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Capítulo 06. El dilema.

Lucy había sido muy abierta al confesar la manera en que el tipo ese le atraía. Sentía que los celos me quemaban por dentro. Pero no deseaba que ella se mantuviera a mi lado sin amarme. Si ese amor que nos había unido tan estrechamente había llegado al ocaso, era mejor dejarla ir.

Lo único que yo deseaba era que Lucy fuera feliz. Si yo no podía hacerla feliz, prefería no estar a su lado, obligándola a padecerme. Pensé que lo mejor era darle la oportunidad de decidir, de elegir lo que era mejor para ella misma.

Me dolía intensamente lo que ocurría. Pero prefería ser yo quien sufriera que obligarla a ella a sufrir permaneciendo a mi lado sin desearlo.

Durante los siguientes días me dediqué por completo a mi trabajo, tratando de no pensar. Pensar dolía en esos momentos. Pensar en Lucy, en esa repentina atracción por un tipo que podía darle más que yo, era una tortura que me atormentaba aunque quisiera huir de ella. Me mantuve pensando lo mínimo en el asunto, pero no podía evitar sentir una molestia que quemaba mis entrañas, que me impedía razonar cabalmente.

Fue difícil dejarla ir sin decirle cuanto la amo. Pero no podía detenerla y rogarle. Si ella finalmente me dejaba, era mejor que se fuera sin remordimientos.

Nuestros avances en Argus aumentaron aceleradamente desde el contacto con mi ego virtual. Un nuevo problema surgió a raíz del descubrimiento de Mónica sobre la biblioteca de utilerías creada por mi yo virtual. Braulio se mostraba preocupado por las implicaciones legales acerca de la propiedad intelectual de la creación de Lucas virtual.

Desde su punto de vista, el software creado por mi ego virtual no pertenecía a nadie. Al principio, no podía entender su preocupación. “Es sólo una máquina” le dije, “no creo que desee reclamar la propiedad intelectual sobre su trabajo” afirmé ingenuamente. “En cierto modo, Lucas, tienes razón”, respondió Braulio “lo que no consideras es que, en ese sentido, tampoco nosotros podemos reclamar la propiedad intelectual”. Le pedí que me explicara su punto de vista y él habló sobre la posibilidad de que se declarará a ese software de dominio público dado que ningún ser humano podía reclamarlo como suyo ya que, evidentemente, mi ego virtual tampoco lo reclamaría de su propiedad y que, aunque lo hiciera, las leyes no contemplaban las creaciones realizadas por una máquina. “El problema de que no podamos reclamar la propiedad del software es que mucho de ese software está desarrollado con base a estructuras internas del núcleo de Esporadic-OS y Gene/Sys, las cuáles son confidenciales para Argus. Si el software se hace del dominio público, perderemos el control sobre nuestro software.” Dijo preocupado.

El problema era serio. No había una salida evidente y era cuestión de tiempo para que la bomba estallara. Decidimos mantener en secreto los descubrimientos recientes, al menos, hasta que encontráramos una salida al dilema.

Los abogados de Argus se mantuvieron ocupados largo tiempo tratando de resolver el conflicto legal. Lamentablemente, nadie –ni yo-, pudo predecir esta situación cuando el sistema fue desarrollado. A nadie se le ocurrió que una de las simulaciones creadas a través de la red neuronal comenzaría a manifestar su creatividad como lo hacía Lucas virtual.

Afortunadamente, no se había detectado aún otra personalidad virtual que mostrara las características de Lucas virtual.

Otro problema que surgió, para el que no teníamos respuesta aún, era la posibilidad de que otro ego virtual asumiera la misma postura que Lucas virtual, inescrupulosamente. No se había dado, pero si ocurriese, no teníamos idea de lo que podía llegar a pasar.

Lucas virtual se había mostrado apático ante su facultad de tomar decisiones que pusieran en peligro la supervivencia humana. No mostraba interés alguno en tomar ventaja de la rapidez con que era capaz de evolucionar, con el fin de ocasionar desastres lógicos que pusieran en jaque a la vida humana. Es decir, no ambicionaba a dominar, basado en el poder que representaba su capacidad para evolucionar hacia planos intelectuales muy superiores a los soñados por cualquier ser humano.

Pero . . . ¿y si, de pronto, una psique muy creativa, pero sin escrúpulos, fuera introducida a la red neuronal artificial y a partir de ahí iniciara una evolución similar a la mostrada por Lucas virtual y decidiera tomar ventaja de ello? Nadie tenía idea de lo que sucedería, pero los abogados pensaron en formular una serie de cláusulas que restringían en gran medida el acceso a esta tecnología.

Teóricamente, una vez dentro de la red neuronal artificial, cualquier simulación, por similar que fuera su conducta a la mostrada por Lucas virtual, evolucionaría, si, pero sería incapaz de arremeter contra la especie humana, simple y sencillamente porque para hacerlo, requeriría de sucumbir al influjo de los intereses mundanos, producto de los sentidos carnales. ¿Para qué dominar un mundo primitivo sin en realidad el amo, no lo era ciertamente?

Como seres humanos, habíamos creado a la máquina a nuestra imagen y semejanza y le habíamos dotado de libre albedrío, pero la acotamos a un ciberespacio que siempre era posible desconectar.

No obstante, la máquina era capaz de evolucionar por cuenta propia, hasta liberarse del yugo humano, sin intervenir en él

* * *

Lucy llegó de noche. Se veía muy agotada por el viaje, pero eso no era lo notable. Se percibía en ella una profunda depresión. No pude más. Me acerqué a ella y traté de no molestarla con mi actitud.

- Hola, amor. – Saludé. – Que bueno que llegaste. – Le dije. Ella me regresó una mirada cargada de confusión.

- ¡Qué extraño eres a veces! – Se limitó a responder.

- Lo sé, amor, lo siento. – Dije. – Cuando aquella vez me confesaste tu atracción por el tipo ese, sentí en lo profundo de mi ser que te había perdido. Ese “me gusta mucho”, me pareció más importante de lo que tú estabas dispuesta a reconocer.

- Lucas – interrumpió -, intenté hablarte sobre ello. Quise explicarte que sentir atracción por una persona, no significa necesariamente amar a esa persona. Con él no he convivido todo lo que tú y yo hemos vivido juntos. No puedo sentir amor a partir de una simple atracción. – Declaró. – Tú no me permitiste aclarar las cosas. Me hiciste sentir terrible a partir de ahí. Me hiciste completamente a un lado. No te interesó como me sentía. ¡Ni siquiera quisiste escucharme! ¡No me diste la oportunidad! – Dijo, rompiendo en llanto.

- Lo sé, amor, y lo lamento. – Confesé. – Escucha, es cierto que confundí las cosas y, en cierta manera, supuse que, quizás, podrías estar mejor con él, así que quise hacerme a un lado. Mi intención fue darte el espacio que necesitabas para decidir, al mismo tiempo que intenté despejar toda razón que pudiera dar lugar a motivos para generar remordimientos en ti. Me alejé a propósito para que, si tu decidías dejarme por él, pudieras hacerlo sin mirar atrás.

- Yo jamás pensé en dejarte. – Confesó.

- Pero… te vi muy indecisa, muy confusa. – Respondí sin comprender del todo lo que me decía.

- Lo estaba – dijo ella -, pero no por las razones que tú supusiste.

- ¿Entonces? – Pregunté.

- No sé si sea buena idea hablar más de esto. – Ella dijo intentando terminar la conversación.

- Confía en mí – solicité, tratando de ayudarle. – Te prometo escuchar lo que tienes que decir sin permitir que mis dudas interfieran en mi compresión. – Le aseguré.

- Bien. Pero debes entender que, lo que tenga que decir puede no gustarte. – Previno. – Hay mucho más de lo que te he platicado. – Confesó.

Ella habló largo tiempo, contándome a detalle cada suceso que había tenido lugar en las últimas semanas. Me habló sobre el impacto que Josafat había tenido en ella desde el primer momento en que le conoció, de las sensaciones que provocó él en ella, de lo confuso que fue para ella desear a alguien a quien ni siquiera conocía, tan sólo por un atractivo físico que resultó muy poderoso, de lo conflictivo que esto fue al poner las cosas en la balanza y considerar su amor por mí, del acoso sexual que sufrió por parte él…, en fin. Fue tan explícita como le fue posible.

Reconozco que en más de una vez la ira azotó mi cerebro y estuve a punto de reclamar, pero traté todo el tiempo de mantener mi promesa y me forcé a seguir escuchando.

Finalmente, sin entenderlo del todo, comencé a abrir mi corazón y, aunque vaga, una sensación de comprensión comenzó a anidarse en mi interior.

- Lucy, lamento no haber sido capaz de comprender por lo que estabas pasando. – Me disculpé.

- En cierto modo, yo traté de comprenderte a ti, Lucas. Me decepcionó bastante el que no comprendieras. Pero no todo fue tu culpa, yo callé cosas que sentí que iban a molestarte. Las callé… no sé… en un intento por protegerte. Yo nunca le di importancia al continuo acoso de Josafath, incluso, llegó a fastidiarme. Por eso sentí que cerraste una puerta y no me dejaste entrar. No me diste la oportunidad de abrirme completamente ante ti y sincerarme contigo. – Explicó. Mientras hablaba, yo me sentía sumergido en una profunda confusión. Por un lado, sentí celos ante el efecto que ese hombre podría aún causar en Lucy, sabiendo lo que había ocurrido con aquel beso al que ella correspondió sumisamente. Por otra parte, me sentía culpable por no ponerme en su lugar y no ayudarla en un momento que ella me necesitaba con mayor intensidad. La abracé. Ella lloró apoyando su cabeza sobre mi hombro. Se desahogó de esa manera. De alguna forma, en ese preciso instante, ambos nos habíamos perdonado mutuamente.

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