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Capítulo 20 – Réquiem.

Octubre 6th, 2012 2 comments

Morí un diecisiete  de agosto durante la madrugada. Fue bueno no haberme dado cuenta ya que sucedió mientras dormía. Al parecer, una úlcera se abrió y la muerte ocurrió sin que la notara, no lo sé. La verdad es que me negué durante décadas a recibir atención médica por el resentimiento que gestó en mí mi interacción con ese médico bien parecido que me llamó idiota por ofrecer uno de mis pulmones para salvar a mi madre, que moría a causa de un cáncer terminal.

Para ser honesto, la verdad es que no hubiera hecho la diferencia. Ni la más excelsa atención médica habría podido evitar mi muerte y –una vez muerto-, la causa era lo que menos importaba.

Supe que había muerto desde el primer instante que vi mi cuerpo inerte, yaciendo sobre mi lecho nocturno, sabiendo que ese cuerpo había sido mío y –no obstante-, reconociendo la consciencia de mi propio yo desde allí, desde arriba, mientras miraba atónito mi cuerpo muerto.

No pude comprender en un principio lo que ocurría. Simplemente me vi allí, tendido, inmóvil; supe que era yo, pero estaba viéndome a mí mismo desde una perspectiva distinta.

Al verme libre de mi envoltura carnal, me percaté de que ninguna de las sensaciones a las que me había acostumbrado durante los últimos años de mi vida me seguía. Me sentía libre… libre como nunca lo había sido, pero desconcertado.

Todo excepto ese cuerpo inerte que yacía debajo de mí era oscuro… profundamente oscuro. Por primera vez desde que adquirí consciencia de mí mismo me supe completamente solo, pero esa soledad no me apesadumbraba. Sólo era el desconcierto de no atinar a explicar lo que ocurría.

No supe cuánto tiempo permanecí allí, principalmente porque el tiempo dejó de tener sentido. Igual podían haber pasado horas que transcurrido días, desde mi actual perspectiva eso… eso ya no importaba.

No hubo una película de mi vida, ni túnel de luz blanca iluminando su fondo, ni otros seres esperándome. No los hubo… al menos mientras duré así.

Sólo ese cuerpo inerte, perfectamente visible en medio de una oscuridad absoluta. Aunque sigo empleando el vocablo “tiempo”, la verdad es que no sé cómo definir ese lapso que duró esta experiencia, tan nueva para mí como desconcertante.

No puedo llamarle tiempo porque desde esta perspectiva pasado, presente y futuro se fundían en el crisol de la eternidad. Llamarle tiempo -más que inexacto-, es absurdo. Carecía de sentido simplemente porque no transcurría; pero me ayuda para describir lo que eventualmente ocurrió.

Esa visión tan nítida de lo que otrora había sido mi cuerpo fue desvaneciéndose en la nada… hasta que dejó de existir.

 

FIN

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Capítulo 19 – Too much heaven.

Octubre 6th, 2012 No comments

Diana Evelyn tenía ya veinticinco años. Las reacciones que la muerte de su madre había provocado en ella, modificaron sustancialmente su personalidad, pero lo superó con el transcurso de los años. Aunque había iniciado su propia vida, nunca se despegó realmente de mí.

Continuamente me insistía en que yo debía re-hacer mi vida, me instaba a buscar una nueva pareja porque no quería verme solo. Suponía que yo sufría, pero no era sufrimiento lo que embargaba mi corazón sino añoranza.

La añoranza que nace de haber tenido el privilegio de experimentar la que fue una de las más grandes ilusiones de mi vida. La otra… la otra se llama Diana Evelyn.

Ellas dos se constituyeron en el motor de mi existencia. Las dos moldearon mi personalidad, no para ajustarla a sus expectativas, sino para cumplir mi secreto deseo de ser alguien mejor… para ellas.

Cada vez que Diana Evelyn confabulaba para encontrarme pareja, astutamente la rehusaba. Entonces insistía en que debía buscar a la mujer de mi vida y yo le respondía que ya había dos, su madre y ella.

Entonces, con su lógica implacable me recordaba que su madre había muerto y que ella deseaba verme feliz, pero entonces le respondía diciendo que su madre nunca se fue y que el saberla siempre a mi lado -sin estar su cuerpo con nosotros-, era suficiente para hacerme feliz.

Suspicaz, suponiendo quizá que lo mío era terquedad, nunca se rindió, pero yo siempre me rehusé.

Es cierto; podría haber buscado una nueva pareja y podría haber reconstruido mi vida, pero mi vida nunca colapsó. Tuve algo maravilloso que –infortunadamente-, tuvo que irse, pero lo que construí junto a ella sigue siendo tan sólido como esa noche en que le confesé que ella le daba sentido a mi vida.

No había nada que reconstruir, no necesitaba a alguien para que ocupase el lugar de aquella mujer que –en realidad-, nunca se fue.

Diana Evelyn intentó comprender mis motivos; en verdad lo intentó, pero nunca se dio por vencida. Aun así, trató de entenderme y me dejó hacer, aunque reprobase mi rechazo, creyendo que sufría, mientras añoraba a su madre, pero nunca sufrí. No lo hice porque el que ella muriera no significó nunca el fracaso de nuestra relación, sólo representó una etapa natural en la vida y Diana Evelyn terminaría comprendiéndolo muchos años después de que yo me hubiese ido.

Con la muerte de mi dama no perdí. Ella cumplió su ciclo vital, pero el espíritu de nuestra unión es inmortal.

Ahora era capaz de comprender por qué se dice que sólo se ama una vez y por qué se afirma que el amor verdadero es para siempre.

Muchas mujeres pasaron por mi vida, de la mayoría mis recuerdos son escasos, pero si hubo dos mujeres capaces de darle significado a mi vida, ellas fueron mi dama y mi hija, Diana Evelyn.

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Capítulo 18 – If you leave me now.

Octubre 6th, 2012 No comments

Desde que Diana Evelyn llegó a nuestras vidas, el núcleo familiar comenzó a configurarse tal y como lo es ahora. Como es natural, en determinados momentos de nuestra vida juntos existieron crisis. Crisis que superamos, no sin que aprendiéramos a interactuar entre nosotros como la unidad en la que nos habíamos convertido.

Como sucede en muchos casos, nuestras crisis eran sólo el producto de la adaptación a la que tuvimos que someternos mientras mi dama y yo conocíamos nuestras idiosincrasias y luego, al llegar Diana Evelyn, al realizar los ajustes para nuestra nueva condición.

Tal vez insista recurrentemente en este tema porque creo que tengo una modesta contribución para hacer. Tu pareja y tus hijos, son quizás las personas más importantes en tu existencia. No es que excluya a todos los demás, no; pero una vez que configuras una familia, son tu cónyuge y tus hijos quienes se convierten en el centro de tu atención.

Tus padres, tus hermanos, tus amigos y conocidos, todas las demás personas son importantes también, en alguna medida; pero las personas más importantes son aquellas con quienes convives por elección y a consecuencia de esta.

Pensemos en tus padres y hermanos. Aunque existan momentos álgidos y a veces se produzcan rupturas importantes, ni tus padres, ni tus hermanos dejarán nunca de serlo. No es tu decisión el renunciar a ese lazo filial, aunque no con esto estoy diciendo que no pueda fracturarse dicho lazo. Más bien, lo que digo es que sin importar si convives con ellos o no, siempre existirá una conexión genética entre ustedes y –te guste o no-, cualquier problema que se suscitase entre ustedes siempre será susceptible de ser sanado.

Tus padres jamás dejarán de amarte, aunque cuestionen cada simple aspecto de tu vida. Si lo hacen, es precisamente porque te aman. Con relación a tus hermanos, podría ocurrir que entre ustedes se distanciasen, pero esa lejanía no es capaz de destruir el fuerte lazo que les une, lazo que ustedes no eligieron, lazo que fue el producto de la unión de sus padres. Al final del día, siempre existirá la posibilidad del re-encuentro, aunque decidan no aprovecharla.

Con respecto a las personas que, si bien, forman parte de tu vida, no son –sin embargo-, partícipes directos de tus aconteceres, tú tienes la capacidad de elección en lo relativo a aceptarlos o rechazarlos en tu entorno.

Tus amigos, por ejemplo, lo son porque ambos se eligieron. El lazo que les une es sutilmente más frágil que el lazo que te une a tus padres o hermanos, pero si se escogieron entre ustedes, fue porque encontraron un cierto atisbo de afinidad.

Pudiera ser que –con el tiempo-, surgiesen situaciones álgidas que culminen en la ruptura de su relación, pero siempre puedes acudir al perdón.

El problema del perdón es que, si bien trae paz a tu ser interno, requiere que te sintonices con esta para ser capaz de otorgarlo. Si no eres capaz de inundar tu alma de esa paz interior, jamás podrás perdonar.

Tus conocidos, por otra parte, afectan tu vida por el sólo hecho de que cada persona que conoces llega a tu vida porque cumple una función en esta; a veces pequeña, en otras, suprema.

Tú careces del poder de elección; el destino los pone en tu camino mientras cumplen el objetivo por el que llegaron a ti. Hasta ese desconocido con el que te encontraste cuando caminabas por la calle tiene alguna relevancia en tu existencia. El hecho de que –aunque fuera sólo por un breve instante- se encontrarán, es un signo de que así tenía que suceder. Si lo extrapolamos a las leyes de la probabilidad, el hecho de que se topasen frente a frente es todo menos una coincidencia, ya que la probabilidad de que esto tuviese lugar –aunque fuese un valor probabilístico insignificante-, de cualquier manera existió y tuvo lugar. Quizá no seas capaz de percibir nunca la relación que tuvo este encuentro fortuito en tu vida, ni te enteres de cómo la afectó, pero de alguna manera –aunque fuera intrascendente-, lo hizo.

Ahora bien, en lo concerniente a tu pareja, esta persona se convirtió en tu pareja porque ambos de una u otra manera así lo decidieron. El nexo que les une es mucho más fuerte que el que te une a tus amigos por el sólo efecto de que elegir pareja requiere una disposición de tu parte de mantener vigente esa relación a largo plazo. Si no existiera esta promesa tácita, la pareja en sí no tendría razón de ser.

Muchas parejas enfrentan dificultades durante sus primeros años y –estadísticamente-, se considera que si una pareja logra sobrevivir los primeros cinco años sin que se presente la ruptura, las probabilidades de que dicha pareja permanezca unida de por vida aumentan considerablemente.

Los conflictos en la pareja tienen su origen en diversas circunstancias: la disposición de sus miembros a tolerar las idiosincrasias del otro, la fidelidad que pueden garantizarse entre sí, los comentarios y actitudes incómodos, producto de estados de ánimo mal controlados, las divergencias sociales, culturales e intelectuales, en fin, ese tipo de circunstancias.

El perdón se vuelve mucho más importante cuando los conflictos de pareja se presentan y lo es porque está condicionado a tu propia apertura individual para acallar tu ego y –con ello-, suprimir el interés egoísta con la finalidad de comprender el punto de vista de esa persona que se ha convertido en tu cómplice durante la vida.

Si, cuando se presenta un conflicto entre tú y tu pareja, tú no tienes la capacidad de escucharle, de ponerte en su lugar y de darte la oportunidad de escudriñar en sus palabras para no sólo captar la semántica tras su perspectiva, sino los sentimientos que la producen, el conflicto sólo se profundizará, pues la comunicación se convierte en acusatoria; descalifica las acciones del otro, las palabras del otro, su punto de vista, sus emociones… descalificas a tu pareja, la suprimes. Por eso, algunas veces, el conflicto tiene el potencial de producir tanto daño.

Mi dama y yo enfrentamos esta situación no una, sino muchas veces. Más de las que me hubiera gustado. Al principio fue difícil. Nos faltaba aprender a comunicarnos… a verdaderamente comunicarnos; pero eso, afortunadamente ocurrió.

Cuando discutíamos -al principio-, los dos nos acusábamos mutuamente. Nuestro ego nos forzaba a ignorar los puntos de vista del otro en la necedad de insistir en que la razón nos asistía a nosotros. Dejábamos de comunicarnos por lapsos prolongados… hasta que uno de los dos cedía, tan sólo porque era incapaz de concebirse sin el otro.

Con el tiempo, aprendimos a acallar a nuestro ego mientras escuchábamos. Lo hacíamos porque en principio habíamos prometido escucharnos. Entonces, mientras lo hacíamos –haciendo un esfuerzo titánico-, suprimíamos nuestra propia necesidad de insertar nuestros puntos de vista personales y le permitíamos al otro desahogarse completamente.

Lo siguiente que aprendimos fue que –una vez que el otro se hubiese desahogado-, entonces sintonizábamos con él poniéndonos en su lugar por medio de la empatía.

Al hacerlo, fue más fácil para nosotros entender las necesidades del otro y como se trataba de necesidades comunes, aprendimos estas eran mucho más importantes que nuestras propias necesidades individuales.

Lograr esto fue muy difícil. Para llegar a este punto fue necesario un proceso que duró años y que sólo pudo concretarse porque el amor que sentíamos el uno por el otro superaba cualquier diferencia.

La manera en que lo hicimos fue buscando la armonía dentro de nuestro propio ser para –entonces-, interpolarla a nuestra unión. No puedes esperar vivir en armonía con los demás si primero no aprendes a vivir en armonía contigo mismo.

Cada vez que algo nos distanciaba, aprendimos a reflexionar sobre el valor de ese punto de ignición. Antes de estallar, analizábamos en nuestro yo interior que tanta importancia tenía realmente el evento que disparó el conflicto. Identificábamos esas emociones que nos hicieron daño y comprendíamos el por qué nos habían dañado. También identificábamos aquellas emociones que no nos dañaban y las separábamos, para concentrarnos sólo en esas con potencial destructivo.

Luego, les asignábamos una importancia objetiva y -al llegar a ese punto-, las discutíamos.

Hacerlo requería de ambos, por una parte, la disposición para escuchar, por otra, la disposición para comprender.

Al hablarlas, sólo nos permitíamos hacerlo si al expresarlas buscábamos informar, más que acusar. Finalmente, llegábamos a acuerdos.

Eso fue lo que hizo nuestra relación tan especial y eso fue lo que hizo de mi amiga, mi novia, mi compañera, el pilar de mi existencia. Fue así como aprendimos a conocernos más allá de los conceptos, para aprender de nuestra esencia; fue por ello que no podíamos tener secretos entre nosotros… porque llegamos a conocernos tan bien, que casi podíamos leer los pensamientos del otro con sólo observar su mirada. Y fue esto lo que consolidó nuestra comunión.

Mi dama y yo recibimos la terrible noticia de que tenía sus días contados una tarde, cuando Diana Evelyn recién había cumplido sus diecinueve años.

No supimos cómo decírselo a nuestra hija. Durante días analizamos la forma de hacérselo saber, pues tenía que saberlo, hasta que un día se lo expusimos.

La reacción de Diana Evelyn era lógica, era de esperarse y su actitud comenzó a cambiar poco a poco. Tanto mi dama como yo la comprendíamos e intentábamos ayudarle a aceptarlo, pero decidimos darle la libertad de asimilarlo a su manera, dejándola ser ella, a pesar de que a veces, fue difícil para nosotros como familia.

En lo personal, esta era la tercera vez que debía enfrentar la muerte de alguien más importante para mí que mi vida misma. Sobra decir que me sentí destrozado, pero me esforzaba por mantener el optimismo porque mi dama así lo había dispuesto. Ella me pidió fortaleza, me exigió ánimo y me impidió darme por vencido. Sabía lo que acontecía en mi interior y sufrió junto a mí durante el proceso. Por eso decidí complacerla.

Ella murió un veintitrés de abril a las tres cuarenta y cinco de la tarde. Con ella se fue la que había sido mi compañera durante tantos años, pero su esencia… su esencia nunca me abandonó.

Hoy, a pesar de que su cuerpo ya no está conmigo, no estoy solo, porque ella sigue junto a mí, en mi corazón, en mis recuerdos, en las emociones que aún es capaz de provocarme, en mi quehacer cotidiano.

Hoy la percibo aún a través del aire que respiro, de la manzana que desayuno, del calor del sol que abraza mi cuerpo durante el día y de la luz mortecina de las estrellas durante la noche.

Me cobija mientras duermo con los sueños en los que ella está aún conmigo y me consuela cuando enfermo al recordar sus mimos cuando ella vivía.

Ella no se fue. Nunca se fue.

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Capítulo 17 – Diana Evelyn.

Octubre 5th, 2012 No comments

No sé qué provocas en mí;

jamás me sentí así.

Es difícil de describir

una sensación que jamás conocí;

que me llena de vida

y hace mi corazón latir

con una fuerza desconocida

sólo al pensar en ti.

 

Te adueñaste de mi memoria

y tocaste mi corazón;

entraste en mi historia

y te convertiste en mi razón.

 

Y ahora estás en todas partes;

cada lunes, cada martes,

cada día, a cada instante;

dentro de mí, triunfante.

 

¿Cómo podría no ser así?

No hago más que pensar en ti.

Te siento en la brisa

que acaricia mi sonrisa

cuando tu recuerdo viene a mí.

 

Te recuerdo cuando empieza el día

y, al salir las estrellas, todavía pienso en ti.

No sé de qué otra forma sería

sin todas esas cosas bellas

que la magia de tu cercanía

despierta muy profundo en mí.

 

Sólo sé que todo esto nace

en el momento justo que te conocí.

Sólo sé que en el fondo yace

el amor que despiertas en mí.

Sólo sé que nunca antes me sentí así.

 

Diana Evelyn trajo a nuestras vidas la certeza de un significado que es imposible de comprender cuando no tienes hijos.

No hizo más que unirnos y consolidar nuestro lazo. Como es de esperarse, no siempre imperó la armonía. Algunas veces se desataba el conflicto, pero siempre fueron esa clase de conflictos en los que te atreves a involucrar porque sabes a priori que nada destruirá esa unión.

También terminamos de descubrirnos simplemente humanos, con virtudes y defectos, con instantes de genialidad e idiosincrasias y, sin embargo, todo esto en su conjunto, nos definía como familia.

Llegamos a conocernos tan íntimamente, que distinguíamos nuestros secretos en una mirada. Desnudábamos nuestra alma, no porque fuera un requisito, sino porque era una consecuencia inevitable de habernos convertido en uno.

Diana Evelyn fue la alegría de nuestras vidas y con el paso de los años se convirtió en nuestra única razón.

Si dos mujeres le dieron significado a mi vida fueron ellas. Nunca en toda mi vida me sentí tan completo. Jamás pude imaginar que -si existía-, era sólo para ese momento, para ellas dos.

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Capítulo 16 – Eres tú.

Octubre 5th, 2012 No comments

Las cosas estaban como las he descrito hasta este punto cuando comencé a escribir. Mucho ha cambiado desde entonces. He pasado los últimos años alejado completamente de Verónica, al igual que como me ocurrió con Sol. Eventualmente, ella volvió a buscarme y es posible que en el futuro lo haga, pero yo ya dejé de esperarlo.

No significa que dejara de amarla. Eso… eso es imposible. Sol y Verónica han sido las dos mujeres que más significativamente han marcado mi vida en el aspecto romántico y en muchos otros aspectos.

Vivir la experiencia que viví al lado de Verónica, aunque reconfortante, me ha hecho ver que la vida es mucho más que el compartirla con otra persona. Como lo he mencionado en repetidas ocasiones, la felicidad no es una circunstancia, sino una decisión y –esta vez-, aunque la separación de Verónica me ha afectado tanto o más que la separación de Sol, he decidido vivir mi vida en paz con el mundo, sin odios, sin resentimientos.

Me he enfocado en disfrutar cada instante que me da la vida porque me doy cuenta de que cada uno es un regalo.

Hace años que estoy solo y la verdad… no deseo cambiar este status. Ya dejó de ser imperativo para mí. Me he dado cuenta de que puedo disfrutar de un amanecer sin despertarme al lado de una dama que me haga sentir afortunado por el simple hecho de recibir el nuevo día junto a mí. Puedo regocijarme de las estrellas durante la noche sin extrañar la compañía femenina, como -cuando niños-, mis hermanos y yo subíamos clandestinamente a la azotea para pretender que acampábamos y conversábamos por horas, hasta que el cansancio hacía mella en nuestro ánimo y caíamos rendidos a los brazos de Morfeo.

Aprecio tanto los días soleados, como los nublados e incluso los lluviosos, porque después de todo es una bendición que esté vivo para apreciarlos. He descubierto que si morir duele o no, sin importar si existe una vida más allá de la muerte o nuestro destino es la oscuridad de una tumba fría y el convertirnos en alimento de los gusanos, ha dejado de ser trascendente. No le tengo miedo a morir; a lo que le tengo miedo es a que -después de que ocurra-, ya no podré enterarme de que lo que suceda en el mundo cuando mi tiempo se agote. En mi último cumpleaños mi deseo fue vivir tiempos interesantes y cada momento desde entonces lo ha sido.

Me he concentrado en mi trabajo, en mis aficiones; me permito el lujo de mantener un solo vicio: el del cigarrillo y hace décadas que no visito a un médico. No me importa de qué he de morir. Por más progresos que haya conquistado la ciencia médica, ni los mejores médicos podrán evitar mi muerte y -cuando haya muerto-, ya no importará de qué morí. Así que… ¡No me preocupo!

Tal vez supongas que debería hacerlo. Es decir, podría prolongar un poco más mi vida si mi salud me preocupara, pero cuando se llega a mi edad la muerte se vuelve un poco deseable.

Todo lo que empieza tiene que acabar alguna vez. La muerte es sólo otra etapa de la vida. Si te da temor, piensa en todas aquellas cosas que han ocurrido en tu vida, que temiste enfrentar. Sin importar que tan grande fuera tu miedo, de todos modos ocurrieron y tu existencia dio un giro y tu personalidad se forjó. Morir es sólo otra etapa. No hay motivo para temerle.

También he descubierto que hay una falacia terrible entre los reclutadores de recursos humanos, quienes parecen considerar indeseable ocupar en los puestos que ofrecen a personas que excedan una determinada edad. Esa falacia es la de considerarnos menos rentables.

A decir verdad, me he descubierto mucho más productivo ahora que en mis años de juventud. La energía no me falta y prueba de ello es que –a pesar de que tengo compromisos que debo cumplir mañana-, he estado escribiendo toda la noche mientras termino de editar un video que pienso publicar en los próximos minutos.

No me siento cansado. He trabajado todo el día, prácticamente deteniéndome sólo para comer y descansar por pequeños intervalos de tiempo.

Si a todo lo anterior añadimos la experiencia que he obtenido tras décadas dedicado a mi negocio, la triste realidad para esta gente que recluta personas es que no tengo absolutamente nada que envidiarle a un mozalbete de treinta años.

La mayoría de las personas de mi edad están ya pensando en su retiro y sienten un miedo inmenso de lo que será su futuro cuando ya no puedan trabajar.

Esto ocurre porque son parte de la gente que dedicó su vida entera a vender su tiempo a otros, sin cobrar por ello el valor real de los momentos que estuvieron alejados de los suyos, del tiempo que pudieron gozar realizando lo que en verdad querían hacer, de una vida bien invertida en el bienestar personal.

Vivimos sumergidos en un sistema que nos mantiene hipnotizados imponiéndonos reglas que la mayoría acepta sin cuestionar… porque es más fácil obedecer que proponer.

Desde que era un crío vi las cosas diferentes. Mientras otros niños en sus primeros años se preocupaban por pensar en qué iban a jugar, yo ocupé mi cerebro en entender el universo a mi alrededor.

Cuando otros niños buscaban compañía mutua para entretenerse, yo tuve que pasar muchas tardes solo, simplemente reflexionando.

No era que no jugara; lo hacía, igual que los otros niños, pero mis juegos eran un poco diferentes. Mi adolescencia no fue muy distinta a mi infancia. Como los otros jóvenes, yo compartía sus necesidades, sus intereses, pero comencé a forjar ideales que los demás no comprendían. Empleé mucho de mi tiempo en experimentar, en investigar, en descubrir.

Cuando recién me volví adulto, todo apuntaba a que seguiría el camino que los demás habían decidido recorrer, pero fue sólo una etapa. Luego descubrí que si buscar trabajo no me daba el resultado que esperaba, entonces yo debía inventar mi trabajo… y así lo hice desde entonces.

Por eso hoy no me preocupa tanto el aspecto laboral. Mientras exista gente con problemas, habrá mercado para las soluciones que vendo.

Es cierto que mi destino final es más incierto que el que tiene la mayoría, pero al considerar todo lo que he logrado, esa incertidumbre realmente vale la pena. Al final, me he mantenido libre para ocuparme de lo que en verdad me interesa, para hacer lo que realmente quiero hacer, para administrar mi tiempo como yo considere mejor… ese… es un lujo que la mayoría sólo sueña.

Mis puntos de vista con respecto a muchas cosas también se han modificado. Cuando conocí a Sol me había dado por vencido, suponiendo que mi vida era inútil, que no producía beneficio alguno y, por tanto, que no le interesaba realmente a nadie.

Hoy he sido bendecido al descubrir que le importo a aquellos a los que menos pensé que podría importarles, que mi modesta contribución al mundo ha tenido relevancia para aquellos a quienes he alcanzado y que vivir solo no es para nada sinónimo de vivir una vida inútil. Quizá mi paso por la Tierra no haya tenido un efecto espectacular, pero nada ocurre por azar.

Aunque sigo considerándome ateo –en el sentido tradicional que esa palabra connota-, ahora estoy dispuesto a admitir que hay un dios que no necesariamente es un ser. Lo visualizo más como un concepto, como la naturaleza misma.

Hace muchos años, mientras estudiaba una maestría relacionada con la informática y las telecomunicaciones, una noche tuve una epifanía. Me había quedado sin dinero y sólo tenía lo suficiente para mis pasajes. No podía pensar en acomodarme en un hotel por lo mismo y decidí pasar la velada en una estación de autobuses. Me di cuenta de que cuando alguien se dormía, los guardias de la estación llegaban para despertarlo, como si supusieran que se trataba de algún vagabundo que intentara utilizar el edificio como un refugio para gente sin hogar, así que evité todo lo que pude caer dormido.

Como no tenía nada más que hacer, escogí un tema para reflexionar y elegí pensar en los viajes en el tiempo. Mi objetivo era tratar de determinar a consecuencia de mi propio razonamiento si esto era posible o si existían argumentos que refutaran incuestionablemente esta hipótesis.

De pronto, me pareció lógico considerar las dimensiones de las que se compone el universo que conocemos. Para ponerlo simple, te pediré que consideres que puedes moverte hacia los lados y de arriba abajo. Además, debes considerar que posees un volumen y que, si permanecieras totalmente quieto, sólo podrías percibir tres dimensiones. Pero como nos movemos, es necesario considerar una cuarta dimensión que es el tiempo, ergo, tiempo y movimiento son distintas expresiones de la misma cosa.

Así que vivimos en un mundo en el que podemos apreciar tres dimensiones mientras somos afectados por una cuarta dimensión.

Si viajar en el tiempo fuera posible, esto requeriría que el tiempo fuera discontinuo pero, por la forma que nos afecta, tenemos la impresión de que es lineal, es decir, transcurre de principio a fin sin que podamos saltar a un momento específico en el pasado o en el futuro. Vivimos, no obstante, un continuo viaje al futuro, pero sometidos a la ley del tiempo que nos obliga a experimentar un instante a la vez.

Luego entonces, ¿es o no posible viajar en el tiempo si esto necesariamente implica saltos discontinuos a través de él?

Como siempre he considerado que todo problema tiene una solución, empecé a imaginar maneras de aplicar alguna ingeniería al tiempo y descubrí que viajar en el tiempo podría ser posible, pero se requeriría que reconociéramos más dimensiones que las que afectan nuestra existencia.

De nuevo, para plantearlo de una manera simple, imagina que tu vida es una película, un filme, como los que exhiben en cualquier sala de cine.

Si pudiéramos viajar en el tiempo, no podrías hacerlo dentro de ese mismo filme; requerirías que existiera otro filme con otra versión de la película. Esa sería la quinta dimensión. La existencia de estas múltiples versiones del filme nos obligaría a suponer la existencia de múltiples universos, formando un multiverso.

Si ahora consideras que todos los posibles filmes se guardan en una videoteca y que existen muchas otras videotecas, la videoteca que conserva nuestros filmes sería el multiverso y –así-, el conjunto de todas las videotecas se convertiría en un universo de multiversos. Esta sería la sexta dimensión.

La verdad es que no pude visualizar más dimensiones, pero entendí que tienen que estar allí. Son fundamentales si alguna vez quisiéramos construir un vehículo que nos permitiera navegar a través del tiempo.

Sin proponérmelo, estaba reflexionado sobre la teoría de cuerdas, aunque esto lo supe a ciencia cierta mucho después, cuando comencé a informarme sobre ella.

El problema con esta teoría es que se trata sólo de eso: una teoría para la cual –de momento-, carecemos de los recursos necesarios para probarla. Mientras no podamos hacerlo, es más filosofía que ciencia.

Mucho tiempo después ocurrió ese evento que te platiqué antes, sobre el día que me encontraba solo en la sala de maestros y comencé a reflexionar acerca de si era posible llegar a una conclusión concreta en el sentido de si las teorías del creacionismo o del Big Bang son correctas.

Todo comenzó cuando me planteé que para que el creacionismo fuera correcto, depende de la existencia de un arquitecto que le diera forma a nuestro universo y el dilema asociado es que nada explica la existencia del creador.

Luego reflexioné que si el Big Bang se produjo gracias a una singularidad muy densa que –de pronto-, estalló liberando su energía y creando toda la materia que nos rodea, esa singularidad tuvo que tener un origen.

Esto me llevó a pensar que tal vez la singularidad fuera una especie de onda; es decir, digamos que en algún punto se produce una singularidad que estalla y forma el universo y que –por efectos de esa explosión-, el universo comienza a expandirse, hasta que llega a un punto en que regresa sobre sus pasos y comienza a contraerse hasta volver a la singularidad inicial, la cual acumula toda esa energía con tal densidad que tiene que volver a estallar, repitiendo el ciclo eternamente.

Si esta hipótesis fuera correcta, esto implicaría que la singularidad es eterna y fluctúa como una onda; siempre ha existido y siempre existirá, lo que hace que surja el dilema: ¿dios o la singularidad? Quizá simplemente son lo mismo. Eso fue lo que pensé.

Sin embargo, el problema subyacente persiste. Ni podemos explicar el origen de dios, ni podemos explicar el origen de la singularidad.

Más recientemente he pensado de una manera más infantil al respecto. He imaginado a un niño que detona un explosivo como los que usan para celebrar una festividad como la de la independencia de una nación o la navidad.

Lo que ocurre cuando explota ese explosivo, es que el material revienta, arrojando sus pedazos a todos lados, sin que se vuelva contraer, ergo, a reconstruir. Esto me sugirió la siguiente cuestión: ¿y si nuestro universo no es más que uno de esos explosivos en las manos de un niño que lo hace explotar y el lapso que transcurre desde la ignición hasta que ha fenecido la fuerza de la explosión representa la vigencia de tal universo?

Esto nos plantearía una situación en la que nuestro universo es único e irrepetible, que lo que para nosotros son miles de millones de años, es el tiempo que dura esa explosión particular pero también, que como este universo único e irrepetible, existe una multitud infinita de otros universos –distintos al nuestro-, que pueden haber explotado y fenecido mucho antes de que se formara el nuestro, o que han explotado junto a este, o bien, que explotarán después de que nosotros nos hayamos ido.

No lo sé. Estos planteamientos pueden ser inútiles y no ser otra cosa que el reflejo de que paso mucho tiempo solo, pero sólo son una reminiscencia de lo que ha sido mi vida desde la niñez.

Aunque he renegado de él, toda mi vida he buscado a dios.

* * *

Era una tarde ocupada. Había muchos asuntos que atender y, para colmo estaba retrasado. Desesperado como estaba, acabé tan pronto pude lo que estaba haciendo para llegar a mi próxima cita. Luego, salí del lugar y busqué un taxi. Con la prisa que llevaba, perdí la noción de mi entorno y –en cuanto un taxi se detuvo-, me acerqué para abrir la portezuela y abordarlo, pero entonces sentí una mano que se encontraba con la mía. Volteé desconcertado y la vi.

Antes de percatarme de su presencia, sólo quería llegar a dónde iba y cuando coincidimos intentando subir al taxi, en el segundo previo a verla, me sentí enfadado de que esta persona no me permitiera continuar mi día cuando más de prisa estaba, pero al verla mi enfado desapareció.

Algo había en esta mujer. No sé describirla con exactitud, pero sé que hizo tambalear mi mundo, no porque compitiera conmigo por abordar un taxi, sino porque un cúmulo de sensaciones nuevas se adueñó de mi ser al cruzar nuestras miradas y sentir la piel de su mano tocando la mía.

Perplejo, sólo atiné a renunciar al taxi, abriéndole la puerta y solicitándole que lo abordara. Ella me sonrió con esa clase de sonrisa que provoca destrozos en mi voluntad y –simpática-, me sugirió que ambos lo abordáramos.

Acepté su oferta agradecido y le pedí al taxista que primero la llevara a ella. Durante el trayecto, primero con la timidez propia de los desconocidos pero después –muy rápidamente-, con el bienestar que produce una sensación de familiaridad, hablamos de cosas intrascendentes.

La dulce melodía de su voz siguió en mi mente por días. No podía olvidar a esa mujer. Aunque no tocamos temas de gran trascendencia, su conversación llenó de regocijo mi intelecto y descubrí en ella tal afinidad que hoy me sé incompleto sin ella… pero vayamos un paso a la vez.

Fueron días en que no podía reprimir ese deseo incontenible de volverla a encontrar. Inconscientemente, repetí mis pasos de ese día e intenté el mismo horario, sin mucha suerte.

Pero un día quiso la casualidad ponernos en el mismo camino. De nuevo, ella esperaba un taxi cuando yo caminaba hacia ella. Estaba indeciso. Quizá hablarle no fuera buena idea, a pesar de que deseaba tanto hacerlo. Por un momento quise rectificar mi camino y eludirla, pero entonces ella me vio y me regaló la sonrisa más maravillosa que he recibido en toda mi existencia.

Me le acerqué y le dije: – Le prometo solemnemente que la dejaré abordar el primer taxi que pase. – Entonces ella volvió a sonreír y me hizo ver que también existía la alternativa de que lo abordáramos juntos, como la ocasión anterior. No quise presionar mi suerte y le dije que no tenía tanta prisa como la otra ocasión pero admití que compartir el vehículo con ella era algo que simplemente me encantaría.

Hablamos durante un rato, hasta que llegó un taxi y –antes de que lo abordara-, sin saber de dónde saqué el valor, le pregunté si podíamos encontrarnos en otra ocasión para –quizá-, tomar un café. Ella me dio su número y me pidió que le llamara.

Quizá por cortesía dejé pasar unos días hasta que le llamé. Acordamos vernos en esa misma parada ya por la tarde, cuando las actividades laborales hubiesen concluido.

Esa maravillosa tarde que pasé con ella conocí a una persona que me trasportaba a un mundo de continua fascinación al tiempo que abría una ventana hacia su interior.

No fue la única tarde que acordamos encontrarnos, pero esta vez se trató de un proceso que se desarrolló muy lentamente.

En realidad, yo disfrutaba su presencia. La disfrutaba mucho. Pero no deseaba dejarme llevar por mis impulsos para que al final, arruinara todo o se diera, acabando irremisiblemente después, como había ocurrido con Sol y con Verónica.

Preferí conocer a la mujer, conocer a la persona. No tanto en el sentido de enterarme de lo que hacía para subsistir, de las aficiones que le apasionaban, ni de la historia de su vida, como de aprender sus gestos, distinguir sus emociones, apreciar su compañía y valorar a ese ser humano en particular.

De hecho, ni ella ni yo emprendimos premeditadamente acción alguna. Las cosas fueron sucediendo, poco a poco, a su tiempo, sin presionar al destino.

Durante ese periodo, me di cuenta un día que mi lugar era junto a ella y –en vez de malgastar mis energías tratando de razonar por qué no la conocí antes-, me esforcé más por disfrutar cada momento a su lado.

Una noche, el coqueteo comenzó de pronto, cuando me pidió que le contara cómo había sido mi vida. Escuetamente, le platiqué a grandes rasgos como había llegado hasta ese punto del tiempo.

Le agradecí vehementemente que no me cuestionara y que –en vez de ello-, intentara comprenderme, ponerse en mi lugar y entender el porqué de las muchas vicisitudes de mi vida.

Entonces, nuestras miradas se cruzaron, acaricié su mejilla y le acerqué hacia mí con delicadeza. En ese preciso momento supimos que nos pertenecíamos y un beso dulce, tierno, tuvo lugar.

Fue al separarnos que le confesé que toda mi vida la había esperado, que en ese momento comprendí que ningún lugar en el mundo podría –ni remotamente-, ser mejor para mí que entre sus brazos y ella me volvió a besar.

Así inició nuestra historia. Con el tiempo, decidimos que queríamos estar juntos.

Nuestra vida en matrimonio inició de una manera memorable. Cada día junto a ella se convertía en un paraíso en la Tierra. Pero nuestra dicha fue infinita cuando llegó a nuestras vidas Diana Evelyn.

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Capítulo 15 – Candilejas.

Octubre 5th, 2012 No comments

A veces, es mejor escuchar a la razón que hacerle caso al corazón. Ahí estaba Verónica, una mujer en sus veintes siendo pretendida por un hombre de más de cuarenta.

Lo peor era que ni ella, ni yo deseábamos –en realidad-, terminar ese juego de seducción al que nunca entenderé por qué me presté. Mientras ninguno de los dos permitiera que el amor hiciera estragos en nosotros, mientras no permitiéramos que las cosas se salieran de control y un juego absurdo, pero inocente complicara nuestras existencias, todo estaba bien.

El problema de este juego es que se convierte en una paradoja tarde o temprano. Los sentimientos surgen y las personas se involucran, sin importar qué tanto deseemos evitarlo.

Quizá ella encontraba el mí el trato que no recibía de los jóvenes de su edad, tal vez eso le halagara, -incluso-, era posible que sintiese algún cariño hacia mí… el mismo tipo de cariño que podría sentir por su padre. Tal vez, yo necesitaba tanto aferrarme a esa juventud que perdía, que era posible que viera en su trato hacia mí fantasmas de lo que fueron otras conquistas que ahora enterraba en mi pasado, pero lo cierto es que ella y yo parecíamos hechos del mismo molde.

Si surgió esa extraña relación entre los dos, fue principalmente porque yo siempre estuve allí, para ella, sin importar qué sucediera entre nosotros, sin que el estira y afloja que describía nuestra relación fuera un verdadero motivo para dejar de quererla.

En ella –por increíble que lo parezca-, encontré muchas similitudes. Coincidíamos en muchos aspectos de nuestra personalidad. A pesar de que pueda parecerte poco concebible, la afinidad entre nosotros era tal que nos mantenía unidos, aunque de pronto uno de los dos comenzara a alejarse, a pesar de las evidentes diferencias en nuestros puntos de vista, nuestro comportamiento, nuestras inquietudes… y es que quizá yo representaba una especie de escudo que la protegía y ella el aliento fresco que me despertaba de mi sopor.

Las cosas se dieron simplemente. Ninguno las buscó en realidad. Una tarde, ella me pidió que fuera a su casa. Cuando llegué estaba sola. No fue que hubiera alguna clase de plan; en realidad, me había pedido ayuda para resolver un problema que tenía del trabajo y que no sabía cómo resolver. Yo le prometí mi ayuda y por eso asistí. Nunca pensé que las cosas cambiarían adquiriendo ese nuevo matiz que allí surgiría.

Trabajamos durante un rato y –eventualmente-, nos abrazábamos o tomaba su mano. Pero una de esas miradas que nos envolvió desde el día que nos conocimos nos atrapó.

Yo no pude evitarlo más y –mientras me deleitaba con su mirada-, llevé mi mano a su rostro. Acaricié suavemente su mejilla; lentamente, sin prisas. Me le acerqué y la besé en el mismo punto en que comenzó esa caricia. Luego, seguí besándola con suavidad, con ternura. Ella no me contuvo. Nuestra cercanía era tal, que sentía el candente calor que su cuerpo irradiaba; podía sentir su corazón latiendo con fuerza junto al mío.

Rodeé su talle con mis brazos y ella me correspondió. En ese momento, mis besos encontraron retribución y acaricie sus labios con los míos. Sin detenerme, recorrí su mejilla, bajando por su cuello, hasta llegar a su oreja.

Eso encendió la hoguera y pronto las caricias se hicieron más atrevidas. Pieza a pieza, fui quitando su ropa con cuidado. Acariciando cada parte de su cuerpo que descubría, besándola con ternura, halagando su belleza.

Todo lo que sucedió después sólo podía tener un único resultado. Esa fue la primera vez que hicimos el amor y fue realmente eso, amor, aunque ninguno de los dos le llamó por ese nombre, aun cuando ni ella, ni yo llegamos a tocar el tema. Las cosas acababan de cambiar entre los dos.

Esta relación sórdida, pero hermosa duró poco más de un par de años y durante ese tiempo hicimos el amor muchas veces. Aunque clandestina, los sentimientos por los cuales surgió eran sinceros. Yo no tenía compromisos maritales y ella era soltera. Sin embargo, la mantuvimos clandestina por razones que son obvias.

Yo sabía que ella me amaba, aunque nunca lo expresó. Lo sabía porque me había convertido en su pilar, en su soporte. Porque a pesar de todo, cuando más perdida se sentía, siempre encontró el camino hacia mí.

Quizá era su edad, tal vez, no se sentía preparada para el tipo de formalidad a la que una relación así puede conducir, pero aunque me amaba, insistía en mantenerlo así, como un secreto que compartíamos sólo ella y yo.

Yo acepté su decisión sin cuestionarla y tampoco hice mucho durante un largo periodo de tiempo por intentar formalizarla, pero me mataba el no poder estar con ella, a su lado, permanentemente.

Hubo una ocasión en que creímos estar embarazados y fue una etapa muy ríspida para ella. A pesar de esa cruenta vorágine de temores, no mencionó una sola vez la posibilidad de dar el siguiente paso, formalizando nuestra relación. Fue entonces cuando yo comencé a hablarle sobre el tema, pero ella lo eludía.

Ella sentía cómo los remordimientos y el temor ante lo que sucedería si lo nuestro se volvía evidente atormentaban sin misericordia su equilibrio y se puso indescriptiblemente feliz cuando supimos que era falsa alarma.

En cuanto a mí, yo sólo callaba lo poco apreciado que me hacía sentir al insistir tanto en mantenerse libre, sin compromisos… mientras hacía un esfuerzo titánico por comprenderla.

Entonces ocurrió que me di cuenta de que con ella me sucedía algo similar a lo que me pasó con Sol. Desde el primer momento que la conocí dejé de pensar en otras, dejé de sentirme atraído por otras damas y sólo estaba interesado en ella.

Supe sin reservas, sin dudas, que era ella con quien quería estar y –aunque al principio me sentí confundido pues creía que el amor sólo puede surgir una vez-, descubrí que no por amar a Verónica había dejado de amar a Sol. Entendí que podía amar otra vez y supe que le amo porque –como me ocurrió con Sol-, yo daría mi vida por ella, aun cuando jamás pudiéramos estar juntos.

Descubrí que el sexo no era el motor de esa relación, sino la comunión que había surgido entre ambos. Comprendí que no la buscaba por satisfacer mis necesidades afectivas, sino porque me sentí incapaz de vivir, sino era para ella. Es decir, de nuevo, lo que motiva ese amor que siento por ella es simple y llanamente mi necesidad de saber que está bien, aunque no existan ataduras entre los dos.

Sé que el que estemos o no juntos, no determina la intensidad con la que necesito saberla bien, viviendo su vida de la manera que considere más apropiada para encontrar su propia felicidad. Como con Sol, existo para hacer lo que sea necesario con tal de que ella sea feliz y viva una vida plena, que la haga sentirse satisfecha consigo misma y realizada como mujer, como persona, por ser quien ella es.

Mi interés en ella nunca fue egoísta y –esté o no a mi lado-, mi amor por ella siempre será incondicional.

Un día cometí el error de confesarle que la amaba y entonces se distanció. Fue un proceso largo. Transcurrieron periodos prolongados en que no me buscaba y si yo lo hacía me evitaba, pero invariablemente volvía a buscarme.

Tal vez deseaba eludir el compromiso que un sentimiento así implica, pero sé que no lo puede evitar. Quizá no lo reconozca, pero ella también me ama. Probablemente nunca quiso decirme que ella no se siente como yo porque ella lo interpreta como la posibilidad de herirme, pero muy dentro de mí, sé sin lugar a dudas que no lo hace porque aunque siempre lo ha negado, ella siente la misma clase de amor por mí.

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Capítulo 14 – Puede que te quiera.

Octubre 5th, 2012 No comments

Se dice que la vida comienza a los cuarenta. Cuando joven, me daba risa esta afirmación. Hoy sé por qué lo dicen.

En la juventud, ocupamos la mayoría de nuestro tiempo explorando el mundo, experimentando sensaciones, arriesgándolo todo por un resultado incierto. El propósito de la juventud es el de aprender. Por eso hacemos todas esas locuras. Representa el equivalente a lo que para los niños significa jugar.

Cuando alcanzas la mitad de tu vida y entras a la madurez, comienzas a notar que el tiempo se te acaba. Lo que haces ahora es motivado porque no tienes la menor idea de cuánto tiempo te queda sobre la Tierra, así que decides aprovechar el tiempo que te quede, aún si no tienes idea de qué tanto te será otorgado.

También comienzas a apreciar las pequeñas cosas que la vida te regala y atesoras momentos que –para los demás-, pudieran resultar insignificantes; pero sólo tú sabes la magnitud de su significado.

Al principio, te asusta descubrir que has dejado de ser aquel que solías ser. Fisiológicamente, te cuesta mucho más reponerte de las enfermedades, los achaques comienzan a atacarte sin piedad, tu rendimiento –si es que realizabas alguna actividad física-, comienza a menguar. Incluso, en el sexo –lo peor de todo-, las cosas ya no funcionan como antes lo hacían.

Como cualquier otro hombre que se precie de serlo, estoy muy tentado a afirmar que esto último no es mi caso, pero la realidad es que algo tiene de cierta esa afirmación. No es por machismo que la contradigo. En lo absoluto. Tal vez, la diferencia principal sea que cuando era joven respondía de inmediato y en medio de las circunstancias más inoportunas ante cualquier estímulo que despertara mi lívido. Hoy, necesito sentir la excitación de mi pareja para estimular la propia.

En una cultura fálica, como lo es nuestra civilización, se considera deseable que uno -como hombre-, responda con una erección con tan sólo ver a una mujer desnuda. Yo he visto a muchísimas a lo largo de mi vida.

Cuando era un mozalbete –quizá-, eso me impresionaba con el resultado previsto. Pero ya dejé de ver a las mujeres como un objeto. Comencé a apreciar lo verdaderamente importante, que es saberse amado a pesar de todo. Tal vez por eso ahora me cueste un poco más responder ante los estímulos sensuales.

Cuando tenía entre catorce y quince años, alguna ocasión fui –a petición de mi papá-, a un encuentro en el que nos reunimos muchos jóvenes varones en un templo para recibir una plática de un cura joven también.

Una de las cosas que nos dijo la recuerdo muy bien. Él decía que le parecía tonto que un jovencito como nosotros se excitara tanto con sólo ver la foto de una mujer desnuda. Se limitó a describir la escena de un hipotético muchacho que –de tan excitado que se encontraba debido a una foto en la que aparecía alguna hermosa mujer sin ropa-, se ponía a besar la foto, aunque todos entendimos que debíamos sustituir el verbo “besar” por el verbo “masturbar”.

Comprendí el mensaje, me sentí estúpido y una profunda vergüenza inundó mi ser por completo; pero también pensé durante días en la afirmación de aquel cura.

Entonces no lo entendí cabalmente, pero gracias a las experiencias que pude acumular a lo largo de los años que siguieron a esa plática, llegué a comprender a qué se refería el cura realmente.

Me di cuenta de que los hombres actuamos así en respuesta a un instinto que nos obliga a sentir la necesidad de transmitir nuestros genes para producir la siguiente generación; forma parte de nuestra herencia genética y respondemos a ella porque está en nuestra programación; programación que ha sido cuidadosamente diseñada y adaptada a lo largo de los miles de años de nuestra evolución.

Por otro lado, para las mujeres, aunque las motivaciones son similares, ellas se dan cuenta de que deberán cuidar de la progenie durante un periodo de por lo menos dos décadas tras la concepción y el nacimiento, por lo cual son mucho más cautelosas que nosotros en ese aspecto.

Claro está que los avances que ha producido la ciencia humana durante el último siglo –principalmente-, han modificado las cosas para nosotros, los humanos.

Dado que nuestra evolución se fundamenta en el perfeccionamiento de nuestra capacidad de raciocinio, los avances científicos tienden a producir efectos que se superponen a los de la naturaleza. Vivimos más años, en mejores condiciones que nuestros ancestros, nos allegamos de comodidades que –ahora-, hace tan sólo una década no existían y comenzamos a actuar de una manera que nuestros tatarabuelos considerarían irresponsable. Nuestra evolución es –pues-, cada vez más acelerada gracias a medios artificiales, más que a los medios convencionales de que nos dotó la naturaleza.

No es de sorprender que durante los cincuentas –incluso, desde los cuarentas-, comenzara a gestarse la liberación femenina, ni que hoy consideremos anacrónicos todos esos estándares de moralidad que nuestros padres se empeñaron en enseñarnos y que hoy utilizamos para formar a nuestros hijos. Se trata sólo del producto de esos avances que nuestra ciencia ha conquistado.

Sin embargo, el problema de fondo persiste. Aunque cortados de la misma tijera, hombres y mujeres respondemos de manera diferente a los estímulos. A nosotros nos impulsa el afán de perpetuar nuestra especie, a ellas les mueve el reconocer la responsabilidad que implica la crianza. Por eso ocurren las dificultades que surgen durante nuestra interacción. Simplemente, tenemos expectativas distintas.

Si eres hombre y logras desprenderte por un instante de la lógica masculina, comenzarás a darte cuenta de que no todo lo que consideramos correcto –como hombres-, realmente tiene sentido.

¿Qué te ganas con acostarte con la mitad de la población femenina si no eres capaz de comprometer tu responsabilidad al fruto de esa unión? ¿Por qué dañar a alguien que ha confiado en ti tan sólo para poder presumir con tus amigos de lo machito que resultaste? ¿Te has dado cuenta de que la raza humana comienza a comportarse como una plaga?

No me tergiverses. No estoy satanizando al sexo. De hecho, la verdad es que adoro el sexo, pero ya dejé de verlo como esa idea que nos venden a través de mensajes subliminales durante cualquier programa de televisión como un modelo de conducta deseable que debe definir nuestro perfil como género.

Al llegar a los cuarentas, comencé a ver a las mujeres como compañeras, más que como esclavas de mis ímpetus, empecé a percibirlas como aliadas, en vez de denigrarlas a la categoría de herramientas de mis instintos y fue así como llegué a valorarlas como el complemento que en realidad somos uno de otro.

Pero eso no ocurrió de inmediato. Hacía falta una experiencia más para llegar a comprenderlo del todo.

Aun cuando lo neguemos, todos los hombres de mi edad sabemos de primera mano el significado de la crisis de los cuarentas. Cuando alcanzamos esta etapa de nuestras vidas, al ver que nuestra vida se apaga, deseamos vivir una vez más –tan sólo una vez más-, la experiencia de disfrutar de los favores de una mujer a quién le doblamos la edad.

Es posible que ni siquiera lo hagamos a propósito, tal vez ni siquiera nos atrevamos a hacerlo, pero ese deseo asalta secretamente nuestra existencia sin poder evitarlo. A mí me ocurrió así.

Trabajando en uno de los múltiples proyectos en los que he colaborado, llegué un día a una empresa para la que desarrollaba software que ellos más tarde revendían. Allí conocí a Verónica, una hermosa jovencita que me atrajo precisamente por su radiante juventud y la espontaneidad de su inexperiencia.

Un amigo me dijo una vez que una ventaja de llegar a nuestra edad consiste en que uno puede ser mucho más abierto al interactuar con personas del sexo opuesto, prodigándoles halagos que ni siquiera llegarán a considerar como coqueteo. En todo caso, él me decía que cuando esto ocurre, lo más que puede suceder es que te consideren un viejito rabo verde.

Yo llegué a esta empresa para cumplir con una cita que habían acordado conmigo. Al entrar, fue ella quien me recibió. Me pareció una niña muy bonita y amable desde el principio, pero como no la conocía, guardé para mí esos pensamientos.

Me presenté ante ella y le dije para qué había ido. Ella tomó su teléfono y avisó de mi presencia a su jefe. Unos minutos después, él bajaba al recibidor para atenderme y fue entonces que me la presentó y me dijo que era su nueva recepcionista. Luego, subimos a su cubículo y atendimos el negocio que me había llevado hasta allí.

Tuve que ir varias ocasiones y la interacción entre Verónica y yo se limitó a saludarnos y realizar el trámite para ser recibido. Sin embargo, con el paso de los días fuimos rompiendo el hielo y comenzamos a bromear poco a poco.

Uno de esos días en que tuve que asistir a esas citas, la encontré muy guapa y –sin detenerme a analizarlo-, le pregunté si podía decirle algo personal y ella –con curiosidad-, aceptó. Le dije: “dios debió atravesar por una infinidad de problemas para crear la belleza, hasta que finalmente la creó a usted; sólo hasta entonces, dios pudo crear la belleza”.

Nunca he sido bueno para los piropos, pero eso fue lo único que se me ocurrió. Mi pobre cerebro estaba embotado tratando de asimilar la impresión que su manera de arreglarse me había producido. No es de extrañar que sólo eso se me ocurriera.

No obstante mi evidente limitación en estas lides, ella se sonrojó y a partir de ese día nuestra interacción comenzó a ser más atrevida.

Algo que nos ocurrió desde un principio fue que cada vez que nuestras miradas se cruzaban, había un sesgo de coqueteo en cada una de ellas. Reconozco que desde el primer momento yo le dirigí este tipo de miradas, pero lo que me resultaba sorprendente es que ella no sólo no se inmutara, sino que me correspondiera.

En nuestras continuas bromas, nos chanceábamos haciéndonos pequeños comentarios que desde el punto de vista de una tercera parte, podrían ser considerados como invasivos, incómodos, pero eran sólo bromas para medir la reacción del otro.

Ella era normalmente la que comenzaba y alguna vez sus comentarios llegaron a cruzar el límite de lo que consideraba el respeto que mi edad debía suponer, pero entendía que ella sólo estaba jugando y la dejaba hacer.

Poco a poco una amistad atípica fue surgiendo entre los dos. ¿Qué de típico puede tener una amistad entre una jovencita de escasos veintitrés años y un hombre de cuarenta y dos? Es decir, no es que la diferencia de edades sea un obstáculo para que se genere una amistad entre dos personas, pero si tal amistad se ve matizada por las características que tiene la amistad entre dos jóvenes de sexo opuesto de la misma edad, entonces es necesario reconsiderar un poco más las cosas.

En varias ocasiones la abrazaba o tomaba su mano mientras hablábamos y los coqueteos de una parte a la otra nunca faltaron. Era más bien así como podría definir esa extraña amistad: un continuo coqueteo entre los dos.

Las miradas, poco a poco fueron haciéndose más atrevidas, más cargadas de seducción y eso ocurrió de ambas partes.

Yo sabía muy bien que ella era sólo una niña y la verdad es que durante mucho tiempo limité las cosas a sólo ese nivel. Me sentía confundido; por un lado, sabía que se trataba de un juego peligroso en muchos sentidos; por otro, deseaba continuar jugando.

En realidad, muchas veces traté de imponerme límites a mí mismo, principalmente porque se trataba de una jovencita a la que le doblaba la edad. Procuré siempre portarme con respeto hacia ella, más que nada porque en verdad la respetaba.

Intenté sin cansancio asimilar que una relación más allá de la que teníamos era absurda. Nuestros intereses eran totalmente divergentes, nuestra manera de pensar y de asimilar nuestro entorno era distinta, a ella le asediaban los pretendientes de su misma edad y –además-, intuía que de iniciar una relación romántica con ella, las cosas sencillamente no funcionarían porque ella terminaría cansándose de mí. Pero la atracción que ejercía en mí era tan grande, que pensar en todo eso simplemente no importaba.

Cuando yo empezaba a dar muestras de un interés más formal en ella, ella me hablaba de algún nuevo novio. Entonces yo me reprimía y dejaba pasar el tiempo.

Muchas veces quise evitarlo, pero era un juego mutuo entre los dos y ninguno quería en realidad que el juego terminara.

Algunas veces, la razón se imponía y entonces yo me alejaba a propósito de ella, pero cuando había transcurrido algún tiempo, ella me buscaba. Me tenía totalmente confundido: si yo deseaba hacer más formal nuestra relación, ella simplemente colocaba barreras, pero cuando me alejaba, siempre era ella quien me buscaba. Yo no podía entender si me quería o no.

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Capítulo 13 – Emoções.

Octubre 4th, 2012 3 comments

Conocí a Sol un amanecer. Recién había llegado a la Universidad para atender a mi primera clase. Crucé el patio de la Universidad hasta llegar a las canchas y ella se encontraba sentada en una jardinera.

Algo llamó mi atención de esa chica. Me pareció particularmente bonita. Alta, delgada, de rasgos finos y me pareció expectante, algo confundida, como si no supiera a dónde dirigirse; parecía esperar algo que no llegaba.

Las mejores cosas que llegan a tu vida siempre lo hacen cuando no las esperas. El día que la conocí, yo me había dado ya por vencido. Recién había dado por terminada una relación que no funcionó, como tantas otras en mi vida.

La ruptura por la que atravesaba fue dolorosa en un principio, pero no debido a la pérdida que significaba para mí, sino por darme cuenta que parecía seguir un patrón. Todas mis relaciones eran así. Al final, yo resultaba insuficiente para quien quiera que fuera mi pareja.

Comenzaba a creer que –tal vez-, las uniones románticas no eran para mí; quizá, yo no era alguien digno de ser amado, así que decidí que era suficiente. Después de todo, había llegado hasta esa etapa de mi vida valiéndome por mí mismo solamente. Nunca necesité la comprensión ni la ayuda de nadie y, a pesar de vivir rodeado de personas para quienes jamás tuve la más pequeña importancia, siempre salí adelante e hice realidad cuanto me propuse.

Era mi orgullo herido hablando. Era la manera en que mi ego lastimado se rebelaba. – Si no puedo lograr que alguien me acepte por ser quien soy, sin más, es mejor estar solo. No necesito a nadie. – Pensé.

La mañana en que conocí a Sol me hice una promesa a mí mismo al despertar. A partir de ese mismo instante, sólo me preocuparía por mí. Nadie más tendría cabida en mi vida.

Pero no puedes controlar los designios de tu corazón, ese maravilloso tirano que –sin la menor misericordia-, termina arrastrándote hacia nuevas catástrofes.

En cuanto la vi me supe enamorado, por más que mi cerebro intentase convencerme de que no era así.

Ya mencioné que ella me pareció una mujer de una belleza exquisita. Que percibí su apariencia física además de su actitud.

Sea dicha la verdad, era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. La clase de mujer con quien tenía miedo de interactuar.

Pero hubo algo más, algo que no se describe con palabras, pues no hay palabras suficientemente elocuentes para expresar en su justa magnitud el efecto de las emociones que una mirada furtiva puede producir.

Cuando nos enamoramos, no es de lo que vemos de lo que nos enamoramos. Para mí, Sol es la máxima expresión de la belleza que estoy dispuesto a reconocer, más sé que quizá para otros Sol no haya sido tan espectacular como yo la describí.

Eso es así porque percibí mucho más de lo que mis ojos me mostraron. Encontré a una mujer que despertó ternura en mi corazón, que lo hizo latir con una fuerza que nunca conocí. Descubrí a una mujer que –desde el primer instante-, me proyectó una conexión, aún sin saber de ella, aún si haber cruzado una sola palabra con ella. Fue un intercambio de ideas que ocurrió en medio de una mirada en la que vi a un ser humano que me hizo sentir su timidez, su necesidad de ayuda.

En realidad, cuando descubres a una persona que te impresiona con su aspecto, no es la apariencia física lo que te enamora. Es el cúmulo de emociones que te hace sentir lo que te atrapa. Puede ser que percibas a esa persona como lo más bonito que has visto jamás o, tal vez -sólo tal vez-, sea una persona que no tenga una apariencia espectacular, pero sin embargo y –a pesar de ello-, comunica sensualidad. La clase de sensualidad que embota tus sentidos y despierta en tu interior al animal sexual que llevas dentro.

Si fuera químico, diría que quizá es cuestión de feromonas. Siempre he preferido ser objetivo y esa explicación se me da mejor. Lo cierto es que la atracción que Sol provocó en mi fue irresistible.

Cuando la vi, lo primero que pensé fue que quizá era una estudiante de Derecho. No sé explicar con claridad porque tuve esa primera impresión. Quizá fue sólo que me pareció tener ese tipo.

Verás, durante el tiempo que me dediqué a enseñar en esa Universidad, me pareció que los estudiantes de cada carrera parecían tener una determinada apariencia. Quienes estudiaban Negocios –por ejemplo-, usualmente vestían a la moda y con ropa de marca, los Informáticos se distinguían por su apariencia de Geeks y era posible encontrar uno que otro Nerd, los Contadores  vestían de manera convencional, con ropa propia de una oficina, aunque rara vez elegante, los Abogados trataban de vestir con elegancia, pero se notaba en sus ropas su extracción humilde. Sé que parece elitista mi manera de clasificarles, pero era una práctica que surgió tras once años dedicado a trabajar con ellos. No puedo decir que esta clasificación haya tenido una utilidad práctica; sólo era mi parecer.

Precisamente eso vi en Sol. Una muchacha a todas luces humilde, tratando de verse bien. Pero lo que me atrapó fue su expresión. Era una expresión dulce que llenó de ternura mi corazón.

Sin embargo, seguí adelante. No me parecía ético involucrarme con una estudiante.

Con el paso de los días descubrí que ella no era en realidad una estudiante. Entró a trabajar en la cafetería de la Universidad y me la encontré allí diversas ocasiones.

Debo reconocer que cada vez que la veía, no podía evitar fijarme en sus senos. De hecho –debo reconocerlo-, fue lo primero que noté de ella. Si, lo entiendo; no hay manera de decirlo sin que suene perverso, pero es la verdad. Es lo más honesto que puedo ser.

Desde que supe que ella estaba en la cafetería, empecé a ir a este lugar con mayor frecuencia, sólo para verla y cruzar con ella únicamente las palabras necesarias. La verdad es que no encontraba el valor para hablar de algo más con ella, aparte de compartir con ella pequeñas bromas mientras compraba algo.

Una tarde, al terminar mis labores, subí al transporte público para regresar a mi casa. Al llegar al boulevard ella subió. El autobús iba completamente lleno y el asiento donde yo iba tenía un lugar disponible.

Aún no comprendo por qué, pero era habitual que –sin importar cuán lleno fuera el autobús-, nadie pidiera el lugar a mi lado, que iba vacío.

Vi a Sol y encontré el mismo semblante de timidez que vi en ella cuando la conocí. Sin más, me hice a un lado y le ofrecí el asiento. Ella me agradeció y lo tomó. No hubo mayor interacción.

Tan sólo unos pocos días después, en una de mis incursiones a la cafetería, le pedí un café a Sol y mientras me lo entregaba, le pedí que desayunara conmigo. Ella no accedió a desayunar, pero si a sentarse conmigo y comenzamos a platicar.

A partir de ese día fue frecuente que nos encontráramos en la cafetería y nos sentáramos a la misma mesa, yo desayunando y ella sólo contándome sobre ella.

Una tarde, de salida de la Universidad, la encontré esperando el autobús con un niño. Era su hijo. Cuando la vi pensé que quizá no era buena idea que nos encontráramos. Yo estaba empezando a enamorarme, pero me resistía a aceptarlo. Al ver al niño supe sin más que era su hijo, pero no fue el niño quien me hizo pensar en que no era buena idea encontrarla ahí y compartir el espacio mientras el autobús llegaba. Sin embargo, ya era tarde, ella ya me había visto llegar y muy posiblemente ella pensó exactamente lo mismo que yo.

No obstante, ambos nos resignamos; la alcancé, los saludé, el niño fue muy comunicativo conmigo y Sol aparentaba estar apenada. Yo me sentía bien con el niño y jugaba con él, aunque Sol se deshacía en disculpas.

Fue una de esas extrañas ocasiones en que o bien, sientes que ella buscó el encuentro –que en realidad fue fortuito, pero tu ego insiste en que hubo cualquier clase de plan-, o que las coincidencias confabulan contigo para llevarte a una situación de la cuál te sientes inseguro.

Llegó el autobús y los tres lo abordamos. Compartimos asientos contiguos y platicamos durante el trayecto.

A partir de esa tarde se volvió habitual para ambos encontrarnos y charlar en el autobús. De hecho, en más de una ocasión nos pusimos de acuerdo.

Uno de esos días visité a mi hermano y le conté sobre Sol. Le dije que estaba enamorado, que ella sencillamente me encantaba y que nunca me había sentido tan feliz. Entonces él me dijo algo que recordaré toda la vida: – Díselo. ¡Total! lo peor que puede suceder es que ella no sienta lo mismo.

El amor es una de esas cosas que insistimos en complicar innecesariamente. Nos encanta hacer difícil lo que es sencillo.

La razón por la que esto pasa es la fútil competencia entre nuestro corazón y nuestro cerebro. Mientras el corazón se entrega, el cerebro cuestiona. Mientras el corazón te lleva a actuar contra toda lógica, el cerebro te exige meditar tus acciones.

Como no se ponen de acuerdo, tú terminas confundido, sin saber cómo reaccionar, sin entender lo que ocurre. Por un lado, la intensidad de las emociones que produce tu corazón te insta a continuar hasta las últimas consecuencias; por el otro, el más frío raciocinio te detiene, previene todo posible curso de acción que tu corazón te invita a seguir.

Empiezas a cuestionar aspectos totalmente pragmáticos que nada tienen que ver con las emociones que sientes y te muestras indeciso. Deseas tanto hacerle caso a tu cuerpo, pero la razón se impone a través del miedo cuando ésta triunfa sobre los designios de tu corazón –al menos, las pocas veces que lo logra-.

La realidad es que amar es sencillo, pero aceptarlo así destruye seis mil años de una evolución cuyo resultado es la civilización en la que vivimos.

Si tan sólo actuáramos como dicta nuestro corazón, nos volveríamos irracionales, como el resto de los seres vivos que cohabitan nuestro planeta.

Nos sentimos tan orgullosos del lugar en el que nos ha puesto la evolución, que nos volvemos soberbios y creemos que dominamos la naturaleza, tan sólo para descubrir –al final-, nuestra propia infelicidad.

La lógica de las palabras de mi hermano fue totalmente incuestionable. Al menos así me lo pareció y decidí que al día siguiente se lo diría, palabra por palabra, exactamente como era para mí, sin importar lo que sucediera después. Al final de cuentas, ¿qué podía ocurrir sino que ella me aceptara o me rechazara?

Así que la mañana siguiente, cuando la vi, le pedí que se sentara conmigo, como ya era costumbre para ambos hacerlo y ya estando sentados, se lo dije, sin más. No niego que sentí una vergüenza indescriptible y que sentía un temblor interno que me hacía desmoronarme, pero decidí que simplemente lo haría.

- Usted me encanta – le confesé.

Ella bajo la mirada y sonrió.

- No sé qué decirle. – Me respondió.

- No tiene que decir nada. Sólo necesitaba decírselo. Me gusta mucho y no puedo ocultárselo más. – Le dije, tratando de minimizar el impacto que debió producirle mi confesión.

Quizá lo más prudente era cambiar de tema y yo tomé la iniciativa. Sin embargo, la semilla estaba plantada y sé que ella lo consideró porque –incluso-, ella misma me lo confesó tiempo después.

Contrario a mis más pesimistas estimaciones, ella no me retiró la palabra y continuamos frecuentándonos, aunque algo si cambió: ahora, cada tarde, habíamos acordado encontrarnos a la salida de la Universidad para esperar el autobús y abordarlo juntos.

Yo la acompañaba hasta la esquina de su casa a partir de entonces por mutuo acuerdo.

En realidad, tan sólo dos o tres días después de mi confesión, en una de esas ocasiones que la acompañe hasta la esquina de la calle donde vivía, hablamos un poco, por unos cuantos minutos y -al despedirnos-, se acercó para despedirse con un beso en la mejilla.

Fue el beso más maravilloso de mi vida, aún mejor que el primero, porque esta vez me lo había dado una mujer por quien yo había perdido la cabeza, a pesar de que sólo fue un beso en la mejilla. Poco me faltó para ponerme a bailar de la emoción.

Esos instantes de breve charla antes de despedirnos y el beso en la mejilla de la despedida se convirtieron en un ritual.

Un día, por fin aceptó salir conmigo fuera del trabajo. Acordamos encontrarnos en un parque y yo la esperaba ansioso, pensando que quizá se arrepentiría y no se presentaría, pero no fue así. Unos minutos después de que llegué pude distinguirla a lo lejos.

Fue la visión más hermosa que había tenido jamás. Luciendo  completamente bella, esbelta y alta, con el cabello suelto, cayendo en cascada sobre sus hombros, reflejando una absoluta seguridad en sí misma, con un andar sexy que ponía en evidencia sus atributos femeninos, amplias caderas y esos senos perfectos… sino estaba lo suficientemente enamorado, tan sólo eso bastó para no dudarlo más.

Por fin llegó hasta mí y me aproximé para besarla en la mejilla, como era nuestra costumbre, pero –esta vez-, ella me ofreció sus labios. Desconcertado, probé sus labios húmedos y no pude resistir la tentación de un segundo beso. Nos besamos largamente, sin importarnos la gente que nos rodeaba. Para ser sinceros, desde ese primer beso en la boca, los demás dejaron de existir para mí. Sólo éramos ella y yo.

Einstein explicaría la relatividad comparando entre sentarse sobre brazas ardientes durante un minuto y lograr que una chica hermosa se sentara sobre tus piernas durante un minuto. La duración del tiempo es la misma, pero en el primer caso, el minuto te parecería eterno. En el segundo, te parecería una fracción de segundo.

Mi explicación sería que –junto a Sol-, el tiempo dejaba de existir. Ella y yo nos transportábamos a una realidad alterna, donde el tiempo no existía, a un mundo en el que sólo existíamos ella y yo. El mundo podría haber sido destruido mientras duró ese beso y jamás lo habría notado.

Hablamos durante horas. Hacía ya un largo rato que el sol se había ocultado y la noche presumía ya las estrellas en un cielo limpio. Nos besamos muchas veces y acaricié su rostro y su cabello. Estaba completamente enamorado.

Ella era la mujer para mí. Ya no tenía más dudas en mi corazón. Esos instantes junto a ella me parecieron brevísimos. Yo deseaba estar junto a ella más que nada en el mundo, pero ella continuaba reticente a que la acompañara hasta su casa. Respeté su decisión.

Durante las semanas que siguieron, cada noche la acompañe hasta la esquina y cumplíamos nuestro ritual.

Un domingo, ella me llamó y me pidió que fuera a su casa. Yo ni siquiera lo dudé. Me aseé y me vestí lo más rápido que pude y salí para allá de inmediato.

Cuando llegué, me presentó a su mamá y conocí a su niña. Al niño ya lo conocía y, mientras ella realizaba sus labores domésticas, jugué con los niños y vimos televisión. Creo que está de más decir que estaba indescriptiblemente feliz.

En una de esas, la abracé y la besé. Ella recargada en la pared correspondió a mis caricias. Yo no pude más y llevé mi mano a su vagina. Ella sonrió, me besó y apartó mi mano. Luego, regresó a lo que estaba haciendo y me invitó a esperarla recostado en su cama.

Un rato después ella se acercó a mí y se recostó a mi lado. Seguimos besándonos y acariciándonos y –esta vez-, me permitió acariciar su vagina.

No sabría explicar mi encanto por su vagina, aunque me parece obvio. Sin embargo, no ocurrió nada más. Al menos no ese día.

Pronto fue ya costumbre que la visitara en su casa y en los ratos que ella dejaba su quehacer, se acostaba a mi lado y nos acariciábamos. Con el paso de los días, mi obsesión por su vagina nos llevó a caricias mucho más atrevidas. Ella me dejaba hacer y me permitía excitarla, sin que pasará de ese punto, hasta una noche en que le pedí que me permitiera verla desnuda.

Tímida al principio, accedió y comenzó a desnudarse. Verla desnuda fue la más maravillosa experiencia que había vivido en toda mi vida. Su cuerpo no era perfecto. Aquellos senos que me había parecido bien delineados desde la primera vez que la vi, ahora que los veía desnudos tenían las imperfecciones naturales que se pueden esperar en una mujer que ha tenido dos hijos y, no obstante, eran los senos más hermosos que había visto jamás.

No pude resistir. Me acerqué a ella y la abracé. La besé con delicadeza y –con la misma delicadeza-, recorrí su cuerpo entero en una caricia sin fin. Sobra decir que acaricié su vagina y lo hice hasta el punto de llevarla a un orgasmo. Nos besamos y acariciamos sin reservas hasta hacer el amor por primera vez. Después, tras desatar nuestra pasión, permanecimos largo rato acostados. Yo la abrazada y no dejaba de acariciar su rostro y su cabello. Ella, hablando, contándome cosas que habían ocurrido en su vida, mientras yo besaba dulcemente su mejilla o su hombro y continuaba acariciándola, escuchando lo que me decía y –en ocasiones-, intercambiando alguna opinión relevante.

A partir de esa noche, esa se convirtió en nuestra nueva rutina. Yo acudía a su casa, la dejaba realizar sus quehaceres; algunas veces me permitía ayudarle, en otras ocasiones jugaba con los niños y, cuando los niños se habían ido a dormir, ella y yo nos amábamos hasta que llegaba el momento de retirarme.

Una Noche Buena ella decidió ir a dormir a mi casa.  Tras la cena y organizar las cosas para pasar la velada, nos aseamos y nos encontramos en mi recámara. Yo comencé a desnudarla con la mayor delicadeza que me era posible, explorando sus formas, besándola, acariciándola.

Ya acostados, continué besándola mientras acariciaba su vagina. La pasión era incontenible y tras algunos minutos, ella alcanzó su orgasmo. Luego, empecé a recorrer su cuerpo con mis labios, besando cada centímetro de su piel. Besé con ternura sus senos y continué besando su estómago, hasta llegar a su vagina.

Fue una explosión de placer. Ella rodeó mi cuello con sus largas piernas mientras yo me afanaba besando su vagina. Encontré pronto su punto de máxima excitación y ella, incontenible, apretaba su vagina contra mi boca.

Yo la atraía hacia mí aferrado a sus nalgas, pero de pronto, mis manos subieron hacia sus senos. Ella gemía de placer y yo me excitaba aún más, hasta el momento en que el orgasmo llegó y me pidió que me detuviera mientras se reponía.

Entonces, yo continué acariciando su cuerpo, besándola e hicimos el amor. Ella sobre mí, yo dejándola disfrutar a su antojo.

Así pasamos esa Noche Buena y, cuando la calma volvió tras ese tornado de amor, dormimos abrazados yo, protegiéndola del frío, ella, exhalando su aromático aliento, tan cerca de mí, permitiéndome amarla.

Hay una diferencia sutil entre tener relaciones y hacer el amor. Sutil y –sin embargo-, suficientemente importante.

Tener sexo es divertido, te relaja, te pone feliz. Quizá tengas suerte y lo hagas con tu pareja por mutuo acuerdo, pero es sólo un acto que busca –ante todo- satisfacer una necesidad fisiológica.

En cambio, hacer el amor es un acto hermoso. No es tu satisfacción la que buscas, sino la de tu pareja. Te entregas para hacerla feliz, te importa poco si tú lo eres. Cada caricia, cada beso, tiene una misión y una sola: entregar felicidad a la persona que te acompaña.

No buscas satisfacer tus apetitos, sino los de tu pareja. Te esfuerzas tan sólo por la recompensa de saberla feliz.

Más aún, ni siquiera es necesario el contacto sexual.

Sé que a la mayoría de las personas lo que digo les parecerá extremadamente complicado. Muchos ni siquiera podrán entenderlo, pero hacer el amor es un acto que ni siquiera requiere del contacto físico.

Hacer el amor se trata de entregar felicidad y puedes hacer feliz a tu pareja de un billón de maneras distintas. El acto sexual que identificamos como hacer el amor es sólo una consecuencia propia de nuestra natural necesidad de reproducirnos, pero –en su más amplio contexto-, hacer el amor es entregarse física y espiritualmente a la persona amada, con el único objetivo de hacerla feliz.

Antes de comenzar, al encontrarnos en mi recámara, le pregunté a Sol si estaba segura, le dije que yo podía esperar, pero ella me acalló con un beso y yo supe en ese instante que no había más tiempo que esperar.

Por eso me esforcé por su bienestar, por ello me comprometí a buscar la satisfacción de sus sentidos antes de pensar en los míos… y fui feliz, mucho más feliz de lo que yo hubiera podido imaginar jamás.

Explico esto porque ella tenía miedo de quedar embarazada otra vez. Yo lo sabía y no deseaba arruinar su vida con un embarazo no deseado. No había preservativos y yo estaba plenamente consciente de que había límites que yo debía respetar.

Sin embargo, el que yo no pudiera disfrutar un orgasmo no representó nunca un problema para mí. Pero el que yo no pudiera llegar hasta el final no impedía que le regalara a ella mi esfuerzo para lograr que ella disfrutara el momento.

Todo lo que hice, lo hice para ella, no para mí y, sin haber satisfecho mis apetitos, fui feliz. Hacerla feliz me hizo feliz y, si llegas a comprenderlo, en ese sentido ella y yo hicimos el amor.

Fueron los mejores meses de mi vida. Ella me dijo muchas veces que yo tenía la capacidad de excitarla como nadie. Pero no fue suficiente.

Con el paso de algunos meses, ella comenzó a evadirme. Llegaron a pasar semanas sin vernos. Yo estaba desesperado, no tanto por la actividad sexual, sino porque no comprendía su alejamiento.

Pronto dejó incluso de hablarme y fue cuestión de tiempo para que nuestra relación terminara, de la misma manera en que comenzó: sin previo aviso, sin una explicación; sin más, ella ya no me permitía acercarme y, una noche, simplemente me dijo: – ¿Qué no entiendes que ya se acabó?

Tras esa ruptura pasaron por lo menos tres años de dulce agonía. Sentí que moría un millón de veces y, sin embargo, la esperanza de un re-encuentro me mantenía vivo.

Llegué a verla ocasionalmente a petición de ella, pero la reunión nunca ocurrió.

Poco a poco, la esperanza murió también y yo dejé de esperar.

Una noche, simplemente ya no pude más. Busqué sus fotos, sus cartas, todo cuanto tuviera una remota relación con ella y lo hice pedazos.

Se trató de un acto simbólico. Al romper todo vestigio de ella en mi vida, me forcé a mí mismo, no a sacarla de mi mente, eso definitivamente es imposible, sino a evitar pensar en ella.

Eliminé su número de mi celular. Fue un acto fútil ya que yo conocía su número de memoria y siempre podría marcarle, pero significativo para mí, porque era mi manera de suponer que no lo tenía y que nunca más podría llamarla.

Romper sus fotografías me impedía verlas por casualidad, aunque existe el pegamento y bien podría haber unido las piezas de nuevo.

Es decir, hice el tipo de cosas que se hacen durante un funeral, cuyo único objetivo es experimentar el duelo hasta el punto que el dolor extasíe nuestro ser, lo lleve a su cansancio y minimice futuras recurrencias de dolor.

En realidad, rezar, vigilar un cuerpo muerto durante toda la noche, cubrir un féretro con palada tras palada de tierra no sirve para otra cosa. Ni revivirá al muerto, ni nos ayudará a olvidarle tras darse uno cuenta que nunca más volveremos a convivir con él.

Sin embargo, el propósito del duelo es llevar nuestro propio dolor al límite con el fin de agotarlo. Nos insensibiliza y mengua el futuro dolor que podríamos sentir.

Destruir hasta el último vestigio de Sol en mi existencia cumplió ese propósito. Me permitió vivir mi propio duelo.

Fue así como finalmente salió de mi vida. Bueno, casi.

Hoy sé que la amo, que siempre la amaré, pero ya no la espero, ya no siento la necesidad de verla y sé que –si me lo pidiera-, jamás volvería con ella.

No obstante, sé también que la amaré hasta el último día de mi vida. Después de todo, ella ha sido la única mujer a la que he amado. Ella sigue siendo la mujer para mí, aunque no estemos juntos.

Quizá, en nuestra siguiente vida, nos re-encontremos y los sucesos que he descrito se repitan y vuelva la agonía del desamor y yo, con gusto la aceptaré una y otra vez, hasta el fin de los tiempos.

Sé que la amo porque, a pesar de mi egoísta deseo de no revivir una relación fallida, soy capaz de reconocer que su entrada en mi vida fue lo suficientemente importante como para estar seguro de que siempre estaré allí para ella, buscando su felicidad a costa de la mía, aunque nunca volvamos a estar juntos.

Cada evento que tiene lugar durante tu vida tiene un propósito. Nada ocurre por azar. Quizá, Sol represente el colmo de mi infelicidad, pero también representa la mayor felicidad que he experimentado a lo largo de mi vida.

Ella llegó a mi vida en el preciso instante en que me había dado por vencido, tan sólo para ayudarme a comprender que apartarme del mundo no es una decisión que yo pueda tomar.

Es cierto, haciéndole caso a mi cerebro podría forzarme a vivir alejado de los demás siendo infeliz a propósito, pero lo que mi razón me dicte jamás acallará las experiencias que mi corazón tenga para ofrecerme.

Nunca antes de Sol amé a ninguna de las mujeres que conocí. Había cariño, si, pero no puedo decir que amara a ninguna de ellas.

Con Sol fue algo natural. Con todas las demás tuve sexo, pero sólo con Sol hice el amor. Dejar a las demás –aunque algunas veces doloroso-, fue mucho más sencillo que dejar a Sol. Por ninguna mujer el dolor de la ruptura duró más de algunas semanas; en cambio, por Sol, viví una agonía de tres años.

Sólo recuerdo escasos detalles de cualquier otra mujer antes de Sol. De muchas ni siquiera recuerdo su nombre, en cambio, con respecto a Sol, recuerdo hasta el más mínimo detalle, atesoro una a una todas las emociones que despertó en mi, aún sonrío al recordarla acostada junto a mí, durmiendo mientras la abrazaba. Recuerdo el sabor de su boca, el olor de su aliento, la dulzura de su mirada, la tersura de su piel, la melodía en su voz pero –más que nada-, me sé completo, aun sin ella a mi lado.

Cuando puedas sentirte repleto en tu alma, con o sin esa persona que te provoca ese sentir, sabrás que le amas sin remedio y será una experiencia que durará el resto de tu vida.

 

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Capítulo 12 – Quien te cantará.

Octubre 4th, 2012 No comments

El proyecto que tuve que realizar en Estados Unidos terminó y yo tuve que regresar a mi país. Mei quedó atrás, como un maravilloso recuerdo… y permaneció así. Nunca más volví a saber de ella. Pero muchas cosas habrían de ocurrir tras mi regreso.

La situación económica no era la mejor, pero decidí que era tiempo de concretar esos planes que había mantenido en suspenso durante tanto tiempo de completar una carrera universitaria que había iniciado cuando aún estaba involucrado con Imelda.

No era que lo necesitara. Me había ido muy bien sin tener un título, pero en cierta manera era algo que me debía a mí mismo. Así que sin más, terminé mis estudios.

Nunca las cosas se habían vuelto tan complicadas para mí como mientras estuve estudiando. Tenía que administrar mi tiempo para atender mis estudios, al mismo tiempo que intentaba cumplir con mis obligaciones laborales.

Aunque fueron los años más difíciles de mi vida, también fueron los mejores. Es posible que mi único error durante esa época haya sido el no haber elegido una carrera distinta a la que ya tenía, pero fue un error que corregí al escoger mi maestría.

Verás, cuando finalmente decidí terminar mi carrera, tenía ya más de una década trabajando como desarrollador de software. Para entonces, dominaba lo que me interesaba, que era programar computadoras.

No es que estudiar una carrera relacionada con los sistemas estuviera del todo mal. Para ser honesto, aprendí muchas cosas que anteriormente no utilizaba porque las desconocía, como la administración de proyectos, la ingeniería de control y la inteligencia artificial, aunque durante mis años en Guadalajara la curiosidad me forzó a incursionar en este último campo. Aun así, la inteligencia artificial es una disciplina muy extensa y durante mis años en la Universidad aprendí muchísimas cosas nuevas -entre ellas-, una de mis más grandes pasiones: las redes neuronales artificiales.

El encanto que producía en mí esta materia era una mezcla de la fascinación que me hizo sentir el descubrir que se fundamentaban en modelos matemáticos que para un gentil –por no llamarme a mí mismo profano- en cuestiones de la matemática, resultaban extremadamente complejos y la magnífica capacidad de estas para aprender, para distinguir patrones y para reconstruir hechos a partir de sucesos aislados. Sin embargo, el interés que despertaban en mí las redes neuronales artificiales alimentó mi curiosidad y fortaleció mi determinación.

No entendía lo más mínimo de la matemática, pero aprendí. Si era esta la única brecha que me separaba de mi objetivo primario –que era comprender la construcción de las redes neuronales artificiales-, no permitiría –ni por un brevísimo instante-, que esta dificultad se convirtiera en un obstáculo para mí. Así que aprendí, porque no tenía elección; porque yo mismo me impuse como única alternativa aprender lo que quería a toda costa.

Verás, no se trata de ser más inteligente que los demás. No es una competencia. Para ser honesto, jamás me ha interesado ser más inteligente que otras personas.

Mi único motor a lo largo de toda mi vida, ha sido mi terquedad cuando decido que haré algo. Por eso aprendí a programar, lo cual –para ser sincero-, ha sido una de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida; por eso he realizado los proyectos que he desarrollado. Cuando me plantean un nuevo proyecto, normalmente lo hacen después de que han solicitado otras opiniones y les has respondido que es imposible.

Yo jamás he creído en lo imposible; pero siempre he creído en hacer todo aquello que me desafíe y –por sobre todo- aquellas cosas que disfrute haciendo. Desde lo más profundo de mi ser considero que superarse uno mismo, no significa otra cosa que ir más allá de tus propias limitaciones.

Jamás ha sido que yo sea más inteligente que el común de las personas de quienes me rodeo. La verdad es que tengo muchísimas limitaciones. Sólo es que para mí no hay un punto de retorno una vez que decido hacer algo.

Tus verdaderos límites están en tu mente.

El hecho de haber conseguido ese proyecto en los Estados Unidos, el haber conocido a Mei y –por encima de todo-, el que Mei entrara en mi vida de la manera en que lo hizo, modificó muchas cosas en mi vida.

Antes de todo esto, me importaba muchísimo lo que otras personas opinaran sobre mí; a raíz de ese proyecto, me di cuenta de que la única opinión que realmente es relevante, es la mía propia. Nada de lo que hice a partir de entonces habría sido posible si hubiera mantenido una mentalidad tan pobre como la que tenían antes.

¿Qué fue lo que modificó mi actitud entonces? La respuesta es una sola palabra: Imelda. Debido a todo lo que sucedió entre Imelda y yo, al final, terminé convenciéndome de que mi vida dependía totalmente de mí; aprendí que no podía permitirme la esperanza de depender de alguien más para poder ser feliz; comprendí que la felicidad no es una circunstancia, sino una decisión.

A pesar de todo lo malo que para mí representaron las mentiras de Imelda, al final, algo bueno surgió de todo esto y, es justo -para ella- admitir que lo que más me impulsó en este sentido fue mi más profundo deseo de olvidarla.

Pero uno de esos momentos que lo definen todo estaba a punto de tener lugar en mi vida cuando estaba a punto de terminar mi carrera universitaria.

Un día, mi cuñada me llamó muy espantada a la oficina y -en medio de un galimatías-, me hizo saber que mi papá se había caído y que no podían levantarlo. Para ser honesto, en esos momentos me molestó que interrumpieran mi trabajo por algo que -mientras la escuchaba luchando consigo misma por darse a entender-, me parecía una nimiedad. Después de todo… ¿por qué no lo cargaban?

Fue hasta que me dijo que había perdido el sentido y que no lograban reanimarlo que comencé a preocuparme. Sin avisar siquiera, dejé todo lo que estaba haciendo y abandoné el trabajo. Fui a buscar a un médico amigo mío antes de llegar a la casa y le hice acompañarme para atender a mi padre en caso de ser necesario.

Cuando llegamos, mi hermano y mi cuñada mantenían a mi padre medio sentado en el piso, delirando, como alucinando. Les ayudé a levantarlo y –cargándolo-, lo llevé hasta su cama y le recosté. Luego, dejé que el médico hiciera su trabajo mientras esperaba con mi hermano y mi cuñada el diagnóstico en la sala.

Tras varios minutos el médico salió y nos informó abiertamente que él consideraba que de ésta mi padre ya no podría recuperarse. Nos indicó que –desde su punto de vista-, mi papá moriría en los días siguientes y nos sugirió que lo mejor para él era dejarle morir en su casa.

Creo que comprendes que el diagnóstico del médico era simplemente inadmisible y que –aunque vana-, la esperanza te obliga a creer contra toda lógica. Tanto mi hermano como yo decidimos que llamaríamos una ambulancia y le llevaríamos al hospital del ISSSTE para que le atendieran.

Cuando llegó la ambulancia y subieron a mi padre, los paramédicos nos informaron que sólo podrían dejar subir a uno de nosotros para acompañar a mi padre hasta el hospital y como yo era el más robusto y podría ayudarles a cargarlo de ser necesario, mi hermano y yo decidimos que lo mejor era que yo acompañara a mi papá en la ambulancia.

Recorrimos las calles de la ciudad durante algunos minutos, hasta llegar al hospital. Cuando lo hicimos, bajé de la ambulancia y permití a los paramédicos hacer su trabajo, pero me pidieron ayuda para bajar la camilla en la que yacía mi padre. Al momento de ayudarles a bajarlo de la ambulancia vi su rostro y lo que vi fue desgarrador.

Todavía hoy no soy capaz de explicar objetivamente lo que aconteció, pero puedo asegurar que al ver su rostro vi la muerte en él. En ese momento supe sin lugar a dudas que este era el inicio del fin y un terrible dolor hizo añicos mi corazón.

Quizá te inclines a pensar que es natural que sintiera dolor por lo que le estaba ocurriendo a mi padre y –efectivamente-, algo había de eso; pero era mucho más complejo.

Cuando era niño, compartí muchísimos eventos de mi infancia al lado de mi padre. Para mí era imperativo estar a su lado y pasaba largos ratos en su oficina, mientras él trabajaba. Yo jugaba, escuchaba su música, a ratos le interrumpía con mis infantiles comentarios o me ponía a examinar sus libros. No importaba en realidad lo que hiciera; lo único que quería era estar con él.

Al llegar a la adolescencia las cosas comenzaron a cambiar para mí. Le respetaba, pero me avergonzaba que me llamara niño delante de mis compañeros y sentía que la tierra me tragaba cada vez que me regañaba.

Después, cuando me mandó a Irapuato a estudiar computación, de alguna manera comencé a odiarlo. Ni siquiera recuerdo el motivo de mi alejamiento; sólo sé que dejé de buscarle y no le hablé durante muchos años, a no ser que fuera para lo más elemental.

De pronto, ese resentimiento inexplicable cedió ante la inminencia de una muerte que yo ya presagiaba con sólo ver su rostro. No era culpa; sí me sentía culpable -debo admitirlo-, pero no era este el causal rector de lo que sentía. Más bien, supe que todos esos años de alejamiento jamás tuvieron el sentido que yo les di. Me di cuenta de que había desaprovechado maravillosos años a su lado, por una estupidez de la que ya ni siquiera me acordaba. Por eso fue tan doloroso para mí.

Una vez que lo registraron y lo acomodaron en su cuarto, me quedé en el hospital a esperar a mis hermanos. ¡Todavía tenía la intención de regresar al trabajo!

Mientras esperaba, llamé a la oficina para notificarles dónde estaba y me dijeron que atendiera a mi padre, que no regresara ese día y que cuando pudiera volviera. Fue bueno que tuvieran esa consideración hacia mí en esos momentos.

De pronto, no pude más y comencé a llorar desconsolado. Continué ese interminable llanto por horas. Hacia el mediodía llegaron al hospital un par de compañeras del trabajo y me encontraron así, llorando.

Sin poder contenerme les conté lo que había visto cuando le bajé de la ambulancia y de esa convicción -que no me abandonaba-, de que estaba presenciando sus últimos momentos. Ellas intentaron convencerme de que no fuera tan negativo e insistieron en que mi padre mejoraría. Me acompañaron en los momentos más difíciles de mi vida.

Hacia la tarde, ya habían estabilizado a mi padre y lo tenían en un cuarto. Mis hermanos y yo nos organizamos para rotarnos la vigilia mientras permanecíamos al tanto de las noticias sobre la suerte de mi padre. Como pudimos, nos organizamos para continuar con nuestras actividades cotidianas.

Lo que le había acontecido a mi padre tuvo un efecto difícil de describir. Nos unió como familia. Mis dos hermanas mayores eran en realidad mis medias hermanas. Eran hijas de otro señor que abandonó a mi madre y mi papá las adoptó como suyas al casarse con mi madre.

Ellas siempre afirmaron que mi padre no las quería, pero yo tenía una visión diferente por muchos pequeños detalles que ellas jamás conocieron.

Naturalmente, yo supuse que ellas se mantendrían alejadas, pero no fue así. Contrario a lo que suponía, este trágico evento nos unió a todos en una causa común. Ellas estaban tan preocupadas por mi padre como los que éramos sus hijos naturales.

Pasaron algunos días y mi padre, aunque seguía con sus delirios, parecía un poco mejor, pero no se reponía. Ya ni siquiera se mantenía consciente.

Llamamos a los hermanos de mi padre. De alguna manera sabíamos que él moriría, pero mis hermanos –principalmente- y los hermanos de mi padre, mantenían la esperanza de que sobreviviera.

Yo fui asimilando la realidad poco a poco, desde ese maldito instante en que vi la calavera de la muerte superpuesta sobre el rostro de mi padre.

Alguno de los tíos sugirió llamar a un sacerdote para darle la extrema unción y yo me hice cargo de ello. De hecho, yo era el único que estaba –digamos-, preparado para lo que tenía que ocurrir.

Fue por esos días que terminé mi carrera. Mis hermanas y yo asistimos a mi ceremonia de graduación y –tan pronto terminó-, fui con mi certificado y un diploma provisional que te dan durante la ceremonia al hospital, dónde todavía mantenían a mi padre bajo vigilancia médica.

Arreglé que me permitieran entrar a su cuarto. Lo hice solo. Cuando estuve frente a él, sin poder contener mi llanto, sin siquiera saber si podía entender lo que le decía, le mostré mi certificado y el diploma y –sollozando-, le informé que acababa de terminar mis estudios.

Hacerlo me hizo sentir como el verdugo que le conduciría al patíbulo, a su muerte anunciada. Verás, poco antes de morir, mi madre empezó un día a decir que ella moriría cuando viera a sus hijas –mis dos hermanas mayores-, terminar su carrera y titularse. De hecho, mi madre murió después de que esto ocurrió, cuando ellas ya estaban colocadas en sus trabajos.

Tal vez mi padre quiso imitar ese gesto de mi madre y anunció que él moriría cuando todos sus hijos se hubieran graduado de sus respectivas carreras.

Todos mis hermanos menores lo habían hecho. Sólo faltaba yo.

Por eso me sentí como si estuviera firmando su sentencia de muerte cuando fui a notificarle que me acababa de graduar.

Sé que fue algo circunstancial, que ni siquiera tiene una validez empírica para explicar su muerte, pero no pude evitar sentirme así, como su verdugo. Sin embargo, también sabía que –de comprender lo que le estaba diciendo-, eso le dejaría irse en paz.

Esa misma tarde yo me encontraba en mi cuarto, alejado de todos, sufriendo en silencio lo que le pasaba a mi padre, mientras la mayoría de mis hermanos y mis tíos estaban afuera, en el comedor. Mi hermano y mi cuñada –los que me avisaron de lo que le pasó a mi padre-, se habían quedado en el hospital al pendiente.

De pronto, mi hermana entró muy asombrada a mi cuarto y me dijo que algo muy extraño había pasado. Me contó que todos ellos, desde el comedor, vieron que ya se había hecho de noche y –sin más-, de pronto se volvió a hacer de día. Yo me reí, pero ella me juró que era cierto lo que me decía y me dijo también que todos ellos pensaban que era una señal de que mi padre se iba a componer.

Pesimistamente, yo lo tomé como una señal de que todo terminaría ese mismo día.

Emocionados como estaban, propusieron ir al hospital para ver a mi padre, además de permitir que mi hermano y su esposa se fueran a descansar y comieran algo. Yo me les uní.

Estuvimos unas horas en el hospital y mis hermanos –emocionados-, aun mantenían la esperanza de una mejoría que nunca llegó. Yo me atreví a decirle a uno de ellos que no pensaba igual y que consideraba que todo terminaría esa misma noche, pero creo que a él le ofendió mi comentario, de manera que mejor me callé.

Un rato después, nos organizamos para pasar la velada. A mí me pidieron que me fuera con los tíos al departamento de mi hermana, dónde dormiríamos. Así lo hicimos, pero no había ni siquiera transcurrido una hora desde que llegamos, que mi hermano menor nos llamó desde el hospital para informarnos que mi padre acababa de morir.

Los tíos y yo regresamos al hospital. Mis ojos ya estaban secos, pero aunque no podía expresarlo con lágrimas, el dolor carcomía mi corazón desde adentro.

Entré al cuarto con mi hermano y entre los dos vestimos a mi padre. Luego, uno de los enfermeros nos indicó que debíamos sacarlo de allí por el patio, porque la escena podía ser muy dura para los demás pacientes. Obedecimos y cuando lo llevamos a dónde nos indicaron que lo hiciéramos, mi hermana se acercó a mí y me indicó que yo debía hacerme cargo de todos los trámites. Ella dijo que mis hermanos estaban destrozados y que tanto ella, como mi otra hermana mayor, no eran sus hijas, así que no les correspondía, pero a pesar de esa lógica cruel que ella decidió aplicar, la realidad de las cosas era que ambas, sin ser sus hijas, estaban tan destrozadas por dentro como lo estábamos nosotros.

Yo asumí el papel que me asignaron a regañadientes. No estaba preparado para asumirlo. No sabía ni por dónde empezar, pero era cierto. Mis hermanos, todos, los naturales y mis medias hermanas, estaban completamente destrozados. Si acaso, yo tuve la ventaja de que comprendí su destino desde el mismo momento en que ayudé a bajarlo de la ambulancia.

Una vez que hube arreglado su funeral, me hice acompañar de mi tío en un casi inútil intento de conseguir que un cura dijera unas palabras en honor de mi padre. ¡Nunca había odiado tanto la religión como durante esta cruzada!

Recorrí junto a mi tío la ciudad entera, a pie, intentando convencer a un sacerdote de que fuera a la funeraria a decir unas palabras para mi padre, pero todos se negaban rotundamente.

Con el peso de la derrota, regresamos a la casa pero, durante el trayecto, pasamos frente a un templo y le pedí a mi tío que me dejara hacer un último intento. Él –resignado-, entró conmigo al templo y juntos buscamos las oficinas de este. La puerta estaba abierta y el cura estaba con alguien. Le esperamos hasta que se desocupó y le pedí que me atendiera.

Cansado como estaba y decepcionado de la respuesta que los representantes de una religión en la que yo ni siquiera creía, pero que había sido el aliento rector de la vida entera de mi padre, le dije al cura lo que necesitaba y le advertí sin la menor sutileza que yo no creía en esas cosas, pero que tenía en la casa a los hermanos de mi padre, que eran católicos empedernidos, creyentes de hueso duro de roer y que me encontraba profundamente decepcionado gracias a todas las negativas que había recibido antes de llegar allí. Le hice ver que no podía comprender sus negativas, que estaba dispuesto a pagarles lo que me pidieran y que la razón por la cual me sentía decepcionado, era porque suponía que ellos estaban para inyectarle fortaleza a la gente en sus momentos más amargos y que –desde mi punto de vista-, gracias a todas las negativas que había recibido, ninguno de ellos estaba realmente cumpliendo su cometido.

Él me escucho atento y me explicó que ninguno de ellos tiene permitido oficiar misa fuera del templo. Yo jamás pude comprender por qué. Sin embargo, me ofreció asistir a la funeraria y decir unas palabras en honor de mi padre. Le pregunté cuánto debía pagarle, pero me dijo que no era necesario más que si lo deseaba, podía hacer un donativo para la iglesia.

Debo admitir que quizá fue la desconfianza, pero en ese momento sólo deposité en una de esas alcancías que colocan en los templos unos cuántos billetes, tratando de que el cura no viera de qué denominación eran. No lo hice por codicia, lo hice porque no sentía confianza de que el cura cumpliera su palabra.

Más tarde, el cura llegó a la funeraria y cumplió su promesa. Al terminar, me le acerqué y le expresé mi más profundo respeto por mantener su palabra y mi agradecimiento por haberlo hecho y, sin permitir que se negara, le entregué en mano una importante cantidad.

Quizá a la vista de otros, eso haya sido el equivalente a sobornar a la policía de dios. Aunque nadie me lo crea, para mí fue simplemente que estaba muy agradecido con el cura por haber atendido mi súplica a pesar de que le dije exactamente lo que pensaba de ellos sin meditar las palabras que escupía.

Al otro día enterramos a mi padre y sus hermanos se expresaron muy agradecidos conmigo por la manera en que todo había resultado.

Yo no sé si sólo estaba expiando mis culpas por haberle retirado la palabra durante tantos años, ni sé si fue sólo remordimiento por mi reprobable actitud, ni puedo afirmar con certeza que realmente me dolía su muerte y deseaba darle –aunque sea-, un entierro digno, en agradecimiento de lo que pudo darme dentro de sus muchas limitaciones a lo largo de toda su vida. Sólo sé que todo cuanto hice por él en su muerte, fue mi manera de expresar que –a pesar de todo- fue una de las personas más significativas de mi existencia.

Cuando todo eso pasó, ya no pude controlarme más y lloré todas las lágrimas que tuve que reprimir sobre el hombro de mi tío. Ese tío moriría en los meses siguientes y -un mes después-, le seguiría una de mis tías.

Una noche, después de que mis tíos regresaron a sus casas, mi hermano y yo estuvimos revisando las pertenencias de mi padre y yo encontré una agenda del año preciso en que yo nací. No había anotaciones en ella, salvo una sola, exactamente en el día de mi nacimiento. Decía “Este día nació mi calci”, como él solía llamarme. Ese fue el momento en que realmente comprendí cuánto había yo significado para él.

* * *

Los meses actuaron como un anestésico que mitigó mi dolor. Todos regresamos a nuestra vida normal. Yo comencé a enseñar en la misma Universidad en la que estudie e inicié una maestría.

Esta vez, decidí que mi maestría no estaría relacionada para nada con la informática y escogí una maestría enfocada a los negocios.

Pero la enseñanza no me alejó de mis actividades previas. De hecho, acepté enseñar porque lo visualizaba como un principio fundamental que debía asumir; era mi manera de retribuir a la sociedad por lo mucho que yo había obtenido. Sin embargo, continué con mis actividades y –por lo menos en parte-, mi decisión de realizar una maestría enfocada a los negocios tenía que ver con dichas actividades.

En alguno de mis proyectos tuve la oportunidad de conocer a Rossana, una hermosísima italiana que había llegado al país para colaborar en una de las empresas a las que atendía.

Hicimos click de inmediato. Ocurrió porque alguien le reprendía por un error que aparentemente cometió y yo, más por aclarar las cosas que con una intención diferente, la defendí. A partir de ese momento, ella comenzó a buscarme con mucha insistencia.

Rossana era muy simpática. Siempre me hacía reír y me gustaba mucho pasar tiempo con ella. Si hubiera sido hombre, se habría convertido en mi mejor amigo, pero era mujer y era una mujer notablemente hermosa.

Sin embargo, no era ese el tipo de atracción que yo sentía por ella, aunque ella si sentía ese tipo de atracción hacia mí. Supongo que el haberla defendido tuvo mucho que ver con que las cosas resultaran así.

Con el paso de los meses no hicimos inseparables. Andábamos por todas partes juntos, incluso, muchas veces iba a su casa y veíamos alguna película o escuchábamos música mientras platicábamos abrazados. Algunas veces nos acariciábamos con caricias inocentes y quizá alguna vez llegamos a besarnos, pero nunca pasamos de ahí.

No habría representado un enorme sacrificio para mí. Si lo analizas, era una italiana muy hermosa, muy inteligente, divertida y que estaba completamente loca por mí… pero yo no podía amarla. Sólo… la estimaba muchísimo. Podría decir que se trataba de un amor puramente platónico el de nosotros.

Con el tiempo, ella regresó a Italia y fuimos comunicándonos cada vez menos. Muchos años después, recibí una llamada de ella diciéndome que aún me extrañaba, pero yo no pude decirle lo mismo.

 

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Capítulo 11 – More than a woman.

Octubre 4th, 2012 No comments

Las cosas mejoraron para mí con el transcurso de los años. La empresa en la que conocí a Imelda me invitó a participar en un proyecto internacional algunos años después. Durante poco más de un año tuve que viajar de continuo a los Estados Unidos. Distribuía mi tiempo entre Irapuato, Nueva York y Boston.

En ocasiones, debía permanecer fuera del país durante semanas y fue durante una de mis estancias en Boston que conocí a Mei, una bonita mujer asiática que formaba parte del equipo de trabajo.

Al principio, Mei hacía todo por evitarme. Confundido, yo supuse que me odiaba y comencé a evitarla también. Sólo nos hablábamos para asuntos relativos al trabajo.

Con mis demás compañeros todo fue mucho más fluido. Uno de ellos, John, se convirtió en mi más cercano amigo. Era increíble la cantidad de afinidades que compartíamos.

Cuando lo conocí, de buenas a primeras se presentó como el pinche gringo, como suponiendo que yo tenía algún tipo de conflictos raciales. La verdad es que me incomodó un poco que se presentará así, pero me cayó bien desde el primer momento, así que me sentí con la confianza para hablarle sobre la incomodidad que me había provocado y él –lejos de molestarse por mis comentarios-, se mostró mucho más amigable conmigo desde ese momento.

John y yo usualmente viajábamos juntos, tanto dentro de los Estados Unidos como cuando veníamos a México. Nuestro trabajo así lo exigía y esta circunstancia facilitó el desarrollo de nuestra amistad.

John tenía una incontrolable afición a buscar amigos millonarios. Yo no lo era y en verdad me extrañaba que aun sin ser un millonario él se empeñara en conservar mi amistad.

Un fin de semana, me dijo que uno de sus amigos le había invitado a Miami y que él iría con su novia. Como su amigo no le puso ninguna clase de restricciones –según me contaron ellos para animarme-, me pidió que fuera con ellos. También me dijo que su novia me había arreglado una cita a ciegas para que yo no fuera solo. Me advirtió que no conocería a mi cita sino hasta el siguiente día, en que abordaríamos el avión privado de su amigo, pero que tanto él, como Adele –su novia-, consideraban oportuno que les aceptara una cena para ponerme al tanto de las expectativas de mi cita, con tal de que no la hiciera sentir incómoda.

Fue una velada deliciosa, no sólo por la comida sino por el excelente momento que me regalaron. Adele era una mujer entrada en los treintas, como todos nosotros en esa época, rubia, de hermosos ojos azules, y muy inteligente y divertida.

En realidad, los tres nos llevábamos excelentemente desde que nos conocimos, aun cuando yo conocí a Adele unas semanas después de haber conocido a John.

Ambos bromeaban mucho conmigo y yo les retribuía. Pasar el tiempo con ellos era disfrutar de instantes memorables que se llenaban de carcajadas mientras duraban.

Durante esta velada, Adele me informó que no había escogido a mi cita al azar; me dijo que –de hecho-, decidió invitarnos porque sabía que ella estaba interesada en mí, pero era muy tímida como para hacérmelo notar. Yo simplemente externé mi confusión disfrazada de modestia.

Le pregunté muchas cosas sobre mi cita, intentando averiguar de quién se trataba, porque si algo era evidente era que yo ya le conocía, pero no atinaba a suponer de quién se podría tratar. Sobra decir, que Adele resistió férreamente todos mis inquisitivos intentos.

Me hizo saber –eso sí-, que ella estaba segura de que yo me pondría muy contento al descubrir quién era mi cita, porque intuía que a mí me ocurría lo mismo que a ella. Yo quise suponer que se trataba de Mei, pero simplemente era demasiado bello para ser verdad.

De hecho, mi alternativa era Natale, una hermosa morena de ojos verdes y cabello castaño de ascendencia italiana que no perdía oportunidad para coquetearme.

Tengo que admitir que -en mi interior-, deseaba con vehemencia que fuera Mei, pero no me parecía lógico porque –como ya lo indiqué-, suponía que ella me odiaba.

No era que Natale no me gustara -de hecho-, me gustaba mucho, pero mi interés en ella era puramente sexual, motivado –principalmente-, porque sus frecuentes coqueteos me hacían suponer que sería una conquista muy sencilla. Precisamente era esto lo que le restaba valor. Yo ansiaba el desafío.

Además, no sé si se debía al notorio rechazo de Mei hacia mí o –lo más probable-, porque admiraba su maravillosa inteligencia, Mei provocaba terremotos en mi ser con una sola mirada.

Ese aire de misticismo asiático, su profesionalismo y su innegable capacidad para crear soluciones creativas, sin mencionar su belleza y sencillez… ¡me tenía completamente trastornado!

No me quedó más que resignarme a esperar hasta la mañana siguiente para descubrir a mi cita. Mientras tanto, la velada transcurrió entre las risas que nuestras continuas bromas provocaban y mi día terminó con un muy agradable sabor de boca.

A la siguiente mañana –el sábado-, John pasó muy temprano a recogerme al hotel y de allí nos dirigimos al aeropuerto. Adele no iba con él. Ella había quedado de encontrarse con mi cita para llevarla al aeropuerto de manera que nos encontraríamos allí.

Hice un último intento por sacarle la verdad a John, pero Adele lo había aleccionado muy bien, así que fue completamente inútil.

Por fin llegamos y –a lo lejos-, descubrí a Adele, pero no veía junto a ella a mi cita. Me pregunté qué habría sucedido.

John y yo la alcanzamos y ella –sin más-, me preguntó si estaba listo para conocer a mi cita. Impaciente le dije que sí y me pidió esperar unos segundos más, mientras iba por ella.

Al parecer John tenía instrucciones de distraerme y las siguió fielmente. Nunca me permitió voltear hacia el lugar por el que había desaparecido Adele. Cada vez que intentaba voltear, John reclamaba mi atención.

Finalmente, la mano de Adele se posó sobre mi hombro invitándome a voltear y fue el preciso momento en que la más encantadora sorpresa inundó por completo mi corazón.

No pude evitar sonreír con una franqueza que delataba mi alegría. Frente a mí estaba Mei. La sorpresa me paralizó y me mantuve balbuceante por algunos segundos, pero me recuperé y comencé a conversar con Mei.

Cómplices de esta cita a ciegas tras haber realizado la función de una Celestina, John y Adele nos dejaron solos y fue así como Mei y yo aprovechamos cada segundo que nos regaló ese hermoso fin de semana para conocernos.

Al caer la noche del sábado, Mei y yo caminábamos por la playa bajo la luz de la luna y yo, franco como siempre he sido, le confesé que me sentía confundido. Le confesé que yo pensaba que ella me odiaba y que si me mantenía alejado era porque la admiraba tanto que no quería incomodarla.

Eso pareció halagarla, pero bajo la mirada con timidez, sin responder a la pregunta tácita que flotaba en el aire desde que le confesé lo que sentía. Pude, sin embargo, notar que una sonrisa tímida se escondía en su rostro cabizbajo. Entonces, la tomé por la mejilla y con indescriptible esmero, levanté su rostro atrayéndola hacia mí.

Observé sus ojos, mientras ella adquiría confianza y le regalé la más dulce sonrisa que pude, invitándola a no temer. Nuestras miradas se encontraron con vehemencia y el tiempo se detuvo.

Quizá fue la inercia o el inevitable llamado de una dulce pasión que emergía tras haberse visto contenida durante largos meses. Nuestros labios se tocaron en una maravillosa caricia que poco a poco, muy lentamente, fue perdiendo la decencia.

No dormimos juntos esa noche y –en realidad-, nunca sucedió. Ambos lo deseábamos, pero no sabíamos qué futuro podía tener esa relación. No sé cómo fueron las cosas para ella, pero yo sentía un profundo respeto hacia Mei.

No es que ni por un instante supusiera que hacer el amor con Mei hubiera significado que dejara de respetarla. En lo absoluto. Más bien era que sabía que algún día yo tendría que regresar a mi país y continuar con mi vida normal, mientras Mei se quedaría allí, en Boston y que tendría que hacer su vida sin mí.

Existía no obstante la posibilidad de mudarme permanentemente a los Estados Unidos, pero no era eso lo que yo deseaba para mí y Mei tenía una prometedora carrera que había iniciado mucho antes de conocerme. No podía pedirle que la truncara por mí, aunque sé que lo habría aceptado si se lo hubiese pedido.

Los meses siguieron su curso y nuestra relación se convirtió en la más hermosa que yo había podido vivir hasta entonces. Hoy, sigo sintiendo como mi corazón se agita con fuerza al pensar en Mei; una alegría infinita asalta por completo mi ser cuando su imagen se adueña de mis pensamientos.

Quizá la principal pregunta para mí sea si alguna vez me he arrepentido de no haberlo dado todo por estar con Mei. La respuesta es muy difícil.

Aunque Mei realmente cambió casi todo en mí, algo en mi interior sigue haciéndome sentir convencido de que no era ella la mujer de mi vida.

No me malinterpretes. Quise muchísimo a Mei. Recordarla es revivir los más maravillosos momentos de mi vida, pero ni ella ni yo estábamos dispuestos a abandonar aspectos importantes de nuestras vidas tan a la ligera.

Si se lo hubiera pedido, ella habría venido conmigo y quizá, una vez que la magia se acabara, me reprocharía por haber influido en que su carrera se truncara.

También podría yo haberme quedado en los Estados Unidos, pero jamás me sentí a gusto en ese país. Extrañaba mi patria cada vez que iba. No veía el momento de regresar. Me sentía solo, alejado de todas aquellas cosas que me hacen mexicano y, por mayúsculas que fueran mis ambiciones profesionales, había valores mucho más grandes para mí que nada tenían que ver con el dinero o un más alto estándar de vida.

Digamos –para expresarlo de la manera más sencilla posible-, que tanto ella como yo sabíamos que el otro estaba dispuesto a sacrificar cosas por concretar nuestra unión, pero también comprendíamos que el precio era demasiado alto. El amor –después de todo-, no era tan fuerte.

Hoy, Mei, es el más dulce de mis recuerdos. Pero sólo es eso. Me faltaba una infinidad de momentos por experimentar aún.

 

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Capítulo 10 – I will survive.

Octubre 3rd, 2012 2 comments

Dejar la escuela fue un proceso interesante. No lo había visto así hasta entonces, pero si no lo había hecho antes, simplemente era porque no me había preocupado por crear una aplicación que satisficiera alguna necesidad empresarial.

Ante la continua insistencia de Toño, por fin me puse a desarrollar una aplicación para administrar ventas e inventarios. Es curioso, algunos años atrás, cuando Mario me sugirió esto mismo, yo decidí ignorarle como se ignora a un loco; esta vez, gracias a la perseverancia de Toño y a que ya tenía alguna experiencia en esto debido a mis trabajos anteriores, acepté el desafío y creé mi primera aplicación comercial para un cliente que Toño no podía atender por una sobrecarga de trabajo que tenía.

No es que Toño no tuviera una aplicación parecida. De hecho, la tenía y funcionaba mucho mejor que la mía, pero creo que era su forma de agradecerme que ahora estuviera con Ernestina.

Las cosas comenzaron a fluir para mí a raíz de ese primer cliente. De pronto, tocaban a mi puerta personas que no conocía, que habían llegado hasta mí por referencia. Esto me obligó a añadir más funciones a mi aplicación para satisfacer las necesidades que me expresaban.

Así pude finalmente vender una de mis aplicaciones a una empresa transnacional por primera vez.

Dada la naturaleza de este proyecto, tuve que ir con mucha frecuencia a esta empresa y –en una de mis continuas visitas-, conocí a Imelda.

Imelda era una mujer pequeña de bonitas formas y bastante extrovertida. En la empresa, era conocida por sus continuos líos amorosos. Según se contaba, ella se enredó siendo muy joven con un proveedor de la empresa y tuvo un hijo con él. A raíz de esta situación, pronto circularon los rumores sobre la facilidad con que accedía a nuevas aventuras.

Cada vez que iba a esa empresa, no faltaba alguno de los empleados de esa empresa que me contara cosas sobre ella y siempre había alguien que me hacía bromas relativas a enredarme con ella.

Tengo que decirlo: el escuchar con tanta frecuencia ese tipo de comentarios hacia Imelda, pronto me hizo sentir empatía por ella y comencé a verla de una manera distinta. Comencé a interesarme en ella.

No recuerdo cómo fue que comenzaron las cosas entre nosotros; quizá fue alguna vez que coincidimos en el comedor de la compañía. Lo que si recuerdo es que si ella no me hubiera hablado a mí en primer lugar, yo nunca lo habría intentado.

Con el transcurrir de los días, fuimos haciéndonos amigos y –dados los antecedentes que yo tenía-, me propuse tratarla con respeto. Pronto comenzamos a frecuentarnos fuera de la compañía y fue sólo cuestión de tiempo para que se iniciara el romance.
Esta fue la primera y única vez que una mujer me ha propuesto abiertamente una relación amorosa. Cuando lo hizo, me sentí absolutamente desconcertado. No sabía que responderle, pero yo ya había comenzado a enamorarme de ella.

Me sorprendió por diversas razones; la principal, porque yo crecí en una época en que ese tipo de propuestas las hacíamos los hombres. Además, yo no me consideré nunca lo suficientemente atractivo como para que algo así me ocurriera a mí.

En realidad, pasaron varios días y yo terminé aceptando sólo porque ella continuó insistiendo. Todo ocurrió en un baile que organizaba la empresa y al que fui invitado.

La verdad es que yo no me propuse nunca nada de lo que ocurrió después. Llegué a este baile y me senté con algunas de las personas con las que normalmente trabajaba. De pronto, llegó ella y me dijo al oído que si no pensaba invitarla a bailar. Turbado, me levanté de la mesa y me fui con ella a la pista de baile. Mis compañeros miraban divertidos la escena.

Bailamos durante un rato y mientras lo hacíamos, con toda la desfachatez del mundo me preguntó que si no la iba a besar. Tal vez fueron las copas o ese inminente amor que ya sentía por ella, pero no pude resistirme y la besé.

Después, salimos de ese salón y la llevé a su casa. Para ser sincero yo supuse que iríamos a un hotel, pero ella supo hábilmente controlar mis ímpetus.

Mi problema con ella es que mientras para mí las cosas iban en serio, jamás supe qué sentido habían adquirido las cosas para ella.

A veces, pasaban semanas antes de volverla a ver y de pronto nos encontrábamos y las cosas se ponían muy candentes entre nosotros… sin llegar nunca al sexo. Cuando el sexo estaba a punto de ocurrir, ella siempre encontraba el modo de salirse por la tangente.

Ese estira y afloja que conformaba nuestra extraña relación estaba volviéndome loco.

Me cansé de decirle que mis intenciones con ella eran honestas y ella se cansó de puntualizar que precisamente por eso debíamos hacer las cosas bien.

Mientras tanto, mis compañeros no dejaban de torturarme platicándome las nuevas aventuras de Imelda. Hubo incluso uno de ellos que me contó con detalles sobre las veces que se había acostado con ella.

Esta relación en la que todo era una mentira acabó por fastidiarme y pronto fui yo quien se alejó. Dejé de buscarla por meses hasta que una ocasión supe de primera mano porqué se dice que la venganza es un plato que se sirve frío.

A lo largo de muchos meses sin verla, poco a poco fui perdiendo el interés en ella; sin embargo, el despecho por la manera en que me había tratado fue cocinándose en mi corazón a fuego lento.

Un día, me la encontré y comenzamos a hablar. Le pedí que nos viéramos fuera del trabajo y cuando lo hicimos, fuimos a tomar un café y platicamos durante horas.

Más tarde, la invité a mi casa y ella accedió, suponiendo que me controlaría como tantas veces lo había hecho. No obstante, yo ya había preparado mi venganza y había podido hacerlo porque simplemente ya no me importaba tanto como al principio.

Ya en mi casa, comencé a besarla y a acariciarla. Cuando ella vio que las cosas se estaban poniendo demasiado apasionadas intentó cortar de tajo mis ansias, pero fue entonces que yo comencé a acariciar su vagina.

Al principio se resistió, pero yo insistí, hasta que ella no pudo más y poco a poco fue perdiendo la ropa. En realidad, cuando más atrevidas estaban las cosas, sonó el teléfono y contesté de muy mala gana. Antes de hacerlo, le ordené que se quitara la ropa mientras contestaba. Yo me ocupé de la llamada y para ser sincero, pensé que ella simplemente acabaría de vestirse y se iría, pero cuando volteé estaba completamente desnuda.

Al colgar el teléfono y verla desnuda frente a mí, le ordené que regresara a la cama con una frialdad que todavía hoy me sorprende al recordarla. Ella obedeció sumisa y lo que habíamos interrumpido reinició.

Yo la besaba por todas partes, menos en la boca, aunque ella me lo pidió una y otra vez. Me insistió que le dijera que la amaba mientras la masturbaba, pero con una increíble crueldad yo le decía que no, que no la amaba; una y otra vez le decía que no la amaba, que no fuera ilusa.

No sé por qué, pero eso realmente la encendió. Sin embargo, cuando estaba a punto de concretar el coito –de repente-, adquirí consciencia de lo que estaba haciendo; me sorprendió la frialdad con la que estaba consumando mi venganza; me sorprendí a mí mismo con la monstruosidad que estaba a punto de realizar y en ese momento comprendí el significado del perdón.

Ella, lejos de reclamarme que no la hubiera hecho mía en ese momento, me agradeció que no lo hiciera, pero nunca supo la verdadera razón por la que yo me había detenido.

Yo me sentía confundido. En esos momentos habría podido simplemente consumar mi venganza, tratándola como todo el mundo la había tratado; en su lugar, aprendí que la venganza que buscaba no curaba mi ego herido… pero entendí también algo más.

Comprendí que hacerle daño para hacerle pagar el sufrimiento que ella me había ocasionado no me haría sentir mejor. Entendí que poseerla sin amarla y sin que ella me amara, solo iba a complicarnos las cosas a ambos; pero más que nada, me di cuenta de que sólo olvidando lo que habían sido las cosas entre ella y yo, yo podría finalmente alcanzar la paz que buscaba en mi interior.

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Capítulo 09 – Cóncavo y convexo.

Octubre 3rd, 2012 1 comment

Decidir quedarme fue sencillo; lo que no fue sencillo fueron los meses siguientes, en los que todo parecía ser tan complicado. Pasé semanas buscando trabajo, hasta que un día regresé al instituto en el que había cursado la carrera técnica y pedí mi antiguo trabajo.

El dueño no parecía muy conforme al principio. Me alegaba que no podía pagarme el sueldo que tenía en Guadalajara, pero al verme dispuesto a aceptar un salario menor, terminó cediendo.

Esta vez debería dividir mis labores entre Salamanca e Irapuato, al menos durante un tiempo. En realidad, sólo tuve que acudir a Salamanca por unos meses y luego me quedé definitivamente en Irapuato.

Durante el tiempo que di clases en Salamanca conocí a una joven muy atractiva llamada Jaqueline. En cuanto a su personalidad, era muy parecida a Adriana. Era una mujer alta, de un cuerpo muy bonito y unos labios muy sensuales.

Era una persona muy extrovertida y yo me sentía muy atraído a ella,  más porque despertaba mi lívido, debo admitir. En realidad, tengo que confesar que no era amor lo que sentía, sino deseo.

Ella me parecía muy agradable, pero la experiencia que había tenido con Adriana me impidió suponer que tendría una oportunidad con ella. Además, comenzaba a ver que no era buena idea mezclar mis asuntos laborales con mis aspectos afectivos, así que intenté arduamente mantenerme objetivo.

Cuando tuve que volver a Irapuato, de pronto, ella comenzó a buscarme allí. En varias ocasiones nos encontramos y me pedía que le explicara cosas.

Una mañana, como ya era su costumbre, fue a buscarme y esperó a que terminara mi clase. Estuvimos alrededor de una hora trabajando en sus dudas. No sé qué se me pasó por la mente cuando, al despedirse, la llamé pidiéndole que esperara. Ella volteó hacia mí y pudo ver como la miraba absorto. Entonces me preguntó que quería decirle y –sin más-, le dije que me encantaba.

Aun no comprendo que sucedió. Me había hecho la promesa a mí mismo de que me mantendría al margen. Además, sabía que no era una relación con ella lo que buscaba, sino sexo.

A esa edad ya había tenido suficientes aventuras superficiales como para no desear involucrarme en una más y no estaba seguro de realmente querer tener una aventura con ella.

Por otro lado, no deseaba verme envuelto en chismes por andar con una alumna mía. Simplemente, por lo difícil que habían resultado las cosas para mí cuando decidí quedarme en Irapuato, tenía mucho que perder si el dueño de la escuela se llegaba a enterar, pero fue algo que no pude evitar.

En adición a todo esto, sabía que aunque en realidad sentía una fuerte atracción hacia ella –más que nada por su físico encantadoramente femenino-, lo mío era sólo deseo y tenía muy claro que iniciar cualquier cosa con ella sería tanto como jugar con sus sentimientos; no quería hacerlo. Conocía en carne propia el dolor que produce el desamor como para causárselo a alguien más. He sido cruel muchas veces, pero jamás me ha gustado ser cruel en este sentido.

Había un millón de razones por las cuales hubiera sido preferible no detenerla y decirle lo que le dije, pero había una sola –la que verdaderamente importaba y que estaba a punto de descubrir-, por la que detenerla fue lo mejor que podía haber hecho en toda mi vida.

Al escuchar mi confesión, me miró coqueta y se aproximó hacia mí. Provocativa, se acercaba más a mí tras cada paso que daba y yo no podía dejar de fascinarme con su maravillosa mirada. Si alguna vez te has preguntado porque las mujeres afirman que los hombres dejamos de razonar cuando se antepone el sexo, esta es la explicación perfecta. Simplemente nuestro instinto nos traiciona cuando debemos mantener la cabeza fría y actuar objetivamente.

Finalmente, llegó hasta mí. Yo estaba hipnotizado. En realidad, dejé de pensar desde el momento en que le dije que me encantaba y –a partir de allí-, todo lo que yo hice fue mecánico.

Ella reposó delicadamente sus manos sobre mi pecho y yo la tomé por la cintura. Nuestros cuerpos estaban tan cercanos que pude sentir su corazón latir contra el mío; sentí la tersura de su piel mientras la acariciaba y respiré su aliento embriagándome cada vez más en su sensual coqueteo.

En ningún momento mis ojos se apartaron de su mirada. Ella me sonreía y supe que las cosas ocurrirían sin importar lo que hiciera. Entonces me besó.

Fue el beso más sensual que había recibido en toda mi vida. Si mi cerebro había dejado de funcionar mientras se acercaba a mí, este beso definitivamente me enloqueció.

Sin importarnos que estábamos en un salón de clases –aun cuando estaba vacío y no había nadie más alrededor-, las caricias se convirtieron en algo cada vez más atrevido. Hicimos el amor sobre el escritorio.

No sé cómo describir lo que sucedió. Era como si de repente se desatara una poderosa tormenta que lo arrasa todo a su paso. Nuestras ropas volaron por todas partes y esa pasión incontenible que surgió de un simple “me encantas” sólo feneció hasta que se vio satisfecha.

Ahora que lo recuerdo, fue muy bueno que nadie subiera a ese salón. En el piso de abajo estaba todavía la secretaria de la escuela y jamás podré afirmar en plena consciencia que ella no se enteró de todo cuanto ocurrió arriba pero –si lo hizo-, fue muy discreta.

Una vez que Jaqueline y yo calmamos ese torrente de caricias y sexo que desatamos, nos vestimos y nos besamos una última vez. Abrazados, bajamos al piso inferior, pero nos separamos cuando estábamos por llegar. Ella notó a la secretaria y eso la turbó un poco. Me miró inquisitiva, formulando una callada pregunta que también yo me hacía, pero no supe que responderle.

A pesar de todo, ya nada podíamos hacer y si la secretaria se había dado cuenta, sólo podíamos esperar que fuera discreta. Se despidió de mí aun preocupada y yo, entré a la oficina saludando a la secretaria. Al verme entrar, me informó que Toño, mi antiguo amigo que me informó de cómo ocurrieron las cosas cuando me despidieron del primer trabajo que tuve, sobre la manera en que el dueño de esa escuela y Mario se habían burlado de mí por escribir en mi curriculum que me había graduado allí, que me informó sobre el trabajo en la secundaria para niños ricos y que me consiguió la cita para presentar el examen por el que conseguí el trabajo en Colima, quería verme y que pasaría a la escuela por la tarde. Le agradecí que me diera el mensaje preguntándome de qué tanto se había dado cuenta ella, pero lo único que hizo tras informarme sobre la visita de mi amigo fue seguir trabajando en su computadora. Dejé los manuales que llevaba y salí de allí.

Toño llegó por la tarde, mientras daba mi clase. Él era un tipo muy pulcro y le gustaba verse siempre elegante. Desde que terminamos la carrera, él atendía a varias empresas locales como consultor. Supongo que le iba muy bien, porque siempre lo encontraba de traje.

Honestamente no tengo la más mínima idea de porqué alguien está dispuesto a sacrificar su comodidad por su apariencia. Digo, cuando estaba en Guadalajara, en el último empleo que tuve allí, yo vestía de traje todos los días… soportando el terrible calor que allí hacía. Precisamente por este inconveniente me bañaba varias veces al día mientras trabajé en esa empresa.

El traje no era un requisito. Yo me lo ponía por pura vanidad. La mayoría de las aventuras que tuve en Guadalajara surgieron precisamente por mi forma de vestir; al menos, eso creo. Pero al regresar a Irapuato, colgué el traje y me prometí a mí mismo nunca más usar una corbata.

El precio de la incomodidad que había que pagar por tanta pulcritud se me hizo excesivo; por eso no comprendía que Toño utilizará traje todos los días.

Cuando Toño llamó a la puerta del salón, algo estaba yo haciendo –la verdad no lo recuerdo-, que le pedí a Ernestina –una de mis alumnas-, que abriera la puerta. Ella lo hizo y fue cuando vio a Toño por primera vez. Él preguntó por mí y fue cuando yo volteé, invitándolo a entrar.

En ese momento no le presté atención, pero noté que Ernestina se había sonrojado y sonreía nerviosamente. Sin embargo, como ya dije, no le di importancia.

Toño saludó a todo el mundo y se acercó a mi escritorio. Me dijo que quería conocer mi opinión sobre un problema que tenía y le prometí que terminando la clase le atendería. Entonces salió del salón y yo continué con mi trabajo.

Al terminar la clase, cuando estaba recogiendo mis cosas, Ernestina se acercó a mí y me preguntó toda clase de cosas sobre Toño. Fue hasta ese momento que comprendí su rubor y le prometí que se lo presentaría, pero le indiqué que no sería esa noche. Le prometí que arreglaría que él volviera  y entonces lo haría.

Sonriendo para mis adentros, me dirigí a la oficina de la escuela dónde Toño me esperaba. Mientras trabajábamos, fui contándole poco a poco sobre Ernestina.

Tímido como él era, no podía creer lo que le estaba contando y se puso muy nervioso cuando le sugerí que volviera la siguiente tarde para presentarle a Ernestina. De hecho, se negó rotundamente.

Toño y yo nos conocíamos desde muy jóvenes, aunque él era unos años mayor que yo. Yo creo que cuando somos jóvenes, todos los hombres somos superficiales, Algunos nunca lo superamos.

Vivimos encantados con un estándar de belleza femenina que muchas veces supera nuestras propias capacidades. No porque físicamente seamos incompatibles con el tipo de belleza femenina que aspiramos a encontrar en una pareja, sino porque enfocamos las cosas de la manera equivocada.

Si lo piensas con detenimiento, la belleza exterior es sólo un bonito adorno. La personalidad, no obstante, lo es todo. He conocido muchas parejas que son absolutamente incompatibles. Normalmente lo son porque iniciaron gracias a lo que el atractivo físico originó. Más allá de la apariencia, nunca hubo realmente el cimiento de la comprensión entre ellos. Por eso, muchas parejas fracasan.

Lamentablemente, cuando jóvenes, nos atraen más las curvas que la comunión. Por ello, intentamos muchas veces conseguir lo inalcanzable, no tanto porque aspiramos a tener una pareja que sea muy atractiva, sino porque la manera en que nos acercamos no es precisamente la más adecuada.

Exactamente eso le ocurría a Toño. Alguna vez yo estuve en su situación y debido a ello le entendía perfectamente. A diferencia mía, Toño se había concentrado más en su desarrollo profesional y había dejado de lado todas las locuras en las que yo me vi envuelto.

Esa inocencia de mi amigo y toda la generosidad que él me había mostrado anteriormente, me hizo sentir obligado a ayudarle.

En realidad, tuve que insistirle muchas veces que me permitiera presentarle a Ernestina, pero él siempre se negaba. Sin embargo, algunas semanas después tuvo que volver y la casualidad quiso ponerlos frente a frente a él y a Ernestina.

Esa tarde, Toño llegó a la escuela porque el director le había pedido que fuera. Cuando entró a la oficina se encontró con Ernestina y –como no estaba la secretaria-, le preguntó por ella. El dueño de la escuela tampoco estaba, así que supongo que se sintió desconcertado de que le pidieran que fuera y no encontrara allí a quien le llamó en primer lugar.

Quizá fue por eso que se animó a preguntarle a Ernestina por la secretaria y ella le informó que había salido por unos momentos y que enseguida regresaba. Estaban precisamente en esto cuando yo llegué y vi mi oportunidad.

Saludé a ambos y –sin que Toño pudiera evitarlo-, le presenté a Ernestina. Toño se mostró visiblemente turbado, sin saber qué decir, así que por unos instantes fungí como intermediario entre ellos, hasta que conseguí que iniciaran una conversación.

La verdad es que Ernestina tuvo mucho que ver con que esa conversación tuviera lugar, ya que estaba decida a conocer a mi amigo. Yo sólo le di a Toño el impulso que necesitaba. Una vez que lo tuvo, me excusé y abandoné la oficina.

Al salir de la escuela me encontré a la secretaria y –con ánimo de chisme-, le conté lo que estaba ocurriendo en la oficina y le pedí que les diera unos minutos más. Convencer a Toño de que se relajara y conversara con Ernestina lo valía. Divertida, ella se quedó conmigo durante unos minutos más y luego subió.

Al otro día de que esto ocurriera, por alguna razón tuve que ir a Salamanca y volví a encontrarme con Jaqueline. Fue algo extraño. Cuando nos encontramos, nos sonreímos, pero ella se notaba un poco turbada. Nos las arreglamos para quedarnos solos y comenzamos a hablar. Ella me preguntó si la secretaria se había dado cuenta de lo que había ocurrido y yo le confesé que en realidad no lo sabía, pero que creía que no, porque hasta el momento no lo había insinuado siquiera.

Quise besarla, pero ella se resistió. El hecho de que me rechazara me dejó perplejo. Es decir, había pasado algo completamente impulsivo entre ella y yo y ahora no quería acercarse a mí para nada. Honestamente no la entendí.

Pasaron varios días hasta que tuve la oportunidad de regresar a Salamanca y volví a insistir y ella continuó negándose.

También volví a encontrarme a Toño en varias ocasiones después de eso y le pregunté cómo iban las cosas entre él y Ernestina y él no hacía más que poner excusa tras excusa: que si no era bonita, que si le enfadaba de tanto que lo buscaba, que si platicaba demasiado y entonces le dije que lo único que tenía que hacer era dejarse llevar.

Es decir, si ella era tan insistente con él era únicamente porque él le gustaba mucho. Como amigo, le hice ver que él tampoco era una belleza de hombre y que si no se daba la oportunidad con esta chica, él iba a terminar lamentándolo el resto de su vida.

En cierta forma, todas sus excusas no eran más que pretextos. En el fondo, lo que él tenía era miedo; miedo de atreverse a decirle lo que sentía y que ella lo rechazara. Yo le hice ver que ella simplemente no lo rechazaría y le dije que –aunque lo hiciera-, quizá lo haría únicamente para interesarlo en ella, para medir qué tanto él quería realmente iniciar una relación con ella.

En realidad no tengo la más mínima idea de qué impacto tuvieron mis palabras en él pero unos días después de esta conversación, me enteré de que finalmente eran novios y cuando lo volví a encontrar era otro hombre, más feliz, más confiado y… enamorado.

Fue por esos días en que volví a ver a Jaqueline. En esos momentos no sabía si era buena idea acercármele, pero me estaba volviendo loco con sus negativas y consideré que -por lo menos- le debía una disculpa.

No supe exactamente qué ocurrió, pero esta vez me permitió hablar con ella. Le pregunté abiertamente porqué me rechazaba tan intensamente si de todos modos ya había ocurrido lo que sucedió entre los dos; le confesé que no lograba entender su actitud y que me estaba volviendo loco. Le pedí que si no quería volverme a ver, me lo dijera con la misma apertura con la que yo le estaba hablando en ese momento y le prometí que si ella me lo pedía, yo nunca iba a volver a buscarla.

Entonces ella me dijo simplemente que si ocurrió lo que ocurrió entre los dos fue simplemente porque así se dieron las cosas en su momento, que estaba a punto de casarse y que no quería tener una relación conmigo.

No voy a decir que eso me hizo sentir mejor, pero por lo menos, su sinceridad acabó con mi miseria. Entonces sentí la confianza para confesarle que lo mío era también deseo, como el de ella… y entonces volvió a ocurrir.

Nos fuimos a un hotel y volvimos a desatar esa pasión desenfrenada que tanto había complicado las cosas para ambos. Unas horas después, abrazados en la cama, hablamos largamente sobre lo que estaba ocurriendo.

Me dijo que no sabía porque era tan débil conmigo y yo le hice saber que lo mismo me sucedía a mí. Tal parece que cada encuentro entre ambos terminaría exactamente de esa manera.

Ambos sabíamos que no era amor; los dos comprendimos que no éramos capaces de evitar sucumbir al deseo y también nos dimos cuenta de que carecer de ese imprescindible control era peligroso para nosotros. Además, había gente –como su novio-, a la que podríamos dañar por no poder contenernos.

Acordamos que no nos veríamos más, pero fue inútil. Volvimos a encontrarnos muchas veces y la mayoría de éstas terminábamos en la cama. Un día ella se casó y yo decidí desaparecer de su vida.

En los meses siguientes, gracias a Toño empecé a relacionarme más con gente de las empresas locales y comencé a venderles mis programas. Esto resultó ser más lucrativo para mí, así que fue la excusa perfecta para dejar esa escuela de computación y alejarme tanto como pude de Jaqueline.

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