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Capítulo 02. Los Motivos de Lucy.

Lucas se había portado muy egoísta al no considerar mis necesidades cuando le dije que no me sentía preparada para ser madre. No era una idea que rechazara del todo, pero sentía que ese evento cortaría mi libertad, me impediría realizarme y, de alguna forma que me estremecía intensamente, sentía que era algo que no podía visualizar con Lucas.

Esa idea me aterraba. Estaba muy acostumbrada a la presencia de Lucas en mi vida. Eran ya siete años y medio de mi vida en torno a Lucas. Cuando lo conocí, me sentí atraída por su presencia, que denotaba a un hombre muy brillante que siempre encontraba respuestas lógicas y objetivas, sin importar el reto que le plantearan.

Recuerdo que llamó mi atención aún cuando él parecía no notar que yo existía. Él se dirigía a la audiencia de una forma fría e impersonal, más aún, educada y cortés. Mayra, una joven risueña, de ojos grandes y expresivos, coqueteaba con él en cada oportunidad que tenía. Sin embargo, él parecía ignorar sus coqueteos y se concentraba en las preguntas que le planteaba.

Sentí que me incomodaba -de alguna manera-, la actitud coqueta de Mayra y decidí dirigir algunas preguntas a Lucas durante su exposición, aunque de una forma mucho más reservada. Naturalmente, recibí la misma actitud fría de Lucas. Aún así, me empeñaba en creer que -de alguna forma-, estaba neutralizando los coqueteos descarados de Mayra. No lo quise admitir entonces, pero aunque en realidad me molestaba que Mayra fuera tan abiertamente coqueta con Lucas, insistí en creer que lo hacía para mantener el aire sobrio en una reunión que debería ser de negocios.

La demostración terminó y Mayra aprovecho para alcanzar a Lucas. Me sentí incómoda, pero decidí mantenerme al margen. Después me enteré que, al ver el trato frío que le daba Lucas, Mayra le invitó abiertamente a salir. Para sorpresa mía, Lucas declinó la invitación, aun cuando Mayra se distinguía por ser una mujer sumamente hermosa.

El equipo de Argus continuó asistiendo a Matsuki Electronics en una serie de proyectos que se daban como una acción de ambas empresas para realizar un intercambio tecnológico.

En concreto, la participación de Lucas consistía en la puesta a punto de un sistema de software integral para optimizar las operaciones de la empresa. Eventualmente, Lucas tuvo que entrevistarme a mí, para conocer la naturaleza de mi contribución a los procesos de la compañía. Él se mostraba muy concentrado en el trabajo que estaba realizando, Su trato era un tanto impersonal, no obstante, denotando cortesía.

Cuando nos despedimos ese día, sentí el calor de su piel al tomar su mano en señal de despedida. Algo ocurrió en mí. El roce de su piel tocando la mía, su mirada sobre la mía y esa personalidad que, a veces, me parecía soberbia, pero que proyectaba una gran seguridad en sí mismo, todo eso me cautivó.

Pero algo ocurrió también en él. Pude percibirlo. Cuando nuestras miradas se cruzaron, su mirada insistió en posarse sobre la mía una fracción más de segundo. Cuando me miró, una sonrisa hermosa se perfiló en sus labios y la forma en que me miró produjo en mí una sensación de intimidad que, según me pareció, él  compartía conmigo.

Esa fue tan sólo la primera vez que coincidimos. Durante el transcurso de los días siguientes, ese trato frío, impersonal, con actitud profesional, se fue transformando poco a poco. Con el paso de los días, no habíamos llegado a ser los más grandes amigos, pero él cambio su actitud para dirigirse a mí. Podría decir que trataba de ser más él mismo, de aparecer ante mí, mucho más humano. No sabía en ese momento si ese cambio de actitud había ocurrido también con otras personas a las que él había tratado por cuestiones de trabajo, u ocurría sólo conmigo.

Un día, nos encontrábamos concentrados en la revisión de mis requerimientos cuando él me pidió que opinara sobre la aplicación de cierta tecnología para resolver una de las necesidades de mi departamento. Yo le expliqué mi punto de vista y le pedí que se acercara al monitor de mi computadora para mostrarle unos datos. Así lo hizo y se inclinó a un lado mío para poder leer la información que le mostraba; entonces -mientras los examinábamos-, algo se presentó -no recuerdo qué-, por lo que le hice una pregunta que le hizo voltear hacia mí dubitativo. Me miró a los ojos y, de alguna forma, esa mirada nos conectó.

No podía dejar de ver sus ojos y percibí que tampoco él podía dejar de mirar los míos. Pude percibir su aroma y el calor que irradiaba su cuerpo mientras él lucía absorto, como desconectado del mundo, exactamente igual que como me ocurría a mí.

Esa mirada se prolongó mientras nos acercábamos uno al otro muy lentamente. A veces, sus ojos bajaban hacia mi boca y regresaban de inmediato hacia mis ojos de nuevo y sé que yo hacía lo mismo. Poco a poco, una tierna sonrisa se dibujo en sus labios y yo le correspondí.

Su mano comenzaba a acercarse a mi rostro y yo quería que me tocara, que me acariciara, pero sentía miedo dentro de mi ser. Miedo de algo que aún no era, pero que podía ocurrir. Las cosas comenzaban a cambiar y no me sentía segura del impacto que tales cambios tendrían sobre mi vida. Tenía miedo de que mi vida cambiara si ese potencial beso se concretaba. Tenía miedo de que, al conocerme en un plano personal, Lucas perdiese interés en mí. Después de todo, para mí estaba muy claro el amor por lo que hacía, por mi trabajo, por mi desarrollo como mujer y no quería que eso cambiara, no permitiría que -por un hombre-, eso cambiara. Pero no podía resistir esa mirada y deseaba con todas mis fuerzas que él me acariciara.

Sus dedos comenzaban a rozar con timidez mi rostro, mientras su hipnotizante mirada seguía sin apartarse de mí. Mi corazón latía con fuerza y esa ansia sensual que el momento había despertado en mí me impulsó a apoyar mi mano suavemente sobre su pecho. Temblaba de emoción y pude entonces sentir que en él ocurría lo mismo. Sufría igual que yo de una dulce expectativa.

En ese preciso instante alguien tocó a la puerta y entró de inmediato. Lucas trató de aparentar torpemente que señalaba con su índice a la pantalla, mientras yo bajaba la mirada apenada, con una sonrisa nerviosa que reflejaba mi bochorno. Era Mayra, quien saludó animosa a ambos para luego dirigirse a Lucas.

Ella nos miró, pero si notó algo en nosotros, lo disimuló muy bien tras una sonrisa jovial. Llamó a Lucas para pedirle que revisara unos documentos. Lucas se dirigió hacia ella notablemente turbado y ella le mostró algo en los documentos que sostenía con su mano derecha, mientras apuntaba a alguna línea en una de las páginas con el dedo índice de su mano izquierda. Ante la proximidad de Lucas, ella se aproximó más a él. Le dijo algunas cosas y -repentinamente-, volteó hacia él, mirándolo con sus hermosos ojos verdes, coqueta y traviesa. Entonces le pidió que la acompañara y él aceptó, prometiéndome que regresaría de inmediato.

Quizá fue buena idea que Mayra interrumpiera ese casi beso que estuvo a punto de ocurrir entre Lucas y yo, pero no podía dejar de sentirme frustrada y Mayra me parecía cada vez menos simpática. No obstante esa sensación de disgusto por la inoportuna aparición de Mayra y el deseo frustrado de una caricia que no se concretó, mi razón se imponía y la lógica me hacía agradecer a Mayra por interrumpir el que podría ser el inicio de algo que no me sentía muy segura de querer empezar.

Tras ese incidente, me encontré con Lucas en varias ocasiones, pero pocas veces volvimos a estar solos. Él no intentó de nuevo aproximarse como el día que Mayra impidió que nos besáramos, con su repentina e inoportuna aparición. Si quiso -no obstante-, disculparse, pero ambos decidimos no volver a hablar sobre el asunto; sin embargo, su forma de tratarme jamás volvió a ser fría e impersonal.

Una tarde, mientras deambulaba a través de los jardines de un centro comercial, pensativa y absorta en cuestiones de negocios que tenía pendientes por resolver y que trataba de organizar, así como en decisiones pendientes de tomar, que debía ponderar -lo que siempre hacía en momentos como ese-, sentí de pronto una mano que tocaba mi hombro izquierdo y percibí el aroma de Lucas. Volteé en ese sentido y si -efectivamente-, era él, con esa hermosa sonrisa que le distinguía.

-  ¡Hola Lucas! – Saludé sorprendida.

-  ¡Hola Lucy! – respondió. – No esperaba encontrarte por aquí.

-  ¿En serio? – Pregunté bromeando. – Pero si yo vengo a este lugar con mucha frecuencia. – Afirmé mientras levantaba las bolsas repletas de artículos que acababa de comprar.

Él sonrió poniendo su mejor cara de sorpresa y entonces dijo – ¡Ya lo veo! – Me preguntó si podía acompañarme con el fin de charlar un rato mientras paseábamos por el centro comercial. Me confesó que él rara vez visitaba ese lugar y que, ese día -en particular-, simplemente sintió deseos de despejarse, además de que quiso comprar algunos libros. Amablemente, me acompañó mientras compraba algunas cosas más y luego visitamos su librería favorita donde pasamos un largo rato seleccionando libros. La tarde caía con pereza, mientras el cielo comenzaba a pintarse de colores brillantes, de esos que aparecen cuando el sol se oculta. El bullicio del centro comercial nos rodeaba y nosotros, exhaustos, decidimos buscar un restaurante para calmar el hambre que ya empezábamos a sentir.

Durante la velada, Lucas y yo hablamos de muchas cosas. Algunas -al principio-, de negocios, pero pronto el tema cambió y comenzamos a platicar cosas intrascendentes sobre nosotros mismos. Al final de la cena nos conocíamos un poco más, sin embargo, lo suficiente como para que la complicidad de una naciente amistad nos hiciera sentir la intimidad de dos personas que se sienten agradecidas por conocerse, que sienten que se han conectado, que se sienten atrapadas por un lazo que ninguna de las dos desea romper.

Ya era de noche cuando salimos y una luna sonriente se dibujaba en el cielo. No sé porqué, pero siempre he tenido la impresión de que la luna me sonríe cuando está en cuarto menguante. Ésta era una hermosa luna en cuarto menguante, enorme, luminosa. Me sentí inspirada por el momento, así que volteé hacia Lucas, con una sonrisa traviesa en los labios y le dije – ¡Mira! La luna nos sonríe. Él miró hacia el cielo y sonrió. Luego me miró a los ojos con esa sonrisa que tanto me gusta de él y me respondió: – Si. Quizás está complacida de vernos juntos.

Yo bajé mi mirada hacia el piso, con una sonrisa furtiva en los labios. Después de tanto hablar, ahora caminábamos en silencio, pero no nos sentíamos incómodos por ello. En mí, creo que el silencio se debía a la implicación escondida tras la oración que Lucas acababa de decir. Creo que en Lucas algo similar ocurría.

Gentilmente, él me acompañó hasta mi auto. Me ayudó a guardar las cosas y se despidió. No obstante, se detuvo tras dar dos o tres pasos y dijo – ¡Ah y . . . oye! – luego volteó hacia mí mientras yo lo veía con atención. Se aproximó de nuevo hacia mí, mirándome a los ojos, como la vez en que Mayra nos interrumpió.

Había algún coqueteo en su mirada. Sabía hacia donde iban las cosas pero ¡al diablo! ¿qué importa? ¡sólo se vive una vez! ¿no? Esta vez quería completar la escena que Mayra interrumpió. Él continuó caminando, calmadamente, acercándose a mí, hasta que estuvo tan cerca que podíamos tocarnos uno a otro con nuestros cuerpos. Esa misma sonrisa que me encantaba ya estaba dibujada en sus labios. Entonces pregunté con timidez, sin dejar de mirar sus ojos: – ¿Si?

Él miraba extasiado mi rostro, examinándolo, apreciando cada detalle y nuestras caras se sentían atraídas como por una fuerza gravitatoria. Colocó sus dedos sobre mi rostro, acariciándolo y -luego-, aproximó su otra mano, acariciando mi mejilla, dirigiéndola hacia mi nuca. Con la mano con que comenzó la caricia, se dirigió entonces hacia mi mentón y levantó mi rostro hacia él, como si quisiera examinar detalles más pequeños de mi cara a contraluz. Entonces dijo: – Deberíamos hacer esto más seguido. – Yo respondí afirmativamente, en medio de  un suspiro, con mis ojos cerrados, esperando su beso y, entonces, él me beso en la mejilla con dulzura, mientras reafirmaba o . . . ¿corregía? . . . lo que recién había dicho: – Deberíamos de encontrarnos más seguido.

Abrí mis ojos y le miré. Coloqué una mano sobre su pecho mientras pasaba la otra hacia su nuca y le atraje hacia mí y lo besé con suavidad en los labios. Entonces le dije: – Tienes razón, debemos encontrarnos más seguido. – Y volví a besarlo con más intensidad. Fue un lindo beso. De esos que comienzan con dulce e inocente timidez; de esos que, cuando sientes la confianza, se convierten en una caricia más apasionada cada vez. De esos en los que recorres suavemente los labios de tu pareja, mientras sientes su sabor, su aroma, su calor. Luego nos separamos.

Golpeé su pecho con mi puño de manera sutil y femenina mientras le reclamaba: – ¡Tonto! ¿Por qué no me besaste desde el principio? – Él rió nerviosamente  y me respondió: – Porque necesitaba estar seguro de que tú también lo deseabas. – A lo que yo le respondí coqueta – ¡Pues claro que sí!.

Así comenzó nuestra historia. Nos quedamos en el estacionamiento un rato más. Más tarde, Lucas se despidió diciendo: – Bien, hermosa, es mejor que me vaya. Si continúo aquí, no querré separarme más de ti.

Se me hizo un acto de gran caballerosidad de su parte. La verdad es que, por primera vez, en muchísimo tiempo, no me había sentido tan conectada sentimentalmente con alguien. Todo mi ser deseaba estar con él. Si él no se hubiera despedido, quizá, ésta incipiente relación habría tomado derroteros mucho más complejos de los que deseaba enfrentar por el momento. Le agradecí intensamente que me diera ese espacio y que -según me lo demostró con su despedida-, también él deseara dar tiempo al tiempo y permitiese que esta relación que recién nacía se desarrollara por sí sola, a su propio ritmo.

A partir de entonces él y yo comenzamos a encontrarnos con mayor frecuencia, aunque ambos convinimos en procurar no mezclar los negocios con nuestra relación. Me sorprendió mucho que él pensara como yo en cuanto a nuestro desarrollo profesional. De alguna manera, esta tácita separación que acordamos nos unió con mayor fuerza.

Por supuesto, Mayra siguió su coqueteo, pero pronto se aburrió de que Lucas no cediera a éste. Así era ella. No se complicaba mucho la existencia. Yo solía reclamarle a Lucas en broma por los descarados coqueteos de Mayra y él sólo se sonrojaba. Me gustaba esa inocencia en él. Se esforzaba en explicarme que él no le correspondía, pero sus explicaciones eran innecesarias. Yo ya lo sabía.

La principal fortaleza de nuestra unión radicaba en que respetábamos nuestra privacidad y, sin embargo, sentíamos una profunda confianza del uno hacia el otro. Ambos aceptamos como un hecho que nuestras carreras eran lo más importante para nosotros y, por esa aceptación basada en un conocimiento profundo del otro, nunca hubo reproches por todas las noches que no pudimos vernos. No hubo suspicacias por ese aparente abandono que -sabíamos-, era producto de nuestro “otro” gran amor: nuestra carrera.

La fortaleza de nuestra relación continuó creciendo, hasta convertirse en algo indestructible, tan sólida como el diamante. Así llegamos a nuestras actuales circunstancias, en las que las cosas comenzaron a cambiar, a raíz de nuestro largo viaje que pudo ser una luna de miel.

Para ser sincera, Lucas representaba en mí todo cuanto habría podido desear. Me encantaba en todos los sentidos pero, en ocasiones, su tan natural obstinación llegaba a parecerme completamente intransigente y hasta insufrible. Él me había dicho muchas veces que necesitaba ser así, que ser obstinado y hasta terco era precisamente lo que le hacía tan bueno en lo que hacía. Decía que lo necesitaba para continuar sin rendirse hasta lograr sus objetivos.

No es que esa fuera una barrera importante en nuestra relación, sólo que a veces me parecía muy poco sensato de su parte, por no hablar de la escasa consideración que mostraba hacia los sentimientos de los demás cuando se ponía en ese plan.

Él sabía muy bien lo importante que era mi carrera para mí. Él conocía a la perfección mi necesidad, no tanto por sobresalir profesionalmente, sino como por mi entrega a lo que hago. Él sabía muy bien sobre mi necesidad de hacerlo todo perfecto, porque él es exactamente igual que yo en ese sentido.

Yo traté de comprender su necesidad de prolongar su linaje y en lo más profundo de mi corazón esperaba que él comprendiera mi reticencia al respecto. Hubiera deseado que él sintiese empatía hacia mí pero, en lugar de ello, lo que recibí de su parte fue un reclamo mudo, un alejamiento provocado por su incapacidad para ponerse en mi lugar y ponderar mis prioridades.

Había luchado tanto por lo que tenía ahora, sufrí mucho el distanciamiento obligado que me impidió estar con mis padres en sus últimos momentos, pero recogí los pedazos y en honor a una deuda moral que sentía hacia ellos salí adelante y continué mi vida. No fue fácil escalar posiciones, pero tenía una firme determinación y me gané cada una de las cosas que ahora ostento como mías.

Más allá de mi personal satisfacción por los logros que había alcanzado, se encontraba mi satisfacción por mostrarme a mi misma mi capacidad para cumplir mis metas. Detenerme ahora me haría sentir incompleta. Sentía que aun tenía mucho más por hacer y que un embarazo y la posterior cría de un bebé me impedirían satisfacer mis propias expectativas.

Lucas sencillamente fue incapaz de entender eso y, aunque aparentó aceptar mi negativa y reconocer mi derecho a decidir sobre mi vida, en el fondo, siempre me recriminó mi actitud y forjó una gélida barrera de acero en torno a él y enterró el asunto, enfocándose con mayor ahínco a su trabajo.

De cierta manera su actitud hacia mí cambió. No es que dejase de amarme, no. Sólo que, a veces, se mostraba distante y se negaba a compartir conmigo sus sentimientos. Pero no era necesario que hablara sobre el asunto. Yo intuía lo que pasaba en su corazón sin necesidad de escucharlo en sus palabras.

Alguna vez le pedí que habláramos abiertamente sobre sus sentimientos, pero él se negó rotundamente escudándose en la excusa de que hablar de ello podría complicar las cosas innecesariamente y que él no deseaba lastimarme. En cierto modo, comenzaba a perderlo.

La frialdad que mostraba hacia mí me dolía y muchas veces llegué a sentir que, quizá, lo mejor sería terminar nuestra relación, si es que ésta aún existía, pero jamás me armé de valor para proponerlo, aunque siempre dejé abierta la posibilidad. Aún así, él no daba muestras de comprender los sutiles mensajes que trataba de enviarle cada vez que su frialdad se interponía entre nosotros. Yo sufría más por verle sufrir a él y le expresaba que no deseaba verle así. Él simplemente decía “se me pasará” y cambiaba el tema. Si lo entendía, quizá fuera que él no deseaba terminar la relación, reprimiendo la frustración de no poder cumplir su deseo de tener una hija. Me dolía tanto esta situación.

Así llegamos a la situación en que vivíamos ahora. Seguíamos juntos, a pesar de todo, pero con una brecha tan amplia como profunda entre ambos que ninguno de los dos deseaba reconocer.

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