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Capítulo 04 – Never, never gonna give you up.

Junio 22nd, 2012 4 comments

Mi madre había padecido cáncer desde que estábamos en Taxco. Se había atendido desde el momento en que se lo descubrieron, pero no fue suficiente. Quiso el destino que descubrir su cáncer se diera mucho después de lo considerado oportuno. Sucedió porque ella descubrió una bola a la altura de su seno, junto a su axila.

Fue una prueba muy difícil para todos, más que a nadie, para ella. Durante años, la religión se convirtió en nuestro refugio, especialmente para mí. Criado en el seno de una familia católica, con un padre que en sus ratos libres tomaba sus libros de rezos y se ponía a leerlos y una madre que no perdía motivos para acudir al templo, su influencia era patente en cada uno de nosotros.

Recuerdo tediosas tardes que viví de rodillas, tratando de convencer a un dios en el que creía sólo porque así me habían educado, de que se apiadara de mi mamá y le permitiera vivir. Me veo completamente iluso, rezando sin cansancio, creyendo en un milagro insólito, que detuviera su cáncer y lo hiciera retroceder.

Vi a mi madre sufrir y yo sufría con ella. Quise creer, con sinceridad, pero los hechos se imponían. Mi fe fue puesta a prueba. Unas tías mojigatas insistían en que debíamos acudir a dios en busca de un favor que nunca llegó.

Con el tiempo, mi madre perdió ambos senos y su pena fue mayúscula pues se sentía menos mujer. Ella misma perdió la fe en llegar a recuperarse y los problemas económicos se agravaron, hasta el punto en que llegó a abandonar su tratamiento. Estaba perdiendo más que sólo sus senos y la lucha contra el cáncer sólo se hacía más cruenta cada vez. Un tipo en Cuautla, Morelos, vendía un agua milagrosa que ella comenzó a ingerir y que luego fue cambiada por un polvo que decían que era de víbora y no sé cuántos menjurges más se llegó a meter cuando la ciencia médica le negó toda esperanza.

Cuando finalmente entendió la futilidad de los remedios milagrosos y sólo porque el ardor de sus pulmones le impedía ya hasta respirar, regresó a su antiguo tratamiento.

Uno de esos días, mi padre contrató a un chofer que tenía auto para llevarlos a ellos, mi papá, mi mamá y mi hermano, al Distrito Federal, para asistir a consulta en el hospital de ISSSTE. Durante la madrugada del siguiente día partieron.

Los demás nos quedamos en la casa, para seguir con nuestras actividades cotidianas. No fue sino hasta por la tarde que una de mis hermanas recibió la llamada telefónica: habían tenido un accidente en la carretera, en la última caseta para entrar al D. F. Al siguiente día, por la mañana, mi hermana y yo partimos hacia el D. F. y encontramos primero a mi hermano, quien nos platicó cómo ocurrió.

De lo que recuerdo de su relato, él afirmaba que el carro se desbarrancó y el chofer, quien aparentemente había resultado ileso, se dio a la fuga, dejándolos heridos a todos ellos. Mi padre yacía, tumbado entre las hierbas y mi madre seguía en el automóvil, atrapada. Mi hermano hacía cuanto estaba a su alcance por ayudarles, pero no podía hacer gran cosa. Entonces, con un dolor intenso en su pierna, subió hasta la carretera para pedir ayuda, sin mucho éxito y, al comprobar el escaso resultado que conseguía, regreso al auto a seguir luchando por liberar a mi mamá. Algún tiempo después llegaron los paramédicos y, ya en la ambulancia, saquearon a mi familia de todo cuánto pudiera tener –aunque sea-, un modesto valor.

Tras comprobar que mi hermano y mi padre estaban bien, nos fuimos hacia los cuartos a buscar a mi mamá. Fue desgarrador para mí verla.

Un médico cruel llegó de pronto y, sin miramientos de ninguna clase, simplemente dijo que con el accidente mi madre moriría en unos días, que de sus pulmones ya sólo quedaba sano un centímetro cuadrado de tejido y que no la podían enyesar en sus fracturas por la misma razón.

Era un tipo muy pulcro, rubio, de ojos verdes, si no mal recuerdo y alto. Con toda la inocencia que me caracterizaba por mi edad, ofrecí uno de mis pulmones para ayudar a mi mamá. El médico, de una manera absolutamente despótica y sin el más remoto atisbo de empatía con nosotros sólo dijo que eso era una estupidez, que las cosas no funcionaban así y se fue, sin más.

Mi hermana tuvo que regresar a Iguala o no sé a dónde fue, pero yo tuve que quedarme a cuidar a mi mamá. Pasé algunos días con ella, atendiendo sus necesidades.

La primera noche que pasé ahí fue imposible para mí conciliar el sueño. Mientras la noche transcurría, una señora en el cuarto de al lado no paraba de gritar. En algún momento mi mamá me pidió que fuera a buscar un cómodo y yo aproveché para decirles a las enfermeras que la señora de al lado estaba gritando.

Encontré a dos de ellas muy animadas conversando sobre cosas de sus vidas cuando les dije. Una de ellas simplemente dijo: -¡Ah, sí! ¡Es la señora que tiene rota la columna! ¡No hay nada que podamos hacer! -, y continuaron platicando.

Si el médico, todo pulcro, todo planchadito, todo elegante se me había hecho completamente odioso, el ver la respuesta de estas personas diciendo como si nada que no había más que hacer, me convenció de algo que se ha convertido en una regla de mi vida: Odio a los médicos y prefiero no saber de qué me he de morir, que ir con uno de ellos.

A raíz de su accidente y como resultado directo de su condición, mi madre ya sólo podía respirar a través de una sonda que conectaba su nariz con un tanque de oxígeno.

Una tarde ella me pidió que le consiguiera un cómodo para satisfacer sus necesidades biológicas. Yo lo conseguí, se lo acomodé y, cuando hubo terminado, con tanto cuidado como pude, se lo retiré y la limpié.

Mientras lo hacía ella me confesó que le daba mucha vergüenza que yo hiciera eso por ella, pero lo hice porque no logré encontrar a una enfermera que quisiera hacerlo por mí y porque mi madre no podía hacerlo por sí sola. Yo simplemente le pedí que no se preocupara y le recordé que ella muchas veces hizo lo mismo por mí, cuando era bebé.

Ese fue uno de los momentos en que más cerca estuve de ella. Creo que si ella viviera todavía, a mi edad, con unos incipientes hilos plateados asomándose furtivamente en mis sienes, aún así ella sería lo más importante de mi vida.

Cuando ella vivía, siempre que podía pasaba el tiempo junto a ella. De niño, muchas veces la abrazaba y acariciaba su pelo. Me gustaba mucho estar con ella. Le platicaba de todo, aunque ella muchas veces sólo se portaba condescendiente conmigo.

El ser novio de Martha cambió un poco eso. Yo creo que su reticencia a mi relación con Martha se debía a que sentía celos de una muchachita que me había llevado de la niñez a la adolescencia. En cierto modo así fue, pues el andar con Martha cambió en cierta forma mis prioridades.

No obstante que mi madre seguía siendo el motor de mi vida, con el tiempo me fui alejando. Creo que fue porque me encontraba en la etapa en que comenzaba a ver a mis padres como iguales y no como seres superiores.

Por esa época también comencé a cuestionar muchas cosas, sobre todo, a cuestionar muchas de sus enseñanzas. Ya había dejado de aceptar todo lo que ellos me decían como una verdad absoluta.

También me di cuenta de que mi mamá era muchas veces condescendiente conmigo y comencé a cuestionar su cariño hacia mí.

Antes del accidente, cuando todavía podía respirar sin el tanque de oxígeno y la sonda, una noche en que nos reunimos con personas ajenas a la familia, ella sintió repentinamente un ataque de cariño desmesurado hacia mí y me pidió que me sentara sobre sus piernas.

Yo. . . no sé bien que ocurrió dentro de mí. No sabría decir hoy si fue esa incipiente desconfianza en la reciprocidad de su amor o mi miedo a lastimarla –pues era un muchacho muy fornido para cuando esto ocurrió-, me negué al principio, pero entendí que quizá ella era sincera o, tal vez, sentía remordimiento, ¡no sé! Sólo sé que no le iba a negar ese instante y obedecí.

Ella me dijo cosas como -¡Mi niñote!-, y me abrazó y consintió durante un rato. Yo me sentí apenado y, lo que sí recuerdo bien, no dejaba de pensar en ese momento que era pura hipocresía. Simplemente no podía creer en ese repentino ataque de amor. Algo que nunca había hecho ella por mí, al menos que yo recordara.

Cuestionar los motivos de los padres es algo natural. Todos pasamos por eso. . . más veces de las que quisiéramos, en realidad. Sucede porque cuando vivimos la transición de la niñez a la edad adulta, dejamos de verlos grandes, dejamos de sentir la necesidad de su protección. Nos descubrimos autosuficientes y empezamos a forjar lo que se convertirá en nuestra personalidad definitiva.

Pero los fantasmas de las aberraciones que cometimos en la época en que comenzamos a declarar nuestra independencia se quedan para toda la vida.

Es natural que alguna vez te sientas avergonzado de tus padres durante la adolescencia, pero cuando no estén, cuando hayas madurado y tengas tu propia vida, sin el cobijo de ellos, te verás al espejo un día y los verás a ellos, educarás a tus hijos y te sorprenderás educándolos como ellos te educaron a ti, analizarás tus reacciones y descubrirás que eres una copia de ellos en muchos sentidos.

Cuando los problemas te agobien querrás su consejo y cuando tu ánimo merme, sentirás una indescriptible necesidad de sus mimos.

Si tan sólo hubiera sabido eso entonces, hoy no acarrearía este agonizante arrepentimiento por no ponerme en su lugar en esa noche y darme cuenta de que ella sabía que moriría cualquier día de estos y que ya no le quedaban muchas oportunidades para sentarme sobre su regazo, apapacharme y sentirse mi madre otra vez.

Para la fecha en que el accidente ocurrió, yo ya había terminado la secundaria y, ante la escases de recursos y de alternativas, entré a estudiar una carrera técnica en trabajo social ahí mismo, en Iguala. No era la carrera que yo había soñado pero, por lo menos, había sido una de mis elecciones.

Tras el accidente, cuando mi madre estaba ya de regreso con nosotros, en Iguala, yo era el encargado de recoger los tanques de oxígeno para mantenerla con vida. Cada tarde, alrededor de las cinco, iba hasta un almacén o a una clínica a cambiar el tanque.

Una tarde comencé a arreglarme para ir a la escuela. Mi madre me llamó y me pidió que no fuera. Estábamos en fechas de los festejos de la independencia de la nación y yo, como era uno de los pocos hombres de esa escuela, estaba en la banda de guerra.

Le dije que tenía que ir, que debería desfilar al siguiente día y que me estaban esperando. Ella aceptó, pero yo jamás voy a olvidar esos ojos suplicantes mirando mi rostro. Como pudo, me santiguó y me acarició en la cara.

Duele recordar este episodio. Duele mucho. Esa fue la última vez que la vi con vida. Mientras escribo esto, los recuerdos hieren mi memoria y afloran a través de mis ojos.

Le prometí que regresaría a las cinco, como siempre, para cambiar su tanque de oxígeno y la besé en la frente. A las cinco fui con un amigo a recoger el nuevo tanque de oxígeno a una clínica que estaba a la vuelta de la esquina de la casa. Cuando pasamos por ahí, vi a mis tías y unas señoras a la puerta de la casa. No le di importancia y me dirigí a la clínica, recogí el nuevo tanque, prometiendo regresar con el tanque vacío en unos momentos y me fui a la casa.

Al llegar saludé a las tías y a las señoras y vi una serie de artefactos de los que usan las funerarias, pero no comprendí lo que eso significaba. Subí las escaleras y vi el féretro.

Quedé petrificado. Un escalofrío intenso recorrió mi ser desde la cabeza hasta los pies y grité -¡Mamá!-. Dejé el tanque ahí, a un lado de la escalera y corrí al féretro con los ojos inundados en lágrimas. Ese fue el momento en que conocí el verdadero dolor.

La miré ahí, recostada y la toqué. Se sentía fría. Su rostro inexpresivo, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Los brazos cruzados sobre su pecho y sus carnes tiesas. No podía creerlo. Entenderlo fue difícil, pero más difícil fue creer que eso pudiera llegar a pasar.

Ya no recuerdo qué otras cosas sucedieron esa tarde, pero sí recuerdo que desgasté mis nudillos azotando las paredes mientras los curiosos que nunca faltan se reían de mí, sin llegar a comprender que el dolor rasgaba mis entrañas y que esa era la única manera de distraer el ardor que producía en mí ese indescriptible dolor.

No recuerdo como fue para mis hermanos, pero estaban igual que yo, con reacciones diferentes, pero el mismo abatimiento.

Los únicos que estuvieron junto a ella, en su lecho de muerte, fueron mi hermano menor y mi padre. Mi padre no dejaba de contar que mi madre, en sus últimos momentos, creyó ver a una de mis hermanas mayores trepada en uno de los árboles de la calle que se veían a través de la ventana del cuarto donde murió y la regañaba, exigiéndole que se bajara de ahí. Mi hermano menor solo decía que la vio morir.

Si para mí fue la más horrible experiencia que me ha tocado vivir, no quiero imaginar cómo debió ser para él, mi hermano menor.

Esa noche, me encerré en mi cuarto y me negué a salir de ahí hasta que al otro día me obligaron para llevar el cuerpo de mi madre a Chilpancingo para enterrarla. Tengo vagos recuerdos de la misa, a la que no quería asistir porque dios había comenzado a convertirse en una duda, más que en una convicción para mí y no puedo evitar traer a la memoria cómo me obligaron a cargar el féretro aferrándolo por una de las esquinas frontales.

Recuerdo cómo me dolió cada palada de tierra que caía sobre la caja cuando la estaban enterrando y cuán miserable me sentí durante toda la jornada. Sin embargo, todos esos son recuerdos muy vagos. Apenas fotografías en blanco y negro que aleatoriamente llegan a mi mente.

Unos días después de su entierro, llegaron a la casa algunos de sus hermanos. Yo me había convertido en un ermitaño que se resistía a abandonar su cuarto, pero pude darme cuenta de que lo primero que preguntaron los hermanos de mi mamá era dónde teníamos las cosas de la abuela que mi mamá había guardado, entre ellas, joyas, ropa y algunos cuadros.

Con asco, regresé a mi cuarto y me negué a salir. Entonces mi tío Leoncio, un tío a quien de niños, todos nosotros habíamos querido mucho porque, además de solterón, era un tío consentidor, entró y se sentó en la cama frente a la mía.

Él trato de consolarme y me habló de lo mucho que la muerte de mi mamá le dolía y yo no pude más y le llamé buitre. Le dije el asco que me producían todos ellos y le eché en cara que se llevaran todo, que no importaba, pero que no viniera a mí a tratar de lavarme el coco con ese supuesto amor que tenía por mi mamá.

Entonces él trató de razonar conmigo. Me dijo que esas cosas habían sido de mi abuela y que tenían un valor entrañable para ellos. Que simplemente querían recuperarlas pues, al no estar mi mamá no había nadie más en Iguala para quien todas esas cosas pudieran tener algún significado. Me pidió que les comprendiera y me dijo que mi madre había sido su hermana y que, a pesar de mis dudas, su amor por ella era sincero. Yo me negué a creerle y le exigí que me dejara solo. Esa fue la última vez que le vi. Con el transcurrir de los años volví a saber de él, pero solo por referencia. Alguien me contó que vivía con una señora en el Estado de México.

Pasé días encerrado en mi cuarto. El dolor me consumía, pero con el paso de los días ese odio se convirtió en decepción primero y luego en una muy profunda ira en contra de dios. No podía comprender cómo, después de tantas tardes de rodillas, rezándole, suplicando, él hubiera puesto oídos sordos a todos nuestros ruegos y, entonces, empecé a dudar de su existencia.

Una tarde, como acostumbraba durante mi juventud en Iguala, subí a la azotea y, desde lo más profundo de mi corazón grite: -¡Te odio! ¡Si eres tan poderoso como cruel, demuéstrame que existes!- dirigiéndome a dios. En ese momento, las nubes en el cielo comenzaron a moverse y a dibujar rostros. Uno de ellos era el rostro de un señor barbado, colérico, que me miraba iracundo y yo sentí miedo, mucho miedo y bajé de ahí. Me refugié en mi cuarto.

Sin embargo, una revolución acababa de gestarse y mi relación con lo religioso comenzó a morir.

Como pude, continué mis estudios en la escuela de trabajo social. Había una muchachita pequeña, de piel morena y rasgos simpáticos. Ella era muy bonita y un largo cabello azabache caía en cascada sobre sus hombros. Me buscaba mucho, pero lo que yo sentía por ella no era más que simpatía. Mi interés era diferente. Mi interés estaba enfocado por completo en Mayra, una muchacha costeña, para nada bonita, pero muy segura de sí misma. Como buena costeña, era muy franca y no le gustaba dejarse de los demás. Era una joven dura, pero me parecía agradable y me enamoré de su fortaleza.

No obstante todos mis esfuerzos, mi fascinación por ella parecía darle lo mismo. Durante meses la perseguí, tratando de mostrarle cuánto me gustaba. Ella me dejaba, pero no estaba en lo absoluto interesada en mí.

Algunas veces, mis compañeras organizaban alguna reunión y, siempre que llegaba, lo primero que hacía era preguntar por Mayra, pero en muchas ocasiones ella no llegó. Creo que a mis compañeras ella no les caía muy bien.

Una noche, saliendo de la escuela le pedí que me dejara acompañarla y, mientras caminábamos, saqué valor quien sabe de dónde y le dije que me gustaba mucho, que estaba muy enamorado y que yo estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que fuera necesaria por ella.

No era bueno en esos menesteres, es evidente, porque ese “haría lo que fuera por ti”, no tuvo ni de cerca el sentido que yo esperé que ella le diera. Simplemente, me respondió que yo le daba miedo y que era mejor que dejáramos las cosas así, como estaban y que la dejara sola.

Al día siguiente, en la escuela, la vi, pero trató de evadirme tanto como pudo. Sus evasiones se hicieron frecuentes y yo me sentía asolado. Una de esas tardes me salí de la escuela y fui a una licorería y compré una botella de un cuarto de vodka. Luego, me dirigí a la esquina de mi casa, donde un amigo tenía un puesto móvil de helados y me metí a su camioneta. Comencé a tomar mientras le preguntaba apesadumbrado qué había hecho mal.

Él trato de aconsejarme y me dijo que cuando él quería conquistar a una chica primero trataba de ser su amigo e iba midiendo el terreno, hasta que encontraba el momento propicio para declarársele.

Honestamente ya no recuerdo que pasó. Sólo recuerdo que al siguiente instante me encontraba en el patio de la escuela gritándole a Mayra que la amaba, que no podía vivir sin ella y, sin saber cómo –en verdad-, me encontré de nuevo en la misma licorería donde compré la primera botella, comprando una segunda y no recuerdo nada a partir de ese momento, hasta el otro día, que desperté alrededor de las tres de la tarde con una fuerte resaca y un padre que no me dirigía la palabra.

Más tarde mis hermanos me contaron que mi amigo, del puesto ambulante de helados, junto con alguien más, me llevaron “de aguilita”, hasta la casa y ayudaron a mi padre a subirme hasta el cuarto de mis hermanas. Me contaron que mi papá estaba muy enojado conmigo y que ya no quería saber nada de mí.

Sé que no es excusa para mi comportamiento, pero todo se me había juntado. La reciente muerte de mi madre, la negativa de Mayra a ser mi novia, mi padre enojado por mi primera borrachera y, encima, la noticia de que me habían corrido de la escuela porque Mayra les dijo que yo le quería hacer quien sabe cuántas cosas, que me la quería robar y que yo le había dicho que estaba dispuesto a hacer todo por ella.

Antes de la expulsión, me dieron la oportunidad de explicar lo que había pasado y yo traté de defenderme diciendo que Mayra me había malinterpretado. Que yo quise referirme a que estaba dispuesto a ayudarla en todo lo que necesitara, pero eso no les convenció y, finalmente, me entregaron mis documentos y me pidieron que no regresara.

Mi padre se negaba a hablarme y yo sentí que estaba completamente solo, así que decidí que no tenía sentido seguir vivo, de manera que a partir de ese momento dejé de comer. Lo único que hacía era dormir. No salía de mi cuarto más que para beber agua. Me llamaban para ir a comer, pero yo sólo decía que luego iba y no lo hacía.

Los primeros días fue difícil. El hambre me hizo dudar varias veces de mi determinación, pero mi necesidad siempre se imponía. A media semana, mi cuerpo ya se había ajustado y no sentía más que una pequeña molestia en el estómago, pero ya no la identificaba con el hambre.

A la segunda semana me sentía bien, es decir, débil, naturalmente, pero ya no necesitaba comer. Mis funciones biológicas también se ajustaron y sólo iba al baño a orinar.

Ni siquiera terminé esa segunda semana. Ante la insistencia de todos –incluido mi padre-, y la debilidad que sentía, decidí romper el ayuno y comenzar a comer.

No le recomiendo a nadie el ayuno voluntario, ni siquiera el forzado. Cuando uno ayuna y luego vuelve a comer, el estómago, desconcertado, rechaza el alimento de inmediato.

Yo tenía tanta hambre cuando decidí volver a comer, que abusé de la comida, queriendo llenar el hueco que me habían dejado casi dos semanas de ayuno voluntario y, así como comí, lo devolví todo. Fueron necesarios varios días para regularizar el funcionamiento de mi organismo.

Durante meses, tras todo lo acontecido, no hice absolutamente nada en la casa. Si le pedí a mi papá que me inscribiera en un curso de electrónica, pero pronto lo abandoné. Pasaron meses para mí viviendo en un estado de completo hedonismo. Ni siquiera atendía a los quehaceres de la casa. Sólo miraba televisión, día y noche.

Mi padre, sobra decirlo, estaba cada vez menos contento conmigo, pero me soportaba. Después de todo, según me enteré tras su muerte, yo fui el orgullo de su vida.

Un día decidí que tenía que hacer algo con mi vida, así me puse a buscar trabajo. Pronto encontré un trabajo como vendedor. Se trataba de vender enciclopedias. Asistí a una capacitación en la que trataban de levantarnos el ánimo para salir a vender.

Los primeros días o, mejor dicho semanas, gasté las suelas de mis zapatos sin conseguir acomodar una sola enciclopedia. Me sentía completamente defraudado de mí mismo.

Un buen día, un amigo de mi papá, no sé bien si por lástima o por intervención de mi papá, me compró una enciclopedia y eso fue todo lo que necesité.

No sé si hice algo diferente o, más bien, haber vendido una enciclopedia recargó mis ímpetus, pero a partir de ahí vender fue más fácil.

Siempre que salía a vender iba con mi hermano –el de en medio- y un amigo, el loco. Habíamos hecho un pacto: que siempre que realizáramos la primera venta del día, ese día no pararíamos hasta conseguir una venta para cada uno. Creo que ese pacto tuvo más significado para mí que para ellos.

Como ya en algún momento lo dije, yo era muy tenaz y asumía actitudes muy idealistas, pero muy firmes a la vez. En esos años yo creía firmemente que cualquier cosa es posible con determinación.

Pronto, vender fue cosa de todos los días. Mi confianza se había acrecentado y, de tanto ejercerlo, había adquirido ya una técnica de ventas. Todos los días cerraba una venta para mi hermano, otra para mi amigo y otra más para mí.

Yo me sentía muy emocionado porque me estaba convirtiendo en una estrella, pero mi papá estaba más preocupado por mi futuro, así que, una tarde, simplemente me ordenó que me fuera con mis hermanas mayores y puntualizó que iba a estudiar –Más vale que estudies, o de aquí en adelante te mantienes tú solo-, me dijo.

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Capítulo 03 – Saturday night fever.

Junio 15th, 2012 No comments
Bailando bajo la luz de la luna

La efervescencia está ahora en el contacto físico y espiritual de dos seres expectantes que buscan el dulce calor de la sensualidad de la cercanía.

Era uno de los rituales de nuestra incipiente adolescencia. La imagen se había convertido en nuestra principal preocupación y todos por igual necesitábamos saber si encajábamos en el contexto social.

Esa fue la primera vez que entré a una discoteca. La música sonaba estridente en el recinto oscuro que era subrepticiamente iluminado por luces estroboscópicas que se reflejaban en la gran bola platinada que colgaba del techo, sobre el centro de la pista.

Un grupo de jóvenes bailaban -o hacían como que bailaban-, en la pista.

Otro conocido refrán sugiere “si vas a Roma, haz como los romanos”, así que, de lo que se trataba, era de bailar, como lo estaban haciendo todos.

Desafortunadamente algunos somos pillados por sorpresa justo en el momento en que menos lo esperábamos y no nos queda otro remedio que recurrir a la imitación. Eso fue lo que me ocurrió a mí. Quizá hoy me consuele el saber que no fui el único, pero no dejo de sonrojarme al recordar la futilidad de mis intentos.

Fue una suerte que una despistada quisiera ser mi pareja y bailamos por un momento. Al menos, hasta que se aburrió de mi ignorancia con relación al arte de la expresión corporal a través del movimiento. Pero no pasó mucho tiempo hasta que pude convencer a otra ilusa.

Valga decir que la mayor parte del tiempo me la pasé deambulando, saludando a quien me encontraba, hasta que pude reunirme con un amigo mío que iba exactamente a lo mismo que yo: a investigar de que se trataba todo este argüende.

De pronto, la chica más bonita que mis ojos habían visto en toda mi vida –y por toda mi vida hasta ese entonces me refiero a mis 12 años-, entró a la disco. No puedo describir el cúmulo de emociones que asaltó mi corazón durante ese breve instante en que la descubrí entre la multitud.

Fue entonces cuando descubrí que dios tuvo que pasar por una multitud de problemas para crear la belleza. Debió tratar una y un billón de veces, sin mucho éxito, justo hasta el preciso instante en que la creó a ella. Sólo entonces dios fue capaz de crear la belleza.

Mirar su rostro era como echar un vistazo al paraíso, como admirar un cielo nocturno inundado de estrellas, su rostro era el más perfecto poema y yo tenía capacidad de merolico frente a ella.

No está de más decir que conocía a quien la conocía, así que le pedí que me la presentara. Pero no era mi momento.

Un amigo común nos presentó, pero yo no atinaba a abrir la boca y cuando ya no pude más salí corriendo de ahí.

Ojalá ese hubiera sido el mayor ridículo de mi historia. No fue así. El destino me tenía deparado otro ridículo todavía mayor: unos días después de ese bochornoso incidente, volví a ir a la misma disco, adonde fue la misma jovencita, le pedí al mismo conocido común que nos presentara -de nuevo- y ocurrió exactamente lo mismo.

No sé cuál era mi trauma con las muchachas bonitas, pero ese trauma me hizo odiar las discoteques.

Tendrían que pasar varios años antes de volver a sentirme de ánimos para entrar a otra discoteque. Eso ocurrió de nuevo gracias al loco. En uno de esos días de vagancia, terminamos entrando a una discoquete. Debido a la influencia de mi amigo las cosas se habían vuelto diferentes para mí. Ya no le tenía miedo a las chicas. . . mientras no fueran extraordinariamente atractivas.

Conseguimos varias parejas de baile, lo cual ocurrió de esa manera porque en cuanto comenzábamos a bailar con ellas, decidían que la primera pieza era la última que bailaban con nosotros.

Pero a nosotros eso no nos importó. Al final, “bailamos” con muchas chicas y salimos de ahí sin haber conseguido un mísero número de teléfono.

Afortunadamente el tiempo pasó y las circunstancias cambiaron. No quiero decir con esto que alguna vez haya realmente aprendido a bailar, pero con el transcurrir de los años mi temor hacia las mujeres bonitas ha casi desaparecido. Lo que siempre pasa es que bailan conmigo más por lástima que de ganas.

Muchos años después cambié las discotecas por otro tipo de antros. De pronto, me sentí más atraído por los centros botaneros y departí con música de mariachi con muchas otras damas al calor de las copas. Finalmente, me conformé con verlas bailar a ellas mientras intencionalmente iban perdiendo su escasa ropa hasta que llegó un momento en que eso último me pareció la forma más estúpida de tirar mi dinero a la basura.

Hoy prefiero una velada romántica, a la luz de una sonriente luna, mientras bailamos lento, cobijados por un millón de estrellas. Hoy es más importante para mí seguir el lento ritmo de una canción romántica mientras nuestros cuerpos se funden casi por completo al mismo tiempo que nuestras miradas se embelesan de la visión de los ojos del otro.

La efervescencia está ahora en el contacto físico y espiritual de dos seres expectantes que buscan el dulce calor de la sensualidad de la cercanía.

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Capítulo 02 – Can´t get enough of your love.

Junio 15th, 2012 No comments
La magia del primer amor.

No supe cuanto duró la magia, pero no importaba. El momento propició llegó justo a tiempo y las cosas no volverían a ser igual para mí.

Era un día soleado. Hacía un calor insoportable. Estábamos en una conversación de sobremesa mi madre, mi hermana, mi dulce Martha y yo. Era más o menos mediodía y acabábamos de almorzar. Martha llegó mientras lo hacíamos y mi madre la invitó.

Martha era una muchacha pequeña, de estatura baja y bonitas formas. Ella no era muy bonita, pero me caía bien. Ambos estábamos en el mismo nivel en la escuela secundaria, pero en diferente turno.

Ese día no habíamos ido a la escuela porque era sábado. Era normal que Martha subiera a la casa. Su padre trabajaba junto a mi papá y a mi mamá en la oficina de telégrafos, en la que mi papá era el administrador.

Martha acudía mucho a la oficina, supongo que para llevarle el almuerzo a su papá y, cuando podía, buscaba a mi hermana –menor que yo-, para platicar cosas de las que platican las mujeres.

Ese día, en la sobremesa, de pronto mi mamá y mi hermana empezaron a acosarnos con la idea de volvernos novios. Yo me sentía apenado y, aunque no puedo hablar inteligentemente sobre los sentimientos de Martha, supongo que ella se sentía igual.

Como sea, entendimos que eran sólo bromas. En aquella época yo no tenía más de trece años y creo que mi mamá quería verme de pequeño galán por cómo sucedieron las cosas ese día.

Bien dice un viejo refrán “Ten cuidado de lo que deseas porque se te puede hacer realidad” y esta no iba a ser la excepción.

A decir verdad, en esos años, yo vivía la magia de la secundaria. Atrás quedaba mi niñez y nuevos intereses comenzaban a hacer estragos en mi púbero ser. En realidad, eso mismo nos pasaba a todos los que estábamos en las mismas circunstancias, evidentemente.

Cuando entré, acababa de cambiar de residencia. Hacía tan solo un par de meses yo había salido de la primaria en Taxco y ahora iniciaba la educación secundaria en Iguala. En mi grupo, era uno de los más altos y sobra decir que algunas niñas me acosaban. Supongo que creían que era mayor. De cualquier manera, muchos de mis compañeros seguían prefiriendo los carritos y añoraban los partidos extra clase de football soccer.

Yo no era muy diferente a ellos, pero mis hormonas me tenían extremadamente confundido y me sentía desubicado y solo. Para mí, la pubertad empezó de improvisto, en un momento muy poco conveniente. Fue un día cuando tenía apenas nueve años y me encontraba en medio de un desfile.

Yo siempre había sido un niño obeso y Taxco tiene la particularidad de encontrarse enclavada en medio de la sierra madre del sur. Es decir, toda la ciudad es un montón de colinas sobre las que se construyeron edificios coloniales.

¿Por qué es esto relevante para lo que estoy contando? Bueno, imagínate a un niño gordito desfilando en medio de colinas. Imagina lo que ocurre en su pubis, al rozar su. . . bueno, su órgano reproductor con sus piernas.

Yo sólo sé que en un momento dado sentí unos impostergables deseos de orinar y –ante la imposibilidad de seguir aguantándome-, decidí que no me importaba y que orinaría ahí, en pleno desfile pero, contrario a lo que esperaba, sentí la relajación de haber orinado, pero mi pantalón estaba seco. Bueno, casi.

Ajá, así es. Te estoy contando cómo fue mi primera eyaculación, sólo que entonces no lo sabía. Más tarde se lo conté a mi papá y él se limitó a comprarme una cerveza.

Exacto, mi propósito es ayudarte a entender el porqué de mi confusión. Jamás me explicó él lo que me había sucedido y yo no tenía forma de saber que me estaba ocurriendo.

Creo que le pasa a la mayoría de los jóvenes, en algún momento, cuando las hormonas enloquecen su organismo y los cambios empiezan a ocurrir, que –de pronto-, las curvas femeninas nos trastornan y los efectos de dicho desasosiego interno son inevitables.

A mi pasó con muchas de las amigas de mi hermana que pasaban por el mismo tipo de cambios que yo y, obviamente, con las fotografías de las actrices y vedettes que publicaban en el diario que compraba mi padre.

Uno de esos días, ojeando uno de los diarios de mi padre, vi algunas de esas fotografías y me parecieron demasiado interesantes. Tanto que lo que tenía que pasar pasó y descubrí cuánta satisfacción puede darse uno mismo en un momento de fragilidad.

Si. Fragilidad es la palabra correcta. Sé de sobra que lo que cuento es demasiado gráfico –solo espero que la delgada línea entre lo gráfico y lo pornográfico no se haya roto aún-, pero hay un punto, lo prometo.

Mi niñez fue matizada por un ambiente de fe inmensa. Como suele ocurrir en casos como el mío, fui educado con ideas religiosas muy ortodoxas.

Ese día fatídico en que descubrí las delicias de la carne, me debatí entre el placer y el remordimiento. Al no saber lo que me había ocurrido durante el desfile y encontrarme con mis hormonas en exaltación, inicié lo que me debatiría entre lo correcto y lo que me daba placer.

No sabía con exactitud que estaba haciendo, pero no podía dejar de sentirme culpable ni de sentir placer al mismo tiempo.

Mi educación religiosa me gritaba que estaba mal, pero mi cuerpo pedía más y más. Quise detenerme, más de una vez, pero la tentación me instaba a continuar y –pronto-, fue demasiado tarde. Entonces hizo su aparición el remordimiento y conocí por vez primera la agonía del arrepentimiento.

No obstante, la semilla estaba plantada y no haría sino germinar.

No fue la última vez, aunque me lo había prometido y, para cuando salí de la primaria, era algo a lo que ya me había acostumbrado. No sabía mucho al respecto, sólo lo que me importaba entonces: que me hacía sentir bien.

Si le has dado a mi pequeño relato el sentido correcto, es posible que ya sepas lo insufrible que es ese debate entre la moral que la religión intenta enseñarte y aquellas pequeñas conveniencias que vas descubriendo a lo largo de tu vida, que contradicen lo que te han enseñado que es correcto.

Así llegué yo a la secundaria, en medio de un océano de confusión, como supongo que la mayoría de mis compañeros llegó también al mismo punto.

Había niñas que por alguna razón que ahora conozco de sobra pero entonces no entendía, me buscaban con mucha frecuencia. Pero yo estaba paralizado por la timidez. Me daba pena siquiera hablarles.

También, había algunas muchachitas que me parecían el más hermoso sueño que podía haber tenido hasta ese momento. Había dos, en particular, que eran tan hermosas como el rocío matutino que alimenta a las rosas de un jardín que extasía los sentidos. Pero les tenía un profundo miedo.

Durante esa época, era terriblemente retraído en lo relativo a tratar a las chicas, pero con mis compañeros era una historia diferente.

Recuerdo que mis compañeros y yo hacíamos apuestas sobre quién sería el primero en tener novia. Secretamente yo aspiraba a ganar esa apuesta, pero no fue así. Uno de mis compañeros, Mundo –como le llamábamos-, fue el primero en conseguirlo. En lo personal, yo no le hablaba a Mundo. Era ese tipo de niños que siempre andan bien planchaditos y se ven muy pulcros. Yo era un niño como cualquier otro, fachoso y empeñado en parecer mayor y más malo.

Mundo conquistó a Rocío, la niña que –a juicio de muchos-, era la más bonita del salón. No ocurría lo mismo conmigo porque, aunque reconocía que la chica era atractiva, no era el tipo de mujer que a mí me interesaba.

¡Qué tiempos aquellos! Hoy sólo sonrío al recordarlos. Las niñas que me gustaban a mí eran más bien delgadas. Rocío era demasiado exuberante para mi gusto.

No falta aquel –incluyéndome-, que inventara historias sobre novias imaginarias y se la pasara impresionando a los demás compañeros con las fantasías que sólo residían en su fructífera imaginación.

Pero ese sábado, tras la sobremesa, mi mamá y mi hermana finalmente se fueron y nos quedamos Martha y yo solos.

Entonces, de la manera más torpe que te puedas imaginar, le pregunté a Martha si quería ser mi novia. No puedo evitar una carcajada al recordar eso.

Martha me dijo que no estaba interesada y yo me sentí morir de lo estúpido que me consideré en ese momento.

Me disculpé con ella y me encerré en mi cuarto con la cara roja de vergüenza. Así pasé el resto del fin de semana. Acostado en mi cama, no dejaba de recriminarme por lo estúpido que había sido e imaginaba como se reiría Martha con mi hermana y sus amigas cuando les contara que me le había declarado. Me reclamé por mi osadía y me insistí hasta el cansancio que yo era lo suficientemente feo como para que alguna chica quisiera andar conmigo.

Ese fin de semana conocí el infierno. El lunes hubiera preferido no ir a la escuela. En medio de mi paranoia, imaginaba que ya todos lo sabían y que se mofarían de mí.

Sin embargo, por la tarde del lunes, mi hermana me llamó. Ella se encontraba en el piso que daba a la calle hablando con alguien en la puerta. Me pidió que bajara y, sin mucho afán, la complací. Una vez abajo pude ver que estaba con Martha y mi cara se tiñó de rojo en un segundo.

Traté de envalentonarme y decidí enfrentarlo. Entonces mi hermana me preguntó si era cierto que Martha y yo ya éramos novios. Yo le dije que no. Que le había preguntado si quería ser mi novia y que ella me dijo que no. Así, mi persistente hermanita me pidió que le volviera a preguntar. Así lo hice y exactamente de esa manera fue como comenzó mi primer romance.

Ese lunes ella iba para la escuela y quedamos en que yo la recogería en la noche. Ella estaba tan asustada como yo -al menos, eso creo-, pues me pidió que no llegara a la escuela, sino que la esperara en el patio de un templo que estaba justo antes de llegar a ésta.

Así lo hice y la esperé, con los nervios a flor de piel y un mar de dudas. Fueron momentos de una agonía indescriptible. En ocasiones pensé que todo era un montaje y que ella sólo pasaría con sus amigas enfrente del lugar, cuidándose de que no la viera con el único propósito de burlarse de mí. En más de una ocasión quise irme de ahí y olvidar el asunto, pero esa tenacidad que me ha acompañado en cada momento importante de mi vida me obligó a permanecer ahí y cumplir mi promesa.

La actitud que te obliga de manera tácita a continuar en algo para lo que no conoces el resultado final.

Tenacidad. Es una promesa del futuro, una posibilidad que puede sumergirte en un mar de gloria o enfrentarte a tus peores quimeras.

Tenacidad. Más que una palabra debería considerarse un símbolo al coraje humano. Es la actitud que te obliga de manera tácita a continuar en algo para lo que no conoces el resultado final. Es una promesa del futuro, una posibilidad que puede sumergirte en un mar de gloria o enfrentarte a tus peores quimeras.

Tú sabes bien que habrá un resultado. Lo que no sabes es qué resultado será. Sabes que, de continuar en tu empeño, las cosas pueden salirte mejor que cualquier cosa que pudieras haberte imaginado o convertirse en la peor de tus pesadillas.

No obstante, decides permanecer firme en tu postura y permitir que ocurra lo que tenga que pasar.

Así me sentía yo en esos largos segundos de espera. Finalmente, Martha apareció y, como debes suponer, sucedió exactamente lo que tenía que suceder. Ninguno de los dos sabía de qué se trataba eso de ser novios. Es más, ni siquiera sabíamos de qué hablar.

Como sea, no recuerdo si fue ella o fui yo, uno de los dos inició una conversación pero, para ser honestos, yo no estaba muy interesado en conversar. Yo quería pasar a la acción.

En algún momento la interrumpí y le pedí permiso para besarla. Ojalá pudieras ver la carcajada que tengo en este preciso instante. No sé tú, pero yo, hoy, no pediría permiso para eso.

Ella accedió y –en ese momento-, las estrellas bajaron del cielo y la luna sólo nos sonrió. No sé si sería porque estábamos en las afueras del templo, pero un coro de ángeles inició una melodía cuyo ritmo aún me transporta a un pentagrama de la sinfonía del primer beso.

Jamás podrás volver a experimentar la magia del primer beso.

Sé que nunca habrá un primer beso después de ese y, por ello, el sólo revivirlo en mi memoria es tan grato para mí.

Tomé su rostro entre mis manos y miré su mirada. Ella entrecerró sus ojos y yo la acaricié con mucho cuidado. Mi brazo izquierdo rodeó su espalda y nuestros labios al fin se tocaron.

Fue completamente indescriptible la emoción que sentí en ese momento, pero hoy es como sentir el dulce sabor de la miel al recoger ese recuerdo de mi memoria. Sé que nunca habrá un primer beso después de ese y, por ello, el sólo revivirlo en mi memoria es tan grato para mí.

No supe cuánto duró la magia, pero no importaba. El momento propició llegó justo a tiempo y las cosas no volverían a ser igual para mí.

No fue el único beso esa noche. Para los dos era algo nuevo, algo excitante. . . y algo repleto de la inocencia que lentamente se va perdiendo.

Esa noche, nuestra niñez llegó a su fin. En algún momento nos paramos y comenzamos a caminar abrazados hacia la oficina de telégrafos.

Si pudieras ver mi sonrisa al recordar cómo ella me pidió que dejara de abrazarla cuando estábamos próximos a llegar para que su padre no nos viera.

Más tarde, esa noche, en la oscuridad de la recámara que compartía con mis dos hermanos varones, aunque mis ojos estaban cerrados, mi mente no dejaba de divagar.

Esa había sido la noche que lo cambió todo en lo que llevaba de vida.

Al otro día le conté sobre Martha a mis amigos más cercanos. Quería presumir que ya tenía novia. Algunos se envalentonaron e hicieron como que eso no era noticia para ellos, otros quisieron hacerlo, pero cuando no hubo testigos para ello, me preguntaron cómo se sentía.

No sé a ciencia cierta porqué las mujeres son tan comunicativas pero mi mamá no tardó en enterarse gracias a mi hermana. Fue cuestión de una semana o dos para que mi mamá comenzara a regañarme por andar con Martha.

Yo me sentía bien con Martha, pero mi mamá a cada rato me reclamaba. Me enojaba que hablara de ella de una forma despectiva, burlándose de su físico.

Además, como ya lo había logrado una vez, sentí que podía lograrlo de nuevo y Alma, una de las amigas de mi hermana, apareció en escena.

Alma era una jovencita alta, delgada, muy bonita. A decir verdad, para ella yo no era más que el fachoso hermano de Geno, mi hermana. Ellas dos se burlaban por mi forma de caminar. Decían que parecía un pavorreal, moviendo los hombros al ritmo que movía los brazos al caminar.

A mí me impresionó la belleza de Alma y ya no aguantaba a mi mamá diciéndome que Martha era fea y que merecía algo mejor.

Así que un mal día cité a Martha y terminé con ella. Ella contuvo sus lágrimas y no me dejó ver el impacto que había tenido mi petición en ella y yo, vale decirlo, fui un verdadero imbécil al plantearle las cosas de la manera que lo hice y, más aún, al no percibir el duro golpe que le había dado.

Esa misma noche, cuando la vi, le pedía a Alma que fuera mi novia, pero ella de plano me dijo que no estaba interesada y que ya tenía un novio, mucho mayor que yo, por cierto.

En otras palabras, me quedé como el perro de las dos tortas, si entiendes a qué me refiero.

De la misma manera en que se dieron las cosas anteriormente, mi mamá no tardó en enterarse. Si. De nuevo, gracias a mi hermana.

Ya sabrás lo que ocurrió a continuación. Ahora me hizo un tango con respecto a mi ruptura con Martha. Me dijo que el padre de Martha les reclamó a ella y a mi papá por lo que le había hecho. Me contó que Martha estaba muy mal y que la tarde que terminé con ella regresó a su casa llorando.

Si alguna vez, por cualquier razón que se te ocurra, te has sentido como un gusano, comprenderás como me sentí.

Sin embargo, las cosas esta vez no fueron tan aceleradas como la primera vez. Pasaron varios días antes de que se diera la oportunidad. El momento finalmente llegó y, al encontrarme a Martha le pedí que me permitiera hablar con ella.

Fue vergonzoso para mí, pero era algo que yo sabía que tenía que hacer.

La valentía no consiste en no tener miedo, sino en tenerlo y, aún así, hacer lo que debes hacer.

La valentía no consiste en no tener miedo, sino en tenerlo y, aún así, hacer lo que debes hacer.

La valentía no consiste en no tener miedo, sino en tenerlo y, aún así, hacer lo que debes hacer. Creo que lo has leído o lo has oído más de una vez. A simple vista, parece solo una frase más, sin la mayor importancia. Pero para mí adquirió mucho sentido ese día, cuando enfrenté las consecuencias de mis propios actos.

Martha y yo hablamos de lo que había ocurrido. Le conté de la reacción de mi mamá cuando descubrió que ella y yo éramos novios y para ser franco con ella, porque lo merecía, le conté de mi soberbia al considerar que podía tener otra novia. También le hablé de lo inmundo que me sentí cuando mi mamá me regañó por terminar con ella y, después de mucho hablar, volvimos a ser novios.

Esta ocasión fue diferente. Ya no hubo rupturas explícitas, aunque si se dieron, como era natural, con el transcurrir de los meses. Después de todo, éramos sólo unos niños jugando a ser novios.

Algunas veces, mis amigos me contaban cosas de Martha. Me decían que ella tenía otro novio en su grupo, por la tarde y yo no podía evitar los celos, pero no eran celos como hoy los entiendo, eran otra clase de celos, aunque quizá ese calificativo no sea el más descriptivo para la emoción que me embargaba cuando me contaban esas cosas de Martha.

Verás, por más que lo intenté durante poco más de dos años, yo sinceramente traté de querer a Martha. . . pero no pude. Ella fue mi primera novia, me gustaba besarla y pasar tiempo con ella. Incluso hoy, es uno de los recuerdos más dulces que guardo en mi memoria, pero nunca fui capaz de darle a nuestra relación la misma importancia que para ella tuvo, porque si algo sé, aunque suene soberbio, es que para ella yo fui algo importante.

Dejando la soberbia de lado, lo sé porque la sentí temblar entre mis brazos, sentí como se desmoronaba cuando la besaba, sentí su corazón acelerarse cuando acariciaba su rostro y pude sentirla mía más allá de lo que la inocencia del primer amor se puede permitir.

En cierto modo, todo eso que describo lo sentí yo también, pero no imaginé nunca mi futuro junto a ella y, para ser justo, creo que tampoco ella se imaginó un futuro conmigo, aunque los dos hablábamos de eso. Muchas veces.

Aún hoy me estremecen las noches en que nos encontrábamos en mi casa para ser novios por un par de horas. Recuerdo la escalera que conectaba el piso que daba a la calle con mi vivienda y especialmente los últimos tres escalones para llegar al piso superior, donde Martha y yo permanecíamos abrazados, cumpliendo nuestro sagrado ritual de amor.

Recuerdo las noches en que caminábamos abrazados por las calles, incluso recuerdo cuando –de mala gana-, su papá finalmente le permitió ser mi novia.

¿Cómo podría olvidar esa mirada suya, cargada de una admiración inconmensurable, cuando sus ojos se encontraban con los míos? ¿Cómo olvidar el calor de su piel, cuando acariciaba su rostro o la abrazaba? Jamás mi memoria perderá el recuerdo de su dulce voz diciéndome un “te quiero” al oído.

Hoy, tras una infinitud de anocheceres, cuando el invierno empieza a traer la nieve a mi cabeza, ella sigue siendo la mujer que cambió mi vida.

Otros amores llegaron y se fueron durante esos poco más de dos años que duró mi noviazgo con Martha. Algunos se concretaron, aunque la realidad es que muchos no.

Yo sufrí la transición del niño introvertido al jovenzuelo que quería ser visto como renegado. Mi peinado cambió de la aburrida melena de fines de los setenta al copete que “Grease” puso a la moda. Una chamarra de mezclilla me acompañó a todas partes, aún cuando el calor de Iguala era insufrible y un cigarrillo colgaba inclinado entre mis labios, al más puro estilo de “Dirty Harry”.

Algunos verdaderos amigos me acompañaron durante todo el trayecto y otros se convirtieron en conocidos que acudían a mi casa por las tardes, pues mis padres nos dejaban completamente solos a mis hermanos y a mí, convirtiendo mi casa en el lugar perfecto para hacer cuanta travesura se nos ocurría.

Tuve nuevos amigos y, uno de ellos, fue un mozalbete conocido como “el loco”. Junto a él viví toda clase de aventuras.

Es difícil describir qué hizo del loco mi mejor amigo. La principal razón para juntarnos fue que siempre jugábamos a pelearnos. Junto a él brinqué la barda de la secundaria, sólo para terminar yendo a otra secundaria, dizque a conquistar chicas.

Otras veces, nos quedábamos afuera, en la plaza que se encontraba frente a la secundaria, sólo para perder el tiempo vagando por las calles.

Una vez, sin más, nos fuimos caminando por la carretera hasta llegar a Taxco y regresamos de la misma manera a Iguala.

Esa ocasión, compramos algo de gasolina y juntamos algunas botellas vacías de cerveza. Durante el trayecto, por la carretera, hicimos bombas molotov que, con la más patente negligencia, arrojamos a la carretera.

Hoy, por supuesto, me parece una aberración, pero entonces era algo que nos divertía.

Como es de esperar, pronto me gané la fama de rebelde y me convertí en el muchacho malo de la escuela. Muchos me odiaron e hicieron cuanto estuvo a su alcance por evitarme, pero otros se sentían atraídos por mi falta de garbo.

Desde que estaba en Taxco me interesé por el fisicoculturismo y el ejercicio se volvió habitual en mí. Dado que cuando estaba en la primaria fui el objetivo principal de las burlas y las bromas de mis compañeros, aprendí algo de artes marciales y eso no hizo sino alimentar la leyenda.

Para cuando estaba en mi último año de la secundaria, mi cuerpo ostentaba ya tímidos músculos y, de alguna manera que entonces no comprendía del todo, eso le llamaba mucho la atención a algunas chicas.

Es decir, los músculos obviamente tenían su atractivo, pero el hecho de aparentar rebeldía, tomar cada oportunidad que se me presentaba para pelearme con alguien e imponer mis propias reglas, era lo que les atraía a algunas chicas de mí.

Martha siguió siendo mi novia hasta que se aburrió. Un buen día, supe que ya tenía otro novio y nos distanciamos finalmente pero, para ser sincero, en esa época no invertía mucho tiempo pensando en eso.

Una cosa que me encantó de la época fue el taller de estructuras metálicas. Me gustaba porque trabajar con fierros me hacía más musculoso y, si a esto añadimos que el taller colindaba con los talleres de cocina y de belleza, el atractivo por ese taller en particular era mayúsculo.

En el taller de belleza conocí a una chica rubia muy bonita a la que coqueteé con descaro y no conseguí más que un palmo de narices.

No sé en verdad si ella se llegó a interesar en mí. A mí me parecía que sí, pero nunca intenté un acercamiento con ella. Sin embargo, siempre que podía, trataba de hablar con ella. Es decir, platicábamos, bromeábamos, pero nunca di el siguiente paso.

¿Por qué? Simplemente porque en esa época estaba muy verde. Si algo me aterraba era interactuar con las mujeres. Me encantaba lucirme, eso sí, pero les tenía terror.

Era más fácil para mí relacionarme con chicas que no me gustaban, que hablarle a las chicas que si me gustaban.

La peor manera de perder oportunidades es escuchando a tu autoestima.

No voy a decir que cuando tenía esa edad era una especie de Hércules, pero hacía ejercicio antes que cualquier otra cosa y era un joven fornido.

Ahora que lo veo con la óptica de un hombre maduro, sé perfectamente que el físico no exactamente es el gatillo que dispara la atracción sexual, sino, más bien, el lenguaje no verbal y yo siempre transmití las señales correctas, pero nunca me percaté de ello.

Me empeñé en subestimar mi apariencia y no caí en cuenta de que tenía a mi alcance todo cuánto necesitaba.

Sin saberlo, todo ese conjunto de pequeños detalles jugaban a mi favor, pero vivía hipnotizado por el letargo de la autoestima.

Si algo tuvo Martha para mí en su infinita generosidad, fue una paciencia destacable. Ella bien pudo ser la primera en mi vida y sí, estoy hablando de sexo. Pero no lo fue.

Una noche, fuimos a mi cuarto y comencé a besarla. Una hoguera se encendió en mí y mi pasión se desató de manera incontrolable. Yo insistí en hacerla mía, pero ella se negó cuánto pudo.

Es en álgidos momentos cuando adquieres consciencia de los parámetros que moldean tu existencia.

En un momento dado, entendí su “no”. Verás: mi cuerpo pedía sexo a toda costa y el control de mi cuerpo se lo había cedido por completo a mi pene. Llegó un instante en que sabía que la estaba forzando y que le hacía daño, pero mis hormonas en ebullición no me permitían darle la importancia que mi consciencia luchaba por hacerme ver.

De pronto, como si alguien hubiera vaciado un balde de agua fría sobre mi espalda, su “no” adquirió sentido. No del todo, pero lo suficiente para decidir que lo que estaba haciendo estaba mal.

En ese momento no lo entendí del todo, pero comprendí que no significa no y dejé de acosarla. Sin embargo me sentí enojado con ella por no acceder a mis ansias. Creo que ese fue el principio del fin de nuestra relación.

Pasarían todavía algunos años antes de mi primera vez. Mientras tanto, varias chicas entraron y salieron de mi vida. A muchas de ellas las dejé pasar de largo tan sólo porque me aterraba la idea de ser despreciado.

En muchas de ellas vi un poco de lo mucho que tuve con Martha. En cierta forma, esa fue la razón por la que me sentí atraído por ellas. Pero el desencanto nunca tardaba y llegaba justo cuando me daba cuenta de que no eran Martha.

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