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Capítulo 09. El plan.

Septiembre 30th, 2012 Leave a comment Go to comments

Catorce días atrás.

Atrás quedaban cinco años de mi historia. Grandes logros, muchas satisfacciones, algunos amigos -que, más bien, eran sólo conocidos-, incontables horas de insomnio, un sinfín de preocupaciones y problemas resueltos. En el fondo, la salida de Argus me dolía. Había invertido una parte sustancialmente importante de mi vida en esa empresa y era echado como un delincuente al final de cuentas.

Por fin Idelfonso podía sentirse satisfecho. Por fin Carlos había podido desahogar su ira. Por fin Raúl podría hacer las cosas a su manera. No quise ver a nadie cuando salía, pero no pude evitar cruzarme con Braulio a mi salida. – No sabes cuánto lo lamento. – Me dijo. – No importa. – Respondí. De todos, tal vez él era el único que me comprendía. Pero no podía dejar de sentir despecho porque no había intervenido en absoluto para mediar por mi situación. Salí decepcionado. Mucho había hecho por esa empresa, por esas personas y era desalojado como un mueble viejo e inservible que simplemente se bota.

* * *

Lucy pasó los siguientes días conmigo. Ella estaba conciente de mi estado de ánimo y trataba de persuadirme a olvidar. Recibí mucho apoyo de su parte durante todo ese tiempo. Ella insistía en que quien en realidad había perdido, era Argus. Estaba al tanto de lo que Gene/Sys representaba y estaba segura de las dificultades técnicas que implicaba. Decía que, en su opinión, Argus pasaría por retrasos más marcados tratando de echarlo a andar. Auguraba tiempos difíciles para Argus. Yo ya no sabía que pensar. Al final de cuentas, el despedido había sido yo. Afortunadamente, los cien millones que Argus me había dado a cambio de mi renuncia me permitirían unas largas vacaciones.

Tal vez eso era lo mejor. Estaba exhausto y había ignorado consistentemente mi vida por satisfacer los ímpetus materialistas de Argus. Aunque bien sabía que mis propios ímpetus de egolatría también habían sido satisfechos. Lucy fue mi principal soporte durante esos días aciagos. Lo que no sabía era como afrontar el apelativo al que me había hecho acreedor tras proponer Gene/Sys. La opinión pública estaba al tanto de mi autoría y mi trabajo era encarnecidamente cuestionado por los grupos radicales que se oponían a la replicación de la psique humana.

Para mi extrañeza, no eran raras las invitaciones que recibía de diferentes empresas a participar en sus proyectos y un periodista me visitó para pedirme que le permitiera escribir sobre mi trabajo. Pero ni mis ánimos estaban para recalentar viejas glorias, ni me sentía en la mejor condición para iniciar nuevos proyectos. Quizás, la confianza que antes invadía mi ser había menguado.

Lucy, no obstante, no cesaba de inyectarme ánimos y me insistía en que era tiempo de dejar atrás lo ocurrido, de olvidar. Luchaba por hacerme abrir los ojos y obligarme a ver que la vida continuaba. Que no era momento de pensar en la derrota, sino de levantarse y buscar nuevas victorias.

Gene/Sys me había marcado. Lo curioso era que su marca resultaba muy ambigua. Por un lado, me caracterizaba como enemigo público; por otro, era mi mejor carta de presentación. La opinión estaba dividida.

Argus, por su parte, seguía embebida en el proyecto. Las noticias anunciaban escasos avances y lentitud en el proceso. Pero yo sabía que, muchas veces, Argus pasaba la información filtrada, para dejar que se publicara sólo aquello que conviniera exclusivamente a sus intereses.

Me había desconectado de cuanto ocurría en Argus, pero intuía que las cosas no marchaban del todo bien. La razón para mis suspicacias residía en que yo era uno de los que habían participado en el desarrollo del modelo matemático de la red neuronal artificial, por lo que conocía del problema. Estaba seguro de que no se habían logrado notorios avances.

No es que todo estuviera mal con la red neuronal artificial; más bien es que los mecanismos de razonamiento del cerebro habían resultado más complicados de lo que originalmente habíamos estimado. No obstante, habíamos producido avances muy significativos al modelar los mecanismos del lenguaje y la comprensión del mismo. Pero la naturaleza del pensamiento y, más que nada, del proceso creativo, había terminado revelándose extremadamente elusiva.

Diez días atrás.

El timbre de la puerta repiqueteó. Sin gran afán, me dirigí hacia la puerta al mismo tiempo que solicitaba paciencia a quienquiera que se encontrara detrás de ella. – Ya voy. – Grité. Segundos después abría la puerta y dejaba entrar a Sergio. – Déjame tocar tu herida para comprobar que mis ojos no me engañan. – Bromeó. El Mesías. Ese era el apodo que me habían puesto en Argus. La razón del apodo es que fui ‘crucificado’ a los treinta y tres años, decían y, efectivamente, así era. Fui despedido a los treinta y tres años por mera coincidencia, después de una carrera prometedora, fui expulsado  sin ninguna clase de miramientos  Aún así, el calificativo no me gustaba. Me parecía de pésimo gusto.

-    No empieces. – Pedí a Sergio. – Tú sabes cuanto odio ese calificativo. – Le recordé. – ¡Está bien! ¡Esta bien! ¡Perdóname! – Se apuró a decir mientras se encaminaba al refrigerador buscando una cerveza. – ¿Cómo están las cosas en Argus? – Pregunté. – ¡Ah! Como dice el de las botas. – Dijo con absoluta desfachatez. – Un viejo amor, ni se olvida, ni se deja . . . – Cantó. Yo no pude evitar que una carcajada franca escapara desde lo más profundo de mis entrañas.

Hacía mucho que no me reía con tal ánimo, así que no hice nada por contener mi carcajada. – Déjame contarte que están súper atascados con tu hijo menor, Gene/Sys. – Dijo y dio un sorbo a la cerveza. – No le hayan ni pies ni cabeza a tu algoritmo e Idelfonso ya está sugiriendo que es necesario volver a comenzar. – Dijo. – Típico. – Interrumpí. El comprendió la intención de mi comentario y agregó: – ¡Idelfonso te quiere! – exclamó tratando de animarme. – ¡Si! ¡Pero tres metros bajo tierra! – Insistí. – Bueno, después de todo ya consiguió echarme. – Rematé. – Pues aunque no lo creas, él trató de evitar tu despido. – Confesó. – ¡Por favor, Sergio! – Dije incrédulo. – ¡Si se moría porque me destituyeran! – Expresé. – En eso te equivocas, Lucas. – Dijo Sergio. – Tú puedes dudarlo, pero tras la falla espectacular del día de la presentación de Esporadic-OS, él trató de cubrirte por todos los medios. Nos pidió a Raúl y a mí que hiciéramos todo cuanto estuviera a nuestro alcance por encontrar el fallo y corregirlo. – Confesó. Una neurona destelló tímidamente en mi cerebro, pero la voz de mi compañero la interrumpió antes de que pudiera propagar su mensaje. – Tras horas de examen exhaustivo detectamos una condición que no debía estar ahí y la suprimimos. – Pero el error volvió a aparecer tras la corrección. – Presioné. – Efectivamente – aceptó Sergio -, tienes toda la razón. Era un algoritmo similar a un gusano que provocaba mutaciones en el código afectando a diferentes partes del mismo. – Reveló. Esa neurona rebelde que luchaba por manifestarse insistió ahora más persistentemente, pero no la dejé asumir el control. Necesitaba más información. – Nosotros comenzamos a sospechar, a raíz de la aparición de la condición que te comentaba. Así que ideamos un algoritmo parásito, que se pegaría al gusano tan pronto éste apareciera de nueva cuenta. Nuestro algoritmo funcionó y finalmente pudimos entender como funcionaba el gusano y detectamos el momento en que se activaba. La recurrencia del error fue un proceso necesario para erradicar al gusano. Por eso nadie dijo nada tras el anuncio de que, finalmente, Esporadic-OS funcionaba sin problemas y, aún así, el problema reincidiera. – Esta confesión de Sergio me dejó pasmado. Estaba atónito. El problema era más serio de lo que imaginaba y empezaba a sospechar que fui despedido porque se me asoció con el gusano. – Pero, entonces, Idelfonso . . . – no supe como terminar la oración. – Idelfonso hizo cuanto pudo porque no se supiera la naturaleza del problema. Nos instó, incluso, a guardar silencio. Pero los del consejo no lograron comprender porqué, a pesar de declarar que todo estaba perfecto con el sistema, aún se presentaban nuevas incidencias del problema, así que Idelfonso tuvo que explicarles detenidamente en qué consistía este. Los del consejo aceptaron el plan de Idelfonso y lo dejaron proceder. – Dijo. Apreciaba su intento por minimizar las cosas pero la espina de la duda se había clavado ya en mi corazón. – No comprendo. Dime. – Urgí. – ¿Idelfonso creyó que yo tuve algo que ver con ese gusano? – Pregunté. – Lucas, ¿quién podría estar más capacitado que tú para algo así? – Respondió con otra pregunta. Sin embargo, la implicación escondida en la pregunta me daba una respuesta que yo ya conocía. Traté de desviar el curso de la conversación e induje un tema diferente en ésta. Nuestra charla se prolongó por más de una hora y, finalmente, Sergio se fue.

Lucy me llamó para decirme que no tardaría en llegar. Tras la visita de Sergio mi cerebro no había parado de analizar la situación. Nuevos y desconocidos datos estaban ahora disponibles para mí y era evidente que todo esto no había sido más que una trampa. Alguien me había tendido una maldita trampa.

A pesar de los esfuerzos de Sergio, Idelfonso me pareció aún más culpable. Simplemente, las cosas no cuadraban. Pudiera ser que Idelfonso de veras hubiese tratado de evitar mi despido, pero se vio muy motivado en su intento por echarme. No. Definitivamente no podía confiar en las buenas intenciones de Idelfonso. Una idea asaltó mi mente. Necesitaba saber quién y porqué me había tendido la trampa pero, para ello, primero tendría que ingresar el Cubo.

Lucy entró e interrumpió el hilo de mis pensamientos. Advirtió un par de botellas de cerveza vacías y preguntó: – ¿Estuviste bebiendo? – Ella sabía que yo no era un bebedor empedernido. Sabía que cuando decidía abrir una cerveza, usualmente era la única. Sabía incluso que muchas veces ni siquiera la terminaba. Pero ahora, al ver dos botellas vacías, no pudo evitar sentirse un poco inquieta. ¡Nada más faltaba que me aficionara al alcohol! – ¡Oh! ¡No! No te preocupes. Sigo siendo abstemio. Lo que pasa es que vino Sergio y estuvimos conversando un rato. – Confesé. – ¿De qué hablaron? – Preguntó curiosa. – Sólo tonterías sobre Argus. – Dije, evitando hablar sobre las nuevas suspicacias que habían surgido en mí. La verdad es que ella estaba empeñada en convencerme de que debía olvidar todo lo que había pasado en Argus y concentrarme en empezar de nuevo. Hablarle sobre mis suspicacias sería preocuparla innecesariamente. No tenía sentido. Así que decidí omitir cualquier comentario al respecto, al menos por el momento, y hablar sólo de cosas intrascendentes. – ¿Creerás que van muy retrasados con el modelo de red neuronal artificial? – Dije. Ella me miró con complicidad. – Te lo dije. Les haces falta para acelerar las cosas. – Respondió.

Lucy me sorprendía a cada instante. Su inquebrantable fe en mí estaba siempre ahí para consolarme, para sacarme adelante. De pronto recordé el juramento que le había hecho con respecto a decirle siempre la verdad y no guardar secretos y recordé lo que era vivir sin ella. Esos recuerdos me impulsaron a decirle toda la verdad. Era necesario. – Sergio dijo más. – Insinué. – Ella se volvió hacia mi y me lanzó una mirada inquisidora. – Sabía que había algo más. Sólo deseaba que no me lo ocultaras, pero no te iba a obligar a hablar. Dime, ¿de qué se trata?

Esa era Lucy. Supe en ese instante que lo mejor era confesarle la verdad. Sin mayor preámbulo. Si no lo hiciera, ella me abandonaría. – Todo fue un ardid, Lucy. Me montaron una trampa. Alguien inventó un gusano que se desplazaba a lo largo del sistema ocasionando fallos inesperados. – Le conté. – Sergio me sugirió que Idelfonso hizo hasta lo imposible para evitar que los miembros del consejo conocieran la naturaleza del problema pero, al final, no pudo ocultarlo más. Como comprenderás, eso suscitó la desconfianza de esta gente hacia mí y fue el motivo real de mi despido. – Terminé. Lucy se aproximó hacia mi y rodeo mi hombro con su brazo. Busco mi mirada y me dijo – Es mejor que lo olvides. Lo hecho, hecho está.

Entendí su preocupación, pero mi necesidad de averiguar quien me había tendido esta trampa y porqué, pudo más. – No puedo Lucy. Necesito saber porqué. – Insistí. – No tiene sentido, Lucas. Aún cuando lo averiguaras, difícilmente recuperarías tu posición. – Dijo con vehemencia. – Lo mejor que puedes hacer es olvidar el maldito asunto y volver a comenzar. – Remarcó. – Lucy, entiéndeme, por favor. ¡Fui despojado! – Repetí, poniendo énfasis en esta oración. – Lo sé, Lucas, pero cualquier cosa que intentes contra ellos es peligrosa. Dime, ¿cómo vas a conseguir enterarte de lo que realmente ocurrió? – preguntó. Su pregunta fue sorpresiva. Simplemente no lo había pensado. Nadie mejor que yo conocía los mecanismos de seguridad de Argus; específicamente, del Cubo. Ese diseño fue mi primer orgullo cuando recién había ingresado a Argus.

Naturalmente, se trataba de un diseño que había involucrado a un gran número de ingenieros. Yo solo había sido uno más del equipo. Pero me interesó tanto, que busqué empaparme de todo cuanto tenía que ver. De hecho, en alguna oportunidad posterior, me ofrecí para ampliarlo.

Miré a Lucy a los ojos y le dije. – No lo sé, Lucy. Aún no lo sé. – Expresé. – Pero definitivamente encontraré una manera. – Le prometí. – Lucy me miro con gesto reprobatorio y me respondió. – No estoy de acuerdo con lo que piensas hacer. No quiero perderte. – Dijo. – No lo harás. Confía en mí. – Solicité.

Ayer.

Todo estaba listo. Había ideado un plan para ingresar furtivamente a Argus y . . . al Cubo. El ingreso al edificio era lo de menos. Lograría mi ingreso haciendo una cita con alguien, con cualquier pretexto, como solicitar algún documento extraviado, por ejemplo.

Para entrar, se me pediría que le mostrara al guardia del escritorio de recepción cualquier tarjeta de crédito, o cualquier otro tipo de tarjeta con tira magnética en la que se registrara cualquier información. También debía exhibir cualquier identificación oficial, de donde tomarían mis datos para ingresarlos en la lista de visitantes que mantenían en su computadora. Luego me entregarían una ficha, que debería mostrarle a la persona que me recibiría. Esta persona colocaría la ficha en un dispositivo con el que registraría mi presencia. Así el sistema sabría que mi pretendido anfitrión me había efectivamente recibido. Aunque la restricción de tiempo coincidía con el horario de oficina, yo podía pasar dentro de las instalaciones tanto tiempo como faltara para terminar las actividades del día en Argus. Si tenía que visitar varias personas, la identificación electrónica de estas era registrada en la ficha por el guardia. Consecuentemente, todas las personas que declarara debían firmar electrónicamente la ficha.  Si, por alguna razón, debía visitar a alguien en un área restringida, la ficha contenía un chip que emitía una señal que me daba acceso al sitio.

Decidí que visitaría el departamento de recursos humanos, para solicitar una copia de mi expediente de seguridad social. Esa área no estaba restringida y sería fácil entrar y salir. Por otra parte, para lo que solicitaría, la secretaria debería abandonar su lugar para ir al archivo a buscar mi expediente. Calculé que ello le tomaría cuando menos cinco minutos. En ese tiempo podría tomar su estación de trabajo y utilizarla para plantar un virus especialmente diseñado para mis propósitos. Su primera función sería engañar al sistema para hacerle creer que el ciclo de visita se había completado. Es decir, hasta el punto en que mi anfitrión firmaba electrónicamente la ficha, solo las dos terceras partes del proceso se habrían completado. Era necesario que regresara al escritorio de recepción para entregar la ficha, de manera que el guardia registrara así mi salida. Para ello, el virus tendría que enviar una señal al sistema, para que éste creyera que yo había registrado ya mi salida. El mejor momento para hacer esto ocurriría en el cambio de turno, instante en el cual los guardias solían descuidar por un par de minutos el área.

Una vez dentro, utilizaría una de las escaleras de emergencia, con el pretexto de que los ascensores me provocaban claustrofobia. Usar las escaleras de emergencia era mi mejor elección, ya que me permitirían acercarme tanto como fuera posible al octavo piso. En realidad, sólo podría llegar hasta el sexto piso sin entrar en áreas restringidas, pero eso era suficiente. Debido a la hora en que todo eso ocurriría, podía entrar al baño y esconderme ahí por unos minutos. A esa hora, la mayoría de los empleados estarían más interesados en salir de trabajar que no se preocuparían por mí en absoluto.

En el octavo piso había, naturalmente, salidas de emergencia pero, paradójicamente, por seguridad, estas eran automáticamente bloqueadas cuando el sistema detectaba la ausencia total de movimiento. Había tres problemas importantes a considerar: El primero radicaba en acceder al octavo piso sin ser detectado. En segundo lugar había que desactivar los sensores de movimiento, e inhabilitar el sistema de circuito cerrado y, finalmente, romper el sistema de autenticación para tener acceso al Cubo. Para lo primero podía utilizar el ascensor o las escaleras. El inconveniente de la primera opción es que dentro del ascensor había –también-, un sistema de circuito cerrado. Por otra parte, el problema de las escaleras es que las salidas de emergencia estarían cerradas con llave. Sin embargo, llevaba conmigo una serie de juguetitos muy interesantes. Gracias al virus que había implementado en la estación de trabajo del asistente de Recursos Humanos que visité, me fue posible conseguir un video de archivo de cada una de las cámaras de vigilancia que cubrían el perímetro del cubo.  Como es evidente, la imagen incluía la fecha y la hora de la toma, pero mientras estuviese escondido en el baño, esperando el momento para iniciar mi invasión, tendría la oportunidad de editar el video para mostrar ese dato a mi conveniencia. Uno de los juguetes que llevaba conmigo era una pequeña reproductora de video portátil, capaz de interferir el sistema de circuito cerrado, de manera que transmitiera mi video trucado, en vez de la toma original en tiempo real. También llevaba conmigo un circuito que había diseñado para funcionar como ganzúa electrónica, que me permitiría forzar la cerradura de una de las salidas de emergencia. Hasta ahora, era evidente que tendría que usar una salida de emergencia pues usaría la reproductora de video para interferir el sistema de circuito cerrado que cubría el perímetro del cubo.

Para el sistema de captación de movimiento tenía otro juguetito que inhabilitaría el sistema por un minuto, tiempo durante el cuál debería romper el sistema de autenticación e ingresar. El problema era que al momento de rehabilitarse el sistema de detección de movimiento, podría generarse una señal que interfiriera a la reproductora de video, haciendo que captara por un par de segundos la escena normal.  El sistema de autenticación era el más sencillo de burlar, a pesar de la complejidad que aparentaba. Con una computadora portátil podía acceder a la base de datos y hacerle creer al sistema que había pasado todos los controles. Entonces, el sistema me daría acceso al Cubo. Esa misma computadora enviaría una orden al virus que había usado para engañar a la computadora en el escritorio de recepción para que reprogramara el sistema de selección de acceso, en el caso de que todo saliera mal y la central de vigilancia enviara un comando a someterme. Haría que el sistema escogiera el ascensor situado en el extremo opuesto a donde me encontraba para dame más tiempo.

El plan estaba listo. Lucy no estaba de acuerdo en lo que pensaba hacer, pero entendía mis razones para proceder como lo había planeado. No le oculté detalle alguno.

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