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Capítulo 05. La cena.

Había pasado casi una semana desde aquella reunión que me perturbó tanto. La confusión que todo esto me provocaba era muy intensa, así que decidí dedicarme de lleno a mi trabajo tratando de distraer mi mente de ese cúmulo de emociones conflictivas que se encontraban en plena pugna en mi interior. Un icono parpadeante me informó sobre la llegada de un nuevo correo electrónico. Lo seleccioné para abrir mi correo y me encontré con un mensaje de Josafath.  Lo abrí. El mensaje decía:

“Apreciable señorita Cheng,

Me encuentro apenado por mi grosería de hace unos días, al portarme tan cortante con usted. Por supuesto que me gustaría saber más… de usted. Me pregunto si aceptaría cenar conmigo para que continuemos esa presentación que quedó a medias el otro día y, por supuesto, para compensarla por mi arrogancia.

Suyo,

Josafath.

Esto era más de lo que podía soportar. Ya bastante tenía con mis sentimientos encontrados y, ahora, este tipo quería jugar al galán conmigo. No es que fuera una idea que me desagradara del todo pero, en primer lugar, yo sostenía una relación muy estable con Lucas y no deseaba modificar las cosas de una manera que me produjera cualquier tipo de arrepentimiento futuro. Por otra parte, no lo consideraba apropiado dado que existía ya una relación de negocios y, cualquier asunto personal que se mezclase no sólo era inoportuno, sino que improcedente. Además, yo no me sentía segura de lo que sentía. Si, el tipo era muy atractivo, pero yo no le conocía. No podía entender que era lo que le hacía tan atractivo ante mí. No quería enamorarme ahora. Sería terriblemente complicado y, además, no era la manera en que yo sentía que las cosas debían ocurrir. Decidí, responder a su correo, así que comencé a escribir:

Señor Manrique,

Ante todo, deseo que sepa que agradezco profundamente su disculpa. La verdad, me sentí un poco ignorada el otro día, pero comprendí que alguien como usted, es una persona muy ocupada, así que quiero que sepa que lo entiendo y que para nada lo tomé como algo personal.

Con gusto me reuniré con usted en cualquier momento que a usted le parezca pertinente en la oficina, dentro de mi horario de trabajo. Lamento que no pueda ser de otra manera, pero comprenderá que tengo una serie de actividades personales que realizar, que me impiden aceptar su propuesta.

A sus órdenes,

Lucy Cheng

Gerente de Logística y Exportaciones.

Presioné el botón de enviar y decidí olvidar el asunto.

Las cosas siguieron su curso normal y, un par de días después, al llegar a mi oficina me sorprendí al encontrarla adornada por completo con todo tipo de flores. Estaban en todas partes. Arreglos de diferentes estilos inundaban con dulces fragancias mi privado. De pronto, noté un pequeño papel sobre mi escritorio. Decía: “No admitiré un no por respuesta. Mi chofer pasará por usted a las 6. Josafath”.

Esto estaba llegando al límite. En verdad, me sentía muy halagada de que alguien como Josafath pusiera tanto interés en mí, pero era el tipo de cambio que no deseaba en mi vida. Tanto interés sólo me provocaba mayor confusión. Una parte de mí deseaba sinceramente acudir a la cita y dejar que el destino escribiera las siguientes escenas por sí solo. Por otro lado, sabía que amaba a Lucas y no deseaba que un desliz de mi parte le apartara de mí. De por sí, las cosas eran ya distintas entre él y yo. A veces demasiado complicadas pero, si seguía a su lado es porque le amaba profundamente. Es cierto, me sentía muy atraída hacia Josafath, pero no le amaba. Era sólo que resultaba muy impresionante ante mis ojos, pero su forma de conquistarme me hacía sentir subestimada.

Decidí buscarlo. Afortunadamente pude encontrarme con él en el preciso instante en que se dirigía hacia la oficina de Natsukawa. Apresuré el paso para subir en el mismo ascensor. Había un par de personas en la caja del elevador además de nosotros. Sólo deseaba que, al llegar al piso donde se encontraba la oficina de Natsukawa, encontrara el momento de estar a solas con él. Para mayor fortuna, los otros ocupantes bajaron un par de pisos más arriba y nos quedamos solos.

- ¡Excelente día! – Dijo él sonriéndome provocativamente mientras observaba mi rostro.

- Es un día bonito, si. – Respondí lacónicamente. – Señor Manrique, quiero agradecerle su atención al llevar todas esas flores a mi privado . . .

- ¡Ah! ¡Lo notó! – Dijo, haciéndose el desentendido.

- Por supuesto que lo noté. – Dije. Comenzaba a irritarme. – ¿Cómo no notarlo si cubrió todo el lugar con ellas? – Le reclamé.

- Ahora sé que no dejará de pensar en mí. – Dijo simplemente.

- Señor, creo que está confundiendo las cosas. – Dije. – Yo no estoy interesada en aventuras, su conducta es impropia, es acoso y puedo demandarle por ello. – Le expresé lo más abiertamente posible. – Le suplico que deje de molestarme así. Puede contar conmigo siempre que sea por negocios. Para nada más. – Dije finalmente. La puerta del ascensor se abrió en ese momento y salí, dirigiéndome a la escalera de emergencia. Mientras lo hacía, noté a Natsukawa acercarse a saludar a Josafath. Me saludo de paso y yo respondí a su saludo. Luego, desaparecí tras la puerta que conducía a la escalera de emergencia.

- ¿Sucede algo con Lucy, señor Manrique? – Pregunto Natsukawa intrigado.

- ¡Nada! – Aseguró Josafath. – Sólo que esa chica es mía. – puntualizo mientras sonreía cínicamente.

 * * *

Pasaron algunos días antes de volver a ver a Josafath. No deseaba verlo, pero tuve que hacerlo eventualmente debido a cuestiones laborales. Nos reunimos una tarde sin la presencia del señor Natsukawa y discutimos sólo aspectos relacionados con mis actividades. Esta vez, se tomó el tiempo para discutir a detalle los proyectos de los que le había hablado y me pidió que explicará profusamente cada detalle.Sugirió algunas ideas que me parecieron muy brillantes y las integramos a nuestra proyección. Al terminar la reunión me pidió un momento:

- Señorita Cheng, quisiera disculparme por mi conducta pasada. Creo que invadí claramente su intimidad sin tomar ninguna clase de consideración hacia usted, pero no pude evitarlo. Desde el primer momento sentí en usted cierta atracción hacia mí que me hizo creer que tenía alguna oportunidad. – Explicó.

- ¡Espere, si esto es una disculpa va muy mal! – Exclamé.

- Mucho me temo que no le comprendo. – Confesó.

- ¿Usted sugiere que puede leer mi mente y saber lo que sucede con mis sentimientos? – Pregunté, más bien con intención afirmativa.

- ¿Va a negar que se siente atraída por mí? – Me regresó la pregunta. Su arrogante actitud era fastidiosa. Sin embargo, tenía razón. Me sentía muy atraída hacia él, pero no iba a admitirlo.

- Si así fuera, ¿espera que me lance en sus brazos como si nada? – Dije. Me aterró el no haber negado dicha atracción, pero no pude mentir, así que evadí.

- Sería un excelente inicio, ¿no cree? – Dijo cínicamente.

- ¿A eso llama usted disculpa? – Pregunté irritada. Me miro a los ojos de una forma que me intimidaba, pero no me provocaba malestar. Aunque su mirada se mantenía fija sobre la mía, en vez de sentirme aterrada ante la posibilidad de un abuso, me sentí profundamente cómoda ante la situación.

- Sabes que te sientes intrigada ante la posibilidad de una relación entre tú y yo, pero aún no puedes admitirlo. – Dijo. – Temes a lo que eres capaz de sentir hacia mí. Tienes miedo de desearme tanto como yo te deseo porque sabes que así es. – Afirmó. Luego, tomo mis mejillas entre sus manos y acercó mi rostro hacia el suyo. En mi interior, temblaba de una emoción que me resulta muy difícil explicar. Sin apartar su mirada de mis ojos, sus labios casi llegaron a rozar los míos pero, en vez de concretar ese beso que tanto temía, al mismo tiempo que tanto deseaba, sólo me besó en la mejilla y se dirigió a la puerta. Antes de abrir dijo: – Te resistes porque te asusta lo que provoco en ti. Pero ese temor pasará. – Enseguida, abrió la puerta y se fue.

Me dejó sumergida en un mar de confusión. Yo deseaba tanto ese beso. Su caricia me estremeció hasta lo más profundo de mi ser y, sin embargo, me resistía creyendo que lo que me detenía era el amor que Lucas me hacía sentir. Era tan confuso. ¿Cómo desear tanto a alguien que no se ama?

* * *

Esa noche, Lucas y yo cenamos mientras platicábamos cosas intrascendentes sobre nuestras actividades. No parecía el mismo sujeto con quien había convivido los últimos meses. Era más abierto, se interesaba más en mí. Parecía como si comenzara a olvidar mi negativa de tener un hijo. Se mostraba cariñoso y comprensivo. Yo no deseaba ocultarle nada sobre Josafath, pero no me atrevía a detallarle los últimos acontecimientos. Si le insinué que Josafath podía tener algún interés en mí. Entonces él dijo:

- ¡Aja! Con que galán nuevo. Dime, ¿cómo puedes estar tan segura de que el tipo se siente atraído hacia ti? – Preguntó.

- ¡Qué malo eres! – Bromeé. Ambos sonreímos, luego expliqué: – una mujer sabe ese tipo de cosas. – Afirmé.

- No imagino cómo. – Se limitó a decir.

- ¿Te preocupa? – Le pregunté abiertamente.

- ¿Te refieres a que si siento celos? – Preguntó.

- Si, eso creo. – Respondí.

- Es difícil explicarlo. – Inició. – Lucy, tú y yo hemos compartido muchas cosas, hemos vivido una inmensidad de experiencias juntos. Te amo y sé que, a tu modo, tú también me amas. Hace mucho que no hay secretos entre los dos. Me refiero a que ambos hemos aprendido a entendernos el uno al otro, sin necesidad de explicarlo con palabras. Hemos tenido nuestras diferencias, ¡serias diferencias! y, sin embargo, estamos juntos. Si lo que quieres decir es si temo perderte, la respuesta es: ya no.

- No entiendo. – Confesé.

- Lucy, si te vas y regresas, jamás te perdí. Si te vas y no regresas, nunca te tuve. ¿Lo entiendes? – Dijo.

- ¿Te dolería que me fuera? – Pregunté súbitamente. Percibí un atisbo de duda en su mirada.

- Mucho. – Se limitó a contestar. Ambos callamos un largo rato. Cada uno miraba hacia un infinito invisible. Sumidos en profundas cavilaciones.

- ¿Sientes algún interés por él? – Preguntó de pronto. Yo me sentí puesta al descubierto. Creo que él lo notó. Era inútil mentir.

- Me gusta mucho. – Confesé. Él se despidió y fue a dormir. Yo no atiné a seguirlo, no supe como reaccionar. Era evidente que mi respuesta le había molestado, pero no dijo nada. Se fue y no quiso enfrentar mi confesión.

Algunos minutos después fui a la cama, con él. Pero él fingía estar dormido. Quise besarlo, pero me dio la espalda.

- Lucas, no lo amo. Es sólo que el tipo es muy atractivo. – Quise explicar. Pero él no respondió.

- Lucas – insistí. – Que me parezca atractivo y que quiera irme con él son dos cosas completamente distintas. – Dije.

Entonces él volteó hacia mi y respondió.

- No me parece simple atracción, Lucy. ¡El tipo te gusta mucho! – Dijo, visiblemente irritado.

- ¡Estás confundiendo los términos! – Grité.

- ¿Sabes qué? Mañana tengo cosas que hacer. – Dijo al tiempo que se levantaba y salía del cuarto.

En medio de mi confusión, en medio de la desilusión de no encontrar apoyo, de no encontrar entendimiento, rompí a llorar. Pasé largas horas en medio de sollozos. Esperaba que Lucas fuera capaz de comprender, pero me di cuenta de que, quizá, yo no había ayudado mucho.

Los días pasaron y Lucas se mostraba muy distante. Era como un extraño. Me hablaba sólo para cosas intrascendentes y se había hecho costumbre que durmiera lejos de mí.

Algunas veces traté de hablar con él, pero él nunca me lo permitió.  Forjó una coraza de hierro en torno a su ser y me impidió el paso, con si defendiera un fuerte con la firme intención de no permitir la invasión. Yo no sabia como afrontar la situación. Para colmo, Josafath se mostraba persistente y yo sentía que mis defensas flaqueaban. Odiaba su actitud. A Josafath parecía no interesarle lo que yo sentía. Sólo se mostraba preocupado por lo que él quería y parecía estar dispuesto a hacer lo que fuere por conseguirlo. Cada vez me molestaba más su presencia. Lo evitaba tanto como podía, pero esa conflictiva necesidad de su presencia me obligaba a buscarlo por cualquier motivo, aún cuando no quería estar con él. En cierto modo, me sentía halagada por su insistencia. Ya no sabía que sucedía en mí.

* * *

Era ya de noche. En unas horas debía salir hacia Taiwán en viaje de negocios y estaba retrasada con mis preparativos. Apurada como estaba, no noté cuando la puerta se abrió para dar paso a Josafath.

- ¿Me extrañaste? – Preguntó con marcado sarcasmo.

- ¡Señor Manrique! No es el momento apropiado. ¡Tengo montones de trabajo que resolver y en cinco horas sale mi vuelo a Taiwán! – Dije molesta.

- Lo sé – Respondió sin inmutarse. En realidad vengo a ver si puedo ayudarte en algo. – Dijo.

- Señor Manrique, ¿se le ha ocurrido pensar en su millonaria inversión antes de decidir molestarme en cada oportunidad con su acoso? – Pregunté a punto de estallar de coraje.

- Nada que no gane un domingo cualquiera. – Respondió con cinismo.

- Señor Manrique, entiendo que para usted el dinero no es problema, pero hay mucho más en juego que su lascivia. Yo trabajo para el señor Natsukawa, quien tiene extrema confianza en mí y debo rendirle cuentas de mis negociaciones. – Expliqué, esperando que comprendiera el punto.

- ¡Ah! ¡Mi estimado Akira! ¡El comprenderá! – Respondió burlón.

- ¡Si! ¡Su estimado Akira! Y no creo que él pueda comprender que usted arruinase el negocio más importante de Matsuki Electronics por su incontrolable apetito sexual. – Grité exasperada.

- Akira no es problema. – Dijo. – Si pierde este negocio, puedo darle diez negocios más, mucho más fructíferos que éste. – Afirmó.

- Señor Manrique, ¿en serio cree que esta es la mejor forma de conquistar a una dama? – Pregunté directamente.

- Ninguna se ha quejado. – Respondió. – A veces se exasperan, como tú, pero suelo provocar ese efecto. Es señal de que están locas por mí.

No pude más. Me reí francamente en su cara. Me pareció muy cómica su explicación. Él se limitó a mirarme complacido, con su típica sonrisa dibujada en su boca.

- Lo ves. Comienzas a aceptarlo. Tu miedo comienza a desaparecer. – Dijo.

- No lo entiende, ¿verdad? – Dije comenzando a comprender. – Mi miedo no tiene nada que ver con lo que siento, estoy segura de mis sentimientos. Mi miedo tiene que ver con la pérdida de lo que ya tengo.

- ¡Ah! ¡Lucas! Lo había olvidado. – Dijo repentinamente.

- ¿Cómo lo sabe? – Pregunté intrigada.

- Cuando algo me interesa, siempre hago mi tarea. – Afirmó.

- Es increíble. Si alguna atracción sentía por usted, se ha esfumado. ¿Cómo se atreve a violar mi intimidad? – Reclamé.

- Lo sabía. Estás interesada en mí. – Dijo, evadiendo mi reclamo.

- ¿Sabe qué, señor Manrique? Le dejo. Puedo continuar esto en casa. – Dije, tomando mis cosas. Luego, me dirigí a la puerta y él tomó mi brazo y me atrajo hacia él. Sin darme tiempo a reaccionar me besó a la fuerza, pero sin violencia. Ese beso que secretamente había deseado por fin se consumó. Me hizo sentir sensaciones nuevas. Me transportó a un mundo de emociones que no conocía. Aunque hice el intento por desembarazarme de la forzada caricia, algo dentro de mí se resistió y… finalmente cedí. Correspondí a la caricia con ansiedad. Le besé con tanta o más pasión que él. Pero de pronto me separé.

- Te lo dije. Tú te sientes irresistiblemente atraída por mí. – Dijo.

- ¡Esto no se va a repetir! – Afirmé, avergonzada y por fin salí de ahí.

Al abandonar la oficina conduje el auto hacia la casa. Aunque sabía que me faltaban cosas por terminar, demoré tanto como pude la llegada. Sabía que encontraría a Lucas y no sabía como mirarle a los ojos. Sentí que lo traicionaba. Sentí que había roto mi promesa de amor, que había enlodado mi entrega. Naturalmente, él no sabía nada sobre lo ocurrido, pero no podía enfrentarle. Me sentía culpable. Me sentía sucia. Sabía que no podría manejar la culpabilidad y que mis emociones me traicionarían. Pero finalmente llegué y decidí preparar mis cosas para el viaje. No quise afrontarlo, así que me mantuve ocupada. Él ni siquiera se acercó a mí.

En la madrugada, el taxi del aeropuerto había llegado y esperaba afuera. Lucas se mantenía ocupado en su computadora.

- Amor, ya me voy. – Le informé.

- Que te vaya bien. – Dijo, sin voltear a verme.

- Amor, perdóname. No puedo irme sabiendo que tú estás así. – Le confesé.

- Es curioso. – Dijo. – Pensé que lo que yo sentía había dejado de importarte.

No pude más. Salí dando un portazo y partí.

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