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Capítulo 04 – Never, never gonna give you up.

Mi madre había padecido cáncer desde que estábamos en Taxco. Se había atendido desde el momento en que se lo descubrieron, pero no fue suficiente. Quiso el destino que descubrir su cáncer se diera mucho después de lo considerado oportuno. Sucedió porque ella descubrió una bola a la altura de su seno, junto a su axila.

Fue una prueba muy difícil para todos, más que a nadie, para ella. Durante años, la religión se convirtió en nuestro refugio, especialmente para mí. Criado en el seno de una familia católica, con un padre que en sus ratos libres tomaba sus libros de rezos y se ponía a leerlos y una madre que no perdía motivos para acudir al templo, su influencia era patente en cada uno de nosotros.

Recuerdo tediosas tardes que viví de rodillas, tratando de convencer a un dios en el que creía sólo porque así me habían educado, de que se apiadara de mi mamá y le permitiera vivir. Me veo completamente iluso, rezando sin cansancio, creyendo en un milagro insólito, que detuviera su cáncer y lo hiciera retroceder.

Vi a mi madre sufrir y yo sufría con ella. Quise creer, con sinceridad, pero los hechos se imponían. Mi fe fue puesta a prueba. Unas tías mojigatas insistían en que debíamos acudir a dios en busca de un favor que nunca llegó.

Con el tiempo, mi madre perdió ambos senos y su pena fue mayúscula pues se sentía menos mujer. Ella misma perdió la fe en llegar a recuperarse y los problemas económicos se agravaron, hasta el punto en que llegó a abandonar su tratamiento. Estaba perdiendo más que sólo sus senos y la lucha contra el cáncer sólo se hacía más cruenta cada vez. Un tipo en Cuautla, Morelos, vendía un agua milagrosa que ella comenzó a ingerir y que luego fue cambiada por un polvo que decían que era de víbora y no sé cuántos menjurges más se llegó a meter cuando la ciencia médica le negó toda esperanza.

Cuando finalmente entendió la futilidad de los remedios milagrosos y sólo porque el ardor de sus pulmones le impedía ya hasta respirar, regresó a su antiguo tratamiento.

Uno de esos días, mi padre contrató a un chofer que tenía auto para llevarlos a ellos, mi papá, mi mamá y mi hermano, al Distrito Federal, para asistir a consulta en el hospital de ISSSTE. Durante la madrugada del siguiente día partieron.

Los demás nos quedamos en la casa, para seguir con nuestras actividades cotidianas. No fue sino hasta por la tarde que una de mis hermanas recibió la llamada telefónica: habían tenido un accidente en la carretera, en la última caseta para entrar al D. F. Al siguiente día, por la mañana, mi hermana y yo partimos hacia el D. F. y encontramos primero a mi hermano, quien nos platicó cómo ocurrió.

De lo que recuerdo de su relato, él afirmaba que el carro se desbarrancó y el chofer, quien aparentemente había resultado ileso, se dio a la fuga, dejándolos heridos a todos ellos. Mi padre yacía, tumbado entre las hierbas y mi madre seguía en el automóvil, atrapada. Mi hermano hacía cuanto estaba a su alcance por ayudarles, pero no podía hacer gran cosa. Entonces, con un dolor intenso en su pierna, subió hasta la carretera para pedir ayuda, sin mucho éxito y, al comprobar el escaso resultado que conseguía, regreso al auto a seguir luchando por liberar a mi mamá. Algún tiempo después llegaron los paramédicos y, ya en la ambulancia, saquearon a mi familia de todo cuánto pudiera tener –aunque sea-, un modesto valor.

Tras comprobar que mi hermano y mi padre estaban bien, nos fuimos hacia los cuartos a buscar a mi mamá. Fue desgarrador para mí verla.

Un médico cruel llegó de pronto y, sin miramientos de ninguna clase, simplemente dijo que con el accidente mi madre moriría en unos días, que de sus pulmones ya sólo quedaba sano un centímetro cuadrado de tejido y que no la podían enyesar en sus fracturas por la misma razón.

Era un tipo muy pulcro, rubio, de ojos verdes, si no mal recuerdo y alto. Con toda la inocencia que me caracterizaba por mi edad, ofrecí uno de mis pulmones para ayudar a mi mamá. El médico, de una manera absolutamente despótica y sin el más remoto atisbo de empatía con nosotros sólo dijo que eso era una estupidez, que las cosas no funcionaban así y se fue, sin más.

Mi hermana tuvo que regresar a Iguala o no sé a dónde fue, pero yo tuve que quedarme a cuidar a mi mamá. Pasé algunos días con ella, atendiendo sus necesidades.

La primera noche que pasé ahí fue imposible para mí conciliar el sueño. Mientras la noche transcurría, una señora en el cuarto de al lado no paraba de gritar. En algún momento mi mamá me pidió que fuera a buscar un cómodo y yo aproveché para decirles a las enfermeras que la señora de al lado estaba gritando.

Encontré a dos de ellas muy animadas conversando sobre cosas de sus vidas cuando les dije. Una de ellas simplemente dijo: -¡Ah, sí! ¡Es la señora que tiene rota la columna! ¡No hay nada que podamos hacer! -, y continuaron platicando.

Si el médico, todo pulcro, todo planchadito, todo elegante se me había hecho completamente odioso, el ver la respuesta de estas personas diciendo como si nada que no había más que hacer, me convenció de algo que se ha convertido en una regla de mi vida: Odio a los médicos y prefiero no saber de qué me he de morir, que ir con uno de ellos.

A raíz de su accidente y como resultado directo de su condición, mi madre ya sólo podía respirar a través de una sonda que conectaba su nariz con un tanque de oxígeno.

Una tarde ella me pidió que le consiguiera un cómodo para satisfacer sus necesidades biológicas. Yo lo conseguí, se lo acomodé y, cuando hubo terminado, con tanto cuidado como pude, se lo retiré y la limpié.

Mientras lo hacía ella me confesó que le daba mucha vergüenza que yo hiciera eso por ella, pero lo hice porque no logré encontrar a una enfermera que quisiera hacerlo por mí y porque mi madre no podía hacerlo por sí sola. Yo simplemente le pedí que no se preocupara y le recordé que ella muchas veces hizo lo mismo por mí, cuando era bebé.

Ese fue uno de los momentos en que más cerca estuve de ella. Creo que si ella viviera todavía, a mi edad, con unos incipientes hilos plateados asomándose furtivamente en mis sienes, aún así ella sería lo más importante de mi vida.

Cuando ella vivía, siempre que podía pasaba el tiempo junto a ella. De niño, muchas veces la abrazaba y acariciaba su pelo. Me gustaba mucho estar con ella. Le platicaba de todo, aunque ella muchas veces sólo se portaba condescendiente conmigo.

El ser novio de Martha cambió un poco eso. Yo creo que su reticencia a mi relación con Martha se debía a que sentía celos de una muchachita que me había llevado de la niñez a la adolescencia. En cierto modo así fue, pues el andar con Martha cambió en cierta forma mis prioridades.

No obstante que mi madre seguía siendo el motor de mi vida, con el tiempo me fui alejando. Creo que fue porque me encontraba en la etapa en que comenzaba a ver a mis padres como iguales y no como seres superiores.

Por esa época también comencé a cuestionar muchas cosas, sobre todo, a cuestionar muchas de sus enseñanzas. Ya había dejado de aceptar todo lo que ellos me decían como una verdad absoluta.

También me di cuenta de que mi mamá era muchas veces condescendiente conmigo y comencé a cuestionar su cariño hacia mí.

Antes del accidente, cuando todavía podía respirar sin el tanque de oxígeno y la sonda, una noche en que nos reunimos con personas ajenas a la familia, ella sintió repentinamente un ataque de cariño desmesurado hacia mí y me pidió que me sentara sobre sus piernas.

Yo. . . no sé bien que ocurrió dentro de mí. No sabría decir hoy si fue esa incipiente desconfianza en la reciprocidad de su amor o mi miedo a lastimarla –pues era un muchacho muy fornido para cuando esto ocurrió-, me negué al principio, pero entendí que quizá ella era sincera o, tal vez, sentía remordimiento, ¡no sé! Sólo sé que no le iba a negar ese instante y obedecí.

Ella me dijo cosas como -¡Mi niñote!-, y me abrazó y consintió durante un rato. Yo me sentí apenado y, lo que sí recuerdo bien, no dejaba de pensar en ese momento que era pura hipocresía. Simplemente no podía creer en ese repentino ataque de amor. Algo que nunca había hecho ella por mí, al menos que yo recordara.

Cuestionar los motivos de los padres es algo natural. Todos pasamos por eso. . . más veces de las que quisiéramos, en realidad. Sucede porque cuando vivimos la transición de la niñez a la edad adulta, dejamos de verlos grandes, dejamos de sentir la necesidad de su protección. Nos descubrimos autosuficientes y empezamos a forjar lo que se convertirá en nuestra personalidad definitiva.

Pero los fantasmas de las aberraciones que cometimos en la época en que comenzamos a declarar nuestra independencia se quedan para toda la vida.

Es natural que alguna vez te sientas avergonzado de tus padres durante la adolescencia, pero cuando no estén, cuando hayas madurado y tengas tu propia vida, sin el cobijo de ellos, te verás al espejo un día y los verás a ellos, educarás a tus hijos y te sorprenderás educándolos como ellos te educaron a ti, analizarás tus reacciones y descubrirás que eres una copia de ellos en muchos sentidos.

Cuando los problemas te agobien querrás su consejo y cuando tu ánimo merme, sentirás una indescriptible necesidad de sus mimos.

Si tan sólo hubiera sabido eso entonces, hoy no acarrearía este agonizante arrepentimiento por no ponerme en su lugar en esa noche y darme cuenta de que ella sabía que moriría cualquier día de estos y que ya no le quedaban muchas oportunidades para sentarme sobre su regazo, apapacharme y sentirse mi madre otra vez.

Para la fecha en que el accidente ocurrió, yo ya había terminado la secundaria y, ante la escases de recursos y de alternativas, entré a estudiar una carrera técnica en trabajo social ahí mismo, en Iguala. No era la carrera que yo había soñado pero, por lo menos, había sido una de mis elecciones.

Tras el accidente, cuando mi madre estaba ya de regreso con nosotros, en Iguala, yo era el encargado de recoger los tanques de oxígeno para mantenerla con vida. Cada tarde, alrededor de las cinco, iba hasta un almacén o a una clínica a cambiar el tanque.

Una tarde comencé a arreglarme para ir a la escuela. Mi madre me llamó y me pidió que no fuera. Estábamos en fechas de los festejos de la independencia de la nación y yo, como era uno de los pocos hombres de esa escuela, estaba en la banda de guerra.

Le dije que tenía que ir, que debería desfilar al siguiente día y que me estaban esperando. Ella aceptó, pero yo jamás voy a olvidar esos ojos suplicantes mirando mi rostro. Como pudo, me santiguó y me acarició en la cara.

Duele recordar este episodio. Duele mucho. Esa fue la última vez que la vi con vida. Mientras escribo esto, los recuerdos hieren mi memoria y afloran a través de mis ojos.

Le prometí que regresaría a las cinco, como siempre, para cambiar su tanque de oxígeno y la besé en la frente. A las cinco fui con un amigo a recoger el nuevo tanque de oxígeno a una clínica que estaba a la vuelta de la esquina de la casa. Cuando pasamos por ahí, vi a mis tías y unas señoras a la puerta de la casa. No le di importancia y me dirigí a la clínica, recogí el nuevo tanque, prometiendo regresar con el tanque vacío en unos momentos y me fui a la casa.

Al llegar saludé a las tías y a las señoras y vi una serie de artefactos de los que usan las funerarias, pero no comprendí lo que eso significaba. Subí las escaleras y vi el féretro.

Quedé petrificado. Un escalofrío intenso recorrió mi ser desde la cabeza hasta los pies y grité -¡Mamá!-. Dejé el tanque ahí, a un lado de la escalera y corrí al féretro con los ojos inundados en lágrimas. Ese fue el momento en que conocí el verdadero dolor.

La miré ahí, recostada y la toqué. Se sentía fría. Su rostro inexpresivo, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Los brazos cruzados sobre su pecho y sus carnes tiesas. No podía creerlo. Entenderlo fue difícil, pero más difícil fue creer que eso pudiera llegar a pasar.

Ya no recuerdo qué otras cosas sucedieron esa tarde, pero sí recuerdo que desgasté mis nudillos azotando las paredes mientras los curiosos que nunca faltan se reían de mí, sin llegar a comprender que el dolor rasgaba mis entrañas y que esa era la única manera de distraer el ardor que producía en mí ese indescriptible dolor.

No recuerdo como fue para mis hermanos, pero estaban igual que yo, con reacciones diferentes, pero el mismo abatimiento.

Los únicos que estuvieron junto a ella, en su lecho de muerte, fueron mi hermano menor y mi padre. Mi padre no dejaba de contar que mi madre, en sus últimos momentos, creyó ver a una de mis hermanas mayores trepada en uno de los árboles de la calle que se veían a través de la ventana del cuarto donde murió y la regañaba, exigiéndole que se bajara de ahí. Mi hermano menor solo decía que la vio morir.

Si para mí fue la más horrible experiencia que me ha tocado vivir, no quiero imaginar cómo debió ser para él, mi hermano menor.

Esa noche, me encerré en mi cuarto y me negué a salir de ahí hasta que al otro día me obligaron para llevar el cuerpo de mi madre a Chilpancingo para enterrarla. Tengo vagos recuerdos de la misa, a la que no quería asistir porque dios había comenzado a convertirse en una duda, más que en una convicción para mí y no puedo evitar traer a la memoria cómo me obligaron a cargar el féretro aferrándolo por una de las esquinas frontales.

Recuerdo cómo me dolió cada palada de tierra que caía sobre la caja cuando la estaban enterrando y cuán miserable me sentí durante toda la jornada. Sin embargo, todos esos son recuerdos muy vagos. Apenas fotografías en blanco y negro que aleatoriamente llegan a mi mente.

Unos días después de su entierro, llegaron a la casa algunos de sus hermanos. Yo me había convertido en un ermitaño que se resistía a abandonar su cuarto, pero pude darme cuenta de que lo primero que preguntaron los hermanos de mi mamá era dónde teníamos las cosas de la abuela que mi mamá había guardado, entre ellas, joyas, ropa y algunos cuadros.

Con asco, regresé a mi cuarto y me negué a salir. Entonces mi tío Leoncio, un tío a quien de niños, todos nosotros habíamos querido mucho porque, además de solterón, era un tío consentidor, entró y se sentó en la cama frente a la mía.

Él trato de consolarme y me habló de lo mucho que la muerte de mi mamá le dolía y yo no pude más y le llamé buitre. Le dije el asco que me producían todos ellos y le eché en cara que se llevaran todo, que no importaba, pero que no viniera a mí a tratar de lavarme el coco con ese supuesto amor que tenía por mi mamá.

Entonces él trató de razonar conmigo. Me dijo que esas cosas habían sido de mi abuela y que tenían un valor entrañable para ellos. Que simplemente querían recuperarlas pues, al no estar mi mamá no había nadie más en Iguala para quien todas esas cosas pudieran tener algún significado. Me pidió que les comprendiera y me dijo que mi madre había sido su hermana y que, a pesar de mis dudas, su amor por ella era sincero. Yo me negué a creerle y le exigí que me dejara solo. Esa fue la última vez que le vi. Con el transcurrir de los años volví a saber de él, pero solo por referencia. Alguien me contó que vivía con una señora en el Estado de México.

Pasé días encerrado en mi cuarto. El dolor me consumía, pero con el paso de los días ese odio se convirtió en decepción primero y luego en una muy profunda ira en contra de dios. No podía comprender cómo, después de tantas tardes de rodillas, rezándole, suplicando, él hubiera puesto oídos sordos a todos nuestros ruegos y, entonces, empecé a dudar de su existencia.

Una tarde, como acostumbraba durante mi juventud en Iguala, subí a la azotea y, desde lo más profundo de mi corazón grite: -¡Te odio! ¡Si eres tan poderoso como cruel, demuéstrame que existes!- dirigiéndome a dios. En ese momento, las nubes en el cielo comenzaron a moverse y a dibujar rostros. Uno de ellos era el rostro de un señor barbado, colérico, que me miraba iracundo y yo sentí miedo, mucho miedo y bajé de ahí. Me refugié en mi cuarto.

Sin embargo, una revolución acababa de gestarse y mi relación con lo religioso comenzó a morir.

Como pude, continué mis estudios en la escuela de trabajo social. Había una muchachita pequeña, de piel morena y rasgos simpáticos. Ella era muy bonita y un largo cabello azabache caía en cascada sobre sus hombros. Me buscaba mucho, pero lo que yo sentía por ella no era más que simpatía. Mi interés era diferente. Mi interés estaba enfocado por completo en Mayra, una muchacha costeña, para nada bonita, pero muy segura de sí misma. Como buena costeña, era muy franca y no le gustaba dejarse de los demás. Era una joven dura, pero me parecía agradable y me enamoré de su fortaleza.

No obstante todos mis esfuerzos, mi fascinación por ella parecía darle lo mismo. Durante meses la perseguí, tratando de mostrarle cuánto me gustaba. Ella me dejaba, pero no estaba en lo absoluto interesada en mí.

Algunas veces, mis compañeras organizaban alguna reunión y, siempre que llegaba, lo primero que hacía era preguntar por Mayra, pero en muchas ocasiones ella no llegó. Creo que a mis compañeras ella no les caía muy bien.

Una noche, saliendo de la escuela le pedí que me dejara acompañarla y, mientras caminábamos, saqué valor quien sabe de dónde y le dije que me gustaba mucho, que estaba muy enamorado y que yo estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que fuera necesaria por ella.

No era bueno en esos menesteres, es evidente, porque ese “haría lo que fuera por ti”, no tuvo ni de cerca el sentido que yo esperé que ella le diera. Simplemente, me respondió que yo le daba miedo y que era mejor que dejáramos las cosas así, como estaban y que la dejara sola.

Al día siguiente, en la escuela, la vi, pero trató de evadirme tanto como pudo. Sus evasiones se hicieron frecuentes y yo me sentía asolado. Una de esas tardes me salí de la escuela y fui a una licorería y compré una botella de un cuarto de vodka. Luego, me dirigí a la esquina de mi casa, donde un amigo tenía un puesto móvil de helados y me metí a su camioneta. Comencé a tomar mientras le preguntaba apesadumbrado qué había hecho mal.

Él trato de aconsejarme y me dijo que cuando él quería conquistar a una chica primero trataba de ser su amigo e iba midiendo el terreno, hasta que encontraba el momento propicio para declarársele.

Honestamente ya no recuerdo que pasó. Sólo recuerdo que al siguiente instante me encontraba en el patio de la escuela gritándole a Mayra que la amaba, que no podía vivir sin ella y, sin saber cómo –en verdad-, me encontré de nuevo en la misma licorería donde compré la primera botella, comprando una segunda y no recuerdo nada a partir de ese momento, hasta el otro día, que desperté alrededor de las tres de la tarde con una fuerte resaca y un padre que no me dirigía la palabra.

Más tarde mis hermanos me contaron que mi amigo, del puesto ambulante de helados, junto con alguien más, me llevaron “de aguilita”, hasta la casa y ayudaron a mi padre a subirme hasta el cuarto de mis hermanas. Me contaron que mi papá estaba muy enojado conmigo y que ya no quería saber nada de mí.

Sé que no es excusa para mi comportamiento, pero todo se me había juntado. La reciente muerte de mi madre, la negativa de Mayra a ser mi novia, mi padre enojado por mi primera borrachera y, encima, la noticia de que me habían corrido de la escuela porque Mayra les dijo que yo le quería hacer quien sabe cuántas cosas, que me la quería robar y que yo le había dicho que estaba dispuesto a hacer todo por ella.

Antes de la expulsión, me dieron la oportunidad de explicar lo que había pasado y yo traté de defenderme diciendo que Mayra me había malinterpretado. Que yo quise referirme a que estaba dispuesto a ayudarla en todo lo que necesitara, pero eso no les convenció y, finalmente, me entregaron mis documentos y me pidieron que no regresara.

Mi padre se negaba a hablarme y yo sentí que estaba completamente solo, así que decidí que no tenía sentido seguir vivo, de manera que a partir de ese momento dejé de comer. Lo único que hacía era dormir. No salía de mi cuarto más que para beber agua. Me llamaban para ir a comer, pero yo sólo decía que luego iba y no lo hacía.

Los primeros días fue difícil. El hambre me hizo dudar varias veces de mi determinación, pero mi necesidad siempre se imponía. A media semana, mi cuerpo ya se había ajustado y no sentía más que una pequeña molestia en el estómago, pero ya no la identificaba con el hambre.

A la segunda semana me sentía bien, es decir, débil, naturalmente, pero ya no necesitaba comer. Mis funciones biológicas también se ajustaron y sólo iba al baño a orinar.

Ni siquiera terminé esa segunda semana. Ante la insistencia de todos –incluido mi padre-, y la debilidad que sentía, decidí romper el ayuno y comenzar a comer.

No le recomiendo a nadie el ayuno voluntario, ni siquiera el forzado. Cuando uno ayuna y luego vuelve a comer, el estómago, desconcertado, rechaza el alimento de inmediato.

Yo tenía tanta hambre cuando decidí volver a comer, que abusé de la comida, queriendo llenar el hueco que me habían dejado casi dos semanas de ayuno voluntario y, así como comí, lo devolví todo. Fueron necesarios varios días para regularizar el funcionamiento de mi organismo.

Durante meses, tras todo lo acontecido, no hice absolutamente nada en la casa. Si le pedí a mi papá que me inscribiera en un curso de electrónica, pero pronto lo abandoné. Pasaron meses para mí viviendo en un estado de completo hedonismo. Ni siquiera atendía a los quehaceres de la casa. Sólo miraba televisión, día y noche.

Mi padre, sobra decirlo, estaba cada vez menos contento conmigo, pero me soportaba. Después de todo, según me enteré tras su muerte, yo fui el orgullo de su vida.

Un día decidí que tenía que hacer algo con mi vida, así me puse a buscar trabajo. Pronto encontré un trabajo como vendedor. Se trataba de vender enciclopedias. Asistí a una capacitación en la que trataban de levantarnos el ánimo para salir a vender.

Los primeros días o, mejor dicho semanas, gasté las suelas de mis zapatos sin conseguir acomodar una sola enciclopedia. Me sentía completamente defraudado de mí mismo.

Un buen día, un amigo de mi papá, no sé bien si por lástima o por intervención de mi papá, me compró una enciclopedia y eso fue todo lo que necesité.

No sé si hice algo diferente o, más bien, haber vendido una enciclopedia recargó mis ímpetus, pero a partir de ahí vender fue más fácil.

Siempre que salía a vender iba con mi hermano –el de en medio- y un amigo, el loco. Habíamos hecho un pacto: que siempre que realizáramos la primera venta del día, ese día no pararíamos hasta conseguir una venta para cada uno. Creo que ese pacto tuvo más significado para mí que para ellos.

Como ya en algún momento lo dije, yo era muy tenaz y asumía actitudes muy idealistas, pero muy firmes a la vez. En esos años yo creía firmemente que cualquier cosa es posible con determinación.

Pronto, vender fue cosa de todos los días. Mi confianza se había acrecentado y, de tanto ejercerlo, había adquirido ya una técnica de ventas. Todos los días cerraba una venta para mi hermano, otra para mi amigo y otra más para mí.

Yo me sentía muy emocionado porque me estaba convirtiendo en una estrella, pero mi papá estaba más preocupado por mi futuro, así que, una tarde, simplemente me ordenó que me fuera con mis hermanas mayores y puntualizó que iba a estudiar –Más vale que estudies, o de aquí en adelante te mantienes tú solo-, me dijo.

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  1. Agosto 23rd, 2012 at 11:18 | #1

    ¡Hermoso! Tuve que parar algunas veces para no ponerme a llorar aquí mismo (estoy en mi oficina).
    Espero con ansias tus próximos capítulos.

    • admin
      Agosto 23rd, 2012 at 11:28 | #2

      Muchísimas gracias. ¿Ya te fijaste al inicio de cada artículo que puse un enlace a tu blog? La verdad es que tu blog me encantó.

  2. Agosto 24th, 2012 at 07:21 | #3

    ¡Uh! Gracias, no me había fijado.

    • admin
      Agosto 24th, 2012 at 13:46 | #4

      Para servirte.

  1. Octubre 2nd, 2012 at 01:02 | #1
  2. Octubre 3rd, 2012 at 03:12 | #2

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