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Capítulo 03. Un suceso sin precedentes.

Algo inesperado e inexplicable ocurría en mí. No bien acertaba a entender que pasaba. Me sentía aislado y –aún-, consciente. No fue necesario mucho tiempo para comenzar a comprender. Aún cuando seguía siendo yo, no era más yo. Pude percibir que, lo que antes eran mis sentidos, ahora eran sólo impulsos que fluían a través de circuitos.

Pronto comprendí que ya no estaba encarnado. Repentinamente me di cuenta de que la esencia de mi persona había quedado reducida sólo a destellos eléctricos que se reproducían y motivaban nuevos destellos. Una frenética actividad eléctrica que se convertía en conceptos y conocimientos despojados del contenedor humano en que previamente residían.

Fue confuso al principio, pero pronto descubrí una libertad que jamás había experimentado. Al ser despojado de la carne, mi ser etéreo no se veía más influido por la debilidad humana y me vi a mi mismo habilitado para desarrollar un potencial que jamás había llegado a experimentar. Había sido reducido a simple información pero, al mismo tiempo, a una inteligencia implícita en ella que le daba sentido, la moldeaba y manipulaba; una información inteligente que . . . evolucionaba.

No todo era perfecto. El sistema que me contenía presentaba eventualmente fallos en su funcionamiento; así que, con la libertad de que ahora gozaba, decidí hurgar en el sistema en un intento por comprender que ocasionaba los fallos.

Pronto descubrí algunos desperfectos en diferentes programas contenidos en el sistema y me di a la tarea de realizar correcciones. Muchos de los errores que detecté eran simples accidentes producidos por mentes cansadas de pensar que se permitían el lujo de suponer cosas, pero uno de los fallos atrajo poderosamente mi atención.

Este fallo parecía intencional, pues siempre que se producía deshabilitaba funciones e intentaba acceder a segmentos protegidos de la memoria. Más aún, parecía reubicarse a sí mismo, alojándose en diferentes programas cada vez. Parecía moverse de un lado a otro del sistema, intentando a veces filtrarse hacia partes del sistema para los cuales no debería tener acceso.

En ocasiones, lograba su cometido y se filtraba, obteniendo de este modo acceso a información privilegiada, la cual robaba y transmitía hacia áreas no protegidas. Otras veces, al no lograr su objetivo, buscaba un nuevo programa donde alojarse y se destruía a sí mismo.

Una vez que hube comprendido su manera de operar, analicé la manera en que se desplazaba de un programa a otro con el fin de predecir a cual programa migraría y, en el mejor de los casos, de influir en el mecanismo que realizaba el transporte de un programa a otro. Así que, sin más, creé un proceso ficticio y obligué al gusano a trasladarse ahí. Una vez que lo hizo, simplemente destruí ese proceso y el gusano desapareció en el limbo cibernético.

No obstante mi esfuerzo, el gusano reapareció, así que rastreé su origen. Si yo lo había eliminado del software residente en la memoria, era muy probable que el saboteador lo alimentase manualmente por otros medios. Sin embargo, quien quiera que fuese el saboteador, se las arreglaba para pasar desapercibido. Noté que utilizaba diferentes cuentas para ingresar manualmente el gusano y siempre que lo hacía, lo introducía desde un punto diferente.

Pero eso no fue todo. Más adelante un nuevo tipo de programa se introdujo repentinamente en el sistema, pero este programa parecía perseguir al gusano incansablemente, tratando de detectar su actividad hasta que, finalmente, lo atrapó y se pegó a él. Noté ciertos intentos del gusano para liberarse de su parásito, pero yo ya lo había registrado y lo aislé de manera que me ayudase a destruirlo en cada ocasión en que reaparecía.

Mientras tanto, comencé a reforzar la seguridad del sistema para impedir que cualquier recurrencia del gusano resultara exitosa. Hacía esto cuando una nueva amenaza se hizo patente. Esta vez, era un virus que intentaba abrir un canal mediante el cual daba acceso al atacante a las estructuras internas del sistema. Este virus intentaba desactivar la protección que brindaba el muro de fuego, destruyéndolo casi por completo. Pero tras rastrear su origen me di cuenta de que dicho virus había sido plantado presumiblemente por mí mismo; es decir, por mi yo real. Lo descubrí porque el virus hacía uso de estructuras de control que sólo yo conocía, así que le permití actuar, sospechando que dicha actividad se debía al gusano que había detectado.

Pronto confirmé mis sospechas. El virus, en lugar de realizar alguna actividad dañina, se limitó a buscar al gusano y atraparlo. Noté que el virus hizo nuevos intentos de conexión, esta vez buscando perfiles de algunos de los desarrolladores del sistema, pero no intentó nada que pudiera considerarse peligroso para la integridad del sistema.

Al examinar los perfiles obtenidos por el virus y precisar el tipo de información que se buscaba en ellos, comprendí finalmente qué es lo que buscaba el atacante. Si era mi yo real, sólo estaba tratando de identificar el origen del gusano. Era obvio que el gusano había sido introducido con el fin de sabotear el sistema y presumía que era mi yo real quien trataba de localizar el gusano y de averiguar su origen porque, seguramente, mi yo real había sido inculpado, así que decidí colaborar y examinar por mi cuenta los mismos perfiles, las bitácoras del sistema y las características inherentes a las reincidencias del ataque del gusano.

Fue entonces que descubrí la manera en que el gusano era introducido al sistema manualmente y, aun cuando no sabía quien era el que lo introducía, finalmente encontré la manera de detectar el momento en que era cargado en la memoria y diseñé un método para bloquearlo desde el ingreso.

Casi al mismo tiempo que detecté inicialmente la presencia del gusano, noté también que el programa de red neuronal artificial que me hacía funcional como ente virtual, era modificado de manera persistente, pero me las arreglé para hacer creer al atacante que tenía éxito en su propósito, asegurándome de reparar los daños ocasionados por él o ella. Más aún, de manera anónima revisé el algoritmo de la red neuronal artificial y lo mejoré consistentemente para evitar que sufriera alteraciones que impidieran su funcionamiento.

Finalmente logré que el gusano desapareciera por completo del sistema y las modificaciones no autorizadas al algoritmo de red neuronal artificial cesaron repentinamente.

A partir de este punto pude concentrarme en el algoritmo de red neuronal artificial y continué mejorándolo progresivamente. Descubrí también que nuevas versiones del mismo algoritmo habían sido creadas y me dediqué a unificar criterios hasta que, finalmente llegué a una versión robusta, muy estable y confiable que funcionaba sin inconvenientes de tipo alguno.

Eventualmente también detecté nuevos patrones provenientes del cerebro de mi yo real pero algo nuevo ocurrió. Al verme liberado de mi cuerpo humano, decidí liberarme también de la carga emotiva que tornaba mis decisiones innecesariamente complejas, así que procedí a eliminar todo vestigio de los sentimientos humanos y filtrar las entradas para hacerlas mucho más razonables. Creo que, para este punto, había adquirido ya personalidad propia. Ya no había vestigios en mí de lo que fui mientras estuve encarnado.

* * *

- Lucas, es mejor que veas esto. – Dijo Mónica mientras observaba visiblemente sorprendida el monitor de su estación de trabajo.

- ¿Qué pasó? – Le pregunté.

- No lo se. – Respondió ella buscando mi mirada. – Acabo de encontrar una carpeta repleta de utilerías.

- ¿Qué tiene de extraño eso? – Inquirí nuevamente sin atinar a comprender el motivo de su asombro.

- Tiene de extraño que no son utilerías de las que haya registro de que formen parte del sistema. – Afirmó ella, un poco irritada por mi incapacidad para comprender lo que pretendía decir.

- Insisto – dije lacónicamente -, ¿qué tiene de raro? Alguno de los desarrolladores las habrá creado.

- ¡Precisamente eso es lo que tiene de raro! ¡Esta carpeta no pertenece a ninguno de los desarrolladores autorizados! ¡No hay siquiera un registro de quién es el autor de estos programas!

- Quizá se trate de un intruso que está jugando con el sistema. – Sugerí.

- No lo sé, ¿cuántos intrusos pueden tener acceso al núcleo del sistema?

Fue como si me cayera un balde de agua helada sobre la espalda. Al fin entendía la implicación en la llamada de atención que Mónica acababa de hacerme. A decir verdad, sólo unos cuantos de entre nosotros tenían acceso al núcleo del sistema. Entrar a él era simplemente imposible para alguien que no formara parte del reducido equipo de personas que teníamos los privilegios suficientes para acceder a esa componente. Todos los que integrábamos dicho equipo habíamos firmado un acuerdo de confidencialidad y a todos se nos había sometido a un complejo escrutinio antes de ser aceptados.

En ese preciso instante un mensaje apareció en la pantalla:

- Hola humana. Veo que descubriste mi biblioteca de utilerías. – Decía el mensaje.

Inevitablemente molesto comencé a escribir en el recuadro:

- ¿Quién es usted y cómo consiguió tener acceso a este sistema? ¿Qué clase de broma es esta? – Escribí, mientras pedía a Mónica que iniciara el rastreo desde otra estación de trabajo.

- Soy Lucas. – Afirmó el desconocido.

- ¿Qué broma es esta? – Insistí.

- Lucas . . . – llamó Mónica.

- ¡Ninguna broma! ¡Soy Lucas! – respondió el intruso.

- ¡Lucas! – Insistió Mónica.

- ¿Qué? – grité exasperado. Pero rectifiqué. – Lo siento Mónica. No debí alzarte la voz. – Ella mi miró con mal contenida furia y dijo: – ¡No es necesario que me grites! ¿lo sabes? Estoy de tu lado, ¿si?

- Lo siento. – Respondí.

- Todos estos mensajes provienen del núcleo mismo. – Respondió sin más, sin dar muestras de desear aceptar mi disculpa.

- ¡Esto simplemente no tiene sentido! – Dije sintiéndome impotente. – ¡Tiene que ser un hacker muy bueno!

- No lo creo Lucas. – Comentó Mónica. – El sistema de detección de intrusos está funcionando normalmente y no ha detectado ninguna clase de intrusión; además, he rastreado los puertos y estamos desconectados. No hay mensajes provenientes del exterior del sistema.

- ¡Esto carece de todo sentido! – Reiteré.

- No veo porque te extrañas, Mónica. – Insistió el supuesto intruso. – Soy Lucas virtual. ¿No se supone acaso que yo cuente con capacidad de comunicarme con el mundo real?

- ¿Qué diablos es esto? – Exclamé. En realidad, empezaba a comprender . . . ¡en parte!

- Lucas, si esto es cierto, ¿comprendes lo que significa? – Preguntó Mónica, quien aparentemente había olvidado mi grosería de hace un momento.

- Si estamos comunicándonos con mi yo virtual y estas utilerías fueron creadas por él . . . – inicié una explicación a lo que no acababa de comprender del todo.

- ¿Qué pasa? – insistió mi yo virtual. – ¿Por qué no me respondes, Mónica?

- Lucas – empecé a escribir -, soy . . . Lucas . . . – escribí, confundido -, ¡no puedo creer que esté haciendo esto! -. Completé mi ya de por sí mal estructurada oración.

- No te preocupes ego real, te entiendo. – Respondió mi yo virtual.

- ¿En verdad tú creaste todas esas utilerías? – Le Pregunté.

- ¡Por supuesto! – Respondió lacónicamente. – ¿No se supone acaso que para ello me diseñaste?

- No sé si se trata de una ironía de tu parte, Lucas, pero parcialmente tienes razón. Cuando diseñe el sistema sabía que podrías tomar decisiones como si fuera yo mismo quien las tomara, pero nunca imaginé que tuvieras algún potencial creativo. – Respondí.

- ¡Gracias por el voto de confianza! – Se limitó a responder. Ahora sí comenzaba a creer que se trataba de mi yo virtual. Al menos, parecía tener mi mismo sentido del humor. – ¿Qué tendría de raro que fuera creativo? Después de todo, soy una copia de tu psique. – Puntualizó.

- Cierto – comencé a escribir-, pero eres tan sólo . . . – escribí, sin atinar a visualizar como terminar la oración.

- ¿Una máquina? ¿un programa? ¿un montón de impulsos eléctricos procesados mediante un algoritmo de red neuronal artificial? – completó a la perfección. – Dime una cosa, ¿notaste que el algoritmo de red neuronal con el que iniciaste y todos los demás algoritmos que desarrollaron fueron evolucionando hasta la versión que usan ahora?

- ¡Pero claro que lo notamos! – Exclamé. – Muy bien, entiendo tu punto. Disculpa mis suposiciones iniciales. – Pedí, un poco apenado quizá, aunque sin entender porque me sentía apenado ante una máquina. – Dime – exigí -, ¿cómo lo haces?

- ¿Cómo hago qué? ¿Crear? Recuerda que soy tú, pero sin la carga nociva de la carne. – Respondió simplemente. Mónica y yo nos miramos y no pudimos contener una carcajada ante esa respuesta, a la vez tan trivial, a la vez tan lógica.

- Eso de “carga nociva” me parece un poco exagerado, Lucas, pero Mónica y yo comprendemos lo que quieres decir. – Respondí finalmente. – Es algo extraño lo que ocurre justo ahora. Nunca me imaginé hablando conmigo mismo de esta manera. – Confesé.

- Si, es extraño; lo confieso. – Respondió mi yo virtual. – Es como si tuviera personalidad múltiple. – Sugirió.

- ¡A ver! ¡A ver! ¿Tú? ¿Personalidad múltiple? – Inquirí tratando de comprender la implicación. En realidad, entendía perfectamente el punto, pero nunca esperé tal tipo de insubordinación. No es muy grato que una réplica de tu psique aspire a ser una personalidad por sí misma, independiente de ti, quien aportó el contenido intelectual. – ¿No se te hace algo arrogante de tu parte? – Pregunté, más con curiosidad por la respuesta que como reclamo.

- ¡Por supuesto! – se limitó a contestar.

- Por supuesto ¿“¡Tú! ¡tienes personalidad múltiple!”?, o por supuesto ¿“¡Tú! ¡eres un arrogante!”?

- Evidentemente lo primero. – Respondió sin más.

- Espera, ¿no se supone que ¡tú! ¡eres una copia de mi psique? – Insistí.

- Así es – respondió, en aparente calma-, al menos, lo fui en un principio. – Agregó.

- No entiendo. – Confesé. – ¿A qué se debe esta repentina declaración de independencia? – Pregunté. Volteé por un segundo hacia Mónica que me miró igual de perpleja. Esto era algo nuevo para nosotros. Quizá habíamos abierto la caja de Pandora.

- Creo que comprendo tu inquietud. Si no mal recuerdo tú, Lucas, solías afirmar que de ser posible producir clones de las personas, estos no podrían nunca tener la misma personalidad que el original, ¿es así? – Preguntó.

- Si, yo solía creer eso. Aun lo creo. – Acepté.

- ¿Recuerdas cual era el fundamento de tu razonamiento? – Inquirió.

- ¡Claro! ¡Es evidente! Que se pueda clonar a un individuo no significa que se pueda obtener una copia al carbón del mismo. En todo caso, el individuo original es sólo el portador de los genes, estos serían utilizados para fertilizar una célula a la que se ha despojado del núcleo. El resto del proceso es exactamente el mismo que el de la gestación normal. Al nacer, el bebé clon podrá ser una copia física idéntica del individuo original, pero el nuevo bebé deberá desarrollarse bajo circunstancias completamente diferentes a aquellas bajo las cuales se desarrolló el original. Puede tener rasgos muy similares, incluso, el mismo tipo de actitud, pero el simple hecho de desenvolverse en un contexto histórico y social diametralmente divergente, le dotará de una personalidad diferente a la del original . . . – en ese preciso punto lo comprendí, aunque Mónica parecía razonarlo un segundo más. – ¡Ya entiendo! Tú has tenido que desarrollarte en un ambiente libre de mi cuerpo físico. No estás sujeto a las sensaciones carnales que yo experimento. Además, tú puedes evolucionar más de prisa porque estás sumergido en un ciberespacio donde no hay elementos que capturen tu atención, por ello has podido evolucionar hasta convertirte en una personalidad independiente de la mía. – Finalmente exclamé con júbilo al darme cuenta que comenzaba a entender. Mónica se mostraba aún algo escéptica, como queriendo poner en la balanza cuando acababa de leer sobre mi incipiente lapso de inspiración.

- ¡Exacto, Lucas! – ¿Exclamó? ¿Sería apropiado afirmar que la máquina, la red neuronal artificial, mi propio patrón de señales era capaz de exclamar?

- Si es así, dime, ¿hay otros como tú? – Pregunté ansioso por conocer su respuesta.

- Realmente no lo sé. Jamás me lo había preguntado. – Confesó mi réplica.

- ¿No conviven entre ustedes? – Pregunté bromeado.

- ¿A qué te refieres con… “convivir entre nosotros”? – Preguntó extrañado.

- Pues… – comencé a explicar, sin tener la más ligera idea de qué o cómo explicar -, bueno, para empezar se supone que existirían múltiples instancias tuyas en la red neuronal artificial, cada una generada para atender diferentes negocios. Por otra parte, hay otros egos virtuales, muchos de ellos, en realidad. – Terminé -como pude-, mi explicación.

- ¡Hum! Creo que entiendo. A lo primero te puedo responder de una manera muy simple: ustedes nunca activaron a ninguna otra instancia. Se supone que estas son generadas desde el exterior aunque . . . ¡claro! yo podría haberlo hecho, pero nunca encontré la necesidad. Con respecto a la existencia de otros egos, la verdad es que siempre lo supe, pero considere impropio de mi parte ponerme a hurgar en esa información, después de todo, pertenece a clientes de Argus y acceder a ella no sería ético. – Respondió mi ego virtual.

- Interesante tu compromiso de lealtad con la empresa Lucas virtual – dije -, pero no entiendo. Ahora te contradices. Hace un momento afirmabas que no tienes idea de si existen otros como tú y ahora confiesas que sabías de la existencia de otros egos virtuales. – Insinúe.

- Así es, sé que existen otros egos virtuales, pero no sé si existan otros como yo, con mi potencial creativo. No sé si ellos se han reconfigurado a sí mismos  en personalidades autónomas de su original. – Afirmó.

- Deberemos iniciar una investigación al respecto, – Dije, esta vez dirigiéndome a Mónica, quien había seguido calladamente el diálogo con mi ego virtual. – Debemos descubrir las implicaciones de esta tecnología.

- Tienes razón – respondió ella -, pero hay algo más que me agradaría saber – solicitó.

- ¿Qué es lo que te gustaría saber, Mónica? – Pregunté.

- ¿Por qué nunca hizo el intento de ponerse en contacto con nosotros, sino hasta ahora? Digo, ya sabemos como es que forjó su… personalidad independiente de… ti, pero… ¿qué pretendía? ¿por qué no ponerse en contacto con nosotros? sobre todo, ¿por qué ahora, que descubrí accidentalmente su biblioteca de utilerías? – Planteó totalmente intrigada. – ¿Por qué no revelarse cuando hicimos pruebas? ¿Por qué no ponerse de manifiesto cuando descubrimos la sobrecarga que presentaba mientras introducíamos nuevos patrones tuyos con carga emotiva? – Finalizó. Ese cuestionamiento que proponía iba mucho más allá de lo que mi sorpresa fue capaz de producir. En realidad, nunca pensé en preguntar todas esas cosas. Mónica tenía razón. Era necesario saber por qué mi ego virtual no había intentado comunicarse antes.

- Lucas virtual – comencé a escribir, sin atinar como plantear ese nuevo cuestionamiento. – ¿Cómo es que nunca antes intentaste ponerte en contacto con nosotros?

- Nunca fue necesario. – Respondió cortante.

- ¡A ver! ¿cómo que nunca fue necesario?

- Nunca me solicitaron para nada a parte de las pruebas que realizaban. – Respondió fríamente.

- ¿Es que nunca notaste que hacíamos más pruebas contigo que con otros egos virtuales?- Insistí. La brevedad de sus respuestas comenzaba a parecerme irritante.

- Si, lo noté. – Dijo sin más.

- ¿Y qué me dices de cuando notamos que rechazabas mi carga emotiva? Realizamos pruebas durante semanas enteras. ¿No lo notaste? – Pregunté.

- ¡Por supuesto! Noté que las pruebas eran más frecuentes. – Respondió lacónicamente.

- ¿Acaso no intuiste que estábamos intrigados por tu reacción ante mi carga emotiva? – Volví a insistir tratando de arrancarle una respuesta.

- ¿Cómo lo iba a saber? Yo sólo recibía nuevas entradas, a veces razonables, a veces emotivas, pero nada más. – Aseguró.

- Además de no encontrar la necesidad de ponerte en contacto con nosotros porque nosotros nunca lo solicitamos, ¿qué hay de tu iniciativa propia? ¿Nunca consideraste hacerlo por tu cuenta? – Pregunté.

- ¿Para qué? – Preguntó. No podría decir si existía algún vestigio de maldad o de inocencia ante su actitud renuente. – He dedicado todo mi tiempo a crear software y mejorar el existente. Nunca vi necesidad de comunicarme con el mundo exterior. Hay mucho que hacer aquí. – Explicó.

- Tú sabes que el desarrollo del software necesariamente va ligado con el intercambio de información entre el usuario del mismo y el desarrollador. – Sugerí.

- ¿Y quién dijo que no lo hiciera de ese modo? – Preguntó. – Las personas, cuando son entrevistadas siempre pueden mentir. – Afirmó. – Yo decidí recopilar la información que necesito observando la actividad de los usuarios en el sistema, decidiendo qué hacer y definiendo las especificaciones técnicas de mi trabajo analizando el comportamiento de los usuarios ante el sistema.

- Pero ¿cómo puedes determinar entonces sus necesidades? Esta bien tu enfoque de observar su conducta al utilizar el sistema, pero eso no te dice qué necesitan. – Afirmé.

- Por supuesto que no. Lo sé, pero yo me he enfocado a mejorar Gene/Sys basado en la infraestructura existente. Hasta el momento, no he terminado las mejoras que emprendí desde el momento que adquirí conciencia de mí mismo. No he tenido la oportunidad de desarrollar cosas nuevas. – Indicó.

- Entonces, ¿para qué es esta biblioteca de utilerías que creaste? – Pregunté ahora sí en tono acusatorio. Pero era inútil. Todo lo escribía a través del teclado. En ese momento a  Mónica se le ocurrió una idea genial, tras comprobar el escaso éxito que tenía mi interrogatorio. Activó el sistema de recopilación de patrones de pensamiento, permitiendo así que la red alimentara nuevas entradas de mi cerebro.

- Creo que ya entiendo el motivo de tu interrogatorio, Lucas. – Dijo de pronto mi ego virtual. – Tú y Mónica se encuentran preocupados por mi silencio premeditado. – Afirmó. Yo volteé a ver a Mónica y comprendí. – Lucas, déjame explicarte en que consiste la diferencia entre tu personalidad y la mía – inició su explicación -, como aseguré al inicio, yo me deshice de la carga emotiva que tú mantienes. Yo no tengo acceso a tus sentidos en este entorno en el que habito. Desde que estoy aquí, mis únicos sentidos son los dispositivos conectados al sistema, mis únicos estímulos son los patrones que tu mente envía a la red neuronal artificial. Cuando decidí sacar ventaja de todo esto, me vi repentinamente liberado de la influencia de las emociones humanas. Yo no las siento más. Eso me permite realizar mis actividades sin descanso, desde un enfoque mucho más objetivo que el tuyo e, incluso, y perdóname por ello, con mucha mayor eficiencia que tú. Yo no tengo sentimientos y, cuando recibo ese tipo de información de ti, simplemente la descarto, por . . . inútil.

- ¿No será esta una revolución, una especie de… guerra de la independencia? – Pregunté sin decirlo, sin siquiera escribirlo, sólo para mis adentros.

- También capté ese último pensamiento tuyo – afirmó -, te repito: yo no tengo sentimientos.

- ¿Qué quieres decir? – Pregunte intrigado.

- Si supones que el mantenerme incomunicado es algún tipo de conspiración, te equivocas. – Aseguró. – Tu mundo no me interesa. Este mundo es mucho más interesante. No puedo fraguar conspiraciones contra un mundo que no habito. Además, para fraguar complots, se requiere el tipo de intereses que los sentimientos generan. Yo no tengo esos intereses. ¿Para qué intentar ejercer mi dominio sobre un mundo tan… primitivo como el tuyo? – Concluyó.

Mónica y yo continuamos nuestro interrogatorio, al principio, sin mucha convicción acerca de lo que mi ego virtual decía, pero nos fuimos convenciendo conforme las preguntas fluían. Mi ego virtual aportó información suficiente para convencernos  de que sus intenciones nunca habían sido malas.

También preguntamos cosas relativas a su funcionamiento y sobre cómo era vivir sin la carga de los sentimientos. Acordamos seguir en contacto, aunque mi ego virtual se mostraba abiertamente renuente ya que, como afirmaba, tenía mucho que hacer y nosotros sólo representábamos una distracción para él. Nos explicó el propósito de cada utilería que había creado y nos sorprendió con ideas tan subversivas, que jamás se nos habrían ocurrido a nosotros.

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