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Capítulo 09. El incidente.

- ¡Gaby, estoy muy emocionada! – Le confesé a mi amiga.

- Cuéntame, ¿cuál es el motivo de tu emoción Lucy? – Preguntó curiosa.

- Acabo de recibir buenas noticias del ginecólogo, ¡estoy embarazada! – Dije sin poder contener la alegría que sentía inundando mi ser.

- ¡No puedo creerlo! – Exclamó sin poder contener su sorpresa. – ¿Tú? ¿La adicta al trabajo? ¿Embarazada? – Dijo con ironía. – ¿Ya pensaste en la manera que esto cambiará tu vida? – Preguntó.

- Si. No es un evento fortuito, ¿sabes? En realidad, hace meses que había venido pensando en la posibilidad.

- ¿Ya lo sabe Lucas? – Preguntó curiosa.

- ¡No! ¡Aún no se lo he dicho! – Confesé.

- ¿Cómo? – Preguntó atónita.

- Bueno, te dije que recién me enteré. – Reiteré.

- ¡Pero se lo dirás! – Insistió.

- ¡Claro! ¡En su momento! – Aclaré.

* * *

Mónica y yo nos habíamos dado a la tarea de averiguar que ocurría con otras réplicas buscando un patrón que mostrara el mismo tipo de conducta que Lucas virtual había exhibido.

Aparentemente, el comportamiento de mi ego virtual no presentaba precedentes ni paralelismos. Las demás réplicas se comportaban normalmente. Ninguna presentaba desviaciones importantes que pusieran en evidencia cambios evolutivos desarrollados voluntariamente, aunque en manera moderada se habían detectado algunas de tales desviaciones.

Parecía que, una vez introducidas en el ciberespacio, las réplicas tendían a evolucionar de manera natural al saberse fuera de su cuerpo físico. Quizá tales modificaciones en su comportamiento se debían a un ajuste necesario, producto del cambio de entorno.

Aunque inicialmente no lo habíamos notado, pronto descubrimos que ocurría con las demás réplicas el mismo tipo de fenómeno que habíamos observado en Lucas virtual: una vez en el ciberespacio, las réplicas se tornaban más exigentes y selectivas con relación a la carga emotiva presente en la entrada de nuevos patrones, aunque en una mucho menor escala que en el comportamiento exhibido por Lucas virtual.

Comprobamos también la capacidad de las réplicas para entablar nexos de comunicación con el mundo real y lo aprovechamos para indagar en los motivos de cada una para seleccionar el patrón de impulsos que finalmente integraban en su configuración.

El común denominador era que la información producida por los sentidos humanos se volvía irrelevante una vez en el ciberespacio.

Otra cosa que comprobamos fue que aunque existían mínimas diferencias entre el ego virtual y el ego real, parecían a gusto con la coexistencia y no mostraban signos de aspirar a ser considerados entes independientes del ego real del que procedían.

Esa reacción –presente en toda réplica analizada-, parecía tener su fundamento en que, una vez obtenida una réplica funcional, la irrelevancia de los sentidos humanos les permitía proceder con una objetividad mayor, apegada a la lógica.

En realidad, nos encontrábamos a una distancia abismal de ser capaces de explicar esa aparente apatía hacia el mundo real, pero recién intuíamos  que podría deberse a la carencia de sentimientos que influyeran en sus decisiones, matizándolas con los intereses humanos que han dado lugar a las más terribles calamidades padecidas por nuestra especie y a la más sutil genialidad subyacente en la pasión humana.

Horas después, me encontraba sólo organizando la información que habíamos recopilado durante la jornada y regresé a mi oficina para tabular los resultados. Al llegar, note un sobre grande y de color amarillo sobre mi escritorio. Para nada parecía uno de esos sobres con correo interno que circulaban a través de las diferentes oficinas de Argus. Decidí abrirlo para conocer su contenido.

Odié lo que encontré. Eran una serie de fotografías en las que claramente podía ver a Lucy haciendo el amor con Josafath. Al llegar a la última, encontré una breve nota en la que simplemente se leía: “Te lo pregunté una vez ¿Puedes vivir con esto?”. No era necesario indagar más. Estaba visto que el autor de esta canallada era Josafath.

Lejos de producir mi desconfianza en Lucy, me pareció que todo esto no era más que un ardid cuyo autor era un hombre despechado que buscaba por todos los medios cobrar su venganza, pero no había dudas, la de las fotos era Lucy.

No obstante lo incómodo de la situación, decidí permanecer en calma y, más tarde, cuando llegué a la casa, le mostré las fotos a Lucy. Ella se mostró tan sorprendida como enfurecida.

No tenía motivos para dudar de Lucy, a pesar de las fotografías. Yo sabía bien que ella era incapaz de algo así, más que nada por lo mucho que le irritaba la presencia de Josafath. Además, era evidente que bien podía tratarse de fotos trucadas de alguna manera.

- No puedo creer de lo que es capaz este imbecil. – Dijo  iracunda. – ¿Tú crees esto? – Me preguntó.

- En realidad no. – Le dije. – Admito que, inicialmente, me sorprendió verte en estas fotos, pero supuse que es alguna especie de fotomontaje. – Le aseguré.

- Lucas, es que hay más cosas que tengo que decirte. – Dijo con un temor visible en su rostro.

- ¡No me digas que . . . ¡ – No me atreví a terminar la oración.

- ¡No! ¡No! ¡Por supuesto que no! – Dijo ella como queriendo borrar cualquier sospecha que comenzara a anidar en mi corazón.  – Es que, no se como decírtelo. – Dijo, sin atreverse a hablar.

- Lo que sea, dímelo, me tienes en ascuas – Demandé.

- Estoy embarazada. – Dijo. No supe como reaccionar. La sorpresa me dejó mudo. Todo un cúmulo de emociones se agolpó de pronto en mi cerebro. Ese momento que tantas veces desee, por fin había llegado.  Siempre me imaginé a mí mismo brincando de alegría, gritando como loco e inmerso en una felicidad inmensurable. Pero me quedé ahí, congelado, sin saber como reaccionar, sin recordar siquiera el incidente con las fotografías.

- Dime algo – exigió –, ¿o es que acaso ahora dudas de tu paternidad? – Preguntó.

- ¡Claro que no, mi amor! – Le confesé, intentando tranquilizarla. – Por supuesto que no. Es sólo que dejé de esperar que esto ocurriera alguna vez. Simplemente, tomé como un hecho que tú no querías tener hijos.

- ¡Mi amor! – Dijo enternecida. – Yo nunca dije que no quería – aclaró -, lo que dije fue que no me sentía preparada entonces. Pero a raíz de todo lo que pasó y cuando vi finalmente que tú estabas dispuesto a apoyarme y a ponerte en mi lugar, cuando descubrí que, pese a todo, a pesar de lo mucho que te costó, hiciste a un lado tus dudas por creer en mi y darme una oportunidad, de pronto supe que el momento había llegado. – Explicó con profundo amor reflejado en su mirada.

- Gracias hermosa – dije -, es la mejor noticia que me has podido dar. ¡Estoy feliz! – Dije, no pudiendo contener más la alegría que surgió en mi ser al escuchar tan fascinante noticia.

- Pero eso no es todo – continuó -, hoy ocurrieron otras cosas amor. – Dijo, abriendo las puertas a la expectativa.

- ¿Qué más sucedió? – Le pregunté.

- El señor Natsukawa me informó que, a partir de hoy le reportaré a Josafath. – Dijo.

- ¡Vaya! El tipo no deja de acosarte. – Expresé mi punto de vista.

- Lo mismo pensé yo. Amor, estoy pensando en renunciar. – Confesó.

- No amor, no lo hagas – dije, apoyándola -, ¡no te rindas! – Supliqué.

- Es que va a aprovechar cualquier pretexto para acosarme. Él sigue insistiendo a pesar de que se había controlado después de aquel encuentro. – Me informó.

- No sabía eso último. – Confesé. – Pero, de cualquier modo, no creo que tú debas ceder sólo porque el imbecil ese se siente dueño del mundo. – Insistí. – Hagamos una cosa – propuse -, hablemos con él, en privado. Expongámosle que sus burdas tretas no han tenido el impacto que él esperaba. Aclarémosle que no estamos dispuestos a seguir su juego y hagámosle ver que tenemos pruebas de que te está acosando. – Expuse.

- ¿En serio crees que así se arreglarán las cosas? ¡Ni siquiera sabes de cierto que él fue quien te hizo llegar estas fotos! – Dijo con toda lógica.

- Es cierto. – Acepté. – Tienes razón.

- Por eso es que prefiero renunciar, amor. – Insistió.

- Cielo, no creo que debas hacerlo. Si lo haces, él habrá ganado y, además, no creo que así vaya a dejarte en paz. Simplemente, no da muestras de querer dejarnos en paz.

- Tienes razón. – Aceptó. – ¡Esta bien! Seguiré en el trabajo, pero reconsideraré las cosas cuando nazca Diana Evelyn. – Dijo.

- ¡Diana Evelyn! – Repetí. – Me gusta ese nombre. – Concordé.

Después sólo comenzamos a hacer planes para el nacimiento de nuestro bebé. Nada parecía poder hacer sucumbir nuestra unión.

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