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Capítulo 10. La luz al final del túnel.

Septiembre 30th, 2012 Leave a comment Go to comments

El jefe se apartó. Estaba molesto. El me había conocido desde niño y no comprendía que lo hubiera echado todo por la borda, por graves que fueran mis problemas. Yo no hubiera sabido que decirle. Conocía su rectitud y sabía sobre su integridad. Nada que yo dijera justificaría mis acciones. – ¡Levántate! – Ordenó. – Sígueme. – Indicó.

Salimos de la central de vigilancia y me condujo a su cubículo. Había pedido previamente que nos dejaran a solas. Quería aprovechar los últimos minutos antes del arribo de la policía para que le explicara que me había impulsado a actuar como lo había hecho. De manera tan concisa como pude, le expliqué mis motivos. – Entonces, ¿tú crees que pudiste haber sido utilizado? – Me preguntó. – Si. – Dije. Él se quedó pensativo por unos instantes y entonces dijo: – Voy a dar al traste con treinta años de honradez en mi trabajo y casi veinte años de trabajo impecable en esta empresa. – Finalmente comentó. Yo sabía lo que eso significaba. Era algo que jamás podría aceptar. – Jefe yo . . . le agradezco . . . pero no es necesario . . . yo puedo afrontar las consecuencias de mis propios actos . . . – pero él no me dejó continuar. – Hijo, mi vida siempre ha estado tan vacía. Tú la conoces. ¡Esta es mi oportunidad de vivir una pequeña aventura! – Dijo sonriendo. No supe que decir, pero le miré con un profundo agradecimiento. – Quizás sea demasiado pedir – dije – pero encontré una pista que puede ser importante. ¿Podría . . .? – empezaba a insinuar, pero él volvió a interrumpirme – Lucas, la policía está por llegar. Ya no tienes tiempo. – Lo sé, lo sé . .  ¡por favor! – supliqué. – Te diré que haremos. Te voy a quitar las esposas y tu me golpearás tan fuerte como puedas en la cabeza. ¿Ves esos cables? Córtalos, Se interrumpirá el suministro eléctrico en todo el edificio. Sólo seguirán iluminando las lámparas de emergencia. Luego huye tan rápido como puedas.

¿Cómo puedes agradecer a alguien que demuestra tanta generosidad? Treinta años de servicio impecable estaban a punto de irse por el caño . . . sólo por salvar mi pellejo. Un nudo atoró mi garganta y una lágrima de agradecimiento se deslizó a través de mi rostro. El golpe que le propiné lo dejo inconsciente. Sólo esperaba no haberle hecho mucho daño. Busqué algo con qué cortar los cables. Lo único que apareció ante mi vista era un hacha, de las que usan los bomberos para abrir vías de escape para el humo. Aunque el mango era de madera, decidí protegerme con algún trapo. Las líneas eran de alto voltaje y podría resultar electrocutado. Estaba a punto de asestar el golpe cuando la tentación hizo presa de mí. La computadora del jefe estaba encendida. Sólo tendría esa oportunidad. Decidí tomarla. Sabía que esa computadora no me daría acceso a las computadoras en el Cubo, pero podía ver si el virus que había alimentado previamente seguía activo para insertarle algunas órdenes nuevas. Fue cuestión de un minuto o dos. En realidad, era mi última esperanza. Ni siquiera sabía si eso en realidad funcionaría. Lo que hice fue insertar una rutina que me permitiera conectarme con cualquier computadora que estuviera infectada por el virus para tener acceso al sistema. Si funcionaba, podría abrir un agujero.

Las sirenas de los autos de la policía se escuchaban cada vez más cerca. Tenía que salir de ahí. No tenía forma de saber si lo que había hecho con el virus funcionaría, pero ya no había mas tiempo para probarlo.

Tomé el hacha envolviendo el mango con la chamarra del jefe y asesté un golpe tan duro como pude. Miles de chispas saltaron de la caja del registro. El suministro eléctrico fue interrumpido de inmediato. Salí de ahí sin más. Inicié una frenética carrera a lo largo de los pasillos. Como esperaba, el resto de los guardias comenzaron a buscarme. Alguien grito que el jefe estaba herido, tendido en el piso. Comenzaron a bloquear todos los pasillos. Yo corría tan rápido como mis piernas me lo permitían. En varias ocasiones me topé de frente con guardias en el extremo opuesto de donde yo me encontraba pero, para mi fortuna siempre pude tomar algún otro derrotero. Sin embargo, los pasillos parecían formar un laberinto inexpugnable. Corrí desesperado durante varios minutos y sentí que era una lucha fútil. Pero la fortuna me volvió a sonreír y, a lo lejos, note una puerta iluminada por un farol exterior. Corrí hacia ella, esperando que la policía no estuviera afuera bloqueando mi única vía de escape. Pude ver las patrullas a punto de alcanzar el edificio cuando crucé el umbral de la puerta. Había un farol sobre el dintel exterior y mi posición era muy comprometida en esos momentos. Haciendo un esfuerzo extraordinario, volví a correr, esta vez hacia los jardines del edificio.

Argus se distinguía por su gusto por la naturaleza y, a lo lejos, en el jardín, se encontraba un frondoso bosque, por donde sería más sencillo escapar. Corrí, sacando fuerzas de mi empeño por resolver este crucigrama, hasta alcanzar el bosque. No supe si la policía pudo detectarme o no. No supe lo que había ocurrido tras mi huída. Era obvio suponer que en estos momentos se realizaba una búsqueda frenética.

No podía volver a mi casa, no podía buscar a Lucy. Afortunadamente, contaba con un poco de dinero en efectivo. Utilizar tarjetas hubiera resultado estúpido. Era la mejor manera de rastrearme. Tenía que planear mi siguiente paso, pero primero, tenía que encontrar un escondite.

Caminé durante horas. A ratos, me parecía ver alguna patrulla y me ocultaba. No podía estar seguro de que me buscaban, pero de cualquier manera un hombre caminado solo por las calles a esas horas, bien podría parecer sospechoso, así que tan pronto creía que alguna patrulla se acercaba, trataba de ocultarme tras las sombras. Casi al amanecer llegué a una central de autobuses. Compré un boleto y esperé durante un rato para abordar el autobús. El destino era lo que menos importaba. La prioridad era salir de ahí.

Tratando de calmar mis nervios, abordé el autobús a las cinco cuarenta de la mañana. Hasta el momento, todo había salido bien. Estaba ansioso de que el autobús se pusiera en marcha y abandonáramos la ciudad. Los minutos trascurrían muy lentamente de acuerdo con mi percepción. En adición a esto, el chofer del autobús se veía muy animado charlando con sus compañeros. La hora de la salida llegó, pero eso parecía no importarle al operador.

Finalmente, cinco minutos después de la hora señalada como hora de salida, el chofer subió y, con toda la calma del mundo, puso en marcha el motor. Otro operador se acercó a la puerta y le preguntó algo. El chofer volvió a bajar y pasaron otros tres minutos. Mi corazón latía con fuerza y un sudor frío se deslizaba por mi frente.

Por fin, el operador cerró la puerta del autobús e inició la marcha en reversa. Esta operación se llevó a cabo con extrema lentitud según mi percepción. De pronto, un policía hizo señales al operador de detener el autobús. Me sentí perdido. Creí que el mundo entero se me venía encima. Todo parecía indicar que había sido ubicado y que ahora sí sería encarcelado. El chofer abrió la puerta del autobús y saludó al policía. Al parecer eran antiguos amigos. El policía permaneció en los  peldaños que conducían al pasillo del autobús y comenzó a platicar con el operador. Este, con su evidente negligencia, continuó la marcha en reversa.

Tras algunos minutos el autobús emprendía por fin su camino hacia un futuro incierto. El destino se perfilaba a lo lejos, pero era un irremisible futuro. El cansancio me venció, a pesar de mis esfuerzos por mantenerme despierto. Mis párpados se cerraron en algún momento y dormí profundamente durante horas. Desperté cuando el autobús llegaba a un pueblo. Tal vez el calificativo de pequeña ciudad sea más aplicable en este contexto. Decidí que era un buen lugar y descendí del autobús. El futuro había comenzado. A partir de este punto, era todo, o nada.

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