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Capitulo 12. Armagedón.

Septiembre 30th, 2012 No comments

Era de cerca de media noche cuando el autobús llegaba a la ciudad de la que hacía tan poco tiempo había escapado. Lucy esperaba ya mi llegada. Habíamos acordado que podría ser peligroso que ella fuera buscarme o que yo la buscase a ella, ya fuera en mi casa o en la suya, por ello, decidimos que la encontraría en un antro donde -ocasionalmente-, íbamos a divertirnos. Ella me esperaría ahí.

Cuando llegué, la vi bailando con alguien. Esa había sido una buena idea de ella. Si alguien estuviera vigilándola, seguramente se habría llevado un chasco al no encontrarme ahí, con ella. Si la iba a contactar tenía que ser precavido.

Me dirigí a la barra procurando que ella me viera pasar. Por suerte así fue. Pocos minutos después ella se acercaba a mí y, mientras era atendida, cruzamos unas cuantas palabras tratando siempre de pasar desapercibidos.

Si había un vigilante, seguramente trataría de interceptar cualquier contacto que ella tuviera conmigo. Era ya, de por sí, muy arriesgado el que ella se me acercara en la barra, simulando ordenar, pero ya no había lugar para nada más. Teníamos que tomar el riesgo. Por ello, tratamos de que nuestro intercambio fuera muy breve. Apenas lo suficiente para acordar que nos veríamos más tarde en su departamento, asumiendo –claro está- que si alguien la vigilaba, habría tenido que descuidar, al menos parcialmente, el departamento. Decidimos que me daría un par de horas para llegar ahí, para mantener ocupado al virtual vigilante. Yo me las tendría que arreglar para entrar al edificio sin llamar la atención.

El edificio donde se encontraba su departamento tenía un estacionamiento subterráneo. Yo abordaría un taxi, pidiendo al taxista que entrara al estacionamiento y dándole indicaciones de estacionarse tan cerca como fuera posible de las escaleras de emergencia y los elevadores. Ese punto era crucial. Debía suponer por anticipado que podría haber un guardia apostado vigilando ese punto, pero era lo mejor que podría lograr. Luego, subiría hasta su piso utilizando las escaleras y abriría su puerta con la llave que yo tenía.

Naturalmente, en los pasillos de cada piso existía un sistema de circuito cerrado, afortunadamente, más sencillo de interferir, de una manera similar a como lo hice cuando ingresé a Argus buscando respuestas.

No fue difícil entrar al departamento. Esperaba no haber sido detectado. Todo parecía indicar que no. Ahora sólo debía esperar a Lucy. Ella llegó poco más de una hora después. Al parecer, el tipo con el que bailaba fue lo suficientemente galante como para escoltarla hasta el departamento. Ella lo invitó a pasar y le ofreció una copa. El tipo acepto gustoso creyendo que estaba de suerte, pero Lucy se las arregló para despedirlo tan pronto la hubo bebido.

Cuando nos quedamos solos, yo salí de mi escondite. – ¡Vaya! ¡vaya!, parece que tenemos galán nuevo. Yo ya estaba a punto de dejarlos solos para que se conocieran un poco mejor. – Dije, sarcásticamente. Ella me sonrió. – Parece que eso que exhibes son celos – Me dijo. – ¿Qué! ¡Celos yo! No lo creo. Yo sé bien lo que tengo. – Afirmé. – ¿Estás seguro? – Respondió ella traviesamente. Ambos reímos. – ¡Buena jugada, Lucy! Si existían sospechas sobre mi posible presencia, parece que las has disipado. – Le dije para felicitarla por su excelente manera de manejar a los posibles vigilantes. Ella me miró a los ojos y me beso. Me confesó que estaba preocupada por los días que habían transcurrido sin saber de mí y que, en medio de todas sus preocupaciones, intuía algo de lo que podría estar ocurriendo. Le conté mi odisea y le hablé sobre mis más recientes descubrimientos. Le expliqué como es que se había montado la trampa en mi contra y le hablé sobre mis suspicacias. Juntos, esa noche, examinamos cada posibilidad.

Le expliqué el dilema que había encontrado: que el código del gusano tenía partes en formato Unicode, lo cual indicaba un trabajo hecho desde fuera de Argus pero que, el mismo código empleaba muchas estructuras internas de Esporadic-OS a las que sólo quienes habíamos trabajado en ellas teníamos acceso, lo que señalaba hacia adentro de Argus. Ambos coincidimos que el código en formato Unicode sólo era un disfraz burdamente elaborado.

También tratamos de establecer un motivo, e identificamos a cada uno de aquellos que podían haber creado el gusano. Idelfonso parecía el candidato ideal. Él se mostraba ansioso por quitarme del camino. Si él hubiese sido el autor, su motivo sería ocasionar tantos problemas en el sistema como pudiera, para asegurarse de que yo quedara mal ante la junta directiva y se reconsiderara mi capacidad para estar al frente de tales proyectos, pero su falta de capacidad para desarrollar un trabajo así lo descalificaba casi de inmediato. También consideramos a Raúl, debido a todos los desacuerdos que habíamos tenido él y yo; sin embargo, había ayudado a eliminar el gusano y, dado que asumía actitudes de prima donna, concluimos que él buscaría más el reconocimiento por haber violado la seguridad del sistema, que contener su impetuosa búsqueda de gloria y permanecer en el anonimato con el objetivo nada glamoroso de obtener un beneficio de otra índole con esa acción. Luego hablamos sobre la probabilidad de que Sergio estuviera implicado, pero yo insistí en que él no tenía nada que ver. Sergio era mi amigo, había sido mi compañero durante años y era un tipo tranquilo, sosegado, que vivía el momento sin presionar a la vida más allá de lo que le resultaba necesario. Finalmente llegamos a Braulio, quien había sido iniciador del proyecto Esporadic-OS y quién, según afirmaba, había cocinado ese proyecto por muchos años. Si él hubiera sido, lo habría hecho por tener el control total sobre el sistema, pero él ya tenía dicho control. Sus mismos motivos le eximían. De todos –quizás-, Braulio era el menos interesado en hacerme a un lado. Después de todo, simplemente por seguridad, a él le convenía que yo no abandonara Argus.

Obviamente, también consideramos a otros -como a Carlos-, pero lo descartamos casi de inmediato, ya que él no contaba con los conocimientos técnicos necesarios para diseñar un gusano. No obstante, bien podría él estar en complicidad con alguien más. En todo caso, Idelfonso se encontraría en una situación similar. Otros colaboradores fueron considerados, pero fueron descartados simplemente porque nunca tuvieron acceso al subsistema de seguridad y ese subsistema era imprescindible para hacer funcionar el gusano. En todo caso, los únicos que tuvimos acceso directo a ese subsistema fuimos –únicamente-, Raúl, Sergio y yo.

Las cosas se complicaban y el posible motivo era cada vez más confuso. De por sí, toda esta situación era ya muy paradójica. Bromeando, Lucy sugirió que con todas estas excepciones y posibilidades, ella muy bien podría ser incluida en la lista de sospechosos ya que, aunque carecía de los medios técnicos requeridos y de acceso al Cubo, ella era extranjera y podría estar robando tecnología para llevarla a su país y revenderla allá.

Aunque no era más que una broma, en algo tenía razón. El motivo se hizo más claro a partir de este comentario. El propósito era apropiarse de la tecnología para sacar provecho de ella. Esto excluía a Braulio, ya que él era uno de los dueños de toda esa tecnología. Lo que menos necesitaba él era arrebatársela de sí mismo. Yo insistí que tampoco podía ser el caso de Idelfonso, ya que, según mi apreciación -bastante pobre-, sobre él, él simplemente carecía de la visión para entender la magnitud de toda esa tecnología.

Sergio y Raúl eran buenos candidatos, aunque yo me inclinaba más a sospechar de Raúl, ya que era el de más reciente integración en el equipo pero, como ya indiqué, habían ayudado a erradicar el gusano.

Carlos era un viejo lobo, astuto para los negocios y muy hábil para sacar cuanta ventaja pudiera de cualquier situación. Si alguien podía hacer negocios con la tecnología de Argus, era él, pero necesariamente debía haber estado en complicidad con alguien más.

Ahora bien, había un factor más que considerar: el gusano había sido programado utilizando un formato similar al empleado por los piratas para sacar ventaja de los productos de Argus. Todo indicaba un trabajo interno, pero quien lo hubiera hecho conocía muy bien la manera de trabajar de los crackers y pretendía, a toda costa utilizarlos como disfraz. Quien quiera que hubiera desarrollado el gusano tendría que haber sido cracker o conocer a fondo su manera de trabajar. El inconveniente aquí es que si alguno de nuestros sospechosos calificaba dentro de esta categoría, jamás encontraríamos en los archivos de la empresa un historial acusatorio. Ningún cracker que se preciara de serlo, permitiría nunca que esa información  se conociera. Sin embargo, Raúl, Sergio y yo estuvimos involucrados directamente en el subsistema de seguridad; tuvimos que revisar millones de líneas de código escritas por crackers, para entender su modus operandi y –así-, ser capaces de implementar un sistema a prueba de ellos así que, técnicamente, nosotros tres calificábamos en este rubro.

Después de largas horas de discutir infinidad de posibilidades, Lucy propuso que me pusiera en contacto con Braulio y que le planteara la situación. Ella sugería que debía notificarle a Braulio nuestras conjeturas y pedirle su cooperación para tenderle una trampa al culpable. Yo no me encontraba muy convencido, pero accedí. A la mañana siguiente, ella se puso en contacto con Braulio y luego me comunicó con él. Visiblemente molesto, Braulio aceptó hablar con nosotros. Le explicamos nuestras sospechas y él pidió garantías. Después de todo, yo había huido y él confesó que su confianza en mí había disminuido de manera importante. – No te quedará otra que confiar en mí. – Indiqué y él decidió tomar el riesgo, a condición de que si no conseguía poner en evidencia al verdadero culpable, jamás podría abandonar el edificio de Argus en libertad.

Lo que acordamos es que me darían todas las facilidades para simular un ingreso furtivo al Cubo. Todo iba a estar preparado para pretender que se desconocía de mi presencia. Algunos de los sistemas de seguridad serían desactivados, de manera que se me simplificara el acceso, pero otros sistemas permanecerían funcionando, más que nada, para llamar la atención de quien resultara culpable. Yo me aseguraría de que tenía toda su atención creando una situación muy crítica, de la que sólo pudiera resultar que este individuo quedara por completo en evidencia. Por su parte, Braulio informaría a los posibles implicados que se le había alertado de mi presencia en la ciudad y que esperaba una nueva invasión al Cubo. ¡La suerte estaba echada! ¡Ya no había vuelta atrás!

Esa noche estaba de regreso en el Cubo. Disponía de una hora para indagar en el sistema tanto como pudiera, en un intento por conseguir pruebas delatoras en contra de quien resultara responsable. Transcurrido ese lapso, el sistema activaría un mecanismo de vigilancia que le reportaría a nuestros principales sospechosos sobre mi intrusión. Comencé mi revisión. Decidí revisar primero las bitácoras existentes, enfocando mi atención en aquellos registros cuyas fechas fueran más cercanas a la fecha en que apareció el gusano por primera vez. Aunque la posibilidad de que existiera registro de la implantación del gusano era muy pequeña, seguía siendo una posibilidad y tenía que eliminarla primero. Como presentía, no había registro que delatara la implantación del gusano en el sistema, ni actividad lo suficientemente sospechosa para ser considerada una evidencia. Quienquiera que hubiere plantado el gusano, sabia muy bien lo que estaba haciendo. Enseguida revise el historial con que Argus contaba de los principales sospechosos. Dicho historial bien podría servirme para dilucidar un perfil de cada uno de ellos, aún cuando estuviese alterado para ocultar datos que el autor del gusano quisiera esconder para reducir la probabilidad de ser relacionado con éste. A pesar de que el historial estuviere adulterado, siempre era posible obtener referencias que ligaran lo que Argus conocía sobre cada uno de los sospechosos con otras fuentes que bien podrían aportar datos más reveladores. Pero esto tampoco parecía funcionar.

Mi último recurso era revisar de nueva cuenta la estructura del gusano y tratar de relacionarla con el estilo de cada uno de los implicados. Yo había supervisado el trabajo de Raúl y Sergio y tenía una idea clara de cual era su estilo de programación. Quizás, revisando el código del gusano, sería posible identificar al autor, aunque, si dicha persona no era ninguno de los dos, de nada podría servirme. En esto estaba cuando un evento inesperado captó mi atención: uno de los primeros modelos de red neuronal que diseñamos comenzó a trabajar de pronto. El sistema me reportó la activación del algoritmo y esto captó mi atención, porque consideraba que tal algoritmo debía haber sido desechado hace mucho tiempo.

Con curiosidad, decidí rastrear su ejecución para ver qué ocurría. Para sorpresa mía, el perfil que se había recopilado directamente de mi cerebro -ya que fui el primero en quién se implantó el chip de captura de la psique-, era el que había sido cargado por el algoritmo y éste  había iniciado una simulación con mi perfil. Al principio, pensé que el evento se había desatado porque la supercomputadora había detectado mi presencia y había comenzado a recopilar nuevos datos, pero pronto descarté esta posibilidad. Rastreando la ejecución me di cuenta de que mi yo virtual realizaba tareas que no atinaba a comprender del todo. Definitivamente no estaba recopilando nuevos datos sobre mi psique ya que el modo de captura se encontraba desactivado. Más bien, parecía que mi yo virtual se encontraba desarrollando nuevos programas.

Repentinamente una nueva sospecha se apoderó de mis pensamientos: ¿qué tal si mi yo virtual me estuviera jugando una mala pasada? ¿que tal si, después de todo, mi yo virtual hubiera desarrollado el gusano para desacreditarme? Con terror, comprendí la magnitud de esta posibilidad. Y, ¿si mi yo virtual fuera el culpable de cuanto había pasado? Pero algo no cuadraba. La captura de la psique y el desarrollo de modelos matemáticos de redes neuronales artificiales no habían comenzado sino hasta mucho después de la primera aparición del gusano. Aún si mi yo virtual fuera el autor del gusano, ¿qué interés podría perseguir? Más aún, ¿por qué emplear para la simulación un algoritmo que, según se había demostrado, contenía muchas fallas? ¿por qué no emplear un algoritmo más reciente? Decidí examinar el código del algoritmo para ver que pasaba. Las sorpresas no habían hecho sino empezar.

En ese momento, una voz conocida se escuchó a mi espalda. Toda duda se había disipado. Ahora ya sabía quién me estaba inculpando. – ¿Por qué no lo dejaste como estaba, Lucas? Saliste muy bien librado. ¿Por qué no te largaste a alguna playa remota a gozar del dinero que se te dio a cambio de tu renuncia? – Dijo la voz. – ¿Así que fuiste tú? – Pregunté.

No podría creerlo. A decir verdad, jamás me atreví a suponer que Sergio tuviera algo que ver en todo esto. Digo, él era mi compañero más cercano, ¡mi amigo, por amor de Dios! Pero también una persona muy inteligente. Es fácil confundirse y suponer que él no pedía más a la vida de lo que ésta le ofrecía, que vivía el momento y que no ambicionaba a nada más que tener un futuro seguro y tranquilo. Pero no fue más que eso: una confusión.

Le miré a los ojos. – No pude dejarlo, amigo. Este sistema es mi obra maestra, mi bebé. Aún faltaba algo más de mí en este sistema cuando fui despedido. Si fui despojado, tenía que saber por quién. – Afirmé. – Dime – añadí -, ¿por qué tu? – pregunté. – Y, ¿por qué no? – Respondió. – Después de todo, también yo tengo derecho a obtener beneficios. Muchas horas de mi trabajo, ¡mi trabajo!, están en este sistema. – Dijo. – Debo confesarte Lucas que, cuando hiciste aquella propuesta subversiva sobre como atacar a la piratería visualicé una gran oportunidad. Me di cuenta de pronto de como podría hacer dinero a costa de Argus. He trabajado para esta empresa durante años y he pasado totalmente desapercibido. Era justo recibir una recompensa, sino voluntariamente, de cualquier forma que estuviera a mi alcance. – Confesó. – Así que diseñé este gusano que invadía cada producto de Argus para obtener los códigos necesarios para engañar a tu Atalaya. Todo habría resultado bien si al viejito no se le hubiera ocurrido proponer su estúpido sistema operativo. Eso no hizo más que complicarme las cosas. Aproveché que formaba parte de tu equipo para adaptarlo a las estructuras internas del subsistema de seguridad en un intento por seguir en el negocio. Pero tú tienes la maldita manía de hacer las cosas perfectas y tu sistema de seguridad contenía rutinas que yo no alcanzaba a comprender del todo; en gran parte, porque tú nunca liberaste algunas partes de código. Así que mi gusano fallaba eventualmente. Afortunadamente, fui el primero en darme cuenta, así que inventé una manera de disfrazarlo y culpar a alguien más, en caso de ser descubierto. Quiso la fortuna que tú fueras el segundo en descubrirlo. A partir de ahí, ya no tuve instante de paz.

Comenzaba a entender. Pero ahí no paraba todo. Sergio continuó: – Cuando tuviste tu revelación, e inventaste Gene/Sys, intuí que eso podría ser un problema, así que saboteé cuando modelo matemático se te ocurría para la red neuronal. – Indicó. – Según tú, Sergio, ¿como podría Gene/Sys convertirse en un problema? – interrumpí. – ¿No te das cuenta? Fuiste el primero en recibir el implante, tu psique se encuentra en el sistema. ¡Eres como un eterno vigilante! Tarde o temprano tu yo virtual descubriría el gusano y trataría de erradicarlo. – ¡Con que eso es! Pensé, cuidando de no delatarme. – ¡Pero basta ya! ¡Ya sabes lo que querías! ¡Ahora tienes que morir! – Dijo, a la vez que disparaba hacia mi pierna. No satisfecho por la herida que me había ocasionado, volvió a disparar, esta vez, hacia mi otra pierna. – ¿Querías ser el Mesías de Argus!? ¡Pues morirás como tal! – Dijo amenazante. – Puedes matarme si con eso te sientes seguro, pero hay algo que tu ignoras. – Dije. – ¿A qué te refieres? – Preguntó, disparando nuevamente hacia mi brazo derecho. – La supercomputadora se encuentra corriendo ahora una simulación con mi yo virtual. Al principio, no entendí lo que estaba haciendo, pero ahora está muy claro para mi. – Afirmé. – ¿Qué quieres decir? – Insistió. – Mi yo virtual está eliminando a tu gusano. Utiliza uno de los primeros modelos que diseñamos. Este modelo había sido desechado por todos los errores que contenía, pero mi yo virtual lo ha reconstruido y mejorado. De hecho, ahora está mejorando el sistema completo y eliminando cada algoritmo que considera dañino para el sistema. – Confesé. – ¡Maldito hijo de perra! – Gruñó. – ¡Ahora sí morirás! – Sentenció. Estaba a punto de jalar el gatillo apuntando hacia mi cabeza cuando la policía entró intempestivamente. Sorprendido, el dirigió el arma hacia su nueva amenaza, pero un policía, al verse encañonado, disparó en defensa propia y lo derribó. Sergio aún trató de disparar, pero otra bala lo alcanzó.

* * *

Había pasado una semana del incidente en Argus. Yo me recuperaba en casa, atendido, cuidado y mimado por Lucy. No sabía que había pasado finalmente con Sergio. Sabía, sin embargo, que todo lo acontecido esa noche había sido registrado y que había quedado completamente exonerado de toda culpa de que se me había imputado.

Había notificado también mi curioso hallazgo sobre la inesperada actividad de mi yo virtual en la red neuronal artificial y se había formado un equipo para investigar el alcance de este novedoso descubrimiento. ¡Era la primera vez que un programa se corregía a sí mismo!

Braulio e Idelfonso llegaron en ese momento. Tome la oportunidad para informarme sobre el estado de Sergio. Lamentablemente, acababa de fallecer. Eso me dolía, a pesar de la manera como habían resultado las cosas, yo consideraba a Sergio un gran amigo. Para mi se trataba de una pérdida muy importante.

Braulio e Idelfonso se disculparon por todo aquello de lo que se me había inculpado. – Nos gustaría mucho tenerte de regreso. – Comenzó a decir Idelfonso – Braulio y yo hemos conversado mucho sobre esto y, con toda honestidad, ambos te queremos de regreso en Argus, como socio y consultor, claro está. – Esta propuesta realmente me sorprendió. – Tendré que pensarlo. – Respondí. – Pero será muy detenidamente. Antes, Lucy y yo nos casaremos -por lo que deseamos invitarlos a nuestra boda-, después tomaremos unas realmente prolongadas vacaciones y tal vez, a nuestro regreso, comience a pensar en su propuesta.

 

F I N

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Capítulo 11. El agujero.

Septiembre 30th, 2012 No comments

Había encontrado hospedaje en un modesto hotel del pueblo en el que me encontraba. Parecía ser suficiente por el momento. Necesitaba acceso a una computadora, así que comencé a recorrer la ciudad buscando cafés de Internet. Me parecía que acceder al sistema de Argus desde un café de Internet era buena idea, al menos, era lo menos complicado. Si los mecanismos de monitoreo detectaban mi intrusión y la rastreaban, sólo obtendrían la dirección IP del café de Internet desde donde me había conectado. La alternativa era conectarme a un proxy que me cubriera. Así, el servidor detectaría la dirección IP del proxy, en vez de la dirección IP del anfitrión desde el cual me conectaba. Pero hacer lo segundo requeriría que instalara un software especial que buscara y seleccionara un proxy por mi, para usarlo como máscara. Era demasiado complejo. Después de todo, estaba en un pueblo diferente y, si el servidor me rastreaba, sólo llegaría hasta el café de Internet desde el cual me conectaba. Cada vez que un usuario ingresaba a cualquiera de los servidores de Argus, se registraba en una bitácora la dirección IP de origen del mensaje enviado al servidor. El sistema de detección de intrusiones analizaba los mensajes entrantes y determinaba su naturaleza con el fin de identificar cualquier ingreso al sistema que denotara intenciones cuestionables. Yo intentaría localizar una puerta trasera que me permitiera entrar al sistema cuantas veces quisiera, con la libertad que requería para examinar estructuras internas de Esporadic-OS; es decir, mis intenciones eran del todo cuestionables, así que podía esperar que el sistema de detección de intrusiones vigilará escrupulosamente todos mis mensajes, a partir del momento en que descubriera lo que estaba intentando hacer. Era necesario que tratara de permanecer en el anonimato tanto tiempo como pudiera para ser capaz de navegar por el sistema hasta encontrar una puerta trasera que pudiera utilizar para entrar tantas veces como quisiera sin peligro de ser detectado. Cualquier cosa que fuera a hacer, tendría que hacerla rápido. Permanecer mucho tiempo en la línea sólo garantizaría mi detección. Si ocurría así, me vería forzado a abandonar el pueblo de inmediato y reintentarlo desde algún otro lugar.

En este caso, el mensaje lo constituirían las órdenes que emitiría al virus para encontrar una puerta trasera por la cuál ingresaría a Esporadic-OS. Si el sistema de detección de intrusiones estaba funcionando bien, detectaría en cuestión de segundos la naturaleza de mis mensajes y reconocería una intrusión. En este punto, el sistema iniciaría el rastreo. El rastreo era conducido averiguando a partir de una bitácora el origen del mensaje recibido. Argus contaba con una gigantesca base de datos a través de la cual podría determinar el proveedor de servicios de Internet correspondiente a la dirección IP reportada por el sistema de detección de intrusiones. Debido a convenios comerciales con muchos de los proveedores de servicios de Internet, Argus podría solicitar al proveedor correspondiente que determinara la ubicación de la dirección de IP en cuestión y, entonces, hacer el reporte a la policía para localizar y someter al intruso. De esta manera, era sencillo llegar hasta el lugar donde me encontraba invadiendo el sistema.

Por ello, lo primero que tendría que hacer una vez que me conectara con mi virus sería programarlo para que desactivara el muro de fuego que monitoreaba las intrusiones. La desactivación no duraría mucho tiempo. El muro de fuego estaba tan bien diseñado que podía recuperarse a sí mismo, aún cuando hubiere sido destruido casi totalmente por un virus o un gusano. Sólo que esta reconstrucción solía tomar varios minutos. Esto era así porque, de acuerdo con nuestras pruebas, el sistema de monitoreo actuaba de acuerdo con la suposición inicial de que era atacado por un virus muy persistente, que azotaría al muro una y otra vez, con tal de destruirlo por completo. Entonces, lo que el muro de fuego hacía para reconstruirse era recuperar uno de sus componentes y verificar si el resto seguían en buen estado, La duración de la verificación crecía así en forma exponencial.

Ahora bien, buscaba una puerta trasera porque, una vez que la hubiere encontrado, sería el modo más seguro para conectarme todas las veces que yo quisiera y navegar por el sistema tanto tiempo como deseara, sin ser detectado. En otras palabras, si encontraba una puerta trasera ya no necesitaría más el virus que había instalado. Esto me convenía, adicionalmente, porque yo sabía que en cualquier momento encontrarían el virus que había plantado y lo removerían. Por eso era imprescindible que actuara con rapidez.

En cuanto a las puertas traseras, estas son simplemente mecanismos de acceso, no contemplados por las especificaciones del sistema, que los desarrolladores usamos frecuentemente para poder ingresar a un sistema para darle mantenimiento. Por dar un ejemplo, un sistema de correo electrónico abonara a un gran número de usuarios y siempre aceptará nuevos usuarios, hasta que se alcance el límite de su capacidad. Cada vez que se registra a un nuevo usuario, es necesario preparar un perfil para él o ella. Este perfil contiene la información del usuario, incluida su contraseña. El administrador del sistema tiene control sobre los perfiles de todos los usuarios del sistema correo registrados. Para el administrador no sería difícil utilizar cualquiera de los perfiles para ingresar a sus cuentas y actuar como si se tratase del legítimo propietario. Esa es una puerta trasera. Algo así era lo que yo estaba buscando.

Programar al virus para desactivar el muro de fuego fue relativamente simple. Afortunadamente aún pasaba desapercibido mi virus. Calculé que dispondría de cinco a diez minutos para lo que tenía que hacer. Había programado el virus para lanzar un ataque iterativo contra el muro de fuego. Se trataba de un ataque cruento y, si el muro de fuego no estuviera tan bien diseñado, podría colocar al sistema entero en un ciclo infinito provocando un bloqueo masivo.

Una vez desactivado el muro de fuego, inicié la búsqueda. Empecé buscando de nuevo el patrón que había encontrado la noche de la invasión. Fue sencillo localizar dicho patrón. Formaba parte de lo que parecía ser el código del gusano del que me había hablado Sergio. No se trataba de caracteres agrupados de una cierta forma y luego repetidos una y otra vez, no. Este patrón tenía una característica muy peculiar que me permitía asociarlo con algo que había visto cuando, en los inicios de Esporadic-OS, mi equipo y yo estuvimos analizando patrones de programas crackeados por los piratas para poder vender espacios publicitarios y engañar a la Atalaya.

El patrón que había encontrado tenía esas características. Se trataba de un mensaje muy similar al fastidioso mensaje de error originado por una violación de acceso. Sólo que esta vez, había sido escrito en una notación muy común en los códigos crackeados y había sido codificado en Unicode, lo cuál me indicaba que el gusano había sido creado fuera de Argus, ya que para el desarrollo de todos los sistemas que conformaban Atalaya, Esporadic-OS, OmniSoft y Gene/Sys se habían empleado lenguajes propios de Argus, ninguno de los cuales utilizaba Unicode pero, además, revisando el código del gusano se hacía patente otro factor de mucho peso: el gusano había sido construido utilizando estructuras internas de Esporadic-OS, que sólo pocas personas dentro de Argus conocían. No existía la probabilidad, por remota que fuera, que algún cracker externo hubiera podido tener acceso a tales estructuras. Si cabía, no obstante, la probabilidad de que dicha información hubiera sido filtrada por algún empleado desleal. Sin embargo, esta información era muy valiosa para liberarla a cualquiera. Su valor intrínseco se encontraba más bien en poseerla, no en compartirla. Por lo tanto, quien quiera que hubiera diseñado el gusano tendría que ser alguien dentro de Argus, con un muy negro historial. Mi siguiente paso consistiría en averiguar quién podría tener antecedentes de piratería y confirmar si su motivo era el que comenzaba a sospechar. Como sea, había encontrado al gusano que me había metido en todos estos problemas.

Sergio me había hablado de un programa parásito que desarrollaron para montarse sobre el gusano y ser capaces de rastrearlo. Este programa sería ideal para montar una puerta trasera. Después de todo, había sido utilizado para indicarles a ellos –de manera simple-, la ubicación del gusano cada vez que éste atacaba. Era de vida o muerte que lo encontrara.

Pero ya no me quedaba mucho tiempo, lo único que podría hacer ahora era descargar el programa del gusano y salir de ahí. Guarde el código en un disco, pagué la cuenta y abandoné el local.

Hubiera sido estúpido permanecer en ese pueblo más tiempo. Existía la posibilidad de que el muro de fuego se hubiera reparado antes de lo previsto. Peor aún, existía la posibilidad de que mi virus hubiera fallado al tratar de desactivarlo. Sin embargo, si hubiera ocurrido lo segundo, ya habría sido apresado por la policía.

Me dirigía al hotel para registrar mi salida y, de ahí, a la central de autobuses. Nuevamente emprendía una frenética huída hacia rumbos desconocidos. Esta vez, escogí una ciudad a cuatro horas de donde me encontraba y en diferente dirección a la que había tomado cuando huí la primera vez. Había conseguido que me imprimieran el programa que había descargado y aproveché el tiempo en el autobús para analizarlo. Después de un largo rato de analizar el código, descubrí la manera en que había sido estructurado y, aunque no se incluía por ninguna parte el código del programa parásito del que Sergio me habló, me resultó evidente como pudo ser diseñado y sentí una corazonada sobre cuál sería el lugar ideal para buscar.

Ya en mi nuevo destino, decidí arriesgarlo todo y volver a invadir el sistema para encontrar el parásito. Esta vez, tendría que jugarme el todo por el todo. Podía deshabilitar nuevamente el muro de fuego, pero en esta ocasión mi suerte dependería de, a lo mucho, setenta segundos.

¡Qué afortunado fui! En menos de diez segundos localicé al parásito y encontré la puerta trasera que tanto había buscado. De inmediato la utilicé para reducir mi riesgo. Existía una gran posibilidad de que el muro de fuego me hubiera detectado, pero ya no había marcha atrás.

Una vez dentro del sistema, el siguiente paso era examinar todas las unidades tratando de encontrar pruebas que apuntaran directamente a quienquiera que me hubiera incriminado. Por ahora, solo podía sospechar sobre quienes tendrían la capacidad para incriminarme, pero no eran más que especulaciones. A pesar de que tenía una corazonada muy fuerte sobre quién o quiénes podrían estar implicados en el sabotaje, aún no había encontrado una prueba contundente, inapelable.  Más aún, necesitaba un motivo. En cierto modo, ya me había formado ciertas expectativas sobre cuál podría ser tal motivo, pero necesitaba evaluar a cada uno de mis sospechosos para determinar que tan bien encajaban en el motivo que suponía.

Sin embargo, todo se reducía a meras hipótesis, sólo era lo que yo pensaba. Sin un documento que expresase la conspiración o un extracto de código que pusiera en evidencia, sin lugar a dudas, al culpable, lo que yo pensara no significaría absolutamente nada.

Busqué durante horas. Pero nada parecía funcionar. Había llegado el momento de echar a andar el plan B. Tendría que regresar al Cubo; esta vez, colocando trampas.

Antes de partir, no obstante el riesgo implícito, quise contactar a Lucy y hacerle ver que me encontraba bien. Salí del café de Internet en el que me encontraba y busqué un teléfono público. Debía ser conciso, pero tranquilizador.

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Capítulo 10. La luz al final del túnel.

Septiembre 30th, 2012 No comments

El jefe se apartó. Estaba molesto. El me había conocido desde niño y no comprendía que lo hubiera echado todo por la borda, por graves que fueran mis problemas. Yo no hubiera sabido que decirle. Conocía su rectitud y sabía sobre su integridad. Nada que yo dijera justificaría mis acciones. – ¡Levántate! – Ordenó. – Sígueme. – Indicó.

Salimos de la central de vigilancia y me condujo a su cubículo. Había pedido previamente que nos dejaran a solas. Quería aprovechar los últimos minutos antes del arribo de la policía para que le explicara que me había impulsado a actuar como lo había hecho. De manera tan concisa como pude, le expliqué mis motivos. – Entonces, ¿tú crees que pudiste haber sido utilizado? – Me preguntó. – Si. – Dije. Él se quedó pensativo por unos instantes y entonces dijo: – Voy a dar al traste con treinta años de honradez en mi trabajo y casi veinte años de trabajo impecable en esta empresa. – Finalmente comentó. Yo sabía lo que eso significaba. Era algo que jamás podría aceptar. – Jefe yo . . . le agradezco . . . pero no es necesario . . . yo puedo afrontar las consecuencias de mis propios actos . . . – pero él no me dejó continuar. – Hijo, mi vida siempre ha estado tan vacía. Tú la conoces. ¡Esta es mi oportunidad de vivir una pequeña aventura! – Dijo sonriendo. No supe que decir, pero le miré con un profundo agradecimiento. – Quizás sea demasiado pedir – dije – pero encontré una pista que puede ser importante. ¿Podría . . .? – empezaba a insinuar, pero él volvió a interrumpirme – Lucas, la policía está por llegar. Ya no tienes tiempo. – Lo sé, lo sé . .  ¡por favor! – supliqué. – Te diré que haremos. Te voy a quitar las esposas y tu me golpearás tan fuerte como puedas en la cabeza. ¿Ves esos cables? Córtalos, Se interrumpirá el suministro eléctrico en todo el edificio. Sólo seguirán iluminando las lámparas de emergencia. Luego huye tan rápido como puedas.

¿Cómo puedes agradecer a alguien que demuestra tanta generosidad? Treinta años de servicio impecable estaban a punto de irse por el caño . . . sólo por salvar mi pellejo. Un nudo atoró mi garganta y una lágrima de agradecimiento se deslizó a través de mi rostro. El golpe que le propiné lo dejo inconsciente. Sólo esperaba no haberle hecho mucho daño. Busqué algo con qué cortar los cables. Lo único que apareció ante mi vista era un hacha, de las que usan los bomberos para abrir vías de escape para el humo. Aunque el mango era de madera, decidí protegerme con algún trapo. Las líneas eran de alto voltaje y podría resultar electrocutado. Estaba a punto de asestar el golpe cuando la tentación hizo presa de mí. La computadora del jefe estaba encendida. Sólo tendría esa oportunidad. Decidí tomarla. Sabía que esa computadora no me daría acceso a las computadoras en el Cubo, pero podía ver si el virus que había alimentado previamente seguía activo para insertarle algunas órdenes nuevas. Fue cuestión de un minuto o dos. En realidad, era mi última esperanza. Ni siquiera sabía si eso en realidad funcionaría. Lo que hice fue insertar una rutina que me permitiera conectarme con cualquier computadora que estuviera infectada por el virus para tener acceso al sistema. Si funcionaba, podría abrir un agujero.

Las sirenas de los autos de la policía se escuchaban cada vez más cerca. Tenía que salir de ahí. No tenía forma de saber si lo que había hecho con el virus funcionaría, pero ya no había mas tiempo para probarlo.

Tomé el hacha envolviendo el mango con la chamarra del jefe y asesté un golpe tan duro como pude. Miles de chispas saltaron de la caja del registro. El suministro eléctrico fue interrumpido de inmediato. Salí de ahí sin más. Inicié una frenética carrera a lo largo de los pasillos. Como esperaba, el resto de los guardias comenzaron a buscarme. Alguien grito que el jefe estaba herido, tendido en el piso. Comenzaron a bloquear todos los pasillos. Yo corría tan rápido como mis piernas me lo permitían. En varias ocasiones me topé de frente con guardias en el extremo opuesto de donde yo me encontraba pero, para mi fortuna siempre pude tomar algún otro derrotero. Sin embargo, los pasillos parecían formar un laberinto inexpugnable. Corrí desesperado durante varios minutos y sentí que era una lucha fútil. Pero la fortuna me volvió a sonreír y, a lo lejos, note una puerta iluminada por un farol exterior. Corrí hacia ella, esperando que la policía no estuviera afuera bloqueando mi única vía de escape. Pude ver las patrullas a punto de alcanzar el edificio cuando crucé el umbral de la puerta. Había un farol sobre el dintel exterior y mi posición era muy comprometida en esos momentos. Haciendo un esfuerzo extraordinario, volví a correr, esta vez hacia los jardines del edificio.

Argus se distinguía por su gusto por la naturaleza y, a lo lejos, en el jardín, se encontraba un frondoso bosque, por donde sería más sencillo escapar. Corrí, sacando fuerzas de mi empeño por resolver este crucigrama, hasta alcanzar el bosque. No supe si la policía pudo detectarme o no. No supe lo que había ocurrido tras mi huída. Era obvio suponer que en estos momentos se realizaba una búsqueda frenética.

No podía volver a mi casa, no podía buscar a Lucy. Afortunadamente, contaba con un poco de dinero en efectivo. Utilizar tarjetas hubiera resultado estúpido. Era la mejor manera de rastrearme. Tenía que planear mi siguiente paso, pero primero, tenía que encontrar un escondite.

Caminé durante horas. A ratos, me parecía ver alguna patrulla y me ocultaba. No podía estar seguro de que me buscaban, pero de cualquier manera un hombre caminado solo por las calles a esas horas, bien podría parecer sospechoso, así que tan pronto creía que alguna patrulla se acercaba, trataba de ocultarme tras las sombras. Casi al amanecer llegué a una central de autobuses. Compré un boleto y esperé durante un rato para abordar el autobús. El destino era lo que menos importaba. La prioridad era salir de ahí.

Tratando de calmar mis nervios, abordé el autobús a las cinco cuarenta de la mañana. Hasta el momento, todo había salido bien. Estaba ansioso de que el autobús se pusiera en marcha y abandonáramos la ciudad. Los minutos trascurrían muy lentamente de acuerdo con mi percepción. En adición a esto, el chofer del autobús se veía muy animado charlando con sus compañeros. La hora de la salida llegó, pero eso parecía no importarle al operador.

Finalmente, cinco minutos después de la hora señalada como hora de salida, el chofer subió y, con toda la calma del mundo, puso en marcha el motor. Otro operador se acercó a la puerta y le preguntó algo. El chofer volvió a bajar y pasaron otros tres minutos. Mi corazón latía con fuerza y un sudor frío se deslizaba por mi frente.

Por fin, el operador cerró la puerta del autobús e inició la marcha en reversa. Esta operación se llevó a cabo con extrema lentitud según mi percepción. De pronto, un policía hizo señales al operador de detener el autobús. Me sentí perdido. Creí que el mundo entero se me venía encima. Todo parecía indicar que había sido ubicado y que ahora sí sería encarcelado. El chofer abrió la puerta del autobús y saludó al policía. Al parecer eran antiguos amigos. El policía permaneció en los  peldaños que conducían al pasillo del autobús y comenzó a platicar con el operador. Este, con su evidente negligencia, continuó la marcha en reversa.

Tras algunos minutos el autobús emprendía por fin su camino hacia un futuro incierto. El destino se perfilaba a lo lejos, pero era un irremisible futuro. El cansancio me venció, a pesar de mis esfuerzos por mantenerme despierto. Mis párpados se cerraron en algún momento y dormí profundamente durante horas. Desperté cuando el autobús llegaba a un pueblo. Tal vez el calificativo de pequeña ciudad sea más aplicable en este contexto. Decidí que era un buen lugar y descendí del autobús. El futuro había comenzado. A partir de este punto, era todo, o nada.

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Capítulo 09. El plan.

Septiembre 30th, 2012 No comments

Catorce días atrás.

Atrás quedaban cinco años de mi historia. Grandes logros, muchas satisfacciones, algunos amigos -que, más bien, eran sólo conocidos-, incontables horas de insomnio, un sinfín de preocupaciones y problemas resueltos. En el fondo, la salida de Argus me dolía. Había invertido una parte sustancialmente importante de mi vida en esa empresa y era echado como un delincuente al final de cuentas.

Por fin Idelfonso podía sentirse satisfecho. Por fin Carlos había podido desahogar su ira. Por fin Raúl podría hacer las cosas a su manera. No quise ver a nadie cuando salía, pero no pude evitar cruzarme con Braulio a mi salida. – No sabes cuánto lo lamento. – Me dijo. – No importa. – Respondí. De todos, tal vez él era el único que me comprendía. Pero no podía dejar de sentir despecho porque no había intervenido en absoluto para mediar por mi situación. Salí decepcionado. Mucho había hecho por esa empresa, por esas personas y era desalojado como un mueble viejo e inservible que simplemente se bota.

* * *

Lucy pasó los siguientes días conmigo. Ella estaba conciente de mi estado de ánimo y trataba de persuadirme a olvidar. Recibí mucho apoyo de su parte durante todo ese tiempo. Ella insistía en que quien en realidad había perdido, era Argus. Estaba al tanto de lo que Gene/Sys representaba y estaba segura de las dificultades técnicas que implicaba. Decía que, en su opinión, Argus pasaría por retrasos más marcados tratando de echarlo a andar. Auguraba tiempos difíciles para Argus. Yo ya no sabía que pensar. Al final de cuentas, el despedido había sido yo. Afortunadamente, los cien millones que Argus me había dado a cambio de mi renuncia me permitirían unas largas vacaciones.

Tal vez eso era lo mejor. Estaba exhausto y había ignorado consistentemente mi vida por satisfacer los ímpetus materialistas de Argus. Aunque bien sabía que mis propios ímpetus de egolatría también habían sido satisfechos. Lucy fue mi principal soporte durante esos días aciagos. Lo que no sabía era como afrontar el apelativo al que me había hecho acreedor tras proponer Gene/Sys. La opinión pública estaba al tanto de mi autoría y mi trabajo era encarnecidamente cuestionado por los grupos radicales que se oponían a la replicación de la psique humana.

Para mi extrañeza, no eran raras las invitaciones que recibía de diferentes empresas a participar en sus proyectos y un periodista me visitó para pedirme que le permitiera escribir sobre mi trabajo. Pero ni mis ánimos estaban para recalentar viejas glorias, ni me sentía en la mejor condición para iniciar nuevos proyectos. Quizás, la confianza que antes invadía mi ser había menguado.

Lucy, no obstante, no cesaba de inyectarme ánimos y me insistía en que era tiempo de dejar atrás lo ocurrido, de olvidar. Luchaba por hacerme abrir los ojos y obligarme a ver que la vida continuaba. Que no era momento de pensar en la derrota, sino de levantarse y buscar nuevas victorias.

Gene/Sys me había marcado. Lo curioso era que su marca resultaba muy ambigua. Por un lado, me caracterizaba como enemigo público; por otro, era mi mejor carta de presentación. La opinión estaba dividida.

Argus, por su parte, seguía embebida en el proyecto. Las noticias anunciaban escasos avances y lentitud en el proceso. Pero yo sabía que, muchas veces, Argus pasaba la información filtrada, para dejar que se publicara sólo aquello que conviniera exclusivamente a sus intereses.

Me había desconectado de cuanto ocurría en Argus, pero intuía que las cosas no marchaban del todo bien. La razón para mis suspicacias residía en que yo era uno de los que habían participado en el desarrollo del modelo matemático de la red neuronal artificial, por lo que conocía del problema. Estaba seguro de que no se habían logrado notorios avances.

No es que todo estuviera mal con la red neuronal artificial; más bien es que los mecanismos de razonamiento del cerebro habían resultado más complicados de lo que originalmente habíamos estimado. No obstante, habíamos producido avances muy significativos al modelar los mecanismos del lenguaje y la comprensión del mismo. Pero la naturaleza del pensamiento y, más que nada, del proceso creativo, había terminado revelándose extremadamente elusiva.

Diez días atrás.

El timbre de la puerta repiqueteó. Sin gran afán, me dirigí hacia la puerta al mismo tiempo que solicitaba paciencia a quienquiera que se encontrara detrás de ella. – Ya voy. – Grité. Segundos después abría la puerta y dejaba entrar a Sergio. – Déjame tocar tu herida para comprobar que mis ojos no me engañan. – Bromeó. El Mesías. Ese era el apodo que me habían puesto en Argus. La razón del apodo es que fui ‘crucificado’ a los treinta y tres años, decían y, efectivamente, así era. Fui despedido a los treinta y tres años por mera coincidencia, después de una carrera prometedora, fui expulsado  sin ninguna clase de miramientos  Aún así, el calificativo no me gustaba. Me parecía de pésimo gusto.

-    No empieces. – Pedí a Sergio. – Tú sabes cuanto odio ese calificativo. – Le recordé. – ¡Está bien! ¡Esta bien! ¡Perdóname! – Se apuró a decir mientras se encaminaba al refrigerador buscando una cerveza. – ¿Cómo están las cosas en Argus? – Pregunté. – ¡Ah! Como dice el de las botas. – Dijo con absoluta desfachatez. – Un viejo amor, ni se olvida, ni se deja . . . – Cantó. Yo no pude evitar que una carcajada franca escapara desde lo más profundo de mis entrañas.

Hacía mucho que no me reía con tal ánimo, así que no hice nada por contener mi carcajada. – Déjame contarte que están súper atascados con tu hijo menor, Gene/Sys. – Dijo y dio un sorbo a la cerveza. – No le hayan ni pies ni cabeza a tu algoritmo e Idelfonso ya está sugiriendo que es necesario volver a comenzar. – Dijo. – Típico. – Interrumpí. El comprendió la intención de mi comentario y agregó: – ¡Idelfonso te quiere! – exclamó tratando de animarme. – ¡Si! ¡Pero tres metros bajo tierra! – Insistí. – Bueno, después de todo ya consiguió echarme. – Rematé. – Pues aunque no lo creas, él trató de evitar tu despido. – Confesó. – ¡Por favor, Sergio! – Dije incrédulo. – ¡Si se moría porque me destituyeran! – Expresé. – En eso te equivocas, Lucas. – Dijo Sergio. – Tú puedes dudarlo, pero tras la falla espectacular del día de la presentación de Esporadic-OS, él trató de cubrirte por todos los medios. Nos pidió a Raúl y a mí que hiciéramos todo cuanto estuviera a nuestro alcance por encontrar el fallo y corregirlo. – Confesó. Una neurona destelló tímidamente en mi cerebro, pero la voz de mi compañero la interrumpió antes de que pudiera propagar su mensaje. – Tras horas de examen exhaustivo detectamos una condición que no debía estar ahí y la suprimimos. – Pero el error volvió a aparecer tras la corrección. – Presioné. – Efectivamente – aceptó Sergio -, tienes toda la razón. Era un algoritmo similar a un gusano que provocaba mutaciones en el código afectando a diferentes partes del mismo. – Reveló. Esa neurona rebelde que luchaba por manifestarse insistió ahora más persistentemente, pero no la dejé asumir el control. Necesitaba más información. – Nosotros comenzamos a sospechar, a raíz de la aparición de la condición que te comentaba. Así que ideamos un algoritmo parásito, que se pegaría al gusano tan pronto éste apareciera de nueva cuenta. Nuestro algoritmo funcionó y finalmente pudimos entender como funcionaba el gusano y detectamos el momento en que se activaba. La recurrencia del error fue un proceso necesario para erradicar al gusano. Por eso nadie dijo nada tras el anuncio de que, finalmente, Esporadic-OS funcionaba sin problemas y, aún así, el problema reincidiera. – Esta confesión de Sergio me dejó pasmado. Estaba atónito. El problema era más serio de lo que imaginaba y empezaba a sospechar que fui despedido porque se me asoció con el gusano. – Pero, entonces, Idelfonso . . . – no supe como terminar la oración. – Idelfonso hizo cuanto pudo porque no se supiera la naturaleza del problema. Nos instó, incluso, a guardar silencio. Pero los del consejo no lograron comprender porqué, a pesar de declarar que todo estaba perfecto con el sistema, aún se presentaban nuevas incidencias del problema, así que Idelfonso tuvo que explicarles detenidamente en qué consistía este. Los del consejo aceptaron el plan de Idelfonso y lo dejaron proceder. – Dijo. Apreciaba su intento por minimizar las cosas pero la espina de la duda se había clavado ya en mi corazón. – No comprendo. Dime. – Urgí. – ¿Idelfonso creyó que yo tuve algo que ver con ese gusano? – Pregunté. – Lucas, ¿quién podría estar más capacitado que tú para algo así? – Respondió con otra pregunta. Sin embargo, la implicación escondida en la pregunta me daba una respuesta que yo ya conocía. Traté de desviar el curso de la conversación e induje un tema diferente en ésta. Nuestra charla se prolongó por más de una hora y, finalmente, Sergio se fue.

Lucy me llamó para decirme que no tardaría en llegar. Tras la visita de Sergio mi cerebro no había parado de analizar la situación. Nuevos y desconocidos datos estaban ahora disponibles para mí y era evidente que todo esto no había sido más que una trampa. Alguien me había tendido una maldita trampa.

A pesar de los esfuerzos de Sergio, Idelfonso me pareció aún más culpable. Simplemente, las cosas no cuadraban. Pudiera ser que Idelfonso de veras hubiese tratado de evitar mi despido, pero se vio muy motivado en su intento por echarme. No. Definitivamente no podía confiar en las buenas intenciones de Idelfonso. Una idea asaltó mi mente. Necesitaba saber quién y porqué me había tendido la trampa pero, para ello, primero tendría que ingresar el Cubo.

Lucy entró e interrumpió el hilo de mis pensamientos. Advirtió un par de botellas de cerveza vacías y preguntó: – ¿Estuviste bebiendo? – Ella sabía que yo no era un bebedor empedernido. Sabía que cuando decidía abrir una cerveza, usualmente era la única. Sabía incluso que muchas veces ni siquiera la terminaba. Pero ahora, al ver dos botellas vacías, no pudo evitar sentirse un poco inquieta. ¡Nada más faltaba que me aficionara al alcohol! – ¡Oh! ¡No! No te preocupes. Sigo siendo abstemio. Lo que pasa es que vino Sergio y estuvimos conversando un rato. – Confesé. – ¿De qué hablaron? – Preguntó curiosa. – Sólo tonterías sobre Argus. – Dije, evitando hablar sobre las nuevas suspicacias que habían surgido en mí. La verdad es que ella estaba empeñada en convencerme de que debía olvidar todo lo que había pasado en Argus y concentrarme en empezar de nuevo. Hablarle sobre mis suspicacias sería preocuparla innecesariamente. No tenía sentido. Así que decidí omitir cualquier comentario al respecto, al menos por el momento, y hablar sólo de cosas intrascendentes. – ¿Creerás que van muy retrasados con el modelo de red neuronal artificial? – Dije. Ella me miró con complicidad. – Te lo dije. Les haces falta para acelerar las cosas. – Respondió.

Lucy me sorprendía a cada instante. Su inquebrantable fe en mí estaba siempre ahí para consolarme, para sacarme adelante. De pronto recordé el juramento que le había hecho con respecto a decirle siempre la verdad y no guardar secretos y recordé lo que era vivir sin ella. Esos recuerdos me impulsaron a decirle toda la verdad. Era necesario. – Sergio dijo más. – Insinué. – Ella se volvió hacia mi y me lanzó una mirada inquisidora. – Sabía que había algo más. Sólo deseaba que no me lo ocultaras, pero no te iba a obligar a hablar. Dime, ¿de qué se trata?

Esa era Lucy. Supe en ese instante que lo mejor era confesarle la verdad. Sin mayor preámbulo. Si no lo hiciera, ella me abandonaría. – Todo fue un ardid, Lucy. Me montaron una trampa. Alguien inventó un gusano que se desplazaba a lo largo del sistema ocasionando fallos inesperados. – Le conté. – Sergio me sugirió que Idelfonso hizo hasta lo imposible para evitar que los miembros del consejo conocieran la naturaleza del problema pero, al final, no pudo ocultarlo más. Como comprenderás, eso suscitó la desconfianza de esta gente hacia mí y fue el motivo real de mi despido. – Terminé. Lucy se aproximó hacia mi y rodeo mi hombro con su brazo. Busco mi mirada y me dijo – Es mejor que lo olvides. Lo hecho, hecho está.

Entendí su preocupación, pero mi necesidad de averiguar quien me había tendido esta trampa y porqué, pudo más. – No puedo Lucy. Necesito saber porqué. – Insistí. – No tiene sentido, Lucas. Aún cuando lo averiguaras, difícilmente recuperarías tu posición. – Dijo con vehemencia. – Lo mejor que puedes hacer es olvidar el maldito asunto y volver a comenzar. – Remarcó. – Lucy, entiéndeme, por favor. ¡Fui despojado! – Repetí, poniendo énfasis en esta oración. – Lo sé, Lucas, pero cualquier cosa que intentes contra ellos es peligrosa. Dime, ¿cómo vas a conseguir enterarte de lo que realmente ocurrió? – preguntó. Su pregunta fue sorpresiva. Simplemente no lo había pensado. Nadie mejor que yo conocía los mecanismos de seguridad de Argus; específicamente, del Cubo. Ese diseño fue mi primer orgullo cuando recién había ingresado a Argus.

Naturalmente, se trataba de un diseño que había involucrado a un gran número de ingenieros. Yo solo había sido uno más del equipo. Pero me interesó tanto, que busqué empaparme de todo cuanto tenía que ver. De hecho, en alguna oportunidad posterior, me ofrecí para ampliarlo.

Miré a Lucy a los ojos y le dije. – No lo sé, Lucy. Aún no lo sé. – Expresé. – Pero definitivamente encontraré una manera. – Le prometí. – Lucy me miro con gesto reprobatorio y me respondió. – No estoy de acuerdo con lo que piensas hacer. No quiero perderte. – Dijo. – No lo harás. Confía en mí. – Solicité.

Ayer.

Todo estaba listo. Había ideado un plan para ingresar furtivamente a Argus y . . . al Cubo. El ingreso al edificio era lo de menos. Lograría mi ingreso haciendo una cita con alguien, con cualquier pretexto, como solicitar algún documento extraviado, por ejemplo.

Para entrar, se me pediría que le mostrara al guardia del escritorio de recepción cualquier tarjeta de crédito, o cualquier otro tipo de tarjeta con tira magnética en la que se registrara cualquier información. También debía exhibir cualquier identificación oficial, de donde tomarían mis datos para ingresarlos en la lista de visitantes que mantenían en su computadora. Luego me entregarían una ficha, que debería mostrarle a la persona que me recibiría. Esta persona colocaría la ficha en un dispositivo con el que registraría mi presencia. Así el sistema sabría que mi pretendido anfitrión me había efectivamente recibido. Aunque la restricción de tiempo coincidía con el horario de oficina, yo podía pasar dentro de las instalaciones tanto tiempo como faltara para terminar las actividades del día en Argus. Si tenía que visitar varias personas, la identificación electrónica de estas era registrada en la ficha por el guardia. Consecuentemente, todas las personas que declarara debían firmar electrónicamente la ficha.  Si, por alguna razón, debía visitar a alguien en un área restringida, la ficha contenía un chip que emitía una señal que me daba acceso al sitio.

Decidí que visitaría el departamento de recursos humanos, para solicitar una copia de mi expediente de seguridad social. Esa área no estaba restringida y sería fácil entrar y salir. Por otra parte, para lo que solicitaría, la secretaria debería abandonar su lugar para ir al archivo a buscar mi expediente. Calculé que ello le tomaría cuando menos cinco minutos. En ese tiempo podría tomar su estación de trabajo y utilizarla para plantar un virus especialmente diseñado para mis propósitos. Su primera función sería engañar al sistema para hacerle creer que el ciclo de visita se había completado. Es decir, hasta el punto en que mi anfitrión firmaba electrónicamente la ficha, solo las dos terceras partes del proceso se habrían completado. Era necesario que regresara al escritorio de recepción para entregar la ficha, de manera que el guardia registrara así mi salida. Para ello, el virus tendría que enviar una señal al sistema, para que éste creyera que yo había registrado ya mi salida. El mejor momento para hacer esto ocurriría en el cambio de turno, instante en el cual los guardias solían descuidar por un par de minutos el área.

Una vez dentro, utilizaría una de las escaleras de emergencia, con el pretexto de que los ascensores me provocaban claustrofobia. Usar las escaleras de emergencia era mi mejor elección, ya que me permitirían acercarme tanto como fuera posible al octavo piso. En realidad, sólo podría llegar hasta el sexto piso sin entrar en áreas restringidas, pero eso era suficiente. Debido a la hora en que todo eso ocurriría, podía entrar al baño y esconderme ahí por unos minutos. A esa hora, la mayoría de los empleados estarían más interesados en salir de trabajar que no se preocuparían por mí en absoluto.

En el octavo piso había, naturalmente, salidas de emergencia pero, paradójicamente, por seguridad, estas eran automáticamente bloqueadas cuando el sistema detectaba la ausencia total de movimiento. Había tres problemas importantes a considerar: El primero radicaba en acceder al octavo piso sin ser detectado. En segundo lugar había que desactivar los sensores de movimiento, e inhabilitar el sistema de circuito cerrado y, finalmente, romper el sistema de autenticación para tener acceso al Cubo. Para lo primero podía utilizar el ascensor o las escaleras. El inconveniente de la primera opción es que dentro del ascensor había –también-, un sistema de circuito cerrado. Por otra parte, el problema de las escaleras es que las salidas de emergencia estarían cerradas con llave. Sin embargo, llevaba conmigo una serie de juguetitos muy interesantes. Gracias al virus que había implementado en la estación de trabajo del asistente de Recursos Humanos que visité, me fue posible conseguir un video de archivo de cada una de las cámaras de vigilancia que cubrían el perímetro del cubo.  Como es evidente, la imagen incluía la fecha y la hora de la toma, pero mientras estuviese escondido en el baño, esperando el momento para iniciar mi invasión, tendría la oportunidad de editar el video para mostrar ese dato a mi conveniencia. Uno de los juguetes que llevaba conmigo era una pequeña reproductora de video portátil, capaz de interferir el sistema de circuito cerrado, de manera que transmitiera mi video trucado, en vez de la toma original en tiempo real. También llevaba conmigo un circuito que había diseñado para funcionar como ganzúa electrónica, que me permitiría forzar la cerradura de una de las salidas de emergencia. Hasta ahora, era evidente que tendría que usar una salida de emergencia pues usaría la reproductora de video para interferir el sistema de circuito cerrado que cubría el perímetro del cubo.

Para el sistema de captación de movimiento tenía otro juguetito que inhabilitaría el sistema por un minuto, tiempo durante el cuál debería romper el sistema de autenticación e ingresar. El problema era que al momento de rehabilitarse el sistema de detección de movimiento, podría generarse una señal que interfiriera a la reproductora de video, haciendo que captara por un par de segundos la escena normal.  El sistema de autenticación era el más sencillo de burlar, a pesar de la complejidad que aparentaba. Con una computadora portátil podía acceder a la base de datos y hacerle creer al sistema que había pasado todos los controles. Entonces, el sistema me daría acceso al Cubo. Esa misma computadora enviaría una orden al virus que había usado para engañar a la computadora en el escritorio de recepción para que reprogramara el sistema de selección de acceso, en el caso de que todo saliera mal y la central de vigilancia enviara un comando a someterme. Haría que el sistema escogiera el ascensor situado en el extremo opuesto a donde me encontraba para dame más tiempo.

El plan estaba listo. Lucy no estaba de acuerdo en lo que pensaba hacer, pero entendía mis razones para proceder como lo había planeado. No le oculté detalle alguno.

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Capítulo 08. La expulsión.

Septiembre 30th, 2012 No comments

Diez meses dos semanas atrás.

Esa noche llegué a casa desanimado, pero no me importaba. Nada me importaba. Me sentía vacío por dentro. Acababa de ser víctima de un despojo y no me interesaba. El software producido a través de largos meses de arduo trabajo había sido entregado, en bandeja de plata, a alguien que se moría porque algo así ocurriera. Estaba seguro que él lo tomaría y lo declararía suyo. Era experto en eso. Pero, no obstante la casi absoluta certeza de que él asumiría descaradamente la autoría por mi trabajo, no me importaba. Argus podía echarme y no importaba. En el fondo, quizás, mi alma reconocía que, después de todo, Esporadic-OS, OmniSoft, Gene/Sys, eran todos ellos creación mía. En el fondo, quizás, mi alma sabía que podría volver a hacerlo, una y otra vez y que, eso, nadie podría arrebatármelo jamás.

Para sorpresa mía, Lucy estaba en mi casa. Dijo que había llegado una hora atrás. Se había tomado la molestia de preparar un entorno muy romántico y una deliciosa cena. Hablamos durante horas. El tema era obvio. Le conté sobre la repentina falla durante la presentación. Le hablé sobre los cuestionamientos que se me hicieron. Le dije lo que había pasado en la oficina de Carlos y sobre como Idelfonso asumía descaradamente posiciones de saqueo. Ella me escuchó pacientemente y me consoló. En algún momento sugirió la posibilidad de un sabotaje y analizamos los eventos, tratando de identificar un posible culpable. El primer sospechoso natural era Idelfonso. Él parecía ser el más beneficiado con lo ocurrido. Enseguida de este, ambos concordamos en que sólo podía estar Raúl, debido a su innata rebeldía y disponibilidad del código. Quizás después de ellos pondríamos a Carlos; aun cuando él, aparentemente, nada tenía que ver, una característica que le sobresalía era su firme convicción de respeto hacia las jerarquías. Después de todo, al inicio de Esporadic-OS él, junto a Idelfonso, me despojaron de la responsabilidad del proyecto, descaradamente, aún cuando recuperé el control algunas semanas después; y no hay que olvidar que precisamente hoy, me habían vuelto a despojar. También consideramos a la junta directiva, como castigo por fallar en la entrega. Pensamos que, debido a las oportunidades incomparables de inversión que Gene/Sys implicaba, era muy factible que la junta directiva hubiera orquestado un bien sincronizado sabotaje, para deshacerse de mi, cuando no fuera ya necesario. Pero Gene/Sys aún no había iniciado y, por ello, solo me despojaron de una parte y no del todo.

La verdad es que todas esas eran sólo puras especulaciones y, al final, coincidimos en que, pasara lo que pasara, no tenía sentido preocuparse por ello. Después de todo, si me despedían, era Argus quien saldría perdiendo. Yo había desarrollado toda esa tecnología y tenía la capacidad para nuevos y más excitantes desarrollos. Argus difícilmente podría detenerme. Más aún, difícilmente podría recuperarse de mi pérdida, si ésta era decidida.

Diez meses atrás.

Esporadic-OS fue finalmente liberado. Los errores ocultos, según fue declarado, habían sido totalmente corregidos y volvía a ser un software robusto y confiable. Contrario a lo que esperé, Idelfonso reconoció mi autoría, pero no perdió oportunidad de erigirse como el nuevo héroe de Argus, aquél que había salvado una inversión millonaria del desastre financiero.

Por otra parte, Gene/Sys se había transformado ya en un plan de trabajo. La asignación de actividades había sido ya realizada y yo me encontraba, por ahora, supervisando el diseño del chip de captura de la psique y del modelo de red neuronal artificial para emular el funcionamiento del cerebro.

Esta vez, la junta directiva había supervisado más de cerca mi trabajo y, aún cuando íbamos en tiempo, yo había estimado que en cuestión de unos meses se presentaría un retraso. Había calculado esta posibilidad y así lo había expresado ante la junta directiva. Su reacciones no fueron, de ninguna forma, contenidas. “Caballeros, estamos desarrollando una tecnología inédita.” Les recordé. Hubo, por supuesto, quienes enfatizaron la importancia de los tiempos, con base en las inversiones millonarias que se estaban haciendo para completar el proyecto. “No son enchiladas. Estamos hablando de alta tecnología.  Más aún, estamos hablando de una tecnología sin precedentes. Es de esperarse que surjan contratiempos.” Argumenté a favor de mi postura. “Tú nos aseguraste que la tecnología requerida ya estaba disponible.” Dijo uno de ellos queriendo pasarse de listo. “Y no mentí. También les hablé de que, por ejemplo, tendríamos que redefinir el modelo de red neuronal artificial, por mencionar una de las cosas que se tendrían que diseñar.” Indiqué. La discusión con la junta directiva fue álgida, pero razonable. Al final, terminaron aceptando el posible retraso, a condición de que me asegurara de que nada más complicara el desarrollo del proyecto.

Seis meses, seis días atrás.

Idelfonso no perdía oportunidad de criticar mi trabajo. Un buen día me encontraba en el cubículo de un colega cuando Carlos e Idelfonso se acercaron. Idelfonso estaba hablando sobre el retraso que se había presentado en el desarrollo del chip de captura de la psique. Carlos, por su parte le informaba que ese y, al menos, otro retraso habían sido estimados. No obstante, Idelfonso insistía en que yo era un ingeniero, no un administrador y que no era la persona idónea para administrar este tipo de proyectos. Más aún, afirmaba que su departamento tenía mucho trabajo pendiente y que necesitaba con urgencia que regresara. Carlos le pedía encarecidamente, por todos los medios, que tuviera calma. Que yo terminaría regresando al departamento y que todo quedaría igual que antes.

Decidí que no era mi estilo espiar conversaciones, así que me levanté y caminé hacia ellos. Una vez que me hube acercado lo suficiente le pedí a Idelfonso que mantuviera la calma y le aseguré que pronto volvería a reportarle. – Eso, siempre y cuando no tengas más sueños inspiradores. – Espetó Idelfonso. – ‘Usted puede prohibirme lo que quiera, ama, y yo le cumplo; lo malo es que no puede prohibirme lo que pienso.’, Gabriel García Márquez, Del amor y otros demonios.” Respondí sin más y me alejé.

Un mes y medio atrás.

El chip de captura de la psique por fin había sido terminado. Todas las pruebas habían reportado resultados espectaculares. El dispositivo receptor de las transmisiones del chip también funcionaba a la perfección. Sin embargo, por otra parte, el modelo matemático de la red neuronal artificial aún necesitaba revisiones exhaustivas. Algunos de los parámetros simplemente no concordaban del todo. Para complicar aún más las cosas, el secreto se había filtrado al exterior y la gente hablaba ya sobre el descaro de Argus al pretender dominar la mente de las personas.

Grupos radicales habían comenzado a organizar mítines tratando de obstaculizar el desarrollo del más reciente proyecto de Argus. Apelaban a la ética y a la religión para llegar a la opinión pública; nos calificaban de amorales y genocidas (nunca fui capaz de entender porqué; en realidad, nunca encontré la relación) y nos asociaban con los nazis, acusándonos de atentar en contra del plan divino.  Evidentemente Gene/Sys era una idea absolutamente subversiva, más aún que innovadora.

 

El mes anterior.

Para disgusto de Idelfonso, el fastidioso error de la violación de áreas protegidas del sistema había vuelto a aparecer. Esta vez, de manera más frecuente. Como, al fin de cuentas, según su óptica, este era un problema heredado, decidió inculparme ante la junta directiva. Adujo, al mismo tiempo, que había recibido innumerables reportes de los clientes, expresando su disgusto por la ocurrencia del error.

Esto hizo que fuese llamado a dar explicaciones y yo me limité a recordarles que nueve meses atrás se pasó el proyecto a Idelfonso y que, más o menos, por la misma fecha, Idelfonso lo liberó con bombos y platillos, enfatizando el hecho que él había conseguido lo que yo no pude: ¡Corregir todos los errores ocultos en Esporadic-OS! Una voz en el consejo me exigió que evitara los sarcasmos. “¿A qué sarcasmo se refiere?” Respondí yo. “Lo tengo en video. Puedo hacerle llegar una copia si lo desea.” Agregué. Supongo que mi respuesta me hizo acreedor a una pérdida automática del favor de la simpatía de los presentes, porque de inmediato comenzaron a cuestionar mi desempeño, ahora en el proyecto Gene/Sys.

Lo más cuestionado fue el retraso en el desarrollo del modelo matemático de la red neuronal artificial. Por mi parte, yo insistí en que dicho retraso estaba previsto e, incluso, calculado. – Además – añadí -, aún con este retraso estamos dentro del tiempo. Otras actividades pudieron ser completadas de manera holgada y el retraso en el desarrollo del modelo sigue siendo aceptable. – Concluí. Nueve días después fui formalmente despedido.

Carlos urgió mi presencia en su oficina. Ahí se encontraba Idelfonso. – Me temo Lucas – comenzó Carlos -, que es intolerable la serie de retrasos a la que nos has orillado. Hemos sido muy pacientes contigo; especialmente contigo, pero nos estás saliendo muy costoso. No podemos esperar más. – Dijo. – Necesitamos que el proyecto avance y tú no dejas de dar excusas. – Añadió. – Si revisas el diagrama de tiempos, Carlos, podrás ver que aún con todos los retrasos, seguimos en tiempo. – Afirmé. – Ese no es el punto – insistió Carlos -, el punto es que la información que nos brindas ha dejado de ser confiable. – Dijo. – ¿A raíz del fracaso espectacular el día de la presentación? – Interrogué, con deliberada intención de incomodar. – Si – intervino Idelfonso -, a raíz de tu espectacular fracaso el día de la presentación. – ¡Ah! ¿Estabas aquí? – Dije sarcásticamente, dirigiéndome a Idelfonso. – Aprovechando tu presencia – continué -, ¿qué tienes que decir sobre la recurrencia del error de violación a pesar de tu afirmación de que todo estaba perfecto? – Cuestioné. Idelfonso mostró una forzada sonrisa y dijo – Eso, Lucas, fue una pecata minuta. – ¿Ah, si? – Dije. – ¡Pero qué conveniente! ¿No te parece? – Aseveré, poniendo finalmente todas mis cartas sobre la mesa.

Las posiciones estaban muy claras ahora. Carlos comprendió de inmediato hacia donde se dirigía la discusión. Estratega nato, como era, encontró de pronto la solución perfecta. – Caballeros – dijo -, por favor, comportémonos civilizadamente. – Solicitó. – ¿Llamas a esto ‘civilización’, Carlos? – Inquirí, inyectando cantidades letales de ponzoña en mi pregunta. Pero Carlos le sacó perfectamente la vuelta a mi insinuación. – A su comportamiento, definitivamente no. Por eso apelo a su cordura. Para que negociemos esto de manera que todos resultemos beneficiados. – Dijo. – ¿En serio? – pregunte insidiosamente. – Dime, Carlos, ¿cómo se te ocurre que esta situación pueda beneficiarme a mí? – Pregunté.

Carlos me miró detenidamente al tiempo que se acomodaba en su silla para asumir una postura más abierta, retadora, dominante. – Creo que si tú cumples con la entrega no hay más problema. – Dijo. – Pero, ¿es que todavía piensan otorgarle más plazos a este irresponsable? – Gruñó Idelfonso. – No se le están otorgando ampliaciones, Idelfonso. – Aclaró Carlos. – Lo que te propongo, Lucas, es que te comprometas a finalizar el modelo de la red neuronal artificial en, a lo sumo, dos semanas más. – Expresó finalmente su ultimátum. Una jugada maestra, había que reconocerlo. Si yo me comprometía y fallaba, Argus se eximiría de toda culpa y yo sería despedido con toda justicia. Si no lo hacía, aceptaría tácitamente mi incompetencia e, igualmente, debería abandonar Argus. La trampa estaba puesta. – Honestamente no lo creo. – Admití. Carlos contuvo trabajosamente una sonrisa. Su plan había funcionado. – Explícanos porqué supones que no es posible. – Urgió. – Con el debido respeto – dije -, tu posición, Carlos y la de un obrero, no son muy diferentes. Ustedes sólo . . . hacen. – Expuse abiertamente. – Nosotros, en cambio – comparé -, nosotros jugamos con las posibilidades, experimentamos, ajustamos . . . nosotros . . . ¡Creamos! Dependemos del azar y de nuestra habilidad para descubrir. A veces – añadí -, los descubrimientos se resisten. Pero nuestra obstinación los fuerza a surgir. – Afirmé. – Nosotros hacemos que su mundo gire. Sin nosotros, Carlos, tú seguirías viviendo en las cavernas. – Fue una declaración brutal, visceral. – ¡Vaya arrogancia! – Espetó Idelfonso.

Visiblemente ofendido, Carlos me miró a los ojos implacable. La humanidad que le distinguía había desaparecido por completo. En su lugar, la bestia arrogante y competitiva que era, tomaba el control de la situación. – ¡Tú lo pediste! – rugió. – Tienes una semana para entregar a Idelfonso. – Ordenó.

La noticia voló. El Mesías de Argus acababa de ser crucificado. Las leyes de nuestro país contemplaban una compensación por contribuciones importantes para la tecnología de una empresa o la mejora sustancial de procedimientos. Todas mis contribuciones calificaban para ese tratamiento. Carlos lo sabía y me extendió una carta de renuncia. Supongo que él pensó que no me daría cuenta de sus intenciones, pero yo estaba muy molesto y no pensaba arrojar la toalla sólo porque estos imbéciles así lo querían. – Si quieres mi renuncia, Carlos, tendrás que pagarme por obtener mi firma. – Sentencié. – ¿Cuánto quieres? – Preguntó. – Cien millones. – Dije, sin más. – Y una recomendación. – Agregué. Mi última solicitud era más un anzuelo que una necesidad. Carlos se dio cuenta de mis intenciones y simplemente contestó: -Te doy los cien millones, pero no puedo recomendarte. – Puntualizó. – ¡Qué raro! – exclamé -, hace no más de un año habrías metido las manos al fuego por mí. No entiendo porqué ahora no puedes recomendarme. – Dije, sin esperar respuesta.

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Capítulo 07. Gene/Sys. La expansión de OmniSoft.

Septiembre 30th, 2012 No comments

Un año atrás.

Esa mañana me encontraba ocupado revisando los resultados de los últimos planes de pruebas que se habían corrido sobre OmniSoft y Esporadic-OS. Mi extensión comenzó a repiquetear y contesté. Era Braulio. Solicitaba que acudiera a su oficina para una reunión urgente con el comité.

No dijo nada más, sólo que necesitaban mi presencia. Subí y me dirigí a su privado. Una vez que me hube aproximado al umbral de su puerta, toqué con timidez y pedí permiso para entrar. – Pasa Lucas, toma asiento. He pasado la mitad de la mañana explicando al staff tu propuesta y hay un visible interés. Sin embargo, tenemos aún muchas dudas. Me pregunto si podrías explicarnos de nuevo tu idea. Quizás podamos captar algunas de las respuestas que buscamos o, tal vez, surjan nuevas preguntas. – Sugirió. – Por supuesto, caballeros, mi propuesta gira en torno a la posibilidad de alimentar una computadora con la psique de las personas. Actualmente, tenemos una supercomputadora allá abajo, con suficiente poder de cálculo y un vasto banco de memoria que nos ayudaría a volver este proyecto realidad. Por otra parte, la tecnología de software para implementarlo ya está disponible actualmente. Durante los últimos cincuenta o sesenta años, se han creado diversos modelos que persiguen objetivos similares. Quizás sólo debamos crear nuevos modelos matemáticos para hacerlos más semejantes al funcionamiento del cerebro humano. Como referencia, quisiera citar un proyecto desarrollado en el MIT que consiste de un sistema experto alimentado con frases comunes de personalidades como Albert Einstein, que es capaz de sostener una conversación con las personas, dando la impresión de que se dialoga con Einstein mismo. Pero mi propuesta va un paso más allá. Lo que se pretende es capturar los mecanismos de pensamiento de personas vivas mediante un implante en el cerebro cuya función sea la de detectar la actividad cerebral de las personas para ver como es que toman decisiones. – Explicaba. – Pero, ¿es posible esto? – Alguien interrumpió. – Técnicamente hablando, si, lo es. – ¿Cómo se haría? – Preguntó alguien más. – Bueno – comencé – necesitaríamos diseñar un chip capaz de detectar la actividad eléctrica del cerebro bajo un principio similar al de un sonar, para poder identificar el área del cerebro donde tiene lugar la actividad eléctrica. Más específicamente, el chip sería sensible a la energía eléctrica que utilizan las neuronas para enviarse mensajes entre ellas. Los niveles de voltaje son muy pequeños, pero aún así medibles. Ahora bien, el chip debería ser capaz de distinguir las áreas donde dicha actividad ocurre, quizás, diferenciando la intensidad del potencial generado para calcular la distancia, con respecto al chip, donde dicha actividad ha tenido lugar. – ¡Increíble! – Dijo alguien más – ¿De veras podemos hacer eso? – Preguntó la misma persona. – ¿Por qué no? – Respondí. – Algo parecido se hace cuando se obtienen encefalogramas de las personas. – Añadí. – Ahora bien, este chip tendrá otra función adicional. – Continué. – Transmitirá la información recopilada hacia un equipo receptor implementado en una computadora que servirá para entrenar una red neuronal que emule el cerebro de esa persona. Con el tiempo, esta red neuronal artificial será capaz de reproducir los mecanismos de razonamiento de la persona de quien se han tomado los datos y no habrá diferencia entre la personalidad que se monitorea y la red neuronal artificial. Con esta réplica de la psique de esa persona, podríamos crear gemelos virtuales de ella, sincronizados mediante algoritmos para administración de concurrencia, dotando al individuo de la capacidad de omnipresencia. – Expliqué. Las miradas de todos recaían sobre mi persona. Múltiples pares de ojos me miraban desconcertados, como esperando despertar de la ensoñación en la que los había sumergido. – Y ¿se podría revertir el procedimiento? – Otra persona inquirió. – ¡Por supuesto! – Afirmé. – El procedimiento es absolutamente reversible. – Agregué. – ¡Insólito! – Dijo alguien más con mal ocultado asombro. – Estamos hablando de ‘programar’ a las personas. – Otro dijo. – Bueno, si lo quieren ver así. – Afirmé reticentemente. – Pero hay otra visión más positiva del asunto. – Insinué. – Piensen, por ejemplo, en aquellas personas a quienes se les ha extirpado una parte de su cerebro por prescripción médica. Se ha comprobado que, bajo condiciones de rehabilitación, dichos individuos pueden recuperar la mayor parte de su función cerebral mientras el cerebro prácticamente realiza una reprogramación del mismo. Naturalmente muchos de los recuerdos de esas personas desaparecen. Nuestra tecnología podría, no sólo, acelerar su recuperación sino, además, darles la oportunidad de recuperar porciones de su memoria que, de otra forma, habrían perdido para siempre. – Señale. Entre los presentes imperaba el asombro. Esta se había convertido en una propuesta subversiva e innovadora. Podría afirmar que en más de una mente, sino en todas, se escondía el miedo, la fascinación y las posibilidades. – Otra aplicación que se me ocurre – continué – es utilizarla como una herramienta auxiliar de la clonación. – Indiqué. – A pesar de las restricciones éticas y de la controversia que esta tecnología ha generado, es sólo cuestión de tiempo hasta que alguien consiga clonar seres humanos. La limitación de la clonación es que ésta sólo produciría un ser físicamente idéntico al donador de los genes, pero se supone que la copia, el clon, jamás tendría la misma personalidad que el original. – Expliqué. – En lo personal, pienso que esto es obvio. El individuo donador se ha desarrollado cultural e intelectualmente en circunstancias históricas, morales, técnicas . . . completamente diferentes a aquellas en las que tendrá que desarrollarse el clon. Es de esperarse que el clon desarrolle una personalidad diferente a la del donador. – Complemente. Estos individuos, incluido Braulio, habían seguido con evidente interés mi exposición. Estaba seguro de que, ahora, las expectativas económicas estaban siendo ponderadas en sus mentes. – ¡Hagámoslo! – Sugirió Braulio, mientras miraba de reojo a todos haciendo un gesto que expresaba su personal convicción. – ¿Cómo afectaría esto al proyecto? – Preguntó Carlos, interesado en las finanzas. – El plan original puede cumplirse sin que se vea comprometido por mi propuesta. – Afirmé. – Podemos trabajar esta propuesta como un proyecto totalmente nuevo, independiente de Esporadic-OS y OmniSoft, para después ofrecerlo como una ampliación. – Expliqué. – Pero, ¿Cuánto podría costar? – Insistió Carlos. – La verdad, Carlos, por ahora me es imposible darte un estimado, pero consideremos que habrá que desarrollar tecnologías nuevas, como el chip o el nuevo modelo de red neuronal. Otras tecnologías ya las tenemos disponibles. – ¿Quién se hará cargo de este proyecto? – Preguntó de nueva cuenta Carlos, dirigiéndose ahora a Braulio. – Creo que es evidente – dijo Braulio -, como de costumbre, Lucas nos ha hecho emprender una nueva y excitante aventura, ¡Tiene que se él! Sin duda alguna. – Afirmó.

* * *

Once meses atrás.

Había transcurrido poco más de un mes desde la última ocasión en que hablé con Lucy. Ella no había hecho ningún intento por contactarme y yo preferí no molestarla, pero no pude más. Le llamé una noche, sólo para preguntarle como estaba. Ella contestó. Yo sabía que tenía el identificador de llamadas activo y que ella se había dado cuenta de que era yo. Era una ventaja que hubiera aceptado mi llamada. – Hola Lucas. – Dijo ella. – Amor, – dije – te extraño. – No pude decir más. Ella tampoco hablaba, pero ninguno de los dos tomaba la iniciativa de colgar el auricular. Después de un rato escuche sollozos a través de la línea. – No llores chiquita. – le dije. – Sé que no ha sido fácil. – Dije en un intento por consolarla. Ella musitó. – Yo también te extraño. – Y eso fue lo último que le escuché decir. No obstante, permanecí en la línea, escuchando sus sollozos. No sé cuanto tiempo permanecimos así. Al día siguiente, desperté y en la línea se escuchaba simplemente el tono de ocupado.

* * *

De la última reunión que sostuve con el comité surgió el nombre para el nuevo producto de Argus: Gene/Sys. Surgió más como una ingeniosa broma que como un código. Para disfrazarla, hubo quien se atrevió a señalar que la palabra era una contracción de General System, o Sistema General. La idea central giraba en torno a la capacidad de crear gemelos virtuales de las personas, creados a su imagen y semejanza; sin embargo, la decisión por dicho nombre se había visto muy influida por mi mención a la posibilidad de programar clones.

El tiempo seguía su curso y quedaban sólo un par de semanas para que se venciera la fecha de entrega de Esporadic-OS implementado ya a OmniSoft. El tiempo se agotaba y aún se reportaban diversos errores en las pruebas. Yo sabía que la mayoría de éstos eran detalles menores que no tomaría mucho tiempo resolver, pero unos cuantos eran asociados al subsistema de seguridad y eso era grave, por mínima que fuera la incidencia.

Lo curioso es que los errores reportados correspondían a componentes del sistema que ya habían pasado por las mismas pruebas con anterioridad y las habían superado. El error más frecuente parecía ser el mismo que había visto hacía algunos meses, indicando que un recurso no estaba disponible debido a un intento por violar un área protegida de la memoria. Acudí a Sergio y Raúl para preguntarles que había pasado con este mensaje de error. Ambos me juraron que lo habían corregido de inmediato. Sin embargo, el error seguía ahí, aparecía de forma recurrente. – Quizás olvidaron revisar algo. – Insinué. – Puede ser – indicó Sergio -, pero corrimos pruebas exhaustivas y estamos seguros de que lo eliminamos. – Explicó. No tenía elementos para poner en tela de juicio su palabra, pero quise dedicarle un tiempo yo mismo a ese problema. Solicité que me imprimieran un listado del algoritmo correspondiente y me facilitaran los planes de las pruebas que habían corrido.

Tras un minucioso análisis en papel, deduje que las cosas estaban en orden. Así que decidí hacer algunas comprobaciones paso a paso y cargue el programa para examinarlo en ejecución instrucción por instrucción.

Después de varias horas, estaba plenamente convencido de que el problema estaba solucionado. Decidí recompilar ese segmento del programa y lo reinstalé. Corrí el sistema operativo y reproduje una a una las pruebas que se habían hecho. Valga decir que eran más que suficientes. Aún así, inventé nuevas pruebas e intenté de un millón de maneras provocar la aparición del mensaje fútilmente.

En eso estaba, cuando sonó mi celular. De inmediato contesté. Era Lucy. – ¡Lucy! ¡Qué sorpresa! Es una muy bonita sorpresa. – Dije entusiasmado. – ¡Ven ya! ¡Te necesito! – Dijo simplemente. Sobra decir lo que pasó después.

Llegué a su departamento y de inmediato me abrió. No hubo tiempo para las palabras. Un largo beso que se inició desde la puerta, me decía todo lo que necesitaba saber: Que ya nada de cuanto había pasado importaba, que me había perdonado, que no dejó de amarme, que yo sin ella estaba incompleto y desprotegido. Llenamos de caricias nuestros cuerpos. No dejamos centímetro de nuestra piel sin besar. La fuerza de sus brazos me indicaba cuánta falta le había hecho y yo sentía que no era capaz de sobrevivir un día más sin su presencia. Un tornado de amor se desató. Su recámara se convirtió en una zona de desastre que fue avasallada por una incontrolable e incontenible pasión. No recuerdo una vez que haya sido tan feliz como durante esas horas. No recuerdo una vez que mi ser entero la reclamase con tal intensidad. No soy capaz ahora de visualizarme a mí mismo sin ella. Sólo sé que cuanto ocurrió esa noche fue una explosión de deseo, un terremoto de amor, que ni el clímax pudo contener.

Amanecía y la luz solar empezaba a filtrarse a través de la ventana. Lucy y yo permanecíamos abrazados, platicando. Ella me confesó que había luchado intensamente contra sí misma inútilmente. Me dijo que no tenía la menor intención de disculpar mi conducta, pero que después de tanto pensar en la forma en que las cosas había ocurrido, terminó convenciéndose de que ella misma habría actuado igual que yo. Dijo que entendía mi posición y lo difícil que debió ser para mi, pero que no tenía excusa después de todo. Yo le confesé que deliberadamente dejé transcurrir el tiempo esperando que ella, de alguna forma pudiera perdonarme. Le juré que, en adelante, no habría secretos entre los dos.

Pero algo más paso. Esa noche ambos nos dimos cuenta de que no estábamos hechos para estar solos. Ninguno de los dos lo expresamos, pero ambos lo sabíamos y una posibilidad que nunca consideramos antes, comenzó a juguetear en nuestras mentes.

* * *

El plazo había fenecido. El gran día de la liberación de Esporadic-OS al fin había llegado. Se realizó una presentación general ante el cuerpo directivo, pero lo inevitable ocurrió. Ese fastidioso error sin sentido volvió a aparecer, para vergüenza de todos los que habíamos participado en el proyecto. Los cuestionamientos no tardaron en llegar. Lo que debió ser un día de festejo, se convirtió en una masacre de cuestionamientos acerca de la funcionalidad y el desempeño del sistema.

Afortunadamente, Raúl fue capaz de detectar y corregir la falla en unos cuantos minutos y la presentación continuó. Sin embargo, la visión de un sistema robusto y confiable se había empañado con una bruma de suspicacias acerca de su eficiencia. La junta directiva decidió prolongar otro par de semanas la entrega, para realizar pruebas exhaustivas antes de entregarlo al público consumidor.

Horas más tarde, Carlos nos llamó a Idelfonso y a mí a su privado. Como se había acordado en la presentación, las pruebas sobre el sistema continuarían por otro par de semanas. Sin embargo, esta vez me pidió que entregara el proyecto a Idelfonso. Esto fue como sacarse la lotería para él. Pero algo había que aún molestaba a Idelfonso: ¿Quién tomaría la batuta por el nuevo proyecto, Gene/Sys?

Carlos le recordó la decisión que la junta directiva había tomado y reafirmó que yo estaría a cargo. Los reclamos de Idelfonso no se hicieron esperar. Argumentó que a pesar de todas mis promesas, Esporadic-OS aún presentaba fallas. Que no sólo el proyecto no estaba terminado, sino que se había extendido más allá de lo programado, incrementado con ello el costo. Afirmó que él ya lo había visto venir y que lo ocurrido sólo comprobaba que yo no era la elección adecuada para desarrollar proyectos de ésta índole. Yo lo escuchaba en silencio. No quise intervenir. A esas alturas ya nada me sorprendía. Pero no obstante los esfuerzos de Idelfonso por desbancarme, Carlos se mantuvo firme en que yo debía asumir la responsabilidad por el nuevo proyecto. La reunión terminó con dos indicaciones: Idelfonso debía asumir el mando en los proyectos Esporadic-OS y OmniSoft. Yo, por otro lado, debía iniciar el nuevo proyecto.

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Capítulo 06. OmniSoft. La esencia del ser.

Septiembre 30th, 2012 No comments

Un año, mes y medio atrás.

Estaba en el aeropuerto. En cuestión de minutos, el avión en que viajaba Lucy aterrizaría. Me encontraba esperando por ella, quien había salido en uno de sus ya habituales viajes a Hong Kong. En realidad, hacía quince minutos que el avión debía haber aterrizado. Según parecía, el aeropuerto se encontraba congestionado en esos momentos. De pronto, una voz femenina –de una entonación con rasgos distintivos que difícilmente pasarían desapercibidos-, cortó de tajo el hilo de mis pensamientos. Una serie de recuerdos que creía ya enterrados e inaccesibles inundaron de pronto mi memoria.

Admito que feliz no estaba. Lo que sentí al escuchar esa voz fue un estremecimiento más bien causado por lo inoportuna que resultaba esta presencia que por la remembranza de historias que hacía muchos años habían concluido en capítulos amargos que había decidido olvidar. En torno a ellos sólo hubo dolor, al principio, decepción después, aceptación finalmente. Fueron más bien una lección de cómo no hacer las cosas o, quizás, un entrenamiento tácito para identificar los engaños a tiempo, antes de que el desencanto pesase tanto que se convirtiera en un fardo que era muy penoso traer a cuestas. Para mí, ella era un error que no deseaba repetir. Para ella yo . . . no sé que sería yo. Sólo sé que no deseaba verla, que no deseaba hablar con ella y mucho menos deseaba que fuera justo ahora, cuando Lucy estaba por llegar en cualquier momento.

No quiero ser interpretado de la manera equivocada. Yo insistía en llamarla a ella mi gran error, pero no desde una postura elitista que me hiciera suponer que yo era mejor ser humano que ella. Nadie es mejor que su prójimo. Pero ella había plagado mi vida de mentiras y me involucró en un mundo de fantasías que yo quise creer. La fantasía más cruenta fue su amor, amor que yo veía porque estaba enamorado; porque yo lo quería ver.

Envuelto de su capa de falacias, había decidido creerle ciegamente, tan sólo para descubrir que las bases sobre las que se asentaba ese amor habían sido construidas sobre los cimientos de mis sueños, de mis ansias . . . pero jamás existió el cemento de su contribución a este amor. Con una base tan endeble, el amor que edificamos no tardó en caer. Pero ella había aprendido bien mi debilidad y aprendió a usarla contra mi. No obstante, ningún engaño puede perdurar por siempre y con el paso de los años fui capaz de entender la falacia de su entrega. El humo se disipó y pude ver a la bestia tal cual es. Desde ese instante la repudié, en un principio, y después sentí una profunda pena por ella.

Aún quedaban vestigios de lo que otrora había sido una mujer extremadamente hermosa. En su momento, yo me sentí afortunado porque mis manos recorrieron ese cuerpo de principio a fin, mientras mis besos trazaron un mapa de sus formas. Pero la ensoñación acabó y aquello que había sido fuego ardiente, se había extinguido, reduciéndose a cenizas. Algo que había sido una pasión desbordante, incontrolable, ahora era un bochorno indescriptible, una vergüenza infinita; el tipo de  vergüenza que se siente cuando se descubre que la confianza que se entrega había sido demasiada. De ahí que pensara de ella como en un error.

Su vida entera era una mentira. Mentira que la había conducido a la más profunda soledad. Sé que siempre hubo otros que entraron y salieron de su vida. Unos, tal vez, por las mismas razones que yo; otros, en un afán egoísta de posesión. Otros que si vieron a tiempo lo que yo no vi y sacaron de ello la ventaja que pudieron.

-    ¡Lucas! ¡No puedo creerlo! ¿Qué haces aquí? – Dijo. – ¡Ah! ¡Hola, Margarita! –Respondí sin mucho afán. En realidad, estoy seguro que ella captó perfectamente el enfado en mi voz, pero si lo hizo, lo ignoró. – Espero a alguien. – Agregué escuetamente. La verdad es que no quise decirle que esperaba a Lucy. Sabía cuál sería su reacción. Sabía que cuestionaría mi relación con Lucy y trataría de invalidarla. Ella siempre hacía eso. Desde su punto de vista, como yo le había dicho que la amaba, ese antiguo amor aún existía y yo jamás podría sentirlo por alguien más. Pero la realidad era que ella siempre era la que abandonaba y no toleraba que alguien la abandonara a ella. Por eso, decidí que decirle quien era la persona que esperaba sería una tontería. Sólo esperaba que el avión de Lucy tardara un poco más, para dar tiempo a que se fuera Margarita.

Pero las mujeres suelen ser muy curiosas y no era aparente que tuviera la intención de dejarme en paz. En lugar de irse, comenzó a hablar de lo que fue nuestra relación. – ¿No estarás esperando a una vieja? ¿Verdad? – Preguntó repentinamente. Yo no quería responder a esa pregunta porque, cualquier respuesta iniciaría una controversia. – Espero a alguien. – Respondí lacónicamente. Había sido una mala respuesta pues, si antes no tenía deseos de irse por la curiosidad, ahora menos se iría. – Seguro que es una vieja. – Contestó, captando a la perfección mi incomodidad. – Tú no puedes tener otra vieja porque tú me amas a mí. Eso me dijiste, ¿o qué? ¿me engañaste? – Comenzó el reclamo. – Como yo lo recuerdo, fuiste tú quien me engaño a mí, Margarita. Además, lo nuestro acabó hace años. – Respondí. – Fuiste tú quien terminó esa absurda relación. – Agregué. – ¿Absurda? ¿Ahora te parece absurda nuestra relación? – Preguntó aparentando un falaz desasosiego por mi respuesta. – Si, precisamente, ¡Absurda! – confesé tajante. – Entonces, me mentiste cuando dijiste que me amabas . . . – Empezó a decir, pero no la dejé. – No, no mentí. Cuando te dije que te amaba no mentí. Más bien, la verdad ha cambiado. Yo dejé de amarte. – Le dije. – ¡Estas mintiendo! Cuando uno ama es para siempre. Si me amabas entonces, me amas ahora y no puedes amar a nadie más. Pero si no me amas ahora, es que nunca me amaste y me dijiste sólo mentiras para que me entregara a ti. – Insistió. – ¡Esta bien! Si eso quieres oír, tienes razón; siempre te engañé. Por eso ahora puedo decirte que ya no te amo, que lo que hubo entre los dos, para mi ya no existe. – Dije. La verdad es que yo comenzaba a impacientarme.

Era molesto tenerla a ella insistiendo en algo que ya no existía. Su sola presencia me avergonzaba. Lucy llegaría en cualquier momento y no quería que llegara mientras Margarita estaba a mi lado. Pero las cosas no ocurrieron como yo deseaba. Lucy llegó en ese preciso instante.– Hola amor. – Dijo Lucy mientras me besaba en la mejilla. – Hola hermosa – le respondí –, te presento a Margarita, una amiga. – Dije a Lucy, presentándole a Margarita. – Margarita, esta mujer tan hermosa – dije, abrazando a Lucy fuertemente por el talle -, es Lucy. La mujer de mi vida. – exclamé, poniendo un marcado énfasis en la oración. Margarita estaba furiosa. Difícilmente era capaz de controlar su ira, que se le desbordaba irremisiblemente a través de cada poro. Por su parte, Lucy, estaba desconcertada. Pude captar una pregunta en sus ojos. Pero no era momento de dar respuestas. – ¿Amiga, eh? – Dijo Margarita, destilando su veneno. – No hace mucho yo ocupaba su posición. – Afirmó. – ¡Lucas! ¿Qué es todo esto? – Preguntó Lucy. – Esto, Lucy, no es más que una quimera que ¡hace mucho! – dije, enfatizando mi último par de palabras mientras miraba a Margarita a los ojos con un odio incontrolable – dejó de ser una molesta realidad. ¡Vámonos de aquí! – Solicité, más como una orden que como una petición.

Tomé a Lucy por el antebrazo y la encaminé hacia la salida. Atrás quedaba Margarita con una sonrisa dibujada en los labios, satisfecha por el efecto de su ponzoña. Estaba seguro de que esto no pararía ahí. Sabía que Margarita no se conformaría con el desastre que había provocado.

Lucy trataba de mantener mi paso con esfuerzos, mientras yo caminaba hacia la salida de prisa, como queriendo huir de un peligro inevitable. – ¡Me estas lastimando, Lucas! – Dijo ella. -¡Suéltame! – ordenó. – Lo siento. – Respondí, liberándola. Mis ojos buscaban ansiosos el piso. No sabía que decir. Estaba avergonzado. Lucy me miró largamente, buscando mis ojos, buscando respuestas. – Dime, Lucas, ¿quién es realmente Margarita? – Preguntó. Yo la mire a los ojos. – Margarita fue, Lucy, algo importante en mi vida. Margarita es hoy, Lucy, mi mayor vergüenza. – Dije. – ¿Fue? ¿Estás seguro? – Preguntó. – Lucy, hace años, mucho antes incluso de conocerte, yo creí que la amaba, pero el amor no puede existir si no es mutuo y, lo que quiera que eso haya sido, no fue mutuo. Yo morí por ella, ¡una y mil veces!, pero para ella yo solo fui diversión. – Le revelé.

En el fondo, Lucy había obtenido ya la respuesta que buscaba y no fue a través de mis palabras. La escena, la actitud de Margarita, mi reacción, mis respuestas, todo eso le indicaban que yo decía la verdad, pero aún flotaba en el aire la duda. ¿Por qué no se lo había contado? ¿Qué importancia tenía . . . aún? ¿Era esta la única vez que me había reencontrado con Margarita? Y, si no era así, ¿por qué no se lo había dicho? ¿Qué más podría yo estar ocultándole? – Lucas, sólo quiero que me digas una cosa. – Insistió. – ¿La has vuelto a ver antes, mientras tú y yo hemos sostenido nuestra relación? – Preguntó. Su pregunta me cayó como un golpe bajo devastador. De hecho, yo había encontrado a Margarita un par de veces anteriormente y si, Lucy ya era mi novia para entonces. Pero nunca se lo había contado. Nunca creí necesario compartir con Lucy, algo que yo me esforzaba por enterrar en el rincón más recóndito de mi ser. Donde no asaltara a mi memoria. En el segmento de mi cerebro donde guardo lo olvidado, para vivir tranquilo, haciendo como si tales recuerdos jamás hubiesen llegado a existir. Baje la mirada. Sólo eso basto. Lucy obtuvo su respuesta. – Si. – Dije sin poder mirar a sus ojos. – No lo puedo creer. – Respondió. Un tono de rabia acompañó su respuesta y se alejó. Yo me quedé ahí, parado, cabizbajo, dubitativo.

* * *

La segunda etapa del proyecto Esporadic-OS, denominada con el nombre código OmniSoft, se encontraba ya en fase final. A lo largo de los pasados meses, mi equipo y yo habíamos trabajado arduamente en este complemento del sistema operativo Esporadic-OS.

OmniSoft había sido concebido como un protocolo de comunicaciones de banda ancha que permitía la transmisión de datos, voz y video simultáneamente. OmniSoft había sido la razón para la construcción de la supercomputadora que ahora residía en el centro del cubo, como director de orquestas de la sinfonía de comunicaciones que administraba Esporadic-OS. OmniSoft se componía de múltiples herramientas para administrar las telecomunicaciones entre empresas y personas. Entre sus bondades, ahora era posible programar video conferencias y organizar juntas entre diferentes miembros de un corporativo sin necesidad de su presencia física. Este logro era importante porque se había convertido en un factor de peso para abatir costos para muchas empresas alrededor del mundo. Ahora no sólo la información podía fluir con eficiencia sin importar las distancias, sino que, adicionalmente, podían tomarse decisiones en línea. Los negocios nunca habían sido tan fluidos como ahora. Pero la importancia del proyecto no se limitaba a proporcionar herramientas para facilitar la intercomunicación de los usuarios. En realidad, sin tan sólo dependiera de las herramientas, esta fase habría resultado innecesaria. El software desarrollado para integrar las funciones de telecomunicación podía haber sido liberado junto con Esporadic-OS, pero no sólo era el software. Internet proporcionaba ya la mayoría de estas herramientas, pero la anarquía existente en Internet y la diversidad de estándares en que se soportaba, no lo hacían el medio ideal para lo que OmniSoft representaba. Más aún, Internet se formó como una respuesta a las necesidades globales de telecomunicación y pretendía ser un medio democrático y accesible para la gente, pero era vulnerable.

Así, OmniSoft se pensó como una respuesta para aquellos usuarios, personas y empresas, que requerían de un medio seguro y veloz para transmitir su información. Eso era lo que representaba OmniSoft.

* * *

Había intentado varias veces comunicarme con Lucy. Sabía que estaba herida y yo necesitaba darle una explicación. Cada vez que le llamaba, cada vez que la buscaba, me encontraba sólo con una evasiva. Eso me hizo pensar que era mejor que dejara pasar un tiempo, para permitir que las cosas se calmaran.

Hacía ya un mes que Margarita se apareció como un áspid para regar su veneno e intoxicar nuestra relación y no había sido capaz de hablar con Lucy aún. Pero esta vez fue diferente. Cuando llame a su puerta ella abrió. Su recepción fue gélida, pero me recibió. Entre al departamento, cerrando la puerta detrás de mí. – Gracias. – Dije simplemente. Ella no contestó. – Vine porque necesito darte una explicación. – Dije. – No veo el caso, Lucas. – Respondió ella. – Ayudaría si me dijeras porqué te molesta tanto todo esto, Lucy. – Sugerí. – ¿A caso no lo entiendes, Lucas? – preguntó – ¡No puedo confiar más en ti! – Dijo, rompiendo a llorar. – He pensado mucho acerca de porqué nunca me hablaste sobre ella y, después de darle muchas vueltas, he llegado a la conclusión de que se trata de tu pasado, de que yo no tenía ningún derecho a cuestionarte sobre eso. Después de todo, tu siempre has respetado mi pasado. – Dijo, mientras lloraba. – Lucy . . . – Intenté hablar, pero ella no me lo permitió. – Encontré que, mientras esa relación permaneciera en el pasado, nada podría haber que yo pudiera recriminarte, ¡pero me mentiste, Lucas! ¡me mentiste! – gritó. No me atreví a responder. En el fondo, sabía que ocultar equivalía –en este caso-, a mentir y desde esa óptica, efectivamente, había mentido. – Si tu me hubieras dicho que esa mujer existía, si hubieras compartido conmigo tus encuentros furtivos con ella . . . pero no lo hiciste. – Las lágrimas cubrían su rostro. Ella se abrazaba así misma, como queriéndose consolar. Yo intenté pasar mi mano sobre su hombro, pero me rechazó. – Sólo una cosa más quiero saber, Lucas. ¿Qué tan importante es ella para ti ahora? – Urgió. – Lo que tuve con ella acabó, Lucy. – Respondí. – ¡No! ¡Lucas! ¡No! Lo que yo quiero saber es qué tanto te importa ella ahora ¡Maldita sea! – gritó. – Para mi es sólo un error. – Dije, respondiendo a su pregunta. – ¡Largo de aquí! – Gritó. – Lucy, yo . . . – quise hablar, pero nuevamente urgió – ¡Que te largues! ¡Déjame sola! ¡No quiero verte! ¡Lárgate! – gritó y su llanto cayó sin consuelo. Pero las lágrimas de ella no eran las únicas. También en mi ser, mi alma lloraba.

* * *

La noche transcurría y yo no era capaz de conciliar el sueño. Todo se conjugaba para impedirme dormir ahora. La discusión con Lucy, la inminente sino consumada ruptura, las fallas recientes encontradas en la programación de Esporadic-OS, los detalles aún pendientes de resolver en OmniSoft . . . todo insistía por permanecer en mi cerebro en ese momento y me impedía dormir. Encendí el televisor. Sintonicé un canal donde exhibían un documental sobre genética y clonación. Me sentía terriblemente abatido. No sabía que pasaría con mi relación con Lucy, pero deseaba inconteniblemente poder reparar el daño. Ella tenía razón en desconfiar. Yo debí hablarle sobre Margarita y debí compartir con Lucy sobre las veces en que llegué a encontrármela. Pero me empeñé, con necedad, en mantener a Margarita como un recuerdo que deseaba reprimir, como una parte de mi historia que deseaba borrar.

Lo que no lograba entender era el sentido de su última pregunta y, más que nada, el sentido de su reacción ante mi respuesta. Analicé la pregunta. Para ella quedaba claro que Margarita había sido parte de mi pasado. Después de todo, ella así lo indicó. Si le quedaba claro que Margarita era parte de mi oscuro pasado, ¿por qué asumir que aún tendría importancia? Desde mi punto de vista, las relaciones que uno decide enterrar en el pasado dejaron de ser importantes en cuanto uno echó la primera palada de tierra sobre ellas. Por eso las entierra uno en el pasado. Pero, por otro lado, Margarita era aún una mujer sobresalientemente hermosa y es posible que eso inquietara un poco a Lucy. Sin embargo, pronto olvidé esa idea. Era absurdo. Simplemente absurdo. Tenía que ser otra cosa pero, ¿qué?

Repentinamente, una luz se encendió en mi cerebro. Yo había sido muy escueto en mi respuesta. Había declarado abiertamente que, para mí, Margarita representaba únicamente un error. Eso debió sonar extremadamente machista de mi parte. Debí parecerle el clásico macho que primero las enamora y luego las bota. De pronto quedo muy claro para mí que debía hablar de nuevo con Lucy y relatarle la historia, sin ambigüedades, completamente. Entonces el cansancio surtió efecto y caí en un profundo sueño.

En medio de mis sueños, sin embargo, percibía las voces provenientes del televisor. Quizás eso influyó en las historias sin sentido que mi mente maquinaba mientras dormía. Ese sopor en el que me encontraba envuelto me pareció un brevísimo instante en el tiempo. Mi cuerpo me exigía más descanso, pero el despertador marcaba el momento de despertar  y la implacable conciencia le cedía el control absoluto a la responsabilidad. Aún así, permanecí dormido por algunos minutos más. Un sueño oportunista entró durante ese lapso y el sueño me mostraba imágenes de personas que se multiplicaban, como si de pronto adquiriesen el poder divino de la omnipresencia.

Yo sabía que debía despertar. Mi sentido de responsabilidad me obligaba a ello y ese sueño marcó el inicio de mi día. Mientras me bañaba, aún somnoliento, trataba de aclarar mi mente. Una jaqueca matutina empezaba a hacer estragos en mi día y el maldito sueño de los individuos omnipresentes se resistía a abandonar el recinto de mi mente.

De pronto, algo ocurrió en mí. Sin habérmelo propuesto, empecé a relacionar las cosas y una idea empezó a juguetear en mi cerebro. Eso terminó por aclarar mi mente y, mientras más lo pensaba, más sentido parecía tener. Mientras más vueltas le daba, más se parecía a una oportunidad ¡y yo debía tomarla!

* * *

Braulio se encontraba saliendo de una junta del salón platino, ubicado en el noveno piso, cuando lo intercepté. – ¡Mi estimado Lucas! – Dijo en un tono agradable y bonachón. – ¿Cómo van Esporadic-OS y OmniSoft? ¿Ya mero acabamos? – Preguntó. – Todo en orden Braulio. De acuerdo a lo programado, pero he venido porque quiero compartir contigo una idea que se me acaba de ocurrir. Quisiera conocer tu opinión. – Dije. El me miró interesado y respondió. – Muy bien, Lucas, pero te agradecería que me dieras unos minutos para hacer una llamada y enseguida te recibo. – Solicitó. – No te vayas, espera aquí unos minutos. Enseguida te hago pasar, ¿está bien? – Dijo. Hice lo que me pedía y esperé. Unos minutos después me hacía pasar a su privado.

El proyecto había consumido gran cantidad de recursos de Argus. Había ya compromisos de entrega y los costos se habían incrementado en los últimos meses por la inversión en infraestructura de telecomunicaciones que Argus había hecho para la liberación de OmniSoft. Quizás, una idea que prolongara la entrega del proyecto no sería bien recibida, pero tenía que tomar esta oportunidad. De hecho, yo estaba convencido de las bondades de mi idea. Ahora sólo tenía que venderla. – Ahora si, Lucas, platícame sobre esta nueva ocurrencia tuya. – Instó Braulio para que le compartiera mi idea. – Debo confesar – empecé -, que esta idea me surgió en medio de sueños, pero no por ello es menos válida. Tengo una excelente corazonada de que no sólo funcionará, sino que será el mejor negocio que Argus pueda hacer jamás. – Aseveré. Braulio aceptó mi justificación exponiendo francamente su expectativa. – El sueño que tuve involucraba a varios individuos que se multiplicaban. Luego, ya despierto, relacione ese sueño con el proyecto OmniSoft y de pronto lo vi muy claro: ¡Omnipresencia! – Dije. Braulio me lanzó una mirada cargada de preguntas. Quien lo haya visto en ese momento debió ver a una persona que empezaba a preguntarse si estaría en presencia de un lunático. – No entiendo. – Admitió. – ¡Si! ¡Omnipresencia! ¡Podemos dotar a OmniSoft con herramientas para permitir al usuario volverse Omnipresente! – Dije con entusiasmo desbordante. Braulio aún me miraba azorado. Parecía sostener una lucha interna para decidir entre continuar escuchándome o mandarme a un manicomio. – ¡Esta bien! ¡Esta bien! – Aseguré. Me di cuenta de lo incomprensible que era mi idea para Braulio. – Creo que debo explicar mi propuesta desde otro ángulo. Mi propuesta consiste en lo siguiente: Podemos desarrollar un chip que se implante en el cerebro de las personas para monitorear la actividad eléctrica de su cerebro. La información recopilada de esta forma podría entonces ser transmitida hacia una computadora que la utilizaría para entrenar una red neuronal artificial. De esta manera, estaremos haciendo una réplica de la personalidad del usuario. Captaremos la esencia de su ser, sus mecanismos de razonamiento. Duplicaremos su personalidad. Con toda esta información podemos complementar OmniSoft para que sea factible, no sólo crear una presencia virtual del usuario, sino que este usuario virtual podría tomar decisiones concientes, bajo el mismo esquema de mecanismos del pensamiento que la persona original, permitiéndole al usuario resolver múltiples asuntos de negocios simultáneamente. Aquellos asuntos que sean concurrentes podrían resolverse de una manera similar a como un sistema operativo administra las concurrencias. Más aún, podríamos emplear esta tecnología como tecnología de soporte para el campo de la ingeniería genética, pudiendo programar la conciencia de los individuos gestados por clonación e, incluso, podríamos utilizar esta tecnología para ayudar a aquellas personas que necesiten rehabilitarse tras una intervención quirúrgica en la que se les haya extirpado parte de su cerebro. – Puntualicé exaltado. Braulio me miraba aún atónito, como si su cerebro se resistiera a creer en la gama de posibilidades que le planteaba. Pero, con su acostumbrada mente abierta, dio a mi propuesta una segunda oportunidad y me prometió analizarla.

* * *

Había pasado el resto del día dedicado al seguimiento del proyecto. Visité a varios de mis colegas y supervisé su trabajo. Me encontraba ultimando detalles sobre una aplicación con uno de ellos, cuando Sergio me indicó que tenía una llamada en mi extensión. Fui al cubículo y levanté el auricular. – Hola, buenas tardes, soy Lucas, ¿en qué puedo ayudarle? – dije a la expectativa – Tenías razón Lucas, ella fue un error en tu vida. – Dijo la voz al otro lado de la línea. – ¿Lucy? – Pregunté. Pero ya era demasiado tarde. Lucy había colgado.

La repentina llamada de Lucy me había inquietado. Ella nunca me llamaría a la oficina. A mi extensión. Su voz se había oído calmada, pero era evidente que no quería hablar conmigo. De otra forma, me habría permitido hablar con ella. Sin embargo, aún cuando no me había dado la oportunidad de hablar, algo me hacía tener la esperanza de que ella me lo permitiría tarde o temprano. Quizás sólo recordó que mi extensión no era el medio apropiado para una conversación ajena a los negocios. Por otro lado, esa aceptación en la que me daba la razón por mi forma de ver a Margarita me indicaba que era bastante factible que la mano de Margarita estuviera involucrada.

La llamada de Lucy me hizo recobrar la esperanza y me impulsó a tratar mis pendientes con rapidez, para poder ir a buscarla. Más tarde, llegué a su departamento y ella me permitió pasar. – Por favor, discúlpame por haberte cortado sin darte la oportunidad a responder, Lucas, no creí que llamarte a tu oficina fuera una buena idea de cualquier manera, pero no pude contactarte por tu celular. – Confesó Lucy. – Tengo curiosidad, Lucy, ¿Por qué me das ahora el beneficio de la duda? – Pregunté. Ella lanzó una profunda mirada al vacío y suspiró. Era evidente que se encontraba abatida, confundida; luchando consigo misma. – ¿Creerás que la muy estúpida se atrevió a buscarme en mi oficina? – Dijo ella. – Me hizo pasar un mal rato. ¡La muy víbora! – Dijo, queriendo desahogarse. Yo no quise hablar. Permanecí escuchándola. – Me gritó que tú eres suyo, que nadie la bota, que si yo pensaba que ella te iba a dejar en mis manos, estaba muy equivocada. Me contó de su relación y de la manera como te mantenía comiendo de su mano. – Ahora comprendía. Margarita simplemente no se iba a conformar con un desplante. Para Margarita yo -y cualquier persona-, no era más que un juguete en sus manos. Se sentía con derecho a tomar mi vida y despedazarla a su antojo. Se sentía con derecho a invadir la privacidad de Lucy, a exponerla al ridículo, a exhibir con descaro sus pasiones. ¡Pobre de ella! Nunca como ahora me había producido tan profunda tristeza por su actitud autodestructiva. Se estaba quedando sola y lo peor era que ella sola se lo estaba buscando. – Lucy, amor, lamento tanto que tuvieras que pasar por todo esto. Lamento que esa mujer tan irresponsable te pusiera en esta álgida posición. – Dije, pretendiendo reconfortarla. – No lo hagas. – Dijo ella. – Quizás, era necesario. – Puntualizó, como si ella misma trata de convencerse de sus propias palabras. – Lucy, yo, decidí anoche contarte toda la historia, pero veo que ya no es necesario. Sólo lamento no haber sido lo suficientemente oportuno para evitarte todas estas molestias. Anoche me di cuenta de que fui muy sucinto al señalar a Margarita como un error y comprendí que debí decirte porque. No necesito asegurarte que te amo con todas mi fuerzas, Lucy, pero si necesito que sepas que lo que tuve con Margarita fue sólo una pasión que confundí con amor, que le entregué mansamente mi confianza y decidí creer tanto en lo que quería recibir de ella, que yo mismo me cegué y no vi la realidad hasta que fue ya demasiado tarde. – Ella permaneció en silencio, mirando al vacío. No sé si estuvo escuchando, pero no recibí retroalimentación de su parte. – ¿Crees que algún día podrás perdonar que te excluyera de esa parte de mi pasado? – Dije con vehemencia, esperando el indulto. – No lo sé, Lucas. Ya no sé. – Se limitó a decir.

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Capítulo 05. Esporadic-OS.

Septiembre 30th, 2012 No comments

Un año, cinco meses atrás.

Esporadic-OS comenzaba a tomar forma. La primera fase del proyecto se había concluido con gran éxito. Esporadic-OS se constituía en un poderoso sistema operativo distribuido que soportaba, además, la paralelización, es decir, la capacidad para correr en un entorno de múltiples procesadores ya sea estrecha o ligeramente enlazados. Por decirlo de otra manera, Esporadic-OS podía correr en una microcomputadora convencional, como la que tienen millones de usuarios a lo largo del mundo y podía correr en plataformas que contaban con múltiples procesadores, ya sea que todos éstos se encontraran montados dentro de la misma computadora o se tratase de múltiples computadoras conectadas en red. De hecho, como consecuencia de una propuesta mía, Argus había desarrollado una supercomputadora debido a esta característica de Esporadic-OS, con el fin de crear un entorno nativo para el sistema operativo. Esa propuesta fue una de las razones por las que surgió el conflicto entre Idelfonso y yo, que enfrió las relaciones entre ambos y que provocó que se le excluyera del proyecto, haciéndome quedar como responsable absoluto del mismo. Idelfonso no veía la necesidad de desarrollar un nuevo hardware, cuando este nuevo hardware difícilmente estaría disponible para el usuario común y tenía razón, parcialmente; sin embargo, su única preocupación era que la construcción de la supercomputadora alargara el proyecto.

Él disfrazaba su preocupación con razones como que lo único que se me había pedido era que se desarrollara un sistema operativo para poder simplificar el diseño de Atalaya. Que desarrollara una plataforma específica para Esporadic-OS era algo simplemente innecesario desde su perspectiva. Por mi parte, yo estaba ya pensando en el siguiente paso, la siguiente etapa del proyecto Esporadic-OS, sus capacidades en el ámbito de las telecomunicaciones.

Este fue otro de los factores que desencadenó el conflicto. Idelfonso tenía la idea de que no se haría nada diferente a lo que existía en ese momento en el mercado en lo relativo a la comunicación entre redes de computadoras. Más aún, no justificaba el que se desarrollaran nuevas tecnologías. Solía decir que nosotros jamás podríamos hacer algo que pudiera competir contra los desarrollos de los países altamente tecnificados, que únicamente estábamos perdiendo nuestro tiempo y el de Argus, además de que estábamos haciendo el proyecto más costoso de lo necesario.

Aunque se cuidaba muy bien de expresarlo abiertamente, todo el proyecto para él no era más que una innecesaria pérdida de tiempo. Su justificación era la de siempre: si ya está hecho, para qué volverlo a hacer. Creo que, incluso, una vez el dijo que en nuestro país no se desarrolla tecnología, que no tenemos el nivel y que, además, no es necesario. Otros países van muy por delante del nuestro en ese rubro y que países como el nuestro sólo deben limitarse a adquirirla ya desarrollada.

Esa actitud retrógrada y conformista, por no calificarla como malinchista, era algo que repudiaba desde lo más profundo de mi ser.  Por limitaciones de visión como esta nuestro país se encontraba sumergido en un profundo retraso científico y tecnológico, por actitudes como ésta, nuestra gente se había vuelto negligente en su trabajo y, peor aún, para consigo mismos; por ideologías como ésta, crecía cada vez más la dependencia científica, tecnológica y económica de nuestro país con respecto a los países industrializados. Sin embargo, en la mente de Idelfonso no cabía la posibilidad de que un compatriota pudiera colocarse a la par o por encima de cualquier extranjero en estos rubros.

Esporadic-OS podía correr en múltiples plataformas, no obstante sus divergencias. Para explicar esto debo decir que, históricamente, los sistemas operativos han sido desarrollados para correr en una computadora en particular. Esto es debido a que la base de todo programa, incluidos los sistemas operativos, es el conjunto de instrucciones que soporta el procesador que tiene montado la computadora. Sin embargo, desarrollos más recientes han permitido superar este obstáculo. Esporadic-OS lo hacía. Para conseguirlo, Esporadic-OS se construía alrededor de un núcleo, que era diseñado para una máquina específica y que implementaba un lenguaje para una máquina abstracta genérica. De esta forma, no importaba que arquitectura se usara como plataforma para implementar Esporadic-OS, éste siempre podría funcionar. Por otro lado, Esporadic-OS también proporcionaba un nivel muy alto de abstracción en su capacidad de distribución.

La idea subyacente era que el nivel de abstracción está relación directa con la percepción que los usuarios tienen del sistema y de la ubicación de los recursos de éste. Mientras más tenga el usuario que saber sobre la posición física de un recurso dado, menor es el nivel de abstracción. Esporadic-OS liberaba al usuario de la necesidad de preocuparse por la distribución de los recursos conectados al sistema a un grado máximo, lo que lo hacía un sistema operativo bastante simple de operar.

Pero la simplicidad necesariamente implica un costo, el cuál era perfectamente cubierto por Esporadic-OS. La facilidad de operación implicaba controles mucho más rigurosos, que estaban completamente soportados por Esporadic-OS, tales como el control de concurrencias que, por sí mismo, era un subsistema robusto y confiable. Particularmente, la seguridad del sistema se constituía en uno de los sistemas de más alto riesgo. Dada su importancia, yo mismo me encargué de este subsistema para asegurarme de que se cubrían todos los aspectos que se debería considerar. Sergio y Raúl fueron mis colaboradores en esta asignación. Entre los tres diseñamos e implementamos los mecanismos de seguridad del sistema. Como es de esperarse, también llegamos a tener nuestras diferencias, pero era mucho más sencillo alcanzar un consenso con ellos.

Raúl había sido contratado específicamente para este proyecto. Tenía actitudes de divo.  Era un tipo bien parecido que terminaba agradando siempre a todo mundo. Yo creo que la gente físicamente atractiva suele provocar ese efecto aunque no se lo proponga. Su extensión repiqueteaba constantemente y, según pude constatarlo personalmente porque en muchas ocasiones tuve que contestar, gran parte de las llamadas eran de mujeres buscándolo. Había sido agraciado por la naturaleza y, para su fortuna –creada por su propia apariencia-, eso le abría muchas puertas. En lo concerniente al trabajo y quizás, influido un poco por su acostumbrado éxito en todo, ocurría con frecuencia que cuestionara cuanto se le proponía.

Debo aceptar que muchos de sus cuestionamientos eran benéficos para el proyecto, pero había algunos desacuerdos que era difícil negociar. No sé en realidad quien tenía la razón cuando dichos desacuerdos surgían, pero es indiscutible que uno de los dos, o él o yo, se resistía a ceder por puro orgullo.

Algo que me sacaba de quicio era que no se apegara a las especificaciones. Muchas especificaciones del producto habían sido completamente definidas mucho antes de que él se integrara al equipo. Es cierto que muchas de estas especificaciones habían sido propuestas por mí mismo, pero la decisión final había sido producto de, muchas veces, álgidas discusiones en las que examinábamos las ventajas y desventajas de implementar tales características. Al menos ese trabajo de selección y definición merecía un poco de respeto.

Era frecuente que, cuando algo no le parecía como estaba definido, Raúl modificara por su cuenta las especificaciones o diseñara algo que no se apegaba en absoluto a ellas, sin pedir autorización para ello y, muchas veces, llegué a discutir con él por su rebeldía. Sin embargo, era muy bueno en su trabajo y yo prefería que se atreviera a contradecir, porque estaba conciente de la importancia que tienen los errores en todo proceso creativo. Mayor, tal vez, que la que tienen los aciertos.

El subsistema de seguridad se había construido como un componente muy robusto y confiable de la arquitectura de Esporadic-OS, afortunadamente, a pesar de las frecuentes divergencias entre Raúl y yo. Entre sus capacidades se encontraba un añadido, que era la posibilidad de identificar usuarios por medio de dispositivos de identificación biométrica. Esto, tecnológicamente, no era una novedad. La novedad era, más bien, que este soporte se hubiera implementado de facto.

Un buen día, un incidente llamó poderosamente mi atención. Una subrutina que ya había sido probada arrojaba un mensaje de error que no había visto. De hecho, no recordaba haber incluido ese mensaje específicamente dentro de la lista de mensajes de error que Esporadic-OS podría generar. El mensaje sugería que el acceso a un recurso no se había podido completar satisfactoriamente debido a que la subrutina violaba una región protegida de la memoria. De momento sólo pensé que se trataba de alguna condicionante que no había sido contemplada en el plan de pruebas y lo atribuí a un apuntador mal direccionado. Le pedí a Sergio y a Raúl que se encargaran de revisar el código y corregirlo y ocupé mi tiempo en otras cosas. Si algo quedaba absolutamente claro para mí, es que la suposición es la madre de todas las cagadas. ¡Pronto recordaría porqué había llegado a acuñar esa frase como una convicción personal!

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Capítulo 04. El conflicto.

Septiembre 30th, 2012 No comments

Dos años, un mes atrás.

Hacer el amor con Lucy no era el simple llamado de una función biológica. Hacer el amor con Lucy era eso: despertar múltiples sensaciones en nuestros cuerpos y sentidos. Era llevar cada célula de nuestros cuerpos a un éxtasis interminable de sensaciones explosivas que se propagaban incontrolablemente, en una reacción en cadena, a través de nuestra piel hasta tocar nuestras almas, fundiéndonos en un solo ser. Hacer el amor con Lucy era descubrir en la carne, el bienestar que se le depara a un alma que ha alcanzado la gloria. Significaba compartir, entregar, descubrir. Cada caricia, cada beso, todos ellos, eran sólo elementos que, en conjunto, revelaban una profunda necesidad de comprensión mutua. Era redescubrir algo que, de antemano, ya sabía: Que no había mejor lugar para mí que sus brazos, ni mejor regalo que su amor, ni mejor sensación que la que su sola esencia me producía. Era también aceptar que nada de eso sería posible si ella no se sintiese igual, que nada de eso podría nunca existir, si no era yo capaz de despertar en su ser las mismas sensaciones que ella podía ocasionar en mí.

La comunión nunca fue necesaria entre nosotros porque éramos ya uno solo, aunque divido en dos cuerpos que, por capricho del destino, fueron capaces de reencontrarse y volverse a integrar.

Éramos afortunados. ¿Cuántas veces ocurre esto en la vida? ¿Cuántas personas son tan afortunadas, como lo éramos nosotros, de conocer y entender esta sensación? Muchas personas pasan su vida sin conocer nunca lo que es el amor.

El amanecer nos sorprendió desvelados, pero no había cansancio. Ella tenía que abordar un avión y yo debería presentarme a una reunión a la que había sido requerido para sorpresa mía. La reunión involucraba solamente a personal directivo, según pude leer en el mensaje que se me había enviado previamente, pero me asombró que requiriesen mi presencia. El hecho me halagaba.

Tomamos un desayuno frugal y cada uno se dirigió a su destino. Hacía mucho tiempo que no habíamos tenido la oportunidad de compartir un momento tan íntimo. Las actividades de ambos nos mantenían absortos en nuestras ocupaciones y pocas veces lográbamos coincidir.

Tan pronto llegué, Idelfonso me interceptó. – ¿Tienes idea del motivo de la reunión? – Preguntó. – Ni la más remota idea. – Contesté. – ¿Ah, si? – Inquirió. Su insolente insinuación me molestó. – ¡Ya te lo he dicho! Probablemente yo he recibido el mismo correo electrónico que tú. Si lo dudas, te lo puedo reenviar. -  Dije. Pocas veces dejaba que alguien me sacara de mis casillas, pero este tipo se había vuelto muy irritante y posiblemente el desvelo comenzara a afectarme. Para evitar que la situación se complicara, me excuse y me dirigí a mi cubículo para revisar mis pendientes. A la hora fijada, acudí a la oficina de Braulio, en el noveno piso.

En realidad, el edificio de Argus no era un rascacielos, pero desde la ventana de la oficina de Braulio se extendía una vista impresionante. Llegué con la mayoría de los citados, aunque está por demás decir que algunos faltaban, incluido Idelfonso.

Braulio decidió esperar sólo cinco minutos, el tiempo suficiente para que su asistente llamara a la extensión de los faltantes para hacer que se presentaran. Mientras tanto, pláticas intrascendentes inundaron el recinto.

Alguien que no recuerdo trataba de hacerme explicarle los procesos de pensamiento que me llevaron a proponer Atalaya. Me esforcé por satisfacer su curiosidad. En realidad, siempre he sido alguien muy callado. Difícilmente permito a otros involucrarme en conversaciones. Aún no sé porqué. Sólo sé que paso la mayor parte del tiempo pensando y me siento muy a gusto en ese soliloquio interno, conversando conmigo mismo. Tanto, que es muy frecuente que los demás pasen por dificultades muy serias para hacerme hablar.

Braulio nos interrumpió. Habían transcurrido los cinco minutos de plazo y decidió que no podíamos esperar más. A esas alturas solo un par de ejecutivos faltaban de llegar, además de Idelfonso.

-    Caballeros – inició Braulio – he solicitado su presencia aquí porque creo que ha llegado el momento de cristalizar un antiguo proyecto mío, de mis años de universidad – dijo – y pobre de aquel que se atreva a insinuar cuanto tiempo ha pasado. – La broma surtió su efecto. Todos reímos de buena gana.  – Mi proyecto consiste en desarrollar un sistema operativo. He retomado ese proyecto que llenó de ambición mis años de juventud porque considero que éste es el momento oportuno, ahora que hemos echado a andar Atalaya. – Algo conectó las dendritas y axones apropiados en mi cerebro y el chispazo producido me hizo comprender que rumbo tomaría esta reunión. Ahora sabía el motivo, lo que no comprendía aún era porqué había sido incluido. Quizás, Braulio me pediría que respondiera a algunas preguntas sobre Atalaya, tal vez querían conocer mi opinión al respecto. La verdad es que hubiera preferido que Idelfonso estuviera presente para prevenir que quisiera acosarme, culpándome de no tomarlo en cuenta y de saltarme las jerarquías.

Debido a la continua necesidad de renovar el software para complicarle a los crackers la ruptura del código, la codificación de las instrucciones necesarias para recuperar los datos colectados por Atalaya debía sufrir modificaciones de manera ininterrumpida. Esto era poco eficaz en cuanto a costo y esfuerzo. Lo ideal, al menos, lo que un desarrollador experimentado haría, era construir módulos de propósito general y estructurarlos bajo alguna convención predeterminada. Así, el módulo correspondiente al protocolo que Atalaya usaba para transmitir los datos del usuario a la torre de vigilancia sería congruente en todos los productos de Argus, y no necesitaría ser reescrito cada vez. Sin embargo, este era el punto vulnerable del sistema. Para nuestros propósitos era indispensable que esa porción de código en particular cambiara en cada producto y la solución ideal, no resultaba ser la solución adecuada. Pero el enfoque que le había dado Braulio era brillante, ya que al construir todo el sistema operativo, haciendo que éste implementara de facto la tecnología de Atalaya solucionaría completamente el problema. La razón para ello es que a través del sistema operativo se podrían definir áreas protegidas del sistema de manera intrínseca, a las que sólo se tuviera acceso si los permisos requeridos habían sido previamente otorgados. Esto simplificaba el problema y garantizaba la protección requerida.

-    Para aquellos de ustedes que son neófitos en este argot – comenzó a explicar Braulio -, un sistema operativo  es un programa que le simplifica la vida al usuario no versado en los menesteres de la computadora. Esconde la complejidad del sistema y le permite al usuario crear las maravillas por las cuales usa la computadora. Claro está que el sistema operativo hace mucho más que eso, pero creo que esa explicación les bastará. Ahora bien, la importancia de mi propuesta – dijo, dedicándome una mirada de complicidad – radica en que el sistema operativo nos permitirá simplificar enormemente nuestra codificación, reducir esfuerzos y abatir costos – terminó la oración, modulando su voz al pronunciar las últimas dos palabras y mirando ahora con su característica mirada de complicidad a Carlos, el recluta de más reciente adquisición, quien se encontraba a cargo de la contraloría en la empresa.

Todos seguíamos con atención el discurso de Braulio. Cada uno de los presentes estaba implicado de una forma u otra en la propuesta de Braulio. Aún así, para mi no resultaba completamente clara mi función en esta reunión.

-    Como Lucas es el culpable de que hayamos llegado hasta este punto – dijo, más con un tono condescendiente que con ánimos acusatorios – he decidido que él asuma la responsabilidad de este proyecto. – Las felicitaciones y comentarios de apoyo se iniciaron en ese momento. – Así que, Lucas, nos gustaría que te comenzaras a involucrar. Sé que has realizado un trabajo impecable antes y no espero menos de ti. – Puntualizó.

Más que nada por cuestiones de logística, Carlos había quedado como jefe común para Idelfonso y para mí. Al terminar la reunión se acercó a mí y me pidió que esperara a que él hablara con Idelfonso antes de que yo hiciera cualquier comentario al respecto. Él tenia antecedentes de la álgida situación entre Idelfonso y yo. Además, por protocolo, consideraba que era mejor que él le comunicara a Idelfonso sobre la decisión que Braulio había tomado. Estaba al tanto de la importancia que las jerarquías tenían para Idelfonso y como tenía que cohabitar con ambos, consideró que era deseable que él actuara como mediador.

Para mí resultaron muy claros sus propósitos, por no decir cuán convenientes me parecían, así que acepté su solicitud de inmediato. Íbamos de salida cuando Idelfonso recién llegaba. – ¿Qué paso mi querido Idelfonso? – dijo Carlos dedicándole una sonrisa franca bajo su profuso mostacho. – Te estuvimos esperando. – Le informó más a manera de broma que como regaño. – ¡Te extrañamos! – Bromeó. – ¡Ya sabes que tengo mucho trabajo! – Respondió Idelfonso. “Para variar”, pensé. – ¡Vente! ¡Ven conmigo a mi oficina! – Urgió Carlos, sin dar oportunidad de entrar en detalles. – ¿Me vas a regañar? – Bromeó Idelfonso. Ambos desaparecieron al final del pasillo mientras yo regresaba a mi cubículo. Tenía mucho en qué pensar. Una asignación como ésta es el sueño dorado de cualquiera. No podía darme el lujo de fallar. En los próximos días seria necesario que me dedicara por entero a estructurar una propuesta. Era la oportunidad que esperaba para sacar a colación algunas inquietudes mías que me habían surgido gracias a diferentes circunstancias.

Pero no pude permanecer embebido mucho tiempo en mis cavilaciones. No habían pasado quince minutos desde que vi a Carlos e Idelfonso dirigirse a la oficina del primero, cuando mi extensión repiqueteó.  – Mi estimado Lucas, vente a mi oficina como de rayo. – Dijo Carlos en su acostumbrada entonación relajada y bonachona. – Voy. – Le confirmé.

Al entrar a la oficina de Carlos esperaba encontrar a un Idelfonso furibundo. En su lugar, encontré a un camarada que me felicitaba por la asignación aparentando muy bien su alegría por mi logro. Carlos se limitó a decirme que, aunque tendría a mi cargo el proyecto, debía dirigir cualquier consulta a Idelfonso y coordinar con él cuanto hubiera que hacer. Naturalmente esto me incomodó, pero no consideré oportuno expresar mi descontento. “Después de todo fui yo quien recibió el encargo.” Pensé. “Este tipo ni siquiera se molestó en llegar.” Me encontraba realmente consternado, pero no permitiría que –siquiera-, mi lenguaje corporal me delatara. – Idelfonso, encárgate de que cualquier proyecto que Lucas tenga en este momento sea delegado a alguien más y deja que se concentre en el nuevo proyecto. – Ordenó Carlos.

* * *

Esa noche el cansancio me abatía. Mi cama reclamaba con gran urgencia mi presencia. Además de cansancio sentía consternación. No me había gustado en absoluto la posición de saqueo que habían asumido Idelfonso y Carlos. Sentía que algo me había sido arrebatado. Lo que me tenía más molesto fue la actitud de prepotencia que Idelfonso me había mostrado durante la tarde, cuando me llamó a su oficina y me urgió a que compartiera con él detalles sobre los avances que había hecho después de la reunión. Yo no quería compartir con él mis ideas, al menos no hasta que tuvieran una forma que él no pudiera cuestionar.

En Idelfonso era característica la negligencia. Supongo que alguna vez había oído o leído que las mentes brillantes simplifican, pero consideraba que, de ser así, él había malinterpretado el significado de dicha simplicidad. Por ello, quería tener una idea suficientemente madura y sólida, para no dejarle lugar a sus “sugerencias”. Esa fue la razón de que simplemente le dijera que me encontraba trabajando en ello. No obstante, él insistió, arguyendo que algún avance debía de tener. Yo simplemente le dije que sí, que había pasado el día identificando las funciones que el sistema debería soportar y que eso me tomaría varios días. Decidí no complicarme más la vida y me fui a dormir.

* * *

Lucy había tenido que viajar de urgencia a Hong Kong, a atender asuntos de negocios que su compañía le había delegado. Estaría por allá un par de semanas. Aproveché estos días para dedicarme por completo a la definición del proyecto. Para su regreso, ya había definido los componentes del sistema, las funciones que debía integrar, había identificado a aquellos de mis compañeros que mejor podrían contribuir al proyecto, había elaborado una gráfica de asignación de tiempos y recursos, había estimado costos, presupuestos, proyecciones, etcétera. Por supuesto, había mantenido al tanto –religiosamente-, a Idelfonso. Este no perdía oportunidad para intentar insertar sus opiniones, pero había conseguido disuadirlo la mayoría de las veces explicando la razón de mis propuestas.

Sin embargo, pronto aparecieron serias divergencias entre ambos. Esto dio lugar a una nueva intervención de Carlos y yo, simplemente, pedí que se me excluyera del proyecto sino se me permitía hacer mi trabajo con libertad. Como ya era costumbre, acompañé mis argumentos de sesudos razonamientos y pruebas que justificaban plenamente mi posición. Eso me ayudó a conseguir que se me diera absoluta libertad para proceder, sin la supervisión de Idelfonso. Obviamente, Idelfonso no quedó muy contento con el fin al que habían llegado las cosas y exigió una garantía. Finalmente acordamos que yo me dedicaría completamente al proyecto, con todas las libertades que exigía, a condición de que terminando éste volviera a reportar a Idelfonso. Me pareció justo, aceptable. Después de todo –siempre lo había dicho-, yo no buscaba el puesto de Idelfonso. Lo único que quería era entregar el mejor trabajo de mi vida.

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Capítulo 03. Atalaya.

Septiembre 30th, 2012 No comments

Dos años, cinco meses atrás.

Tras la reunión un naciente frenesí se desató en el ánimo de los semidioses. Nuevas reglas habían sido establecidas, nuevas estrategias de publicidad y mercadeo habían sido desarrolladas. La opinión pública se mostraba impaciente y a la expectativa. El proyecto –en términos generales-, había sido recibido con gran entusiasmo.  El nombre código para el proyecto se definió como Atalaya. Precisamente de eso se trataba todo. Argus se erigiría como una torre de vigilancia.

Contrario a lo supuesto inicialmente, al público pareció no importarle demasiado el hecho de que el software que utilizaban monitoreara su actividad. No obstante, pronto aparecieron grupos extremistas exigiendo que el congreso de la nación legislara en cuanto al alcance de este monitoreo.

Sin embargo, Argus respondió haciendo del dominio público la naturaleza de esta vigilancia. Simplemente se trataba de detectar cuándo y por quién el software era utilizado. El algoritmo que recopilaba estos datos fue publicado libremente. Cualquiera que así lo deseara, podía ver qué información se colectaba. “Después de todo,” argumentó Argus en apoyo a su postura, “en el mundo de nuestros días, las personas son vigiladas consciente o inconscientemente. Cuando realizamos transacciones en los cajeros automáticos, cuando ingresamos a una tienda a comprar víveres u otros artículos -incluso-, cuando utilizamos la Internet, por cualquier propósito que se nos ocurra. Todos los días, nuestra información personal es recopilada y manipulada inevitablemente.

Como es natural, a pesar de esta explicación, algunos grupos radicales exigieron el respeto al derecho inalienable del ser humano a su intimidad. “Como cualquier compañía legítimamente establecida, nosotros tenemos el derecho a proteger nuestros intereses de los piratas, quienes, como parásitos, obtienen beneficios ilícitamente a nuestras costillas.” Replicó Argus. Pero, como en toda guerra, el contraataque no se hizo esperar. “Si la gente recurre a la piratería es porque no puede pagar los altos precios que las compañías imperialistas del mundo imponen a sus productos para acumular riqueza, mientras someten al pueblo bajo su yugo”, otras voces decían. Evidentemente, la controversia no paró. Es más, se extendió hacia otros ámbitos, como el reclamo de algunos porque el software se utilizara como instrumento de publicidad.

La competencia empezó también a utilizar estrategias similares pero, como sugiere el viejo dicho “quien pega primero, pega dos veces”. El ataque más fuerte, como ya se había previsto, provino del mercado negro. Ante la imposibilidad de reproducir software y distribuirlo a un costo diez o más veces por debajo del costo del software original, los nuevos piratas comenzaron a especializarse más e intentaron romper el código para poder ahora vender los espacios publicitarios al nicho que Argus, aún, no tenía cubierto: el de aquellas compañías que buscaban posicionarse.

Sin embargo, en esto también Argus se adelantó. Ya se habían hecho los estudios necesarios para predecir cuanto tiempo tomaría para que esto ocurriese y la estrategia de Argus fue planeada por fases, cuya duración se previó para contemplar este inconveniente.

También se consideró la posibilidad de que hubiera crackers que inhabilitaran el mecanismo de monitoreo incluido en el software. Este problema en particular se solucionó de dos maneras. Por un lado, el protocolo que realizaba la función de monitoreo fue codificado meticulosamente para complicar tanto como fuera posible la labor de un posible cracker, haciendo que romper el código fuera una tarea extenuante, muy cara en tiempo, dinero y esfuerzo. Se utilizaron subrutinas similares a las utilizadas por los virus polimórficos e invisibles. Se cifró digitalmente porciones del código y se esparció este a lo largo de interminables cadenas del ríspido lenguaje de la máquina.

Obviamente, aún así existía una posibilidad –por mínima que fuera-, de que un cracker muy determinado rompiera el código y revelara el secreto. Esto se combatió jugando con el ciclo de vida del software. Tan pronto como se considerase que existía un riesgo muy alto de que el código de algún producto fuese violado, Argus respondía liberando, no una versión mejorada del mismo, sino un producto radicalmente nuevo, con características ampliadas y mejores funciones, que soportaba –evidentemente-, las características propias de los correspondientes productos predecesores.

Toda esta planeación logró su objetivo principal, que era el de presentar una cruenta batalla a la piratería. Al ver éxito alcanzado por Argus, pronto otras compañías intentaron estrategias similares, adaptadas –claro está-, a la naturaleza de sus productos. Por supuesto, esto sólo representaba un obstáculo en el camino de los piratas. Pero era un obstáculo muy difícil de vencer.

* * *

 Un buen día Idelfonso me pidió que lo visitara en su privado. Él se encontraba sentado frente a su estación de trabajo, aparentemente ocupado. – Pasa. – Me dijo. Yo entré y tomé asiento frente a él. – Quiero felicitarte por el éxito de tu propuesta. – Me dijo. – Sinceramente, no comprendí al principio su alcance pero, conforme lo explicabas en aquella junta, se me hizo muy claro porqué era una idea ganadora. – Continuó. – Veo, con beneplácito, que tu idea ha funcionado como se planeó, aunque debo reconocer que tenía mis dudas. – Dijo. “Y esperabas que fracasara.” Pensé. – Independientemente de ello, – continuó sin darme la oportunidad de hacer cualquier comentario – lo que recupero de todo esto es que tu aportación ha sido benéfica para el departamento, Lucas. Ahora nos toman más en serio y espero continuar así. – Indicó. “Pero . . .” pensé. Empezaba a captar el punto hacia el cuál Idelfonso se dirigía. – Pero sigue sin gustarme tu actitud, Lucas, ahora eres el héroe, pero todos necesitamos de todos. Reconozco que a mí jamás se me habría ocurrido una idea tan brillante como la tuya. Por eso, Lucas, quiero invitarte a que, en el futuro, discutas primero conmigo tus ideas, antes de que las expongas por tu cuenta. Recuerda que existen jerarquías. Se ve muy mal que pases por alto las jerarquías. Yo sé que quieres escalar posiciones y lo entiendo. Yo mismo he estado alguna vez en tu posición y sé muy bien que tu turno llegará. – Afirmó. – Idelfonso – interrumpí – si lo que insinúas es que sólo busco escalar posiciones a costa de las jerarquías impuestas, discúlpame, pero estás equivocado. No me interpretes de la manera errónea, como tú, yo estoy aquí por el dinero; como a ti, a mi también me interesa mejorar mis condiciones de vida, pero tener un puesto similar o más importante que el tuyo no es mi objetivo profesional. Sé que mejorar mi situación económica va invariablemente ligado a escalar posiciones, pero mi caso es diferente Idelfonso, yo amo lo que hago, me apasiono por mi trabajo. Ahora, por otro lado Idelfonso, se nos citó a esa reunión un Viernes por la tarde. En el mensaje de correo electrónico se nos pedía que preparáramos una propuesta. Yo terminé mi propuesta hasta el Domingo por la noche y el Lunes te vi hasta el momento en que tú entraste a la sala azul. Aún así, suponiendo que te hubiera visto antes, yo no tenía forma de saber que estabas interesado en nuestras propuestas, ni tú sabías lo que cada uno iba a proponer. Simplemente, ni tú, ni yo teníamos forma de saberlo. Tú debiste comunicárnoslo con anticipación para prevenir que esto llegase a ocurrir. – Expuse. Mi posición era clara. No iba a permitir que este tipo me inculpara tan fácilmente. – ¡Por eso! – dijo él. – Mira, se trata simplemente de que somos un equipo. Tú sabes que en un equipo ningún miembro es más importante que los otros. Quiero que entres en el redil y colabores con nosotros, como parte del equipo. – Insistió. Podía discutir, pero no tenía caso. Nunca me ha parecido que entrar en una discusión por necedad tenga sentido. Siempre que he detectado que alguno de los participantes en una discusión –incluyéndome-, comienza a ponerse necio, trato de cortar la discusión tan pronto como me es posible. – Bien, si así lo deseas, cuenta conmigo. – Acepté.

 * * *

Hacía tiempo que Lucy y yo no pasábamos un rato juntos. Esa noche –por fin-, tuvimos la oportunidad de encontrarnos en su departamento. La cena había transcurrido entre comentarios poco trascendentes acerca de nuestras respectivas ocupaciones y de los eventos que habían ocurrido en nuestras vidas desde la última vez que nos habíamos visto. Ella parecía muy animada. Las cosas iban bien para ella y no paraba de hablar de sus proyectos. También mostró interés por mis actividades y le relaté la manera en que las cosas habían resultado.

En medio de la plática, un sentimiento repentino de bienestar se adueñó de mis sentidos. Hacía mucho que no departíamos como esa noche. – Amor, te he extrañado mucho, mucho. – Le dije. – ¿Ah, si? ¿Cuánto? – preguntó coqueta. – Pues, déjame ver si puedo ser lo suficientemente elocuente. – Respondí. – Me has hecho tanta falta, que mi corazón se ha sobrecogido cada vez que mi mente ha volado hacia ti, lo cual ha sido muy frecuente. ¿Cómo no pensar en ti? Si cada cosa que veo me recuerda a ti, si cada cosa que hago está inspirada en ti. Los sonidos de la naturaleza, los colores, las texturas, todo lleva implícita en su esencia una pequeña parte de ti y -al combinarse-, inevitablemente integran en mi mente y en mi ser una perfecta imagen tuya. ¿Cómo no pensar en ti? Más aún, ¿Cómo evitar toda esa gama de sentimientos que tu sola esencia desborda en mí interior? Sin esos sentimientos que tú provocas yo sería nadie, sería nada, Estaría muerto, pues mi cuerpo no podría tomar conciencia de su entorno . . . porque mi entorno, Lucy, eres tú. – Ella me miró profundamente. Una pequeña sonrisa se había dibujado entre sus labios. Tomó mi mano y confesó: – Te amo.

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Capítulo 02. Alfa – Omega. El principio del fin.

Septiembre 30th, 2012 No comments

Dos años, seis meses atrás.

Un mensaje de correo electrónico había sido distribuido a todo el staff del Cubo. El mensaje decía:

A todo el personal de la División de Investigación y Desarrollo – Software.

Se les convoca a una reunión a celebrarse el próximo Lunes a las 10:00 AM en la sala azul. TEMA: Combate a la piratería. Sus propuestas serán bienvenidas.

Atte.

Dirección de la División de Investigación y Desarrollo – Software”.

-    ¿Leíste ya este memo, Sergio? – Pregunté a mi compañero, quien se encontraba absorto en su trabajo. – ¿A cuál memo te refieres? – Contestó él sin mucho afán. – Al memo en el que nos piden asistir a la reunión sobre piratería. – Respondí. – ¡Piratería! ¡Piratería! – Refunfuñó él para sus adentros. – Debe ser un problema muy grave. – Sugirió finalmente. – Supongo que si. – Dije. – Las ventas nacionales han estado cayendo en picada. Parece ser que nos va mejor en los mercados extranjeros. – Afirmé.

Eso era particularmente cierto. A pesar de los infantiles intentos de las autoridades por frenar la piratería, esta no solo no era erradicada, sino que las incidencias eran cada vez más frecuentes y el mercado negro parecía ser un mercado floreciente, prometedor e imparable.

Los noticiarios en la televisión –con mucha frecuencia-, hacían alusión a operativos realizados por las autoridades en los que –con todo lujo de violencia-, arrasaban con cuanto puesto callejero se encontraban.

Era usual que –de repente-, seleccionaran un tianguis cualquiera y llegara la policía a atacar a los comerciantes para incautarles de la mercancía. Entonces, los comerciantes se “defendían” atacando a la policía y acusándolos de represión.

Más que por afán de proteger a los fabricantes, este teatro se hacia -la mayoría de las veces-, con fines políticos. Era común que el candidato a determinado puesto en el medio político, acusara a su contrincante de algún manejo inadecuado y, para sustentar su tesis, motivaba un movimiento de las fuerzas policiales como el descrito. Naturalmente, al estar estos tianguis bajo el control de líderes de comerciantes, éstos aprovechaban la oportunidad para poner en evidencia los abusos de autoridad cometidos en su contra, todo lo anterior como una campaña de desprestigio político entre candidatos. Mas aún, los contendientes a posiciones de liderazgo político –en muchas oportunidades-, promovían acuerdos con tales líderes de comerciantes y de muchos otros sectores con el fin de obtener el apoyo “incondicional” a su causa.

Es evidente que este juego tenía una única finalidad: hacer un llamado a la conciencia popular para conseguir su aprobación hacia alguno de los contendientes en demérito del otro. Era ridícula la manera en que las autoridades pretendían convencer a la opinión pública de que ‘algo’ estaban haciendo. Era por demás evidente que las mismas autoridades estaban en contubernio con los infractores.

Pero el problema no se limitaba exclusivamente a las autoridades. La cultura en general era una cultura de impunidad, una cultura de mediocridad. Por triste que parezca, esa era nuestra realidad. Tras décadas de paternalismo, nos habíamos formado en una cultura de dependencia, impulsada por políticas y políticos populistas que sometían al pueblo aprovechando su creciente ignorancia, envolviéndolo en su demagogia, comprando el favor de su preferencia diciéndoles justamente lo que deseaban escuchar y tomando absoluta ventaja de la pereza intelectual de los individuos quienes, más entretenidos con los deportes o las telenovelas, dejaban de prestar atención al principio fundamental del análisis y escrutinio de la oferta política.

Nos encontrábamos sometidos por políticos que glorificaban el poder y que lo justificaban a través de la divinización de éste como medio. Para nadie es un secreto que los grandes imperios utilizaron -en algún momento de su historia-, el sometimiento basado en la fe cuando la fuerza falló.  El líder demagógico y populista se había convertido en dios, el estado laico en religión y nosotros, el pueblo, habíamos aprendido a rendirle culto a cambio de beneficios. Un perfecto círculo vicioso.

Estos mismos líderes justificaban sus decisiones afirmando que habían sido tomadas por y para el pueblo. Alegaban que revertir los devastadores efectos de sus errores y, más que nada, de las medidas que habían adoptado bajo la mortecina luz de sus tenebrosos intereses, era antipatriótico y aquél que se atrevía a cuestionarlos era automáticamente descalificado como iconoclasta e incluido dentro del selecto grupo herético que blasfemaba en contra del sistema.

Este paternalismo populista había originado en el pueblo una actitud de ‘sumisión comprada’; es decir, el pueblo había terminado aprendiendo que la manipulación y el engaño, eran la única forma permisible de satisfacer sus necesidades y deseos. El gobierno, por otra parte, jugaba con los intereses del pueblo, sumiéndolo en una economía inflada, acabando con el poder adquisitivo del dinero.

El desempeño de la actual administración podía calificarse de bueno; se habían producido suficientes esfuerzos que bien valía la pena considerar pero, dada la naciente competencia entre los diversos frentes, la mayoría de ellos encontraban un silo repleto de obstáculos.

El problema no era la ausencia de propuestas; éstas existían. Pero los diversos frentes estaban más interesados en asegurarse posiciones privilegiadas y tergiversaban lo que hubiera resultado en gran beneficio para la nación, disfrazándolo de medidas sórdidas y truculentas. No faltaba el defensor de los pobres que era capaz de satanizar una propuesta que, aunque a todas luces impopular para el ciudadano común, más interesado en la oferta televisiva, podía muy bien traer estabilidad económica al país tras un largo proceso de maduración.

Analizando más detenidamente la línea de acción de la actual administración, había algunas cosas en particular que parecían no cuadrar. Dadas las circunstancias de globalización en las que se encuentra sumergido el mundo de nuestros días, parecía muy natural que las propuestas de la actual administración se apoyaran, principalmente, en la inversión extranjera, pero Lucas pensaba que era mejor impulsar el desarrollo de la industria nacional pues, de otra forma, jamás podría romperse la relación de dependencia prevaleciente con la primera potencia mundial.

Esto, no obstante, estaba condicionado a un parámetro muy importante: la liquidez. Efectivamente, este representaba un obstáculo muy importante para la implantación de políticas nacionalistas que buscaran el fortalecimiento de la economía a través de la inversión interna y es que, gracias a décadas en las que se privilegiaba el sostenimiento del poder, más que los más intrínsecos intereses de la nación, parecía ser que la moneda que se distribuía en cualquier juego de turista internacional tenía un valor efectivo mucho más elevado que el de nuestra propia moneda.

A eso se reducía el problema de la piratería. El mundo globalizado de nuestros días exige a las personas una preparación que requiere el acceso a tecnología especializada de avanzada, pero el costo de tal tecnología muchas veces es inalcanzable. Cuando dicha tecnología se distribuye como un bien tangible, es un poco más difícil reproducirla ilícitamente pero, si el producto de dicha tecnología cae en el rango de lo abstracto, de lo conceptual, como lo es el software y las producciones fílmicas y musicales que, por su naturaleza inherente, son fáciles de reproducir, la piratería surge como una alternativa que es factible debido a que es más económica que el original.

Es obvio que la gente, que ve mermado su poder adquisitivo gracias a modelos económicos neoliberales, imperialistas, recurra a la piratería como medio para obtener satisfactores a los que, de otra manera, jamás tendría acceso. Tal tipo de modelos económicos era también la causa de un sinfín de desigualdades y abusos sociales y es que, dichos mecanismos habían sido diseñados para soportar el discurso, no la forma, de la propuesta política ofrecida. La solución, si es que la había, tendría que ser una solución radical, que comenzara desde la base fundamental del problema, y no oculta tras el disfraz de alternativas milagrosas y mesiánicas.

De ahí que Lucas fuera un defensor acérrimo de ideas nacionalistas que impulsaran el desarrollo económico comenzando en casa, fortaleciendo la industria nacional y estimulándola para hacerla resurgir. Lucas pensaba en una economía basada en el consumo, que requiere que la gente gane bien, que tenga acceso a educación de calidad y, sobre todo, que motive el desarrollo de ciencia y tecnología nacionales como motor impulsor del desarrollo económico. Lucas tenía fija la mirada en reformas que llegasen a la raíz del problema, atacándola desde el punto exacto donde surgen las desigualdades; en este caso concreto, Lucas creía que la raíz del problema era la falta de legislación adecuada que protegiese la propiedad intelectual y la inexistencia de los mecanismos apropiados para hacer valer dicha legislación. Pero también sabía que apelar a ello era fútil, dada la cruenta lucha por la hegemonía del partido y del individuo, en detrimento de los intereses nacionales. Por ello, sabía que tendría que formular una propuesta radical, que permitiera combatir el problema acatando las actuales reglas del juego.

El problema era serio. ¡Muy grave! Cualquier propuesta que se hiciera para combatir la piratería, tendría que considerar las circunstancias actuales. Lucas lo sabía y así lo expresó.

-    ¿Sabes Sergio? Creo que esta vez no bastará con crear algoritmos de cifrado más sofisticados. – Sugerí. Sergio me miró extrañado y preguntó: – ¿Qué quieres decir? – Yo me percaté de que me lanzaba una mirada dubitativa y suspiré profundamente, a la vez que respondía: – No lo sé aún mi buen Sergio, no lo sé aún. – Luego, me levanté y tomé mi chaqueta del perchero. – Creo que consultaré a Morfeo esta noche y lo digeriré durante el fin de semana. – Confesé. – ¡Conozco esa mirada! No sé que estás tramando Lucas, pero algo me dice que esta va a ser otra de las tuyas. – Comentó mientras me dirigía una perspicaz mirada de complicidad.

* * *

Bajé al estacionamiento y me dirigí a mi auto. Tenía que llamar a Lucy, pero no quise hacerlo desde mi cubículo. Odiaba mezclar los asuntos personales con los negocios. Lucy había sido mi novia desde hacía un par de años. La conocí en una conferencia que dimos a un corporativo para promover nuestros productos. Era una chica de origen asiático cuyos rasgos orientales le daban un toque de misticismo, aunque ella no era particularmente bonita. Había un acuerdo tácito entre ambos. Cada uno tenía su carrera y ésta era importante para ambos. Los dos sabíamos que vivir juntos sólo aceleraría el desencanto y, en honor a la verdad, ninguno de los dos se sentía lo suficientemente seguro de querer asumir compromisos más allá de respetar la fidelidad en nuestra relación. Se suponía que nos encontraríamos el fin de semana en mi casa, pero la reciente solicitud de la dirección me pondría a realizar una cruzada de investigación exhaustiva para poder preparar una propuesta. Tenía la intención de sugerirle que, en vez de pasar el fin de semana juntos, fuéramos sólo a cenar y divertirnos el Sábado por la noche. En realidad, no creía que tal sugerencia resultara un serio inconveniente para ella.

Abrí la puerta del auto y subí. Tome el celular y marqué su número. Se escuchó la señal de marcado y espere pacientemente en la línea mientras ella contestaba. Finalmente lo hizo. – Hola, habla Lucy Cheng, buenas tardes. – Contestó. – Hola chiquita hermosa, soy yo. – Respondí. – ¿Quién es usted y por qué me habla con tanta familiaridad? – Bromeó. – Sólo soy alguien que piensa mucho en usted, chinita preciosa. – Respondí. – Cielo, me temo que tendré que cancelar. Surgió algo. Trabajo. Tú sabes. Tendré que concentrarme. – Complementé. – ¡Uf! – Suspiró. – ¡Grandioso! La verdad es que no tenía muchas ganas de ir. – Me dijo con una franqueza apabullante. Enseguida rió. Comprendí que bromeaba; es decir, conociéndola como la conocía, sabía que algo había de eso. Nuestras vidas estaban consagradas al desarrollo de nuestros proyectos individuales y no era poco frecuente que llegásemos al fin de semana exhaustos y con deseos impostergables de exclusión, de aislamiento. Sin embargo, sabía que ella secretamente habría preferido pasar el fin de semana conmigo.

Hacía tiempo que nuestros encuentros se limitaban a salidas ocasionales, por el simple hecho de estar juntos y disfrutar mutuamente de nuestra compañía.  A veces, si el tiempo lo permitía, pasábamos la noche juntos, pero eso ocurría muy pocas veces. Ella era muy independiente y autónoma. Daba a cada situación la ponderación adecuada. Eso me fascinaba de ella. Pero a pesar de sus esfuerzos por no delatarse a sí misma, yo sabía que me amaba. ¡A su manera, claro! pero de forma contundente, incontrolable e incuestionable. Era perfectamente correspondida.

-    ¡Vaya! Yo preocupado porque la cancelación resultara problemática para ti y tú tan tranquilamente me dices que no tienes ganas de verme. ¡Increíble! – Bromeé. Ambos reímos. Luego continué. – Amor, te extraño, pero esto es importante. Te compensaré, lo prometo. – Prometí. – No lo tomes tan a pecho. – Respondió. – Entiendo lo que ocurre porque tú también has sufrido mis cancelaciones. – Añadió. – Te propongo algo. – Dije. – ¿Qué piensas de ir a cenar o a bailar mañana por la noche? – Pregunté. – ¡Bueno! ¡Tendré que conformarme! – Dijo, haciéndose la sufrida.

Lo demás fue la clásica conversación de una pareja. Permanecimos hablando un rato –¡Bastante largo! valga decir-, y luego arranque el auto y me fui a la casa. No era un problema sencillo, pero amaba los rompecabezas. Mi cerebro estaba saturado por el largo día de trabajo arduo, creando algoritmos. Difícilmente podría concentrarme en las propuestas que se nos habían pedido. Decidí -como en muchas otras ocasiones-, consultar a Morfeo.

A la mañana siguiente una idea comenzaba a gestarse en mi cabeza. Era una idea alocada, que implicaba un cambio de paradigmas, pero que podría resultar. Para producir tal cambio de paradigmas, tendría que tener bien clara la estrategia a seguir. Así que decidí consultar dos fuentes que tenía a la mano y que podrían ayudarme a madurar mis planes: ‘El príncipe’, de Nicolás Maquiavelo y ‘El arte de la guerra’, de Sun Tzu. Pero pronto se me hizo evidente que necesitaría consultar otras fuentes. Necesitaba mucha información, así que seleccione varios libros y pasé casi todo el día sumergido en la lectura y el estudio. También preparé una lista de temas que no había podido encontrar y decidí ocupar la mañana del Domingo en comprar algunos libros donde pudiera localizar la información que me hacía falta.

Por lo que respecta al Sábado, mi día terminó en una velada íntima con Lucy. Al otro día me levanté temprano y, de acuerdo a lo planeado, fui a buscar libros que me pudieran ayudar. Conseguí algunos y pude por fin terminar mi estudio. Para la noche del Domingo ya tenía estructurada una propuesta. ¡Estaba listo!

* * *

 Eran las 10:09 AM del Lunes. Aunque algunos ya nos encontrábamos en la sala azul esperando a que la reunión se iniciara, aún faltaban muchos por llegar. Yo siempre había odiado la impuntualidad. No concebía que en un ambiente de negocios –y, en general, en cualquier circunstancia-, las personas no tuvieran respeto por el tiempo de los demás. La excusa clásica era que había muchas otras cosas que hacer, como si con eso los impuntuales quisieran justificarse en nombre del trabajo, cuando en realidad hacían patente su desinterés por el trabajo, su falta de organización y –como consecuencia directa de ello-, su incompetencia, sin mencionar el desprecio por el tiempo de las demás personas.

Idelfonso fue uno de los últimos en entrar, disculpándose, como siempre lo hacía. Una vez que entró, el director de la DIDS (División de Investigación y Desarrollo – Software), Braulio Ordóñez, dio inicio a la reunión.

Braulio era un hombre entrado en los cincuentas, con el cabello parcialmente encanecido, sin vello facial; algo robusto y alto. Medía alrededor de un metro noventa. Sergio, mi compañero de cubículo también era relativamente alto -él media un metro ochenta y cinco–, y solía afirmar que todo aquel que mide cinco centímetros por debajo de tu propia altura es un chaparro así que -según creo-, desde mi perspectiva podía considerarlos a ellos altos.

El director de la DIDS, Braulio, era muy querido por mucha gente en la empresa. Yo le había dirigido la palabra únicamente para saludarlo o para despedirme, pero nunca habíamos tenido mayor trato. Sin embargo, pensaba de él como una persona muy agradable y –sobretodo-, muy tolerante.

-    Les he citado aquí este día – inició Braulio -, porque es imprescindible que afrontemos un problema muy serio que se nos ha presentado en el mercado nacional. Como ya deben suponer, me refiero a la piratería, que se está convirtiendo rápidamente en un problema incontrolable, por lo que es menester que encontremos soluciones ¡Ya! ¡De inmediato!. Quizás muchos de ustedes se pregunten: ¿Por qué se nos ha de involucrar a nosotros en algo que debe ser una decisión ejecutiva? Bien, la respuesta es que a Argus, la formamos todos. Argus no son las cabezas únicamente, sino todo el cuerpo y –considero-, si algo afecta a la cabeza, terminará afectando al cuerpo. – Muchos no pudieron controlar su impulso de aplaudir, incluyéndome. Braulio era un líder nato, sabía y gustaba de trabajar en equipo, delegaba, pero compartía, involucraba. Todos veíamos eso en él, todos teníamos de él la imagen de un líder incluyente y, de cierto modo, todos queríamos ser como él. – Bien, les escucho. – Concluyó dando lugar a que las propuestas y el debate iniciaran.

Varios de los presentes se inclinaron por mejorar los algoritmos de cifrado. Algunos propusieron novedosos algoritmos más sofisticados. Hubo quien propuso ofrecer descuentos atractivos en los precios de los productos que podrían ser recuperados a través del soporte e –incluso-, aquellos que estaban a favor de lanzar campañas de concientización para hacer comprender a la gente del daño que la piratería estaba ocasionando.

De pronto, Idelfonso pidió la palabra y habló, en su acostumbrado tono parsimonioso. – Braulio, déjame entender la situación. Sugieres que la piratería ha provocado pérdidas muy importantes en el mercado nacional, ¿cierto?- Dijo. – Así es. – Respondió Braulio. – Mi primera pregunta es, ¿Cómo se están comportando los mercados internacionales? – preguntó. Braulio pidió que se exhibiera la diapositiva donde se mostraba una gráfica de ventas y contestó: – Como se puede ver en esta gráfica, nuestras ventas han subido en los países desarrollados de América del Norte y Europa. Es interesante notar que Sudamérica empieza a presentar un patrón muy similar al de nuestro país, aunque relativamente más moderado, a excepción de Argentina, donde se ha hecho más crítico últimamente. – Explicó. – ¡Bueno! ¿Para qué complicarnos la existencia? – Continuó Idelfonso. – Olvidémonos del mercado nacional y concentrémonos en el mercado extranjero. ¡Nuestros productos arrojan mayores utilidades fuera del país! – Concluyó fríamente, como si se considerara digno del premio Nóbel. Pero la respuesta de Braulio fue casi inmediata. – Debo confesar, Idelfonso, que ya hemos considerado esta alternativa, pero presenta varios problemas; entre otros, Argus desaparecería del país a mediano plazo, salvo por algunas posiciones directivas que –a la larga-, terminarían migrando hacia nuevos horizontes, por un lado. Por otra parte, el enfoque a los mercados extranjeros incrementaría sustancialmente nuestros costos, tendríamos que abrir nuevas oficinas en el extranjero, contratar personal en las nuevas ubicaciones, otorgar salarios y beneficios acordes al costo del país donde reubiquemos . . ., no es tan simple. – Explicó. – Pero Braulio, hagamos un análisis comparativo de beneficio – costo. ¿Qué tan importantes son las pérdidas en el mercado local? ¿Qué tan importantes son la utilidades en el mercado extranjero? Pongámoslo en la balanza y decidamos. – Insistió Idelfonso.

-    Si me permiten, yo tengo una propuesta desde un enfoque diametralmente opuesto. – Interrumpí. Braulio e Idelfonso hablaron casi al unísono, el primero para pedirme que compartiera mi opinión y el segundo para pedirme que no interrumpiera su discurso. – Creo que esperaré un mejor momento. – Respondí por respeto a Idelfonso. – Gracias caballero. – Respondió éste, pero Braulio parecía querer salirse por la tangente a cualquier costo, así que me instó a continuar. – No, por favor, Lucas, dinos que propones. – Dijo. Animado por su apoyo, inicié mi exposición: – ¿No fue Nicolás Maquiavelo quien dijo “si no puedes vencerlos, úneteles”? – La carcajada no se hizo esperar y resonó fuertemente en todo el salón. Sergio no tardó en expresar lo primero que le acudió a la mente: – ¿Estas sugiriendo que nos convirtamos en piratas, Lucas? – Dijo. Idelfonso movía con desaprobación la cabeza, con los ojos cerrados y cubriéndose la frente, visiblemente molesto de que le interrumpieran por lo que parecía ser un chiste. Braulio, por otro lado, no atinaba a comprender del todo la razón de mi comentario, pero se mostraba a la expectativa, queriendo encontrar una explicación para mi intervención. – Por favor, Sergio, esta es una compañía seria. No creo que Lucas haya querido sugerir algo tan absurdo. – Dijo, instándome a que fuera más explicito. – Si y no. – Comencé. – La razón de mi comentario es que si queremos combatir la piratería, es tan simple como sacarlos del mercado. ¿Cómo? Haciendo que los piratas operen con pérdidas. – Dije, respondiendo a mi propia pregunta. Braulio luchaba visiblemente por entender mi punto. Idelfonso –por otra parte-, comenzaba a exasperarse. – No veo el sentido de este absurdo – comentó Idelfonso – Finiquitémoslo de una buena vez. – Remató. – Si me permiten un momento, por favor, les mostraré mi punto – insistí. – El problema aquí es que hemos enfocado estrechamente nuestro campo de visión. Nos estamos limitando a lo que la lógica nos indica y dejamos de ver lo obvio. Si queremos que los piratas operen con pérdidas, lo que tenemos que hacer es ofrecer nuestros productos gratis. – Continué. – ¡Vaya estupidez! – Interrumpió Idelfonso. – ¡No! ¡No! Dejemos que Lucas exponga su punto. Dinos Lucas, ¿cómo pretendes que nuestro negocio sobreviva si empezamos a regalar nuestro trabajo? – Preguntó Braulio con visible interés. – Publicidad. – Remarqué, trazando con mis dedos un rectángulo que encerraba imaginariamente a la palabra con que respondí tan escuetamente a la pregunta de Braulio. – Insertemos dentro de nuestro software publicidad. – Expliqué. – ¡Por dios! ¡Eso es lo más estúpido que he oído! – Declaró impaciente Idelfonso. – ¿Tú crees? – Le respondí en tono grave. Algo que parecía estar a la orden del día eran los insultos, las reprimendas a la capacidad intelectual de cada uno de quienes participábamos en la reunión, de unos a otros. Ese era el estándar en las reuniones de la DIDS. En realidad, nadie lo tomaba de manera personal. Piensa en ello. Junta a un grupo de personas cuyo trabajo es puramente intelectual y lo que obtienes es un semillero de individuos arrogantes atacándose unos a otros, tratando de aplastar el enorme ego del contrincante. – Vean, la lógica detrás de mi propuesta es la siguiente. – Continué – En términos macroeconómicos, actualmente las tasas de interés han bajado más que considerablemente. En teoría, esto debería motivar la inversión privada pero en la otra cara de la moneda tenemos un enorme gasto público y una muy escueta recaudación fiscal, lo cuál nos conduce por consecuencia a altas tasas impositivas, que obstaculizan la inversión privada. – Expliqué con tanta claridad como pude. – ¡Liquidez! – Dijo de pronto Braulio. – Creo que comienzo a entender tu punto. – Añadió. – Dices que, debido a un problema de liquidez, la piratería ha surgido como una alternativa muy viable para satisfacer las necesidades de consumo de la sociedad. – Dijo, iluminado. – Así es. La gente necesita nuestros productos, pero son demasiado costosos para que puedan adquirirlos. De ahí que tengamos ahora problemas con la piratería, así que la mejor manera de combatir la piratería consiste en regalar el software pero, para poder recuperar las utilidades que sostienen a este negocio, a cambio de este beneficio venderemos espacios publicitarios. Para comenzar, según creo, debemos ofrecer este servicio sólo a empresas que buscan sostener su presencia y debemos evitar a aquellas que necesitan posicionarse. – Expliqué. Braulio había seguido con notorio interés mi discurso y entonces agregó: – ¡Que belleza! Si entiendo bien, la razón por la que debemos ofrecer este servicio primero a aquellos que buscan mantener su presencia en el mercado es que ellos ya están posicionados, sólo necesitan que la gente los vea para que los recuerde y, como resultado del condicionamiento publicitario, las decisiones de compra del consumidor automáticamente les considerarán pero, por otra parte, al principio debemos excluir a quienes busquen posicionamiento simplemente porque para los primeros este servicio sería solamente una ampliación de los diferentes medios que utilizan para anunciarse, mientras que, para los últimos, nuestro servicio podría parecer poco atractivo ya que, como ocurre con toda innovación, podrían considerarlo más un experimento que como un medio completamente efectivo y comprobado. ¡Sería nuestra propia etapa de posicionamiento! – Dijo, complementando a la perfección mi aseveración. – ¡Captaste perfectamente el punto! – Indiqué. – Pero el asunto no termina ahí. – Añadí. – Construyamos una atalaya. – Sugerí. – Explícate. – Solicitó Braulio. – Es simple. – Comencé. – Naturalmente, solo regalaremos el software dentro del nicho del usuario doméstico. Pero en cuanto al mercado empresarial, nuestros productos seguirán teniendo un precio, junto con el soporte inherente. Incluso, podemos crear versiones ligeras que puedan ser distribuidas gratuitamente y versiones empresariales con costo. Pero veamos hacia el futuro. ¿Cuál podría ser la respuesta de nuestra competencia? Más aún, ¿cuál podría ser la respuesta de los piratas? La competencia naturalmente, nos va a imitar, mientras que los piratas inventarán nuevas formas de piratería. Por ello, tanto por la naturaleza misma del proyecto, como por seguridad para nosotros mismos, vigilemos la actividad de los usuarios y registremos cada ingreso de éstos a nuestro software. – Dije, concluyendo mi exposición. Ahora Braulio parecía preocupado por algo y así lo expresó: – Creo que podríamos tener algunos problemas de carácter legal con eso, ¿no crees? Estaríamos invadiendo la intimidad de las personas. – Indicó muy atinadamente. – No soy experto en la materia – aclaré –, pero creo que ese problema podría ser resuelto añadiendo una cláusula en el contrato de licencia de uso. Si el usuario acepta el término, no habría forma de reclamar. – Sugerí. – Habría que estudiar los detalles. Gracias Lucas, Muchas gracias tan excelsa aportación. – Agradeció Braulio. La reunión continuó ahora en torno a mi propuesta. Idelfonso no volvió a participar; al menos no voluntariamente.

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Capítulo 01. La cámara de los secretos.

Septiembre 30th, 2012 No comments

Las luces se apagaron repentinamente. Sólo el fulgor de la pantalla iluminaba el cuarto; pero la carga de la fuente ininterrumpible de energía no duraría para siempre. Además, a lo lejos, el estridente ulular de la alarma rompía despiadadamente el silencio. ¡No tenía mucho tiempo!

Había irrumpido furtivamente en el edificio buscando una respuesta. Lo que buscaba estaba ahí, en la computadora. Pero para llegar a ello, primero tenía que burlar la seguridad del sistema. No tenía porqué ser difícil. Después de todo, yo había diseñado la mayor parte del sistema de seguridad. Pero las cosas habían cambiado. No tenía forma de saber cuánto. ¡Tenía que romper el código!

Una serie de caracteres de luminoso blanco se esparcían sobre el fondo oscuro de la pantalla. Códigos hexadecimales, caracteres ASCII, direcciones de memoria . . . debía ubicar el archivo que contenía las llaves de acceso, pero el sistema presentaba modificaciones radicales en la estructura de los datos contenidos en su memoria. Sólo disponía de unos pocos minutos. ¡Era imprescindible que encontrara la llave!

Abrí el archivo de programa y procedí a desensamblarlo. La operación se completó en unos pocos segundos. Ahora debía encontrar las instrucciones que me llevaría a lo que estaba buscando.

Tenía una ligera idea de cómo luciría el código ensamblado de la sección que buscaba, así que decidí hacer una búsqueda por las posibles instrucciones. Si funcionaba, tal vez, tendría mi respuesta antes de lo previsto. Sino . . ., ojalá no hubiera un “sino”.

Las instrucciones que buscaba aparecieron por fin en la pantalla. Ahora debía comprobar que esta rutina realmente realizara la tarea que esperaba encontrar. ¡Maldita sea! Solo una maldita rutina engaña-bobos. El tiempo transcurría. No había segundo que perder. Inicié una nueva búsqueda a partir del punto anterior. Pronto encontré otro juego de instrucciones. ¡No! Tampoco era lo que buscaba. – ¡Vamos! ¡Vamos! – me urgí a mí mismo. – Este maldito código tiene que estar por aquí. ¡Idelfonso no es tan listo! – pensé, subestimando  a mi antiguo compañero.

El tiempo seguía su curso y era cuestión de minutos -tal vez de segundos-, para que los guardias llegaran al cubículo en el que me encontraba. – ¡Piensa como Idelfonso! – me apremié – ¿Qué harías si fueras Idelfonso?

Idelfonso había sido mi jefe hasta hacía tan solo un par de semanas. No era muy brillante, se limitaba a hacer justo lo que le pedían y rara vez mostraba signos de pensamiento independiente. Solía ser muy cauteloso y recalentaba las ideas que se le proponían a consideración por varios días; a veces tantos, que era necesario recordarle que uno esperaba una respuesta. Era muy celoso de su puesto. Había estado trabajando ahí por más de quince años y casi no había obtenido promociones importantes. Dos o tres, según podía yo recordar. “Había conseguido esa jefatura, sólo porque yo no quise pelearla” solía pensar con soberbia.

La realidad -justo sea decir-, era que él -con todas sus limitaciones-, había realizado un trabajo aceptable como administrador. No obstante, siempre se encontraba a la defensiva y su mayor preocupación parecía ser que llegara alguien que pudiera arrebatarle una tan esperada posición de liderazgo que parecía no llegar.

Su obstinación llegaba al punto en que ponía obstáculos a todo aquel que pudiera representar un peligro inminente para la consecución de su objetivo; yo había representado a tal Némesis y –finalmente-, él consiguió hacerme a un lado.

Todo habría resultado de acuerdo al plan si no hubiera sido por la casualidad, que era precisamente lo que me había traído aquí.

Gran parte de su resentimiento se debía a mi habilidad para visualizar el panorama completo, cuando él parecía preocupado solo por el problema que se le pedía resolver. Por otra parte –creo-, el éxito que había conseguido en los proyectos que había tenido a cargo antes de mi destitución se debía a que procuraba siempre estar preparado, mientras él solía aparecer siempre improvisado, dubitativo, indeciso.

Creo que debí infundir en él un temor tal, que era frecuente que “tomara prestada” la autoría de mis ideas e, incluso, llego a pedirme un día que tratara de trabajar en equipo, que compartiera mis ideas para beneficio común. Tal vez fui algo así como una mosca en el calzón para él.

Quizás, tenía a mi favor que él era muy predecible. Si quería romper el código, necesitaba ponerme en su canal y seguir su flujo de razonamiento. Yo sabía que él me guardaba un temor inconmensurable y conocía la razón de su miedo. Sabía que él intentaría cambiar las cosas de tal modo que el código del sistema de seguridad que yo había desarrollado no me resultara familiar y -si lo conocía tanto como esperaba-, estaba seguro que cualquier cambio que se presentara en el sistema no habría sido introducido directamente por él; simplemente, no tenía la capacidad. Sin embargo, quienquiera que hubiera sido el que realizara las modificaciones en el código y la estructura de los datos, tendrían que existir indicios de la tímida participación de Idelfonso de cualquier forma.

Un segmento de código apareció en la pantalla. Había una referencia a una dirección de memoria. La seguí. Pronto la pantalla se volvió a llenar de caracteres codificados en hexadecimal y ASCII y un patrón comenzó a aparecer. El formato parecía Unicode. Indiscutiblemente se trataba de un patrón uniformemente distribuido. Algo tenía que significar.

-    ¡Alto ahí! – grito un guardia de aspecto fiero, quién acababa de cruzar el umbral. Otros guardias cubrían el exterior. Ninguno portaba armas de fuego ni punzo cortantes. En vez de ello, trataban de someterme amenazándome con unas porras enormes que podrían destrozarme el cráneo de un solo golpe.

-    ¡Deje el teclado y apártese de la computadora! – gruño de nuevo el mismo guardia. Luego, tomó su radio y se comunicó con la central. – Central de vigilancia, adelante; central de vigilancia, adelante. – un leve zumbido siguió a la vehemente solicitud del guardia. Unos cuantos segundos después, una voz respondía al llamado. – Aquí central de vigilancia, reporte status, cambio -, dijo la voz. –Tenemos al intruso, repito, tenemos al intruso – confirmó el guardia. -¡Perfecto! Sométanlo y trasládenlo a la central. La policía viene en camino. – Ordenó finalmente la voz de la central de vigilancia.

Estaba perdido. Ahora si que necesitaba un milagro. Aunque tenía un pequeño indicio, de poco me serviría en la cárcel. Necesitaba urgentemente un milagro, . . . una pequeña posibilidad.

* * *

Las luces en el tablero comenzaron a destellar. Jorge, uno de los guardias de turno encargados del sistema de circuito cerrado y de alarmas se percató del incidente. – Parece que tenemos un visitante. – Dijo a Luis, uno de sus compañeros. – Mejor asegúrate, este maldito sistema ha estado fallando mucho últimamente. – Solicitó Luis. Pero no había duda. Una de las cámaras había captado una silueta que desapareció repentinamente. Jorge y Luis pudieron presenciar la fugaz aparición. – Jefe, tenemos un intruso en el octavo piso. – Informó Luis.

Un hombre maduro, de mediana estatura, complexión gruesa y cabello cano se volvió hacia ellos. – ¿Ya verificaste que no se tratara de una falsa alarma, Luis? – Dijo. – Así es jefe. Jorge y yo alcanzamos a ver una silueta en esta pantalla. La silueta desapareció casi de inmediato, pero quedo registrada en el sistema; hay alguien en el octavo. – Contestó Luis.

-    ¡Demonios! ¡Pensé que me retiraría invicto! – Comentó casi para sí mismo el jefe. – Bien, desplacen hombres al piso en cuestión y verifiquen que la policía ha recibido la alarma también. – Ordenó el jefe.

En los siguientes instantes Jorge y Luis se encargaron -cada uno por separado-, de desplazar un grupo de hombres al piso invadido y de confirmar a la policía que la activación había sido correcta. Una alarma sonora fue activada mientras un comando se dirigía al octavo piso. Quizás la operación completa solo tomaría unos minutos. Por seguridad, se cortó el suministro de energía al octavo piso y se desactivaron tres de los cuatro ascensores que accedían al piso. El cuarto ascensor permaneció funcionando porque era el que el comando usaría para llegar al octavo piso.

La idea de cortar el suministro de energía era la de bloquear los mecanismos de acceso al cuarto. Todos los cubículos se encontraban encerrados en el piso dentro de una caja de cristal. Esto, más que un lujo absurdo, se constituía en un complejo sistema de seguridad para impedir que se filtrase la información que se guardaba en el octavo piso.

El octavo piso se usaba como centro de cómputo. En él se encontraban todos los servidores y la supercomputadora. Todo este complicado sistema de computación tenía como propósito almacenar los proyectos próximos a ser liberados y algunos de los proyectos terminales que se encontraban en fase de pruebas. Se consideraba que la información y programas guardados en ellos tenían un valor millonario y, efectivamente, así era. La más alta tecnología en software era desarrollada allí, en el octavo piso, y los secretos que cambiarían el curso de la historia para los mercados financieros y la economía de las naciones, bien merecían un complejo e inexpugnable sistema de seguridad.

El propósito del Cubo, como se solía llamar a la caja de cristal en el argot de los semidioses –apelativo con que usualmente se hacía referencia a los ingenieros que trabajaban en los proyectos del piso ocho-, era el de filtrar las ondas electromagnéticas que pudieran escaparse hacia el exterior.  La idea básica tras el diseño del Cubo era que un posible intruso, desde el exterior del edificio, podría dirigir una antena receptora que, sintonizando la frecuencia correcta, podría captar estas señales y decodificarlas, para registrarlas en una computadora. Por ello, la función del Cubo consistía en obstaculizar la radiación electromagnética para impedir que se difundiese hacia el exterior.

Para ingresar al cubo, existían cuatro accesos apuntando hacia cada uno de los puntos cardinales. Estas puertas sólo se abrían con una tarjeta que contenía información digital cifrada, de manera que el portador de la tarjeta debía exhibirla frente a un dispositivo lector. La información de la tarjeta consistía únicamente de un código de identificación del portador.

Como es natural, esto sólo le decía al sistema “¡Hola! Soy fulano de tal”, pero el sistema necesitaba una confirmación posterior así que, una vez que se leía la información contenida en la tarjeta, era necesario que el portador colocará su dedo pulgar en otro dispositivo que leía su huella digital. Hecho esto, la persona que pretendía obtener el acceso debía exhibir su retina ante otro lector. Si el sistema lograba encontrar una concordancia entre estos tres parámetros, entonces se abría la puerta y el individuo conseguía entrar.

Sin embargo, si se cortaba el suministro de energía, ninguno de los sistemas de identificación del Cubo funcionaba, a menos que deliberadamente se activara uno solo de los ingresos, aquel que correspondía al ascensor activo, tan pronto como este se abriera -con el comando enviado a reducir al intruso-, en la caja del ascensor.

Este era un procedimiento de seguridad. Ante una situación de invasión, como definitivamente lo era ésta, la central de vigilancia formaba un comando compuesto por seis hombres y pedía al sistema que seleccionara un acceso al azar. Nadie podía saber cual iba a ser el acceso por el que iban a entrar los guardias hasta que el sistema lo determinara. Una vez determinado el acceso del comando al piso ocho, el sistema bloqueaba los demás ascensores y cortaba el suministro eléctrico.

Cuando el comando enviado arribaba al sitio invadido, al abrirse el ascensor, se activaba automáticamente el ingreso correspondiente al Cubo y el comando podía entrar. Una vez adentro, el líder del comando debía bloquear este acceso y la búsqueda comenzaba.

Una situación de invasión se detectaba gracias a un sistema de detección de movimiento. Adicionalmente, un sistema de circuito cerrado cubría el perímetro del Cubo. Quienquiera que ingresara en el área fuera del horario regular debía informar de su presencia a la central de vigilancia, para desactivar el área en que tal persona estaría.

Los guardias que integraban el comando llegaron por fin al octavo piso. Como lo prevenía el procedimiento, la puerta correspondiente al cuarto ascensor se abrió, los guardias entraron y de inmediato Octavio, el líder del grupo, bloqueó la única vía de escape.

Una frenética búsqueda por el intruso comenzó. Uno a uno, los cubículos fueron inspeccionados. De pronto, fui encontrado y sometido.

* * *

Fui escoltado por los guardias a la central de vigilancia. Creí reconocer a un par de ellos, pero a ellos poco les importó quién era yo. Iba esposado. Mi suerte había acabado antes de empezar.

La caja del ascensor se deslizó hacia el sótano del edificio, donde se encontraba ubicada la central de vigilancia. Unos minutos después, la puerta del ascensor se abría y yo era conducido a través de estrechos pasillos hasta ingresar a un cuarto que era donde se localizaba la central.

Entramos al cuarto y los guardias me acercaron una silla indicándome que me sentara. El jefe se aproximó y me lanzó una gélida mirada con un gesto de desaprobación claramente dibujado en su rostro. Permaneció así, mirándome, observándome detenidamente por largo rato. Finalmente, cuestionó: – ¿Por qué Lucas? ¿Por qué?

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