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Capítulo 05 – Don’t go breaking my heart.

Desde que un día vi un anuncio sobre una escuela de computación en el D. F. en el diario que mi papá compraba, yo me sentí atraído por la computación. El simple hecho de leer esas palabras mágicas “IBM” y “Univac”, desataba mi imaginación. Pero lo que más me atraía de ello era la promesa de ganar treinta mil pesos mensuales que -en aquellos años-, era muchísimo dinero para mí.

Quizá, lo que más me seducía era la posibilidad de ir al Distrito Federal. Por eso, cuando mi padre me dijo que quería que me fuera con mis hermanas, a estudiar computación, me sentí defraudado. No era la carrera, sino vivir en el D. F., lo que quería. Pero me espantó más la idea de mantenerme por mí mismo. Después de todo, tenía sólo dieciséis años.

Mis hermanas regresarían a Iguala pronto. Mientras tanto, en los días siguientes arreglé todo para irme. Avisé en el trabajo que renunciaría y pedí que le entregaran mi cheque a mi hermano. ¡Qué iluso! Nunca me habían pagado una sola comisión y yo esperando que me dieran mi primer cheque. No es que no me lo pagaran, si lo hicieron… varios meses después.

A partir de la orden de mi papá, yo no hacía más que hablar de la que iba a ser mi carrera. No puedo negar que estaba notablemente emocionado. Hacía uno o dos años habían llegado a Iguala los primeros juegos de video.

Los niños de hoy encontrarían muy aburridas un par de barras largas y blancas en los extremos laterales de un monitor monocromático que se desplazaban hacia arriba y hacia abajo por medio de un par de joysticks, mientras una imaginaria pelota cuadrada recorría la pantalla de un lado a otro, tras rebotar con una de las barras, si no terminaba perdiéndose en el limbo cibernético cuando uno de los jugadores no alcanzaba a tocarla con la raqueta virtual, pero para los jóvenes de esos mágicos ochentas esas máquinas electrónicas resultaban místicas.

Para mí fue amor a primera vista. Cuando vi la primera de esas máquinas supe a que me iba a dedicar el resto de mis días. Me enamoré ipso facto.

Ya ni qué decir de aquel mediodía en que compré en un quiosco del zócalo una revista en la que toda la sección media estaba repleta de información y artículos sobre las primeras microcomputadoras de la revolución informática.

No sé cuántas veces leí esos artículos, sólo sé que ahí comenzó mi obsesión por las computadoras. Trataba de entender esa literatura, pero había mucho en ella que, para ser sincero, era un auténtico galimatías para mí.

No obstante que lo que sabía de computadoras era más fantasía que realidad, no cesaba de imaginarme a mí mismo trabajando con uno de esos equipos y formando parte de una reducida élite de gente que se vestía con batas blancas y daba la apariencia de ser científicos.

Pronto iniciaría la verdadera magia para mí.

Una noche, como ya acostumbrábamos siempre que sabíamos que mis hermanas irían a Iguala, mis hermanos y yo fuimos hacia el patio porque desde ahí se veía la carretera en el cerro. Sabíamos que era inútil la intención de ver el autobús llegar, pero nos imaginábamos que lo veíamos a la lejanía. Esa noche, yo fui el primero en salir, pero no duré mucho. En el cielo nocturno aparecieron unos puntos de luz que lo recorrían de extremo a extremo a velocidades vertiginosas. Emocionado, entré, para llamarlos y pronto estábamos en el patio mis dos hermanos, mi papá, unos compañeros de él y yo, absortos en el espectáculo de las luces bailando en el cielo.

Esa noche, todos pensamos que eran ovnis. Hoy, a la luz de la razón y tras aplicar la navaja de Occam, para mí queda claro que no era más que una lluvia de estrellas.

En realidad, decir que se trataba sólo de una lluvia de estrellas es la explicación más simple y más apegada a la realidad que podría externar; sin embargo, había algo anti natura en aquel espectáculo.

Las luces –en realidad-, no caían. Se desplazaban de un lado al otro de cielo y lo hacían vertiginosamente. En un segundo estaban en un determinado punto del cielo y –al siguiente-, estaban al otro extremo.

Una sola de esas luces –por decirlo de alguna manera-, iba hacia el extremo opuesto y regresaba al punto de partida solo para volver a hacerlo, una y otra vez, incesantemente.

Supongo que lo que presencié esa noche era producto de algún tipo de desplazamiento mecánico, pero detesto los fenómenos que no pueden ser explicados mediante las leyes propias de la naturaleza.

Desde mi punto de vista, absolutamente todo tiene una explicación simple, demostrable y –por tanto-, reproducible. De esta manera, mi mente no deja lugar para los fenómenos paranormales. En otras palabras, si no se puede medir y explicar mediante un modelo matemático, no es más que superchería.

Mi conflicto surge desde el mero instante en que he presenciado o vivido directamente experiencias que no cumplen este requisito puntual, como el fenómeno de las luces.

Por ejemplo, alguna ocasión me encontraba en la sala de la casa en Iguala, alrededor de las ocho de la noche, tocando discos –principalmente de Diego Verdaguer-. Mis hermanos y algunos amigos de ellos estaban en nuestro cuarto, jugando. En el instante en que estaba cambiando el disco, un reflejo en el espejo captó mi atención: Alcancé a ver una forma humana, como cubierta con una sábana. Es decir, si la imagen que vi pretendía ser un fantasma, era en realidad una burda imitación de un fantasma. Ni siquiera Gasparín, “el fantasmita amigable”, estaba tan mal confeccionado.

Fue cosa de un segundo. La imagen a todas luces fraudulenta de un fantasma se perdió a través de la puerta de la cocina. Lo primero que pensé fue que era uno de mis hermanos o sus amigos que se había puesto una sábana encima para intentar asustarme con la imagen de un fantasma.

Tal vez, lo más sencillo era dirigirme al cuarto desde la sala, para hacerles ver que lo que vi daba más risa que miedo, pero decidí perseguir al supuesto fantasma para poder ver como entraba al cuarto por la ventana del patio y entonces poner en evidencia a mis hermanos y sus amigos.

Sin pensarlo dos veces, me dirigí hacia la cocina, la atravesé, salí al patio pero fue inútil. No podía distinguir la forma que había visto.

El patio –en aquella época-, me parecía enorme. Era algo así como una terraza, en medio de la cual había un muro en “U” cuyo centro era un espacio sin piso desde donde se podía mirar al patio de la oficina de telégrafos que estaba al nivel de la calle, en la primera planta. Alrededor de este muro en “U” estaba el piso de la terraza. Al fondo, había un espacio entre el final del patio y el muro vecino, que era la pared de un antiguo cine que –hasta donde sé-, se quemó hace años.

El espacio intermedio fungía como una especie de patio trasero de la primera planta –la oficina de telégrafos-, que el personal de la oficina destinaba para arrojar la basura y –eventualmente-, quemarla.

Al salir de la cocina, busqué inútilmente la figura humana cubierta con una sábana. Al no encontrarla, recorrí la terraza sin perder de vista el cuarto donde dormía con mis hermanos, en un intento por –cuando menos-, presenciar el instante en el que el supuesto bromista brincara la ventana para entrar al cuarto.

Llegué hasta el límite de la terraza, donde el muro daba vuelta en “U”, di la vuelta y recorrí el pequeño tramo –de unos tres metros- y volví a dar vuelta a mi derecha, siguiendo la “U” del muro.

En todo el trayecto no logré ver en ningún momento esa figura “fantasmal” que he descrito.

Tras recorrer todo el patio siguiendo la “U”, llegué finalmente al cuarto y –desde la ventana-, les pregunté a mis hermanos si pensaban que yo era tan idiota como para tragarme su burdo intento de fantasma; obviamente, ellos negaron incluso que hubieran salido del cuarto, dijeron que yo estaba loco y que estaba viendo visiones.

A la fecha, yo sigo pensando que fue una broma por parte de ellos y –cuando les recuerdo el incidente-, ellos continúan negándolo.

Sé que mi pequeña historia es muy infantil, pero no es la única. En diversas ocasiones he visualizado en mi mente hechos que ocurren en algún lugar distinto a donde estoy o que tienen lugar en algún punto del futuro próximo.

En otras ocasiones, he tocado a alguien o a un objeto y una serie de visiones asaltan mi cerebro al mismo tiempo que me desvanezco, como si perdiera el sentido.

No es divertido. De hecho, creo que duele un poco. Lo odio. No me gusta. Me desagrada no sólo porque duele sino –más importante para mí-, porque jamás he podido encontrarle una explicación.

Como ya dije, si un fenómeno no puede ser explicado mediante elementos presentes en la misma naturaleza, simplemente no puede ser más que una falacia y detesto que este tipo de eventos sin explicación aparente me ocurran a mí.

Creo que la raíz de esto es el momento justo en que dios murió para mí. Al haber muerto mi madre a pesar de todas esas interminables horas de rodillas, rezando por un milagro que nunca llegó, me llevó a tener la seguridad de que dios no es más que otra historia para aquellos que no desean tomarse la molestia de buscar una explicación lógica y razonable para los hechos que ellos definen como “voluntad de dios”.

Al menos, así ha sido la mayor parte de mi vida, posterior a mi infancia y primeros años de adolescencia, en que creía sólo porque esa era la tradición familiar.

¿Por qué hablarte de esto? Ese tipo de historias describen como llegué hasta este punto de mi vida, me describen a mí, como persona, como ser humano.

Hay un propósito importante inmerso en ello también. Dudar, es algo natural. No es malo ser escéptico. Para mí es increíble que en pleno siglo XXI aún exista mucha gente que se santigua cuando admites tu falta de fe.

Si se te ocurre cuestionar alguna tradición relativa a la religión, aún hay gente que se pone a la defensiva y descalifica cuanto sale de tu boca. Algunos –si pudieran-, se aprestarían a colocar leños para formar una hoguera y la encenderían sin dudarlo para quemarte en ella por iconoclasta.

Aun cuando reconozcas que no puedes desligarte de la religión por completo, pero prefieres explicaciones científicas por sobre los dogmas de fe, esta gente recurriría a la Santa Inquisición si pudiera.

La verdad es que hoy soy mucho más tolerante con respecto a dios que en mis primeros días como ateo. Sigo sin concebirlo como una especie de ser sobrenatural pero, para ser honesto, me siento mucho más a gusto con la idea de que hay algo -no necesariamente un ser-, que es el origen de todas las cosas.

Muchos años después de esa juventud irreverente, un día, conocí a un alemán que se convirtió en un entrañable amigo.

Una tarde, él intentó explicarme su punto de vista respecto a los símbolos bíblicos. La verdad es que he olvidado la mayoría de lo que pretendió enseñarme, pero algunas cosas no.

Por ejemplo, me habló de cómo interpretar la historia de Jesús, María y José. En sus palabras –y aproximadamente como lo relata el Nuevo Testamento-, José conoció a María y quedó profundamente enamorado de ella. La pidió en matrimonio y –como era costumbre en la época-, se concretó el compromiso, pero él no podía conocerla como mujer.

Un día, ella recibió la visita de un ángel que le dijo que a partir de ese momento ella quedaría preñada de un hijo de dios.

Al enterarse José, se sintió muy ofendido en su orgullo masculino –si, así de misóginos son los personajes en la biblia, desde mi punto de vista, por supuesto-; tanto, que durante mucho tiempo dudó de aceptarla como esposa. Después de todo, él no había sido el primero.

Sin embargo, decidió esperar a que María diera a luz a ese niño, para después abandonarla.

No obstante esta decisión de José, una noche se le apareció en sueños ese mismo ángel que le había anunciado a María su concepción y le pidió que no la abandonase; le confesó que el niño que María esperaba era producto del espíritu santo, que era hijo de dios y que dios quería que ellos permanecieran juntos, como familia.

Ante esta explicación, la actitud de José cambió y aceptó finalmente a María como su legítima esposa.

Bien, eso lo podemos leer en el Nuevo Testamento, tal cual. Ahora la interpretación de mi amigo:

María –de acuerdo con él-, representa a la verdad. José es el ser humano. Cualquier persona.

José conoce la verdad y le fascina tanto, que se enamora de inmediato de ella. Se deja seducir por la verdad y le atrae tanto que hasta duele.

Inevitablemente, José siente miedo. Aceptar la verdad puede destruir su ego y convertirle en alguien más, alguien trascendido.

Duda, intenta no dejar de ser la persona que había sido hasta ese instante… y, tras mucho meditar, se da cuenta de que no tiene otro camino que aceptar la verdad… aceptar a María.

En el preciso instante en que esto ocurre, José –el ego de ese ser humano común y corriente-, fenece y se transforma en Jesús, el nuevo ser trascendido.

Esta interpretación es consistente con muchos otros pasajes que relatan la historia del Jesús bíblico. Como por ejemplo, el relato que describe a un Jesús moribundo en la cruz. Aquel Jesús al que se le escapa la vida en forma de un chorro de agua cuando uno de los soldados le atraviesa el costado con su lanza. El mismo Jesús que fallece en la cruz y es trasladado a una cueva, de la que desaparece al tercer día, para aparecerse ante María Magdalena y sus apóstoles eventualmente tras el hecho. El mismo que se eleva a los cielos para unirse a su padre.

Esta no es más que una alegoría que intenta explicarnos cómo todos somos –en esencia- dioses.

Es decir, todos nosotros, tan imperfectos, somos -en realidad-, perfectos. Nos equivocamos, sí; es de esperarse. Por eso hemos sido dotados de libre albedrío.

Es necesario tener la capacidad de cometer errores, porque estos errores son los que nos hacen evolucionar. Si no fuera por nuestras equivocaciones, jamás podríamos aprender nuevas lecciones.

En realidad, la maldad no existe. En realidad, lo que denominamos maldad, no es otra cosa que ignorancia, necedad.

Persistir en un curso de acción que perjudica a tu prójimo, no es sino un síntoma de que no has comprendido la lección.

Vives encerrado en una burbuja traslúcida que distorsiona tu percepción de las cosas y consideras que lo que haces es lo correcto, sin detenerte a pensar en el daño que ocasionas.

Sin embargo, algún día el peso de tus actos recaerá implacable sobre tus frágiles hombros y tu burbuja reventará de la forma más abrupta y desoladora posible, para hacerte ver esa verdad que no quisiste aceptar.

Es triste decirlo, pero –a veces-, las lecciones sólo pueden ser asimiladas de una manera brutal.

La representación de la muerte, resurrección y ascensión del Jesús bíblico, únicamente nos dice que –para poder trascender-, necesitamos primero matar a nuestro ego para, una vez liberados de su carga, ser capaces de transformarnos en ese ser trascendido que todos perseguimos.

Al morir nuestro ego imperfecto, de sus cenizas surge un ser nuevo, impregnado de la fragancia del entendimiento de la verdad absoluta. Un ser perfecto.

Tras escuchar a mi amigo por largas horas, contrario a lo que él esperaba, una nueva luz irrumpió en mi oscuro recinto interior y pude comprender –al fin-, que ese ser que me negaba a reconocer, dios, no es en realidad un ser, sino un concepto. Esa tarde, comprendí que dios ni siquiera es un ser, sino una idea… más precisamente un concepto y que –si aún persistimos en la idea de considerarle un ser-, su género no es masculino, sino femenino y que dios no es otra cosa que la verdad. Porque nada hay que sea más absoluto que la verdad.

Al conocer mi nuevo punto de vista, mi amigo trató fútilmente de hacerme comprender que le había malinterpretado. En realidad, él pretendía que siguiera aceptando al cristianismo como tal, pero fue inevitable.

Mi percepción de dios y lo que representa se había transformado y la luz de un nuevo entendimiento, iluminaba a partir de ese instante el lúgubre recinto de mi ego.

Unos días después, en la Universidad, me encontraba solo en la sala de maestros, reflexionando sobre cómo explicar el eterno dilema del origen de todo.

Me debatía entre la creencia clásica del creacionismo, que planteaba que todo había sido creado por un ser mítico y la subversiva explicación que ofrece la teoría del Big Bang, que expone que todo proviene de una singularidad tremendamente densa que –sin más-, estalló en una inimaginable explosión que dio origen a todo lo que existe.

Había llegado a un callejón sin salida: ni podía explicar quién o qué había creado a ese ser súper poderoso que creó todo lo que existe, ni era capaz de entender de dónde venía, ni qué había originado esa singularidad que propone el Big Bang.

Ambas teorías tienen un punto muerto. Ninguna es capaz de ofrecer una explicación razonable.

Para complicar las cosas, existen planteamientos como el de la paradoja de la omnipotencia, formulada, replanteada e –incluso-, revisada por muchos filósofos a lo largo de la historia –entre ellos: Averroes, René Descartes, Tomás de Aquino, J. L. Cowan, Agustín de Hipona o Ludwig Wittgenstein, por mencionar algunos-.

En esencia, esta paradoja plantea la pregunta: “¿Puede un ser omnipotente crear una piedra tan pesada que ni él mismo pueda levantarla?”.

Desde una perspectiva puramente objetiva, esta paradoja puede expresarse mediante una serie de silogismos a través de los cuáles se produce una conclusión para nada favorable a la teoría del creador omnipotente.

Sin embargo, en honor a la justicia, existe otra versión del mismo dilema que plantea un problema similar, enfocado al mundo de la física: “¿Qué ocurriría si una fuerza irresistible actuara sobre un objeto inamovible?”.

El dilema es el mismo: ni la fe, ni la ciencia, son capaces de ofrecer respuestas a hechos que –hoy-, permanecen inexplicables. Ambas, buscan lo mismo: la verdad. Las dos tratan de alcanzarla siguiendo sus propios derroteros. Quizá, la única diferencia sea que la ciencia –de encontrarse datos duros que demuestren la existencia de dios-, terminaría aceptándolo en la medida que la evidencia empírica así lo concluya. No estoy seguro que de llegar la religión a la conclusión de que dios nunca ha existido –en primer lugar-, estaría dispuesta a renunciar a su dogma.

En esa cavilación me encontraba cuando –de repente-, entró a la sala una profesora –compañera mía y amiga muy querida- y –de inmediato-, compartí con ella mis reflexiones.

Terminé diciéndole que –desde mi punto de vista-, dios no era otra cosa que la verdad, ya que la verdad es lo único absoluto que existe en el universo.

Ella respondió que no estaba de acuerdo, que la verdad es distinta para cada persona y yo, intenté defender mi postura indicándole que no, que verdad solo hay una, aunque matizada por la percepción de las personas.

Discutimos por largo rato el tema sin llegar a un mutuo acuerdo.

Eso ocurrió hace varios años ya pero –en este instante-, sólo puedo decir que no soy más un ateo.

Sigo sin aceptar a dios en la forma de un ser, pero me resisto a considerar que no existe del todo.

Creo que –mientras haya cosas que no pueda explicar lógica y razonablemente-, seguiré creyendo que existe algo más, algo inalcanzable, invisible; algo que nos trasciende a todos y hacia lo cual estamos destinados a dirigirnos al transcurrir la eternidad.

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