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Capítulo 01. Neuron IX.

Han transcurrido ya dos años desde que fui despedido de Argus. Los planes de boda entre Lucy y yo no llegaron a concretarse, al menos, no hasta el momento. Quizá, lo que quiero decir es que -en realidad-, no llegamos a descartar una boda del todo, sólo que ambos somos seres independientes, cada uno con ambiciones y metas por cumplir y, para ser honestos, todos esos objetivos profesionales, todas esas aspiraciones, simplemente fueron más importantes que los sentimientos que ella y yo compartimos.

Es un amor difícil de describir. Nuestra intimidad está condicionada a lo que ocurre en nuestro ámbito laboral, nuestros proyectos van siempre antes que cualquier necesidad personal, que nuestras necesidades afectivas, que nuestros sentimientos expresos del uno para el otro; sin embargo, aún tras esa enorme barrera, existe.

Es esa clase de atracción que es muy profunda en su naturaleza, que resulta irremisible e inevitable. Ni ella ni yo habíamos experimentado antes esa necesidad tan impostergable del uno por el otro, ni nos habíamos sentido tan comprendidos por una persona como nos sentíamos el uno hacia el otro. No había secretos. Nuestras almas se unían más allá de la distancia, se comunicaban más allá de las palabras, se amaban más allá del amor.

Tal vez, ese conocimiento tan profundo de la naturaleza de nuestros sentimientos, nos daba la certeza de que, sin importar cuán lejos estuviéramos el uno del otro, estaríamos siempre cerca, siendo siempre uno, en profunda comunión.

Intuía, no obstante, que algo hacía falta entre ambos y era ese elemento perdido, indescriptible, lo que impedía la consumación de nuestra unión. Ella lo presentía también. Quizás por eso no objetó cuando le expresé mi deseo de aceptar la oferta de Braulio e Idelfonso de regresar a Argus como socio y consultor.

No fue una decisión repentina. En realidad, Lucy y yo realizamos un viaje que se prolongó durante algunos meses.  Ella tomó un año sabático y juntos vivimos cinco meses de deliciosa compañía mutua. Durante ese periodo, descubrimos la fortaleza de nuestro amor y pudimos entender que lo que lo hace tan especial es que está provisto de un ingrediente subversivo y controversial llamado libertad.

Libertad. ¡Qué paradójica es la libertad! ¡Rompe tus cadenas al mismo tiempo que te confina dentro de sus límites! Recuerdo un cuadro que vi hace varios años llamado precisamente así. “La paradoja de la libertad”. En él, se muestra a un individuo encadenado a una roca. El tipo se ve fortalecido físicamente por su lucha interminable contra la cadena que pretende romper, con su cabello y barba largos y encanecidos, insinuando cuanto tiempo lleva luchando por su liberación y extendiendo su mano libre hacia el cielo, en la misma dirección en que vuelan unas gaviotas, en una actitud vehemente, añorando la libertad que tienen las gaviotas para volar hacia nuevos rumbos; libertad que a él, le ha sido negada por su prisión. Su dilema es que, aún cuando rompiera la cadena que le aprisiona, que le ata a la roca, él se encuentra en una isla rodeada por un océano que azota implacable la playa con sus olas. Aunque se liberara, no puede abandonar la isla sin morir y, aun así, no importa a donde fuera, siempre habrá un lugar más hacia el que él deseara partir.

Ese cuadro me hizo reflexionar muchas veces acerca del valor de la libertad. Me hizo reconocer muchas veces cuán dispuesto estoy a dar mi vida por la libertad y me hizo percatarme de que no importa que tan libre sea, siempre habrá límites para mi libertad. Entonces me surgió una pregunta: “¿Qué es la libertad?”, pero desde entonces, la respuesta se ha mostrado evasiva. No es tan fácil como coger un diccionario y leer la definición. Su explicación se torna complicada desde que tienes que reconocer la diferencia entre libertad y libertinaje. Se hace difícil explicarlo desde el momento en que reconoces que tu libertad tiene un límite. Límite que no es impuesto por nadie, más que por ti mismo y, si depende de ti, ¿qué tan amplia es tu libertad?

Verás, como yo la visualizo, la libertad es una garantía implícita de cada ser, que le es otorgada para darle la capacidad de llevar a cabo acciones que conduzcan a la satisfacción de sus necesidades y deseos pero, en algún punto, esta libertad contraviene la libertad que le ha sido otorgada a otros seres y se ve limitada por la libertad a que tienen derecho ellos.

Algunas veces, tú mismo decides ceder parte de tu libertad a favor de otros y, otras veces, te sientes con derecho a tomar parte de la libertad que le ha sido concedida a ellos. Para hacerlo más complicado aún, tienes la libertad de asociar diferentes grados de libertad a la multitud de contextos que conforman tu existencia.

¿Qué es -entonces- y hasta donde llega tu libertad? ¿Lo ves? Ese tipo de cuestionamientos produjo en mi la visión de ese cuadro y, desde entonces, no fui capaz de prever cuán importantes se volverían todos ellos para mí en el futuro.

Durante nuestro viaje, yo nunca fui capaz de ocultar lo mucho que me había halagado la oferta. Más aún, no fui capaz de ocultarle a Lucy lo fuerte que era mi interés por dicha oferta. Ella se mantuvo siempre comprensiva y se cuidó de guardar cierta distancia, a pesar de que estaba al tanto de lo que ocurría en mi interior.

Aunque la idea original era casarnos y hacer de éste viaje una luna de miel, la boda no se concretó. Ninguno de los dos hicimos algo por realizarla. Decidimos, así nomás, emprender el viaje. Es decir, tan pronto me hube recuperado de los disparos que había sufrido, ella solicitó un año sabático. Dedicamos las dos primeras semanas a planear la boda y estuvimos comprando cosas y organizando la ceremonia. Pero un día, cuando decidimos planear la luna de miel y nos pusimos a visitar agencias de viajes, sin más, optamos por irnos de viaje sin avisar a nadie y dejamos pendientes todos los planes relativos a la boda.

Así, emprendimos esos maravillosos cinco meses que pasamos juntos y que se prolongaron porque siempre encontrábamos un pretexto para quedarnos un poco más donde nos encontrábamos, o descubríamos un nuevo sitio a donde ir.

Cuando finalmente regresamos de ese largo viaje, una noche, en medio de la cena, comenzamos a hablar sobre los planes que habíamos suspendido.  Recuerdo que le pregunté -muy torpemente, por cierto-, si la formalidad que implica el matrimonio era necesaria para ella. Lucy se percató de mi evidente torpeza, pero aún así, me dijo que comprendía el sentido de mi pregunta y me dijo que en realidad, ella se sentía bien con el rumbo que habían tomado las cosas. Entonces me regresó la pregunta. Fue algo inesperado para mí. En realidad, nunca me imaginé respondiendo a esa pregunta. Yo le dije que era algo que no habría considerado jamás, si ella no me lo hubiera preguntado y me di cuenta de que quizá, muy en el fondo, si deseaba esa formalidad. Así lo expresé. Le dije que yo me sentía a gusto con el tipo de relación que llevábamos, pero que en cierta forma que no atinaba a describir, me agradaría mucho que nuestra relación se formalizara.

Ella sugirió entonces que quizás debíamos casarnos, si eso me hacía sentir cómodo en nuestra relación y fue en ese punto en el que las cosas empezaron a tomar la forma que tienen ahora. En ese instante, comprendí la implicación de sus palabras; es decir, no hablo de que ella deliberadamente quisiera implicar algo con la forma en que había dado su respuesta, más bien, intuí que, de manera inconsciente, ella me había expresado que cualquier rumbo que las cosas tomaran estaría bien para ella, es decir, que para ella, esa formalidad no tenía la misma importancia que para mí. Algo me dijo entonces que -tal vez-, era mejor dejar las cosas así, que -quizá, de otra manera-, las cosas podían tornarse innecesariamente complicadas.

Todo ese torrente de razonamientos se lo expresé de la manera mas abierta y honesta posible. Ella admitió que -efectivamente-, para ella todo ese asunto del matrimonio no tenía la misma relevancia que la que tiene para mí, me explicó que ella siempre se visualizó a sí misma como una mujer exitosa en su ámbito profesional y que nunca se detuvo a pensar en el matrimonio.

Me contó que vio como muchas de sus amigas se casaron y formaron hogares a veces felices, a veces no, pero -me dijo-, ella nunca las envidió ni se imaginó a sí misma en tales circunstancias y admitió que a estas alturas, la experiencia del matrimonio le parecía interesante, pero que no era fundamental para sentirse realizada.

No sé describir como me sentí. Siempre me encantó de ella su franqueza. Ese fue siempre un rasgo de su personalidad que admiré profundamente. En un minuto me dejó desconcertado.

Le pedí que describiera cuán importantes eran sus sentimientos hacia mi. Ella entonces me sonrió y llevo su mano hacia mi cabello. Me dio un beso suave en los labios y me dijo que le había malinterpretado.

Me explicó entonces que me amaba profundamente y que sabía que yo la amaba tanto como ella a mí. Me explicó porque eso hacía innecesaria la formalidad del matrimonio desde su punto de vista y me dijo que dicha formalidad ya la teníamos, de forma tácita.

Entonces le hice una pregunta que la tomó por sorpresa y le obligó a pedirme tiempo para pensar en la respuesta. Le pregunté si estaba dispuesta a tener un hijo conmigo.

Varios días después -aunque, quizás, sería más exacto decir: algunas semanas después-, finalmente, ella respondía a mi pregunta. – Lucas – me dijo un día. – He pensado mucho en la posibilidad de tener un hijo juntos y he descubierto que no me siento preparada para ser madre ahora . . . – explicó. Yo sentí mi ser inundarse de decepción. Aunque hubiera querido que fuera de otra manera, mi rostro delató la forma en que su respuesta me hizo sentir. Ella lo vio en mí. Me pidió perdón por no poder complacer ese deseo que había surgido en mí y yo, en medio de un profundo egoísmo, salí del departamento y pasé la noche en un hotel.

Esa noche se convirtió en dos, luego en tres y después de una semana le llamé y traté de explicarle. Ella no reclamó por mi abandono y pude notar que estuvo a punto de cortar la llamada, pero se armó de paciencia y escuchó todo cuánto le dije.

Lo primero que hice fue ofrecerle una disculpa por mi actitud. Ella no respondió. No sé que porqué no le pedí perdón. Sólo sé que lo más que podía hacer, era ofrecer una disculpa por mi reacción, pero no podía transformar esa oferta de descargo de culpabilidad en una súplica por el perdón, porque me sentía con un derecho legítimo a consumar nuestra unión, consagrándola al cuidado de un hijo producto de nuestra relación. Ella comprendió que me sentía de esa forma y reconoció que tenía derecho a sentir lo que sentía, aun cuando mis sentimientos actuales no justificaran mi proceder.

Le dije cuánto significaba para mí iniciar una familia con ella. Le dije cuánto deseaba tener una pequeña hija a quien cuidar y formar y le dije que quería que ella fuera la madre de mi hija porque jamás había existido alguien en mi vida con quien pudiera sentirme tan completo como me sentía con ella.

Ella me dijo que la maternidad truncaría muchas de sus metas y que daría un giro de ciento ochenta grados a su vida entera. Me explicó lo importante que era para ella ser una mujer exitosa y me contó porque era tan importante conseguir esa meta para ella.

Me habló de todas las esperanzas que habían depositado en ella sus padres y de los muchos sacrificios que habían hecho para mandarla a estudiar al extranjero. Me habló del profundo respeto que sentía por los esfuerzos que sus padres habían hecho por verla fructificar y convertirse en una mujer que les enorgulleciera y del profundo dolor que le produjeron todos esos años que no pudo estar con ellos tan sólo para hacer realidad sus esperanzas y de lo trágico que fue para ella no haber tenido la posibilidad de regresar con ellos antes de su muerte, sólo porque tenía que concluir sus estudios.

Me contó de lo difícil que fue para ella concluir sus estudios después de la muerte de sus padres y de lo firme de su determinación por cumplir su cometido, tan sólo como una ofrenda de honorabilidad y una muestra del profundo amor y respeto que sentía hacia ellos. Hablamos durante horas y expusimos nuestros motivos hasta el punto en que ambos enterramos el tema y jamás volvimos a tocarlo.

Fue tras ese álgido episodio que le expuse mi deseo de regresar a Argus y ella lo aceptó sin más.

A mi regreso a Argus, me puse al tanto sobre los progresos de mi antiguo equipo para tratar de comprender el mecanismo que había hecho de Neuron I un algoritmo tan interesante. Según me dijeron, habían notado el mismo patrón en las versiones posteriores del algoritmo y habían descubierto algo que nos dejó atónitos a todos: cada una de las versiones de Neuron que habíamos desarrollado y probado, había mutado hacia algoritmos muy parecidos entre sí, quizás, con un mínimo de divergencias entre ellos, pero se encontraban evolucionando hacia una única versión, que los englobaba a todos.

Es posible que -justo ahora-, deba hacer una pequeña pausa para explicar la naturaleza de Neuron y porque esta serie de mutaciones evolutivas nos tenia a todos perplejos.

El cometido de Gene/Sys era constituirse en un poderoso sistema con la capacidad de capturar la psique humana y utilizarla para entrenar una red neuronal artificial con el fin de producir egos virtuales de las personas que se hubieren prestado voluntariamente para ello.

La captura de la psique se llevaba a cabo por medio de un chip implantado en el cuerpo de una persona, cuya función era captar la actividad eléctrica del cerebro de dicha persona y transmitir tales señales a la supercomputadora de Argus, donde se utilizaría esta información para alimentarla a un modelo matemático de red neuronal artificial con el fin de entrenarla para reproducir los mecanismos de pensamiento de esta persona.

El núcleo de Gene/Sys era entonces capaz de crear múltiples instancias de este ego virtual y podía correr simulaciones basadas en dichos egos virtuales. En otras palabras, podía crear múltiples copias de la personalidad de un individuo. La parte interesante de este mecanismo era su capacidad para hacer que se corrieran diversas simulaciones de la misma personalidad, simultáneamente. Así, uno de los usos que habían sido planeados para esta tecnología era para asistir en el desarrollo de varios negocios al mismo tiempo. Una persona, usando esta tecnología, podía ser dotada de omnipresencia, pudiendo así, asistir a diferentes juntas de negocios concurrentemente y tomar decisiones en cada una de ellas, elevando exponencialmente su productividad.

En realidad, era uno de los egos virtuales el que tomaba parte de una reunión de negocios y era el ego virtual el que tomaba las decisiones, basándose siempre en el mecanismo de pensamiento del ego original. Lo que prevenía las inconsistencias provocadas por decisiones conflictivas tomadas por los diversos egos virtuales, era el subsistema de administración de concurrencias implementado en el núcleo de Gene/Sys.

Yo había sido el primer voluntario para la captura de la psique, en este caso, de mi psique y, de ahí, había surgido el primer conjunto de señales para entrenar a la primera versión de la red neuronal artificial que habíamos desarrollado, Neuron I.

Debido a que Gene/Sys contravenía los planes de Sergio, el gusano desarrollado por él había saboteado está y las sucesivas versiones de Neuron provocando fallos inesperados en su desempeño. Pero Sergio nunca se preocupó de que el conjunto de señales de entrada utilizado por Neuron, provinieran de mi cerebro, el cerebro del creador del sistema. Así que, aunque fue capaz de visualizar que, al ser mi psique la utilizada para entrenar a Neuron I, ésta podría sabotear sus planes de comerciar ilegalmente con el software de Argus, no tuvo la lucidez suficiente para ver que mi ego virtual terminaría corrigiendo los errores introducidos en Neuron I por el gusano desarrollado por él.

Ese fue precisamente el caso, mi ego virtual se había mantenido muy ocupado en cada una de las versiones de Neuron eliminando los fallos introducidos por el gusano de Sergio. Más aún, actuando como un crítico, había mejorado cada una de las versiones de Neuron, haciendo que evolucionasen hacia una versión optimizada, produciendo un modelo matemático de la red neuronal más eficiente que los anteriores. Curiosamente, cada una de las versiones de Neuron, parecían llegar al mismo punto y aunque el producto de tales mejoras presentaba algunas pequeñas diferencias con respecto al resultado producido por las demás versiones, las divergencias al final eran insignificantes y podía considerarse que se trataba del mismo algoritmo.

Este hecho trascendió porque era la primera vez que un algoritmo se corregía a sí mismo, lo cual habría la puerta a nuevas y excitantes tecnologías.

A dos años de su desarrollo inicial, Neuron había evolucionado hasta la más estable de sus versiones: Neuron IX. Este ya se había constituido en un producto comercial y su uso principal, a pesar de todos los pronósticos, había terminado siendo orientado a la asistencia en la terapia de personas que había sufrido cualquier tipo de daño cerebral. Una característica muy importante de Neuron, era su capacidad de reconstruirse tras haber sido casi totalmente destruido. Así, esta característica resultó ser muy recurrida por los hospitales para tratar a los pacientes que habían sufrido daño cerebral. Lo que hacían, era crear un ego virtual del paciente y correr una simulación en la modalidad de reconstrucción. Con ello, lograban regenerar la red neuronal del paciente al revertir el procedimiento y transmitir las señales del ego virtual al cerebro del paciente, asistiendo de este modo en su terapia. La recuperación de dichos pacientes era mucho más rápida y el resultado -al menos hasta ahora-, parecía ser mucho más satisfactorio.

Pero no eran esas las únicas aplicaciones para esta tecnología. Prácticamente en cada nicho se había descubierto alguna aplicación y su uso se había vuelto muy extendido.

Al ser esta una tecnología de apariencia benéfica para la sociedad, nunca fue tarde para los extremistas encontrar algún defecto. La principal acusación de estos grupos era el supuesto interés de Argus por reprogramar la conciencia pública. Habían sido muy imaginativos explicando en toda oportunidad que tenían, como era que Argus se las ingeniaba para inducir en la gente órdenes con la finalidad de adquirir sus productos sin chistar.

Yo no sé si esta gente conocía la tecnología empleada o, simplemente, en medio de su absoluta ignorancia, creaba arbustos en llamas para impresionar. En realidad, Gene/Sys detectaba la actividad eléctrica del cerebro de las personas y generaba patrones de señales eléctricas que eran transmitidas hacia una supercomputadora por medio de un chip que implementaba dichas funciones. Era posible revertir la funcionalidad y, desde la supercomputadora, transmitir los patrones de señales de vuelta al chip, el cual estimulaba a las neuronas a repetir bajo ambiente controlado un patrón de actividad cerebral pero, siempre era necesario utilizar el chip como punto común, cualquiera fuera el caso. Los extremistas, sin embargo, insistían en que tales procesos ocurrían aún sin la necesidad del chip, yo no sé si en un recurso pseudo-científico, cuyo único interés era cautivar la atención del público para ganar adeptos a su causa, o bien, como producto de una ignorancia pueril y supina.

Su principal alegato era que Argus pretendía controlar las conciencias, no sólo para obtener una ventaja competitiva, sino para establecer un nuevo orden mundial. Tan debatido era el impacto de esta nueva tecnología, que se hablaba de su empleo con fines militares y se le describía como la nueva “última frontera” del intelecto humano.

Naturalmente, a pesar de la existencia de bandos divididos, la nueva tecnología otorgaba importantes contribuciones a la raza humana y, aún con la presión de los grupos subversivos, era una tecnología que había abierto nuevas puertas y había traído consigo nuevas y excitantes posibilidades.

Casi desde mi reintegración al equipo que había llevado a Gene/Sys hasta el privilegiado puesto que ocupaba ahora, me sentí inevitablemente atraído por la capacidad de Neuron IX de auto-modificarse. De ahí en adelante, decidí enfocarme principalmente al estudio de esta nueva capacidad.

Algo que me parecía fascinante, inquietante, intrigante, era la manera en que la réplica de mi psique se las arreglaba para mantenerse ocupada, concentrada en la revisión de los algoritmos existentes, así como en la creación de nuevos algoritmos. Algo que atraía poderosamente mi atención, era la manera en que respondía mi réplica cuando captaba patrones de mi pensamiento relacionados con eventos en que existía cierto nivel de carga emocional.

Creo que todos sabemos que, como seres humanos, la manera en que tratamos la información que recopilamos a través de nuestros sentidos, depende en gran medida de la perspectiva que le den nuestros sentimientos.

Había ocurrido varias veces que se había permitido, ya fuera accidentalmente o a propósito, la captura  de mi psique. Esta modalidad podía activarse o inhibirse a voluntad, desde el panel de control de Neuron IX, con la idea de permitir la actualización de las réplicas. La idea central era que como seres humanos, tenemos una capacidad natural de evolucionar conforme a las circunstancias de nuestro entorno. Como dice el dicho, “es de humanos cambiar de opinión”. A través de este mecanismo, podíamos reprogramar a la red neuronal capturando nuevos patrones de pensamiento cuando se considerara conveniente.

Todo eso era un procedimiento de rutina, sin embargo, ocurrían a veces cosas que era difícil comprender. En lo particular, mi réplica parecía ser mucho más analítica cuando recibía nuevos patrones de pensamiento en los que se hubiese registrado un mínimo de participación de los sentimientos humanos. No los rechazaba del todo, pero los sometía a un análisis exhaustivo antes de aceptarlos y aplicarlos.

Nos dábamos cuenta de ello al comprobar que, efectivamente, siempre que ocurría de esta manera, Neuron IX requería de un mayor número de ciclos para programar la red neuronal artificial.

Era un suceso aislado. Quisimos descartar la probabilidad de la intervención del azar bajo estas circunstancias y, tras un extenuante análisis estadístico, comprobamos que este fenómeno sólo ocurría en mi réplica. Otras réplicas no respondían igual ante la presencia de patrones similares de pensamiento.

El fenómeno fue detectado una ocasión en que notamos que Neuron IX tomaba mucho más tiempo para procesar un patrón recién recopilado. Lo primero que pensamos es que había algún problema con el algoritmo, así que detuvimos su ejecución, guardando -obviamente- el patrón recopilado para alimentarlo posteriormente fuera de línea, y revisamos el algoritmo, pero descubrimos que funcionaba normalmente.

Como desarrollador de software, llamó poderosamente mi atención que para ese conjunto particular de señales, Neuron IX requiriera una mayor cantidad de ciclos para registrarlas en la red neuronal artificial. Es decir, al revisar el algoritmo noté que todo parecía estar en orden. Lo revisé varias veces, con la esperanza de detectar un posible error de lógica que nunca se hizo evidente.

Cuando lo corrí paso a paso utilizando un depurador noté que, como lo esperaba, el registro del nuevo conjunto de señales, se producía tras una cantidad de iteraciones similar a la necesaria para otros conjuntos diferentes.

Era obvio que resultara así; después de todo, el algoritmo que conformaba Neuron IX era un sistema determinístico, basado en un modelo matemático.

No obstante, se hizo evidente que, unas cuantas iteraciones después, la red neuronal artificial que constituía mi réplica, respondía cuestionando la nueva entrada y eso provocaba el incremento en la cantidad de ciclos requerido para procesar el conjunto entrante de señales nuevas. Era una especie de filtro que la misma réplica aplicaba.

Ya estábamos acostumbrados a esa reacción, así que la dejamos pasar. Digo que nos encontrábamos acostumbrados a ese tipo de respuesta, pues lo habíamos visto muchas veces, cuando mi réplica decidía hacer modificaciones al modelo matemático de Neuron IX.

Sin embargo, pronto se convirtió en algo usual que ante determinados conjuntos de señales, la red necesitara más ciclos de proceso para registrarlos. Esto nos mantenía intrigados, pues aún desconocíamos el porqué de tan extravagante comportamiento.

En adelante, pusimos mucha más atención hacia las circunstancias bajo las cuales se presentaba el fenómeno hasta que, un día, Mónica, una de las más inteligentes colaboradoras del equipo, bromeó conmigo y me preguntó sin andaba de buenas ese día. Yo le respondí que no tenía motivos para andar de malas, pero que mi estado anímico podría no ser el mejor, que me sentía un poco apático ese día.

Entonces ella frunció sus labios, bajo su mirada e identifiqué un atisbo de duda en sus hermosos ojos negros. Regreso su mirada hacia mis ojos y dijo: “Es extraño, creo que en otras ocasiones, cuando se ha requerido de mayor cantidad de iteraciones para entrenar la red, tu estado anímico ha presentado algún tipo de desorden”.

Yo sonreí. Le dije en broma que agradecía que le llamara a mis achaques “desorden anímico”, como si estuviera loco o algo así, pero comprendí hacía donde apuntaba su comentario. Ella sonrió conmigo y compartimos con los demás su descubrimiento. No pasó mucho tiempo para que diseñáramos un experimento que requería de mi parte llevar un diario, tan descriptivo como objetivo acerca de los acontecimientos de mi vida. No era fácil para mi ventilar mi vida privada, así que diseñamos la bitácora de manera que no tuviera que hablar de circunstancias específicas, pero si tenía que revelar, sin embargo, la naturaleza de mi estado anímico.

Pronto fue evidente la importancia de la influencia de mis sentimientos en los patrones de mi pensamiento que Neuron IX capturaba. De alguna forma,  mi réplica se tornaba más exigente con ellos y no sabíamos exactamente porqué.

Era obvio que, cuando había carga emotiva en mis pensamientos, mi réplica era mucho más estricta al momento de aceptarlos. Pero durante mucho tiempo no fuimos capaces de explicar esta conducta.

Por supuesto que elaboramos varias hipótesis, aunque no habíamos logrado comprobar ninguna de ellas hasta el momento. Una de las principales hipótesis que sustentábamos era que mi réplica fue la única que tuvo oportunidad de adaptarse evolutivamente, dado que, por mucho tiempo, sin que lo supiéramos, estuvo ahí, revisando y modificando algoritmos, creando nuevos programas y -lo más desconcertante de todo-, posiblemente, evolucionando.

Era una posibilidad subversiva, inquietante. Quizá mi réplica pudo adaptarse por sí sola, sin necesidad de las actualizaciones periódicas a las que sometíamos a las redes neuronales artificiales, por medio de la captura de nuevos patrones de pensamiento. Quizá se había convertido en un ente independiente, con capacidad propia de discernir, con personalidad propia y autónoma. Tal vez, cuando recibía nuevos patrones provenientes de mi mente, los analizaba como si recibiera opiniones de alguien más, como si hubiera dejado de ser yo. Las pruebas continuaron. No teníamos una respuesta definitiva y era aventurado aceptar esa hipótesis como explicación absoluta.

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