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Capítulo 06 – Desde que o samba e samba.

Agosto 24th, 2012 4 comments

Recién había terminado una carrera técnica en computación. Aunque sin complicaciones, conseguí mi primer trabajo. Consistía en capturar documentos en una computadora y yo, con una genuina intención de hacerlo, capturaba la información que me pasaban hasta que una de mis compañeras entraba en el cubículo a buscar expedientes, pasaba por detrás de la computadora, movía un cable y la computadora se apagaba. Cuando la encendía de nuevo, todo lo que había capturado se había perdido por completo.

Entonces no lo sabía, pero en realidad lo único que ocurría era que los archivos se dañaban y existía una utilería para reconstruirlos.

La primera vez que me ocurrió eso, busqué al programador para preguntarle qué hacer y me dijo, pero no perdió oportunidad para hablar con el que era mi jefe para decirle que yo era un estúpido.

En esa época, los programadores eran absolutos soberbios. Era una época en que casi nadie entendía de computación, así que –los que sabían o, por lo menos, creían que sabían-, eran unos paranoicos que trataban por todos los medios posibles que otros no aprendieran sus trucos.

Como sea, regresé a esa oficina al otro día pero ni siquiera me dejaron entrar. No lo supe entonces, pero el tipo ese –el programador-, hacía tan solo unos instantes había emprendido su campaña de difamación contra mí.

Atónito, salí de allí. No alcanzaba a visualizar que había ocurrido. Apenas el día anterior había prometido investigar qué hacer para corregir el problema y ahora –que llegaba con la solución-, no me dejaron ni siquiera llegar.

Más adelante me enteré por un amigo cómo habían ocurrido las cosas y –muchos años después-, supe que no había sido el único a quien ese mismo tipo trataba así. Hoy lo entiendo –al menos eso creo-. Sólo estaba tratando de cuidar su negocio.

Como él –aunque sin experiencia-, yo era programador. Cuando me dijo como corregir el problema y se dio cuenta de que entendía perfectamente lo que me estaba diciendo, creyó que difamarme era la mejor manera de quitarme de en medio. Después de todo, hoy era aplicar una utilería para corregir el problema, después estaría hurgando en su código fuente para realizar correcciones sin llamarlo a él para que las hiciera. Puedo entenderlo, más no justificarlo.

Durante varias semanas seguí sin trabajo. Incluso, preparé un curriculum vitae en la esperanza de encontrar un nuevo empleo. El director de la escuela donde había estudiado se burló tanto como pudo de lo que había puesto en mi curriculum junto con uno de sus amigos, obviamente, a mi espalda. Pero hay cosas que se saben tarde o temprano y –el mismo amigo que me contó lo que el programador había hecho para que me despidieran-, me contó sobre las burlas del director y su amigo.

No era que mi curriculum estuviera mal redactado, sino que hablaba en él de que me había graduado en esa escuela. En esa época sólo se enseñaba computación en las Universidades más caras y para la gente de escasos recursos no quedaba más que acudir a escuelas baratas que –incluso-, ni siquiera eran reconocidas por la Secretaría de Educación, así que el especificar que me había graduado, según ellos, era un saco que me quedaba muy grande.

Naturalmente me sentí enojado pero –más que nada-, defraudado. ¿Quién carajos se sentían esos tipos? Ya no tanto el amigo del director, sino el director más que nadie. Durante dos años estuvo cobrando religiosamente mis colegiaturas y ahora –como si nada-, se burlaba de que hubiera escrito en mi curriculum que “me había graduado”.

Ese fue el inicio de mis vicisitudes en el mundo laboral. Cuando adquieres tu primer empleo, enfrentas por primera vez un mundo de intereses encontrados.

El egoísmo de las personas es natural. Uno mismo lo siente. A veces, nos aferramos tanto a lo que tenemos, que luchamos con garras y colmillos ante las amenazas que surgen a nuestro paso.

Ser inexperto también es algo natural. Puedes haber hecho tu mejor esfuerzo aprendiendo cosas nuevas, pero ni todo el conocimiento del mundo te prepara para la realidad.

Ser imbécil en ocasiones es también algo que vas a encontrar. A veces en otros, a veces en ti mismo. Simplemente no lo puedes evitar. Te hieren las estupideces de otros pero… ¿cuántas veces te han preocupado tus propias estupideces?

El egoísmo, la inexperiencia y la estupidez, son cosas que normalmente van estrechamente ligadas.

Cuando alguien es egoísta o estúpido contigo, en un momento crucial, como cuando empiezas a abrirte camino, el mundo entero se te viene encima, pero es tu constancia la que te abre las puertas.

No construyas tu destino sobre las bases de lo que otros perciben en ti. Constrúyelo sobre el cimiento de ser tú mismo, a pesar de que los demás opinen que te equivocas.

Finalmente, mi amigo me avisó sobre otro trabajo y lo solicité. Pronto había conseguido otro nuevo empleo como encargado del laboratorio de cómputo en una de las secundarias más caras de la ciudad. Los jovencitos que acudían a esa secundaria eran apenas unos años menores que yo, pero en mi opinión eran insufribles.

La mayoría de ellos eran niños acomodados que sólo tenían que estirar su mano para que “papi” les diera todo. Yo estaba ahí, con 18 años, con un sólo cambio de ropa y teniendo que trabajar si quería sobrevivir, porque mi padre estaba en peores condiciones que yo.

Para ser honestos, en esa época sólo veía niños ricos que podían darse lujos a los que yo nunca podría acceder. Hoy puedo enfocarlo desde un ángulo distinto, pero no entonces. Los odiaba y odiaba mi vida.

Una de mis funciones, aparte de mantener limpio y operativo el lugar, era crear un programa para administrar el uso del laboratorio. Tenía que organizarme si quería hacer mi trabajo, pero no faltaba algún mocoso que llegara al laboratorio y me distrajera cuando más concentrado estaba.

Un día, apareció ella. Yo ya estaba predispuesto a que sólo eran niños mimados los que llegaban allí, así que ni siquiera la volteé a ver. Le pedí que me concediera un momento para terminar lo que estaba haciendo y sin esperar respuesta –sin mucho afán-, seguí en lo mío.

Unos minutos después, volteé a verla y mi mundo entero se cimbró. Frente a mí tenía a la joven más hermosa que había visto. Tal vez –sin darme cuenta-, quedé boquiabierto frente a ella o quizá mi rostro reflejó una profunda estupefacción, pero ella se rió de mi expresión y yo, nervioso, no atiné a coordinar mis palabras.

Ella permaneció  un rato y –de alguna forma-, me las arreglé para continuar con mi programa. Pero no podía sacármela de la cabeza. Nunca en toda mi vida me había sentido así.

En realidad, no recuerdo que fue lo que ocurrió, pero esa tarde me pidieron que fuera a la oficina de la escuela, me pagaron y me desearon suerte con mi vida.

No sé describir el sentimiento que se adueñó de mi ser a partir de ese instante. No sé si plantearlo como un sentimiento de liberación o como la decepción de no haber podido conservar ese empleo. Sólo recuerdo que salí del lugar y empecé a caminar.

Llevaba poco menos de un kilómetro caminando, cuando una camioneta se orilló y la misma muchacha que había conocido durante la mañana me invitó a subir. No podía creerlo. Sinceramente había pensado que no volvería a verla, pero ahora me ofrecía llevarme por lo menos hasta donde pudiera tomar un autobús.

Acepté su invitación y subí. En la camioneta iban su papá y su hermano. Ella me presentó y hablamos durante el trayecto. Yo sabía que no volvería a verla, pero me bastó con esos instantes junto a ella.

No sabía que iba a suceder con mi vida, pero la verdad, a los 18 años uno no piensa demasiado en ello. De alguna manera tenemos la percepción de que todo terminará por arreglarse.

Unas semanas después, el director que se había burlado de mí, me ofreció empleo en una de sus escuelas –era el dueño-, para dar clases de computación. Lo tomé, aunque no estaba muy contento con él.

Durante meses –mientras daba clases-, continué extrañando a esa hermosa jovencita que había conocido el mismo día que fui despedido de mi anterior trabajo, pero me hice a la idea de que no volvería a verla.

Trabajar dando clases incrementó mi confianza en mí. Me las arreglé para que me permitieran usar el laboratorio de la escuela en mis horas libres. Durante meses me enfoqué en toda clase de proyectos que se me ocurrían. No podía imaginarme a mí mismo lejos de una computadora.

Un día, se me ocurrió que quería diseñar un sistema operativo. Mario –el amigo del director que se había burlado junto con él porque me atreví a poner que me había “graduado” en mi curriculum-, no perdió oportunidad para decirme que lo que estaba haciendo no tenía sentido. – Deberías concentrarte en cosas que te dejen dinero -, solía decirme.

La verdad es que jamás me importó un comino su opinión. Sabiendo como sabía de sus burlas, pensé –y lo sigo pensando ahora-, que su opinión era lo que menos necesitaba.

Así que continué con mis experimentos por meses, sin llegar a terminar nunca mi proyecto, pero aprendí muchas cosas nuevas y mejoré mis habilidades como programador.

A veces, necesitas ignorar a los demás y escucharte a ti mismo.

Mi principal aprendizaje en aquellos días fue que, en ausencia de respuestas concretas, escuchar a tu intuición normalmente te conduce por el camino correcto.

En aquella época, la computación era casi mágica para mí. No había día en que no descubriera algo nuevo, no había día en que no inventara una nueva manera de hacer las cosas. Viendo en retrospectiva, es claro para mí porque me costaba tanto imaginarme sin programar computadoras.

No estaba produciendo beneficios económicos con lo que hacía, pero aprendía, desarrollaba mis habilidades y –más importante aún-, me divertía. Casi no tenía dinero en mis bolsillos, pero los mejores momentos que puedo recordar, los pasé solo, frente a la pantalla de una computadora, permitiendo a mi cerebro expresarse a través de ríspidos códigos que se convertían en poesía cuando conseguía hacerlos funcionar.

Ama lo que haces. Ámalo con pasión y disfrútalo tanto como puedas. Nada importará mientras ames tu trabajo.

Han pasado muchos años ya de eso y hoy, la pasión ha fenecido. Ya no siento la misma urgencia para crear programas. Con el paso de los años, la pasión se convirtió en deber y el deber mató la diversión. Logré convertirme en un experto. Hice cosas que tantos otros se preguntan cómo hacer. De bufón me convertí en mago y mi magia hizo posible cuanto imaginé, hasta que la magia dejó de ser divertida.

Todo en la vida tiene un  momento. Aprovecha tus instantes tanto como puedas, porque son irrepetibles. Vívelos al máximo y gózalos hasta el hastío. Cuando tengas que dejarlos ir, no tendrás nada de qué arrepentirte, porque todo en la vida tiene que acabar alguna vez.

Había transcurrido casi un año cuando volví a verla. Jamás pensé que me la volvería a encontrar. La vi y fue derrumbarme nuevamente. No podía creer que la vida me ofreciera una segunda oportunidad.

Ella me recordó y su trato fue amable. Me buscaba con frecuencia y yo, enamorado como estaba, dejaba todo por atenderla. Pero mi maldición con las mujeres bonitas persistía y jamás pude decirle lo que significaba para mí. Simplemente no me atreví.

El no ser capaz de expresarle mis sentimientos estaba acabando con mi fortaleza. Era difícil estar con ella y no poder decirle lo que ocurría en mi interior. Era titánico el soportar verla con otros y saber que no era yo a quien besaba. Pero era devastador, saber que ella lograba hacer cimbrar mi interior y suponer que era demasiado para mí.

Con el tiempo, empecé a odiar la situación. No sabía cómo manejarla y me equivocaba de continuo. Me sentía enojado, me sentía frustrado y entonces ocurrió.

Una tarde, la encontré muy entretenida hablando con mi jefe. Si era tortuoso para mí verla con otros, lo toleraba porque eran personas de mi edad, pero al pasar los días y ver que frecuentaba mucho a mi jefe, quien era entonces un hombre maduro, fue simplemente algo que no podía manejar.

Fue en ese momento que en verdad me enojé y a partir de entonces no volví a hablar con ella. A veces, ella me buscaba, pero yo la cortaba tajantemente y fue también en esos días que las cosas comenzaron a ocurrir de una manera vertiginosa.

Mi desempeño en ese trabajo comenzaba a ser paupérrimo. Mi amigo, el que me había contado la manera en que ocurrieron las cosas con mi primer trabajo y sobre la burla del director y Mario, me contó entonces sobre un trabajo en una empresa a la que nunca se me había cruzado por la mente entrar. Sencillamente carecía de todo atractivo para mí. Además, intuía que no sería fácil conseguir ese trabajo. Sin embargo, acepté la cita que me ofreció para acudir a una entrevista.

Él me puso al tanto sobre los detalles técnicos y me dijo qué debía estudiar. Yo aproveché el acceso que tenía a los manuales en la escuela y tomé los que creí que necesitaría, pero nunca dije con qué propósito los estaba tomando.

Regresé a mi casa con intención de estudiar, pero ya estando allí, me sorprendí a mí mismo divagando sin cesar y por más que lo intenté, jamás logré concentrarme. Entonces, con fastidio, decidí que acudiría a la cita, presentaría cualquier examen que me pusieran y dejaría que ocurriera lo que tuviera que suceder. Después de todo –pensé-, ni siquiera estaba interesado en ese trabajo.

Cuando llegó la hora, acudí a mi cita y me entreviste con el reclutador. Hablamos durante un rato sobre mis conocimientos y le expuse mis limitaciones abiertamente. Luego, me puso un examen en el que me pedían que creara un programa bajo determinadas especificaciones. Lo hice, entregué el examen y me despedí, haciéndome a la idea de que jamás me iban a llamar, así que olvidé el asunto por completo.

Algunos días después, junto con un amigo, fui a un bar en donde conocí a Esmeralda. Ella era una mujer madura en busca de aventuras y yo un muchacho tonto buscando problemas.

Las cosas ocurrieron simplemente. Nadie planeó nada. Recuerdo haberla visto y que incluso me pareció atractiva, pero no tenía la intención expresa de acercarme a ella.

No obstante mis intenciones, el ambiente nos orilló a lo que vino después. Cuando a mi amigo se le antojó sacar a su amiga a bailar, no me quedó otra alternativa que invitarla a ella. Nos dirigimos a la pista y bailamos mientras platicábamos de tonterías.

De pronto, la música cambió y el salón se llenó de notas románticas. Estupefacto, no sabía qué hacer, pero decidí en ese momento que no me importaba y la abracé.

Nuestras miradas se cruzaron y entonces, bajo la tenue luz de la sala, la vi hermosa. No pude abstraer mi mirada de la suya y –lentamente-, acerqué mi rostro al suyo. Pensé que me rechazaría, pero no dio muestras de querer hacerlo.

En un instante no pude resistir la curiosidad y la besé con torpeza. Ella no se resistió. Volví a acercar mis labios a los suyos y ella me respondió y así, sin haberlo planeado, ese beso se prolongó interminablemente. Ni siquiera me enteré de cuándo terminó la canción, sólo sé que salimos de allí hacia su casa y tan sólo entrar, la ropa voló por todas partes.

La desnudé ansioso, a la expectativa de una nueva experiencia y ella me permitió hacer, desnudándome también mientras nos besábamos apasionadamente.

Debo aclarar que no era amor. No podría describir que significaba eso para ella, pero para mí, era un cúmulo de cosas. Era Eliza, la chica de quien estaba perdidamente enamorado y por quien sentía unos celos terribles, además de mi determinación de olvidarme de ella. Era la certeza de que en cualquier momento me despedirían por mi pobre desempeño en el trabajo. Era la incertidumbre de no saber qué ocurriría en mi vida tras el inminente despido. Era Esmeralda y la expectativa de mi primera vez. Pero jamás podría definirlo como amor.

La pasión se desató como un huracán que hiere la costa sin piedad, como un volcán que hace erupción con violencia. Fue un acto mecánico que se prolongó durante toda la noche.

Allí estaba yo, un jovenzuelo inexperto en las lides del amor sexual, tan lleno del vigor producto de unas hormonas en ebullición, sin mayor formación en el oficio de amar que lo que una película porno puede sugerir y ella, Esmeralda, una mujer en sus treintas, que había conocido otros amantes, quien –quizá-, sólo deseaba experimentar la inexperiencia de un joven imberbe o –tal vez-, por conocer de su vigor, buscara precisamente eso.

De la manera más instintiva y –aún-, torpe que pude, me dejé llevar por ese torrente de pasión. No hubo sitio en su cuerpo que mi boca no recorriera, no hubo piel en ella que mis manos no tocaran.

De vez en vez, ella trataba de darle un sentido a mis caricias, indicándome qué hacía mal y yo aprendía sobre la marcha, conociendo su cuerpo, conociéndola a ella.

El sexo fue más satisfacer mis hambrientos instintos que una entrega verdadera. Esa noche, ninguno de los dos llegamos siquiera a dormir. La mañana nos sorprendió aun acariciándonos y lo hicimos una vez más.

Tras asearnos, me despedí de ella con un beso. Era la primera mujer en mi vida y, esa noche, dejé morir al adolescente, para asistir al nacimiento del hombre.

Mis sentidos estaban embotados. Había probado las mieles del sexo y –debo confesarlo-, le confundí con amor.

Ahora, sin proponérmelo, había una mujer en mi vida. Quizá debía olvidarme de Eliza, quizá debía dejar que desapareciese de mi vida, como aquello imposible que llegó a ella sin yo pedirlo… pero no podía.

La encrucijada era cruel: había una mujer real, con quien me había convertido en hombre y que me pedía que regresara… y la mujer ideal, aquella que ni en más preciosos sueños llegué nunca a visualizar, la que era capaz de desmoronar mi alma con una sola mirada y que desataba toda clase de emociones con su dulce rechazo que –invariablemente-, se convertía en acercamiento.

Pero era una relación imposible, una relación que nunca se concretaría y que se complicaba por su incipiente amistad con mi jefe, un tipo cuarentón y modoso, con aires de don Juan.

Lo que en ese entonces no pude comprender, era que mi jefe no tenía el más mínimo interés en esa hermosa jovencita, que ella –por supuesto-, tampoco sentía la clase de interés que yo percibía, que su juego de ignorarme para luego buscarme, no era otra cosa que poner a prueba mi propio interés en ella, motivo por el cuál –cuando no pudo resistir su curiosidad-, intentó hacerme responderle a su porqué había dejado de hablarle, a su porqué la trataba con frialdad.

Ciego como estaba, no fui capaz de ver que ella estaba tan interesada en mí, como yo lo estaba en ella. Simplemente, le hice caso a mi autoestima y pensé que el más bello sueño que había tenido hasta entonces, Eliza, mi amada Eliza, jamás podría convertirse en una gloriosa realidad. Creí que por hermosa, ella nunca podría encontrar el más ínfimo atractivo en mí.

Pero yo sólo intentaba darle una explicación a mis carencias flotando en mi propia superficialidad. Todo para mí tenía sentido en términos físicos. En ese momento, no pude entender que quizá –sólo quizá-, lo que le gustaba a ella de mí era mi manera de tratarla: como lo único que merecía mi más absoluto interés.

Un día, mientras jugaba a crear algoritmos que nunca terminaba, ella entró a la sala de cómputo y me entregó un libro rojo que relataba la vida de Siddhartha. Era su manera de intentar hacerme ver que la estaba perdiendo y que la perdía sólo por mi culpa; pero yo no lo entendí.

Para mí, un jovenzuelo de escasos 20 años que recién había perdido su virginidad con una mujer de treinta y tantos, lo único que tenía sentido, por ser tangible, por haber ocurrido, era esa sórdida relación sin futuro con una mujer que duplicaba mi edad. Sabía que sólo tenía que volver a buscarla y que las cosas ocurrirían por sí solas.

En cierta manera, el imán que me atraía hacia Esmeralda era que simplemente estaba dispuesta; por las razones que fuera, yo… sólo… sabía que no me rechazaría.

Esa certeza de no ser rechazado, mi seguridad en que lo único que tenía que hacer era buscarla, que bastaba tan sólo satisfacer su necesidad de sexo, necesidad que también era mía, era todo lo que necesitaba en ese momento. Fue precisamente esto lo que me hizo confundir la pasión con el amor y fue también esto lo que me cegó y me impidió ver lo que era tan evidente: que así como yo me deshacía cada vez que veía a Eliza, algo se derrumbaba también en su interior cuando percibía la fragilidad que provocaba en mí.

Había un grupo al que yo daba clases, en el que estaba un sobrino del dueño de la escuela, un jovenzuelo de ojos verdes y muy apuesto; había también un jovencito homosexual que estaba profundamente enamorado de ese joven –el sobrino del dueño- y una chica bonita de nombre Gissel quien –obviamente, por razones que entonces no entendía-, me buscaba incesantemente.

El muchacho homosexual acudía mucho a mí, quizá, porque sentía confianza para pedirme consejos. Por él me enteré de su platónico enamoramiento del sobrino del dueño.

Por otro lado, el sobrino del dueño se sentía con derechos extraordinarios por su relación filial con el dueño del instituto y también me buscaba con frecuencia.

Yo nunca me sentí, ni con la libertad, ni con el deseo, de hablarle a este joven de lo que el muchachito homosexual expresaba sobre él, pero él insistía en hablarme despectivamente de ese jovencito y exigía que externara una opinión, lo cual siempre evité. Además, en el salón –sin el menor atisbo de pudor-, atacaba abiertamente al joven homosexual y yo hacía cuánto podía por ejercer algún control en lo relativo al orden, aunque la verdad era que detestaba las humillaciones de ese muchacho soberbio sobre un joven indefenso cuyo único pecado era ser un homosexual que se había enamorado de él.

Quizá te preguntes: ¿y qué tiene que ver Gissel en todo esto? Pues bien, Gissel era amiga del joven homosexual y –de alguna manera- se había dado cuenta de que cada vez que llamaba al orden, en realidad trataba de proteger al muchacho homosexual porque me fastidiaban las continuas humillaciones que contra él propinaban sus compañeros, especialmente el sobrino del dueño.

Gissel era una chica tímida, con una paupérrima imagen de sí misma, a pesar de ser notablemente bella.

Me parecía atractiva, pero mi corazón le pertenecía a Eliza. En más de una ocasión, Gissel buscó encontrarme a solas, me habla en confidencia, casi como un susurro y –con ese pretexto-, se acercaba a mí –a veces-, de manera que me parecía exagerada.

Creo que ella me regaló mi primera vez de certeza de que una mujer me coqueteaba, pero siempre fingí no enterarme, más que nada, porque –debo admitirlo-, amaba a Eliza. No podía fijarme en ninguna otra. Bueno…, eso pensaba.

La realidad es que ya me había fijado en otra… Esmeralda y no sólo eso, con Esmeralda había perdido mi virginidad, aun amando a Eliza como la amaba.

Este es el mundo de las contradicciones. Todos tratamos de justificar nuestro proceder amparándonos en principios que consideramos aceptables y –una vez que los usamos como cortina para presentar una imagen adaptada de nosotros mismos ante el entorno social, en un burdo intento de crear una imagen con la cual suponemos que seremos aceptados-, tan pronto encajamos –suponiendo falazmente que se debe a tales principios-, nos damos la libertad de vivir una vida paralela, oculta a aquellos a quienes deseamos impresionar, lo que es inevitable, ya que sin importar cuánto deseemos ser percibidos de una cierta manera, jamás dejaremos de ser nosotros mismos.

Nos debatimos entre el “debe ser” y el “efectivamente es”. Nos convertimos en quienes creemos que es más “aceptable”, sin abandonar nunca nuestra propia esencia.

Eso me ocurría a mí. Rechazaba todo intento de acercamiento de Gissel, quien era obvio que quería de mí más de lo que yo quería ofrecerle, excusándome en el hecho de que yo amaba a Eliza, aunque vivía una doble vida en la que me acostaba con Esmeralda.

¿Puedes ver cómo los seres humanos complicamos tanto lo que es naturalmente sencillo?

La realidad era que mi negativa a aceptar esa dulce y genuina oferta de Gissel, que era tan evidente que hasta yo –a esa edad-, podía percibirla, se debía más que nada a un inmenso miedo que sentía en mi interior de que Eliza se enterara de que había iniciado una relación con Gissel, lo que justificaría aún más su rechazo hacia mí.

No pensaba igual en lo relativo a Esmeralda, porque esa relación clandestina había surgido en un círculo muy distinto a aquel en que se movía Eliza y yo estaba seguro de que ella jamás se enteraría.

Hoy me cuestiono la sinceridad de mi amor por Eliza. Hoy soy capaz de comprender que sentía una profunda atracción hacia ella, en primer lugar, porque aún en este preciso momento, sigo pensando que Eliza es la mujer más hermosa que he conocido en mi vida, en segundo lugar, porque una de las cosas que más llamó mi atención de Eliza –lo siento, pero debo decirlo tal y como fue-, fueron sus voluptuosos senos; es decir, en términos simples y llanos, el origen de mi atracción por Eliza fue completamente superficial. ¿Qué joven de 18 años no es superficial? Conozco tipos cuarentones –o sea, de mi edad-, que aún hoy son totalmente superficiales.

No obstante, no fue sólo su aspecto físico –a pesar de que ya he admitido que fue la razón preponderante-. También fue su forma de ser, su manera de tratarme, el hecho de que me aceptara de la manera más sincera y humilde posible, aun sabiendo que pertenecíamos a clases sociales distintas, el ofrecerme su amistad sin importar que –teniendo ella todo-, yo fuera un donnadie, un muerto de hambre a quien conoció con un sólo cambio de ropa, que caminaba diariamente más de 3 kilómetros para asistir a su humilde trabajo y regresar a su aún más humilde vivienda.

Fue el hecho de que siendo ella una jovencita de 20 años también, me buscara con insistencia sin poder evitarlo, tratando al mismo tiempo de disimularlo ignorándome de vez en vez, pretendiendo que no notara el efecto que producía en ella y sumiéndome en la agonía de la confusión de no tener claro si yo significaba para ella lo mismo que ella significaba para mí.

Pero más que nada, fue que era mi amiga. El tipo de amiga con la que te comunicas, aún sin decir una sola palabra. Aquella con la que sólo basta una mirada para decirse todo, con la que compartes sentimientos con una sola caricia; la amiga incondicional que se convierte en tu cómplice porque tanto tú, como ella, saben perfectamente que sus vidas sólo pueden adquirir sentido en compañía del otro.

Una mañana, mientras impartía mi clase, la secretaria –hermana del director de ese campus-, me interrumpió para avisarme que tenía una llamada.

Me excusé con mis alumnos y fui a atender al teléfono. La llamada provenía del reclutador con quien me había entrevistado semanas atrás. Quería saber si yo estaba dispuesto a mudarme a Colima para presentarme a trabajar el siguiente lunes que –casualmente, aunque no me percaté de ese hecho sino hasta el mismo lunes, cuando llegué a la oficina del reclutador-, era mi cumpleaños.

Sin pensármelo dos veces acepté. Ese mismo día le comuniqué mi decisión al director. Era miércoles. Había preparativos que tenía que realizar y –encima-, el director me invitó a una cena de despedida en su casa, para departir con su familia, el dueño de la escuela y su familia y algunos amigos de ellos.

A Eliza ya no le hablaba. Ni siquiera se lo dije. En cuanto a Gissel, sobra decir que tampoco le dije nada sobre mi renuncia. Nadie en la escuela, con la salvedad del director y su hermana, sabían que dejaría el instituto ese mismo viernes.

Obviamente, mis hermanas tuvieron que enterarse y una de ellas simplemente me dijo que –si me iba-, no me molestara en regresar.

En cuanto a Esmeralda… bueno… fue mucho más difícil para mí decírselo. El sábado, acudí a la fiesta de despedida organizada por el director y –saliendo de allí-, fui a encontrarme con Esmeralda. Ella aceptó irse conmigo a mi casa y tras el sexo, me armé de valor para decirle que me iría.

Le pedí que se fuera conmigo, que viviéramos juntos, como marido y mujer, pero no quiso. Entonces, se levantó de la cama, se vistió y me pidió que la acompañara a la salida. Dijo que me daría mi merecido.

Me imaginé toda clase de cosas, ninguna buena. Pensé que –cuando mejor me fuera-, me daría la bofetada de mi vida. Aun así la acompañé. Una vez que llegamos a la puerta, se acercó a mí y me dio el beso más apasionado que había recibido hasta entonces.

Ese beso –hermoso en sí mismo-, me animó a insistirle que se fuera conmigo, pero volvió a negarse. Dijo que en ese momento no lo entendería, pero que lo que tuvimos, mientras duró –apenas algunas semanas-, fue muy hermoso para ella.

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Capítulo 05 – Don’t go breaking my heart.

Agosto 24th, 2012 No comments

Desde que un día vi un anuncio sobre una escuela de computación en el D. F. en el diario que mi papá compraba, yo me sentí atraído por la computación. El simple hecho de leer esas palabras mágicas “IBM” y “Univac”, desataba mi imaginación. Pero lo que más me atraía de ello era la promesa de ganar treinta mil pesos mensuales que -en aquellos años-, era muchísimo dinero para mí.

Quizá, lo que más me seducía era la posibilidad de ir al Distrito Federal. Por eso, cuando mi padre me dijo que quería que me fuera con mis hermanas, a estudiar computación, me sentí defraudado. No era la carrera, sino vivir en el D. F., lo que quería. Pero me espantó más la idea de mantenerme por mí mismo. Después de todo, tenía sólo dieciséis años.

Mis hermanas regresarían a Iguala pronto. Mientras tanto, en los días siguientes arreglé todo para irme. Avisé en el trabajo que renunciaría y pedí que le entregaran mi cheque a mi hermano. ¡Qué iluso! Nunca me habían pagado una sola comisión y yo esperando que me dieran mi primer cheque. No es que no me lo pagaran, si lo hicieron… varios meses después.

A partir de la orden de mi papá, yo no hacía más que hablar de la que iba a ser mi carrera. No puedo negar que estaba notablemente emocionado. Hacía uno o dos años habían llegado a Iguala los primeros juegos de video.

Los niños de hoy encontrarían muy aburridas un par de barras largas y blancas en los extremos laterales de un monitor monocromático que se desplazaban hacia arriba y hacia abajo por medio de un par de joysticks, mientras una imaginaria pelota cuadrada recorría la pantalla de un lado a otro, tras rebotar con una de las barras, si no terminaba perdiéndose en el limbo cibernético cuando uno de los jugadores no alcanzaba a tocarla con la raqueta virtual, pero para los jóvenes de esos mágicos ochentas esas máquinas electrónicas resultaban místicas.

Para mí fue amor a primera vista. Cuando vi la primera de esas máquinas supe a que me iba a dedicar el resto de mis días. Me enamoré ipso facto.

Ya ni qué decir de aquel mediodía en que compré en un quiosco del zócalo una revista en la que toda la sección media estaba repleta de información y artículos sobre las primeras microcomputadoras de la revolución informática.

No sé cuántas veces leí esos artículos, sólo sé que ahí comenzó mi obsesión por las computadoras. Trataba de entender esa literatura, pero había mucho en ella que, para ser sincero, era un auténtico galimatías para mí.

No obstante que lo que sabía de computadoras era más fantasía que realidad, no cesaba de imaginarme a mí mismo trabajando con uno de esos equipos y formando parte de una reducida élite de gente que se vestía con batas blancas y daba la apariencia de ser científicos.

Pronto iniciaría la verdadera magia para mí.

Una noche, como ya acostumbrábamos siempre que sabíamos que mis hermanas irían a Iguala, mis hermanos y yo fuimos hacia el patio porque desde ahí se veía la carretera en el cerro. Sabíamos que era inútil la intención de ver el autobús llegar, pero nos imaginábamos que lo veíamos a la lejanía. Esa noche, yo fui el primero en salir, pero no duré mucho. En el cielo nocturno aparecieron unos puntos de luz que lo recorrían de extremo a extremo a velocidades vertiginosas. Emocionado, entré, para llamarlos y pronto estábamos en el patio mis dos hermanos, mi papá, unos compañeros de él y yo, absortos en el espectáculo de las luces bailando en el cielo.

Esa noche, todos pensamos que eran ovnis. Hoy, a la luz de la razón y tras aplicar la navaja de Occam, para mí queda claro que no era más que una lluvia de estrellas.

En realidad, decir que se trataba sólo de una lluvia de estrellas es la explicación más simple y más apegada a la realidad que podría externar; sin embargo, había algo anti natura en aquel espectáculo.

Las luces –en realidad-, no caían. Se desplazaban de un lado al otro de cielo y lo hacían vertiginosamente. En un segundo estaban en un determinado punto del cielo y –al siguiente-, estaban al otro extremo.

Una sola de esas luces –por decirlo de alguna manera-, iba hacia el extremo opuesto y regresaba al punto de partida solo para volver a hacerlo, una y otra vez, incesantemente.

Supongo que lo que presencié esa noche era producto de algún tipo de desplazamiento mecánico, pero detesto los fenómenos que no pueden ser explicados mediante las leyes propias de la naturaleza.

Desde mi punto de vista, absolutamente todo tiene una explicación simple, demostrable y –por tanto-, reproducible. De esta manera, mi mente no deja lugar para los fenómenos paranormales. En otras palabras, si no se puede medir y explicar mediante un modelo matemático, no es más que superchería.

Mi conflicto surge desde el mero instante en que he presenciado o vivido directamente experiencias que no cumplen este requisito puntual, como el fenómeno de las luces.

Por ejemplo, alguna ocasión me encontraba en la sala de la casa en Iguala, alrededor de las ocho de la noche, tocando discos –principalmente de Diego Verdaguer-. Mis hermanos y algunos amigos de ellos estaban en nuestro cuarto, jugando. En el instante en que estaba cambiando el disco, un reflejo en el espejo captó mi atención: Alcancé a ver una forma humana, como cubierta con una sábana. Es decir, si la imagen que vi pretendía ser un fantasma, era en realidad una burda imitación de un fantasma. Ni siquiera Gasparín, “el fantasmita amigable”, estaba tan mal confeccionado.

Fue cosa de un segundo. La imagen a todas luces fraudulenta de un fantasma se perdió a través de la puerta de la cocina. Lo primero que pensé fue que era uno de mis hermanos o sus amigos que se había puesto una sábana encima para intentar asustarme con la imagen de un fantasma.

Tal vez, lo más sencillo era dirigirme al cuarto desde la sala, para hacerles ver que lo que vi daba más risa que miedo, pero decidí perseguir al supuesto fantasma para poder ver como entraba al cuarto por la ventana del patio y entonces poner en evidencia a mis hermanos y sus amigos.

Sin pensarlo dos veces, me dirigí hacia la cocina, la atravesé, salí al patio pero fue inútil. No podía distinguir la forma que había visto.

El patio –en aquella época-, me parecía enorme. Era algo así como una terraza, en medio de la cual había un muro en “U” cuyo centro era un espacio sin piso desde donde se podía mirar al patio de la oficina de telégrafos que estaba al nivel de la calle, en la primera planta. Alrededor de este muro en “U” estaba el piso de la terraza. Al fondo, había un espacio entre el final del patio y el muro vecino, que era la pared de un antiguo cine que –hasta donde sé-, se quemó hace años.

El espacio intermedio fungía como una especie de patio trasero de la primera planta –la oficina de telégrafos-, que el personal de la oficina destinaba para arrojar la basura y –eventualmente-, quemarla.

Al salir de la cocina, busqué inútilmente la figura humana cubierta con una sábana. Al no encontrarla, recorrí la terraza sin perder de vista el cuarto donde dormía con mis hermanos, en un intento por –cuando menos-, presenciar el instante en el que el supuesto bromista brincara la ventana para entrar al cuarto.

Llegué hasta el límite de la terraza, donde el muro daba vuelta en “U”, di la vuelta y recorrí el pequeño tramo –de unos tres metros- y volví a dar vuelta a mi derecha, siguiendo la “U” del muro.

En todo el trayecto no logré ver en ningún momento esa figura “fantasmal” que he descrito.

Tras recorrer todo el patio siguiendo la “U”, llegué finalmente al cuarto y –desde la ventana-, les pregunté a mis hermanos si pensaban que yo era tan idiota como para tragarme su burdo intento de fantasma; obviamente, ellos negaron incluso que hubieran salido del cuarto, dijeron que yo estaba loco y que estaba viendo visiones.

A la fecha, yo sigo pensando que fue una broma por parte de ellos y –cuando les recuerdo el incidente-, ellos continúan negándolo.

Sé que mi pequeña historia es muy infantil, pero no es la única. En diversas ocasiones he visualizado en mi mente hechos que ocurren en algún lugar distinto a donde estoy o que tienen lugar en algún punto del futuro próximo.

En otras ocasiones, he tocado a alguien o a un objeto y una serie de visiones asaltan mi cerebro al mismo tiempo que me desvanezco, como si perdiera el sentido.

No es divertido. De hecho, creo que duele un poco. Lo odio. No me gusta. Me desagrada no sólo porque duele sino –más importante para mí-, porque jamás he podido encontrarle una explicación.

Como ya dije, si un fenómeno no puede ser explicado mediante elementos presentes en la misma naturaleza, simplemente no puede ser más que una falacia y detesto que este tipo de eventos sin explicación aparente me ocurran a mí.

Creo que la raíz de esto es el momento justo en que dios murió para mí. Al haber muerto mi madre a pesar de todas esas interminables horas de rodillas, rezando por un milagro que nunca llegó, me llevó a tener la seguridad de que dios no es más que otra historia para aquellos que no desean tomarse la molestia de buscar una explicación lógica y razonable para los hechos que ellos definen como “voluntad de dios”.

Al menos, así ha sido la mayor parte de mi vida, posterior a mi infancia y primeros años de adolescencia, en que creía sólo porque esa era la tradición familiar.

¿Por qué hablarte de esto? Ese tipo de historias describen como llegué hasta este punto de mi vida, me describen a mí, como persona, como ser humano.

Hay un propósito importante inmerso en ello también. Dudar, es algo natural. No es malo ser escéptico. Para mí es increíble que en pleno siglo XXI aún exista mucha gente que se santigua cuando admites tu falta de fe.

Si se te ocurre cuestionar alguna tradición relativa a la religión, aún hay gente que se pone a la defensiva y descalifica cuanto sale de tu boca. Algunos –si pudieran-, se aprestarían a colocar leños para formar una hoguera y la encenderían sin dudarlo para quemarte en ella por iconoclasta.

Aun cuando reconozcas que no puedes desligarte de la religión por completo, pero prefieres explicaciones científicas por sobre los dogmas de fe, esta gente recurriría a la Santa Inquisición si pudiera.

La verdad es que hoy soy mucho más tolerante con respecto a dios que en mis primeros días como ateo. Sigo sin concebirlo como una especie de ser sobrenatural pero, para ser honesto, me siento mucho más a gusto con la idea de que hay algo -no necesariamente un ser-, que es el origen de todas las cosas.

Muchos años después de esa juventud irreverente, un día, conocí a un alemán que se convirtió en un entrañable amigo.

Una tarde, él intentó explicarme su punto de vista respecto a los símbolos bíblicos. La verdad es que he olvidado la mayoría de lo que pretendió enseñarme, pero algunas cosas no.

Por ejemplo, me habló de cómo interpretar la historia de Jesús, María y José. En sus palabras –y aproximadamente como lo relata el Nuevo Testamento-, José conoció a María y quedó profundamente enamorado de ella. La pidió en matrimonio y –como era costumbre en la época-, se concretó el compromiso, pero él no podía conocerla como mujer.

Un día, ella recibió la visita de un ángel que le dijo que a partir de ese momento ella quedaría preñada de un hijo de dios.

Al enterarse José, se sintió muy ofendido en su orgullo masculino –si, así de misóginos son los personajes en la biblia, desde mi punto de vista, por supuesto-; tanto, que durante mucho tiempo dudó de aceptarla como esposa. Después de todo, él no había sido el primero.

Sin embargo, decidió esperar a que María diera a luz a ese niño, para después abandonarla.

No obstante esta decisión de José, una noche se le apareció en sueños ese mismo ángel que le había anunciado a María su concepción y le pidió que no la abandonase; le confesó que el niño que María esperaba era producto del espíritu santo, que era hijo de dios y que dios quería que ellos permanecieran juntos, como familia.

Ante esta explicación, la actitud de José cambió y aceptó finalmente a María como su legítima esposa.

Bien, eso lo podemos leer en el Nuevo Testamento, tal cual. Ahora la interpretación de mi amigo:

María –de acuerdo con él-, representa a la verdad. José es el ser humano. Cualquier persona.

José conoce la verdad y le fascina tanto, que se enamora de inmediato de ella. Se deja seducir por la verdad y le atrae tanto que hasta duele.

Inevitablemente, José siente miedo. Aceptar la verdad puede destruir su ego y convertirle en alguien más, alguien trascendido.

Duda, intenta no dejar de ser la persona que había sido hasta ese instante… y, tras mucho meditar, se da cuenta de que no tiene otro camino que aceptar la verdad… aceptar a María.

En el preciso instante en que esto ocurre, José –el ego de ese ser humano común y corriente-, fenece y se transforma en Jesús, el nuevo ser trascendido.

Esta interpretación es consistente con muchos otros pasajes que relatan la historia del Jesús bíblico. Como por ejemplo, el relato que describe a un Jesús moribundo en la cruz. Aquel Jesús al que se le escapa la vida en forma de un chorro de agua cuando uno de los soldados le atraviesa el costado con su lanza. El mismo Jesús que fallece en la cruz y es trasladado a una cueva, de la que desaparece al tercer día, para aparecerse ante María Magdalena y sus apóstoles eventualmente tras el hecho. El mismo que se eleva a los cielos para unirse a su padre.

Esta no es más que una alegoría que intenta explicarnos cómo todos somos –en esencia- dioses.

Es decir, todos nosotros, tan imperfectos, somos -en realidad-, perfectos. Nos equivocamos, sí; es de esperarse. Por eso hemos sido dotados de libre albedrío.

Es necesario tener la capacidad de cometer errores, porque estos errores son los que nos hacen evolucionar. Si no fuera por nuestras equivocaciones, jamás podríamos aprender nuevas lecciones.

En realidad, la maldad no existe. En realidad, lo que denominamos maldad, no es otra cosa que ignorancia, necedad.

Persistir en un curso de acción que perjudica a tu prójimo, no es sino un síntoma de que no has comprendido la lección.

Vives encerrado en una burbuja traslúcida que distorsiona tu percepción de las cosas y consideras que lo que haces es lo correcto, sin detenerte a pensar en el daño que ocasionas.

Sin embargo, algún día el peso de tus actos recaerá implacable sobre tus frágiles hombros y tu burbuja reventará de la forma más abrupta y desoladora posible, para hacerte ver esa verdad que no quisiste aceptar.

Es triste decirlo, pero –a veces-, las lecciones sólo pueden ser asimiladas de una manera brutal.

La representación de la muerte, resurrección y ascensión del Jesús bíblico, únicamente nos dice que –para poder trascender-, necesitamos primero matar a nuestro ego para, una vez liberados de su carga, ser capaces de transformarnos en ese ser trascendido que todos perseguimos.

Al morir nuestro ego imperfecto, de sus cenizas surge un ser nuevo, impregnado de la fragancia del entendimiento de la verdad absoluta. Un ser perfecto.

Tras escuchar a mi amigo por largas horas, contrario a lo que él esperaba, una nueva luz irrumpió en mi oscuro recinto interior y pude comprender –al fin-, que ese ser que me negaba a reconocer, dios, no es en realidad un ser, sino un concepto. Esa tarde, comprendí que dios ni siquiera es un ser, sino una idea… más precisamente un concepto y que –si aún persistimos en la idea de considerarle un ser-, su género no es masculino, sino femenino y que dios no es otra cosa que la verdad. Porque nada hay que sea más absoluto que la verdad.

Al conocer mi nuevo punto de vista, mi amigo trató fútilmente de hacerme comprender que le había malinterpretado. En realidad, él pretendía que siguiera aceptando al cristianismo como tal, pero fue inevitable.

Mi percepción de dios y lo que representa se había transformado y la luz de un nuevo entendimiento, iluminaba a partir de ese instante el lúgubre recinto de mi ego.

Unos días después, en la Universidad, me encontraba solo en la sala de maestros, reflexionando sobre cómo explicar el eterno dilema del origen de todo.

Me debatía entre la creencia clásica del creacionismo, que planteaba que todo había sido creado por un ser mítico y la subversiva explicación que ofrece la teoría del Big Bang, que expone que todo proviene de una singularidad tremendamente densa que –sin más-, estalló en una inimaginable explosión que dio origen a todo lo que existe.

Había llegado a un callejón sin salida: ni podía explicar quién o qué había creado a ese ser súper poderoso que creó todo lo que existe, ni era capaz de entender de dónde venía, ni qué había originado esa singularidad que propone el Big Bang.

Ambas teorías tienen un punto muerto. Ninguna es capaz de ofrecer una explicación razonable.

Para complicar las cosas, existen planteamientos como el de la paradoja de la omnipotencia, formulada, replanteada e –incluso-, revisada por muchos filósofos a lo largo de la historia –entre ellos: Averroes, René Descartes, Tomás de Aquino, J. L. Cowan, Agustín de Hipona o Ludwig Wittgenstein, por mencionar algunos-.

En esencia, esta paradoja plantea la pregunta: “¿Puede un ser omnipotente crear una piedra tan pesada que ni él mismo pueda levantarla?”.

Desde una perspectiva puramente objetiva, esta paradoja puede expresarse mediante una serie de silogismos a través de los cuáles se produce una conclusión para nada favorable a la teoría del creador omnipotente.

Sin embargo, en honor a la justicia, existe otra versión del mismo dilema que plantea un problema similar, enfocado al mundo de la física: “¿Qué ocurriría si una fuerza irresistible actuara sobre un objeto inamovible?”.

El dilema es el mismo: ni la fe, ni la ciencia, son capaces de ofrecer respuestas a hechos que –hoy-, permanecen inexplicables. Ambas, buscan lo mismo: la verdad. Las dos tratan de alcanzarla siguiendo sus propios derroteros. Quizá, la única diferencia sea que la ciencia –de encontrarse datos duros que demuestren la existencia de dios-, terminaría aceptándolo en la medida que la evidencia empírica así lo concluya. No estoy seguro que de llegar la religión a la conclusión de que dios nunca ha existido –en primer lugar-, estaría dispuesta a renunciar a su dogma.

En esa cavilación me encontraba cuando –de repente-, entró a la sala una profesora –compañera mía y amiga muy querida- y –de inmediato-, compartí con ella mis reflexiones.

Terminé diciéndole que –desde mi punto de vista-, dios no era otra cosa que la verdad, ya que la verdad es lo único absoluto que existe en el universo.

Ella respondió que no estaba de acuerdo, que la verdad es distinta para cada persona y yo, intenté defender mi postura indicándole que no, que verdad solo hay una, aunque matizada por la percepción de las personas.

Discutimos por largo rato el tema sin llegar a un mutuo acuerdo.

Eso ocurrió hace varios años ya pero –en este instante-, sólo puedo decir que no soy más un ateo.

Sigo sin aceptar a dios en la forma de un ser, pero me resisto a considerar que no existe del todo.

Creo que –mientras haya cosas que no pueda explicar lógica y razonablemente-, seguiré creyendo que existe algo más, algo inalcanzable, invisible; algo que nos trasciende a todos y hacia lo cual estamos destinados a dirigirnos al transcurrir la eternidad.

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