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Capítulo 07. El encuentro.

Lucy se encontraba en su oficina ocupada en su trabajo. Como ya se había convertido en costumbre, Josafath llegó repentinamente.

- ¡Por fin se te hizo verme de nuevo, muñeca! – Dijo en su acostumbrada soberbia.

- ¡Hola Josafath! – Respondió Lucy respondiendo en el mismo tono.

- ¡Hum! Veo que voy progresando. – Respondió él.

- Yo diría, más bien, retrocediendo amigo. – Contraatacó Lucy.

- No comprendo. – Confesó Josafath.

- ¿Creíste que siempre ibas a mantener baja mi autoestima con esa táctica tuya de imponer tus necesidades frente a las mías? – Le dijo ella asestando un golpe bajo.

- ¿A qué te refieres? – Contestó él sin comprender aún el cambio de actitud de Lucy.

- ¡Vaya! ¡Jamás imaginé que debería explicártelo con peras y manzanas! – Dijo Lucy retomando el control en un tono abiertamente sarcástico.

- ¡Rebelión a bordo! – Se limitó él a contestar.

- Claro, se trata de un motín. – Dijo ella sin bajar la defensa.

- ¿Quieres explicarme de una vez ese repentino cambio de actitud? – Demandó él.

- Los tipos como tú, Josafath, pretenden bajar la defensa de las damas atacando a su autoestima. Llegan, se imponen y arremeten de la única forma que su enorme ego les permite. – Explicó ella. – Suponen que el mundo les debe todo y se embelesan en su falso pedestal creyendo que todo mundo debe caer rendido a sus pies. – Continuó. – Pues bien, amigo, ¡ya no más! Tu juego acaba de terminar. Al menos conmigo.

- ¡Vaya! ¡Vaya! Pero olvidas una cosa, querida. – Retó a Lucy mientras asumía una postura mucho más abierta, mucho más dominante.

- Según tú, ¿qué olvido? – Preguntó Lucy, dando lugar a que Josafath reiniciara su burdo juego.

- Olvidas que te estremeciste casi deshaciéndote entre mis brazos cuando te besé antes de tu viaje. Olvidas la atracción que sientes hacia mí. Olvidas, simplemente, que tú eres mía. – Dijo él, saboreando su dominio.

- ¿Sabes? – Respondió Lucy. – Creo que serías un excelente psicólogo. Veo una habilidad innata en ti para captar detalles que mucha gente pasa desapercibidos. – Dijo ella.

- Así es. – Contestó, lacónicamente.

- Excepto un detalle muy importante que estás pasando por alto justo ahora. –  Completó Lucy.

- ¿Ah si? – Preguntó él. – Según tú, ¿cuál es ese detalle?

- Que ya descubrí tu juego. Que ya sé en qué consiste tu carisma. Que nunca me has tenido, como tú crees. – Él soltó una carcajada bien contenida.

- Ya veo. Te despegas de mí unos días y ya sientes que ya no me necesitas. Pero se te pasará. Aquella noche, no quisiste oponer resistencia a mi beso.  – Afirmó él.

- Lo sé. – Respondió Lucy. – En verdad lo sé y te confieso que así fue precisamente como me sentí en ese… fatídico momento. – Agregó.

- ¿Fatídico, eh? – Exclamó él.

- Si. Fatídico. Para mí fue un instante de flaqueza. Me rendí ante un sentimiento que me superó y cedí a tus pretensiones sin oponer resistencia. – Confesó ella. – Debo reconocer que sabes besar a una dama. – Añadió.

- ¡Por supuesto! Esa es mi especialidad. – Respondió arrogante.

- Me desmorono ante ti, ¡sí! ¡es cierto! – Dijo ella motivándolo a continuar su juego. Sobra decir que él se sentía ya ganador.

- Eso lo supe desde el principio. Desde la primera vez que te vi pude percibirlo. – Confesó él.

- Pero no te amo. – Remató ella.

- Lucy, yo no te estoy pidiendo amor. Eso me sobra al grado que me fastidia. – Dijo él. – Lo que yo quiero es sexo. – Confesó abierta y llanamente. – Quiero que seas mi amante. Ni siquiera te pido que dejes a Lucas. ¿Por qué no terminas de ceder y lo disfrutas? A parte de que será una experiencia agradable para ambos, te irá bien. Puedo prometértelo. – Expuso descaradamente.

- Jamás dejaría a Lucas por ti. Además, él ya lo sabe.  ¡Lo sabe todo! – Confesó finalmente Lucy.

- Eso facilita las cosas. – Se limitó el a decir.

- A ti te las complica y eso es precisamente lo que tú no puedes comprender. – Dijo ella.

- Y… ¿cómo habría eso de complicarme las cosas a mí? ¿Acaso voy a tener que enfrentar en cruenta lucha a un marido celoso? – Cuestionó Josafath.

- Lucas difícilmente te pondría una mano encima. – Aseguró ella.

- ¡Claro! ¡Claro! Olvidaba al geniecillo ese, el ratón de biblioteca con coeficiente intelectual de súper genio. – Se burló. – Una de dos: o es un completo cobarde, o de veras es tan inteligente como para darse cuenta de  que no conviene interponerse. – Adivinó. Lucy bajo la mirada sonriendo con lástima.

- Por lo que veo a ti la madre naturaleza te negó hasta el coeficiente intelectual de un simio. – Respondió ella, humillante.

- ¡Quizá! – Especuló. – Pero tengo lo que Lucas no tiene. Te tengo a ti. – Aseguró destilando soberbia.

- Las hormonas están destruyendo tu cerebro… o, lo que queda de él. – Dijo Lucy sin poder evitar una sonora carcajada ante su sarcástico comentario. – Lucas es por mucho, más hombre que tú. Pero tienes razón en algo. Él no me tiene, como tampoco me tienes tú. No soy un objeto. No le pertenezco a nadie, como no sea a mí misma. La diferencia entre tú y Lucas es que él tiene la suficiente inteligencia para comprender ese sencillo concepto. Tú… te acuestas a dormir entre tus laureles. – Concluyó.

Josafath comenzaba a sentirse desarmado.  Pero no era de los que tiran la toalla. No iba a evidenciarse a sí mismo.

- Admito mi derrota. – Dijo sin amilanarse. – ¡Bien por Lucas! – Se burló.

En eso se abrí la puerta y entré.

- Hola amor. ¿Cómo te va? – Saludó.

- Hola cariño. – Respondió Lucy, poniéndose de pie y dirigiéndose hacia mí. Besó mi mejilla y agregó: – Lucas, quiero presentarte a Josafath. – Dijo, introduciéndome.

- En verdad me encantaría poder decir que es un placer. – Dije, retador.

- No te preocupes, Lucas. Eres bien correspondido. – Dijo Josafath.

- Y… dime, Josafath. ¿Haz comprendido que lo que Lucy yo tenemos supera a todos los Josafaths del mundo? – Pregunté sin bajar la guardia. Josafath entrecerró los ojos mientras sonreía y hacía ademán de negar con el mismo tipo de lástima que se siente ante un necio.

- Tú puedes tener su amor, pero a mí me desea ¿podrás vivir con eso? – Dijo y salió de la oficina de Lucy.

Fue embarazoso, pero al fin las cosas tomaban su lugar. Finalmente, Lucy y yo pudimos reconstruir nuestra relación a partir de los pedazos en que se había destrozado.

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