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Capítulo 09 – Cóncavo y convexo.

Decidir quedarme fue sencillo; lo que no fue sencillo fueron los meses siguientes, en los que todo parecía ser tan complicado. Pasé semanas buscando trabajo, hasta que un día regresé al instituto en el que había cursado la carrera técnica y pedí mi antiguo trabajo.

El dueño no parecía muy conforme al principio. Me alegaba que no podía pagarme el sueldo que tenía en Guadalajara, pero al verme dispuesto a aceptar un salario menor, terminó cediendo.

Esta vez debería dividir mis labores entre Salamanca e Irapuato, al menos durante un tiempo. En realidad, sólo tuve que acudir a Salamanca por unos meses y luego me quedé definitivamente en Irapuato.

Durante el tiempo que di clases en Salamanca conocí a una joven muy atractiva llamada Jaqueline. En cuanto a su personalidad, era muy parecida a Adriana. Era una mujer alta, de un cuerpo muy bonito y unos labios muy sensuales.

Era una persona muy extrovertida y yo me sentía muy atraído a ella,  más porque despertaba mi lívido, debo admitir. En realidad, tengo que confesar que no era amor lo que sentía, sino deseo.

Ella me parecía muy agradable, pero la experiencia que había tenido con Adriana me impidió suponer que tendría una oportunidad con ella. Además, comenzaba a ver que no era buena idea mezclar mis asuntos laborales con mis aspectos afectivos, así que intenté arduamente mantenerme objetivo.

Cuando tuve que volver a Irapuato, de pronto, ella comenzó a buscarme allí. En varias ocasiones nos encontramos y me pedía que le explicara cosas.

Una mañana, como ya era su costumbre, fue a buscarme y esperó a que terminara mi clase. Estuvimos alrededor de una hora trabajando en sus dudas. No sé qué se me pasó por la mente cuando, al despedirse, la llamé pidiéndole que esperara. Ella volteó hacia mí y pudo ver como la miraba absorto. Entonces me preguntó que quería decirle y –sin más-, le dije que me encantaba.

Aun no comprendo que sucedió. Me había hecho la promesa a mí mismo de que me mantendría al margen. Además, sabía que no era una relación con ella lo que buscaba, sino sexo.

A esa edad ya había tenido suficientes aventuras superficiales como para no desear involucrarme en una más y no estaba seguro de realmente querer tener una aventura con ella.

Por otro lado, no deseaba verme envuelto en chismes por andar con una alumna mía. Simplemente, por lo difícil que habían resultado las cosas para mí cuando decidí quedarme en Irapuato, tenía mucho que perder si el dueño de la escuela se llegaba a enterar, pero fue algo que no pude evitar.

En adición a todo esto, sabía que aunque en realidad sentía una fuerte atracción hacia ella –más que nada por su físico encantadoramente femenino-, lo mío era sólo deseo y tenía muy claro que iniciar cualquier cosa con ella sería tanto como jugar con sus sentimientos; no quería hacerlo. Conocía en carne propia el dolor que produce el desamor como para causárselo a alguien más. He sido cruel muchas veces, pero jamás me ha gustado ser cruel en este sentido.

Había un millón de razones por las cuales hubiera sido preferible no detenerla y decirle lo que le dije, pero había una sola –la que verdaderamente importaba y que estaba a punto de descubrir-, por la que detenerla fue lo mejor que podía haber hecho en toda mi vida.

Al escuchar mi confesión, me miró coqueta y se aproximó hacia mí. Provocativa, se acercaba más a mí tras cada paso que daba y yo no podía dejar de fascinarme con su maravillosa mirada. Si alguna vez te has preguntado porque las mujeres afirman que los hombres dejamos de razonar cuando se antepone el sexo, esta es la explicación perfecta. Simplemente nuestro instinto nos traiciona cuando debemos mantener la cabeza fría y actuar objetivamente.

Finalmente, llegó hasta mí. Yo estaba hipnotizado. En realidad, dejé de pensar desde el momento en que le dije que me encantaba y –a partir de allí-, todo lo que yo hice fue mecánico.

Ella reposó delicadamente sus manos sobre mi pecho y yo la tomé por la cintura. Nuestros cuerpos estaban tan cercanos que pude sentir su corazón latir contra el mío; sentí la tersura de su piel mientras la acariciaba y respiré su aliento embriagándome cada vez más en su sensual coqueteo.

En ningún momento mis ojos se apartaron de su mirada. Ella me sonreía y supe que las cosas ocurrirían sin importar lo que hiciera. Entonces me besó.

Fue el beso más sensual que había recibido en toda mi vida. Si mi cerebro había dejado de funcionar mientras se acercaba a mí, este beso definitivamente me enloqueció.

Sin importarnos que estábamos en un salón de clases –aun cuando estaba vacío y no había nadie más alrededor-, las caricias se convirtieron en algo cada vez más atrevido. Hicimos el amor sobre el escritorio.

No sé cómo describir lo que sucedió. Era como si de repente se desatara una poderosa tormenta que lo arrasa todo a su paso. Nuestras ropas volaron por todas partes y esa pasión incontenible que surgió de un simple “me encantas” sólo feneció hasta que se vio satisfecha.

Ahora que lo recuerdo, fue muy bueno que nadie subiera a ese salón. En el piso de abajo estaba todavía la secretaria de la escuela y jamás podré afirmar en plena consciencia que ella no se enteró de todo cuanto ocurrió arriba pero –si lo hizo-, fue muy discreta.

Una vez que Jaqueline y yo calmamos ese torrente de caricias y sexo que desatamos, nos vestimos y nos besamos una última vez. Abrazados, bajamos al piso inferior, pero nos separamos cuando estábamos por llegar. Ella notó a la secretaria y eso la turbó un poco. Me miró inquisitiva, formulando una callada pregunta que también yo me hacía, pero no supe que responderle.

A pesar de todo, ya nada podíamos hacer y si la secretaria se había dado cuenta, sólo podíamos esperar que fuera discreta. Se despidió de mí aun preocupada y yo, entré a la oficina saludando a la secretaria. Al verme entrar, me informó que Toño, mi antiguo amigo que me informó de cómo ocurrieron las cosas cuando me despidieron del primer trabajo que tuve, sobre la manera en que el dueño de esa escuela y Mario se habían burlado de mí por escribir en mi curriculum que me había graduado allí, que me informó sobre el trabajo en la secundaria para niños ricos y que me consiguió la cita para presentar el examen por el que conseguí el trabajo en Colima, quería verme y que pasaría a la escuela por la tarde. Le agradecí que me diera el mensaje preguntándome de qué tanto se había dado cuenta ella, pero lo único que hizo tras informarme sobre la visita de mi amigo fue seguir trabajando en su computadora. Dejé los manuales que llevaba y salí de allí.

Toño llegó por la tarde, mientras daba mi clase. Él era un tipo muy pulcro y le gustaba verse siempre elegante. Desde que terminamos la carrera, él atendía a varias empresas locales como consultor. Supongo que le iba muy bien, porque siempre lo encontraba de traje.

Honestamente no tengo la más mínima idea de porqué alguien está dispuesto a sacrificar su comodidad por su apariencia. Digo, cuando estaba en Guadalajara, en el último empleo que tuve allí, yo vestía de traje todos los días… soportando el terrible calor que allí hacía. Precisamente por este inconveniente me bañaba varias veces al día mientras trabajé en esa empresa.

El traje no era un requisito. Yo me lo ponía por pura vanidad. La mayoría de las aventuras que tuve en Guadalajara surgieron precisamente por mi forma de vestir; al menos, eso creo. Pero al regresar a Irapuato, colgué el traje y me prometí a mí mismo nunca más usar una corbata.

El precio de la incomodidad que había que pagar por tanta pulcritud se me hizo excesivo; por eso no comprendía que Toño utilizará traje todos los días.

Cuando Toño llamó a la puerta del salón, algo estaba yo haciendo –la verdad no lo recuerdo-, que le pedí a Ernestina –una de mis alumnas-, que abriera la puerta. Ella lo hizo y fue cuando vio a Toño por primera vez. Él preguntó por mí y fue cuando yo volteé, invitándolo a entrar.

En ese momento no le presté atención, pero noté que Ernestina se había sonrojado y sonreía nerviosamente. Sin embargo, como ya dije, no le di importancia.

Toño saludó a todo el mundo y se acercó a mi escritorio. Me dijo que quería conocer mi opinión sobre un problema que tenía y le prometí que terminando la clase le atendería. Entonces salió del salón y yo continué con mi trabajo.

Al terminar la clase, cuando estaba recogiendo mis cosas, Ernestina se acercó a mí y me preguntó toda clase de cosas sobre Toño. Fue hasta ese momento que comprendí su rubor y le prometí que se lo presentaría, pero le indiqué que no sería esa noche. Le prometí que arreglaría que él volviera  y entonces lo haría.

Sonriendo para mis adentros, me dirigí a la oficina de la escuela dónde Toño me esperaba. Mientras trabajábamos, fui contándole poco a poco sobre Ernestina.

Tímido como él era, no podía creer lo que le estaba contando y se puso muy nervioso cuando le sugerí que volviera la siguiente tarde para presentarle a Ernestina. De hecho, se negó rotundamente.

Toño y yo nos conocíamos desde muy jóvenes, aunque él era unos años mayor que yo. Yo creo que cuando somos jóvenes, todos los hombres somos superficiales, Algunos nunca lo superamos.

Vivimos encantados con un estándar de belleza femenina que muchas veces supera nuestras propias capacidades. No porque físicamente seamos incompatibles con el tipo de belleza femenina que aspiramos a encontrar en una pareja, sino porque enfocamos las cosas de la manera equivocada.

Si lo piensas con detenimiento, la belleza exterior es sólo un bonito adorno. La personalidad, no obstante, lo es todo. He conocido muchas parejas que son absolutamente incompatibles. Normalmente lo son porque iniciaron gracias a lo que el atractivo físico originó. Más allá de la apariencia, nunca hubo realmente el cimiento de la comprensión entre ellos. Por eso, muchas parejas fracasan.

Lamentablemente, cuando jóvenes, nos atraen más las curvas que la comunión. Por ello, intentamos muchas veces conseguir lo inalcanzable, no tanto porque aspiramos a tener una pareja que sea muy atractiva, sino porque la manera en que nos acercamos no es precisamente la más adecuada.

Exactamente eso le ocurría a Toño. Alguna vez yo estuve en su situación y debido a ello le entendía perfectamente. A diferencia mía, Toño se había concentrado más en su desarrollo profesional y había dejado de lado todas las locuras en las que yo me vi envuelto.

Esa inocencia de mi amigo y toda la generosidad que él me había mostrado anteriormente, me hizo sentir obligado a ayudarle.

En realidad, tuve que insistirle muchas veces que me permitiera presentarle a Ernestina, pero él siempre se negaba. Sin embargo, algunas semanas después tuvo que volver y la casualidad quiso ponerlos frente a frente a él y a Ernestina.

Esa tarde, Toño llegó a la escuela porque el director le había pedido que fuera. Cuando entró a la oficina se encontró con Ernestina y –como no estaba la secretaria-, le preguntó por ella. El dueño de la escuela tampoco estaba, así que supongo que se sintió desconcertado de que le pidieran que fuera y no encontrara allí a quien le llamó en primer lugar.

Quizá fue por eso que se animó a preguntarle a Ernestina por la secretaria y ella le informó que había salido por unos momentos y que enseguida regresaba. Estaban precisamente en esto cuando yo llegué y vi mi oportunidad.

Saludé a ambos y –sin que Toño pudiera evitarlo-, le presenté a Ernestina. Toño se mostró visiblemente turbado, sin saber qué decir, así que por unos instantes fungí como intermediario entre ellos, hasta que conseguí que iniciaran una conversación.

La verdad es que Ernestina tuvo mucho que ver con que esa conversación tuviera lugar, ya que estaba decida a conocer a mi amigo. Yo sólo le di a Toño el impulso que necesitaba. Una vez que lo tuvo, me excusé y abandoné la oficina.

Al salir de la escuela me encontré a la secretaria y –con ánimo de chisme-, le conté lo que estaba ocurriendo en la oficina y le pedí que les diera unos minutos más. Convencer a Toño de que se relajara y conversara con Ernestina lo valía. Divertida, ella se quedó conmigo durante unos minutos más y luego subió.

Al otro día de que esto ocurriera, por alguna razón tuve que ir a Salamanca y volví a encontrarme con Jaqueline. Fue algo extraño. Cuando nos encontramos, nos sonreímos, pero ella se notaba un poco turbada. Nos las arreglamos para quedarnos solos y comenzamos a hablar. Ella me preguntó si la secretaria se había dado cuenta de lo que había ocurrido y yo le confesé que en realidad no lo sabía, pero que creía que no, porque hasta el momento no lo había insinuado siquiera.

Quise besarla, pero ella se resistió. El hecho de que me rechazara me dejó perplejo. Es decir, había pasado algo completamente impulsivo entre ella y yo y ahora no quería acercarse a mí para nada. Honestamente no la entendí.

Pasaron varios días hasta que tuve la oportunidad de regresar a Salamanca y volví a insistir y ella continuó negándose.

También volví a encontrarme a Toño en varias ocasiones después de eso y le pregunté cómo iban las cosas entre él y Ernestina y él no hacía más que poner excusa tras excusa: que si no era bonita, que si le enfadaba de tanto que lo buscaba, que si platicaba demasiado y entonces le dije que lo único que tenía que hacer era dejarse llevar.

Es decir, si ella era tan insistente con él era únicamente porque él le gustaba mucho. Como amigo, le hice ver que él tampoco era una belleza de hombre y que si no se daba la oportunidad con esta chica, él iba a terminar lamentándolo el resto de su vida.

En cierta forma, todas sus excusas no eran más que pretextos. En el fondo, lo que él tenía era miedo; miedo de atreverse a decirle lo que sentía y que ella lo rechazara. Yo le hice ver que ella simplemente no lo rechazaría y le dije que –aunque lo hiciera-, quizá lo haría únicamente para interesarlo en ella, para medir qué tanto él quería realmente iniciar una relación con ella.

En realidad no tengo la más mínima idea de qué impacto tuvieron mis palabras en él pero unos días después de esta conversación, me enteré de que finalmente eran novios y cuando lo volví a encontrar era otro hombre, más feliz, más confiado y… enamorado.

Fue por esos días en que volví a ver a Jaqueline. En esos momentos no sabía si era buena idea acercármele, pero me estaba volviendo loco con sus negativas y consideré que -por lo menos- le debía una disculpa.

No supe exactamente qué ocurrió, pero esta vez me permitió hablar con ella. Le pregunté abiertamente porqué me rechazaba tan intensamente si de todos modos ya había ocurrido lo que sucedió entre los dos; le confesé que no lograba entender su actitud y que me estaba volviendo loco. Le pedí que si no quería volverme a ver, me lo dijera con la misma apertura con la que yo le estaba hablando en ese momento y le prometí que si ella me lo pedía, yo nunca iba a volver a buscarla.

Entonces ella me dijo simplemente que si ocurrió lo que ocurrió entre los dos fue simplemente porque así se dieron las cosas en su momento, que estaba a punto de casarse y que no quería tener una relación conmigo.

No voy a decir que eso me hizo sentir mejor, pero por lo menos, su sinceridad acabó con mi miseria. Entonces sentí la confianza para confesarle que lo mío era también deseo, como el de ella… y entonces volvió a ocurrir.

Nos fuimos a un hotel y volvimos a desatar esa pasión desenfrenada que tanto había complicado las cosas para ambos. Unas horas después, abrazados en la cama, hablamos largamente sobre lo que estaba ocurriendo.

Me dijo que no sabía porque era tan débil conmigo y yo le hice saber que lo mismo me sucedía a mí. Tal parece que cada encuentro entre ambos terminaría exactamente de esa manera.

Ambos sabíamos que no era amor; los dos comprendimos que no éramos capaces de evitar sucumbir al deseo y también nos dimos cuenta de que carecer de ese imprescindible control era peligroso para nosotros. Además, había gente –como su novio-, a la que podríamos dañar por no poder contenernos.

Acordamos que no nos veríamos más, pero fue inútil. Volvimos a encontrarnos muchas veces y la mayoría de éstas terminábamos en la cama. Un día ella se casó y yo decidí desaparecer de su vida.

En los meses siguientes, gracias a Toño empecé a relacionarme más con gente de las empresas locales y comencé a venderles mis programas. Esto resultó ser más lucrativo para mí, así que fue la excusa perfecta para dejar esa escuela de computación y alejarme tanto como pude de Jaqueline.

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  1. Septiembre 3rd, 2016 at 06:19 | #1

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  1. Octubre 3rd, 2012 at 03:18 | #1
  2. Octubre 3rd, 2012 at 04:23 | #2

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