé que dejé de buscarle y no le hablé durante muchos años, a no ser que fuera para lo más elemental.

De pronto, ese resentimiento inexplicable cedió ante la inminencia de una muerte que yo ya presagiaba con sólo ver su rostro. No era culpa; sí me sentía culpable -debo admitirlo-, pero no era este el causal rector de lo que sentía. Más bien, supe que todos esos años de alejamiento jamás tuvieron el sentido que yo les di. Me di cuenta de que había desaprovechado maravillosos años a su lado, por una estupidez de la que ya ni siquiera me acordaba. Por eso fue tan doloroso para mí.

Una vez que lo registraron y lo acomodaron en su cuarto, me quedé en el hospital a esperar a mis hermanos. ¡Todavía tenía la intención de regresar al trabajo!

Mientras esperaba, llamé a la oficina para notificarles dónde estaba y me dijeron que atendiera a mi padre, que no regresara ese día y que cuando pudiera volviera. Fue bueno que tuvieran esa consideración hacia mí en esos momentos.

De pronto, no pude más y comencé a llorar desconsolado. Continué ese interminable llanto por horas. Hacia el mediodía llegaron al hospital un par de compañeras del trabajo y me encontraron así, llorando.

Sin poder contenerme les conté lo que había visto cuando le bajé de la ambulancia y de esa convicción -que no me abandonaba-, de que estaba presenciando sus últimos momentos. Ellas intentaron convencerme de que no fuera tan negativo e insistieron en que mi padre mejoraría. Me acompañaron en los momentos más difíciles de mi vida.

Hacia la tarde, ya habían estabilizado a mi padre y lo tenían en un cuarto. Mis hermanos y yo nos organizamos para rotarnos la vigilia mientras permanecíamos al tanto de las noticias sobre la suerte de mi padre. Como pudimos, nos organizamos para continuar con nuestras actividades cotidianas.

Lo que le había acontecido a mi padre tuvo un efecto difícil de describir. Nos unió como familia. Mis dos hermanas mayores eran en realidad mis medias hermanas. Eran hijas de otro señor que abandonó a mi madre y mi papá las adoptó como suyas al casarse con mi madre.

Ellas siempre afirmaron que mi padre no las quería, pero yo tenía una visión diferente por muchos pequeños detalles que ellas jamás conocieron.

Naturalmente, yo supuse que ellas se mantendrían alejadas, pero no fue así. Contrario a lo que suponía, este trágico evento nos unió a todos en una causa común. Ellas estaban tan preocupadas por mi padre como los que éramos sus hijos naturales.

Pasaron algunos días y mi padre, aunque seguía con sus delirios, parecía un poco mejor, pero no se reponía. Ya ni siquiera se mantenía consciente.

Llamamos a los hermanos de mi padre. De alguna manera sabíamos que él moriría, pero mis hermanos –principalmente- y los hermanos de mi padre, mantenían la esperanza de que sobreviviera.

Yo fui asimilando la realidad poco a poco, desde ese maldito instante en que vi la calavera de la muerte superpuesta sobre el rostro de mi padre.

Alguno de los tíos sugirió llamar a un sacerdote para darle la extrema unción y yo me hice cargo de ello. De hecho, yo era el único que estaba –digamos-, preparado para lo que tenía que ocurrir.

Fue por esos días que terminé mi carrera. Mis hermanas y yo asistimos a mi ceremonia de graduación y –tan pronto terminó-, fui con mi certificado y un diploma provisional que te dan durante la ceremonia al hospital, dónde todavía mantenían a mi padre bajo vigilancia médica.

Arreglé que me permitieran entrar a su cuarto. Lo hice solo. Cuando estuve frente a él, sin poder contener mi llanto, sin siquiera saber si podía entender lo que le decía, le mostré mi certificado y el diploma y –sollozando-, le informé que acababa de terminar mis estudios.

Hacerlo me hizo sentir como el verdugo que le conduciría al patíbulo, a su muerte anunciada. Verás, poco antes de morir, mi madre empezó un día a decir que ella moriría cuando viera a sus hijas –mis dos hermanas mayores-, terminar su carrera y titularse. De hecho, mi madre murió después de que esto ocurrió, cuando ellas ya estaban colocadas en sus trabajos.

Tal vez mi padre quiso imitar ese gesto de mi madre y anunció que él moriría cuando todos sus hijos se hubieran graduado de sus respectivas carreras.

Todos mis hermanos menores lo habían hecho. Sólo faltaba yo.

Por eso me sentí como si estuviera firmando su sentencia de muerte cuando fui a notificarle que me acababa de graduar.

Sé que fue algo circunstancial, que ni siquiera tiene una validez empírica para explicar su muerte, pero no pude evitar sentirme así, como su verdugo. Sin embargo, también sabía que –de comprender lo que le estaba diciendo-, eso le dejaría irse en paz.

Esa misma tarde yo me encontraba en mi cuarto, alejado de todos, sufriendo en silencio lo que le pasaba a mi padre, mientras la mayoría de mis hermanos y mis tíos estaban afuera, en el comedor. Mi hermano y mi cuñada –los que me avisaron de lo que le pasó a mi padre-, se habían quedado en el hospital al pendiente.

De pronto, mi hermana entró muy asombrada a mi cuarto y me dijo que algo muy extraño había pasado. Me contó que todos ellos, desde el comedor, vieron que ya se había hecho de noche y –sin más-, de pronto se volvió a hacer de día. Yo me reí, pero ella me juró que era cierto lo que me decía y me dijo también que todos ellos pensaban que era una señal de que mi padre se iba a componer.

Pesimistamente, yo lo tomé como una señal de que todo terminaría ese mismo día.

Emocionados como estaban, propusieron ir al hospital para ver a mi padre, además de permitir que mi hermano y su esposa se fueran a descansar y comieran algo. Yo me les uní.

Estuvimos unas horas en el hospital y mis hermanos –emocionados-, aun mantenían la esperanza de una mejoría que nunca llegó. Yo me atreví a decirle a uno de ellos que no pensaba igual y que consideraba que todo terminaría esa misma noche, pero creo que a él le ofendió mi comentario, de manera que mejor me callé.

Un rato después, nos organizamos para pasar la velada. A mí me pidieron que me fuera con los tíos al departamento de mi hermana, dónde dormiríamos. Así lo hicimos, pero no había ni siquiera transcurrido una hora desde que llegamos, que mi hermano menor nos llamó desde el hospital para informarnos que mi padre acababa de morir.

Los tíos y yo regresamos al hospital. Mis ojos ya estaban secos, pero aunque no podía expresarlo con lágrimas, el dolor carcomía mi corazón desde adentro.

Entré al cuarto con mi hermano y entre los dos vestimos a mi padre. Luego, uno de los enfermeros nos indicó que debíamos sacarlo de allí por el patio, porque la escena podía ser muy dura para los demás pacientes. Obedecimos y cuando lo llevamos a dónde nos indicaron que lo hiciéramos, mi hermana se acercó a mí y me indicó que yo debía hacerme cargo de todos los trámites. Ella dijo que mis hermanos estaban destrozados y que tanto ella, como mi otra hermana mayor, no eran sus hijas, así que no les correspondía, pero a pesar de esa lógica cruel que ella decidió aplicar, la realidad de las cosas era que ambas, sin ser sus hijas, estaban tan destrozadas por dentro como lo estábamos nosotros.

Yo asumí el papel que me asignaron a regañadientes. No estaba preparado para asumirlo. No sabía ni por dónde empezar, pero era cierto. Mis hermanos, todos, los naturales y mis medias hermanas, estaban completamente destrozados. Si acaso, yo tuve la ventaja de que comprendí su destino desde el mismo momento en que ayudé a bajarlo de la ambulancia.

Una vez que hube arreglado su funeral, me hice acompañar de mi tío en un casi inútil intento de conseguir que un cura dijera unas palabras en honor de mi padre. ¡Nunca había odiado tanto la religión como durante esta cruzada!

Recorrí junto a mi tío la ciudad entera, a pie, intentando convencer a un sacerdote de que fuera a la funeraria a decir unas palabras para mi padre, pero todos se negaban rotundamente.

Con el peso de la derrota, regresamos a la casa pero, durante el trayecto, pasamos frente a un templo y le pedí a mi tío que me dejara hacer un último intento. Él –resignado-, entró conmigo al templo y juntos buscamos las oficinas de este. La puerta estaba abierta y el cura estaba con alguien. Le esperamos hasta que se desocupó y le pedí que me atendiera.

Cansado como estaba y decepcionado de la respuesta que los representantes de una religión en la que yo ni siquiera creía, pero que había sido el aliento rector de la vida entera de mi padre, le dije al cura lo que necesitaba y le advertí sin la menor sutileza que yo no creía en esas cosas, pero que tenía en la casa a los hermanos de mi padre, que eran católicos empedernidos, creyentes de hueso duro de roer y que me encontraba profundamente decepcionado gracias a todas las negativas que había recibido antes de llegar allí. Le hice ver que no podía comprender sus negativas, que estaba dispuesto a pagarles lo que me pidieran y que la razón por la cual me sentía decepcionado, era porque suponía que ellos estaban para inyectarle fortaleza a la gente en sus momentos más amargos y que –desde mi punto de vista-, gracias a todas las negativas que había recibido, ninguno de ellos estaba realmente cumpliendo su cometido.

Él me escucho atento y me explicó que ninguno de ellos tiene permitido oficiar misa fuera del templo. Yo jamás pude comprender por qué. Sin embargo, me ofreció asistir a la funeraria y decir unas palabras en honor de mi padre. Le pregunté cuánto debía pagarle, pero me dijo que no era necesario más que si lo deseaba, podía hacer un donativo para la iglesia.

Debo admitir que quizá fue la desconfianza, pero en ese momento sólo deposité en una de esas alcancías que colocan en los templos unos cuántos billetes, tratando de que el cura no viera de qué denominación eran. No lo hice por codicia, lo hice porque no sentía confianza de que el cura cumpliera su palabra.

Más tarde, el cura llegó a la funeraria y cumplió su promesa. Al terminar, me le acerqué y le expresé mi más profundo respeto por mantener su palabra y mi agradecimiento por haberlo hecho y, sin permitir que se negara, le entregué en mano una importante cantidad.

Quizá a la vista de otros, eso haya sido el equivalente a sobornar a la policía de dios. Aunque nadie me lo crea, para mí fue simplemente que estaba muy agradecido con el cura por haber atendido mi súplica a pesar de que le dije exactamente lo que pensaba de ellos sin meditar las palabras que escupía.

Al otro día enterramos a mi padre y sus hermanos se expresaron muy agradecidos conmigo por la manera en que todo había resultado.

Yo no sé si sólo estaba expiando mis culpas por haberle retirado la palabra durante tantos años, ni sé si fue sólo remordimiento por mi reprobable actitud, ni puedo afirmar con certeza que realmente me dolía su muerte y deseaba darle –aunque sea-, un entierro digno, en agradecimiento de lo que pudo darme dentro de sus muchas limitaciones a lo largo de toda su vida. Sólo sé que todo cuanto hice por él en su muerte, fue mi manera de expresar que –a pesar de todo- fue una de las personas más significativas de mi existencia.

Cuando todo eso pasó, ya no pude controlarme más y lloré todas las lágrimas que tuve que reprimir sobre el hombro de mi tío. Ese tío moriría en los meses siguientes y -un mes después-, le seguiría una de mis tías.

Una noche, después de que mis tíos regresaron a sus casas, mi hermano y yo estuvimos revisando las pertenencias de mi padre y yo encontré una agenda del año preciso en que yo nací. No había anotaciones en ella, salvo una sola, exactamente en el día de mi nacimiento. Decía “Este día nació mi calci”, como él solía llamarme. Ese fue el momento en que realmente comprendí cuánto había yo significado para él.

* * *

Los meses actuaron como un anestésico que mitigó mi dolor. Todos regresamos a nuestra vida normal. Yo comencé a enseñar en la misma Universidad en la que estudie e inicié una maestría.

Esta vez, decidí que mi maestría no estaría relacionada para nada con la informática y escogí una maestría enfocada a los negocios.

Pero la enseñanza no me alejó de mis actividades previas. De hecho, acepté enseñar porque lo visualizaba como un principio fundamental que debía asumir; era mi manera de retribuir a la sociedad por lo mucho que yo había obtenido. Sin embargo, continué con mis actividades y –por lo menos en parte-, mi decisión de realizar una maestría enfocada a los negocios tenía que ver con dichas actividades.

En alguno de mis proyectos tuve la oportunidad de conocer a Rossana, una hermosísima italiana que había llegado al país para colaborar en una de las empresas a las que atendía.

Hicimos click de inmediato. Ocurrió porque alguien le reprendía por un error que aparentemente cometió y yo, más por aclarar las cosas que con una intención diferente, la defendí. A partir de ese momento, ella comenzó a buscarme con mucha insistencia.

Rossana era muy simpática. Siempre me hacía reír y me gustaba mucho pasar tiempo con ella. Si hubiera sido hombre, se habría convertido en mi mejor amigo, pero era mujer y era una mujer notablemente hermosa.

Sin embargo, no era ese el tipo de atracción que yo sentía por ella, aunque ella si sentía ese tipo de atracción hacia mí. Supongo que el haberla defendido tuvo mucho que ver con que las cosas resultaran así.

Con el paso de los meses no hicimos inseparables. Andábamos por todas partes juntos, incluso, muchas veces iba a su casa y veíamos alguna película o escuchábamos música mientras platicábamos abrazados. Algunas veces nos acariciábamos con caricias inocentes y quizá alguna vez llegamos a besarnos, pero nunca pasamos de ahí.

No habría representado un enorme sacrificio para mí. Si lo analizas, era una italiana muy hermosa, muy inteligente, divertida y que estaba completamente loca por mí… pero yo no podía amarla. Sólo… la estimaba muchísimo. Podría decir que se trataba de un amor puramente platónico el de nosotros.

Con el tiempo, ella regresó a Italia y fuimos comunicándonos cada vez menos. Muchos años después, recibí una llamada de ella diciéndome que aún me extrañaba, pero yo no pude decirle lo mismo.

 

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