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Capítulo 02 – Can´t get enough of your love.

La magia del primer amor.

No supe cuanto duró la magia, pero no importaba. El momento propició llegó justo a tiempo y las cosas no volverían a ser igual para mí.

Era un día soleado. Hacía un calor insoportable. Estábamos en una conversación de sobremesa mi madre, mi hermana, mi dulce Martha y yo. Era más o menos mediodía y acabábamos de almorzar. Martha llegó mientras lo hacíamos y mi madre la invitó.

Martha era una muchacha pequeña, de estatura baja y bonitas formas. Ella no era muy bonita, pero me caía bien. Ambos estábamos en el mismo nivel en la escuela secundaria, pero en diferente turno.

Ese día no habíamos ido a la escuela porque era sábado. Era normal que Martha subiera a la casa. Su padre trabajaba junto a mi papá y a mi mamá en la oficina de telégrafos, en la que mi papá era el administrador.

Martha acudía mucho a la oficina, supongo que para llevarle el almuerzo a su papá y, cuando podía, buscaba a mi hermana –menor que yo-, para platicar cosas de las que platican las mujeres.

Ese día, en la sobremesa, de pronto mi mamá y mi hermana empezaron a acosarnos con la idea de volvernos novios. Yo me sentía apenado y, aunque no puedo hablar inteligentemente sobre los sentimientos de Martha, supongo que ella se sentía igual.

Como sea, entendimos que eran sólo bromas. En aquella época yo no tenía más de trece años y creo que mi mamá quería verme de pequeño galán por cómo sucedieron las cosas ese día.

Bien dice un viejo refrán “Ten cuidado de lo que deseas porque se te puede hacer realidad” y esta no iba a ser la excepción.

A decir verdad, en esos años, yo vivía la magia de la secundaria. Atrás quedaba mi niñez y nuevos intereses comenzaban a hacer estragos en mi púbero ser. En realidad, eso mismo nos pasaba a todos los que estábamos en las mismas circunstancias, evidentemente.

Cuando entré, acababa de cambiar de residencia. Hacía tan solo un par de meses yo había salido de la primaria en Taxco y ahora iniciaba la educación secundaria en Iguala. En mi grupo, era uno de los más altos y sobra decir que algunas niñas me acosaban. Supongo que creían que era mayor. De cualquier manera, muchos de mis compañeros seguían prefiriendo los carritos y añoraban los partidos extra clase de football soccer.

Yo no era muy diferente a ellos, pero mis hormonas me tenían extremadamente confundido y me sentía desubicado y solo. Para mí, la pubertad empezó de improvisto, en un momento muy poco conveniente. Fue un día cuando tenía apenas nueve años y me encontraba en medio de un desfile.

Yo siempre había sido un niño obeso y Taxco tiene la particularidad de encontrarse enclavada en medio de la sierra madre del sur. Es decir, toda la ciudad es un montón de colinas sobre las que se construyeron edificios coloniales.

¿Por qué es esto relevante para lo que estoy contando? Bueno, imagínate a un niño gordito desfilando en medio de colinas. Imagina lo que ocurre en su pubis, al rozar su. . . bueno, su órgano reproductor con sus piernas.

Yo sólo sé que en un momento dado sentí unos impostergables deseos de orinar y –ante la imposibilidad de seguir aguantándome-, decidí que no me importaba y que orinaría ahí, en pleno desfile pero, contrario a lo que esperaba, sentí la relajación de haber orinado, pero mi pantalón estaba seco. Bueno, casi.

Ajá, así es. Te estoy contando cómo fue mi primera eyaculación, sólo que entonces no lo sabía. Más tarde se lo conté a mi papá y él se limitó a comprarme una cerveza.

Exacto, mi propósito es ayudarte a entender el porqué de mi confusión. Jamás me explicó él lo que me había sucedido y yo no tenía forma de saber que me estaba ocurriendo.

Creo que le pasa a la mayoría de los jóvenes, en algún momento, cuando las hormonas enloquecen su organismo y los cambios empiezan a ocurrir, que –de pronto-, las curvas femeninas nos trastornan y los efectos de dicho desasosiego interno son inevitables.

A mi pasó con muchas de las amigas de mi hermana que pasaban por el mismo tipo de cambios que yo y, obviamente, con las fotografías de las actrices y vedettes que publicaban en el diario que compraba mi padre.

Uno de esos días, ojeando uno de los diarios de mi padre, vi algunas de esas fotografías y me parecieron demasiado interesantes. Tanto que lo que tenía que pasar pasó y descubrí cuánta satisfacción puede darse uno mismo en un momento de fragilidad.

Si. Fragilidad es la palabra correcta. Sé de sobra que lo que cuento es demasiado gráfico –solo espero que la delgada línea entre lo gráfico y lo pornográfico no se haya roto aún-, pero hay un punto, lo prometo.

Mi niñez fue matizada por un ambiente de fe inmensa. Como suele ocurrir en casos como el mío, fui educado con ideas religiosas muy ortodoxas.

Ese día fatídico en que descubrí las delicias de la carne, me debatí entre el placer y el remordimiento. Al no saber lo que me había ocurrido durante el desfile y encontrarme con mis hormonas en exaltación, inicié lo que me debatiría entre lo correcto y lo que me daba placer.

No sabía con exactitud que estaba haciendo, pero no podía dejar de sentirme culpable ni de sentir placer al mismo tiempo.

Mi educación religiosa me gritaba que estaba mal, pero mi cuerpo pedía más y más. Quise detenerme, más de una vez, pero la tentación me instaba a continuar y –pronto-, fue demasiado tarde. Entonces hizo su aparición el remordimiento y conocí por vez primera la agonía del arrepentimiento.

No obstante, la semilla estaba plantada y no haría sino germinar.

No fue la última vez, aunque me lo había prometido y, para cuando salí de la primaria, era algo a lo que ya me había acostumbrado. No sabía mucho al respecto, sólo lo que me importaba entonces: que me hacía sentir bien.

Si le has dado a mi pequeño relato el sentido correcto, es posible que ya sepas lo insufrible que es ese debate entre la moral que la religión intenta enseñarte y aquellas pequeñas conveniencias que vas descubriendo a lo largo de tu vida, que contradicen lo que te han enseñado que es correcto.

Así llegué yo a la secundaria, en medio de un océano de confusión, como supongo que la mayoría de mis compañeros llegó también al mismo punto.

Había niñas que por alguna razón que ahora conozco de sobra pero entonces no entendía, me buscaban con mucha frecuencia. Pero yo estaba paralizado por la timidez. Me daba pena siquiera hablarles.

También, había algunas muchachitas que me parecían el más hermoso sueño que podía haber tenido hasta ese momento. Había dos, en particular, que eran tan hermosas como el rocío matutino que alimenta a las rosas de un jardín que extasía los sentidos. Pero les tenía un profundo miedo.

Durante esa época, era terriblemente retraído en lo relativo a tratar a las chicas, pero con mis compañeros era una historia diferente.

Recuerdo que mis compañeros y yo hacíamos apuestas sobre quién sería el primero en tener novia. Secretamente yo aspiraba a ganar esa apuesta, pero no fue así. Uno de mis compañeros, Mundo –como le llamábamos-, fue el primero en conseguirlo. En lo personal, yo no le hablaba a Mundo. Era ese tipo de niños que siempre andan bien planchaditos y se ven muy pulcros. Yo era un niño como cualquier otro, fachoso y empeñado en parecer mayor y más malo.

Mundo conquistó a Rocío, la niña que –a juicio de muchos-, era la más bonita del salón. No ocurría lo mismo conmigo porque, aunque reconocía que la chica era atractiva, no era el tipo de mujer que a mí me interesaba.

¡Qué tiempos aquellos! Hoy sólo sonrío al recordarlos. Las niñas que me gustaban a mí eran más bien delgadas. Rocío era demasiado exuberante para mi gusto.

No falta aquel –incluyéndome-, que inventara historias sobre novias imaginarias y se la pasara impresionando a los demás compañeros con las fantasías que sólo residían en su fructífera imaginación.

Pero ese sábado, tras la sobremesa, mi mamá y mi hermana finalmente se fueron y nos quedamos Martha y yo solos.

Entonces, de la manera más torpe que te puedas imaginar, le pregunté a Martha si quería ser mi novia. No puedo evitar una carcajada al recordar eso.

Martha me dijo que no estaba interesada y yo me sentí morir de lo estúpido que me consideré en ese momento.

Me disculpé con ella y me encerré en mi cuarto con la cara roja de vergüenza. Así pasé el resto del fin de semana. Acostado en mi cama, no dejaba de recriminarme por lo estúpido que había sido e imaginaba como se reiría Martha con mi hermana y sus amigas cuando les contara que me le había declarado. Me reclamé por mi osadía y me insistí hasta el cansancio que yo era lo suficientemente feo como para que alguna chica quisiera andar conmigo.

Ese fin de semana conocí el infierno. El lunes hubiera preferido no ir a la escuela. En medio de mi paranoia, imaginaba que ya todos lo sabían y que se mofarían de mí.

Sin embargo, por la tarde del lunes, mi hermana me llamó. Ella se encontraba en el piso que daba a la calle hablando con alguien en la puerta. Me pidió que bajara y, sin mucho afán, la complací. Una vez abajo pude ver que estaba con Martha y mi cara se tiñó de rojo en un segundo.

Traté de envalentonarme y decidí enfrentarlo. Entonces mi hermana me preguntó si era cierto que Martha y yo ya éramos novios. Yo le dije que no. Que le había preguntado si quería ser mi novia y que ella me dijo que no. Así, mi persistente hermanita me pidió que le volviera a preguntar. Así lo hice y exactamente de esa manera fue como comenzó mi primer romance.

Ese lunes ella iba para la escuela y quedamos en que yo la recogería en la noche. Ella estaba tan asustada como yo -al menos, eso creo-, pues me pidió que no llegara a la escuela, sino que la esperara en el patio de un templo que estaba justo antes de llegar a ésta.

Así lo hice y la esperé, con los nervios a flor de piel y un mar de dudas. Fueron momentos de una agonía indescriptible. En ocasiones pensé que todo era un montaje y que ella sólo pasaría con sus amigas enfrente del lugar, cuidándose de que no la viera con el único propósito de burlarse de mí. En más de una ocasión quise irme de ahí y olvidar el asunto, pero esa tenacidad que me ha acompañado en cada momento importante de mi vida me obligó a permanecer ahí y cumplir mi promesa.

La actitud que te obliga de manera tácita a continuar en algo para lo que no conoces el resultado final.

Tenacidad. Es una promesa del futuro, una posibilidad que puede sumergirte en un mar de gloria o enfrentarte a tus peores quimeras.

Tenacidad. Más que una palabra debería considerarse un símbolo al coraje humano. Es la actitud que te obliga de manera tácita a continuar en algo para lo que no conoces el resultado final. Es una promesa del futuro, una posibilidad que puede sumergirte en un mar de gloria o enfrentarte a tus peores quimeras.

Tú sabes bien que habrá un resultado. Lo que no sabes es qué resultado será. Sabes que, de continuar en tu empeño, las cosas pueden salirte mejor que cualquier cosa que pudieras haberte imaginado o convertirse en la peor de tus pesadillas.

No obstante, decides permanecer firme en tu postura y permitir que ocurra lo que tenga que pasar.

Así me sentía yo en esos largos segundos de espera. Finalmente, Martha apareció y, como debes suponer, sucedió exactamente lo que tenía que suceder. Ninguno de los dos sabía de qué se trataba eso de ser novios. Es más, ni siquiera sabíamos de qué hablar.

Como sea, no recuerdo si fue ella o fui yo, uno de los dos inició una conversación pero, para ser honestos, yo no estaba muy interesado en conversar. Yo quería pasar a la acción.

En algún momento la interrumpí y le pedí permiso para besarla. Ojalá pudieras ver la carcajada que tengo en este preciso instante. No sé tú, pero yo, hoy, no pediría permiso para eso.

Ella accedió y –en ese momento-, las estrellas bajaron del cielo y la luna sólo nos sonrió. No sé si sería porque estábamos en las afueras del templo, pero un coro de ángeles inició una melodía cuyo ritmo aún me transporta a un pentagrama de la sinfonía del primer beso.

Jamás podrás volver a experimentar la magia del primer beso.

Sé que nunca habrá un primer beso después de ese y, por ello, el sólo revivirlo en mi memoria es tan grato para mí.

Tomé su rostro entre mis manos y miré su mirada. Ella entrecerró sus ojos y yo la acaricié con mucho cuidado. Mi brazo izquierdo rodeó su espalda y nuestros labios al fin se tocaron.

Fue completamente indescriptible la emoción que sentí en ese momento, pero hoy es como sentir el dulce sabor de la miel al recoger ese recuerdo de mi memoria. Sé que nunca habrá un primer beso después de ese y, por ello, el sólo revivirlo en mi memoria es tan grato para mí.

No supe cuánto duró la magia, pero no importaba. El momento propició llegó justo a tiempo y las cosas no volverían a ser igual para mí.

No fue el único beso esa noche. Para los dos era algo nuevo, algo excitante. . . y algo repleto de la inocencia que lentamente se va perdiendo.

Esa noche, nuestra niñez llegó a su fin. En algún momento nos paramos y comenzamos a caminar abrazados hacia la oficina de telégrafos.

Si pudieras ver mi sonrisa al recordar cómo ella me pidió que dejara de abrazarla cuando estábamos próximos a llegar para que su padre no nos viera.

Más tarde, esa noche, en la oscuridad de la recámara que compartía con mis dos hermanos varones, aunque mis ojos estaban cerrados, mi mente no dejaba de divagar.

Esa había sido la noche que lo cambió todo en lo que llevaba de vida.

Al otro día le conté sobre Martha a mis amigos más cercanos. Quería presumir que ya tenía novia. Algunos se envalentonaron e hicieron como que eso no era noticia para ellos, otros quisieron hacerlo, pero cuando no hubo testigos para ello, me preguntaron cómo se sentía.

No sé a ciencia cierta porqué las mujeres son tan comunicativas pero mi mamá no tardó en enterarse gracias a mi hermana. Fue cuestión de una semana o dos para que mi mamá comenzara a regañarme por andar con Martha.

Yo me sentía bien con Martha, pero mi mamá a cada rato me reclamaba. Me enojaba que hablara de ella de una forma despectiva, burlándose de su físico.

Además, como ya lo había logrado una vez, sentí que podía lograrlo de nuevo y Alma, una de las amigas de mi hermana, apareció en escena.

Alma era una jovencita alta, delgada, muy bonita. A decir verdad, para ella yo no era más que el fachoso hermano de Geno, mi hermana. Ellas dos se burlaban por mi forma de caminar. Decían que parecía un pavorreal, moviendo los hombros al ritmo que movía los brazos al caminar.

A mí me impresionó la belleza de Alma y ya no aguantaba a mi mamá diciéndome que Martha era fea y que merecía algo mejor.

Así que un mal día cité a Martha y terminé con ella. Ella contuvo sus lágrimas y no me dejó ver el impacto que había tenido mi petición en ella y yo, vale decirlo, fui un verdadero imbécil al plantearle las cosas de la manera que lo hice y, más aún, al no percibir el duro golpe que le había dado.

Esa misma noche, cuando la vi, le pedía a Alma que fuera mi novia, pero ella de plano me dijo que no estaba interesada y que ya tenía un novio, mucho mayor que yo, por cierto.

En otras palabras, me quedé como el perro de las dos tortas, si entiendes a qué me refiero.

De la misma manera en que se dieron las cosas anteriormente, mi mamá no tardó en enterarse. Si. De nuevo, gracias a mi hermana.

Ya sabrás lo que ocurrió a continuación. Ahora me hizo un tango con respecto a mi ruptura con Martha. Me dijo que el padre de Martha les reclamó a ella y a mi papá por lo que le había hecho. Me contó que Martha estaba muy mal y que la tarde que terminé con ella regresó a su casa llorando.

Si alguna vez, por cualquier razón que se te ocurra, te has sentido como un gusano, comprenderás como me sentí.

Sin embargo, las cosas esta vez no fueron tan aceleradas como la primera vez. Pasaron varios días antes de que se diera la oportunidad. El momento finalmente llegó y, al encontrarme a Martha le pedí que me permitiera hablar con ella.

Fue vergonzoso para mí, pero era algo que yo sabía que tenía que hacer.

La valentía no consiste en no tener miedo, sino en tenerlo y, aún así, hacer lo que debes hacer.

La valentía no consiste en no tener miedo, sino en tenerlo y, aún así, hacer lo que debes hacer.

La valentía no consiste en no tener miedo, sino en tenerlo y, aún así, hacer lo que debes hacer. Creo que lo has leído o lo has oído más de una vez. A simple vista, parece solo una frase más, sin la mayor importancia. Pero para mí adquirió mucho sentido ese día, cuando enfrenté las consecuencias de mis propios actos.

Martha y yo hablamos de lo que había ocurrido. Le conté de la reacción de mi mamá cuando descubrió que ella y yo éramos novios y para ser franco con ella, porque lo merecía, le conté de mi soberbia al considerar que podía tener otra novia. También le hablé de lo inmundo que me sentí cuando mi mamá me regañó por terminar con ella y, después de mucho hablar, volvimos a ser novios.

Esta ocasión fue diferente. Ya no hubo rupturas explícitas, aunque si se dieron, como era natural, con el transcurrir de los meses. Después de todo, éramos sólo unos niños jugando a ser novios.

Algunas veces, mis amigos me contaban cosas de Martha. Me decían que ella tenía otro novio en su grupo, por la tarde y yo no podía evitar los celos, pero no eran celos como hoy los entiendo, eran otra clase de celos, aunque quizá ese calificativo no sea el más descriptivo para la emoción que me embargaba cuando me contaban esas cosas de Martha.

Verás, por más que lo intenté durante poco más de dos años, yo sinceramente traté de querer a Martha. . . pero no pude. Ella fue mi primera novia, me gustaba besarla y pasar tiempo con ella. Incluso hoy, es uno de los recuerdos más dulces que guardo en mi memoria, pero nunca fui capaz de darle a nuestra relación la misma importancia que para ella tuvo, porque si algo sé, aunque suene soberbio, es que para ella yo fui algo importante.

Dejando la soberbia de lado, lo sé porque la sentí temblar entre mis brazos, sentí como se desmoronaba cuando la besaba, sentí su corazón acelerarse cuando acariciaba su rostro y pude sentirla mía más allá de lo que la inocencia del primer amor se puede permitir.

En cierto modo, todo eso que describo lo sentí yo también, pero no imaginé nunca mi futuro junto a ella y, para ser justo, creo que tampoco ella se imaginó un futuro conmigo, aunque los dos hablábamos de eso. Muchas veces.

Aún hoy me estremecen las noches en que nos encontrábamos en mi casa para ser novios por un par de horas. Recuerdo la escalera que conectaba el piso que daba a la calle con mi vivienda y especialmente los últimos tres escalones para llegar al piso superior, donde Martha y yo permanecíamos abrazados, cumpliendo nuestro sagrado ritual de amor.

Recuerdo las noches en que caminábamos abrazados por las calles, incluso recuerdo cuando –de mala gana-, su papá finalmente le permitió ser mi novia.

¿Cómo podría olvidar esa mirada suya, cargada de una admiración inconmensurable, cuando sus ojos se encontraban con los míos? ¿Cómo olvidar el calor de su piel, cuando acariciaba su rostro o la abrazaba? Jamás mi memoria perderá el recuerdo de su dulce voz diciéndome un “te quiero” al oído.

Hoy, tras una infinitud de anocheceres, cuando el invierno empieza a traer la nieve a mi cabeza, ella sigue siendo la mujer que cambió mi vida.

Otros amores llegaron y se fueron durante esos poco más de dos años que duró mi noviazgo con Martha. Algunos se concretaron, aunque la realidad es que muchos no.

Yo sufrí la transición del niño introvertido al jovenzuelo que quería ser visto como renegado. Mi peinado cambió de la aburrida melena de fines de los setenta al copete que “Grease” puso a la moda. Una chamarra de mezclilla me acompañó a todas partes, aún cuando el calor de Iguala era insufrible y un cigarrillo colgaba inclinado entre mis labios, al más puro estilo de “Dirty Harry”.

Algunos verdaderos amigos me acompañaron durante todo el trayecto y otros se convirtieron en conocidos que acudían a mi casa por las tardes, pues mis padres nos dejaban completamente solos a mis hermanos y a mí, convirtiendo mi casa en el lugar perfecto para hacer cuanta travesura se nos ocurría.

Tuve nuevos amigos y, uno de ellos, fue un mozalbete conocido como “el loco”. Junto a él viví toda clase de aventuras.

Es difícil describir qué hizo del loco mi mejor amigo. La principal razón para juntarnos fue que siempre jugábamos a pelearnos. Junto a él brinqué la barda de la secundaria, sólo para terminar yendo a otra secundaria, dizque a conquistar chicas.

Otras veces, nos quedábamos afuera, en la plaza que se encontraba frente a la secundaria, sólo para perder el tiempo vagando por las calles.

Una vez, sin más, nos fuimos caminando por la carretera hasta llegar a Taxco y regresamos de la misma manera a Iguala.

Esa ocasión, compramos algo de gasolina y juntamos algunas botellas vacías de cerveza. Durante el trayecto, por la carretera, hicimos bombas molotov que, con la más patente negligencia, arrojamos a la carretera.

Hoy, por supuesto, me parece una aberración, pero entonces era algo que nos divertía.

Como es de esperar, pronto me gané la fama de rebelde y me convertí en el muchacho malo de la escuela. Muchos me odiaron e hicieron cuanto estuvo a su alcance por evitarme, pero otros se sentían atraídos por mi falta de garbo.

Desde que estaba en Taxco me interesé por el fisicoculturismo y el ejercicio se volvió habitual en mí. Dado que cuando estaba en la primaria fui el objetivo principal de las burlas y las bromas de mis compañeros, aprendí algo de artes marciales y eso no hizo sino alimentar la leyenda.

Para cuando estaba en mi último año de la secundaria, mi cuerpo ostentaba ya tímidos músculos y, de alguna manera que entonces no comprendía del todo, eso le llamaba mucho la atención a algunas chicas.

Es decir, los músculos obviamente tenían su atractivo, pero el hecho de aparentar rebeldía, tomar cada oportunidad que se me presentaba para pelearme con alguien e imponer mis propias reglas, era lo que les atraía a algunas chicas de mí.

Martha siguió siendo mi novia hasta que se aburrió. Un buen día, supe que ya tenía otro novio y nos distanciamos finalmente pero, para ser sincero, en esa época no invertía mucho tiempo pensando en eso.

Una cosa que me encantó de la época fue el taller de estructuras metálicas. Me gustaba porque trabajar con fierros me hacía más musculoso y, si a esto añadimos que el taller colindaba con los talleres de cocina y de belleza, el atractivo por ese taller en particular era mayúsculo.

En el taller de belleza conocí a una chica rubia muy bonita a la que coqueteé con descaro y no conseguí más que un palmo de narices.

No sé en verdad si ella se llegó a interesar en mí. A mí me parecía que sí, pero nunca intenté un acercamiento con ella. Sin embargo, siempre que podía, trataba de hablar con ella. Es decir, platicábamos, bromeábamos, pero nunca di el siguiente paso.

¿Por qué? Simplemente porque en esa época estaba muy verde. Si algo me aterraba era interactuar con las mujeres. Me encantaba lucirme, eso sí, pero les tenía terror.

Era más fácil para mí relacionarme con chicas que no me gustaban, que hablarle a las chicas que si me gustaban.

La peor manera de perder oportunidades es escuchando a tu autoestima.

No voy a decir que cuando tenía esa edad era una especie de Hércules, pero hacía ejercicio antes que cualquier otra cosa y era un joven fornido.

Ahora que lo veo con la óptica de un hombre maduro, sé perfectamente que el físico no exactamente es el gatillo que dispara la atracción sexual, sino, más bien, el lenguaje no verbal y yo siempre transmití las señales correctas, pero nunca me percaté de ello.

Me empeñé en subestimar mi apariencia y no caí en cuenta de que tenía a mi alcance todo cuánto necesitaba.

Sin saberlo, todo ese conjunto de pequeños detalles jugaban a mi favor, pero vivía hipnotizado por el letargo de la autoestima.

Si algo tuvo Martha para mí en su infinita generosidad, fue una paciencia destacable. Ella bien pudo ser la primera en mi vida y sí, estoy hablando de sexo. Pero no lo fue.

Una noche, fuimos a mi cuarto y comencé a besarla. Una hoguera se encendió en mí y mi pasión se desató de manera incontrolable. Yo insistí en hacerla mía, pero ella se negó cuánto pudo.

Es en álgidos momentos cuando adquieres consciencia de los parámetros que moldean tu existencia.

En un momento dado, entendí su “no”. Verás: mi cuerpo pedía sexo a toda costa y el control de mi cuerpo se lo había cedido por completo a mi pene. Llegó un instante en que sabía que la estaba forzando y que le hacía daño, pero mis hormonas en ebullición no me permitían darle la importancia que mi consciencia luchaba por hacerme ver.

De pronto, como si alguien hubiera vaciado un balde de agua fría sobre mi espalda, su “no” adquirió sentido. No del todo, pero lo suficiente para decidir que lo que estaba haciendo estaba mal.

En ese momento no lo entendí del todo, pero comprendí que no significa no y dejé de acosarla. Sin embargo me sentí enojado con ella por no acceder a mis ansias. Creo que ese fue el principio del fin de nuestra relación.

Pasarían todavía algunos años antes de mi primera vez. Mientras tanto, varias chicas entraron y salieron de mi vida. A muchas de ellas las dejé pasar de largo tan sólo porque me aterraba la idea de ser despreciado.

En muchas de ellas vi un poco de lo mucho que tuve con Martha. En cierta forma, esa fue la razón por la que me sentí atraído por ellas. Pero el desencanto nunca tardaba y llegaba justo cuando me daba cuenta de que no eran Martha.

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