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Capítulo 07 – País Tropical.

Septiembre 28th, 2012 Leave a comment Go to comments

Partí hacia mi nueva aventura un sábado por la noche. No tenía idea de qué encontraría al llegar. La expectativa podía más que mi cansancio y –durante toda la noche-, fui incapaz de cerrar los ojos. El sinuoso camino se extendía más allá de lo que había sido ese acotado horizonte tras el cual había vivido hasta entonces.

Cada parada que hacía el autobús no era sino un descubrimiento nuevo. A pesar de la oscuridad, mis ojos escudriñaban hambrientos cuanto pasábamos, en un intento banal por no perder detalle; no perder detalle de lo poco que podía apreciar.

Las horas transcurrían con una lentitud agobiante y me sentía incómodo tras cada hora que pasaba sentado en ese asiento, pero me resistía a dormir, sólo por no perder detalle.

Pueblo tras pueblo, poco a poco fui acercándome a un futuro incierto. Un futuro que no podía predecir; pero poco importaba.

No tenía nada que perder. De hecho, era un re-inicio. No llevaba conmigo más que unos pocos cambios de ropa, dinero escaso y una curiosidad enorme.

No me había dado cuenta, pero durante el trayecto, ni siquiera pensé en Esmeralda. No pensé en Eliza, ni pensé en nada de lo que había dejado atrás.

Ahora, cuando recién había llegado, un instante de temor asaltó por sorpresa mis sentidos y recordé de golpe todo lo que había dejado. Pero fue sólo un instante.

El sol ni siquiera había salido aún, pero ya se sentía un calor notable. Me sentía sucio y deseaba como nunca un largo momento bajo la regadera. El hambre se me había olvidado, gracias al cansancio; sentía el cuerpo molido por el largo viaje… y no tenía idea de qué hacer a continuación.

Miré a mi alrededor; vi gente que no era muy distinta a la que había dejado atrás; vi una central de autobuses como la que había dejado atrás; vi una ciudad como la que había dejado atrás… pero me sentía como un intruso.

Si no funciona, siempre puedo regresar”, me repetía a mí mismo incansablemente, aunque mi hermana había dejado en claro que si me iba, no debía pensar en regresar.

¡Qué maravillosa es la juventud! Te hace emprender aventuras de las que no tienes la más remota idea de cómo resultarán… pero no te importa. Cuando eres joven, estás hambriento por vivir. Todo te parece una aventura a la que no puedes resistirte. Ignoras los riesgos, te olvidas con facilidad de aquellas cosas que das por seguras y te atreves a cruzar los límites… sólo por vivir la experiencia.

Después de casi diez horas sentado en ese autobús, llegué cuando nacía el nuevo día. Cansado como estaba, no podía esperar a encontrar un hotel donde hospedarme, pero no tenía la más mínima idea de dónde encontrar un hotel.

No conocía la ciudad, no conocía a nadie y no tenía idea de a qué me enfrentaría el siguiente día, cuando me presentara a mi nuevo trabajo.

Con un incipiente enfado, producto del largo viaje que había emprendido, salí de la central de autobuses buscando un taxi y lo encontré bastante pronto. Subí y le pedí al taxista que me condujera a un hotel adecuado a mi paupérrimo presupuesto, pero que estuviera cerca de la avenida a la que debería acudir al otro día.

El taxista me habló maravillas del hotel Flamingo y, sin esperar mi punto de vista, me condujo a él. En realidad no me importaba. Me urgía llegar al hotel.

Una vez que me hube registrado y que me acomodé en mi cuarto, encendí el ventilador para mitigar el insoportable calor que empezaba ya a sentirse. Empecé a desempacar, con la intención de disfrutar de un largo y merecido baño pero al ver la cama, no pude resistir la tentación de recostarme por unos minutos, tan sólo para reposar un poco.

Mi error fue cerrar los ojos pues, al sentir ese rico viento recorriendo mi cuerpo, el bienestar que esto me producía me hizo caer rendido al sueño y dormí durante horas.

Pasaban de las seis de la tarde cuando al fin desperté. Me sentía reparado. El sueño me había hecho bien. Tomé finalmente el baño que iba tomar cuando llegué y salí del cuarto, dirigiéndome a la recepción para preguntarle al encargado cómo llegar al zócalo de la ciudad.

Amablemente me dio indicaciones y me dirigí al lugar, curioso, sin perder detalle de todo cuánto veía. Encontré un puesto de comida y ordené algo. Luego recorrí el zócalo varias veces, tratando de asimilar las costumbres del lugar; costumbres que se me antojaban un poco raras.

Por ejemplo, noté que las muchachas se reunían en grupos, abrazadas por el talle y recorrían el quiosco dando vueltas alrededor de él. Los jóvenes, sentados en las bancas, miraban a las jovencitas y –eventualmente-, se dirigían a una de ellas e iniciaban un sensual coqueteo.

Nunca había visto eso en otros lugares, pero fue fácil comprender lo que ocurría.

Una banda local tocaba música regional mientras todo esto sucedía. Era música tradicional, pero le daba al ambiente un toque de ameno bienestar.

La gente mayor se reunía en interminables pláticas intrascendentes sobre política, religión y otros temas –quizá-, más intrascendentes aún. Algunos, jugaban dominó, damas e –incluso-, ajedrez.

Nunca había jugado ajedrez, ni tenía idea de cómo hacerlo, pero un impulso irresistible me obligó a pedirle a un señor octogenario que me permitiera jugar con él, aunque la realidad es que lo que sucedió tras mi burda petición fue exactamente lo contrario: jugamos dos o tres partidas y sencillamente me hizo pedazos.

Regresé al hotel y me acosté para estar listo temprano para acudir a mi cita. Mi futuro había comenzado.

* * *

El día comenzaba a clarear. Ni siquiera habían dado las siete de la mañana. El hambre, que había postergado por explorar mi nuevo hábitat, se imponía a todos mis demás sentimientos. Tenía poco más de una hora para acudir a mi nuevo empleo, así que me apuré cuanto pude para ponerme en camino y –en el trayecto-, desayunar algo.

Al salir del cuarto, pregunté al recepcionista cómo llegar a la oficina a la que iba y la hora a la que se vencía la renta del cuarto. Como el hospedaje terminaba a mediodía y no sabía que ocurriría durante el día, renté el mismo cuarto por veinticuatro horas más. Luego, salí de allí, dirigiéndome por el camino que el recepcionista me había indicado.

Frente al hotel había un parque bastante grande que debía cruzar. Así lo hice y luego atravesé una calle para alcanzar la siguiente manzana. Unos metros después de la esquina, encontré una pequeña fonda y consulté el reloj. Tenía poco menos de una hora y supuse que no cometería un gran pecado si desayunaba algo antes de continuar. En todo caso, si me retrasaba, siempre podía abordar un taxi para intentar recuperar el tiempo perdido.

El desayuno me transportó a la gloria. Nunca en mi vida había disfrutado tanto un par de blanquillos con jamón. Una vez que hube terminado, continué mi camino. Aún me quedaba media hora para llegar.

En realidad, no la necesité. Camine apenas diez o quince minutos y ya había llegado a la avenida donde se encontraba la empresa. Miré los números en las fachadas de las casas para orientarme y pronto comprendí que debía caminar a mi izquierda. También noté –por la numeración-, que debía cruzar la avenida, pues la casa que buscaba estaba al otro lado.

Así lo hice y caminé durante unos cuántos minutos más, hasta que finalmente encontré la casa que estaba buscando.

En la cochera, había un señor de alrededor de los 70 años que fungía como vigilante y le pregunté por la persona que me había citado. Me pidió que esperara y se metió a la casa. Unos minutos después, regresó y me permitió entrar.

Al entrar por la misma puerta por la que él había entrado hacía unos instantes, me encontré a una señora guapa que se distinguía principalmente por su manera tan desenfadada de desenvolverse.

De inmediato me pareció el tipo de persona que suele ser muy franca, que suele decir las cosas como son, sin miramientos de especie alguna y –más curioso aún-, daba indicaciones a un señor que a todas luces era su marido, quien se veía muy dócil, muy sumiso… el clásico mandilón, por llamar a las cosas con su respectivo nombre.

En los pocos segundos que duró la escena que presenciaba, pude percibir quién llevaba las riendas en ese matrimonio. Para ser honesto, no pude evitar preguntarme cómo es que una mujer tan segura de sí misma, como definitivamente me parecía esta señora, había terminado casada con un tipo que a todas luces era su polo opuesto.

Tan pronto lo despidió, me preguntó sin más qué se me ofrecía. Le indiqué el nombre de la persona que iba a ver y me pidió que esperara unos minutos mientras se desocupaba, ofreciéndome asiento amablemente.

Unos minutos después me encontraba ante un tipo bonachón, de profuso bigote, una incipiente calvicie y una panza de bebedor de cerveza que sobresalía por sobre su cinturón.

Aunque él se esforzaba por asumir una actitud de pocos amigos, la verdad es que despertaba confianza desde el primer instante. Insistía en ponerme nervioso al dirigirse hacia mí y la verdad es que si estaba un poco nervioso, pero lejos de incomodarme su actitud no hizo sino relajarme y despertar mi confianza en él. Era el tipo de individuo que simplemente le caía bien a los demás hombres y que era una especie de abuelito para las mujeres.

Me preguntó por mi viaje, dónde me había hospedado, me sugirió algunas casas de asistencia donde me podría acomodar, hablamos sobre mis funciones en el trabajo, me entregó unas carpetas bastante gruesas, que no contenían otra cosa que listados de código fuente que me pidió que analizara durante la primera semana. Me dejó perfectamente claro que durante esa primera semana no me permitirían hacer otra cosa que no fuera revisar ese código fuente, para entender cómo había sido desarrollado su software.

De pronto, me felicitó por mi cumpleaños y yo –simplemente-, no atiné a responder. Honestamente, ni siquiera me acordaba que ese lunes era mi cumpleaños. Ni siquiera me había dado cuenta; pero lo que más me desconcertaba, era que él lo supiera, hasta que caí en cuenta de que estaba ahí, en mi curriculum vitae. Entonces me dijo algo que nunca he podido olvidar: “¡Vaya regalo de cumpleaños que te tocó! ¡Tu regalo es: Trabajo!”.

No sé en qué sentido lo decía. No sé si era una forma de quejarse por festejar un cumpleaños con una pila de trabajo, o una bendición por tener trabajo, ergo, un ingreso para subsistir.

Una vez concluida la entrevista, me presentó a todos y me condujo al cubículo que compartiría con un tipo de baja estatura, de ascendencia indígena, que se esforzaba mucho por parecer simpático, al mismo tiempo que delimitaba su territorio, a quien se le conocía como el Frijolín. El sería mi supervisor. El señor que me había recibido se apellidaba Leal y la gente le llamaba don Leal. Me pareció curioso que le llamasen así porque –gracias a mi madre-, tenía la impresión de que no era correcto anteponer el calificativo don al apellido de una persona, sino que -más bien-, sólo se aplicaba al nombre de pila de ésta, pero más adelante la señora Blanca –la que me había recibido a la entrada de la oficina-, me indicó que en realidad era una especie de broma, ya que a él todo mundo le conocía como “el preservativo más eficaz de la empresa”, pues siempre que alguien lo visitaba, pedía hablar con-don Leal. Sobra decir que me hizo reír con ganas.

También conocí al jefe de todos, quien se me hizo un tanto soberbio. A todo mundo le habla con una familiaridad sorprendente, principalmente porque hacía eso mismo con todos, aun cuando no les conociera. Más tarde supe que era un defeño y comprendí el porqué de su actitud. Estereotipos, es la palabra adecuada para definir ese incipiente vicio de categorizar a todo el mundo. Sé que no es algo lindo de mi parte, pero no puedo evitarlo. Si yo fuera un algoritmo de computadora, sería un modelo de red neuronal artificial. No puedo evitar categorizarlo todo y a todos.

Las chicas capturistas eran todas muy hermosas. De hecho, desde que me paseé por el zócalo de la ciudad la noche anterior, noté que las mujeres hermosas abundan en Colima.

Hilda se distinguía en lo particular. Una mujer de rasgos europeos, alta, esbelta y de un hermoso cabello negro, lacio, que le llegaba a media espalda. Pero no era por su belleza por lo que resaltaba, sino por su simpatía. Era una mujer muy amable, que se esforzaba por hacer sentir bien a todo el mundo. A pesar de ser tan bella –tanto físicamente, como anímicamente-, algo transmitía a través de su lenguaje no verbal que me hacía sentir por ella la clase de simpatía que se siente por una entrañable amiga, más que la atracción por una mujer tan hermosa como era.

También estaba Laura, una mujer muy bella, aunque algo pasada de kilos. Ella era casada y tenía dos hermosos pequeños. Laura se juntaba mucho con Rebeca, otra mujer casada pero que no tenía hijos. Rebeca se distinguía por sus maravillosos ojos verdes, aunque me pareció algo tímida.

Así mismo, conocí  a Patricia, una mujer bonita que sólo decía groserías cuando hablaba y Érica, la más joven de todas. Una muchacha delgada, pero bien formada, morena, a todas luces costeña, hecho que se hacía patente por su manera de pronunciar las “eses” y Esther quien –aunque no era tan bonita como todas las demás- captó de inmediato mi atención por dos razones principales: sus senos –lo siento, pero entonces tenía 20 años y, francamente, un hombre, sobre todo a esa edad, piensa en sexo decenas de miles de veces durante un día- y ese aire intelectual que destilaba.

Usaba lentes por algún problema de la visión, pero a leguas se notaba que no era una mujer que bromeara a la ligera; es decir, si lo hacía, una vez que se sentía a gusto con una persona que recién conocía, pero mientras no le infundieras ese tipo de confianza, establecía una línea imaginaria y te hacía entender que no te iría muy bien si te atrevías a cruzarla.

Además, siempre aprovechaba su tiempo libre para leer algo. Cuando hablaba, su amplia cultura se hacía evidente y sus razonamientos eran –usualmente-, incuestionables.

Fue ella quien me dio el primer indicio de lo que yo encontraría seductor en una mujer a partir de ese instante. No era una belleza abrumadora; tampoco era una personalidad extrovertida y deliciosa; ni era el bienestar que lograra despertar en mí. Era el reto que para todo hombre significa el pretender conquistar a una mujer mucho más inteligente que uno mismo.

En ese momento supe que estaba enamorado.

Después de conocer a las chicas, don Leal me llevó a un cuarto que se mantenía a baja temperatura porque allí residía la mini-computadora, que debía mantenerse fría para evitar los fallos. Dentro de este cuarto estaba Edgar, el operador.

Era un tipo alto, delgado, con un bien cuidado bigote, no tan profuso como el de don Leal. Era un hombre sencillo, para nada pretencioso, pero muy firme en sus convicciones. Era un Testigo de Jehová intentando sobrevivir en un ambiente laboral en el que todo mundo era católico. Excepto yo –por supuesto-, que pretendía ser un ateo empedernido.

Edgar me simpatizó desde el principio, aunque me acosaba constantemente intentando convertirme a su religión. No me sentía cómodo con eso, pero mantenía la mente abierta. Digo, nada perdería con conocer sus ideas.

Más tarde, me encontraba en el cubículo que se me había asignado, examinando cuidadosamente los algoritmos que don Leal me había entregado. La verdad es que comenzaba a aburrirme y trataba de disimular mis bostezos, pero sabía muy bien que no había vuelta atrás.

Había llegado hasta allí y no tenía la más mínima intención de regresar. Tenía que esforzarme y cumplir mi cometido.

Justo cuando más concentrado estaba, entró al cubículo doña Alicia, la señora del aseo. Era una mujer cuarentona, bastante dicharachera. De todo hacía una broma y se notaba una profunda familiaridad con el Frijolín.

De inmediato, doña Licha me hizo plática, intentando saber todo sobre mí, más con intención de tener material para el chisme. Traté de complacerla, tolerando su curiosidad hasta que finalmente se fue.

Pasado el mediodía me informaron que podía salir a comer, así que regresé al hotel, buscando algún lugar donde pudiera hacerlo y noté que a un lado de este había un local; una pequeña fonda, así que entré y tomé una de las mesas.

Entonces llegó ella. Nunca supe su nombre. Era la hija de la dueña del negocio y se me acercó con una hermosa sonrisa dibujada en sus labios.

Hoy sé que desde ese momento inició el coqueteo conmigo, pero en esos años –sinceramente-, no tenía idea de que lo hacía. Sólo sé que a partir de ese momento, cada vez que iba, escuchaba de fondo alguna canción sugerentemente romántica, ella se esforzaba mucho al atenderme y siempre intentaba hacerme algo de plática.

Ya he mencionado mi trauma con las mujeres hermosas y esta chica definitivamente lo era.

Era una mujer de baja estatura, joven –de mi edad, más o menos-, de piel morena y hermosos ojos negros. Su cabello le caía ondulado sobre sus hombros y sus formas femeninas eran agradablemente voluptuosas.

Cada vez que me miraba, lo hacía con una sonrisa coqueta en sus labios y yo –turbado-, le respondía con timidez.

Esa tarde, comí y regresé a la oficina. Llegué cuando don Leal iba llegando y me preguntó acerca de los arreglos que había hecho para hospedarme. Le comenté que estaba hospedado en un hotel, en el centro de la ciudad y él me insistió en que debería ir a una casa de asistencia, sugiriendo que un hotel no era precisamente la forma más económica de acomodarme.

Honestamente, no me atraía mucho la idea de ir a parar a una de esas casas de asistencia, pero le concedía la razón y acordé con él que saliendo del trabajo él me llevaría a una de esas casas que conocía.

Así lo hicimos y me entrevisté con la dueña del lugar. Acordamos los términos del hospedaje y le indiqué que regresaría al siguiente día, para aprovechar el cuarto de hotel que de todas formas ya tenía pagado.

Cuando me mudé a la casa de asistencia –que estaba a un par de cuadras del hotel donde me hospedé originalmente-, comprobé el porqué de mis recelos al respecto.

Había por lo menos diez hombres de todas las edades viviendo allí. Desde el tipo oscuro, adicto a las drogas, hasta el narcisista, con complejo de playboy.

Dos de ellos llamaron poderosamente mi atención. Por un lado, estaba Ignacio, un tipo entrado en los cuarentas, delgado y con apariencia de delincuente que no podía ocultar y Víctor, el clásico galancete de los ochentas, metrosexual, delgado, cuya ropa lucía siempre nueva y bien planchada y que apestaba a perfume de marca.

Ambos me cayeron como una golpiza al hígado desde el principio: uno por la desconfianza que en mí despertaba y el otro por insufrible.

Los demás compañeros caían en uno u otro rango. Los más destacables eran ellos dos.

Desde mi primera noche allí –dado que para mí mala fortuna, el galancete de cuarta resultó ser mi compañero de habitación-, este tipo se las arregló para hacerme sentir mal.

Una noche que regresé a la casa iba muy cansado. Sinceramente, había sido un día muy ajetreado para mí, la mayor parte del cual tuve que pasarla de pie.

Por esa época yo tenía un grave problema de hongos en los pies. De hecho, ese era un problema que sufría desde que comencé mi adolescencia y –por más remedios que probé-, nunca pude quitármelo del todo.

Era muy doloroso, porque por la más mínima razón me salían ampollas en los pies, sobre todo en el pie izquierdo. Con el caluroso clima de Colima, el sudor no hacía sino acrecentar el problema.

Esa noche llegué y –a pesar de que me esforzaba mucho en mi aseo personal-, mis pies despedían un fuerte olor totalmente desagradable a consecuencia de mi antiguo problema con los hongos.

No obstante, desfallecido, simplemente me acosté boca abajo y cerré los ojos. No habían transcurrido más de 20 segundos de que lo había hecho, cuando entró Víctor con uno de los compañeros que se juntaban con él.

- ¡Puta madre! – dijo tan pronto entrar, haciendo como que se protegía la nariz del hedor. – Voy a exigirle a doña Hortensia que saque a este buey de mi cuarte o me voy yo de aquí.

- ¡Apesta a rayos! – dijo su amigo – Yo que tú fumigaba porque este buey se está echando a perder y ya hasta gusanos ha de tener. – Concluyó.

Luego, Víctor agarró su desodorante en spray y empezó a rociar todo el cuarto mientras él y su amigo compartían comentarios denigrantes, suponiendo que yo estaba dormido y que no me daba cuenta.

Yo me enteré del más mínimo detalle, pero les dejé creer que estaba dormido y que no me daba cuenta. Sobra decir que me sentía miserable. Me sentía odiado pero –más que nada-, incomprendido.

Verás, es natural que como seres humanos, juzguemos a los demás a priori. De hecho, es inevitable. Todos lo hemos hecho alguna vez. Simplemente no podemos evitar emitir juicios de valor basados en lo que consideramos correcto e incorrecto, sustentándonos únicamente en lo que afecta a nuestra propia zona de confort, sin detenernos a pensar en las circunstancias individuales de aquello o aquellos a lo que o a quienes juzgamos.

Con soberbia, tendemos a suponer que somos perfectos y que todo aquel que se aleje de nuestro propio esquema de lo que consideramos como bueno, está mal.

La verdad es que destilamos soberbia de la manera más estúpida que podemos hacerlo, ya que muchas veces criticamos sin conocer las circunstancias de aquél a quien criticamos.

Sentimos que lo que hace, quién es, el cómo se conduce, afecta profundamente a lo que hacemos, quienes somos y cómo nos comportamos. Pensamos únicamente en nosotros mismos y, ni nos damos la oportunidad de entenderle, ni queremos hacerlo, para acabar pronto.

Sólo nos importa cómo nos afecta. No nos interesan sus padecimientos, sus limitaciones, su condición. Nada que no sea lo que está dentro de nuestra burbuja personal, nos interesa en realidad.

Por eso criticamos con crueldad, criticamos gracias a la ignorancia. Una terrible ignorancia que ha provocado los más grandes genocidios en la historia humana.

Dolido como estaba, esperé a que esos dos tipejos se fueran. Cuando lo hicieron, esperé unos minutos más, para asegurarme de que lo habían hecho efectivamente.

Luego, me tragué mi orgullo y superé mi cansancio, me paré y fui a tomar un concienzudo baño para eliminar ese desagradable olor.

Más tarde, sentado bajo un farol del patio, continué revisando los algoritmos que tenía encomendado estudiar y llegó Víctor. Me vio allí, concentrado en mi trabajo y me saludó de la manera más amigable que le fue posible.

No puedo describir cuánto le odié por la manera tan discriminatoria en que había hecho referencia a mi persona, pero en ese momento le definí.

Ese monstruo cruel que despedazó sin miramientos mi autoestima, sin detenerse a pensar en que podía estar escuchando todo cuánto decía y aun así lo hizo, sin importarle un comino lo que yo pudiera sentir, ahora destilaba hipocresía a través de cada poro de su piel, pretendiendo minimizar el impacto que sus comentarios hubieran podido tener en mí, en caso de que le hubiera escuchado, tratando de aparecer ante mí como una persona amable y bien intencionada.

Supe en ese preciso instante que tenía ante mí al más despreciable de los seres humanos: un cobarde hipócrita que te apuñala por la espalda cada vez que puede.

Y fue también en ese instante en que –de pronto-, supe qué tenía que hacer para atacarlo.

Utilizando su misma hipocresía, respondí a su saludo como si nada, en su mismo tono. Ahora, el control lo tenía yo y lo iba a utilizar sin misericordia.

Tras esa noche, me esforcé por hacerle sentir incómodo tanto como pude, pretendiendo que no me daba cuenta.

¿Remordimientos? ¿Por qué? ¡Él no se tentaba el corazón para despedazarme con sus ponzoñosos comentarios en cada oportunidad que tenía! ¿Por qué demonios habría yo de tentarme el corazón cada vez que le hacía padecer mis idiosincrasias?

Finalmente, tras un mes de una guerra no declarada, el galancete de cuarta dejó la casa de asistencia y yo conservé el cuarto.

Con Ignacio las cosas fueron muy distintas. Yo no dejaba de sentir recelos cada vez que el tipo se presentaba en el mismo lugar en que yo me encontraba, pero simplemente le ignoraba.

Sin embargo, a pesar de mis desplantes, ese tipo me buscaba frecuentemente, intentando hacerme conversación. Yo intentaba corresponderle a sus intentos de acercamiento, más tolerando su presencia que aceptándola, pero lo que pensaba de él lo reservaba para mí. Jamás externé a nadie una opinión sobre Ignacio.

Sencillamente, intenté mantener la mente abierta, aunque la verdad es que no me gustaba mucho su presencia.

De hecho, aunque algunos de los compañeros me caían bien, en general, intentaba no hacer amistad con nadie y me mantenía tan alejado como podía.

Sin embargo, Ignacio no cejaba en su intento y unas semanas después, doña Hortensia me anunció que al siguiente día, Ignacio sería mi compañero de cuarto.

Fue durante ese par de semanas que tuve que convivir con él en la misma habitación que comencé a conocerle y fue también en ese momento que me enteré sin lugar a dudas de su afición por los psicotrópicos.

En más de una ocasión me invito a probar, pero yo siempre me rehusé, hasta que un día, más por miedo que por otra cosa, busqué un nuevo lugar a dónde llegar.

Me mudé a la nueva casa de asistencia y conocí a nuevos compañeros, la mayoría de mi edad. Estaba el clásico galán, Héctor, que no tenía más atractivo que su manera desenfadada de tratar a las mujeres, Pedro, el bohemio que se acompañaba de su guitarra donde quiera que iba, Saúl, el inseparable amigo de Pedro quien –si bien-, no era bueno para la música-, compartía la mayoría de las aficiones que conformaban la personalidad de Pedro y Rodrigo, el púbero con el rostro invadido de barros y espinillas, quien recién había ingresado a la Universidad y con quien me identifiqué por su evidente inocencia y porque estudiaba Ingeniería de Sistemas.

A doña Esperanza, la dueña de la casa, le ayudaba con sus niñas Alicia, una jovencita de mente muy abierta que se acostaba con Héctor, pero que no perdía oportunidad para coquetear conmigo.

Viví en esa casa muy a gusto durante varios meses, hasta que un día regresé por la noche para enterarme de que –nuevamente-, tendría por compañero de cuarto a Ignacio.

La noticia no fue de mi agrado en lo absoluto, pero la acepté a regañadientes. Incluso, le ofrecí a doña Esperanza pagarle el doble, con tal de quedarme solo en mi cuarto, pero ella se negó y tuve que aceptar mi suerte.

Siendo joven como era, procuraba rodearme de los demás compañeros tanto como podía. Gracias a ellos conocí la tusca, una bebida alcohólica que nada tiene que pedirle al aguardiente.

Una noche, pasados de copas como estábamos, decidimos salir a la calle, a la puerta de la casa y continuar bebiendo allí. A uno de los muchachos le pareció buena idea aventar una botella de cerveza para estrellarla contra el muro de la casa de enfrente que –casualmente-, era la casa de un maestro muy respetado en Colima.

Yo manifesté mi intención de entrar, dado que preví los problemas, pero los demás compañeros insistieron en que no sucedería nada y me convencieron de que me quedara con ellos.

Quince minutos después, llegaron varias camionetas de la policía y nos subieron a todos los que estábamos allí.

Al amanecer, vi cómo iban liberando uno a uno a mis compañeros porque llegaba alguien a pagar su fianza, pero nadie llegaba a rescatarme a mí.

Pedí a uno de ellos que le dijera a Ignacio que me prestara el dinero para la fianza, ofreciéndole que ese mismo día, al salir de la cárcel, conseguiría el dinero para pagárselo.

No muy convencido, Ignacio pagó mi fianza, mientras los demás simplemente se hicieron los desentendidos. No había conocido esa faceta de Ignacio hasta ese momento y algo cambió en mí.

Ese mismo día, conseguí el dinero y se lo regresé tan pronto pude, pero también me di cuenta de que no todos los que se dicen tus amigos realmente lo son, ni todos aquellos que crees tus enemigos realmente lo son.

Mi opinión sobre Ignacio comenzó a cambiar y a partir de este incidente comencé a ser más tolerante con él.

Así me enteré de lo que había sido su vida. Como resultado de una infancia de abusos y una adolescencia rodeado de personas que se constituyeron en una mala influencia para él, Ignacio no tardó en convertirse en delincuente. Asalto, robo a mano armada e incluso un asesinato, formaban parte de su historia.

El consumo de drogas no fue más que un escape para el infierno en que se había convertido su vida.

Se mantenía gracias a manejos turbios, pero mantenía o intentaba mantener un bajo perfil.

Una noche, me ofreció fumar marihuana y yo –más por curiosidad-, la acepté.

En realidad, recuerdo todo lo que aconteció esa noche. Fumamos un carrujo de marihuana y luego salimos a la calle. Entramos a un cine en el que exhibían una película de estreno, pero yo me quedé dormido durante toda la película. De hecho, Ignacio me despertó al terminar la película, cuando ya casi todos se habían ido.

De nuevo en la calle, compramos algo de comer, pero me supo horrible y fue precisamente esto lo que me hizo decidir que las drogas no son para mí. Si la comida me sabe a mierda por consumir drogas, prefiero no consumir drogas que dejar de disfrutar de la comida, decidí.

Regresamos a la casa y conversamos durante largo rato. El volvió a ofrecerme droga, pero le hice saber que en realidad no estaba interesado. Él aceptó apáticamente mi decisión y jamás me volvió a insistir, pero nos convertimos en amigos y lo fuimos hasta algunas semanas después, cuando doña Esperanza nos pidió a varios de los huéspedes que nos fuéramos, porque pretendía hospedar a menos gente a partir de ese momento.

Nuevamente tuve que buscar una casa de asistencias y visité varias, intentando conocer las condiciones del hospedaje.

En una de ellas fui recibido por una mujer joven, de mi edad, con un problema severo de ojos desviados, que fue muy amable conmigo. Me mostró el lugar y hablamos durante un rato.

No sé qué tenía esta muchacha que despertó mi lívido sólo por tenerla cerca. Sentí que ella experimentaba el mismo deseo que yo y me di cuenta de ello por una multitud de detalles que tuvieron lugar durante nuestra interacción.

Yo sentí que de intentar un acercamiento sexual, como mi entrepierna lo exigía en esos momentos, no sería rechazado. De hecho, percibí que ella me alentaba, quizá porque se dio cuenta de lo que ocurría dentro de mis pantalones, pero lo superé al darme cuenta de que de quedarme, ocurriría lo que tenía que suceder y yo quedaría en aprietos con sus padres.

Más que nada, me supe débil ante ella y –en realidad-, lo que me hizo tomar la decisión de salir de allí y no regresar nunca más, fue que sentí que el respeto que le debía a ella era mucho más importante que mi pene a punto de estallar debido al deseo que ella me provocaba.

Como sea, no tardé en encontrar una casa de asistencia dónde hospedarme, a la vuelta de la esquina de la calle donde se encontraba el hotel Flamingo, el hotel al que llegué la primera vez, que tenía a un lado la fonda de la muchacha guapa que me coqueteaba cada vez que me veía.

Por fin, logré tener un cuarto para mí solo y fue ese el factor principal de mi decisión de quedarme allí. Además, había otros incentivos, como que en esa casa, casi nunca había adultos y quienes la regían eran otros jóvenes, como yo, así que me sentí como en casa.

Durante el tiempo que pasé en Colima, socialicé –principalmente-, con mis compañeros de trabajo. Secretamente, me sentía enamorado de Esther, pero para ella yo parecía no existir.

Infructuosamente, traté muchas veces de acercarme a ella, pero ella simplemente me ignoraba. Ya no sabía yo qué hacer para –siquiera-, iniciar una amistad con ella, pero sólo me tragaba mis ganas y ella no me permitía acercármele.

Uno de esos días, gracias a un amigo que Edgar y yo teníamos en común –ya que le permití hablarme más de su religión y algunas veces le acompañe a sus ceremonias-, conocí a Rodolfo.

Tan pronto nos presentaron, sólo con verlo, supe que era defeño y así lo confirmé mientras platicábamos. De inmediato nos hicimos amigos y nos la pasábamos de fiesta en fiesta conociendo a nuestras nuevas futuras novias. De hecho, gracias a él conocí a muchas chicas con las que salía una o –cuando mucho-, dos veces y luego no nos volvíamos a ver nunca más.

Un fin de semana, mientras me encontraba tristeando porque no conseguía que Esther me permitiera acercarme a ella, Rodolfo organizó una acampada en la playa. Compartimos la idea con otros amigos y no faltó aquel que ofreció una palapa que tenía a la orilla del mar.

Sin detenernos a analizar los detalles, de inmediato nos pusimos en camino. Llegamos por la tarde a una playa cercana a Tecomán y pasamos la velada tocando la guitarra y cantando alrededor de la fogata.

Para mí fue absolutamente impresionante. Nunca había visto el mar y tenerlo frente a mí repentinamente, fue abrumador.

No puedo describir el efecto que produjo en mí esa majestuosa masa de agua que azotaba implacable la costa. Ni que decir del miedo confundido con respeto que me hizo sentir, así como tampoco de la inevitable atracción que produjo en mí.

Estaba maravillado. Pocas veces he experimentado algo que me transforma y ver el mar por primera vez definitivamente cumplió ese cometido. Fue una de las experiencias más gratas que he vivido. Nunca volví a ser el mismo.

* * *

Durante los meses que habían transcurrido de mi nueva vida, poco a poco me permitieron dar mantenimiento a los programas de computadora que tenían en la empresa.

Una noche, nos encontrábamos atascados porque uno de los programas estaba funcionando mal y no era posible seguir adelante con el proceso mientras ese programa no fuera corregido.

Todos estábamos trabajando revisándolo, cada uno desde su propia terminal. Algunos de mis compañeros trabajaban en equipo y otros, como yo, lo hacíamos individualmente.

Era entonces un programador inexperto, pero tenía el talento que había adquirido gracias a mis experimentos en Salamanca. En cierta manera, los algoritmos eran como mi idioma materno.

Tras un par de horas de estar revisando el problemático programa, creí ver en el algoritmo una condición que no estaba especificada correctamente, aunque mi inseguridad –propia de mi inexperiencia-, no me permitía afirmar categóricamente que ese era el problema.

Sin comprender del todo que –involuntariamente-, había dado con la raíz del problema, busqué a mis compañeros y les hice ver –aún dubitativo-, mis sospechas; pero pronto dudé y pensé que sólo estaba haciéndoles perder su tiempo. No obstante, ellos se percataron de que tenía razón –aunque yo todavía lo dudaba-, y gracias a esto pudieron –al fin-, corregir el fallo.

A partir de esa noche me gané su respeto y comenzaron a entregarme mayores responsabilidades.

Uno de esos días, un nuevo integrante se agregó a nuestra comunidad laboral. Era Zeferino.

Para cuando Zeferino llegó, yo ya me había ganado el reconocimiento de mis compañeros y pronto tuve a Zeferino buscándome con cualquier excusa.

Supongo que fue que éramos de la misma edad y él tenía la idea de que yo tenía ya experiencia sobre cómo se manejaban las cosas en la oficina. Aunque él fue contratado para ayudarle a Edgar, su verdadera ambición era aprender a programar.

Tenía la apariencia de un Diego Verdaguer colimense y para ser sincero, no me agradaba del todo. Más que nada, porque las chicas parecían más interesadas en él que en mí.

Muchos años después, comprendí que la razón de la preferencia de las muchachas hacia Zeferino se debía a su sencillez.

El haber podido hacerme de la fama de ser bueno programando computadoras, me hizo un poco soberbio y eso era muy evidente en mi conducta.

El exceso de confianza en mí mismo que comenzaba a mostrar en esos años, fue lo que me alejó de las preferencias de las chicas. Zeferino –en cambio-, era más humilde, más agradable y seducir mujeres era algo en lo que él era experto.

Fue por eso que Zeferino no me caía muy bien al principio, pero él no dejaba de buscarme, hasta que yo comencé a ceder y pronto se convirtió en mi más cercano amigo de esos años. Nos volvimos inseparables.

Yo sentía algo de celos por el éxito que Zeferino tenía con las mujeres; éxito que estaba vedado para mí. Pero además de pedirme consejos acerca del oficio de la programación, en su generosidad, él se esforzaba por aconsejarme cómo podía ser más exitoso en cuestiones de seducir mujeres, aunque la mayoría de lo que él me aconsejaba me pasaba de largo sin que yo lo asimilara.

Supongo que cada quien tiene sus naturales talentos y el arte de seducir no era el mío.

Tenía amigas y –ocasionalmente-, lograba… digamos… algunos placeres, pero nunca mis logros se acercaron a los de Zeferino en esas artes.

* * *

Durante el tiempo que viví en Colima, algunas veces regresé a la casa de mis hermanas. La primera vez que las visité, iba preocupado porque supuse que mi hermana no querría recibirme.

Contrario a mis suposiciones, me recibieron y pasé un agradable fin de semana con ellas.

Esas visitas se dieron esporádicamente. Algunas veces agradables, otras no tanto.

En una de esas visitas –de las desagradables, por supuesto-, discutimos por cuestiones de las que ya ni me acuerdo. Gracias a esa discusión, dejé de visitarles por un largo tiempo. Algo así como un año o más.

Me hice la promesa de no volver a visitarles nunca más. No obstante, ese premeditado alejamiento no fue tan malo. Durante ese poco más de un año que dejé de visitar a mis hermanas, aprendí a valerme completamente por mí mismo. Aprendí a administrarme y me volví verdaderamente autosuficiente.

Sin embargo, las cosas estaban a punto de dar un giro inesperado. Un día, en la oficina nos dieron la noticia de que nos mudaríamos a Guadalajara.

La noticia –debo decirlo-, me pareció maravillosa. Después del D. F., Guadalajara representaba para mí lo más cercano al Santo Grial. No podía esperar a que llegara el momento de la mudanza.

Gracias a esa noticia volví a visitar a mis hermanas y –cuando lo hice, contrario a lo que esperaba-, fui excelentemente recibido y las cosas regresaron al mismo nivel que tenían antes de la discusión.

Fue entonces cuando aprendí a distinguir los matices en las relaciones humanas, que antes percibía monocromáticas.

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  1. Septiembre 28th, 2012 at 12:02 | #1

    ¡Gracias! Estuve preocupada de que desistieras de seguri escribiendo….

  2. Septiembre 28th, 2012 at 12:07 | #2

    ¡Gracias! Te había extrañado mucho y sentí tanto temor de que hubieses desistido de seguir con la historia…

  3. admin
    Septiembre 28th, 2012 at 15:39 | #3

    @Carmen Julia
    No sé como te las arreglas para hacerme sentir siempre tan halagado. Te agradezco mucho tu interés. Me alegra que estés al pendiente. ¿Podrías compartir conmigo una opinión objetiva acerca de lo que he escrito?

  1. Octubre 2nd, 2012 at 01:04 | #1
  2. Octubre 8th, 2012 at 03:10 | #2

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