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Capítulo 08 – Staying alive.

Septiembre 29th, 2012 No comments

En el transcurso de unos tres meses, nos habíamos mudado ya a Guadalajara. Cuando llegué por vez primera a esta ciudad la tarde recién sucumbía a la oscuridad de una noche que empezaba a cubrir las calles con un manto de estrellas. Antes de abandonar la terminal de autobuses, decidí preguntar cómo llegar a la zona en que estaban ubicadas las nuevas oficinas y averigüé que –para llegar allí-, debía abordar un autobús que salía de la misma central de autobuses, así que decidí buscar alojamiento en algún hotel cercano a ésta.

La verdad es que el hotel que encontré no me convenció y esto me hizo buscar alternativas. Por mi propia elección, decidí vivir en un hotel por la avenida La Paz temporalmente, hasta que la economía me forzó a buscar una casa de asistencia.

Mis demás compañeros varones –incluido Zeferino-, se organizaron para rentar un departamento sin invitarme a unírmeles.

De hecho, yo me enteré por Zeferino, pero en honor a la verdad, yo empezaba a tomarle mucho aprecio a mi independencia y –aunque me hubieran invitado-, yo simplemente no habría aceptado.

Contrario a lo que optamos los varones, no todas nuestras compañeras mujeres decidieron mudarse con nosotros, principalmente, aquellas que estaban casadas.

Hilda, Esther y Érica si lo hicieron. Yo seguía empecinado con acercarme a Esther y ella continuaba empecinada en ignorarme.

Como la señora Blanca fue una de las que decidió quedarse en Colima, Hilda ocupó su puesto y, contrario a lo que ocurría en Colima, esta vez Hilda se convertiría en la asistente de Marco, nuestro jefe. En parte, esa era la función de la señora Blanca en Colima, pero ella –además-, fungía como recepcionista. Hilda sólo sería la asistente del jefe.

Un par de meses después de nuestro arribo a las nuevas oficinas en Guadalajara, por medio de chismes me enteré de que entraría a trabajar con las muchachas la hija de la asistente del Coordinador –el jefe de todo el mundo-.

Conociendo como conocía a la asistente del Coordinador, imaginé que su hija sería también una presumida insufrible.

La asistente del Coordinador era una mujer entrada en los cuarentas, rubia y que presumía una –otrora- irresistible belleza. Era el tipo de mujer banal que se empeña en que los demás la perciban con un status que en realidad no tiene, quizá a raíz de su puesto en la empresa. De alguna manera supuse que su hija sería como una gota de agua surgida del mismo manantial.

El día en que Adriana –la hija- se presentaría por primera vez a trabajar, todos esperábamos curiosos su arribo, más por el chisme que por otra cosa.

Yo me encontraba mirando a través de la ventana de mi cubículo cuando llegó. Me había hecho muchas expectativas –todas malas-, sobre qué esperar. Sinceramente, estaba predispuesto a que me caería mal de inmediato.

Sin embargo, cuando el auto se detuvo frente a las oficinas de informática, al abrirse la puerta, las piernas de Adriana fueron lo primero que vi, después salió.

Una chica en minifalda que lucía espectacular fue lo que vi. Me pareció extremadamente sexy. Desde Eliza, no había vuelto a sentirme como Adriana me hizo sentir.

Fue bueno que estuviera oculto a su vista, tras la ventana de mi cubículo, pues seguramente me habría encontrado babeando anonadado.

Adriana era una joven de aproximadamente un metro con sesenta y cinco centímetros, dueña de un cuerpo voluptuoso y las piernas más hermosas que había visto. Su rostro reflejaba un dejo de timidez, pero su manera de vestir, de caminar, de lucir sus atributos… todo en su conjunto denotaba a una mujer que se sabía muy hermosa y que estaba consciente del efecto que producía en los hombres.

No sé describir el efecto que producto en mí. Era engañoso. Por una parte, en su rostro podía palpar una íntima… muy íntima inseguridad, pero el conjunto de todas aquellas cosas que conformaban su apariencia me decía otra cosa.

Quizá Adriana supiera muy bien sacar ventaja de sus atributos físicos mientras se apegaba a la impresión que nos provocaba a los hombres de tratarse de un ser débil que demandaba protección, pero en ese instante no supe definirla.

El tiempo pareció detenerse y su andar hacia la puerta de la oficina –desde mi particular perspectiva-, se me antojó en cámara lenta.

Si tenía –ya de por sí-, un trauma con las mujeres hermosas, esta era la primera vez que ese trauma me desconcertaba.

Sobra decir que a las muchachas se les hizo una mojigata desde el primer momento. Los hombres sólo veíamos una mujer con un cuerpo espectacular que sabía lucirlo mientras provocaba estragos en nuestro razonamiento.

Como sea, mi predisposición prevaleció y me fingí desinteresado cuando me la presentaron. Ella sólo me miró con su mirada de niña buena, al tiempo que me pareció que medía mis reacciones y calculaba la situación.

Su manera de dirigirse a mí cuando me la presentaron denotaba una humildad que me pareció calculada, pero sus curvas femeninas se encargaron de nublar la claridad de mis pensamientos.

Algo comenzó a ocurrir dentro de mí a partir de ese momento, pero luchaba por contenerlo, por suprimirlo; me debatía entre mis prejuicios y el devastador efecto que había producido en mis sentidos.

Unos días después de su ingreso, se sumaron a nuestro equipo Carmen y Estela. Ambas eran hermanas y, aunque trataban de verse bien, era evidente su origen humilde.

Lo que me ocurrió a mí al ver a Adriana la primera vez, le sucedió a Zeferino al ver a Estela.

Carmen era una joven de piel blanca, muy bien maquillada; su cabello era profundamente negro, ondulado y largo, muy largo y tenía unos ojos castaño-oscuros muy hermosos y una sonrisa encantadora que denotaba a una mujer muy simpática. Su voz era dulce y melodiosa. De carácter extrovertido, siempre había un tema de conversación al hablar con ella.

Estela, por otro lado, era una chica muy introvertida, rubia y de cabello corto. Era una chica muy delgada y extremadamente bonita. En ella podía percibir una sensación de paz que irradiaba a todo aquel que se le acercara.

Considerando ese momento en retrospectiva, es fácil comprender por qué Zeferino quedó prendado de ella desde el primer instante. Sin embargo, Zeferino tenía varios asuntos pendientes cuando la conoció y fui testigo del terrible debate interno que tuvo que padecer al comprender que si quería conquistarla debía romper con su estilo de vida.

No sé por qué aún tengo la sensación de que Estela se sentía muy cómoda en mi presencia. De hecho, ella desde un principio me buscaba a mí con más frecuencia que a Zeferino. Creo que ella no soportaba a Zeferino desde el momento en que lo conoció.

Por su parte, Adriana –de alguna forma-, también me buscaba con suma frecuencia, aunque yo dudaba de sus intenciones.

Siempre que Adriana se me acercaba, procuraba tratarla con amabilidad, aunque buscaba cualquier pretexto para mantenerme distante.

Era contradictorio. Me halagaba su insistencia, me gustaba que me buscara tanto, pero no podía creer en sus intenciones. Para ser honesto, se me hacía completamente ilógico que una mujer tan bella –como me parecía que Adriana lo era-, tuviera tanto interés en mí, un tipo común y corriente que nunca se sintió atractivo para las mujeres.

A través del tiempo que tenía trabajando en esa empresa, fui testigo de cómo don Leal parecía muy interesado en Hilda. La buscaba con muchísima frecuencia e, Hilda, le trataba con simpatía, con respeto… pero nunca con la misma clase de interés que don Leal sentía por ella.

Para las muchachas, don Leal era el tipo bonachón que les recordaba a su abuelito… un abuelito picarón y muy coqueto.

Otro que tenía interés en Hilda era Marco, nuestro jefe, aunque era mucho más reservado. Sin embargo, hacía cuánto le era posible por retenerla a su lado durante la mayor parte del día.

Hilda solía pasar mucho tiempo junto a Marco, pero no estoy seguro de que ella se sintiera cómoda con el tipo de interés que despertaba en Marco y en don Leal.

Posteriormente su unió a nuestro grupo Rosario, una hermosa rubia de nuestra edad, bastante extrovertida y simpática, que congeniaba muy bien con Adriana. También se nos unió Eduardo, un muchacho menor que nosotros y que parecía ser el tipo de joven de familia acomodada, acostumbrado a que su papi le resolviera la vida.

Frijolín estuvo con nosotros menos de un año, hasta que decidió retirarse a Colima y –en su lugar-, entro Mariano, un ex militar algo mayor que nosotros. Mariano me pareció odioso desde el primer momento.

Era un tipo de lo más elemental. Reflejaba escasa cultura y era muy honesto al anteponer sus necesidades a las de cualquiera. Era el tipo de persona que considera que los demás sólo existimos para servirle y atender a sus necesidades. Al menos, así me lo pareció.

Para hacer honor a la verdad, el tipo simplemente no me cayó bien desde el principio, sin motivo alguno. Sólo verlo despertó en mi aberración.

No lo justifico; no puedo, ni quiero hacerlo. Es una actitud reprobable a la que he sucumbido en varias ocasiones para mi vergüenza. Afortunadamente, las menos.

Hoy, soy un hombre que procura no albergar rencores en su corazón. Intento vivir mi vida en paz, sin odiar a las personas. Intento ser justo y darle a cada cosa su debida importancia. Pero no siempre he sido así.

En mi juventud, solía ser demasiado impulsivo, demasiado pasional. Permitía a mis prejuicios nublar mi razón y era sumamente elitista.

Afortunadamente, envejecer es una bendición que –algunas veces-, modifica nuestros puntos de vista y produce la evolución de nuestra alma.

Hoy, me doy cuenta de que la felicidad no es una circunstancia, sino una decisión y hoy sé que para ser feliz es necesario desterrar el odio de tu corazón.

Pero cuando eres joven, no es común que entiendas estas cosas. Tiene sentido cuando comprendes que el propósito de la pasión en tu juventud es el de aprender.

La pasión te motiva a actuar a veces de manera errónea y los errores son necesarios para impulsar el aprendizaje. ¿Cómo puedes realmente aprender algo si no lo comprendes? ¿Cómo pretendes comprenderlo si no lo consideras desde sus diferentes ángulos?

Todas estas personas influyeron en mí para llegar a ser quien hoy soy. Sin ellos en mi vida, sin su aporte –muchas veces involuntario-, no me habría sido posible experimentar todas esas emociones que compartí con ellos.

Muchas de esas emociones fueron buenas; muchas malas… pero todas –en su conjunto-, forjaron a la persona que soy ahora.

Adriana fue convirtiéndose poco a poco en una obsesión que me atormentaba. Me resistía a aceptarla en mi vida porque la consideraba lejos de mi alcance, pero deseaba a toda costa tenerla en mi vida.

El que ella se empeñara en buscarme con tanta frecuencia no me ayudaba y –lentamente-, fui cediendo.

Un día, Adriana y yo estábamos en mi cubículo. Para esas alturas, yo me sabía enamorado perdidamente de ella. La razón por la que Adriana estaba conmigo, era que quería que le explicara algunas cosas relativas a la programación de computadoras.

Estábamos haciendo un programa de ejemplo y pronto tuvimos un problema y nos pusimos a analizarlo para encontrar la manera de resolverlo.

Tenerla tan cerca de mí –la verdad-, no me ayudaba mucho. Ni me podía concentrar en buscar la solución al problema que se nos había presentado, ni podía dejar de sentir ese cúmulo de emociones que ella despertaba en mí con su presencia.

En algún momento volteé hacia ella y nuestras miradas se cruzaron. Quedé fascinado; no era capaz de apartar mi vista de la de ella y sentirla tan próxima a mí, me provocó un deseo incontenible de besarla.

Nuestros cuerpos fueron acercándose lentamente, como si se encontraran bajo el influjo de una invisible fuerza magnética, al tiempo que todo mi ser se desmoronaba ante la inminencia de ese beso que tanto había deseado.

Me permití acercarme más y más a ella mientras me sentía atrapado por su mirada porque no noté el más pequeño signo de rechazo en ella. Por el contrario, pude sentirla acercándose a mí, como yo lo hacía.

Nuestros rostros estaban frente a frente, tan cerca uno del otro que podía disfrutar de su aroma, tan próximos que casi nos tocábamos en una dulce caricia. Nuestros ojos seguían los del otro, buscando un pequeño indicio de rechazo. Al no encontrarlo –en respuesta-, nuestros cuerpos se acercaban más a cada segundo.

Ese beso casi se concreta. Justo cuando estaba a punto de ocurrir, la mamá de Adriana llamó a la puerta y ambos –turbados-, nos separamos torpemente.

Me pareció que ella se mostraba muy nerviosa y que intentaba justificarse ante su madre, aunque esta no hizo un sólo comentario respecto a lo que presenció. Luego, salió de mi cubículo acompañando a su madre y ya no regresó.

De hecho, nunca volvió a ocurrir entre nosotros un acercamiento como el de ese día y esto me volvía loco. Estaba loco de deseo, loco de la necesidad de poseerla y no me atrevía a hablarle de lo que sentía.

Para complicar las cosas, ella comenzó a buscar mucho a Mariano y los celos que esto me producía me hicieron odiarlo cada vez más. Por su parte, Mariano percibía mis celos y se divertía haciéndome sufrir al buscarla él a ella.

Por si esto fuera poco, Adriana también comenzó a mostrar mucho interés en Zeferino, mi mejor amigo y esto verdaderamente me confundía.

Yo sabía que Zeferino no perdía oportunidad para acostarse con cuanta mujer podía y sabía que él era muy bueno en ello, pero también sabía que Zeferino –desde conoció a Estela-, había comenzado a cambiar y se sentía por ella de una manera muy parecida a como yo me sentía por Adriana. Además, él era mi amigo, pero tenía muy claro que la amistad –por estrecha que fuera-, no siempre se constituía en un límite en cuestiones de amor.

Para ser justo con ellos, debo decir que hoy soy capaz de entender que –muchas veces-, los celos crean historias imaginarias que deseamos creer al mismo tiempo que rogamos por no hacerlo. Muchas de estas historias imaginarias nos plantean la peor de las situaciones posibles y este tormento nos induce a sospechar hasta de nuestra propia sombra.

No pienso afirmar que hoy soy inmune a los destrozos de los celos, pero sin que haya sido sencillo para mí, he llegado a una conclusión incómoda: El amor no se puede exigir, sólo se puede dar. Cuando el amor es verdadero, lo único que en verdad te importa, es el bienestar de la persona que amas, aunque el regalárselo signifique un martirio para ti.

Si no eres capaz de amar desinteresadamente, no es amor lo que sientes, sino deseo y eres mucho más proclive a sucumbir a los devastadores efectos de los celos cuando tu amor no es sincero.

Sé que para muchos es difícil comprenderlo, pero si el amor es verdadero, darás sin esperar recibir, procurarás porque ello es suficiente para ti, otorgarás libertad y si existe sintonía con esa persona a la que amas, esta persona –tarde o temprano-, te responderá en la misma medida.

Después de todo, si esa persona especial no es capaz de sentir lo mismo que tú sientes, lo mejor para ambos es mantenerse separados y este es el punto que mucha gente prefiere no oír.

El deseo restringe, exige, aprisiona; el amor libera. ¿Para qué quieres a tu lado a alguien que sólo permanece junto a ti porque secuestras su corazón?

Pero en esa época yo no podía entender la diferencia entre amar y desear y confundí mi deseo con amor. Fui vulnerable ante los celos que sentía y me volví loco una y otra vez porque me sentía confundido.

De alguna manera que entonces no comprendí, Adriana sentía exactamente lo mismo que yo.

La confusión que yo sentía era la misma que anidaba ella en su corazón. Ella definitivamente sabía cómo me sentía, pero nada podía hacer. Ella tenía un novio que ejercía sobre ella el mismo efecto que ella ejercía sobre mí.

Así como yo la celaba porque percibía su interacción con otros hombres, ella se sentía en la necesidad de competir con otras mujeres por el cariño de su novio.

Para complicarle las cosas, estaba yo, exigiéndole de manera tácita que me prestara atención. Debatiéndose entre su novio y mis deseos, ella prefirió aligerar su carga buscándome menos y sumiéndome en la cruel tortura de la confusión.

Sé que no le resultaba del todo indiferente porque ese casi beso me proporcionó los indicios que necesitaba de que no me rechazaría. No le era indiferente porque desde un principio fue ella quien me buscó y no al revés.

Pero quizá no le fui indiferente porque la hice sentir admirada, deseada y porque mi fascinación por ella le halagó. Tal vez nunca me consideró como un prospecto de pareja y era eso lo que me tenía así.

Hubo situaciones muy comprometedoras con algunas de las otras chicas –de naturaleza sexual-, que preferí ignorar porque para mí sólo existía Adriana.

No podía sentir por ninguna de ellas el interés que sentía por Adriana. Aun así, deseaba intensamente poder olvidarla y ser capaz de depositar mi interés en cualquier otra.

Una noche, las muchachas organizaron una fiesta a la que la mayoría acudimos. Marco, don Leal y Mariano se retiraron pronto. Marco y don Leal eran casados y debían regresar con su familia; no recuerdo porqué fue que Mariano se retiró. Sólo quedamos Eduardo, Zeferino y yo y las muchachas se pusieron muy insistentes en que las acompañáramos a una disco. Estando allí, percibí cómo Adriana le coqueteaba abiertamente a Zeferino y éste se dejaba querer. Mientras tanto Estela les observaba con evidente enfado.

No me gustó mucho lo que vi y –sin saber cómo-, terminé invitando a Hilda a pasar la tarde del siguiente sábado conmigo. Para mi sorpresa –sin más-, aceptó. Fue la cita que más fácilmente he conseguido en mi vida.

La verdad es que no tardé en arrepentirme. Para cuando esto ocurrió, ya existían rumores de un idilio entre Hilda y Marco y –el que yo la invitara a salir- podía fácilmente interpretarse como que le estaba pedaleando la bicicleta a Marco –un argot machista-.

No obstante, el siguiente sábado salimos. Yo esperaba que mi cita acabara pronto, pero no fue así. Primero, Hilda y yo fuimos a comer. Mientras lo hacíamos, hablamos de muchas cosas. Quizá se aproxime más a la realidad que era ella la que hablaba al tiempo que yo me limitaba a escuchar.

Luego, entramos a un cine y sin saber cómo la abracé por la cintura. Saliendo de allí pasamos la tarde en el parque de la plaza comercial en la que nos encontrábamos y por la noche nos fuimos a cenar.

Sinceramente disfruté su compañía, pero nunca sentí el mismo tipo de atracción que Adriana despertaba en mí. No puedo decir que hubiera preferido estar con Adriana, porque la verdad es que esa tarde con Hilda no la habría cambiado por nada en el mundo, pero sólo Adriana despertaba en mí esas emociones que no podía sentir por Hilda.

Sin embargo, algo si ocurrió. Me di cuenta de que no había futuro entre Adriana y yo y comencé a considerar la posibilidad de renunciar a mi trabajo. Me excusé para ello alegando que no me sentía cómodo con Mariano, pero la verdad era que quería poner tierra de por medio entre Adriana y yo.

Pronto comencé a llevar mi curriculum a muchas otras empresas, hasta que me llamaron de una de ellas y fue así como dejé esa empresa y me aparté por fin de Adriana.

Por su parte, Zeferino por fin pudo comenzar a acercarse a Estela. Ella por fin comenzó a ceder y su noviazgo inició. Me sentí alegre por ambos, pero no pude evitar sugerirle a Zeferino que la tratara bien, aunque de sobra sabía que así lo haría. Sabía que él estaba profundamente enamorado de ella y tal vez el descarado coqueteo de Adriana la noche de la disco fue todo lo que él necesito para que Estela comenzara a considerarlo.

Para cuando todo esto ocurrió yo ya tenía algunos meses viviendo en la misma casa que mis compañeros. Era lo más práctico para mí. Resultaba más económico que rentar un departamento por mi cuenta sólo por sentirme un poco más independiente.

Poco después de haber entrado a mi nuevo trabajo, un joven de nombre Salvador nos pidió integrarse al grupo de los que vivíamos en esa casa. Desde que llegó se hizo mi amigo y era uno de mis más cercanos amigos.

A diferencia de nosotros, él nunca había trabajado en la empresa que yo recién había dejado. Más bien, él trabajaba en una de las tiendas del centro comercial en el que pasé ese maravilloso sábado con Hilda.

Unas semanas después de que llegó a vivir con nosotros me presentó a Lupita, su novia. Ella era una mujer de baja estatura muy voluptuosa y muy bonita.

En realidad, ellos eran pareja sexualmente hablando, aunque no vivían juntos, pero desde un inicio ella coqueteó abiertamente conmigo.

Yo me sentía muy incómodo porque Salvador era mi amigo y le estimaba mucho, pero debo reconocer que Lupita me gustaba mucho también.

No sé cómo, pero mantuve la distancia a pesar de que muchas veces estuve a punto de sucumbir ante sus coqueteos. Lo que más me preocupaba era que Salvador se diera cuenta y –para ser honesto-, creo que si lo hizo, pero nunca me reclamó nada.

Al sentirme liberado de la tortura que para mí representó Adriana, me convertí en un asiduo visitante de los centros botaneros en Guadalajara, Zapopan y Tlaquepaque. No perdía un viernes en que no fuera a gastar mi dinero en esos antros. Allí conocí a muchísimas mujeres de quienes hoy no recuerdo ni su nombre.

La mayoría de las veces sólo se trató se divertirnos al son del mariachi y al calor de la copas. Algunas de ellas accedieron a salir conmigo en alguna cita, pero nada serio surgió de allí.

Meses después de haber entrado a trabajar a la nueva empresa, contrataron a Jessica. Era una rubia muy hermosa que provocó en mí el mismo tipo de atracción que Adriana me hizo sentir, pero no podía sentirme enamorado de ella.

Me gustaba mucho físicamente, pero los sentimientos se negaban a responder. Nos encontrábamos muy seguido porque vivíamos por el mismo rumbo y muchas veces acudíamos al trabajo juntos, hablábamos mucho y con mucha frecuencia pero –entre otras razones-, jamás intenté un mayor acercamiento porque se rumoraba que sostenía un amasiato con el jefe.

Sin embargo -esta vez-, sí tenía muy clara una cosa: yo le gustaba a ella. Lo sabía por su forma de tratarme, porque no perdía oportunidad para acercarse, por la manera cómo me miraba y por muchos pequeños detalles que sólo ella y yo conocemos. Yo nunca pude verla de la misma forma y creo que era esa la razón principal por la que ella me buscaba.

Las cosas no funcionaban como esperaba en ese trabajo y no había sido capaz de olvidar del todo a Adriana, a pesar las muchas mujeres con las que había intentado reemplazarla.

Si algo bueno tuvo ese trabajo fue que me abrió los ojos ante la necesidad de tener estudios universitarios. La gran ventaja que teníamos los informáticos en esos años consistía en que éramos relativamente pocos los que teníamos las habilidades requeridas para producir software de computadora.

Por eso, la mayoría de nosotros solo tenía carreras técnicas y jamás nos preocupábamos demasiado por una formación universitaria. Además, la gente nos pagaba lo que les pedíamos.

Pero en esa empresa comprendí por primera vez que mientras no tuviera un título de una carrera profesional jamás tendría acceso a puestos de nivel directivo.

En la empresa había un par de Ingenieros que ganaban el doble o el triple de lo que ganaba yo, sin esforzarse tanto como yo lo hacía. Para mí se convirtió en rutina entrar a trabajar a las 6 de la mañana y salir del trabajo pasada la media noche. Muchas veces llevaba más de un cambio de ropa y me aseaba por la mañana, a medio día y en la noche allí mismo. Esa empresa se había convertido en mi residencia y no era raro que a media noche, cuando ya estaba acostado en mi cama, me llamaran para ir a resolver algún problema.

Sin embargo, los ingenieros sólo trabajan de ocho a cinco y si les llamaban, sin importar cuán grave fuera la situación, siempre podía esperar hasta el otro día.

Fue evidente para mí que si quería mejores condiciones tenía que realizar estudios universitarios.

No obstante todos mis esfuerzos, un buen día el dueño de la empresa me mandó a llamar y me despidió. Ocurrió una mañana que llegué al trabajo. Ni siquiera me dejaron llegar a checar. Jessica me informó que el jefe quería verme y me indicó que no tenía que checar. Así que fui hacia el despacho del jefe y su asistente me pidió que me sentara. Me tuvo en ese asiento casi toda la mañana y yo ya intuía lo que iba a suceder.

Curiosamente, ni siquiera me preocupó. Al ver que me tenían allí sentado y no me permitía ni irme, ni checar para empezar a trabajar, simplemente me dormí, como si nada, hasta que la asistente me despertó cerca del mediodía y me indicó que el jefe me recibiría en ese momento.

Entre al despacho del jefe y este comenzó a hablar interminablemente de las razones que le parecían justificaban mi despido.

Sé que despedir empleados es tan difícil para el ejecutor como lo es para el ejecutado, pero a esas alturas yo ya estaba anestesiado. Le deje hablar sin interrumpirle un solo momento y le mostré la más descarada apatía.

Supongo que él esperaba que le suplicara, que le rogara, que me enojara… pero nada de eso ocurrió. Simplemente le escuché callado y cuando él consideró que hablarme era como hablarle al muro, me liberó y me dejó ir. Eso fue todo.

Pasé un par de semanas sintiéndome un fracasado. Me encontraba completamente desanimado y durante la primera semana sólo me dejé hundir en mi depresión, pero a la siguiente semana me puse a buscar un nuevo empleo y –por recomendación de alguien de la misma empresa por la que había llegado a Guadalajara-, logré que me consideraran para un puesto en una de las dependencias de la misma empresa.

Acudí a la entrevista y todo estaba ya acordado. De hecho, uno de los acuerdos fue que me presentaría a laborar el lunes siguiente.

Aproveché los días que faltaban para visitar a mis hermanas y me sentí tan bien en Irapuato que los días se pasaron muy rápido para mi gusto.

El día que tenía que regresar a Guadalajara para presentarme en mi nuevo trabajo al día siguiente, mi hermana tuvo que salir y me pidió que cuidara a mis sobrinos, que entonces estaban pequeños. Yo accedí, pero le recordé que me tenía que ir y que sólo podía esperarla hasta una hora determinada.

Llegó la hora en que debía partir de regreso a Guadalajara y mi hermana no llegaba. Estaba indeciso, pues no consideraba correcto dejar a los niños solos, pero tenía que irme.

Al final, decidí que no podía esperar más y que no era mi culpa que mi hermana no hubiera llegado si le había advertido que tenía que irme.

Iba de salida con los niños detrás de mí llorando y pidiéndome que no me fuera. Fue desgarrador. En ese momento supe que mis días en Guadalajara habían terminado y decidí quedarme en Irapuato.

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Capítulo 07 – País Tropical.

Septiembre 28th, 2012 3 comments

Partí hacia mi nueva aventura un sábado por la noche. No tenía idea de qué encontraría al llegar. La expectativa podía más que mi cansancio y –durante toda la noche-, fui incapaz de cerrar los ojos. El sinuoso camino se extendía más allá de lo que había sido ese acotado horizonte tras el cual había vivido hasta entonces.

Cada parada que hacía el autobús no era sino un descubrimiento nuevo. A pesar de la oscuridad, mis ojos escudriñaban hambrientos cuanto pasábamos, en un intento banal por no perder detalle; no perder detalle de lo poco que podía apreciar.

Las horas transcurrían con una lentitud agobiante y me sentía incómodo tras cada hora que pasaba sentado en ese asiento, pero me resistía a dormir, sólo por no perder detalle.

Pueblo tras pueblo, poco a poco fui acercándome a un futuro incierto. Un futuro que no podía predecir; pero poco importaba.

No tenía nada que perder. De hecho, era un re-inicio. No llevaba conmigo más que unos pocos cambios de ropa, dinero escaso y una curiosidad enorme.

No me había dado cuenta, pero durante el trayecto, ni siquiera pensé en Esmeralda. No pensé en Eliza, ni pensé en nada de lo que había dejado atrás.

Ahora, cuando recién había llegado, un instante de temor asaltó por sorpresa mis sentidos y recordé de golpe todo lo que había dejado. Pero fue sólo un instante.

El sol ni siquiera había salido aún, pero ya se sentía un calor notable. Me sentía sucio y deseaba como nunca un largo momento bajo la regadera. El hambre se me había olvidado, gracias al cansancio; sentía el cuerpo molido por el largo viaje… y no tenía idea de qué hacer a continuación.

Miré a mi alrededor; vi gente que no era muy distinta a la que había dejado atrás; vi una central de autobuses como la que había dejado atrás; vi una ciudad como la que había dejado atrás… pero me sentía como un intruso.

Si no funciona, siempre puedo regresar”, me repetía a mí mismo incansablemente, aunque mi hermana había dejado en claro que si me iba, no debía pensar en regresar.

¡Qué maravillosa es la juventud! Te hace emprender aventuras de las que no tienes la más remota idea de cómo resultarán… pero no te importa. Cuando eres joven, estás hambriento por vivir. Todo te parece una aventura a la que no puedes resistirte. Ignoras los riesgos, te olvidas con facilidad de aquellas cosas que das por seguras y te atreves a cruzar los límites… sólo por vivir la experiencia.

Después de casi diez horas sentado en ese autobús, llegué cuando nacía el nuevo día. Cansado como estaba, no podía esperar a encontrar un hotel donde hospedarme, pero no tenía la más mínima idea de dónde encontrar un hotel.

No conocía la ciudad, no conocía a nadie y no tenía idea de a qué me enfrentaría el siguiente día, cuando me presentara a mi nuevo trabajo.

Con un incipiente enfado, producto del largo viaje que había emprendido, salí de la central de autobuses buscando un taxi y lo encontré bastante pronto. Subí y le pedí al taxista que me condujera a un hotel adecuado a mi paupérrimo presupuesto, pero que estuviera cerca de la avenida a la que debería acudir al otro día.

El taxista me habló maravillas del hotel Flamingo y, sin esperar mi punto de vista, me condujo a él. En realidad no me importaba. Me urgía llegar al hotel.

Una vez que me hube registrado y que me acomodé en mi cuarto, encendí el ventilador para mitigar el insoportable calor que empezaba ya a sentirse. Empecé a desempacar, con la intención de disfrutar de un largo y merecido baño pero al ver la cama, no pude resistir la tentación de recostarme por unos minutos, tan sólo para reposar un poco.

Mi error fue cerrar los ojos pues, al sentir ese rico viento recorriendo mi cuerpo, el bienestar que esto me producía me hizo caer rendido al sueño y dormí durante horas.

Pasaban de las seis de la tarde cuando al fin desperté. Me sentía reparado. El sueño me había hecho bien. Tomé finalmente el baño que iba tomar cuando llegué y salí del cuarto, dirigiéndome a la recepción para preguntarle al encargado cómo llegar al zócalo de la ciudad.

Amablemente me dio indicaciones y me dirigí al lugar, curioso, sin perder detalle de todo cuánto veía. Encontré un puesto de comida y ordené algo. Luego recorrí el zócalo varias veces, tratando de asimilar las costumbres del lugar; costumbres que se me antojaban un poco raras.

Por ejemplo, noté que las muchachas se reunían en grupos, abrazadas por el talle y recorrían el quiosco dando vueltas alrededor de él. Los jóvenes, sentados en las bancas, miraban a las jovencitas y –eventualmente-, se dirigían a una de ellas e iniciaban un sensual coqueteo.

Nunca había visto eso en otros lugares, pero fue fácil comprender lo que ocurría.

Una banda local tocaba música regional mientras todo esto sucedía. Era música tradicional, pero le daba al ambiente un toque de ameno bienestar.

La gente mayor se reunía en interminables pláticas intrascendentes sobre política, religión y otros temas –quizá-, más intrascendentes aún. Algunos, jugaban dominó, damas e –incluso-, ajedrez.

Nunca había jugado ajedrez, ni tenía idea de cómo hacerlo, pero un impulso irresistible me obligó a pedirle a un señor octogenario que me permitiera jugar con él, aunque la realidad es que lo que sucedió tras mi burda petición fue exactamente lo contrario: jugamos dos o tres partidas y sencillamente me hizo pedazos.

Regresé al hotel y me acosté para estar listo temprano para acudir a mi cita. Mi futuro había comenzado.

* * *

El día comenzaba a clarear. Ni siquiera habían dado las siete de la mañana. El hambre, que había postergado por explorar mi nuevo hábitat, se imponía a todos mis demás sentimientos. Tenía poco más de una hora para acudir a mi nuevo empleo, así que me apuré cuanto pude para ponerme en camino y –en el trayecto-, desayunar algo.

Al salir del cuarto, pregunté al recepcionista cómo llegar a la oficina a la que iba y la hora a la que se vencía la renta del cuarto. Como el hospedaje terminaba a mediodía y no sabía que ocurriría durante el día, renté el mismo cuarto por veinticuatro horas más. Luego, salí de allí, dirigiéndome por el camino que el recepcionista me había indicado.

Frente al hotel había un parque bastante grande que debía cruzar. Así lo hice y luego atravesé una calle para alcanzar la siguiente manzana. Unos metros después de la esquina, encontré una pequeña fonda y consulté el reloj. Tenía poco menos de una hora y supuse que no cometería un gran pecado si desayunaba algo antes de continuar. En todo caso, si me retrasaba, siempre podía abordar un taxi para intentar recuperar el tiempo perdido.

El desayuno me transportó a la gloria. Nunca en mi vida había disfrutado tanto un par de blanquillos con jamón. Una vez que hube terminado, continué mi camino. Aún me quedaba media hora para llegar.

En realidad, no la necesité. Camine apenas diez o quince minutos y ya había llegado a la avenida donde se encontraba la empresa. Miré los números en las fachadas de las casas para orientarme y pronto comprendí que debía caminar a mi izquierda. También noté –por la numeración-, que debía cruzar la avenida, pues la casa que buscaba estaba al otro lado.

Así lo hice y caminé durante unos cuántos minutos más, hasta que finalmente encontré la casa que estaba buscando.

En la cochera, había un señor de alrededor de los 70 años que fungía como vigilante y le pregunté por la persona que me había citado. Me pidió que esperara y se metió a la casa. Unos minutos después, regresó y me permitió entrar.

Al entrar por la misma puerta por la que él había entrado hacía unos instantes, me encontré a una señora guapa que se distinguía principalmente por su manera tan desenfadada de desenvolverse.

De inmediato me pareció el tipo de persona que suele ser muy franca, que suele decir las cosas como son, sin miramientos de especie alguna y –más curioso aún-, daba indicaciones a un señor que a todas luces era su marido, quien se veía muy dócil, muy sumiso… el clásico mandilón, por llamar a las cosas con su respectivo nombre.

En los pocos segundos que duró la escena que presenciaba, pude percibir quién llevaba las riendas en ese matrimonio. Para ser honesto, no pude evitar preguntarme cómo es que una mujer tan segura de sí misma, como definitivamente me parecía esta señora, había terminado casada con un tipo que a todas luces era su polo opuesto.

Tan pronto lo despidió, me preguntó sin más qué se me ofrecía. Le indiqué el nombre de la persona que iba a ver y me pidió que esperara unos minutos mientras se desocupaba, ofreciéndome asiento amablemente.

Unos minutos después me encontraba ante un tipo bonachón, de profuso bigote, una incipiente calvicie y una panza de bebedor de cerveza que sobresalía por sobre su cinturón.

Aunque él se esforzaba por asumir una actitud de pocos amigos, la verdad es que despertaba confianza desde el primer instante. Insistía en ponerme nervioso al dirigirse hacia mí y la verdad es que si estaba un poco nervioso, pero lejos de incomodarme su actitud no hizo sino relajarme y despertar mi confianza en él. Era el tipo de individuo que simplemente le caía bien a los demás hombres y que era una especie de abuelito para las mujeres.

Me preguntó por mi viaje, dónde me había hospedado, me sugirió algunas casas de asistencia donde me podría acomodar, hablamos sobre mis funciones en el trabajo, me entregó unas carpetas bastante gruesas, que no contenían otra cosa que listados de código fuente que me pidió que analizara durante la primera semana. Me dejó perfectamente claro que durante esa primera semana no me permitirían hacer otra cosa que no fuera revisar ese código fuente, para entender cómo había sido desarrollado su software.

De pronto, me felicitó por mi cumpleaños y yo –simplemente-, no atiné a responder. Honestamente, ni siquiera me acordaba que ese lunes era mi cumpleaños. Ni siquiera me había dado cuenta; pero lo que más me desconcertaba, era que él lo supiera, hasta que caí en cuenta de que estaba ahí, en mi curriculum vitae. Entonces me dijo algo que nunca he podido olvidar: “¡Vaya regalo de cumpleaños que te tocó! ¡Tu regalo es: Trabajo!”.

No sé en qué sentido lo decía. No sé si era una forma de quejarse por festejar un cumpleaños con una pila de trabajo, o una bendición por tener trabajo, ergo, un ingreso para subsistir.

Una vez concluida la entrevista, me presentó a todos y me condujo al cubículo que compartiría con un tipo de baja estatura, de ascendencia indígena, que se esforzaba mucho por parecer simpático, al mismo tiempo que delimitaba su territorio, a quien se le conocía como el Frijolín. El sería mi supervisor. El señor que me había recibido se apellidaba Leal y la gente le llamaba don Leal. Me pareció curioso que le llamasen así porque –gracias a mi madre-, tenía la impresión de que no era correcto anteponer el calificativo don al apellido de una persona, sino que -más bien-, sólo se aplicaba al nombre de pila de ésta, pero más adelante la señora Blanca –la que me había recibido a la entrada de la oficina-, me indicó que en realidad era una especie de broma, ya que a él todo mundo le conocía como “el preservativo más eficaz de la empresa”, pues siempre que alguien lo visitaba, pedía hablar con-don Leal. Sobra decir que me hizo reír con ganas.

También conocí al jefe de todos, quien se me hizo un tanto soberbio. A todo mundo le habla con una familiaridad sorprendente, principalmente porque hacía eso mismo con todos, aun cuando no les conociera. Más tarde supe que era un defeño y comprendí el porqué de su actitud. Estereotipos, es la palabra adecuada para definir ese incipiente vicio de categorizar a todo el mundo. Sé que no es algo lindo de mi parte, pero no puedo evitarlo. Si yo fuera un algoritmo de computadora, sería un modelo de red neuronal artificial. No puedo evitar categorizarlo todo y a todos.

Las chicas capturistas eran todas muy hermosas. De hecho, desde que me paseé por el zócalo de la ciudad la noche anterior, noté que las mujeres hermosas abundan en Colima.

Hilda se distinguía en lo particular. Una mujer de rasgos europeos, alta, esbelta y de un hermoso cabello negro, lacio, que le llegaba a media espalda. Pero no era por su belleza por lo que resaltaba, sino por su simpatía. Era una mujer muy amable, que se esforzaba por hacer sentir bien a todo el mundo. A pesar de ser tan bella –tanto físicamente, como anímicamente-, algo transmitía a través de su lenguaje no verbal que me hacía sentir por ella la clase de simpatía que se siente por una entrañable amiga, más que la atracción por una mujer tan hermosa como era.

También estaba Laura, una mujer muy bella, aunque algo pasada de kilos. Ella era casada y tenía dos hermosos pequeños. Laura se juntaba mucho con Rebeca, otra mujer casada pero que no tenía hijos. Rebeca se distinguía por sus maravillosos ojos verdes, aunque me pareció algo tímida.

Así mismo, conocí  a Patricia, una mujer bonita que sólo decía groserías cuando hablaba y Érica, la más joven de todas. Una muchacha delgada, pero bien formada, morena, a todas luces costeña, hecho que se hacía patente por su manera de pronunciar las “eses” y Esther quien –aunque no era tan bonita como todas las demás- captó de inmediato mi atención por dos razones principales: sus senos –lo siento, pero entonces tenía 20 años y, francamente, un hombre, sobre todo a esa edad, piensa en sexo decenas de miles de veces durante un día- y ese aire intelectual que destilaba.

Usaba lentes por algún problema de la visión, pero a leguas se notaba que no era una mujer que bromeara a la ligera; es decir, si lo hacía, una vez que se sentía a gusto con una persona que recién conocía, pero mientras no le infundieras ese tipo de confianza, establecía una línea imaginaria y te hacía entender que no te iría muy bien si te atrevías a cruzarla.

Además, siempre aprovechaba su tiempo libre para leer algo. Cuando hablaba, su amplia cultura se hacía evidente y sus razonamientos eran –usualmente-, incuestionables.

Fue ella quien me dio el primer indicio de lo que yo encontraría seductor en una mujer a partir de ese instante. No era una belleza abrumadora; tampoco era una personalidad extrovertida y deliciosa; ni era el bienestar que lograra despertar en mí. Era el reto que para todo hombre significa el pretender conquistar a una mujer mucho más inteligente que uno mismo.

En ese momento supe que estaba enamorado.

Después de conocer a las chicas, don Leal me llevó a un cuarto que se mantenía a baja temperatura porque allí residía la mini-computadora, que debía mantenerse fría para evitar los fallos. Dentro de este cuarto estaba Edgar, el operador.

Era un tipo alto, delgado, con un bien cuidado bigote, no tan profuso como el de don Leal. Era un hombre sencillo, para nada pretencioso, pero muy firme en sus convicciones. Era un Testigo de Jehová intentando sobrevivir en un ambiente laboral en el que todo mundo era católico. Excepto yo –por supuesto-, que pretendía ser un ateo empedernido.

Edgar me simpatizó desde el principio, aunque me acosaba constantemente intentando convertirme a su religión. No me sentía cómodo con eso, pero mantenía la mente abierta. Digo, nada perdería con conocer sus ideas.

Más tarde, me encontraba en el cubículo que se me había asignado, examinando cuidadosamente los algoritmos que don Leal me había entregado. La verdad es que comenzaba a aburrirme y trataba de disimular mis bostezos, pero sabía muy bien que no había vuelta atrás.

Había llegado hasta allí y no tenía la más mínima intención de regresar. Tenía que esforzarme y cumplir mi cometido.

Justo cuando más concentrado estaba, entró al cubículo doña Alicia, la señora del aseo. Era una mujer cuarentona, bastante dicharachera. De todo hacía una broma y se notaba una profunda familiaridad con el Frijolín.

De inmediato, doña Licha me hizo plática, intentando saber todo sobre mí, más con intención de tener material para el chisme. Traté de complacerla, tolerando su curiosidad hasta que finalmente se fue.

Pasado el mediodía me informaron que podía salir a comer, así que regresé al hotel, buscando algún lugar donde pudiera hacerlo y noté que a un lado de este había un local; una pequeña fonda, así que entré y tomé una de las mesas.

Entonces llegó ella. Nunca supe su nombre. Era la hija de la dueña del negocio y se me acercó con una hermosa sonrisa dibujada en sus labios.

Hoy sé que desde ese momento inició el coqueteo conmigo, pero en esos años –sinceramente-, no tenía idea de que lo hacía. Sólo sé que a partir de ese momento, cada vez que iba, escuchaba de fondo alguna canción sugerentemente romántica, ella se esforzaba mucho al atenderme y siempre intentaba hacerme algo de plática.

Ya he mencionado mi trauma con las mujeres hermosas y esta chica definitivamente lo era.

Era una mujer de baja estatura, joven –de mi edad, más o menos-, de piel morena y hermosos ojos negros. Su cabello le caía ondulado sobre sus hombros y sus formas femeninas eran agradablemente voluptuosas.

Cada vez que me miraba, lo hacía con una sonrisa coqueta en sus labios y yo –turbado-, le respondía con timidez.

Esa tarde, comí y regresé a la oficina. Llegué cuando don Leal iba llegando y me preguntó acerca de los arreglos que había hecho para hospedarme. Le comenté que estaba hospedado en un hotel, en el centro de la ciudad y él me insistió en que debería ir a una casa de asistencia, sugiriendo que un hotel no era precisamente la forma más económica de acomodarme.

Honestamente, no me atraía mucho la idea de ir a parar a una de esas casas de asistencia, pero le concedía la razón y acordé con él que saliendo del trabajo él me llevaría a una de esas casas que conocía.

Así lo hicimos y me entrevisté con la dueña del lugar. Acordamos los términos del hospedaje y le indiqué que regresaría al siguiente día, para aprovechar el cuarto de hotel que de todas formas ya tenía pagado.

Cuando me mudé a la casa de asistencia –que estaba a un par de cuadras del hotel donde me hospedé originalmente-, comprobé el porqué de mis recelos al respecto.

Había por lo menos diez hombres de todas las edades viviendo allí. Desde el tipo oscuro, adicto a las drogas, hasta el narcisista, con complejo de playboy.

Dos de ellos llamaron poderosamente mi atención. Por un lado, estaba Ignacio, un tipo entrado en los cuarentas, delgado y con apariencia de delincuente que no podía ocultar y Víctor, el clásico galancete de los ochentas, metrosexual, delgado, cuya ropa lucía siempre nueva y bien planchada y que apestaba a perfume de marca.

Ambos me cayeron como una golpiza al hígado desde el principio: uno por la desconfianza que en mí despertaba y el otro por insufrible.

Los demás compañeros caían en uno u otro rango. Los más destacables eran ellos dos.

Desde mi primera noche allí –dado que para mí mala fortuna, el galancete de cuarta resultó ser mi compañero de habitación-, este tipo se las arregló para hacerme sentir mal.

Una noche que regresé a la casa iba muy cansado. Sinceramente, había sido un día muy ajetreado para mí, la mayor parte del cual tuve que pasarla de pie.

Por esa época yo tenía un grave problema de hongos en los pies. De hecho, ese era un problema que sufría desde que comencé mi adolescencia y –por más remedios que probé-, nunca pude quitármelo del todo.

Era muy doloroso, porque por la más mínima razón me salían ampollas en los pies, sobre todo en el pie izquierdo. Con el caluroso clima de Colima, el sudor no hacía sino acrecentar el problema.

Esa noche llegué y –a pesar de que me esforzaba mucho en mi aseo personal-, mis pies despedían un fuerte olor totalmente desagradable a consecuencia de mi antiguo problema con los hongos.

No obstante, desfallecido, simplemente me acosté boca abajo y cerré los ojos. No habían transcurrido más de 20 segundos de que lo había hecho, cuando entró Víctor con uno de los compañeros que se juntaban con él.

- ¡Puta madre! – dijo tan pronto entrar, haciendo como que se protegía la nariz del hedor. – Voy a exigirle a doña Hortensia que saque a este buey de mi cuarte o me voy yo de aquí.

- ¡Apesta a rayos! – dijo su amigo – Yo que tú fumigaba porque este buey se está echando a perder y ya hasta gusanos ha de tener. – Concluyó.

Luego, Víctor agarró su desodorante en spray y empezó a rociar todo el cuarto mientras él y su amigo compartían comentarios denigrantes, suponiendo que yo estaba dormido y que no me daba cuenta.

Yo me enteré del más mínimo detalle, pero les dejé creer que estaba dormido y que no me daba cuenta. Sobra decir que me sentía miserable. Me sentía odiado pero –más que nada-, incomprendido.

Verás, es natural que como seres humanos, juzguemos a los demás a priori. De hecho, es inevitable. Todos lo hemos hecho alguna vez. Simplemente no podemos evitar emitir juicios de valor basados en lo que consideramos correcto e incorrecto, sustentándonos únicamente en lo que afecta a nuestra propia zona de confort, sin detenernos a pensar en las circunstancias individuales de aquello o aquellos a lo que o a quienes juzgamos.

Con soberbia, tendemos a suponer que somos perfectos y que todo aquel que se aleje de nuestro propio esquema de lo que consideramos como bueno, está mal.

La verdad es que destilamos soberbia de la manera más estúpida que podemos hacerlo, ya que muchas veces criticamos sin conocer las circunstancias de aquél a quien criticamos.

Sentimos que lo que hace, quién es, el cómo se conduce, afecta profundamente a lo que hacemos, quienes somos y cómo nos comportamos. Pensamos únicamente en nosotros mismos y, ni nos damos la oportunidad de entenderle, ni queremos hacerlo, para acabar pronto.

Sólo nos importa cómo nos afecta. No nos interesan sus padecimientos, sus limitaciones, su condición. Nada que no sea lo que está dentro de nuestra burbuja personal, nos interesa en realidad.

Por eso criticamos con crueldad, criticamos gracias a la ignorancia. Una terrible ignorancia que ha provocado los más grandes genocidios en la historia humana.

Dolido como estaba, esperé a que esos dos tipejos se fueran. Cuando lo hicieron, esperé unos minutos más, para asegurarme de que lo habían hecho efectivamente.

Luego, me tragué mi orgullo y superé mi cansancio, me paré y fui a tomar un concienzudo baño para eliminar ese desagradable olor.

Más tarde, sentado bajo un farol del patio, continué revisando los algoritmos que tenía encomendado estudiar y llegó Víctor. Me vio allí, concentrado en mi trabajo y me saludó de la manera más amigable que le fue posible.

No puedo describir cuánto le odié por la manera tan discriminatoria en que había hecho referencia a mi persona, pero en ese momento le definí.

Ese monstruo cruel que despedazó sin miramientos mi autoestima, sin detenerse a pensar en que podía estar escuchando todo cuánto decía y aun así lo hizo, sin importarle un comino lo que yo pudiera sentir, ahora destilaba hipocresía a través de cada poro de su piel, pretendiendo minimizar el impacto que sus comentarios hubieran podido tener en mí, en caso de que le hubiera escuchado, tratando de aparecer ante mí como una persona amable y bien intencionada.

Supe en ese preciso instante que tenía ante mí al más despreciable de los seres humanos: un cobarde hipócrita que te apuñala por la espalda cada vez que puede.

Y fue también en ese instante en que –de pronto-, supe qué tenía que hacer para atacarlo.

Utilizando su misma hipocresía, respondí a su saludo como si nada, en su mismo tono. Ahora, el control lo tenía yo y lo iba a utilizar sin misericordia.

Tras esa noche, me esforcé por hacerle sentir incómodo tanto como pude, pretendiendo que no me daba cuenta.

¿Remordimientos? ¿Por qué? ¡Él no se tentaba el corazón para despedazarme con sus ponzoñosos comentarios en cada oportunidad que tenía! ¿Por qué demonios habría yo de tentarme el corazón cada vez que le hacía padecer mis idiosincrasias?

Finalmente, tras un mes de una guerra no declarada, el galancete de cuarta dejó la casa de asistencia y yo conservé el cuarto.

Con Ignacio las cosas fueron muy distintas. Yo no dejaba de sentir recelos cada vez que el tipo se presentaba en el mismo lugar en que yo me encontraba, pero simplemente le ignoraba.

Sin embargo, a pesar de mis desplantes, ese tipo me buscaba frecuentemente, intentando hacerme conversación. Yo intentaba corresponderle a sus intentos de acercamiento, más tolerando su presencia que aceptándola, pero lo que pensaba de él lo reservaba para mí. Jamás externé a nadie una opinión sobre Ignacio.

Sencillamente, intenté mantener la mente abierta, aunque la verdad es que no me gustaba mucho su presencia.

De hecho, aunque algunos de los compañeros me caían bien, en general, intentaba no hacer amistad con nadie y me mantenía tan alejado como podía.

Sin embargo, Ignacio no cejaba en su intento y unas semanas después, doña Hortensia me anunció que al siguiente día, Ignacio sería mi compañero de cuarto.

Fue durante ese par de semanas que tuve que convivir con él en la misma habitación que comencé a conocerle y fue también en ese momento que me enteré sin lugar a dudas de su afición por los psicotrópicos.

En más de una ocasión me invito a probar, pero yo siempre me rehusé, hasta que un día, más por miedo que por otra cosa, busqué un nuevo lugar a dónde llegar.

Me mudé a la nueva casa de asistencia y conocí a nuevos compañeros, la mayoría de mi edad. Estaba el clásico galán, Héctor, que no tenía más atractivo que su manera desenfadada de tratar a las mujeres, Pedro, el bohemio que se acompañaba de su guitarra donde quiera que iba, Saúl, el inseparable amigo de Pedro quien –si bien-, no era bueno para la música-, compartía la mayoría de las aficiones que conformaban la personalidad de Pedro y Rodrigo, el púbero con el rostro invadido de barros y espinillas, quien recién había ingresado a la Universidad y con quien me identifiqué por su evidente inocencia y porque estudiaba Ingeniería de Sistemas.

A doña Esperanza, la dueña de la casa, le ayudaba con sus niñas Alicia, una jovencita de mente muy abierta que se acostaba con Héctor, pero que no perdía oportunidad para coquetear conmigo.

Viví en esa casa muy a gusto durante varios meses, hasta que un día regresé por la noche para enterarme de que –nuevamente-, tendría por compañero de cuarto a Ignacio.

La noticia no fue de mi agrado en lo absoluto, pero la acepté a regañadientes. Incluso, le ofrecí a doña Esperanza pagarle el doble, con tal de quedarme solo en mi cuarto, pero ella se negó y tuve que aceptar mi suerte.

Siendo joven como era, procuraba rodearme de los demás compañeros tanto como podía. Gracias a ellos conocí la tusca, una bebida alcohólica que nada tiene que pedirle al aguardiente.

Una noche, pasados de copas como estábamos, decidimos salir a la calle, a la puerta de la casa y continuar bebiendo allí. A uno de los muchachos le pareció buena idea aventar una botella de cerveza para estrellarla contra el muro de la casa de enfrente que –casualmente-, era la casa de un maestro muy respetado en Colima.

Yo manifesté mi intención de entrar, dado que preví los problemas, pero los demás compañeros insistieron en que no sucedería nada y me convencieron de que me quedara con ellos.

Quince minutos después, llegaron varias camionetas de la policía y nos subieron a todos los que estábamos allí.

Al amanecer, vi cómo iban liberando uno a uno a mis compañeros porque llegaba alguien a pagar su fianza, pero nadie llegaba a rescatarme a mí.

Pedí a uno de ellos que le dijera a Ignacio que me prestara el dinero para la fianza, ofreciéndole que ese mismo día, al salir de la cárcel, conseguiría el dinero para pagárselo.

No muy convencido, Ignacio pagó mi fianza, mientras los demás simplemente se hicieron los desentendidos. No había conocido esa faceta de Ignacio hasta ese momento y algo cambió en mí.

Ese mismo día, conseguí el dinero y se lo regresé tan pronto pude, pero también me di cuenta de que no todos los que se dicen tus amigos realmente lo son, ni todos aquellos que crees tus enemigos realmente lo son.

Mi opinión sobre Ignacio comenzó a cambiar y a partir de este incidente comencé a ser más tolerante con él.

Así me enteré de lo que había sido su vida. Como resultado de una infancia de abusos y una adolescencia rodeado de personas que se constituyeron en una mala influencia para él, Ignacio no tardó en convertirse en delincuente. Asalto, robo a mano armada e incluso un asesinato, formaban parte de su historia.

El consumo de drogas no fue más que un escape para el infierno en que se había convertido su vida.

Se mantenía gracias a manejos turbios, pero mantenía o intentaba mantener un bajo perfil.

Una noche, me ofreció fumar marihuana y yo –más por curiosidad-, la acepté.

En realidad, recuerdo todo lo que aconteció esa noche. Fumamos un carrujo de marihuana y luego salimos a la calle. Entramos a un cine en el que exhibían una película de estreno, pero yo me quedé dormido durante toda la película. De hecho, Ignacio me despertó al terminar la película, cuando ya casi todos se habían ido.

De nuevo en la calle, compramos algo de comer, pero me supo horrible y fue precisamente esto lo que me hizo decidir que las drogas no son para mí. Si la comida me sabe a mierda por consumir drogas, prefiero no consumir drogas que dejar de disfrutar de la comida, decidí.

Regresamos a la casa y conversamos durante largo rato. El volvió a ofrecerme droga, pero le hice saber que en realidad no estaba interesado. Él aceptó apáticamente mi decisión y jamás me volvió a insistir, pero nos convertimos en amigos y lo fuimos hasta algunas semanas después, cuando doña Esperanza nos pidió a varios de los huéspedes que nos fuéramos, porque pretendía hospedar a menos gente a partir de ese momento.

Nuevamente tuve que buscar una casa de asistencias y visité varias, intentando conocer las condiciones del hospedaje.

En una de ellas fui recibido por una mujer joven, de mi edad, con un problema severo de ojos desviados, que fue muy amable conmigo. Me mostró el lugar y hablamos durante un rato.

No sé qué tenía esta muchacha que despertó mi lívido sólo por tenerla cerca. Sentí que ella experimentaba el mismo deseo que yo y me di cuenta de ello por una multitud de detalles que tuvieron lugar durante nuestra interacción.

Yo sentí que de intentar un acercamiento sexual, como mi entrepierna lo exigía en esos momentos, no sería rechazado. De hecho, percibí que ella me alentaba, quizá porque se dio cuenta de lo que ocurría dentro de mis pantalones, pero lo superé al darme cuenta de que de quedarme, ocurriría lo que tenía que suceder y yo quedaría en aprietos con sus padres.

Más que nada, me supe débil ante ella y –en realidad-, lo que me hizo tomar la decisión de salir de allí y no regresar nunca más, fue que sentí que el respeto que le debía a ella era mucho más importante que mi pene a punto de estallar debido al deseo que ella me provocaba.

Como sea, no tardé en encontrar una casa de asistencia dónde hospedarme, a la vuelta de la esquina de la calle donde se encontraba el hotel Flamingo, el hotel al que llegué la primera vez, que tenía a un lado la fonda de la muchacha guapa que me coqueteaba cada vez que me veía.

Por fin, logré tener un cuarto para mí solo y fue ese el factor principal de mi decisión de quedarme allí. Además, había otros incentivos, como que en esa casa, casi nunca había adultos y quienes la regían eran otros jóvenes, como yo, así que me sentí como en casa.

Durante el tiempo que pasé en Colima, socialicé –principalmente-, con mis compañeros de trabajo. Secretamente, me sentía enamorado de Esther, pero para ella yo parecía no existir.

Infructuosamente, traté muchas veces de acercarme a ella, pero ella simplemente me ignoraba. Ya no sabía yo qué hacer para –siquiera-, iniciar una amistad con ella, pero sólo me tragaba mis ganas y ella no me permitía acercármele.

Uno de esos días, gracias a un amigo que Edgar y yo teníamos en común –ya que le permití hablarme más de su religión y algunas veces le acompañe a sus ceremonias-, conocí a Rodolfo.

Tan pronto nos presentaron, sólo con verlo, supe que era defeño y así lo confirmé mientras platicábamos. De inmediato nos hicimos amigos y nos la pasábamos de fiesta en fiesta conociendo a nuestras nuevas futuras novias. De hecho, gracias a él conocí a muchas chicas con las que salía una o –cuando mucho-, dos veces y luego no nos volvíamos a ver nunca más.

Un fin de semana, mientras me encontraba tristeando porque no conseguía que Esther me permitiera acercarme a ella, Rodolfo organizó una acampada en la playa. Compartimos la idea con otros amigos y no faltó aquel que ofreció una palapa que tenía a la orilla del mar.

Sin detenernos a analizar los detalles, de inmediato nos pusimos en camino. Llegamos por la tarde a una playa cercana a Tecomán y pasamos la velada tocando la guitarra y cantando alrededor de la fogata.

Para mí fue absolutamente impresionante. Nunca había visto el mar y tenerlo frente a mí repentinamente, fue abrumador.

No puedo describir el efecto que produjo en mí esa majestuosa masa de agua que azotaba implacable la costa. Ni que decir del miedo confundido con respeto que me hizo sentir, así como tampoco de la inevitable atracción que produjo en mí.

Estaba maravillado. Pocas veces he experimentado algo que me transforma y ver el mar por primera vez definitivamente cumplió ese cometido. Fue una de las experiencias más gratas que he vivido. Nunca volví a ser el mismo.

* * *

Durante los meses que habían transcurrido de mi nueva vida, poco a poco me permitieron dar mantenimiento a los programas de computadora que tenían en la empresa.

Una noche, nos encontrábamos atascados porque uno de los programas estaba funcionando mal y no era posible seguir adelante con el proceso mientras ese programa no fuera corregido.

Todos estábamos trabajando revisándolo, cada uno desde su propia terminal. Algunos de mis compañeros trabajaban en equipo y otros, como yo, lo hacíamos individualmente.

Era entonces un programador inexperto, pero tenía el talento que había adquirido gracias a mis experimentos en Salamanca. En cierta manera, los algoritmos eran como mi idioma materno.

Tras un par de horas de estar revisando el problemático programa, creí ver en el algoritmo una condición que no estaba especificada correctamente, aunque mi inseguridad –propia de mi inexperiencia-, no me permitía afirmar categóricamente que ese era el problema.

Sin comprender del todo que –involuntariamente-, había dado con la raíz del problema, busqué a mis compañeros y les hice ver –aún dubitativo-, mis sospechas; pero pronto dudé y pensé que sólo estaba haciéndoles perder su tiempo. No obstante, ellos se percataron de que tenía razón –aunque yo todavía lo dudaba-, y gracias a esto pudieron –al fin-, corregir el fallo.

A partir de esa noche me gané su respeto y comenzaron a entregarme mayores responsabilidades.

Uno de esos días, un nuevo integrante se agregó a nuestra comunidad laboral. Era Zeferino.

Para cuando Zeferino llegó, yo ya me había ganado el reconocimiento de mis compañeros y pronto tuve a Zeferino buscándome con cualquier excusa.

Supongo que fue que éramos de la misma edad y él tenía la idea de que yo tenía ya experiencia sobre cómo se manejaban las cosas en la oficina. Aunque él fue contratado para ayudarle a Edgar, su verdadera ambición era aprender a programar.

Tenía la apariencia de un Diego Verdaguer colimense y para ser sincero, no me agradaba del todo. Más que nada, porque las chicas parecían más interesadas en él que en mí.

Muchos años después, comprendí que la razón de la preferencia de las muchachas hacia Zeferino se debía a su sencillez.

El haber podido hacerme de la fama de ser bueno programando computadoras, me hizo un poco soberbio y eso era muy evidente en mi conducta.

El exceso de confianza en mí mismo que comenzaba a mostrar en esos años, fue lo que me alejó de las preferencias de las chicas. Zeferino –en cambio-, era más humilde, más agradable y seducir mujeres era algo en lo que él era experto.

Fue por eso que Zeferino no me caía muy bien al principio, pero él no dejaba de buscarme, hasta que yo comencé a ceder y pronto se convirtió en mi más cercano amigo de esos años. Nos volvimos inseparables.

Yo sentía algo de celos por el éxito que Zeferino tenía con las mujeres; éxito que estaba vedado para mí. Pero además de pedirme consejos acerca del oficio de la programación, en su generosidad, él se esforzaba por aconsejarme cómo podía ser más exitoso en cuestiones de seducir mujeres, aunque la mayoría de lo que él me aconsejaba me pasaba de largo sin que yo lo asimilara.

Supongo que cada quien tiene sus naturales talentos y el arte de seducir no era el mío.

Tenía amigas y –ocasionalmente-, lograba… digamos… algunos placeres, pero nunca mis logros se acercaron a los de Zeferino en esas artes.

* * *

Durante el tiempo que viví en Colima, algunas veces regresé a la casa de mis hermanas. La primera vez que las visité, iba preocupado porque supuse que mi hermana no querría recibirme.

Contrario a mis suposiciones, me recibieron y pasé un agradable fin de semana con ellas.

Esas visitas se dieron esporádicamente. Algunas veces agradables, otras no tanto.

En una de esas visitas –de las desagradables, por supuesto-, discutimos por cuestiones de las que ya ni me acuerdo. Gracias a esa discusión, dejé de visitarles por un largo tiempo. Algo así como un año o más.

Me hice la promesa de no volver a visitarles nunca más. No obstante, ese premeditado alejamiento no fue tan malo. Durante ese poco más de un año que dejé de visitar a mis hermanas, aprendí a valerme completamente por mí mismo. Aprendí a administrarme y me volví verdaderamente autosuficiente.

Sin embargo, las cosas estaban a punto de dar un giro inesperado. Un día, en la oficina nos dieron la noticia de que nos mudaríamos a Guadalajara.

La noticia –debo decirlo-, me pareció maravillosa. Después del D. F., Guadalajara representaba para mí lo más cercano al Santo Grial. No podía esperar a que llegara el momento de la mudanza.

Gracias a esa noticia volví a visitar a mis hermanas y –cuando lo hice, contrario a lo que esperaba-, fui excelentemente recibido y las cosas regresaron al mismo nivel que tenían antes de la discusión.

Fue entonces cuando aprendí a distinguir los matices en las relaciones humanas, que antes percibía monocromáticas.

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