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Capítulo 03 – Saturday night fever.

Bailando bajo la luz de la luna

La efervescencia está ahora en el contacto físico y espiritual de dos seres expectantes que buscan el dulce calor de la sensualidad de la cercanía.

Era uno de los rituales de nuestra incipiente adolescencia. La imagen se había convertido en nuestra principal preocupación y todos por igual necesitábamos saber si encajábamos en el contexto social.

Esa fue la primera vez que entré a una discoteca. La música sonaba estridente en el recinto oscuro que era subrepticiamente iluminado por luces estroboscópicas que se reflejaban en la gran bola platinada que colgaba del techo, sobre el centro de la pista.

Un grupo de jóvenes bailaban -o hacían como que bailaban-, en la pista.

Otro conocido refrán sugiere “si vas a Roma, haz como los romanos”, así que, de lo que se trataba, era de bailar, como lo estaban haciendo todos.

Desafortunadamente algunos somos pillados por sorpresa justo en el momento en que menos lo esperábamos y no nos queda otro remedio que recurrir a la imitación. Eso fue lo que me ocurrió a mí. Quizá hoy me consuele el saber que no fui el único, pero no dejo de sonrojarme al recordar la futilidad de mis intentos.

Fue una suerte que una despistada quisiera ser mi pareja y bailamos por un momento. Al menos, hasta que se aburrió de mi ignorancia con relación al arte de la expresión corporal a través del movimiento. Pero no pasó mucho tiempo hasta que pude convencer a otra ilusa.

Valga decir que la mayor parte del tiempo me la pasé deambulando, saludando a quien me encontraba, hasta que pude reunirme con un amigo mío que iba exactamente a lo mismo que yo: a investigar de que se trataba todo este argüende.

De pronto, la chica más bonita que mis ojos habían visto en toda mi vida –y por toda mi vida hasta ese entonces me refiero a mis 12 años-, entró a la disco. No puedo describir el cúmulo de emociones que asaltó mi corazón durante ese breve instante en que la descubrí entre la multitud.

Fue entonces cuando descubrí que dios tuvo que pasar por una multitud de problemas para crear la belleza. Debió tratar una y un billón de veces, sin mucho éxito, justo hasta el preciso instante en que la creó a ella. Sólo entonces dios fue capaz de crear la belleza.

Mirar su rostro era como echar un vistazo al paraíso, como admirar un cielo nocturno inundado de estrellas, su rostro era el más perfecto poema y yo tenía capacidad de merolico frente a ella.

No está de más decir que conocía a quien la conocía, así que le pedí que me la presentara. Pero no era mi momento.

Un amigo común nos presentó, pero yo no atinaba a abrir la boca y cuando ya no pude más salí corriendo de ahí.

Ojalá ese hubiera sido el mayor ridículo de mi historia. No fue así. El destino me tenía deparado otro ridículo todavía mayor: unos días después de ese bochornoso incidente, volví a ir a la misma disco, adonde fue la misma jovencita, le pedí al mismo conocido común que nos presentara -de nuevo- y ocurrió exactamente lo mismo.

No sé cuál era mi trauma con las muchachas bonitas, pero ese trauma me hizo odiar las discoteques.

Tendrían que pasar varios años antes de volver a sentirme de ánimos para entrar a otra discoteque. Eso ocurrió de nuevo gracias al loco. En uno de esos días de vagancia, terminamos entrando a una discoquete. Debido a la influencia de mi amigo las cosas se habían vuelto diferentes para mí. Ya no le tenía miedo a las chicas. . . mientras no fueran extraordinariamente atractivas.

Conseguimos varias parejas de baile, lo cual ocurrió de esa manera porque en cuanto comenzábamos a bailar con ellas, decidían que la primera pieza era la última que bailaban con nosotros.

Pero a nosotros eso no nos importó. Al final, “bailamos” con muchas chicas y salimos de ahí sin haber conseguido un mísero número de teléfono.

Afortunadamente el tiempo pasó y las circunstancias cambiaron. No quiero decir con esto que alguna vez haya realmente aprendido a bailar, pero con el transcurrir de los años mi temor hacia las mujeres bonitas ha casi desaparecido. Lo que siempre pasa es que bailan conmigo más por lástima que de ganas.

Muchos años después cambié las discotecas por otro tipo de antros. De pronto, me sentí más atraído por los centros botaneros y departí con música de mariachi con muchas otras damas al calor de las copas. Finalmente, me conformé con verlas bailar a ellas mientras intencionalmente iban perdiendo su escasa ropa hasta que llegó un momento en que eso último me pareció la forma más estúpida de tirar mi dinero a la basura.

Hoy prefiero una velada romántica, a la luz de una sonriente luna, mientras bailamos lento, cobijados por un millón de estrellas. Hoy es más importante para mí seguir el lento ritmo de una canción romántica mientras nuestros cuerpos se funden casi por completo al mismo tiempo que nuestras miradas se embelesan de la visión de los ojos del otro.

La efervescencia está ahora en el contacto físico y espiritual de dos seres expectantes que buscan el dulce calor de la sensualidad de la cercanía.

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