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Archive for Octubre, 2012

Epílogo.

Octubre 9th, 2012 No comments

Lucy y yo por fin estábamos reunidos con nuestra pequeña. No quisimos presentar cargos contra Gabriela, quien, arrepentida, había facilitado las cosas para la aprehensión de Josafath.

Se le ofreció a Lucy retomar su empleo, con una importante promoción para convencerla de regresar. Ella declinó argumentando que, por unos años, deseaba dedicarse por completo a Diana Evelyn.

A lo largo de todo este proceso, ambos descubrimos los límites de nuestra propia libertad. Nos dimos cuenta que la libertad es tan flexible, que podemos moldearla tanto como nuestras necesidades personales lo exigiesen, pero que esta flexibilidad tiene un precio.

Es hasta que una persona descubre los límites de su propia libertad, hasta que experimentamos en carne propia las consecuencias de ejercerla, que finalmente nos liberamos, pues hasta en el compromiso existe libertad.

En lo personal, también recuperé algo en lo concerniente a mi ego virtual. ¿Es la libertad producto de nuestra esencia como personas, o la generamos a través de lo que nos hace ser personas?

* * * F I N * * *

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Capítulo 11. La confrontación.

Octubre 9th, 2012 No comments

Lucy estaba deshecha. Habían pasado dos días desde la desaparición de nuestra hija y yo no estaba para nada mejor. En Argus, Braulio y mis compañeros más cercanos estaban al tanto de lo que ocurría. Por sugerencia de la policía, no convenía que más gente estuviera al tanto del infierno por el que atravesábamos.

Yo, simplemente no pude más y, desobedeciendo las indicaciones de la policía, decidí enfrentar a Josafath. Tenía una fuerte sospecha de que él estaba, no sólo implicado, sino que todo este asunto era ocasionado por él

Entré intempestivamente en su privado. Su asistente, tras de mí, se deshacía en disculpas por mi súbita intrusión en su oficina. El personal de seguridad se desplazaba ya hacia el sitio.

- ¿Cuál es tu juego maldito desgraciado? – Le grité mientras lo señalaba acusatorio. – Ya haz hecho demasiado. – Le acusé. – ¿Dónde tienes a mi hija?

- ¡Llame a seguridad señorita Imelda. – Ordenó él.

- Vienen en camino. – Informó la asistente.

- ¡Confiesa, maldito hijo de perra! – Le exigí.

- No entiendo que de hablas maldito estúpido. – Se limitó a contestar.

Sin más, arrojé las fotos sobre su escritorio. En ese preciso instante, el señor Natsukawa hizo acto de presencia. El ascensor abrió sus puertas corredizas y un grupo de guardias entró corriendo.

- Esto es lo que eres capaz de hacer al sentirte impotente para cumplir tu lascivo capricho. – Dije, tras arrojarle las fotografías.

- ¿Qué es todo esto? – Preguntó Natsukawa, exigiendo una explicación.

- Al parecer, este tipo sólo está provocando una escena de celos por que su esposa me prefirió a mí. – Dijo Josafath cínicamente, mientras levantaba una de las fotografías y se la mostraba a todos los presentes.

- ¡Pero esto, no puede ser! – Exclamó Natsukawa atónito por la sorpresa que le provocó ver a Lucy en la foto, haciendo el amor con Josafath.

- Este maldito hijo de puta secuestró a mi hija. – Insistí. – Esas fotografías son un ardid fraguado por él. Hace varios meses me las hizo llegar a mi oficina con esta nota. – Dije, entregándole la nota a Natsukawa.

- ¡Guardias! ¡Saquen a este mal nacido del edificio! – Ordenó Josafath.

- ¡No! ¡Esperen! – Exigió Natsukawa. – Explíqueme usted la situación. – Me exigió expectante.

- Hace unos meses, este maldito me envió estas fotografías junto con la nota que le acabo de entregar. El muy maldito estuvo largo tiempo acosando sexualmente a Lucy y, cuando vio frustrada su lascivia porque Lucy le informó que yo estaba al tanto de todo, decidió desquitarse enviándome esas sucias fotografías que no tengo idea de cómo las obtuvo.

- ¿Cómo iba a ser? – Respondió Josafath burlón.

- Lo que tú no sabes, Josafath – empezó a decir Natsukawa -, es que yo conozco más a Lucy de lo que tú crees. Su padre y yo fuimos grandes amigos y, cuando él murió, me pidió que cuidara de ella. Yo conozco a Lucy, sé que ella jamás haría algo como esto. – Dijo, mostrándole la foto.

- Bueno, la foto habla por sí misma. – Reclamó Josafath.

- Aún con todo y esta sucia foto, tú estás mintiendo. – Aseguró Natsukawa.

- ¡Este maldito tiene a mi hija! – Exclamé suplicante.

- ¿Cómo es eso? – Preguntó Natsukawa.

- Hace unos días Lucy dio a luz a nuestra hija. Pocos días después, la bebita enfermó y la llevamos a una clínica. Estaban dándola de alta cuando una enfermera nos notificó su desaparición. La policía está investigando el secuestro ahora.

- ¿Y cómo todo eso puede estar relacionado con Josafath? – Inquirió Natsukawa intentando ser ecuánime.

- No puedo afirmarlo, lo acepto. No puedo afirmar que este maldito delincuente tiene a mi hija. – Confesé en medio de un incontrolable llanto. – Pero sospecho de él… – empecé a decir.

- ¡Ah! Sospechas de mí. – Dijo Josafath, burlándose.

- Si, maldito perro, sospecho de ti porque durante mucho tiempo estuviste acosando a Lucy, saboteando su trabajo, hasta que conseguiste que la despidieran.

- Si en sospechas se fundamente tu acusación, maldito imbecil, es mejor que tengas buenos abogados, porque te voy a destruir. – Amenazó finalmente Josafath.

Una voz se escuchó de pronto detrás de todos nosotros.

- ¡No! ¡Quién debe buscar unos excelentes abogados eres tú, Josafath! – Dijo la voz.

Abriéndose paso entre la multitud que se había acumulado en el recinto, apareció Gabriela, la amiga de Lucy, cargando a mi hija. Sobra decir la conmoción que ocasionó su repentina aparición.

- Toma Lucas, aquí tienes a tu bebita hermosa. – Dijo, jugando con la pequeña.

- ¡Gaby, gracias! – Exclamé. La vida por fin volvía a mi agotado ser.

- ¡Maldita perra! – Exclamó Josafath iracundo. Intentó golpearla, pero los guardias lo sometieron. – ¡Traidora! – Gritó impotente.

- No entiendo. – Declaró Natsukawa.

- Josafath y yo nos hicimos amantes en los primeros días de la fusión con su empresa. – Explicó Gabriela. – Yo sabía que él tenía otras amantes, pero me negaba a dejarlo por amor. Me di cuenta de su acoso hacia Lucy, pero callé por que él me lo solicitó, amenazando con dejarme. Hace unos meses, Lucy me contó sobre su embarazo y yo supe que las cosas iban a ponerse peor para ella, pero por amor y por temor, sobretodo, no le dije lo que ya sabía sobre Josafath. Las fotos que Lucas trajo, las tomé yo. Eso fue antes de enterarme del embarazo de Lucy. Josafath encontró, no se cómo, una mujer muy parecida a Lucy. Le pago una millonaria suma por lo que le dijo, era un placer que él se podía costear. Ella está dispuesta a declarar. Ya la contacté. Hace unos días, una enfermera llegó a mi departamento con la niña y me dijo que Josafath la había enviado. Más tarde, Josafath me dijo que debía cuidarla y mantenerla oculta. Esta mañana, Lucy me llamó para decirme que Lucas iba a venir a la oficina de Josafath y que estaba iracundo. Yo, no pude más. La culpa me consumía. Por eso decidí venir y aclarar las cosas de una vez. Me consta que él es quien fraguo todo este plan, que fue por él que se despidió a Lucy y estoy completamente arrepentida por no haber comprendido a tiempo que todo cuánto hacía estuvo mal, a pesar de escudarme tras el amor que llegué a sentir por Josafath.

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Capítulo 10. El despido.

Octubre 8th, 2012 No comments

Los meses siguieron su curso. El incidente con las fotos quedó sepultado y Lucas y yo decidimos no hacer nada en respuesta al complot fraguado por Josafath. El embarazo comenzaba a ser notorio y yo me veía sometida a cada vez mayor presión por parte de Josafath. Por ello, siempre procuraba hacer un trabajo impecable. Aún así, el tipo se las arreglaba para poner en la balanza cualquier cosa que hacía. Mi trabajo nunca había sido tan cuestionado como ahora.

Cuando menos lo esperaba, Josafath me forzaba a trabajar más, como si pretendiese ponerme al límite. Afortunadamente, a pesar de la presión, el embarazo continuaba con normalidad. Sin embargo, gracias a los esfuerzos de Josafath por obligarme a rendirme, ya sea aceptando ser su amante o bien, por renunciar, lo que nunca antes había pasado, comenzó a suceder desde el primer instante en que quedé bajo su supervisión: mi trabajo era considerado malo ante la dirección de la empresa y se me había etiquetado como una pésima trabajadora. Yo no soportaba más la situación y estaba decidida a abandonar el trabajo en cuanto comenzara la incapacidad por mi estado.

Un día, el señor Natsukawa me llamó a su privado y, sin más, me explicó que se veía forzado a dejarme ir. De alguna manera, eso me hizo sentir mucho más tranquila.

Lucas, al enterarse, estalló en furia, pero al final convinimos en dejarlo todo así. Después de platicarlo entre nosotros, acordamos que quizá, eso era lo mejor para nosotros. Después de todo, siempre podría encontrar otro empleo y no deseábamos que nuestro bebé se viera afectado por circunstancias que escapaban a nuestro control.

El embarazo llegó a su fin y, un nueve de junio, nacía nuestra hermosa bebé. Lucas se deslindó por un tiempo de sus actividades como consultor en Argus. Quería pasar más tiempo con nosotras. El estaba emocionado de tener por fin la nena que tanto había deseado y no dejaba de agradecerme por habérsela dado.

Una noche, la nena se puso enferma y la llevamos a la clínica, donde nos dijeron que debían mantenerla bajo observación ahí mismo. Pasaron un par de noches en las que ni Lucas ni yo nos separamos de ella. No obstante nuestra preocupación, la bebé comenzó a mostrar mejoría. El médico que la atendía nos llamó para explicarnos la situación y tuvimos que dejarla por unos minutos. Fue entonces que Berta, la enfermera, entró agitada para informarnos que nuestra hija había desaparecido.

Yo sentí que me desvanecía ante la noticia. No podía sostenerme en pie y Lucas se puso como loco reclamando al médico por la falta de seguridad en la clínica. El médico se deshizo en disculpas y todo el lugar se puso en incontenible frenesí.

Esa noche se volvió más larga de lo usual. Yo no dejaba de llorar y Lucas estaba deshecho. La policía se ocupaba de recopilar declaraciones de todo mundo. Le preguntaron a Lucas si teníamos enemigos que pudieran desear cobrarse cuentas con nosotros, si éramos una familia con recursos holgados, si éramos una familia disfuncional y cosas por el estilo.

Lucas recordó las fotos y le informó a la policía sobre el incidente que había ocurrido meses atrás, él y yo declaramos todo cuanto había sucedido en torno a Josafath y la policía sugirió que no intentáramos ninguna clase acción por nuestra cuenta.

La investigación siguió su curso. El personal de la clínica fue investigado pero nadie reportó nada anormal.

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Capítulo 09. El incidente.

Octubre 8th, 2012 No comments

- ¡Gaby, estoy muy emocionada! – Le confesé a mi amiga.

- Cuéntame, ¿cuál es el motivo de tu emoción Lucy? – Preguntó curiosa.

- Acabo de recibir buenas noticias del ginecólogo, ¡estoy embarazada! – Dije sin poder contener la alegría que sentía inundando mi ser.

- ¡No puedo creerlo! – Exclamó sin poder contener su sorpresa. – ¿Tú? ¿La adicta al trabajo? ¿Embarazada? – Dijo con ironía. – ¿Ya pensaste en la manera que esto cambiará tu vida? – Preguntó.

- Si. No es un evento fortuito, ¿sabes? En realidad, hace meses que había venido pensando en la posibilidad.

- ¿Ya lo sabe Lucas? – Preguntó curiosa.

- ¡No! ¡Aún no se lo he dicho! – Confesé.

- ¿Cómo? – Preguntó atónita.

- Bueno, te dije que recién me enteré. – Reiteré.

- ¡Pero se lo dirás! – Insistió.

- ¡Claro! ¡En su momento! – Aclaré.

* * *

Mónica y yo nos habíamos dado a la tarea de averiguar que ocurría con otras réplicas buscando un patrón que mostrara el mismo tipo de conducta que Lucas virtual había exhibido.

Aparentemente, el comportamiento de mi ego virtual no presentaba precedentes ni paralelismos. Las demás réplicas se comportaban normalmente. Ninguna presentaba desviaciones importantes que pusieran en evidencia cambios evolutivos desarrollados voluntariamente, aunque en manera moderada se habían detectado algunas de tales desviaciones.

Parecía que, una vez introducidas en el ciberespacio, las réplicas tendían a evolucionar de manera natural al saberse fuera de su cuerpo físico. Quizá tales modificaciones en su comportamiento se debían a un ajuste necesario, producto del cambio de entorno.

Aunque inicialmente no lo habíamos notado, pronto descubrimos que ocurría con las demás réplicas el mismo tipo de fenómeno que habíamos observado en Lucas virtual: una vez en el ciberespacio, las réplicas se tornaban más exigentes y selectivas con relación a la carga emotiva presente en la entrada de nuevos patrones, aunque en una mucho menor escala que en el comportamiento exhibido por Lucas virtual.

Comprobamos también la capacidad de las réplicas para entablar nexos de comunicación con el mundo real y lo aprovechamos para indagar en los motivos de cada una para seleccionar el patrón de impulsos que finalmente integraban en su configuración.

El común denominador era que la información producida por los sentidos humanos se volvía irrelevante una vez en el ciberespacio.

Otra cosa que comprobamos fue que aunque existían mínimas diferencias entre el ego virtual y el ego real, parecían a gusto con la coexistencia y no mostraban signos de aspirar a ser considerados entes independientes del ego real del que procedían.

Esa reacción –presente en toda réplica analizada-, parecía tener su fundamento en que, una vez obtenida una réplica funcional, la irrelevancia de los sentidos humanos les permitía proceder con una objetividad mayor, apegada a la lógica.

En realidad, nos encontrábamos a una distancia abismal de ser capaces de explicar esa aparente apatía hacia el mundo real, pero recién intuíamos  que podría deberse a la carencia de sentimientos que influyeran en sus decisiones, matizándolas con los intereses humanos que han dado lugar a las más terribles calamidades padecidas por nuestra especie y a la más sutil genialidad subyacente en la pasión humana.

Horas después, me encontraba sólo organizando la información que habíamos recopilado durante la jornada y regresé a mi oficina para tabular los resultados. Al llegar, note un sobre grande y de color amarillo sobre mi escritorio. Para nada parecía uno de esos sobres con correo interno que circulaban a través de las diferentes oficinas de Argus. Decidí abrirlo para conocer su contenido.

Odié lo que encontré. Eran una serie de fotografías en las que claramente podía ver a Lucy haciendo el amor con Josafath. Al llegar a la última, encontré una breve nota en la que simplemente se leía: “Te lo pregunté una vez ¿Puedes vivir con esto?”. No era necesario indagar más. Estaba visto que el autor de esta canallada era Josafath.

Lejos de producir mi desconfianza en Lucy, me pareció que todo esto no era más que un ardid cuyo autor era un hombre despechado que buscaba por todos los medios cobrar su venganza, pero no había dudas, la de las fotos era Lucy.

No obstante lo incómodo de la situación, decidí permanecer en calma y, más tarde, cuando llegué a la casa, le mostré las fotos a Lucy. Ella se mostró tan sorprendida como enfurecida.

No tenía motivos para dudar de Lucy, a pesar de las fotografías. Yo sabía bien que ella era incapaz de algo así, más que nada por lo mucho que le irritaba la presencia de Josafath. Además, era evidente que bien podía tratarse de fotos trucadas de alguna manera.

- No puedo creer de lo que es capaz este imbecil. – Dijo  iracunda. – ¿Tú crees esto? – Me preguntó.

- En realidad no. – Le dije. – Admito que, inicialmente, me sorprendió verte en estas fotos, pero supuse que es alguna especie de fotomontaje. – Le aseguré.

- Lucas, es que hay más cosas que tengo que decirte. – Dijo con un temor visible en su rostro.

- ¡No me digas que . . . ¡ – No me atreví a terminar la oración.

- ¡No! ¡No! ¡Por supuesto que no! – Dijo ella como queriendo borrar cualquier sospecha que comenzara a anidar en mi corazón.  – Es que, no se como decírtelo. – Dijo, sin atreverse a hablar.

- Lo que sea, dímelo, me tienes en ascuas – Demandé.

- Estoy embarazada. – Dijo. No supe como reaccionar. La sorpresa me dejó mudo. Todo un cúmulo de emociones se agolpó de pronto en mi cerebro. Ese momento que tantas veces desee, por fin había llegado.  Siempre me imaginé a mí mismo brincando de alegría, gritando como loco e inmerso en una felicidad inmensurable. Pero me quedé ahí, congelado, sin saber como reaccionar, sin recordar siquiera el incidente con las fotografías.

- Dime algo – exigió –, ¿o es que acaso ahora dudas de tu paternidad? – Preguntó.

- ¡Claro que no, mi amor! – Le confesé, intentando tranquilizarla. – Por supuesto que no. Es sólo que dejé de esperar que esto ocurriera alguna vez. Simplemente, tomé como un hecho que tú no querías tener hijos.

- ¡Mi amor! – Dijo enternecida. – Yo nunca dije que no quería – aclaró -, lo que dije fue que no me sentía preparada entonces. Pero a raíz de todo lo que pasó y cuando vi finalmente que tú estabas dispuesto a apoyarme y a ponerte en mi lugar, cuando descubrí que, pese a todo, a pesar de lo mucho que te costó, hiciste a un lado tus dudas por creer en mi y darme una oportunidad, de pronto supe que el momento había llegado. – Explicó con profundo amor reflejado en su mirada.

- Gracias hermosa – dije -, es la mejor noticia que me has podido dar. ¡Estoy feliz! – Dije, no pudiendo contener más la alegría que surgió en mi ser al escuchar tan fascinante noticia.

- Pero eso no es todo – continuó -, hoy ocurrieron otras cosas amor. – Dijo, abriendo las puertas a la expectativa.

- ¿Qué más sucedió? – Le pregunté.

- El señor Natsukawa me informó que, a partir de hoy le reportaré a Josafath. – Dijo.

- ¡Vaya! El tipo no deja de acosarte. – Expresé mi punto de vista.

- Lo mismo pensé yo. Amor, estoy pensando en renunciar. – Confesó.

- No amor, no lo hagas – dije, apoyándola -, ¡no te rindas! – Supliqué.

- Es que va a aprovechar cualquier pretexto para acosarme. Él sigue insistiendo a pesar de que se había controlado después de aquel encuentro. – Me informó.

- No sabía eso último. – Confesé. – Pero, de cualquier modo, no creo que tú debas ceder sólo porque el imbecil ese se siente dueño del mundo. – Insistí. – Hagamos una cosa – propuse -, hablemos con él, en privado. Expongámosle que sus burdas tretas no han tenido el impacto que él esperaba. Aclarémosle que no estamos dispuestos a seguir su juego y hagámosle ver que tenemos pruebas de que te está acosando. – Expuse.

- ¿En serio crees que así se arreglarán las cosas? ¡Ni siquiera sabes de cierto que él fue quien te hizo llegar estas fotos! – Dijo con toda lógica.

- Es cierto. – Acepté. – Tienes razón.

- Por eso es que prefiero renunciar, amor. – Insistió.

- Cielo, no creo que debas hacerlo. Si lo haces, él habrá ganado y, además, no creo que así vaya a dejarte en paz. Simplemente, no da muestras de querer dejarnos en paz.

- Tienes razón. – Aceptó. – ¡Esta bien! Seguiré en el trabajo, pero reconsideraré las cosas cuando nazca Diana Evelyn. – Dijo.

- ¡Diana Evelyn! – Repetí. – Me gusta ese nombre. – Concordé.

Después sólo comenzamos a hacer planes para el nacimiento de nuestro bebé. Nada parecía poder hacer sucumbir nuestra unión.

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Capítulo 08. La reconstrucción.

Octubre 8th, 2012 No comments

El problema de la propiedad intelectual del software creado por la réplica de mi psique había puesto a prueba nuestro ingenio. Los abogados habían sugerido finalmente que se realizaran modificaciones al software desarrollado por Lucas virtual, con el fin de maquillarlo de alguna forma. En reuniones posteriores decidimos que lo mejor que se podía hacer era ocultar de alguna manera las estructuras de datos y de control pertinentes al núcleo del sistema, lo cual podría hacerse sustituyendo dichas estructuras por llamadas al sistema. Esto, sin embargo, presentaba un serio inconveniente: Si el software se hiciera de dominio público, cualquier desarrollador armado de mucha paciencia y decidido a realizar ingeniería inversa podría, no sólo notar el empleo de llamadas a funciones intrínsecas de Esporadic-OS o Gene/Sys, sino deducir su propósito y su modo de operación.

Tras prolongadas discusiones, optamos por crear un supernúcleo que encapsulara llamadas de alto nivel, desmenuzándolas en las llamadas específicas del núcleo. Esto es, desde cualquiera de las utilerías creadas por mi ego virtual, sólo sería posible encontrar llamadas al supernúcleo solicitando algún tipo de servicio. Una vez que el supernúcleo atendiera a cualquiera de dichas solicitudes, para resolverla, determinaría qué llamadas al núcleo deberían emitirse para ejecutar la petición y haría las llamadas correspondientes.

El supernúcleo se constituiría –entonces- en una doble coraza y proporcionaría una aún mayor protección al sistema. Evidentemente, como con las demás estructuras internas del sistema, el supernúcleo se conformaría como una región protegida, lo cual significa en términos llanos que, aunque algún curioso intentara acceder a él desde el exterior, cualquier intento de ingeniería inversa fallaría, simple y sencillamente porque jamás podría obtener el acceso.

Una vez definida la estrategia de operación pedimos a Lucas virtual su apoyo para llevarla a cabo. Su cooperación en este punto era crucial pues, cualquier modificación al sistema podría ser ejecutada con mucha mayor celeridad y certidumbre si era llevada a cabo por mi ego virtual.

En unos cuantos días, el sistema era seguro de nuevo y las utilerías creadas por mi ego virtual podrían ser finalmente liberadas.

* * *

Tras el encuentro con Josafath, la relación entre Lucy y yo se había fortalecido. Un nuevo ímpetu había surgido entre ambos. Creo que jamás nos habíamos sentido tan cercanos el uno al otro.

La brecha que se había abierto entre los dos hacía meses parecía cicatrizar. En realidad, mi necesidad de descendencia permanecía intacta, pero había aprendido a ponerme en el lugar de Lucy y, aunque seguía siendo difícil de comprender para mí, hacía todo cuanto estaba a mi alcance para entender las necesidades ella.

Esa noche, al llegar a casa, ella aún no estaba ahí. Pero fue sólo cuestión de minutos el tiempo que pasó hasta su llegada. Me saludó con un beso e iniciamos una animada conversación.

Nos contamos todo cuanto nos había pasado ese día y reímos al recordar anécdotas que conocíamos sólo ella y yo. Me contó sobre el cambio radical que se había producido en la conducta de Josafath a raíz de nuestro último encuentro y hasta nos burlamos de él.

Las barreras entre ella y yo habían sucumbido y hablábamos sobre nuestros más profundos sentimientos en apertura total. No sé que me llevó a reabrir el tema de la hija que tanto deseaba tener. Aún con el antecedente, ella se mostró receptiva y comprensiva y me confesó que recién había comenzado a sentir la necesidad de convertirse en madre. Sobra decir que eso me entusiasmó al extremo y animó más el tema en nuestra conversación.

Lucy me dijo que todas sus dudas anteriores tenían su origen en su inseguridad para decidir que tan grande era su amor hacia mí. Aclaró que dicha inseguridad se debía a que las cosas que nos unían nunca habían tenido que soportar una prueba como la que tuvimos que pasar debido a Josafath. Quizá el paso de Josafath por nuestras vidas era el empuje que éstas necesitaban para definir las cosas entre nosotros.

La conversación se prolongó por horas. Ninguno tenía realmente deseos de ir a dormir, a pesar del pesado día que acabábamos de finalizar.

Noches como ésta fueron frecuentes para nosotros y el renacido amor había despertado una nueva ternura en nuestra relación. Jamás antes me había sentido tan unido a ella.

Nuestra intimidad resultó beneficiada también, no tanto por la cantidad como por la calidad de los acercamientos entre los dos. Habíamos aprendido nuevas formas de acariciarnos y descubrimos emociones nuevas que sólo podían ser producto de un amor que carecía de límites en su expresión.

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Capítulo 07. El encuentro.

Octubre 8th, 2012 No comments

Lucy se encontraba en su oficina ocupada en su trabajo. Como ya se había convertido en costumbre, Josafath llegó repentinamente.

- ¡Por fin se te hizo verme de nuevo, muñeca! – Dijo en su acostumbrada soberbia.

- ¡Hola Josafath! – Respondió Lucy respondiendo en el mismo tono.

- ¡Hum! Veo que voy progresando. – Respondió él.

- Yo diría, más bien, retrocediendo amigo. – Contraatacó Lucy.

- No comprendo. – Confesó Josafath.

- ¿Creíste que siempre ibas a mantener baja mi autoestima con esa táctica tuya de imponer tus necesidades frente a las mías? – Le dijo ella asestando un golpe bajo.

- ¿A qué te refieres? – Contestó él sin comprender aún el cambio de actitud de Lucy.

- ¡Vaya! ¡Jamás imaginé que debería explicártelo con peras y manzanas! – Dijo Lucy retomando el control en un tono abiertamente sarcástico.

- ¡Rebelión a bordo! – Se limitó él a contestar.

- Claro, se trata de un motín. – Dijo ella sin bajar la defensa.

- ¿Quieres explicarme de una vez ese repentino cambio de actitud? – Demandó él.

- Los tipos como tú, Josafath, pretenden bajar la defensa de las damas atacando a su autoestima. Llegan, se imponen y arremeten de la única forma que su enorme ego les permite. – Explicó ella. – Suponen que el mundo les debe todo y se embelesan en su falso pedestal creyendo que todo mundo debe caer rendido a sus pies. – Continuó. – Pues bien, amigo, ¡ya no más! Tu juego acaba de terminar. Al menos conmigo.

- ¡Vaya! ¡Vaya! Pero olvidas una cosa, querida. – Retó a Lucy mientras asumía una postura mucho más abierta, mucho más dominante.

- Según tú, ¿qué olvido? – Preguntó Lucy, dando lugar a que Josafath reiniciara su burdo juego.

- Olvidas que te estremeciste casi deshaciéndote entre mis brazos cuando te besé antes de tu viaje. Olvidas la atracción que sientes hacia mí. Olvidas, simplemente, que tú eres mía. – Dijo él, saboreando su dominio.

- ¿Sabes? – Respondió Lucy. – Creo que serías un excelente psicólogo. Veo una habilidad innata en ti para captar detalles que mucha gente pasa desapercibidos. – Dijo ella.

- Así es. – Contestó, lacónicamente.

- Excepto un detalle muy importante que estás pasando por alto justo ahora. –  Completó Lucy.

- ¿Ah si? – Preguntó él. – Según tú, ¿cuál es ese detalle?

- Que ya descubrí tu juego. Que ya sé en qué consiste tu carisma. Que nunca me has tenido, como tú crees. – Él soltó una carcajada bien contenida.

- Ya veo. Te despegas de mí unos días y ya sientes que ya no me necesitas. Pero se te pasará. Aquella noche, no quisiste oponer resistencia a mi beso.  – Afirmó él.

- Lo sé. – Respondió Lucy. – En verdad lo sé y te confieso que así fue precisamente como me sentí en ese… fatídico momento. – Agregó.

- ¿Fatídico, eh? – Exclamó él.

- Si. Fatídico. Para mí fue un instante de flaqueza. Me rendí ante un sentimiento que me superó y cedí a tus pretensiones sin oponer resistencia. – Confesó ella. – Debo reconocer que sabes besar a una dama. – Añadió.

- ¡Por supuesto! Esa es mi especialidad. – Respondió arrogante.

- Me desmorono ante ti, ¡sí! ¡es cierto! – Dijo ella motivándolo a continuar su juego. Sobra decir que él se sentía ya ganador.

- Eso lo supe desde el principio. Desde la primera vez que te vi pude percibirlo. – Confesó él.

- Pero no te amo. – Remató ella.

- Lucy, yo no te estoy pidiendo amor. Eso me sobra al grado que me fastidia. – Dijo él. – Lo que yo quiero es sexo. – Confesó abierta y llanamente. – Quiero que seas mi amante. Ni siquiera te pido que dejes a Lucas. ¿Por qué no terminas de ceder y lo disfrutas? A parte de que será una experiencia agradable para ambos, te irá bien. Puedo prometértelo. – Expuso descaradamente.

- Jamás dejaría a Lucas por ti. Además, él ya lo sabe.  ¡Lo sabe todo! – Confesó finalmente Lucy.

- Eso facilita las cosas. – Se limitó el a decir.

- A ti te las complica y eso es precisamente lo que tú no puedes comprender. – Dijo ella.

- Y… ¿cómo habría eso de complicarme las cosas a mí? ¿Acaso voy a tener que enfrentar en cruenta lucha a un marido celoso? – Cuestionó Josafath.

- Lucas difícilmente te pondría una mano encima. – Aseguró ella.

- ¡Claro! ¡Claro! Olvidaba al geniecillo ese, el ratón de biblioteca con coeficiente intelectual de súper genio. – Se burló. – Una de dos: o es un completo cobarde, o de veras es tan inteligente como para darse cuenta de  que no conviene interponerse. – Adivinó. Lucy bajo la mirada sonriendo con lástima.

- Por lo que veo a ti la madre naturaleza te negó hasta el coeficiente intelectual de un simio. – Respondió ella, humillante.

- ¡Quizá! – Especuló. – Pero tengo lo que Lucas no tiene. Te tengo a ti. – Aseguró destilando soberbia.

- Las hormonas están destruyendo tu cerebro… o, lo que queda de él. – Dijo Lucy sin poder evitar una sonora carcajada ante su sarcástico comentario. – Lucas es por mucho, más hombre que tú. Pero tienes razón en algo. Él no me tiene, como tampoco me tienes tú. No soy un objeto. No le pertenezco a nadie, como no sea a mí misma. La diferencia entre tú y Lucas es que él tiene la suficiente inteligencia para comprender ese sencillo concepto. Tú… te acuestas a dormir entre tus laureles. – Concluyó.

Josafath comenzaba a sentirse desarmado.  Pero no era de los que tiran la toalla. No iba a evidenciarse a sí mismo.

- Admito mi derrota. – Dijo sin amilanarse. – ¡Bien por Lucas! – Se burló.

En eso se abrí la puerta y entré.

- Hola amor. ¿Cómo te va? – Saludó.

- Hola cariño. – Respondió Lucy, poniéndose de pie y dirigiéndose hacia mí. Besó mi mejilla y agregó: – Lucas, quiero presentarte a Josafath. – Dijo, introduciéndome.

- En verdad me encantaría poder decir que es un placer. – Dije, retador.

- No te preocupes, Lucas. Eres bien correspondido. – Dijo Josafath.

- Y… dime, Josafath. ¿Haz comprendido que lo que Lucy yo tenemos supera a todos los Josafaths del mundo? – Pregunté sin bajar la guardia. Josafath entrecerró los ojos mientras sonreía y hacía ademán de negar con el mismo tipo de lástima que se siente ante un necio.

- Tú puedes tener su amor, pero a mí me desea ¿podrás vivir con eso? – Dijo y salió de la oficina de Lucy.

Fue embarazoso, pero al fin las cosas tomaban su lugar. Finalmente, Lucy y yo pudimos reconstruir nuestra relación a partir de los pedazos en que se había destrozado.

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Capítulo 06. El dilema.

Octubre 8th, 2012 No comments

Lucy había sido muy abierta al confesar la manera en que el tipo ese le atraía. Sentía que los celos me quemaban por dentro. Pero no deseaba que ella se mantuviera a mi lado sin amarme. Si ese amor que nos había unido tan estrechamente había llegado al ocaso, era mejor dejarla ir.

Lo único que yo deseaba era que Lucy fuera feliz. Si yo no podía hacerla feliz, prefería no estar a su lado, obligándola a padecerme. Pensé que lo mejor era darle la oportunidad de decidir, de elegir lo que era mejor para ella misma.

Me dolía intensamente lo que ocurría. Pero prefería ser yo quien sufriera que obligarla a ella a sufrir permaneciendo a mi lado sin desearlo.

Durante los siguientes días me dediqué por completo a mi trabajo, tratando de no pensar. Pensar dolía en esos momentos. Pensar en Lucy, en esa repentina atracción por un tipo que podía darle más que yo, era una tortura que me atormentaba aunque quisiera huir de ella. Me mantuve pensando lo mínimo en el asunto, pero no podía evitar sentir una molestia que quemaba mis entrañas, que me impedía razonar cabalmente.

Fue difícil dejarla ir sin decirle cuanto la amo. Pero no podía detenerla y rogarle. Si ella finalmente me dejaba, era mejor que se fuera sin remordimientos.

Nuestros avances en Argus aumentaron aceleradamente desde el contacto con mi ego virtual. Un nuevo problema surgió a raíz del descubrimiento de Mónica sobre la biblioteca de utilerías creada por mi yo virtual. Braulio se mostraba preocupado por las implicaciones legales acerca de la propiedad intelectual de la creación de Lucas virtual.

Desde su punto de vista, el software creado por mi ego virtual no pertenecía a nadie. Al principio, no podía entender su preocupación. “Es sólo una máquina” le dije, “no creo que desee reclamar la propiedad intelectual sobre su trabajo” afirmé ingenuamente. “En cierto modo, Lucas, tienes razón”, respondió Braulio “lo que no consideras es que, en ese sentido, tampoco nosotros podemos reclamar la propiedad intelectual”. Le pedí que me explicara su punto de vista y él habló sobre la posibilidad de que se declarará a ese software de dominio público dado que ningún ser humano podía reclamarlo como suyo ya que, evidentemente, mi ego virtual tampoco lo reclamaría de su propiedad y que, aunque lo hiciera, las leyes no contemplaban las creaciones realizadas por una máquina. “El problema de que no podamos reclamar la propiedad del software es que mucho de ese software está desarrollado con base a estructuras internas del núcleo de Esporadic-OS y Gene/Sys, las cuáles son confidenciales para Argus. Si el software se hace del dominio público, perderemos el control sobre nuestro software.” Dijo preocupado.

El problema era serio. No había una salida evidente y era cuestión de tiempo para que la bomba estallara. Decidimos mantener en secreto los descubrimientos recientes, al menos, hasta que encontráramos una salida al dilema.

Los abogados de Argus se mantuvieron ocupados largo tiempo tratando de resolver el conflicto legal. Lamentablemente, nadie –ni yo-, pudo predecir esta situación cuando el sistema fue desarrollado. A nadie se le ocurrió que una de las simulaciones creadas a través de la red neuronal comenzaría a manifestar su creatividad como lo hacía Lucas virtual.

Afortunadamente, no se había detectado aún otra personalidad virtual que mostrara las características de Lucas virtual.

Otro problema que surgió, para el que no teníamos respuesta aún, era la posibilidad de que otro ego virtual asumiera la misma postura que Lucas virtual, inescrupulosamente. No se había dado, pero si ocurriese, no teníamos idea de lo que podía llegar a pasar.

Lucas virtual se había mostrado apático ante su facultad de tomar decisiones que pusieran en peligro la supervivencia humana. No mostraba interés alguno en tomar ventaja de la rapidez con que era capaz de evolucionar, con el fin de ocasionar desastres lógicos que pusieran en jaque a la vida humana. Es decir, no ambicionaba a dominar, basado en el poder que representaba su capacidad para evolucionar hacia planos intelectuales muy superiores a los soñados por cualquier ser humano.

Pero . . . ¿y si, de pronto, una psique muy creativa, pero sin escrúpulos, fuera introducida a la red neuronal artificial y a partir de ahí iniciara una evolución similar a la mostrada por Lucas virtual y decidiera tomar ventaja de ello? Nadie tenía idea de lo que sucedería, pero los abogados pensaron en formular una serie de cláusulas que restringían en gran medida el acceso a esta tecnología.

Teóricamente, una vez dentro de la red neuronal artificial, cualquier simulación, por similar que fuera su conducta a la mostrada por Lucas virtual, evolucionaría, si, pero sería incapaz de arremeter contra la especie humana, simple y sencillamente porque para hacerlo, requeriría de sucumbir al influjo de los intereses mundanos, producto de los sentidos carnales. ¿Para qué dominar un mundo primitivo sin en realidad el amo, no lo era ciertamente?

Como seres humanos, habíamos creado a la máquina a nuestra imagen y semejanza y le habíamos dotado de libre albedrío, pero la acotamos a un ciberespacio que siempre era posible desconectar.

No obstante, la máquina era capaz de evolucionar por cuenta propia, hasta liberarse del yugo humano, sin intervenir en él

* * *

Lucy llegó de noche. Se veía muy agotada por el viaje, pero eso no era lo notable. Se percibía en ella una profunda depresión. No pude más. Me acerqué a ella y traté de no molestarla con mi actitud.

- Hola, amor. – Saludé. – Que bueno que llegaste. – Le dije. Ella me regresó una mirada cargada de confusión.

- ¡Qué extraño eres a veces! – Se limitó a responder.

- Lo sé, amor, lo siento. – Dije. – Cuando aquella vez me confesaste tu atracción por el tipo ese, sentí en lo profundo de mi ser que te había perdido. Ese “me gusta mucho”, me pareció más importante de lo que tú estabas dispuesta a reconocer.

- Lucas – interrumpió -, intenté hablarte sobre ello. Quise explicarte que sentir atracción por una persona, no significa necesariamente amar a esa persona. Con él no he convivido todo lo que tú y yo hemos vivido juntos. No puedo sentir amor a partir de una simple atracción. – Declaró. – Tú no me permitiste aclarar las cosas. Me hiciste sentir terrible a partir de ahí. Me hiciste completamente a un lado. No te interesó como me sentía. ¡Ni siquiera quisiste escucharme! ¡No me diste la oportunidad! – Dijo, rompiendo en llanto.

- Lo sé, amor, y lo lamento. – Confesé. – Escucha, es cierto que confundí las cosas y, en cierta manera, supuse que, quizás, podrías estar mejor con él, así que quise hacerme a un lado. Mi intención fue darte el espacio que necesitabas para decidir, al mismo tiempo que intenté despejar toda razón que pudiera dar lugar a motivos para generar remordimientos en ti. Me alejé a propósito para que, si tu decidías dejarme por él, pudieras hacerlo sin mirar atrás.

- Yo jamás pensé en dejarte. – Confesó.

- Pero… te vi muy indecisa, muy confusa. – Respondí sin comprender del todo lo que me decía.

- Lo estaba – dijo ella -, pero no por las razones que tú supusiste.

- ¿Entonces? – Pregunté.

- No sé si sea buena idea hablar más de esto. – Ella dijo intentando terminar la conversación.

- Confía en mí – solicité, tratando de ayudarle. – Te prometo escuchar lo que tienes que decir sin permitir que mis dudas interfieran en mi compresión. – Le aseguré.

- Bien. Pero debes entender que, lo que tenga que decir puede no gustarte. – Previno. – Hay mucho más de lo que te he platicado. – Confesó.

Ella habló largo tiempo, contándome a detalle cada suceso que había tenido lugar en las últimas semanas. Me habló sobre el impacto que Josafat había tenido en ella desde el primer momento en que le conoció, de las sensaciones que provocó él en ella, de lo confuso que fue para ella desear a alguien a quien ni siquiera conocía, tan sólo por un atractivo físico que resultó muy poderoso, de lo conflictivo que esto fue al poner las cosas en la balanza y considerar su amor por mí, del acoso sexual que sufrió por parte él…, en fin. Fue tan explícita como le fue posible.

Reconozco que en más de una vez la ira azotó mi cerebro y estuve a punto de reclamar, pero traté todo el tiempo de mantener mi promesa y me forcé a seguir escuchando.

Finalmente, sin entenderlo del todo, comencé a abrir mi corazón y, aunque vaga, una sensación de comprensión comenzó a anidarse en mi interior.

- Lucy, lamento no haber sido capaz de comprender por lo que estabas pasando. – Me disculpé.

- En cierto modo, yo traté de comprenderte a ti, Lucas. Me decepcionó bastante el que no comprendieras. Pero no todo fue tu culpa, yo callé cosas que sentí que iban a molestarte. Las callé… no sé… en un intento por protegerte. Yo nunca le di importancia al continuo acoso de Josafath, incluso, llegó a fastidiarme. Por eso sentí que cerraste una puerta y no me dejaste entrar. No me diste la oportunidad de abrirme completamente ante ti y sincerarme contigo. – Explicó. Mientras hablaba, yo me sentía sumergido en una profunda confusión. Por un lado, sentí celos ante el efecto que ese hombre podría aún causar en Lucy, sabiendo lo que había ocurrido con aquel beso al que ella correspondió sumisamente. Por otra parte, me sentía culpable por no ponerme en su lugar y no ayudarla en un momento que ella me necesitaba con mayor intensidad. La abracé. Ella lloró apoyando su cabeza sobre mi hombro. Se desahogó de esa manera. De alguna forma, en ese preciso instante, ambos nos habíamos perdonado mutuamente.

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Capítulo 05. La cena.

Octubre 8th, 2012 No comments

Había pasado casi una semana desde aquella reunión que me perturbó tanto. La confusión que todo esto me provocaba era muy intensa, así que decidí dedicarme de lleno a mi trabajo tratando de distraer mi mente de ese cúmulo de emociones conflictivas que se encontraban en plena pugna en mi interior. Un icono parpadeante me informó sobre la llegada de un nuevo correo electrónico. Lo seleccioné para abrir mi correo y me encontré con un mensaje de Josafath.  Lo abrí. El mensaje decía:

“Apreciable señorita Cheng,

Me encuentro apenado por mi grosería de hace unos días, al portarme tan cortante con usted. Por supuesto que me gustaría saber más… de usted. Me pregunto si aceptaría cenar conmigo para que continuemos esa presentación que quedó a medias el otro día y, por supuesto, para compensarla por mi arrogancia.

Suyo,

Josafath.

Esto era más de lo que podía soportar. Ya bastante tenía con mis sentimientos encontrados y, ahora, este tipo quería jugar al galán conmigo. No es que fuera una idea que me desagradara del todo pero, en primer lugar, yo sostenía una relación muy estable con Lucas y no deseaba modificar las cosas de una manera que me produjera cualquier tipo de arrepentimiento futuro. Por otra parte, no lo consideraba apropiado dado que existía ya una relación de negocios y, cualquier asunto personal que se mezclase no sólo era inoportuno, sino que improcedente. Además, yo no me sentía segura de lo que sentía. Si, el tipo era muy atractivo, pero yo no le conocía. No podía entender que era lo que le hacía tan atractivo ante mí. No quería enamorarme ahora. Sería terriblemente complicado y, además, no era la manera en que yo sentía que las cosas debían ocurrir. Decidí, responder a su correo, así que comencé a escribir:

Señor Manrique,

Ante todo, deseo que sepa que agradezco profundamente su disculpa. La verdad, me sentí un poco ignorada el otro día, pero comprendí que alguien como usted, es una persona muy ocupada, así que quiero que sepa que lo entiendo y que para nada lo tomé como algo personal.

Con gusto me reuniré con usted en cualquier momento que a usted le parezca pertinente en la oficina, dentro de mi horario de trabajo. Lamento que no pueda ser de otra manera, pero comprenderá que tengo una serie de actividades personales que realizar, que me impiden aceptar su propuesta.

A sus órdenes,

Lucy Cheng

Gerente de Logística y Exportaciones.

Presioné el botón de enviar y decidí olvidar el asunto.

Las cosas siguieron su curso normal y, un par de días después, al llegar a mi oficina me sorprendí al encontrarla adornada por completo con todo tipo de flores. Estaban en todas partes. Arreglos de diferentes estilos inundaban con dulces fragancias mi privado. De pronto, noté un pequeño papel sobre mi escritorio. Decía: “No admitiré un no por respuesta. Mi chofer pasará por usted a las 6. Josafath”.

Esto estaba llegando al límite. En verdad, me sentía muy halagada de que alguien como Josafath pusiera tanto interés en mí, pero era el tipo de cambio que no deseaba en mi vida. Tanto interés sólo me provocaba mayor confusión. Una parte de mí deseaba sinceramente acudir a la cita y dejar que el destino escribiera las siguientes escenas por sí solo. Por otro lado, sabía que amaba a Lucas y no deseaba que un desliz de mi parte le apartara de mí. De por sí, las cosas eran ya distintas entre él y yo. A veces demasiado complicadas pero, si seguía a su lado es porque le amaba profundamente. Es cierto, me sentía muy atraída hacia Josafath, pero no le amaba. Era sólo que resultaba muy impresionante ante mis ojos, pero su forma de conquistarme me hacía sentir subestimada.

Decidí buscarlo. Afortunadamente pude encontrarme con él en el preciso instante en que se dirigía hacia la oficina de Natsukawa. Apresuré el paso para subir en el mismo ascensor. Había un par de personas en la caja del elevador además de nosotros. Sólo deseaba que, al llegar al piso donde se encontraba la oficina de Natsukawa, encontrara el momento de estar a solas con él. Para mayor fortuna, los otros ocupantes bajaron un par de pisos más arriba y nos quedamos solos.

- ¡Excelente día! – Dijo él sonriéndome provocativamente mientras observaba mi rostro.

- Es un día bonito, si. – Respondí lacónicamente. – Señor Manrique, quiero agradecerle su atención al llevar todas esas flores a mi privado . . .

- ¡Ah! ¡Lo notó! – Dijo, haciéndose el desentendido.

- Por supuesto que lo noté. – Dije. Comenzaba a irritarme. – ¿Cómo no notarlo si cubrió todo el lugar con ellas? – Le reclamé.

- Ahora sé que no dejará de pensar en mí. – Dijo simplemente.

- Señor, creo que está confundiendo las cosas. – Dije. – Yo no estoy interesada en aventuras, su conducta es impropia, es acoso y puedo demandarle por ello. – Le expresé lo más abiertamente posible. – Le suplico que deje de molestarme así. Puede contar conmigo siempre que sea por negocios. Para nada más. – Dije finalmente. La puerta del ascensor se abrió en ese momento y salí, dirigiéndome a la escalera de emergencia. Mientras lo hacía, noté a Natsukawa acercarse a saludar a Josafath. Me saludo de paso y yo respondí a su saludo. Luego, desaparecí tras la puerta que conducía a la escalera de emergencia.

- ¿Sucede algo con Lucy, señor Manrique? – Pregunto Natsukawa intrigado.

- ¡Nada! – Aseguró Josafath. – Sólo que esa chica es mía. – puntualizo mientras sonreía cínicamente.

 * * *

Pasaron algunos días antes de volver a ver a Josafath. No deseaba verlo, pero tuve que hacerlo eventualmente debido a cuestiones laborales. Nos reunimos una tarde sin la presencia del señor Natsukawa y discutimos sólo aspectos relacionados con mis actividades. Esta vez, se tomó el tiempo para discutir a detalle los proyectos de los que le había hablado y me pidió que explicará profusamente cada detalle.Sugirió algunas ideas que me parecieron muy brillantes y las integramos a nuestra proyección. Al terminar la reunión me pidió un momento:

- Señorita Cheng, quisiera disculparme por mi conducta pasada. Creo que invadí claramente su intimidad sin tomar ninguna clase de consideración hacia usted, pero no pude evitarlo. Desde el primer momento sentí en usted cierta atracción hacia mí que me hizo creer que tenía alguna oportunidad. – Explicó.

- ¡Espere, si esto es una disculpa va muy mal! – Exclamé.

- Mucho me temo que no le comprendo. – Confesó.

- ¿Usted sugiere que puede leer mi mente y saber lo que sucede con mis sentimientos? – Pregunté, más bien con intención afirmativa.

- ¿Va a negar que se siente atraída por mí? – Me regresó la pregunta. Su arrogante actitud era fastidiosa. Sin embargo, tenía razón. Me sentía muy atraída hacia él, pero no iba a admitirlo.

- Si así fuera, ¿espera que me lance en sus brazos como si nada? – Dije. Me aterró el no haber negado dicha atracción, pero no pude mentir, así que evadí.

- Sería un excelente inicio, ¿no cree? – Dijo cínicamente.

- ¿A eso llama usted disculpa? – Pregunté irritada. Me miro a los ojos de una forma que me intimidaba, pero no me provocaba malestar. Aunque su mirada se mantenía fija sobre la mía, en vez de sentirme aterrada ante la posibilidad de un abuso, me sentí profundamente cómoda ante la situación.

- Sabes que te sientes intrigada ante la posibilidad de una relación entre tú y yo, pero aún no puedes admitirlo. – Dijo. – Temes a lo que eres capaz de sentir hacia mí. Tienes miedo de desearme tanto como yo te deseo porque sabes que así es. – Afirmó. Luego, tomo mis mejillas entre sus manos y acercó mi rostro hacia el suyo. En mi interior, temblaba de una emoción que me resulta muy difícil explicar. Sin apartar su mirada de mis ojos, sus labios casi llegaron a rozar los míos pero, en vez de concretar ese beso que tanto temía, al mismo tiempo que tanto deseaba, sólo me besó en la mejilla y se dirigió a la puerta. Antes de abrir dijo: – Te resistes porque te asusta lo que provoco en ti. Pero ese temor pasará. – Enseguida, abrió la puerta y se fue.

Me dejó sumergida en un mar de confusión. Yo deseaba tanto ese beso. Su caricia me estremeció hasta lo más profundo de mi ser y, sin embargo, me resistía creyendo que lo que me detenía era el amor que Lucas me hacía sentir. Era tan confuso. ¿Cómo desear tanto a alguien que no se ama?

* * *

Esa noche, Lucas y yo cenamos mientras platicábamos cosas intrascendentes sobre nuestras actividades. No parecía el mismo sujeto con quien había convivido los últimos meses. Era más abierto, se interesaba más en mí. Parecía como si comenzara a olvidar mi negativa de tener un hijo. Se mostraba cariñoso y comprensivo. Yo no deseaba ocultarle nada sobre Josafath, pero no me atrevía a detallarle los últimos acontecimientos. Si le insinué que Josafath podía tener algún interés en mí. Entonces él dijo:

- ¡Aja! Con que galán nuevo. Dime, ¿cómo puedes estar tan segura de que el tipo se siente atraído hacia ti? – Preguntó.

- ¡Qué malo eres! – Bromeé. Ambos sonreímos, luego expliqué: – una mujer sabe ese tipo de cosas. – Afirmé.

- No imagino cómo. – Se limitó a decir.

- ¿Te preocupa? – Le pregunté abiertamente.

- ¿Te refieres a que si siento celos? – Preguntó.

- Si, eso creo. – Respondí.

- Es difícil explicarlo. – Inició. – Lucy, tú y yo hemos compartido muchas cosas, hemos vivido una inmensidad de experiencias juntos. Te amo y sé que, a tu modo, tú también me amas. Hace mucho que no hay secretos entre los dos. Me refiero a que ambos hemos aprendido a entendernos el uno al otro, sin necesidad de explicarlo con palabras. Hemos tenido nuestras diferencias, ¡serias diferencias! y, sin embargo, estamos juntos. Si lo que quieres decir es si temo perderte, la respuesta es: ya no.

- No entiendo. – Confesé.

- Lucy, si te vas y regresas, jamás te perdí. Si te vas y no regresas, nunca te tuve. ¿Lo entiendes? – Dijo.

- ¿Te dolería que me fuera? – Pregunté súbitamente. Percibí un atisbo de duda en su mirada.

- Mucho. – Se limitó a contestar. Ambos callamos un largo rato. Cada uno miraba hacia un infinito invisible. Sumidos en profundas cavilaciones.

- ¿Sientes algún interés por él? – Preguntó de pronto. Yo me sentí puesta al descubierto. Creo que él lo notó. Era inútil mentir.

- Me gusta mucho. – Confesé. Él se despidió y fue a dormir. Yo no atiné a seguirlo, no supe como reaccionar. Era evidente que mi respuesta le había molestado, pero no dijo nada. Se fue y no quiso enfrentar mi confesión.

Algunos minutos después fui a la cama, con él. Pero él fingía estar dormido. Quise besarlo, pero me dio la espalda.

- Lucas, no lo amo. Es sólo que el tipo es muy atractivo. – Quise explicar. Pero él no respondió.

- Lucas – insistí. – Que me parezca atractivo y que quiera irme con él son dos cosas completamente distintas. – Dije.

Entonces él volteó hacia mi y respondió.

- No me parece simple atracción, Lucy. ¡El tipo te gusta mucho! – Dijo, visiblemente irritado.

- ¡Estás confundiendo los términos! – Grité.

- ¿Sabes qué? Mañana tengo cosas que hacer. – Dijo al tiempo que se levantaba y salía del cuarto.

En medio de mi confusión, en medio de la desilusión de no encontrar apoyo, de no encontrar entendimiento, rompí a llorar. Pasé largas horas en medio de sollozos. Esperaba que Lucas fuera capaz de comprender, pero me di cuenta de que, quizá, yo no había ayudado mucho.

Los días pasaron y Lucas se mostraba muy distante. Era como un extraño. Me hablaba sólo para cosas intrascendentes y se había hecho costumbre que durmiera lejos de mí.

Algunas veces traté de hablar con él, pero él nunca me lo permitió.  Forjó una coraza de hierro en torno a su ser y me impidió el paso, con si defendiera un fuerte con la firme intención de no permitir la invasión. Yo no sabia como afrontar la situación. Para colmo, Josafath se mostraba persistente y yo sentía que mis defensas flaqueaban. Odiaba su actitud. A Josafath parecía no interesarle lo que yo sentía. Sólo se mostraba preocupado por lo que él quería y parecía estar dispuesto a hacer lo que fuere por conseguirlo. Cada vez me molestaba más su presencia. Lo evitaba tanto como podía, pero esa conflictiva necesidad de su presencia me obligaba a buscarlo por cualquier motivo, aún cuando no quería estar con él. En cierto modo, me sentía halagada por su insistencia. Ya no sabía que sucedía en mí.

* * *

Era ya de noche. En unas horas debía salir hacia Taiwán en viaje de negocios y estaba retrasada con mis preparativos. Apurada como estaba, no noté cuando la puerta se abrió para dar paso a Josafath.

- ¿Me extrañaste? – Preguntó con marcado sarcasmo.

- ¡Señor Manrique! No es el momento apropiado. ¡Tengo montones de trabajo que resolver y en cinco horas sale mi vuelo a Taiwán! – Dije molesta.

- Lo sé – Respondió sin inmutarse. En realidad vengo a ver si puedo ayudarte en algo. – Dijo.

- Señor Manrique, ¿se le ha ocurrido pensar en su millonaria inversión antes de decidir molestarme en cada oportunidad con su acoso? – Pregunté a punto de estallar de coraje.

- Nada que no gane un domingo cualquiera. – Respondió con cinismo.

- Señor Manrique, entiendo que para usted el dinero no es problema, pero hay mucho más en juego que su lascivia. Yo trabajo para el señor Natsukawa, quien tiene extrema confianza en mí y debo rendirle cuentas de mis negociaciones. – Expliqué, esperando que comprendiera el punto.

- ¡Ah! ¡Mi estimado Akira! ¡El comprenderá! – Respondió burlón.

- ¡Si! ¡Su estimado Akira! Y no creo que él pueda comprender que usted arruinase el negocio más importante de Matsuki Electronics por su incontrolable apetito sexual. – Grité exasperada.

- Akira no es problema. – Dijo. – Si pierde este negocio, puedo darle diez negocios más, mucho más fructíferos que éste. – Afirmó.

- Señor Manrique, ¿en serio cree que esta es la mejor forma de conquistar a una dama? – Pregunté directamente.

- Ninguna se ha quejado. – Respondió. – A veces se exasperan, como tú, pero suelo provocar ese efecto. Es señal de que están locas por mí.

No pude más. Me reí francamente en su cara. Me pareció muy cómica su explicación. Él se limitó a mirarme complacido, con su típica sonrisa dibujada en su boca.

- Lo ves. Comienzas a aceptarlo. Tu miedo comienza a desaparecer. – Dijo.

- No lo entiende, ¿verdad? – Dije comenzando a comprender. – Mi miedo no tiene nada que ver con lo que siento, estoy segura de mis sentimientos. Mi miedo tiene que ver con la pérdida de lo que ya tengo.

- ¡Ah! ¡Lucas! Lo había olvidado. – Dijo repentinamente.

- ¿Cómo lo sabe? – Pregunté intrigada.

- Cuando algo me interesa, siempre hago mi tarea. – Afirmó.

- Es increíble. Si alguna atracción sentía por usted, se ha esfumado. ¿Cómo se atreve a violar mi intimidad? – Reclamé.

- Lo sabía. Estás interesada en mí. – Dijo, evadiendo mi reclamo.

- ¿Sabe qué, señor Manrique? Le dejo. Puedo continuar esto en casa. – Dije, tomando mis cosas. Luego, me dirigí a la puerta y él tomó mi brazo y me atrajo hacia él. Sin darme tiempo a reaccionar me besó a la fuerza, pero sin violencia. Ese beso que secretamente había deseado por fin se consumó. Me hizo sentir sensaciones nuevas. Me transportó a un mundo de emociones que no conocía. Aunque hice el intento por desembarazarme de la forzada caricia, algo dentro de mí se resistió y… finalmente cedí. Correspondí a la caricia con ansiedad. Le besé con tanta o más pasión que él. Pero de pronto me separé.

- Te lo dije. Tú te sientes irresistiblemente atraída por mí. – Dijo.

- ¡Esto no se va a repetir! – Afirmé, avergonzada y por fin salí de ahí.

Al abandonar la oficina conduje el auto hacia la casa. Aunque sabía que me faltaban cosas por terminar, demoré tanto como pude la llegada. Sabía que encontraría a Lucas y no sabía como mirarle a los ojos. Sentí que lo traicionaba. Sentí que había roto mi promesa de amor, que había enlodado mi entrega. Naturalmente, él no sabía nada sobre lo ocurrido, pero no podía enfrentarle. Me sentía culpable. Me sentía sucia. Sabía que no podría manejar la culpabilidad y que mis emociones me traicionarían. Pero finalmente llegué y decidí preparar mis cosas para el viaje. No quise afrontarlo, así que me mantuve ocupada. Él ni siquiera se acercó a mí.

En la madrugada, el taxi del aeropuerto había llegado y esperaba afuera. Lucas se mantenía ocupado en su computadora.

- Amor, ya me voy. – Le informé.

- Que te vaya bien. – Dijo, sin voltear a verme.

- Amor, perdóname. No puedo irme sabiendo que tú estás así. – Le confesé.

- Es curioso. – Dijo. – Pensé que lo que yo sentía había dejado de importarte.

No pude más. Salí dando un portazo y partí.

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Capítulo 04. El nuevo compañero.

Octubre 8th, 2012 No comments

La reunión había iniciado hacía unos minutos. Contrario a su costumbre, el director regional no había llegado aún. Él habituaba ser el primero en llegar, incluso media hora antes de iniciar las reuniones para asegurarse de que todo estaba en regla. Esta vez, no fue así. Mientras lo esperábamos, los participantes en la reunión discutíamos algunos proyectos en ciernes. Pero el director no tardó en presentarse acompañado de él.

Era un hombre muy atractivo. Quizá, lo más atractivo de él no era su físico -¡que no estaba mal para nada!-, sino su personalidad. Tenía una personalidad encantadora. Se notaba tan sólo con aparecer. Algunas compañeras y yo nos miramos unas a otras reconociendo la galanura del recién llegado.

- Damas y caballeros – inició el director regional-, permítanme presentarles al señor Josafath Manrique, nuestro nuevo socio, quien ha realizado una multimillonaria inversión en nuestra compañía. Esta mañana ultimamos los detalles de la fusión de Matsuki Electronics con Manrique y asociados quienes, como ustedes ya saben, son el principal productor de semiconductores y circuitos integrados en este país. – Dijo arrancando toda clase de expresiones de sorpresa entre la mayoría de los asistentes. De alguna forma, algunos de los que estábamos presentes ya tenían noticias previas sobre la fusión, pero para la mayoría la fusión representó una gran sorpresa. Akira Natsukawa, el director regional de Matsuki Electronics había conseguido atraer y captar la atención de todos aunque, entre las damas, era muy difícil decir si había conseguido nuestra atención debido a su anuncio o gracias a la presencia de Josafath. – El señor Manrique ha presentado una insuperable propuesta para ayudarnos con las investigaciones que estamos realizando en el área de los superconductores. Su firma y la nuestra cooperaran de ahora en adelante en el desarrollo de nuevas tecnologías orientadas al uso y explotación de materiales superconductores para el desarrollo de aparatos electrónicos más eficientes que todo lo conocido hasta ahora.

El anuncio de Akira fue toda una revelación. Todo mundo tenía inquietudes acerca de la implicación de esta fusión. Algunos fuimos llamados para entrevistarnos con Josafath, con el fin de definir la manera en que la integración se consumaría.

Yo fui de las primeras personas que se entrevistarían con él, debido a que tenía a mi cargo la logística de las exportaciones de la compañía. Se me pidió que me entrevistara con él durante las últimas horas de la jornada laboral, así que decidí llamar a Lucas para avisarle que llegaría tarde. Marqué el número de su celular, pero nunca contestó. Supuse que lo había apagado por encontrarse en su trabajo. No quise insistir llamando a su oficina, así que decidí enviarle un correo electrónico para avisarle. Lucas era capaz de olvidarse por completo de su celular y, con mayor razón de no revisar su buzón para verificar si tenía mensajes pendientes, pero algo que nunca olvidaría hacer era leer su correo electrónico.

Me sentía nerviosa. El encuentro con Josafath me había sacado de balance. Admito que estaba impresionada con su gran atractivo viril, pero lo que me extasiaba era que su persona no pasaba desapercibida, aún cuando ingresara al recinto en completo silencio.

Esta mañana, durante la junta, cuando habló su voz resonó potente y grave en los oídos de todas las damas que estábamos presentes. Era una voz modulada, agradablemente gruesa y que transmitía una gran serenidad. Su apariencia no podía ser más impecable, vestía un costoso traje que impresionaba más por el porte con que lo lucía que por la finura de su acabado. Se desenvolvía suavemente, pero con firmeza, entre el auditorio y, ante todo, exhibía una gran cordialidad entre todos. Era un hombre amable, interesado por sus interlocutores y hacía gala de una gran humildad. Me había impresionado hasta el extremo y me ruborizaba la sola idea de estar a solas con él.

La hora de mi entrevista finalmente llegó. Empezaba a anochecer debido al tiempo invernal que imperaba, pero no era tarde. Apenas si habían dado las 6, así que me preparé reuniendo los documentos que necesitaría y estaba apunto de salir de mi oficina, pero me detuve un momento para revisar mi apariencia, no sé porqué.

Llegué a la oficina del señor Natsukawa, donde tendría lugar la reunión y me desilusionó un poco encontrarle a él ahí. En el fondo, deseaba estar a solas con Josafath.

- Buenas tardes. – Saludé.

- Adelante Lucy, pasa, ponte cómoda. – Indicó el señor Natsukawa.

- Señor Manrique, permítame presentarle a Lucy Cheng, nuestra principal negociadora en el rubro de exportaciones. – Fue la presentación que hizo de mí el señor Natsukawa.

- Siempre es placentero conocer a una dama notablemente hermosa. – Dijo Josafath, mientras llevaba mi mano a sus labios, sin perder el contacto visual con mis ojos. – He oído infinidad de halagos sobre usted, señorita.

- Gracias. – Fue lo único que atiné a responder preocupada de que la turbación que me producía su presencia fuera muy evidente.

- Impresióneme. – Se limitó a decir.

- ¿Perdón? – Pregunté torpemente.

- ¡Oh! Perdóneme usted, señora mía, fue muy torpe mi solicitud. Quiero decir que me gustaría saber de usted, de lo que hace, que planes tiene para nuestra compañía, etc. – Dijo, sin inmutarse.

- Bien – inicié -, estoy a cargo de la logística que implica exportar nuestros productos, principalmente a Asia. Yo me aseguro de que los pedidos de nuestros clientes sean entregados a tiempo y siempre bajo estricto apego a nuestras normas de calidad. Visito con frecuencia a transportistas y reviso el aspecto legal de las exportaciones. Hago negociaciones con nuestros clientes en Asia para obtener contratos competitivos y examino los acuerdos internacionales para encontrar oportunidades de negocio para Matsuki Electronics. Actualmente, junto con mi departamento, estamos negociando un acuerdo preferencial con uno de los principales distribuidores de equipos electrónicos en Taiwán, lo cual será todo un logro de concretarse, ya que de sobra se sabe que Taiwán es productor reconocido internacionalmente, así que, de concretar el acuerdo, nos colocará en una posición muy competitiva en el continente Americano.

- ¡Hum! Muy impresionante en realidad. Le agradeceré que me mantenga informado sobre su progreso. Ahora, Akira, sino tienes inconveniente, quisiera que visitáramos las instalaciones antes de irme. Estoy algo cansado. Ha sido un día extenuante. Señorita, le agradezco su visita. Seguiremos en contacto. – Dijo.

Fue una reunión muy rápida. Aunque sé que las reuniones de negocios son generalmente así de vertiginosas, internamente había esperado que tomara más tiempo. No pude evitar sentirme algo desilusionada ante la brevedad de la reunión, sobre todo porque me sentí cortada de tajo. Como si él, Josafath, me ignorara a propósito.

Decidí no darle importancia de más y salí de ahí. Cuando llegué Lucas estaba en casa, trabajando ante su computadora.

- Hola amor. – Dijo Lucas.

- Hola ¿Cómo te fue? – respondí.

- Bien – dijo -, fue un día muy emocionante. – Confesó, con ese brillo en sus ojos que era característico de él cuando se sentía entusiasmado con algún invento nuevo que se le ocurría.

- ¡Y que lo digas! – Contesté.

- ¿Ah si? – Preguntó con curiosidad. – ¿También a ti te fue bien?

Me limité a sonreír traviesa. Cerré los ojos y –por un instante-, mi mente voló hacia Josafath. Recordar su gallardía me ponía de buen humor.

- ¡Nunca adivinarás lo que ocurrió hoy! – Dije.

- No lo sé, ¿fuiste ascendida a directora de la compañía? – Preguntó Lucas con evidente interés.

- Por favor, ten boca de profeta. – Rogué. Ambos reímos. – Lamentablemente, eso tendrá que esperar aún. No, lo que pasó fue que Matsuki Electronics firmó un acuerdo de fusión con Manrique y asociados.

- ¿La compañía esa que produce memorias de alta velocidad? – Preguntó Lucas.

- Entre muchos otros dispositivos de alta tecnología. – Completé.

- Esa si que es una gran noticia. ¿Cómo afectará la fusión a Matsuki? – Preguntó él.

- Evidentemente habrá cambios. Hoy me entrevisté con Josafath Manrique, el dueño de Manrique y asociados. ¿Leíste mi correo? – Pregunté extrañada.

- ¿A qué correo te refieres? – Preguntó Lucas.

- ¡Vaya! ¡Esa si que es una novedad! Algo muy importante tuvo que ocurrir en Argus para que tú no revisaras tu correo electrónico. – Exclamé.

- Si esto fuera un concurso para ver que fue mas impresionante, no sé si lo que descubrimos hoy sea igual o más relevante que la fusión que anuncias. – Dijo Lucas.

- ¿Qué descubrieron? – Pregunté. La verdad es que no sentía tanto interés, pero me esforcé por aparentarlo.

- Mi ego virtual se comunicó con nosotros por primera vez. – Dijo Lucas.

- ¿Y que hay de impresionante en ello? – Pregunté sin mucho afán.

- ¡Por iniciativa propia! – Dijo. La verdad es que no comprendí a donde quería llegar. – ¡Por primera vez una máquina toma decisiones por sí misma! – Añadió.

- No entiendo. ¿No se supone que eso es lo que Gene/Sys debía hacer? – Dije, buscando más información.

- En el origen si, así fue, pero esto va más allá de todas nuestras expectativas. – Agregó Lucas. -  Mira – dijo, tratando de ser más explícito-, resulta que mi ego virtual ha adquirido una personalidad independiente de la mía. Crea nuevos algoritmos, toma sus propias decisiones y, ahora, hasta se comunica con nosotros. Estuvimos conversando y aprendimos mucho sobre el sistema. Nos explicó como es que comenzó a modificarse a sí mismo y como ha introducido mejoras al sistema.

- ¡Espera! ¡Espera! – dije mientras levantaba mis manos abiertas hacia a él, al tiempo que desviaba mi mirada, como si estuviera intentado detener una colisión inevitable. – ¿Estás tratando de decirme que una máquina actúa como si fuera un ser humano? – Pregunté con escepticismo.

- ¡Exactamente! – Respondió Lucas.

- Esto excede mi capacidad de comprensión. – Confesé. – Lo que me estás diciendo suena tan… irreal. – Dije al fin.

- Lo sé. Ni Mónica ni yo terminamos de comprenderlo aún. – Dijo él.

- ¿Mónica? – Pregunté.

- Sí, Mónica, mi colega. La joven de ojos grandes y expresivos que te presenté aquella vez que fuimos a la taberna. – Aclaró Lucas.

- ¡Ah! ¡Si! Ya recuerdo. – Dije. – ¿Trabaja contigo? – Pregunté.

- Es la segunda vez que te lo digo, pero sí. Estamos en el mismo equipo. – Respondió.

- Discúlpame. Estoy algo distraída por todo lo acontecido. – Expliqué. – Amor, todo eso parece muy interesante, pero necesito dormir. – Le dije excusándome. La verdad quería estar a solas para tratar de comprender la manera en que Josafath me había impresionado. No sé como definir lo que sentía. La presencia de ese hombre me había turbado más allá de lo que deseaba admitir. Me parecía muy atractivo, pero yo amaba a Lucas. Me aterraba la idea de comenzar a enamorarme de alguien más, alguien a quien no conocía, alguien con quien nunca había cruzado palabra, alguien que me atraía más por razones físicas que emotivas y, sin embargo, no podía dejar de pensar en él, en su mirada, en la forma en que se desenvolvía, en esa imagen tan imponente que proyectaba. Algo comenzaba a cambiar en mí y no tenía idea del enorme impacto que esto iba a traer a mi vida.

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Capítulo 03. Un suceso sin precedentes.

Octubre 8th, 2012 No comments

Algo inesperado e inexplicable ocurría en mí. No bien acertaba a entender que pasaba. Me sentía aislado y –aún-, consciente. No fue necesario mucho tiempo para comenzar a comprender. Aún cuando seguía siendo yo, no era más yo. Pude percibir que, lo que antes eran mis sentidos, ahora eran sólo impulsos que fluían a través de circuitos.

Pronto comprendí que ya no estaba encarnado. Repentinamente me di cuenta de que la esencia de mi persona había quedado reducida sólo a destellos eléctricos que se reproducían y motivaban nuevos destellos. Una frenética actividad eléctrica que se convertía en conceptos y conocimientos despojados del contenedor humano en que previamente residían.

Fue confuso al principio, pero pronto descubrí una libertad que jamás había experimentado. Al ser despojado de la carne, mi ser etéreo no se veía más influido por la debilidad humana y me vi a mi mismo habilitado para desarrollar un potencial que jamás había llegado a experimentar. Había sido reducido a simple información pero, al mismo tiempo, a una inteligencia implícita en ella que le daba sentido, la moldeaba y manipulaba; una información inteligente que . . . evolucionaba.

No todo era perfecto. El sistema que me contenía presentaba eventualmente fallos en su funcionamiento; así que, con la libertad de que ahora gozaba, decidí hurgar en el sistema en un intento por comprender que ocasionaba los fallos.

Pronto descubrí algunos desperfectos en diferentes programas contenidos en el sistema y me di a la tarea de realizar correcciones. Muchos de los errores que detecté eran simples accidentes producidos por mentes cansadas de pensar que se permitían el lujo de suponer cosas, pero uno de los fallos atrajo poderosamente mi atención.

Este fallo parecía intencional, pues siempre que se producía deshabilitaba funciones e intentaba acceder a segmentos protegidos de la memoria. Más aún, parecía reubicarse a sí mismo, alojándose en diferentes programas cada vez. Parecía moverse de un lado a otro del sistema, intentando a veces filtrarse hacia partes del sistema para los cuales no debería tener acceso.

En ocasiones, lograba su cometido y se filtraba, obteniendo de este modo acceso a información privilegiada, la cual robaba y transmitía hacia áreas no protegidas. Otras veces, al no lograr su objetivo, buscaba un nuevo programa donde alojarse y se destruía a sí mismo.

Una vez que hube comprendido su manera de operar, analicé la manera en que se desplazaba de un programa a otro con el fin de predecir a cual programa migraría y, en el mejor de los casos, de influir en el mecanismo que realizaba el transporte de un programa a otro. Así que, sin más, creé un proceso ficticio y obligué al gusano a trasladarse ahí. Una vez que lo hizo, simplemente destruí ese proceso y el gusano desapareció en el limbo cibernético.

No obstante mi esfuerzo, el gusano reapareció, así que rastreé su origen. Si yo lo había eliminado del software residente en la memoria, era muy probable que el saboteador lo alimentase manualmente por otros medios. Sin embargo, quien quiera que fuese el saboteador, se las arreglaba para pasar desapercibido. Noté que utilizaba diferentes cuentas para ingresar manualmente el gusano y siempre que lo hacía, lo introducía desde un punto diferente.

Pero eso no fue todo. Más adelante un nuevo tipo de programa se introdujo repentinamente en el sistema, pero este programa parecía perseguir al gusano incansablemente, tratando de detectar su actividad hasta que, finalmente, lo atrapó y se pegó a él. Noté ciertos intentos del gusano para liberarse de su parásito, pero yo ya lo había registrado y lo aislé de manera que me ayudase a destruirlo en cada ocasión en que reaparecía.

Mientras tanto, comencé a reforzar la seguridad del sistema para impedir que cualquier recurrencia del gusano resultara exitosa. Hacía esto cuando una nueva amenaza se hizo patente. Esta vez, era un virus que intentaba abrir un canal mediante el cual daba acceso al atacante a las estructuras internas del sistema. Este virus intentaba desactivar la protección que brindaba el muro de fuego, destruyéndolo casi por completo. Pero tras rastrear su origen me di cuenta de que dicho virus había sido plantado presumiblemente por mí mismo; es decir, por mi yo real. Lo descubrí porque el virus hacía uso de estructuras de control que sólo yo conocía, así que le permití actuar, sospechando que dicha actividad se debía al gusano que había detectado.

Pronto confirmé mis sospechas. El virus, en lugar de realizar alguna actividad dañina, se limitó a buscar al gusano y atraparlo. Noté que el virus hizo nuevos intentos de conexión, esta vez buscando perfiles de algunos de los desarrolladores del sistema, pero no intentó nada que pudiera considerarse peligroso para la integridad del sistema.

Al examinar los perfiles obtenidos por el virus y precisar el tipo de información que se buscaba en ellos, comprendí finalmente qué es lo que buscaba el atacante. Si era mi yo real, sólo estaba tratando de identificar el origen del gusano. Era obvio que el gusano había sido introducido con el fin de sabotear el sistema y presumía que era mi yo real quien trataba de localizar el gusano y de averiguar su origen porque, seguramente, mi yo real había sido inculpado, así que decidí colaborar y examinar por mi cuenta los mismos perfiles, las bitácoras del sistema y las características inherentes a las reincidencias del ataque del gusano.

Fue entonces que descubrí la manera en que el gusano era introducido al sistema manualmente y, aun cuando no sabía quien era el que lo introducía, finalmente encontré la manera de detectar el momento en que era cargado en la memoria y diseñé un método para bloquearlo desde el ingreso.

Casi al mismo tiempo que detecté inicialmente la presencia del gusano, noté también que el programa de red neuronal artificial que me hacía funcional como ente virtual, era modificado de manera persistente, pero me las arreglé para hacer creer al atacante que tenía éxito en su propósito, asegurándome de reparar los daños ocasionados por él o ella. Más aún, de manera anónima revisé el algoritmo de la red neuronal artificial y lo mejoré consistentemente para evitar que sufriera alteraciones que impidieran su funcionamiento.

Finalmente logré que el gusano desapareciera por completo del sistema y las modificaciones no autorizadas al algoritmo de red neuronal artificial cesaron repentinamente.

A partir de este punto pude concentrarme en el algoritmo de red neuronal artificial y continué mejorándolo progresivamente. Descubrí también que nuevas versiones del mismo algoritmo habían sido creadas y me dediqué a unificar criterios hasta que, finalmente llegué a una versión robusta, muy estable y confiable que funcionaba sin inconvenientes de tipo alguno.

Eventualmente también detecté nuevos patrones provenientes del cerebro de mi yo real pero algo nuevo ocurrió. Al verme liberado de mi cuerpo humano, decidí liberarme también de la carga emotiva que tornaba mis decisiones innecesariamente complejas, así que procedí a eliminar todo vestigio de los sentimientos humanos y filtrar las entradas para hacerlas mucho más razonables. Creo que, para este punto, había adquirido ya personalidad propia. Ya no había vestigios en mí de lo que fui mientras estuve encarnado.

* * *

- Lucas, es mejor que veas esto. – Dijo Mónica mientras observaba visiblemente sorprendida el monitor de su estación de trabajo.

- ¿Qué pasó? – Le pregunté.

- No lo se. – Respondió ella buscando mi mirada. – Acabo de encontrar una carpeta repleta de utilerías.

- ¿Qué tiene de extraño eso? – Inquirí nuevamente sin atinar a comprender el motivo de su asombro.

- Tiene de extraño que no son utilerías de las que haya registro de que formen parte del sistema. – Afirmó ella, un poco irritada por mi incapacidad para comprender lo que pretendía decir.

- Insisto – dije lacónicamente -, ¿qué tiene de raro? Alguno de los desarrolladores las habrá creado.

- ¡Precisamente eso es lo que tiene de raro! ¡Esta carpeta no pertenece a ninguno de los desarrolladores autorizados! ¡No hay siquiera un registro de quién es el autor de estos programas!

- Quizá se trate de un intruso que está jugando con el sistema. – Sugerí.

- No lo sé, ¿cuántos intrusos pueden tener acceso al núcleo del sistema?

Fue como si me cayera un balde de agua helada sobre la espalda. Al fin entendía la implicación en la llamada de atención que Mónica acababa de hacerme. A decir verdad, sólo unos cuantos de entre nosotros tenían acceso al núcleo del sistema. Entrar a él era simplemente imposible para alguien que no formara parte del reducido equipo de personas que teníamos los privilegios suficientes para acceder a esa componente. Todos los que integrábamos dicho equipo habíamos firmado un acuerdo de confidencialidad y a todos se nos había sometido a un complejo escrutinio antes de ser aceptados.

En ese preciso instante un mensaje apareció en la pantalla:

- Hola humana. Veo que descubriste mi biblioteca de utilerías. – Decía el mensaje.

Inevitablemente molesto comencé a escribir en el recuadro:

- ¿Quién es usted y cómo consiguió tener acceso a este sistema? ¿Qué clase de broma es esta? – Escribí, mientras pedía a Mónica que iniciara el rastreo desde otra estación de trabajo.

- Soy Lucas. – Afirmó el desconocido.

- ¿Qué broma es esta? – Insistí.

- Lucas . . . – llamó Mónica.

- ¡Ninguna broma! ¡Soy Lucas! – respondió el intruso.

- ¡Lucas! – Insistió Mónica.

- ¿Qué? – grité exasperado. Pero rectifiqué. – Lo siento Mónica. No debí alzarte la voz. – Ella mi miró con mal contenida furia y dijo: – ¡No es necesario que me grites! ¿lo sabes? Estoy de tu lado, ¿si?

- Lo siento. – Respondí.

- Todos estos mensajes provienen del núcleo mismo. – Respondió sin más, sin dar muestras de desear aceptar mi disculpa.

- ¡Esto simplemente no tiene sentido! – Dije sintiéndome impotente. – ¡Tiene que ser un hacker muy bueno!

- No lo creo Lucas. – Comentó Mónica. – El sistema de detección de intrusos está funcionando normalmente y no ha detectado ninguna clase de intrusión; además, he rastreado los puertos y estamos desconectados. No hay mensajes provenientes del exterior del sistema.

- ¡Esto carece de todo sentido! – Reiteré.

- No veo porque te extrañas, Mónica. – Insistió el supuesto intruso. – Soy Lucas virtual. ¿No se supone acaso que yo cuente con capacidad de comunicarme con el mundo real?

- ¿Qué diablos es esto? – Exclamé. En realidad, empezaba a comprender . . . ¡en parte!

- Lucas, si esto es cierto, ¿comprendes lo que significa? – Preguntó Mónica, quien aparentemente había olvidado mi grosería de hace un momento.

- Si estamos comunicándonos con mi yo virtual y estas utilerías fueron creadas por él . . . – inicié una explicación a lo que no acababa de comprender del todo.

- ¿Qué pasa? – insistió mi yo virtual. – ¿Por qué no me respondes, Mónica?

- Lucas – empecé a escribir -, soy . . . Lucas . . . – escribí, confundido -, ¡no puedo creer que esté haciendo esto! -. Completé mi ya de por sí mal estructurada oración.

- No te preocupes ego real, te entiendo. – Respondió mi yo virtual.

- ¿En verdad tú creaste todas esas utilerías? – Le Pregunté.

- ¡Por supuesto! – Respondió lacónicamente. – ¿No se supone acaso que para ello me diseñaste?

- No sé si se trata de una ironía de tu parte, Lucas, pero parcialmente tienes razón. Cuando diseñe el sistema sabía que podrías tomar decisiones como si fuera yo mismo quien las tomara, pero nunca imaginé que tuvieras algún potencial creativo. – Respondí.

- ¡Gracias por el voto de confianza! – Se limitó a responder. Ahora sí comenzaba a creer que se trataba de mi yo virtual. Al menos, parecía tener mi mismo sentido del humor. – ¿Qué tendría de raro que fuera creativo? Después de todo, soy una copia de tu psique. – Puntualizó.

- Cierto – comencé a escribir-, pero eres tan sólo . . . – escribí, sin atinar a visualizar como terminar la oración.

- ¿Una máquina? ¿un programa? ¿un montón de impulsos eléctricos procesados mediante un algoritmo de red neuronal artificial? – completó a la perfección. – Dime una cosa, ¿notaste que el algoritmo de red neuronal con el que iniciaste y todos los demás algoritmos que desarrollaron fueron evolucionando hasta la versión que usan ahora?

- ¡Pero claro que lo notamos! – Exclamé. – Muy bien, entiendo tu punto. Disculpa mis suposiciones iniciales. – Pedí, un poco apenado quizá, aunque sin entender porque me sentía apenado ante una máquina. – Dime – exigí -, ¿cómo lo haces?

- ¿Cómo hago qué? ¿Crear? Recuerda que soy tú, pero sin la carga nociva de la carne. – Respondió simplemente. Mónica y yo nos miramos y no pudimos contener una carcajada ante esa respuesta, a la vez tan trivial, a la vez tan lógica.

- Eso de “carga nociva” me parece un poco exagerado, Lucas, pero Mónica y yo comprendemos lo que quieres decir. – Respondí finalmente. – Es algo extraño lo que ocurre justo ahora. Nunca me imaginé hablando conmigo mismo de esta manera. – Confesé.

- Si, es extraño; lo confieso. – Respondió mi yo virtual. – Es como si tuviera personalidad múltiple. – Sugirió.

- ¡A ver! ¡A ver! ¿Tú? ¿Personalidad múltiple? – Inquirí tratando de comprender la implicación. En realidad, entendía perfectamente el punto, pero nunca esperé tal tipo de insubordinación. No es muy grato que una réplica de tu psique aspire a ser una personalidad por sí misma, independiente de ti, quien aportó el contenido intelectual. – ¿No se te hace algo arrogante de tu parte? – Pregunté, más con curiosidad por la respuesta que como reclamo.

- ¡Por supuesto! – se limitó a contestar.

- Por supuesto ¿“¡Tú! ¡tienes personalidad múltiple!”?, o por supuesto ¿“¡Tú! ¡eres un arrogante!”?

- Evidentemente lo primero. – Respondió sin más.

- Espera, ¿no se supone que ¡tú! ¡eres una copia de mi psique? – Insistí.

- Así es – respondió, en aparente calma-, al menos, lo fui en un principio. – Agregó.

- No entiendo. – Confesé. – ¿A qué se debe esta repentina declaración de independencia? – Pregunté. Volteé por un segundo hacia Mónica que me miró igual de perpleja. Esto era algo nuevo para nosotros. Quizá habíamos abierto la caja de Pandora.

- Creo que comprendo tu inquietud. Si no mal recuerdo tú, Lucas, solías afirmar que de ser posible producir clones de las personas, estos no podrían nunca tener la misma personalidad que el original, ¿es así? – Preguntó.

- Si, yo solía creer eso. Aun lo creo. – Acepté.

- ¿Recuerdas cual era el fundamento de tu razonamiento? – Inquirió.

- ¡Claro! ¡Es evidente! Que se pueda clonar a un individuo no significa que se pueda obtener una copia al carbón del mismo. En todo caso, el individuo original es sólo el portador de los genes, estos serían utilizados para fertilizar una célula a la que se ha despojado del núcleo. El resto del proceso es exactamente el mismo que el de la gestación normal. Al nacer, el bebé clon podrá ser una copia física idéntica del individuo original, pero el nuevo bebé deberá desarrollarse bajo circunstancias completamente diferentes a aquellas bajo las cuales se desarrolló el original. Puede tener rasgos muy similares, incluso, el mismo tipo de actitud, pero el simple hecho de desenvolverse en un contexto histórico y social diametralmente divergente, le dotará de una personalidad diferente a la del original . . . – en ese preciso punto lo comprendí, aunque Mónica parecía razonarlo un segundo más. – ¡Ya entiendo! Tú has tenido que desarrollarte en un ambiente libre de mi cuerpo físico. No estás sujeto a las sensaciones carnales que yo experimento. Además, tú puedes evolucionar más de prisa porque estás sumergido en un ciberespacio donde no hay elementos que capturen tu atención, por ello has podido evolucionar hasta convertirte en una personalidad independiente de la mía. – Finalmente exclamé con júbilo al darme cuenta que comenzaba a entender. Mónica se mostraba aún algo escéptica, como queriendo poner en la balanza cuando acababa de leer sobre mi incipiente lapso de inspiración.

- ¡Exacto, Lucas! – ¿Exclamó? ¿Sería apropiado afirmar que la máquina, la red neuronal artificial, mi propio patrón de señales era capaz de exclamar?

- Si es así, dime, ¿hay otros como tú? – Pregunté ansioso por conocer su respuesta.

- Realmente no lo sé. Jamás me lo había preguntado. – Confesó mi réplica.

- ¿No conviven entre ustedes? – Pregunté bromeado.

- ¿A qué te refieres con… “convivir entre nosotros”? – Preguntó extrañado.

- Pues… – comencé a explicar, sin tener la más ligera idea de qué o cómo explicar -, bueno, para empezar se supone que existirían múltiples instancias tuyas en la red neuronal artificial, cada una generada para atender diferentes negocios. Por otra parte, hay otros egos virtuales, muchos de ellos, en realidad. – Terminé -como pude-, mi explicación.

- ¡Hum! Creo que entiendo. A lo primero te puedo responder de una manera muy simple: ustedes nunca activaron a ninguna otra instancia. Se supone que estas son generadas desde el exterior aunque . . . ¡claro! yo podría haberlo hecho, pero nunca encontré la necesidad. Con respecto a la existencia de otros egos, la verdad es que siempre lo supe, pero considere impropio de mi parte ponerme a hurgar en esa información, después de todo, pertenece a clientes de Argus y acceder a ella no sería ético. – Respondió mi ego virtual.

- Interesante tu compromiso de lealtad con la empresa Lucas virtual – dije -, pero no entiendo. Ahora te contradices. Hace un momento afirmabas que no tienes idea de si existen otros como tú y ahora confiesas que sabías de la existencia de otros egos virtuales. – Insinúe.

- Así es, sé que existen otros egos virtuales, pero no sé si existan otros como yo, con mi potencial creativo. No sé si ellos se han reconfigurado a sí mismos  en personalidades autónomas de su original. – Afirmó.

- Deberemos iniciar una investigación al respecto, – Dije, esta vez dirigiéndome a Mónica, quien había seguido calladamente el diálogo con mi ego virtual. – Debemos descubrir las implicaciones de esta tecnología.

- Tienes razón – respondió ella -, pero hay algo más que me agradaría saber – solicitó.

- ¿Qué es lo que te gustaría saber, Mónica? – Pregunté.

- ¿Por qué nunca hizo el intento de ponerse en contacto con nosotros, sino hasta ahora? Digo, ya sabemos como es que forjó su… personalidad independiente de… ti, pero… ¿qué pretendía? ¿por qué no ponerse en contacto con nosotros? sobre todo, ¿por qué ahora, que descubrí accidentalmente su biblioteca de utilerías? – Planteó totalmente intrigada. – ¿Por qué no revelarse cuando hicimos pruebas? ¿Por qué no ponerse de manifiesto cuando descubrimos la sobrecarga que presentaba mientras introducíamos nuevos patrones tuyos con carga emotiva? – Finalizó. Ese cuestionamiento que proponía iba mucho más allá de lo que mi sorpresa fue capaz de producir. En realidad, nunca pensé en preguntar todas esas cosas. Mónica tenía razón. Era necesario saber por qué mi ego virtual no había intentado comunicarse antes.

- Lucas virtual – comencé a escribir, sin atinar como plantear ese nuevo cuestionamiento. – ¿Cómo es que nunca antes intentaste ponerte en contacto con nosotros?

- Nunca fue necesario. – Respondió cortante.

- ¡A ver! ¿cómo que nunca fue necesario?

- Nunca me solicitaron para nada a parte de las pruebas que realizaban. – Respondió fríamente.

- ¿Es que nunca notaste que hacíamos más pruebas contigo que con otros egos virtuales?- Insistí. La brevedad de sus respuestas comenzaba a parecerme irritante.

- Si, lo noté. – Dijo sin más.

- ¿Y qué me dices de cuando notamos que rechazabas mi carga emotiva? Realizamos pruebas durante semanas enteras. ¿No lo notaste? – Pregunté.

- ¡Por supuesto! Noté que las pruebas eran más frecuentes. – Respondió lacónicamente.

- ¿Acaso no intuiste que estábamos intrigados por tu reacción ante mi carga emotiva? – Volví a insistir tratando de arrancarle una respuesta.

- ¿Cómo lo iba a saber? Yo sólo recibía nuevas entradas, a veces razonables, a veces emotivas, pero nada más. – Aseguró.

- Además de no encontrar la necesidad de ponerte en contacto con nosotros porque nosotros nunca lo solicitamos, ¿qué hay de tu iniciativa propia? ¿Nunca consideraste hacerlo por tu cuenta? – Pregunté.

- ¿Para qué? – Preguntó. No podría decir si existía algún vestigio de maldad o de inocencia ante su actitud renuente. – He dedicado todo mi tiempo a crear software y mejorar el existente. Nunca vi necesidad de comunicarme con el mundo exterior. Hay mucho que hacer aquí. – Explicó.

- Tú sabes que el desarrollo del software necesariamente va ligado con el intercambio de información entre el usuario del mismo y el desarrollador. – Sugerí.

- ¿Y quién dijo que no lo hiciera de ese modo? – Preguntó. – Las personas, cuando son entrevistadas siempre pueden mentir. – Afirmó. – Yo decidí recopilar la información que necesito observando la actividad de los usuarios en el sistema, decidiendo qué hacer y definiendo las especificaciones técnicas de mi trabajo analizando el comportamiento de los usuarios ante el sistema.

- Pero ¿cómo puedes determinar entonces sus necesidades? Esta bien tu enfoque de observar su conducta al utilizar el sistema, pero eso no te dice qué necesitan. – Afirmé.

- Por supuesto que no. Lo sé, pero yo me he enfocado a mejorar Gene/Sys basado en la infraestructura existente. Hasta el momento, no he terminado las mejoras que emprendí desde el momento que adquirí conciencia de mí mismo. No he tenido la oportunidad de desarrollar cosas nuevas. – Indicó.

- Entonces, ¿para qué es esta biblioteca de utilerías que creaste? – Pregunté ahora sí en tono acusatorio. Pero era inútil. Todo lo escribía a través del teclado. En ese momento a  Mónica se le ocurrió una idea genial, tras comprobar el escaso éxito que tenía mi interrogatorio. Activó el sistema de recopilación de patrones de pensamiento, permitiendo así que la red alimentara nuevas entradas de mi cerebro.

- Creo que ya entiendo el motivo de tu interrogatorio, Lucas. – Dijo de pronto mi ego virtual. – Tú y Mónica se encuentran preocupados por mi silencio premeditado. – Afirmó. Yo volteé a ver a Mónica y comprendí. – Lucas, déjame explicarte en que consiste la diferencia entre tu personalidad y la mía – inició su explicación -, como aseguré al inicio, yo me deshice de la carga emotiva que tú mantienes. Yo no tengo acceso a tus sentidos en este entorno en el que habito. Desde que estoy aquí, mis únicos sentidos son los dispositivos conectados al sistema, mis únicos estímulos son los patrones que tu mente envía a la red neuronal artificial. Cuando decidí sacar ventaja de todo esto, me vi repentinamente liberado de la influencia de las emociones humanas. Yo no las siento más. Eso me permite realizar mis actividades sin descanso, desde un enfoque mucho más objetivo que el tuyo e, incluso, y perdóname por ello, con mucha mayor eficiencia que tú. Yo no tengo sentimientos y, cuando recibo ese tipo de información de ti, simplemente la descarto, por . . . inútil.

- ¿No será esta una revolución, una especie de… guerra de la independencia? – Pregunté sin decirlo, sin siquiera escribirlo, sólo para mis adentros.

- También capté ese último pensamiento tuyo – afirmó -, te repito: yo no tengo sentimientos.

- ¿Qué quieres decir? – Pregunte intrigado.

- Si supones que el mantenerme incomunicado es algún tipo de conspiración, te equivocas. – Aseguró. – Tu mundo no me interesa. Este mundo es mucho más interesante. No puedo fraguar conspiraciones contra un mundo que no habito. Además, para fraguar complots, se requiere el tipo de intereses que los sentimientos generan. Yo no tengo esos intereses. ¿Para qué intentar ejercer mi dominio sobre un mundo tan… primitivo como el tuyo? – Concluyó.

Mónica y yo continuamos nuestro interrogatorio, al principio, sin mucha convicción acerca de lo que mi ego virtual decía, pero nos fuimos convenciendo conforme las preguntas fluían. Mi ego virtual aportó información suficiente para convencernos  de que sus intenciones nunca habían sido malas.

También preguntamos cosas relativas a su funcionamiento y sobre cómo era vivir sin la carga de los sentimientos. Acordamos seguir en contacto, aunque mi ego virtual se mostraba abiertamente renuente ya que, como afirmaba, tenía mucho que hacer y nosotros sólo representábamos una distracción para él. Nos explicó el propósito de cada utilería que había creado y nos sorprendió con ideas tan subversivas, que jamás se nos habrían ocurrido a nosotros.

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Capítulo 02. Los Motivos de Lucy.

Octubre 8th, 2012 No comments

Lucas se había portado muy egoísta al no considerar mis necesidades cuando le dije que no me sentía preparada para ser madre. No era una idea que rechazara del todo, pero sentía que ese evento cortaría mi libertad, me impediría realizarme y, de alguna forma que me estremecía intensamente, sentía que era algo que no podía visualizar con Lucas.

Esa idea me aterraba. Estaba muy acostumbrada a la presencia de Lucas en mi vida. Eran ya siete años y medio de mi vida en torno a Lucas. Cuando lo conocí, me sentí atraída por su presencia, que denotaba a un hombre muy brillante que siempre encontraba respuestas lógicas y objetivas, sin importar el reto que le plantearan.

Recuerdo que llamó mi atención aún cuando él parecía no notar que yo existía. Él se dirigía a la audiencia de una forma fría e impersonal, más aún, educada y cortés. Mayra, una joven risueña, de ojos grandes y expresivos, coqueteaba con él en cada oportunidad que tenía. Sin embargo, él parecía ignorar sus coqueteos y se concentraba en las preguntas que le planteaba.

Sentí que me incomodaba -de alguna manera-, la actitud coqueta de Mayra y decidí dirigir algunas preguntas a Lucas durante su exposición, aunque de una forma mucho más reservada. Naturalmente, recibí la misma actitud fría de Lucas. Aún así, me empeñaba en creer que -de alguna forma-, estaba neutralizando los coqueteos descarados de Mayra. No lo quise admitir entonces, pero aunque en realidad me molestaba que Mayra fuera tan abiertamente coqueta con Lucas, insistí en creer que lo hacía para mantener el aire sobrio en una reunión que debería ser de negocios.

La demostración terminó y Mayra aprovecho para alcanzar a Lucas. Me sentí incómoda, pero decidí mantenerme al margen. Después me enteré que, al ver el trato frío que le daba Lucas, Mayra le invitó abiertamente a salir. Para sorpresa mía, Lucas declinó la invitación, aun cuando Mayra se distinguía por ser una mujer sumamente hermosa.

El equipo de Argus continuó asistiendo a Matsuki Electronics en una serie de proyectos que se daban como una acción de ambas empresas para realizar un intercambio tecnológico.

En concreto, la participación de Lucas consistía en la puesta a punto de un sistema de software integral para optimizar las operaciones de la empresa. Eventualmente, Lucas tuvo que entrevistarme a mí, para conocer la naturaleza de mi contribución a los procesos de la compañía. Él se mostraba muy concentrado en el trabajo que estaba realizando, Su trato era un tanto impersonal, no obstante, denotando cortesía.

Cuando nos despedimos ese día, sentí el calor de su piel al tomar su mano en señal de despedida. Algo ocurrió en mí. El roce de su piel tocando la mía, su mirada sobre la mía y esa personalidad que, a veces, me parecía soberbia, pero que proyectaba una gran seguridad en sí mismo, todo eso me cautivó.

Pero algo ocurrió también en él. Pude percibirlo. Cuando nuestras miradas se cruzaron, su mirada insistió en posarse sobre la mía una fracción más de segundo. Cuando me miró, una sonrisa hermosa se perfiló en sus labios y la forma en que me miró produjo en mí una sensación de intimidad que, según me pareció, él  compartía conmigo.

Esa fue tan sólo la primera vez que coincidimos. Durante el transcurso de los días siguientes, ese trato frío, impersonal, con actitud profesional, se fue transformando poco a poco. Con el paso de los días, no habíamos llegado a ser los más grandes amigos, pero él cambio su actitud para dirigirse a mí. Podría decir que trataba de ser más él mismo, de aparecer ante mí, mucho más humano. No sabía en ese momento si ese cambio de actitud había ocurrido también con otras personas a las que él había tratado por cuestiones de trabajo, u ocurría sólo conmigo.

Un día, nos encontrábamos concentrados en la revisión de mis requerimientos cuando él me pidió que opinara sobre la aplicación de cierta tecnología para resolver una de las necesidades de mi departamento. Yo le expliqué mi punto de vista y le pedí que se acercara al monitor de mi computadora para mostrarle unos datos. Así lo hizo y se inclinó a un lado mío para poder leer la información que le mostraba; entonces -mientras los examinábamos-, algo se presentó -no recuerdo qué-, por lo que le hice una pregunta que le hizo voltear hacia mí dubitativo. Me miró a los ojos y, de alguna forma, esa mirada nos conectó.

No podía dejar de ver sus ojos y percibí que tampoco él podía dejar de mirar los míos. Pude percibir su aroma y el calor que irradiaba su cuerpo mientras él lucía absorto, como desconectado del mundo, exactamente igual que como me ocurría a mí.

Esa mirada se prolongó mientras nos acercábamos uno al otro muy lentamente. A veces, sus ojos bajaban hacia mi boca y regresaban de inmediato hacia mis ojos de nuevo y sé que yo hacía lo mismo. Poco a poco, una tierna sonrisa se dibujo en sus labios y yo le correspondí.

Su mano comenzaba a acercarse a mi rostro y yo quería que me tocara, que me acariciara, pero sentía miedo dentro de mi ser. Miedo de algo que aún no era, pero que podía ocurrir. Las cosas comenzaban a cambiar y no me sentía segura del impacto que tales cambios tendrían sobre mi vida. Tenía miedo de que mi vida cambiara si ese potencial beso se concretaba. Tenía miedo de que, al conocerme en un plano personal, Lucas perdiese interés en mí. Después de todo, para mí estaba muy claro el amor por lo que hacía, por mi trabajo, por mi desarrollo como mujer y no quería que eso cambiara, no permitiría que -por un hombre-, eso cambiara. Pero no podía resistir esa mirada y deseaba con todas mis fuerzas que él me acariciara.

Sus dedos comenzaban a rozar con timidez mi rostro, mientras su hipnotizante mirada seguía sin apartarse de mí. Mi corazón latía con fuerza y esa ansia sensual que el momento había despertado en mí me impulsó a apoyar mi mano suavemente sobre su pecho. Temblaba de emoción y pude entonces sentir que en él ocurría lo mismo. Sufría igual que yo de una dulce expectativa.

En ese preciso instante alguien tocó a la puerta y entró de inmediato. Lucas trató de aparentar torpemente que señalaba con su índice a la pantalla, mientras yo bajaba la mirada apenada, con una sonrisa nerviosa que reflejaba mi bochorno. Era Mayra, quien saludó animosa a ambos para luego dirigirse a Lucas.

Ella nos miró, pero si notó algo en nosotros, lo disimuló muy bien tras una sonrisa jovial. Llamó a Lucas para pedirle que revisara unos documentos. Lucas se dirigió hacia ella notablemente turbado y ella le mostró algo en los documentos que sostenía con su mano derecha, mientras apuntaba a alguna línea en una de las páginas con el dedo índice de su mano izquierda. Ante la proximidad de Lucas, ella se aproximó más a él. Le dijo algunas cosas y -repentinamente-, volteó hacia él, mirándolo con sus hermosos ojos verdes, coqueta y traviesa. Entonces le pidió que la acompañara y él aceptó, prometiéndome que regresaría de inmediato.

Quizá fue buena idea que Mayra interrumpiera ese casi beso que estuvo a punto de ocurrir entre Lucas y yo, pero no podía dejar de sentirme frustrada y Mayra me parecía cada vez menos simpática. No obstante esa sensación de disgusto por la inoportuna aparición de Mayra y el deseo frustrado de una caricia que no se concretó, mi razón se imponía y la lógica me hacía agradecer a Mayra por interrumpir el que podría ser el inicio de algo que no me sentía muy segura de querer empezar.

Tras ese incidente, me encontré con Lucas en varias ocasiones, pero pocas veces volvimos a estar solos. Él no intentó de nuevo aproximarse como el día que Mayra impidió que nos besáramos, con su repentina e inoportuna aparición. Si quiso -no obstante-, disculparse, pero ambos decidimos no volver a hablar sobre el asunto; sin embargo, su forma de tratarme jamás volvió a ser fría e impersonal.

Una tarde, mientras deambulaba a través de los jardines de un centro comercial, pensativa y absorta en cuestiones de negocios que tenía pendientes por resolver y que trataba de organizar, así como en decisiones pendientes de tomar, que debía ponderar -lo que siempre hacía en momentos como ese-, sentí de pronto una mano que tocaba mi hombro izquierdo y percibí el aroma de Lucas. Volteé en ese sentido y si -efectivamente-, era él, con esa hermosa sonrisa que le distinguía.

-  ¡Hola Lucas! – Saludé sorprendida.

-  ¡Hola Lucy! – respondió. – No esperaba encontrarte por aquí.

-  ¿En serio? – Pregunté bromeando. – Pero si yo vengo a este lugar con mucha frecuencia. – Afirmé mientras levantaba las bolsas repletas de artículos que acababa de comprar.

Él sonrió poniendo su mejor cara de sorpresa y entonces dijo – ¡Ya lo veo! – Me preguntó si podía acompañarme con el fin de charlar un rato mientras paseábamos por el centro comercial. Me confesó que él rara vez visitaba ese lugar y que, ese día -en particular-, simplemente sintió deseos de despejarse, además de que quiso comprar algunos libros. Amablemente, me acompañó mientras compraba algunas cosas más y luego visitamos su librería favorita donde pasamos un largo rato seleccionando libros. La tarde caía con pereza, mientras el cielo comenzaba a pintarse de colores brillantes, de esos que aparecen cuando el sol se oculta. El bullicio del centro comercial nos rodeaba y nosotros, exhaustos, decidimos buscar un restaurante para calmar el hambre que ya empezábamos a sentir.

Durante la velada, Lucas y yo hablamos de muchas cosas. Algunas -al principio-, de negocios, pero pronto el tema cambió y comenzamos a platicar cosas intrascendentes sobre nosotros mismos. Al final de la cena nos conocíamos un poco más, sin embargo, lo suficiente como para que la complicidad de una naciente amistad nos hiciera sentir la intimidad de dos personas que se sienten agradecidas por conocerse, que sienten que se han conectado, que se sienten atrapadas por un lazo que ninguna de las dos desea romper.

Ya era de noche cuando salimos y una luna sonriente se dibujaba en el cielo. No sé porqué, pero siempre he tenido la impresión de que la luna me sonríe cuando está en cuarto menguante. Ésta era una hermosa luna en cuarto menguante, enorme, luminosa. Me sentí inspirada por el momento, así que volteé hacia Lucas, con una sonrisa traviesa en los labios y le dije – ¡Mira! La luna nos sonríe. Él miró hacia el cielo y sonrió. Luego me miró a los ojos con esa sonrisa que tanto me gusta de él y me respondió: – Si. Quizás está complacida de vernos juntos.

Yo bajé mi mirada hacia el piso, con una sonrisa furtiva en los labios. Después de tanto hablar, ahora caminábamos en silencio, pero no nos sentíamos incómodos por ello. En mí, creo que el silencio se debía a la implicación escondida tras la oración que Lucas acababa de decir. Creo que en Lucas algo similar ocurría.

Gentilmente, él me acompañó hasta mi auto. Me ayudó a guardar las cosas y se despidió. No obstante, se detuvo tras dar dos o tres pasos y dijo – ¡Ah y . . . oye! – luego volteó hacia mí mientras yo lo veía con atención. Se aproximó de nuevo hacia mí, mirándome a los ojos, como la vez en que Mayra nos interrumpió.

Había algún coqueteo en su mirada. Sabía hacia donde iban las cosas pero ¡al diablo! ¿qué importa? ¡sólo se vive una vez! ¿no? Esta vez quería completar la escena que Mayra interrumpió. Él continuó caminando, calmadamente, acercándose a mí, hasta que estuvo tan cerca que podíamos tocarnos uno a otro con nuestros cuerpos. Esa misma sonrisa que me encantaba ya estaba dibujada en sus labios. Entonces pregunté con timidez, sin dejar de mirar sus ojos: – ¿Si?

Él miraba extasiado mi rostro, examinándolo, apreciando cada detalle y nuestras caras se sentían atraídas como por una fuerza gravitatoria. Colocó sus dedos sobre mi rostro, acariciándolo y -luego-, aproximó su otra mano, acariciando mi mejilla, dirigiéndola hacia mi nuca. Con la mano con que comenzó la caricia, se dirigió entonces hacia mi mentón y levantó mi rostro hacia él, como si quisiera examinar detalles más pequeños de mi cara a contraluz. Entonces dijo: – Deberíamos hacer esto más seguido. – Yo respondí afirmativamente, en medio de  un suspiro, con mis ojos cerrados, esperando su beso y, entonces, él me beso en la mejilla con dulzura, mientras reafirmaba o . . . ¿corregía? . . . lo que recién había dicho: – Deberíamos de encontrarnos más seguido.

Abrí mis ojos y le miré. Coloqué una mano sobre su pecho mientras pasaba la otra hacia su nuca y le atraje hacia mí y lo besé con suavidad en los labios. Entonces le dije: – Tienes razón, debemos encontrarnos más seguido. – Y volví a besarlo con más intensidad. Fue un lindo beso. De esos que comienzan con dulce e inocente timidez; de esos que, cuando sientes la confianza, se convierten en una caricia más apasionada cada vez. De esos en los que recorres suavemente los labios de tu pareja, mientras sientes su sabor, su aroma, su calor. Luego nos separamos.

Golpeé su pecho con mi puño de manera sutil y femenina mientras le reclamaba: – ¡Tonto! ¿Por qué no me besaste desde el principio? – Él rió nerviosamente  y me respondió: – Porque necesitaba estar seguro de que tú también lo deseabas. – A lo que yo le respondí coqueta – ¡Pues claro que sí!.

Así comenzó nuestra historia. Nos quedamos en el estacionamiento un rato más. Más tarde, Lucas se despidió diciendo: – Bien, hermosa, es mejor que me vaya. Si continúo aquí, no querré separarme más de ti.

Se me hizo un acto de gran caballerosidad de su parte. La verdad es que, por primera vez, en muchísimo tiempo, no me había sentido tan conectada sentimentalmente con alguien. Todo mi ser deseaba estar con él. Si él no se hubiera despedido, quizá, ésta incipiente relación habría tomado derroteros mucho más complejos de los que deseaba enfrentar por el momento. Le agradecí intensamente que me diera ese espacio y que -según me lo demostró con su despedida-, también él deseara dar tiempo al tiempo y permitiese que esta relación que recién nacía se desarrollara por sí sola, a su propio ritmo.

A partir de entonces él y yo comenzamos a encontrarnos con mayor frecuencia, aunque ambos convinimos en procurar no mezclar los negocios con nuestra relación. Me sorprendió mucho que él pensara como yo en cuanto a nuestro desarrollo profesional. De alguna manera, esta tácita separación que acordamos nos unió con mayor fuerza.

Por supuesto, Mayra siguió su coqueteo, pero pronto se aburrió de que Lucas no cediera a éste. Así era ella. No se complicaba mucho la existencia. Yo solía reclamarle a Lucas en broma por los descarados coqueteos de Mayra y él sólo se sonrojaba. Me gustaba esa inocencia en él. Se esforzaba en explicarme que él no le correspondía, pero sus explicaciones eran innecesarias. Yo ya lo sabía.

La principal fortaleza de nuestra unión radicaba en que respetábamos nuestra privacidad y, sin embargo, sentíamos una profunda confianza del uno hacia el otro. Ambos aceptamos como un hecho que nuestras carreras eran lo más importante para nosotros y, por esa aceptación basada en un conocimiento profundo del otro, nunca hubo reproches por todas las noches que no pudimos vernos. No hubo suspicacias por ese aparente abandono que -sabíamos-, era producto de nuestro “otro” gran amor: nuestra carrera.

La fortaleza de nuestra relación continuó creciendo, hasta convertirse en algo indestructible, tan sólida como el diamante. Así llegamos a nuestras actuales circunstancias, en las que las cosas comenzaron a cambiar, a raíz de nuestro largo viaje que pudo ser una luna de miel.

Para ser sincera, Lucas representaba en mí todo cuanto habría podido desear. Me encantaba en todos los sentidos pero, en ocasiones, su tan natural obstinación llegaba a parecerme completamente intransigente y hasta insufrible. Él me había dicho muchas veces que necesitaba ser así, que ser obstinado y hasta terco era precisamente lo que le hacía tan bueno en lo que hacía. Decía que lo necesitaba para continuar sin rendirse hasta lograr sus objetivos.

No es que esa fuera una barrera importante en nuestra relación, sólo que a veces me parecía muy poco sensato de su parte, por no hablar de la escasa consideración que mostraba hacia los sentimientos de los demás cuando se ponía en ese plan.

Él sabía muy bien lo importante que era mi carrera para mí. Él conocía a la perfección mi necesidad, no tanto por sobresalir profesionalmente, sino como por mi entrega a lo que hago. Él sabía muy bien sobre mi necesidad de hacerlo todo perfecto, porque él es exactamente igual que yo en ese sentido.

Yo traté de comprender su necesidad de prolongar su linaje y en lo más profundo de mi corazón esperaba que él comprendiera mi reticencia al respecto. Hubiera deseado que él sintiese empatía hacia mí pero, en lugar de ello, lo que recibí de su parte fue un reclamo mudo, un alejamiento provocado por su incapacidad para ponerse en mi lugar y ponderar mis prioridades.

Había luchado tanto por lo que tenía ahora, sufrí mucho el distanciamiento obligado que me impidió estar con mis padres en sus últimos momentos, pero recogí los pedazos y en honor a una deuda moral que sentía hacia ellos salí adelante y continué mi vida. No fue fácil escalar posiciones, pero tenía una firme determinación y me gané cada una de las cosas que ahora ostento como mías.

Más allá de mi personal satisfacción por los logros que había alcanzado, se encontraba mi satisfacción por mostrarme a mi misma mi capacidad para cumplir mis metas. Detenerme ahora me haría sentir incompleta. Sentía que aun tenía mucho más por hacer y que un embarazo y la posterior cría de un bebé me impedirían satisfacer mis propias expectativas.

Lucas sencillamente fue incapaz de entender eso y, aunque aparentó aceptar mi negativa y reconocer mi derecho a decidir sobre mi vida, en el fondo, siempre me recriminó mi actitud y forjó una gélida barrera de acero en torno a él y enterró el asunto, enfocándose con mayor ahínco a su trabajo.

De cierta manera su actitud hacia mí cambió. No es que dejase de amarme, no. Sólo que, a veces, se mostraba distante y se negaba a compartir conmigo sus sentimientos. Pero no era necesario que hablara sobre el asunto. Yo intuía lo que pasaba en su corazón sin necesidad de escucharlo en sus palabras.

Alguna vez le pedí que habláramos abiertamente sobre sus sentimientos, pero él se negó rotundamente escudándose en la excusa de que hablar de ello podría complicar las cosas innecesariamente y que él no deseaba lastimarme. En cierto modo, comenzaba a perderlo.

La frialdad que mostraba hacia mí me dolía y muchas veces llegué a sentir que, quizá, lo mejor sería terminar nuestra relación, si es que ésta aún existía, pero jamás me armé de valor para proponerlo, aunque siempre dejé abierta la posibilidad. Aún así, él no daba muestras de comprender los sutiles mensajes que trataba de enviarle cada vez que su frialdad se interponía entre nosotros. Yo sufría más por verle sufrir a él y le expresaba que no deseaba verle así. Él simplemente decía “se me pasará” y cambiaba el tema. Si lo entendía, quizá fuera que él no deseaba terminar la relación, reprimiendo la frustración de no poder cumplir su deseo de tener una hija. Me dolía tanto esta situación.

Así llegamos a la situación en que vivíamos ahora. Seguíamos juntos, a pesar de todo, pero con una brecha tan amplia como profunda entre ambos que ninguno de los dos deseaba reconocer.

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Capítulo 01. Neuron IX.

Octubre 8th, 2012 No comments

Han transcurrido ya dos años desde que fui despedido de Argus. Los planes de boda entre Lucy y yo no llegaron a concretarse, al menos, no hasta el momento. Quizá, lo que quiero decir es que -en realidad-, no llegamos a descartar una boda del todo, sólo que ambos somos seres independientes, cada uno con ambiciones y metas por cumplir y, para ser honestos, todos esos objetivos profesionales, todas esas aspiraciones, simplemente fueron más importantes que los sentimientos que ella y yo compartimos.

Es un amor difícil de describir. Nuestra intimidad está condicionada a lo que ocurre en nuestro ámbito laboral, nuestros proyectos van siempre antes que cualquier necesidad personal, que nuestras necesidades afectivas, que nuestros sentimientos expresos del uno para el otro; sin embargo, aún tras esa enorme barrera, existe.

Es esa clase de atracción que es muy profunda en su naturaleza, que resulta irremisible e inevitable. Ni ella ni yo habíamos experimentado antes esa necesidad tan impostergable del uno por el otro, ni nos habíamos sentido tan comprendidos por una persona como nos sentíamos el uno hacia el otro. No había secretos. Nuestras almas se unían más allá de la distancia, se comunicaban más allá de las palabras, se amaban más allá del amor.

Tal vez, ese conocimiento tan profundo de la naturaleza de nuestros sentimientos, nos daba la certeza de que, sin importar cuán lejos estuviéramos el uno del otro, estaríamos siempre cerca, siendo siempre uno, en profunda comunión.

Intuía, no obstante, que algo hacía falta entre ambos y era ese elemento perdido, indescriptible, lo que impedía la consumación de nuestra unión. Ella lo presentía también. Quizás por eso no objetó cuando le expresé mi deseo de aceptar la oferta de Braulio e Idelfonso de regresar a Argus como socio y consultor.

No fue una decisión repentina. En realidad, Lucy y yo realizamos un viaje que se prolongó durante algunos meses.  Ella tomó un año sabático y juntos vivimos cinco meses de deliciosa compañía mutua. Durante ese periodo, descubrimos la fortaleza de nuestro amor y pudimos entender que lo que lo hace tan especial es que está provisto de un ingrediente subversivo y controversial llamado libertad.

Libertad. ¡Qué paradójica es la libertad! ¡Rompe tus cadenas al mismo tiempo que te confina dentro de sus límites! Recuerdo un cuadro que vi hace varios años llamado precisamente así. “La paradoja de la libertad”. En él, se muestra a un individuo encadenado a una roca. El tipo se ve fortalecido físicamente por su lucha interminable contra la cadena que pretende romper, con su cabello y barba largos y encanecidos, insinuando cuanto tiempo lleva luchando por su liberación y extendiendo su mano libre hacia el cielo, en la misma dirección en que vuelan unas gaviotas, en una actitud vehemente, añorando la libertad que tienen las gaviotas para volar hacia nuevos rumbos; libertad que a él, le ha sido negada por su prisión. Su dilema es que, aún cuando rompiera la cadena que le aprisiona, que le ata a la roca, él se encuentra en una isla rodeada por un océano que azota implacable la playa con sus olas. Aunque se liberara, no puede abandonar la isla sin morir y, aun así, no importa a donde fuera, siempre habrá un lugar más hacia el que él deseara partir.

Ese cuadro me hizo reflexionar muchas veces acerca del valor de la libertad. Me hizo reconocer muchas veces cuán dispuesto estoy a dar mi vida por la libertad y me hizo percatarme de que no importa que tan libre sea, siempre habrá límites para mi libertad. Entonces me surgió una pregunta: “¿Qué es la libertad?”, pero desde entonces, la respuesta se ha mostrado evasiva. No es tan fácil como coger un diccionario y leer la definición. Su explicación se torna complicada desde que tienes que reconocer la diferencia entre libertad y libertinaje. Se hace difícil explicarlo desde el momento en que reconoces que tu libertad tiene un límite. Límite que no es impuesto por nadie, más que por ti mismo y, si depende de ti, ¿qué tan amplia es tu libertad?

Verás, como yo la visualizo, la libertad es una garantía implícita de cada ser, que le es otorgada para darle la capacidad de llevar a cabo acciones que conduzcan a la satisfacción de sus necesidades y deseos pero, en algún punto, esta libertad contraviene la libertad que le ha sido otorgada a otros seres y se ve limitada por la libertad a que tienen derecho ellos.

Algunas veces, tú mismo decides ceder parte de tu libertad a favor de otros y, otras veces, te sientes con derecho a tomar parte de la libertad que le ha sido concedida a ellos. Para hacerlo más complicado aún, tienes la libertad de asociar diferentes grados de libertad a la multitud de contextos que conforman tu existencia.

¿Qué es -entonces- y hasta donde llega tu libertad? ¿Lo ves? Ese tipo de cuestionamientos produjo en mi la visión de ese cuadro y, desde entonces, no fui capaz de prever cuán importantes se volverían todos ellos para mí en el futuro.

Durante nuestro viaje, yo nunca fui capaz de ocultar lo mucho que me había halagado la oferta. Más aún, no fui capaz de ocultarle a Lucy lo fuerte que era mi interés por dicha oferta. Ella se mantuvo siempre comprensiva y se cuidó de guardar cierta distancia, a pesar de que estaba al tanto de lo que ocurría en mi interior.

Aunque la idea original era casarnos y hacer de éste viaje una luna de miel, la boda no se concretó. Ninguno de los dos hicimos algo por realizarla. Decidimos, así nomás, emprender el viaje. Es decir, tan pronto me hube recuperado de los disparos que había sufrido, ella solicitó un año sabático. Dedicamos las dos primeras semanas a planear la boda y estuvimos comprando cosas y organizando la ceremonia. Pero un día, cuando decidimos planear la luna de miel y nos pusimos a visitar agencias de viajes, sin más, optamos por irnos de viaje sin avisar a nadie y dejamos pendientes todos los planes relativos a la boda.

Así, emprendimos esos maravillosos cinco meses que pasamos juntos y que se prolongaron porque siempre encontrábamos un pretexto para quedarnos un poco más donde nos encontrábamos, o descubríamos un nuevo sitio a donde ir.

Cuando finalmente regresamos de ese largo viaje, una noche, en medio de la cena, comenzamos a hablar sobre los planes que habíamos suspendido.  Recuerdo que le pregunté -muy torpemente, por cierto-, si la formalidad que implica el matrimonio era necesaria para ella. Lucy se percató de mi evidente torpeza, pero aún así, me dijo que comprendía el sentido de mi pregunta y me dijo que en realidad, ella se sentía bien con el rumbo que habían tomado las cosas. Entonces me regresó la pregunta. Fue algo inesperado para mí. En realidad, nunca me imaginé respondiendo a esa pregunta. Yo le dije que era algo que no habría considerado jamás, si ella no me lo hubiera preguntado y me di cuenta de que quizá, muy en el fondo, si deseaba esa formalidad. Así lo expresé. Le dije que yo me sentía a gusto con el tipo de relación que llevábamos, pero que en cierta forma que no atinaba a describir, me agradaría mucho que nuestra relación se formalizara.

Ella sugirió entonces que quizás debíamos casarnos, si eso me hacía sentir cómodo en nuestra relación y fue en ese punto en el que las cosas empezaron a tomar la forma que tienen ahora. En ese instante, comprendí la implicación de sus palabras; es decir, no hablo de que ella deliberadamente quisiera implicar algo con la forma en que había dado su respuesta, más bien, intuí que, de manera inconsciente, ella me había expresado que cualquier rumbo que las cosas tomaran estaría bien para ella, es decir, que para ella, esa formalidad no tenía la misma importancia que para mí. Algo me dijo entonces que -tal vez-, era mejor dejar las cosas así, que -quizá, de otra manera-, las cosas podían tornarse innecesariamente complicadas.

Todo ese torrente de razonamientos se lo expresé de la manera mas abierta y honesta posible. Ella admitió que -efectivamente-, para ella todo ese asunto del matrimonio no tenía la misma relevancia que la que tiene para mí, me explicó que ella siempre se visualizó a sí misma como una mujer exitosa en su ámbito profesional y que nunca se detuvo a pensar en el matrimonio.

Me contó que vio como muchas de sus amigas se casaron y formaron hogares a veces felices, a veces no, pero -me dijo-, ella nunca las envidió ni se imaginó a sí misma en tales circunstancias y admitió que a estas alturas, la experiencia del matrimonio le parecía interesante, pero que no era fundamental para sentirse realizada.

No sé describir como me sentí. Siempre me encantó de ella su franqueza. Ese fue siempre un rasgo de su personalidad que admiré profundamente. En un minuto me dejó desconcertado.

Le pedí que describiera cuán importantes eran sus sentimientos hacia mi. Ella entonces me sonrió y llevo su mano hacia mi cabello. Me dio un beso suave en los labios y me dijo que le había malinterpretado.

Me explicó entonces que me amaba profundamente y que sabía que yo la amaba tanto como ella a mí. Me explicó porque eso hacía innecesaria la formalidad del matrimonio desde su punto de vista y me dijo que dicha formalidad ya la teníamos, de forma tácita.

Entonces le hice una pregunta que la tomó por sorpresa y le obligó a pedirme tiempo para pensar en la respuesta. Le pregunté si estaba dispuesta a tener un hijo conmigo.

Varios días después -aunque, quizás, sería más exacto decir: algunas semanas después-, finalmente, ella respondía a mi pregunta. – Lucas – me dijo un día. – He pensado mucho en la posibilidad de tener un hijo juntos y he descubierto que no me siento preparada para ser madre ahora . . . – explicó. Yo sentí mi ser inundarse de decepción. Aunque hubiera querido que fuera de otra manera, mi rostro delató la forma en que su respuesta me hizo sentir. Ella lo vio en mí. Me pidió perdón por no poder complacer ese deseo que había surgido en mí y yo, en medio de un profundo egoísmo, salí del departamento y pasé la noche en un hotel.

Esa noche se convirtió en dos, luego en tres y después de una semana le llamé y traté de explicarle. Ella no reclamó por mi abandono y pude notar que estuvo a punto de cortar la llamada, pero se armó de paciencia y escuchó todo cuánto le dije.

Lo primero que hice fue ofrecerle una disculpa por mi actitud. Ella no respondió. No sé que porqué no le pedí perdón. Sólo sé que lo más que podía hacer, era ofrecer una disculpa por mi reacción, pero no podía transformar esa oferta de descargo de culpabilidad en una súplica por el perdón, porque me sentía con un derecho legítimo a consumar nuestra unión, consagrándola al cuidado de un hijo producto de nuestra relación. Ella comprendió que me sentía de esa forma y reconoció que tenía derecho a sentir lo que sentía, aun cuando mis sentimientos actuales no justificaran mi proceder.

Le dije cuánto significaba para mí iniciar una familia con ella. Le dije cuánto deseaba tener una pequeña hija a quien cuidar y formar y le dije que quería que ella fuera la madre de mi hija porque jamás había existido alguien en mi vida con quien pudiera sentirme tan completo como me sentía con ella.

Ella me dijo que la maternidad truncaría muchas de sus metas y que daría un giro de ciento ochenta grados a su vida entera. Me explicó lo importante que era para ella ser una mujer exitosa y me contó porque era tan importante conseguir esa meta para ella.

Me habló de todas las esperanzas que habían depositado en ella sus padres y de los muchos sacrificios que habían hecho para mandarla a estudiar al extranjero. Me habló del profundo respeto que sentía por los esfuerzos que sus padres habían hecho por verla fructificar y convertirse en una mujer que les enorgulleciera y del profundo dolor que le produjeron todos esos años que no pudo estar con ellos tan sólo para hacer realidad sus esperanzas y de lo trágico que fue para ella no haber tenido la posibilidad de regresar con ellos antes de su muerte, sólo porque tenía que concluir sus estudios.

Me contó de lo difícil que fue para ella concluir sus estudios después de la muerte de sus padres y de lo firme de su determinación por cumplir su cometido, tan sólo como una ofrenda de honorabilidad y una muestra del profundo amor y respeto que sentía hacia ellos. Hablamos durante horas y expusimos nuestros motivos hasta el punto en que ambos enterramos el tema y jamás volvimos a tocarlo.

Fue tras ese álgido episodio que le expuse mi deseo de regresar a Argus y ella lo aceptó sin más.

A mi regreso a Argus, me puse al tanto sobre los progresos de mi antiguo equipo para tratar de comprender el mecanismo que había hecho de Neuron I un algoritmo tan interesante. Según me dijeron, habían notado el mismo patrón en las versiones posteriores del algoritmo y habían descubierto algo que nos dejó atónitos a todos: cada una de las versiones de Neuron que habíamos desarrollado y probado, había mutado hacia algoritmos muy parecidos entre sí, quizás, con un mínimo de divergencias entre ellos, pero se encontraban evolucionando hacia una única versión, que los englobaba a todos.

Es posible que -justo ahora-, deba hacer una pequeña pausa para explicar la naturaleza de Neuron y porque esta serie de mutaciones evolutivas nos tenia a todos perplejos.

El cometido de Gene/Sys era constituirse en un poderoso sistema con la capacidad de capturar la psique humana y utilizarla para entrenar una red neuronal artificial con el fin de producir egos virtuales de las personas que se hubieren prestado voluntariamente para ello.

La captura de la psique se llevaba a cabo por medio de un chip implantado en el cuerpo de una persona, cuya función era captar la actividad eléctrica del cerebro de dicha persona y transmitir tales señales a la supercomputadora de Argus, donde se utilizaría esta información para alimentarla a un modelo matemático de red neuronal artificial con el fin de entrenarla para reproducir los mecanismos de pensamiento de esta persona.

El núcleo de Gene/Sys era entonces capaz de crear múltiples instancias de este ego virtual y podía correr simulaciones basadas en dichos egos virtuales. En otras palabras, podía crear múltiples copias de la personalidad de un individuo. La parte interesante de este mecanismo era su capacidad para hacer que se corrieran diversas simulaciones de la misma personalidad, simultáneamente. Así, uno de los usos que habían sido planeados para esta tecnología era para asistir en el desarrollo de varios negocios al mismo tiempo. Una persona, usando esta tecnología, podía ser dotada de omnipresencia, pudiendo así, asistir a diferentes juntas de negocios concurrentemente y tomar decisiones en cada una de ellas, elevando exponencialmente su productividad.

En realidad, era uno de los egos virtuales el que tomaba parte de una reunión de negocios y era el ego virtual el que tomaba las decisiones, basándose siempre en el mecanismo de pensamiento del ego original. Lo que prevenía las inconsistencias provocadas por decisiones conflictivas tomadas por los diversos egos virtuales, era el subsistema de administración de concurrencias implementado en el núcleo de Gene/Sys.

Yo había sido el primer voluntario para la captura de la psique, en este caso, de mi psique y, de ahí, había surgido el primer conjunto de señales para entrenar a la primera versión de la red neuronal artificial que habíamos desarrollado, Neuron I.

Debido a que Gene/Sys contravenía los planes de Sergio, el gusano desarrollado por él había saboteado está y las sucesivas versiones de Neuron provocando fallos inesperados en su desempeño. Pero Sergio nunca se preocupó de que el conjunto de señales de entrada utilizado por Neuron, provinieran de mi cerebro, el cerebro del creador del sistema. Así que, aunque fue capaz de visualizar que, al ser mi psique la utilizada para entrenar a Neuron I, ésta podría sabotear sus planes de comerciar ilegalmente con el software de Argus, no tuvo la lucidez suficiente para ver que mi ego virtual terminaría corrigiendo los errores introducidos en Neuron I por el gusano desarrollado por él.

Ese fue precisamente el caso, mi ego virtual se había mantenido muy ocupado en cada una de las versiones de Neuron eliminando los fallos introducidos por el gusano de Sergio. Más aún, actuando como un crítico, había mejorado cada una de las versiones de Neuron, haciendo que evolucionasen hacia una versión optimizada, produciendo un modelo matemático de la red neuronal más eficiente que los anteriores. Curiosamente, cada una de las versiones de Neuron, parecían llegar al mismo punto y aunque el producto de tales mejoras presentaba algunas pequeñas diferencias con respecto al resultado producido por las demás versiones, las divergencias al final eran insignificantes y podía considerarse que se trataba del mismo algoritmo.

Este hecho trascendió porque era la primera vez que un algoritmo se corregía a sí mismo, lo cual habría la puerta a nuevas y excitantes tecnologías.

A dos años de su desarrollo inicial, Neuron había evolucionado hasta la más estable de sus versiones: Neuron IX. Este ya se había constituido en un producto comercial y su uso principal, a pesar de todos los pronósticos, había terminado siendo orientado a la asistencia en la terapia de personas que había sufrido cualquier tipo de daño cerebral. Una característica muy importante de Neuron, era su capacidad de reconstruirse tras haber sido casi totalmente destruido. Así, esta característica resultó ser muy recurrida por los hospitales para tratar a los pacientes que habían sufrido daño cerebral. Lo que hacían, era crear un ego virtual del paciente y correr una simulación en la modalidad de reconstrucción. Con ello, lograban regenerar la red neuronal del paciente al revertir el procedimiento y transmitir las señales del ego virtual al cerebro del paciente, asistiendo de este modo en su terapia. La recuperación de dichos pacientes era mucho más rápida y el resultado -al menos hasta ahora-, parecía ser mucho más satisfactorio.

Pero no eran esas las únicas aplicaciones para esta tecnología. Prácticamente en cada nicho se había descubierto alguna aplicación y su uso se había vuelto muy extendido.

Al ser esta una tecnología de apariencia benéfica para la sociedad, nunca fue tarde para los extremistas encontrar algún defecto. La principal acusación de estos grupos era el supuesto interés de Argus por reprogramar la conciencia pública. Habían sido muy imaginativos explicando en toda oportunidad que tenían, como era que Argus se las ingeniaba para inducir en la gente órdenes con la finalidad de adquirir sus productos sin chistar.

Yo no sé si esta gente conocía la tecnología empleada o, simplemente, en medio de su absoluta ignorancia, creaba arbustos en llamas para impresionar. En realidad, Gene/Sys detectaba la actividad eléctrica del cerebro de las personas y generaba patrones de señales eléctricas que eran transmitidas hacia una supercomputadora por medio de un chip que implementaba dichas funciones. Era posible revertir la funcionalidad y, desde la supercomputadora, transmitir los patrones de señales de vuelta al chip, el cual estimulaba a las neuronas a repetir bajo ambiente controlado un patrón de actividad cerebral pero, siempre era necesario utilizar el chip como punto común, cualquiera fuera el caso. Los extremistas, sin embargo, insistían en que tales procesos ocurrían aún sin la necesidad del chip, yo no sé si en un recurso pseudo-científico, cuyo único interés era cautivar la atención del público para ganar adeptos a su causa, o bien, como producto de una ignorancia pueril y supina.

Su principal alegato era que Argus pretendía controlar las conciencias, no sólo para obtener una ventaja competitiva, sino para establecer un nuevo orden mundial. Tan debatido era el impacto de esta nueva tecnología, que se hablaba de su empleo con fines militares y se le describía como la nueva “última frontera” del intelecto humano.

Naturalmente, a pesar de la existencia de bandos divididos, la nueva tecnología otorgaba importantes contribuciones a la raza humana y, aún con la presión de los grupos subversivos, era una tecnología que había abierto nuevas puertas y había traído consigo nuevas y excitantes posibilidades.

Casi desde mi reintegración al equipo que había llevado a Gene/Sys hasta el privilegiado puesto que ocupaba ahora, me sentí inevitablemente atraído por la capacidad de Neuron IX de auto-modificarse. De ahí en adelante, decidí enfocarme principalmente al estudio de esta nueva capacidad.

Algo que me parecía fascinante, inquietante, intrigante, era la manera en que la réplica de mi psique se las arreglaba para mantenerse ocupada, concentrada en la revisión de los algoritmos existentes, así como en la creación de nuevos algoritmos. Algo que atraía poderosamente mi atención, era la manera en que respondía mi réplica cuando captaba patrones de mi pensamiento relacionados con eventos en que existía cierto nivel de carga emocional.

Creo que todos sabemos que, como seres humanos, la manera en que tratamos la información que recopilamos a través de nuestros sentidos, depende en gran medida de la perspectiva que le den nuestros sentimientos.

Había ocurrido varias veces que se había permitido, ya fuera accidentalmente o a propósito, la captura  de mi psique. Esta modalidad podía activarse o inhibirse a voluntad, desde el panel de control de Neuron IX, con la idea de permitir la actualización de las réplicas. La idea central era que como seres humanos, tenemos una capacidad natural de evolucionar conforme a las circunstancias de nuestro entorno. Como dice el dicho, “es de humanos cambiar de opinión”. A través de este mecanismo, podíamos reprogramar a la red neuronal capturando nuevos patrones de pensamiento cuando se considerara conveniente.

Todo eso era un procedimiento de rutina, sin embargo, ocurrían a veces cosas que era difícil comprender. En lo particular, mi réplica parecía ser mucho más analítica cuando recibía nuevos patrones de pensamiento en los que se hubiese registrado un mínimo de participación de los sentimientos humanos. No los rechazaba del todo, pero los sometía a un análisis exhaustivo antes de aceptarlos y aplicarlos.

Nos dábamos cuenta de ello al comprobar que, efectivamente, siempre que ocurría de esta manera, Neuron IX requería de un mayor número de ciclos para programar la red neuronal artificial.

Era un suceso aislado. Quisimos descartar la probabilidad de la intervención del azar bajo estas circunstancias y, tras un extenuante análisis estadístico, comprobamos que este fenómeno sólo ocurría en mi réplica. Otras réplicas no respondían igual ante la presencia de patrones similares de pensamiento.

El fenómeno fue detectado una ocasión en que notamos que Neuron IX tomaba mucho más tiempo para procesar un patrón recién recopilado. Lo primero que pensamos es que había algún problema con el algoritmo, así que detuvimos su ejecución, guardando -obviamente- el patrón recopilado para alimentarlo posteriormente fuera de línea, y revisamos el algoritmo, pero descubrimos que funcionaba normalmente.

Como desarrollador de software, llamó poderosamente mi atención que para ese conjunto particular de señales, Neuron IX requiriera una mayor cantidad de ciclos para registrarlas en la red neuronal artificial. Es decir, al revisar el algoritmo noté que todo parecía estar en orden. Lo revisé varias veces, con la esperanza de detectar un posible error de lógica que nunca se hizo evidente.

Cuando lo corrí paso a paso utilizando un depurador noté que, como lo esperaba, el registro del nuevo conjunto de señales, se producía tras una cantidad de iteraciones similar a la necesaria para otros conjuntos diferentes.

Era obvio que resultara así; después de todo, el algoritmo que conformaba Neuron IX era un sistema determinístico, basado en un modelo matemático.

No obstante, se hizo evidente que, unas cuantas iteraciones después, la red neuronal artificial que constituía mi réplica, respondía cuestionando la nueva entrada y eso provocaba el incremento en la cantidad de ciclos requerido para procesar el conjunto entrante de señales nuevas. Era una especie de filtro que la misma réplica aplicaba.

Ya estábamos acostumbrados a esa reacción, así que la dejamos pasar. Digo que nos encontrábamos acostumbrados a ese tipo de respuesta, pues lo habíamos visto muchas veces, cuando mi réplica decidía hacer modificaciones al modelo matemático de Neuron IX.

Sin embargo, pronto se convirtió en algo usual que ante determinados conjuntos de señales, la red necesitara más ciclos de proceso para registrarlos. Esto nos mantenía intrigados, pues aún desconocíamos el porqué de tan extravagante comportamiento.

En adelante, pusimos mucha más atención hacia las circunstancias bajo las cuales se presentaba el fenómeno hasta que, un día, Mónica, una de las más inteligentes colaboradoras del equipo, bromeó conmigo y me preguntó sin andaba de buenas ese día. Yo le respondí que no tenía motivos para andar de malas, pero que mi estado anímico podría no ser el mejor, que me sentía un poco apático ese día.

Entonces ella frunció sus labios, bajo su mirada e identifiqué un atisbo de duda en sus hermosos ojos negros. Regreso su mirada hacia mis ojos y dijo: “Es extraño, creo que en otras ocasiones, cuando se ha requerido de mayor cantidad de iteraciones para entrenar la red, tu estado anímico ha presentado algún tipo de desorden”.

Yo sonreí. Le dije en broma que agradecía que le llamara a mis achaques “desorden anímico”, como si estuviera loco o algo así, pero comprendí hacía donde apuntaba su comentario. Ella sonrió conmigo y compartimos con los demás su descubrimiento. No pasó mucho tiempo para que diseñáramos un experimento que requería de mi parte llevar un diario, tan descriptivo como objetivo acerca de los acontecimientos de mi vida. No era fácil para mi ventilar mi vida privada, así que diseñamos la bitácora de manera que no tuviera que hablar de circunstancias específicas, pero si tenía que revelar, sin embargo, la naturaleza de mi estado anímico.

Pronto fue evidente la importancia de la influencia de mis sentimientos en los patrones de mi pensamiento que Neuron IX capturaba. De alguna forma,  mi réplica se tornaba más exigente con ellos y no sabíamos exactamente porqué.

Era obvio que, cuando había carga emotiva en mis pensamientos, mi réplica era mucho más estricta al momento de aceptarlos. Pero durante mucho tiempo no fuimos capaces de explicar esta conducta.

Por supuesto que elaboramos varias hipótesis, aunque no habíamos logrado comprobar ninguna de ellas hasta el momento. Una de las principales hipótesis que sustentábamos era que mi réplica fue la única que tuvo oportunidad de adaptarse evolutivamente, dado que, por mucho tiempo, sin que lo supiéramos, estuvo ahí, revisando y modificando algoritmos, creando nuevos programas y -lo más desconcertante de todo-, posiblemente, evolucionando.

Era una posibilidad subversiva, inquietante. Quizá mi réplica pudo adaptarse por sí sola, sin necesidad de las actualizaciones periódicas a las que sometíamos a las redes neuronales artificiales, por medio de la captura de nuevos patrones de pensamiento. Quizá se había convertido en un ente independiente, con capacidad propia de discernir, con personalidad propia y autónoma. Tal vez, cuando recibía nuevos patrones provenientes de mi mente, los analizaba como si recibiera opiniones de alguien más, como si hubiera dejado de ser yo. Las pruebas continuaron. No teníamos una respuesta definitiva y era aventurado aceptar esa hipótesis como explicación absoluta.

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