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Capítulo 11 – More than a woman.

Las cosas mejoraron para mí con el transcurso de los años. La empresa en la que conocí a Imelda me invitó a participar en un proyecto internacional algunos años después. Durante poco más de un año tuve que viajar de continuo a los Estados Unidos. Distribuía mi tiempo entre Irapuato, Nueva York y Boston.

En ocasiones, debía permanecer fuera del país durante semanas y fue durante una de mis estancias en Boston que conocí a Mei, una bonita mujer asiática que formaba parte del equipo de trabajo.

Al principio, Mei hacía todo por evitarme. Confundido, yo supuse que me odiaba y comencé a evitarla también. Sólo nos hablábamos para asuntos relativos al trabajo.

Con mis demás compañeros todo fue mucho más fluido. Uno de ellos, John, se convirtió en mi más cercano amigo. Era increíble la cantidad de afinidades que compartíamos.

Cuando lo conocí, de buenas a primeras se presentó como el pinche gringo, como suponiendo que yo tenía algún tipo de conflictos raciales. La verdad es que me incomodó un poco que se presentará así, pero me cayó bien desde el primer momento, así que me sentí con la confianza para hablarle sobre la incomodidad que me había provocado y él –lejos de molestarse por mis comentarios-, se mostró mucho más amigable conmigo desde ese momento.

John y yo usualmente viajábamos juntos, tanto dentro de los Estados Unidos como cuando veníamos a México. Nuestro trabajo así lo exigía y esta circunstancia facilitó el desarrollo de nuestra amistad.

John tenía una incontrolable afición a buscar amigos millonarios. Yo no lo era y en verdad me extrañaba que aun sin ser un millonario él se empeñara en conservar mi amistad.

Un fin de semana, me dijo que uno de sus amigos le había invitado a Miami y que él iría con su novia. Como su amigo no le puso ninguna clase de restricciones –según me contaron ellos para animarme-, me pidió que fuera con ellos. También me dijo que su novia me había arreglado una cita a ciegas para que yo no fuera solo. Me advirtió que no conocería a mi cita sino hasta el siguiente día, en que abordaríamos el avión privado de su amigo, pero que tanto él, como Adele –su novia-, consideraban oportuno que les aceptara una cena para ponerme al tanto de las expectativas de mi cita, con tal de que no la hiciera sentir incómoda.

Fue una velada deliciosa, no sólo por la comida sino por el excelente momento que me regalaron. Adele era una mujer entrada en los treintas, como todos nosotros en esa época, rubia, de hermosos ojos azules, y muy inteligente y divertida.

En realidad, los tres nos llevábamos excelentemente desde que nos conocimos, aun cuando yo conocí a Adele unas semanas después de haber conocido a John.

Ambos bromeaban mucho conmigo y yo les retribuía. Pasar el tiempo con ellos era disfrutar de instantes memorables que se llenaban de carcajadas mientras duraban.

Durante esta velada, Adele me informó que no había escogido a mi cita al azar; me dijo que –de hecho-, decidió invitarnos porque sabía que ella estaba interesada en mí, pero era muy tímida como para hacérmelo notar. Yo simplemente externé mi confusión disfrazada de modestia.

Le pregunté muchas cosas sobre mi cita, intentando averiguar de quién se trataba, porque si algo era evidente era que yo ya le conocía, pero no atinaba a suponer de quién se podría tratar. Sobra decir, que Adele resistió férreamente todos mis inquisitivos intentos.

Me hizo saber –eso sí-, que ella estaba segura de que yo me pondría muy contento al descubrir quién era mi cita, porque intuía que a mí me ocurría lo mismo que a ella. Yo quise suponer que se trataba de Mei, pero simplemente era demasiado bello para ser verdad.

De hecho, mi alternativa era Natale, una hermosa morena de ojos verdes y cabello castaño de ascendencia italiana que no perdía oportunidad para coquetearme.

Tengo que admitir que -en mi interior-, deseaba con vehemencia que fuera Mei, pero no me parecía lógico porque –como ya lo indiqué-, suponía que ella me odiaba.

No era que Natale no me gustara -de hecho-, me gustaba mucho, pero mi interés en ella era puramente sexual, motivado –principalmente-, porque sus frecuentes coqueteos me hacían suponer que sería una conquista muy sencilla. Precisamente era esto lo que le restaba valor. Yo ansiaba el desafío.

Además, no sé si se debía al notorio rechazo de Mei hacia mí o –lo más probable-, porque admiraba su maravillosa inteligencia, Mei provocaba terremotos en mi ser con una sola mirada.

Ese aire de misticismo asiático, su profesionalismo y su innegable capacidad para crear soluciones creativas, sin mencionar su belleza y sencillez… ¡me tenía completamente trastornado!

No me quedó más que resignarme a esperar hasta la mañana siguiente para descubrir a mi cita. Mientras tanto, la velada transcurrió entre las risas que nuestras continuas bromas provocaban y mi día terminó con un muy agradable sabor de boca.

A la siguiente mañana –el sábado-, John pasó muy temprano a recogerme al hotel y de allí nos dirigimos al aeropuerto. Adele no iba con él. Ella había quedado de encontrarse con mi cita para llevarla al aeropuerto de manera que nos encontraríamos allí.

Hice un último intento por sacarle la verdad a John, pero Adele lo había aleccionado muy bien, así que fue completamente inútil.

Por fin llegamos y –a lo lejos-, descubrí a Adele, pero no veía junto a ella a mi cita. Me pregunté qué habría sucedido.

John y yo la alcanzamos y ella –sin más-, me preguntó si estaba listo para conocer a mi cita. Impaciente le dije que sí y me pidió esperar unos segundos más, mientras iba por ella.

Al parecer John tenía instrucciones de distraerme y las siguió fielmente. Nunca me permitió voltear hacia el lugar por el que había desaparecido Adele. Cada vez que intentaba voltear, John reclamaba mi atención.

Finalmente, la mano de Adele se posó sobre mi hombro invitándome a voltear y fue el preciso momento en que la más encantadora sorpresa inundó por completo mi corazón.

No pude evitar sonreír con una franqueza que delataba mi alegría. Frente a mí estaba Mei. La sorpresa me paralizó y me mantuve balbuceante por algunos segundos, pero me recuperé y comencé a conversar con Mei.

Cómplices de esta cita a ciegas tras haber realizado la función de una Celestina, John y Adele nos dejaron solos y fue así como Mei y yo aprovechamos cada segundo que nos regaló ese hermoso fin de semana para conocernos.

Al caer la noche del sábado, Mei y yo caminábamos por la playa bajo la luz de la luna y yo, franco como siempre he sido, le confesé que me sentía confundido. Le confesé que yo pensaba que ella me odiaba y que si me mantenía alejado era porque la admiraba tanto que no quería incomodarla.

Eso pareció halagarla, pero bajo la mirada con timidez, sin responder a la pregunta tácita que flotaba en el aire desde que le confesé lo que sentía. Pude, sin embargo, notar que una sonrisa tímida se escondía en su rostro cabizbajo. Entonces, la tomé por la mejilla y con indescriptible esmero, levanté su rostro atrayéndola hacia mí.

Observé sus ojos, mientras ella adquiría confianza y le regalé la más dulce sonrisa que pude, invitándola a no temer. Nuestras miradas se encontraron con vehemencia y el tiempo se detuvo.

Quizá fue la inercia o el inevitable llamado de una dulce pasión que emergía tras haberse visto contenida durante largos meses. Nuestros labios se tocaron en una maravillosa caricia que poco a poco, muy lentamente, fue perdiendo la decencia.

No dormimos juntos esa noche y –en realidad-, nunca sucedió. Ambos lo deseábamos, pero no sabíamos qué futuro podía tener esa relación. No sé cómo fueron las cosas para ella, pero yo sentía un profundo respeto hacia Mei.

No es que ni por un instante supusiera que hacer el amor con Mei hubiera significado que dejara de respetarla. En lo absoluto. Más bien era que sabía que algún día yo tendría que regresar a mi país y continuar con mi vida normal, mientras Mei se quedaría allí, en Boston y que tendría que hacer su vida sin mí.

Existía no obstante la posibilidad de mudarme permanentemente a los Estados Unidos, pero no era eso lo que yo deseaba para mí y Mei tenía una prometedora carrera que había iniciado mucho antes de conocerme. No podía pedirle que la truncara por mí, aunque sé que lo habría aceptado si se lo hubiese pedido.

Los meses siguieron su curso y nuestra relación se convirtió en la más hermosa que yo había podido vivir hasta entonces. Hoy, sigo sintiendo como mi corazón se agita con fuerza al pensar en Mei; una alegría infinita asalta por completo mi ser cuando su imagen se adueña de mis pensamientos.

Quizá la principal pregunta para mí sea si alguna vez me he arrepentido de no haberlo dado todo por estar con Mei. La respuesta es muy difícil.

Aunque Mei realmente cambió casi todo en mí, algo en mi interior sigue haciéndome sentir convencido de que no era ella la mujer de mi vida.

No me malinterpretes. Quise muchísimo a Mei. Recordarla es revivir los más maravillosos momentos de mi vida, pero ni ella ni yo estábamos dispuestos a abandonar aspectos importantes de nuestras vidas tan a la ligera.

Si se lo hubiera pedido, ella habría venido conmigo y quizá, una vez que la magia se acabara, me reprocharía por haber influido en que su carrera se truncara.

También podría yo haberme quedado en los Estados Unidos, pero jamás me sentí a gusto en ese país. Extrañaba mi patria cada vez que iba. No veía el momento de regresar. Me sentía solo, alejado de todas aquellas cosas que me hacen mexicano y, por mayúsculas que fueran mis ambiciones profesionales, había valores mucho más grandes para mí que nada tenían que ver con el dinero o un más alto estándar de vida.

Digamos –para expresarlo de la manera más sencilla posible-, que tanto ella como yo sabíamos que el otro estaba dispuesto a sacrificar cosas por concretar nuestra unión, pero también comprendíamos que el precio era demasiado alto. El amor –después de todo-, no era tan fuerte.

Hoy, Mei, es el más dulce de mis recuerdos. Pero sólo es eso. Me faltaba una infinidad de momentos por experimentar aún.

 

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