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Capítulo 08. La expulsión.

Septiembre 30th, 2012 Leave a comment Go to comments

Diez meses dos semanas atrás.

Esa noche llegué a casa desanimado, pero no me importaba. Nada me importaba. Me sentía vacío por dentro. Acababa de ser víctima de un despojo y no me interesaba. El software producido a través de largos meses de arduo trabajo había sido entregado, en bandeja de plata, a alguien que se moría porque algo así ocurriera. Estaba seguro que él lo tomaría y lo declararía suyo. Era experto en eso. Pero, no obstante la casi absoluta certeza de que él asumiría descaradamente la autoría por mi trabajo, no me importaba. Argus podía echarme y no importaba. En el fondo, quizás, mi alma reconocía que, después de todo, Esporadic-OS, OmniSoft, Gene/Sys, eran todos ellos creación mía. En el fondo, quizás, mi alma sabía que podría volver a hacerlo, una y otra vez y que, eso, nadie podría arrebatármelo jamás.

Para sorpresa mía, Lucy estaba en mi casa. Dijo que había llegado una hora atrás. Se había tomado la molestia de preparar un entorno muy romántico y una deliciosa cena. Hablamos durante horas. El tema era obvio. Le conté sobre la repentina falla durante la presentación. Le hablé sobre los cuestionamientos que se me hicieron. Le dije lo que había pasado en la oficina de Carlos y sobre como Idelfonso asumía descaradamente posiciones de saqueo. Ella me escuchó pacientemente y me consoló. En algún momento sugirió la posibilidad de un sabotaje y analizamos los eventos, tratando de identificar un posible culpable. El primer sospechoso natural era Idelfonso. Él parecía ser el más beneficiado con lo ocurrido. Enseguida de este, ambos concordamos en que sólo podía estar Raúl, debido a su innata rebeldía y disponibilidad del código. Quizás después de ellos pondríamos a Carlos; aun cuando él, aparentemente, nada tenía que ver, una característica que le sobresalía era su firme convicción de respeto hacia las jerarquías. Después de todo, al inicio de Esporadic-OS él, junto a Idelfonso, me despojaron de la responsabilidad del proyecto, descaradamente, aún cuando recuperé el control algunas semanas después; y no hay que olvidar que precisamente hoy, me habían vuelto a despojar. También consideramos a la junta directiva, como castigo por fallar en la entrega. Pensamos que, debido a las oportunidades incomparables de inversión que Gene/Sys implicaba, era muy factible que la junta directiva hubiera orquestado un bien sincronizado sabotaje, para deshacerse de mi, cuando no fuera ya necesario. Pero Gene/Sys aún no había iniciado y, por ello, solo me despojaron de una parte y no del todo.

La verdad es que todas esas eran sólo puras especulaciones y, al final, coincidimos en que, pasara lo que pasara, no tenía sentido preocuparse por ello. Después de todo, si me despedían, era Argus quien saldría perdiendo. Yo había desarrollado toda esa tecnología y tenía la capacidad para nuevos y más excitantes desarrollos. Argus difícilmente podría detenerme. Más aún, difícilmente podría recuperarse de mi pérdida, si ésta era decidida.

Diez meses atrás.

Esporadic-OS fue finalmente liberado. Los errores ocultos, según fue declarado, habían sido totalmente corregidos y volvía a ser un software robusto y confiable. Contrario a lo que esperé, Idelfonso reconoció mi autoría, pero no perdió oportunidad de erigirse como el nuevo héroe de Argus, aquél que había salvado una inversión millonaria del desastre financiero.

Por otra parte, Gene/Sys se había transformado ya en un plan de trabajo. La asignación de actividades había sido ya realizada y yo me encontraba, por ahora, supervisando el diseño del chip de captura de la psique y del modelo de red neuronal artificial para emular el funcionamiento del cerebro.

Esta vez, la junta directiva había supervisado más de cerca mi trabajo y, aún cuando íbamos en tiempo, yo había estimado que en cuestión de unos meses se presentaría un retraso. Había calculado esta posibilidad y así lo había expresado ante la junta directiva. Su reacciones no fueron, de ninguna forma, contenidas. “Caballeros, estamos desarrollando una tecnología inédita.” Les recordé. Hubo, por supuesto, quienes enfatizaron la importancia de los tiempos, con base en las inversiones millonarias que se estaban haciendo para completar el proyecto. “No son enchiladas. Estamos hablando de alta tecnología.  Más aún, estamos hablando de una tecnología sin precedentes. Es de esperarse que surjan contratiempos.” Argumenté a favor de mi postura. “Tú nos aseguraste que la tecnología requerida ya estaba disponible.” Dijo uno de ellos queriendo pasarse de listo. “Y no mentí. También les hablé de que, por ejemplo, tendríamos que redefinir el modelo de red neuronal artificial, por mencionar una de las cosas que se tendrían que diseñar.” Indiqué. La discusión con la junta directiva fue álgida, pero razonable. Al final, terminaron aceptando el posible retraso, a condición de que me asegurara de que nada más complicara el desarrollo del proyecto.

Seis meses, seis días atrás.

Idelfonso no perdía oportunidad de criticar mi trabajo. Un buen día me encontraba en el cubículo de un colega cuando Carlos e Idelfonso se acercaron. Idelfonso estaba hablando sobre el retraso que se había presentado en el desarrollo del chip de captura de la psique. Carlos, por su parte le informaba que ese y, al menos, otro retraso habían sido estimados. No obstante, Idelfonso insistía en que yo era un ingeniero, no un administrador y que no era la persona idónea para administrar este tipo de proyectos. Más aún, afirmaba que su departamento tenía mucho trabajo pendiente y que necesitaba con urgencia que regresara. Carlos le pedía encarecidamente, por todos los medios, que tuviera calma. Que yo terminaría regresando al departamento y que todo quedaría igual que antes.

Decidí que no era mi estilo espiar conversaciones, así que me levanté y caminé hacia ellos. Una vez que me hube acercado lo suficiente le pedí a Idelfonso que mantuviera la calma y le aseguré que pronto volvería a reportarle. – Eso, siempre y cuando no tengas más sueños inspiradores. – Espetó Idelfonso. – ‘Usted puede prohibirme lo que quiera, ama, y yo le cumplo; lo malo es que no puede prohibirme lo que pienso.’, Gabriel García Márquez, Del amor y otros demonios.” Respondí sin más y me alejé.

Un mes y medio atrás.

El chip de captura de la psique por fin había sido terminado. Todas las pruebas habían reportado resultados espectaculares. El dispositivo receptor de las transmisiones del chip también funcionaba a la perfección. Sin embargo, por otra parte, el modelo matemático de la red neuronal artificial aún necesitaba revisiones exhaustivas. Algunos de los parámetros simplemente no concordaban del todo. Para complicar aún más las cosas, el secreto se había filtrado al exterior y la gente hablaba ya sobre el descaro de Argus al pretender dominar la mente de las personas.

Grupos radicales habían comenzado a organizar mítines tratando de obstaculizar el desarrollo del más reciente proyecto de Argus. Apelaban a la ética y a la religión para llegar a la opinión pública; nos calificaban de amorales y genocidas (nunca fui capaz de entender porqué; en realidad, nunca encontré la relación) y nos asociaban con los nazis, acusándonos de atentar en contra del plan divino.  Evidentemente Gene/Sys era una idea absolutamente subversiva, más aún que innovadora.

 

El mes anterior.

Para disgusto de Idelfonso, el fastidioso error de la violación de áreas protegidas del sistema había vuelto a aparecer. Esta vez, de manera más frecuente. Como, al fin de cuentas, según su óptica, este era un problema heredado, decidió inculparme ante la junta directiva. Adujo, al mismo tiempo, que había recibido innumerables reportes de los clientes, expresando su disgusto por la ocurrencia del error.

Esto hizo que fuese llamado a dar explicaciones y yo me limité a recordarles que nueve meses atrás se pasó el proyecto a Idelfonso y que, más o menos, por la misma fecha, Idelfonso lo liberó con bombos y platillos, enfatizando el hecho que él había conseguido lo que yo no pude: ¡Corregir todos los errores ocultos en Esporadic-OS! Una voz en el consejo me exigió que evitara los sarcasmos. “¿A qué sarcasmo se refiere?” Respondí yo. “Lo tengo en video. Puedo hacerle llegar una copia si lo desea.” Agregué. Supongo que mi respuesta me hizo acreedor a una pérdida automática del favor de la simpatía de los presentes, porque de inmediato comenzaron a cuestionar mi desempeño, ahora en el proyecto Gene/Sys.

Lo más cuestionado fue el retraso en el desarrollo del modelo matemático de la red neuronal artificial. Por mi parte, yo insistí en que dicho retraso estaba previsto e, incluso, calculado. – Además – añadí -, aún con este retraso estamos dentro del tiempo. Otras actividades pudieron ser completadas de manera holgada y el retraso en el desarrollo del modelo sigue siendo aceptable. – Concluí. Nueve días después fui formalmente despedido.

Carlos urgió mi presencia en su oficina. Ahí se encontraba Idelfonso. – Me temo Lucas – comenzó Carlos -, que es intolerable la serie de retrasos a la que nos has orillado. Hemos sido muy pacientes contigo; especialmente contigo, pero nos estás saliendo muy costoso. No podemos esperar más. – Dijo. – Necesitamos que el proyecto avance y tú no dejas de dar excusas. – Añadió. – Si revisas el diagrama de tiempos, Carlos, podrás ver que aún con todos los retrasos, seguimos en tiempo. – Afirmé. – Ese no es el punto – insistió Carlos -, el punto es que la información que nos brindas ha dejado de ser confiable. – Dijo. – ¿A raíz del fracaso espectacular el día de la presentación? – Interrogué, con deliberada intención de incomodar. – Si – intervino Idelfonso -, a raíz de tu espectacular fracaso el día de la presentación. – ¡Ah! ¿Estabas aquí? – Dije sarcásticamente, dirigiéndome a Idelfonso. – Aprovechando tu presencia – continué -, ¿qué tienes que decir sobre la recurrencia del error de violación a pesar de tu afirmación de que todo estaba perfecto? – Cuestioné. Idelfonso mostró una forzada sonrisa y dijo – Eso, Lucas, fue una pecata minuta. – ¿Ah, si? – Dije. – ¡Pero qué conveniente! ¿No te parece? – Aseveré, poniendo finalmente todas mis cartas sobre la mesa.

Las posiciones estaban muy claras ahora. Carlos comprendió de inmediato hacia donde se dirigía la discusión. Estratega nato, como era, encontró de pronto la solución perfecta. – Caballeros – dijo -, por favor, comportémonos civilizadamente. – Solicitó. – ¿Llamas a esto ‘civilización’, Carlos? – Inquirí, inyectando cantidades letales de ponzoña en mi pregunta. Pero Carlos le sacó perfectamente la vuelta a mi insinuación. – A su comportamiento, definitivamente no. Por eso apelo a su cordura. Para que negociemos esto de manera que todos resultemos beneficiados. – Dijo. – ¿En serio? – pregunte insidiosamente. – Dime, Carlos, ¿cómo se te ocurre que esta situación pueda beneficiarme a mí? – Pregunté.

Carlos me miró detenidamente al tiempo que se acomodaba en su silla para asumir una postura más abierta, retadora, dominante. – Creo que si tú cumples con la entrega no hay más problema. – Dijo. – Pero, ¿es que todavía piensan otorgarle más plazos a este irresponsable? – Gruñó Idelfonso. – No se le están otorgando ampliaciones, Idelfonso. – Aclaró Carlos. – Lo que te propongo, Lucas, es que te comprometas a finalizar el modelo de la red neuronal artificial en, a lo sumo, dos semanas más. – Expresó finalmente su ultimátum. Una jugada maestra, había que reconocerlo. Si yo me comprometía y fallaba, Argus se eximiría de toda culpa y yo sería despedido con toda justicia. Si no lo hacía, aceptaría tácitamente mi incompetencia e, igualmente, debería abandonar Argus. La trampa estaba puesta. – Honestamente no lo creo. – Admití. Carlos contuvo trabajosamente una sonrisa. Su plan había funcionado. – Explícanos porqué supones que no es posible. – Urgió. – Con el debido respeto – dije -, tu posición, Carlos y la de un obrero, no son muy diferentes. Ustedes sólo . . . hacen. – Expuse abiertamente. – Nosotros, en cambio – comparé -, nosotros jugamos con las posibilidades, experimentamos, ajustamos . . . nosotros . . . ¡Creamos! Dependemos del azar y de nuestra habilidad para descubrir. A veces – añadí -, los descubrimientos se resisten. Pero nuestra obstinación los fuerza a surgir. – Afirmé. – Nosotros hacemos que su mundo gire. Sin nosotros, Carlos, tú seguirías viviendo en las cavernas. – Fue una declaración brutal, visceral. – ¡Vaya arrogancia! – Espetó Idelfonso.

Visiblemente ofendido, Carlos me miró a los ojos implacable. La humanidad que le distinguía había desaparecido por completo. En su lugar, la bestia arrogante y competitiva que era, tomaba el control de la situación. – ¡Tú lo pediste! – rugió. – Tienes una semana para entregar a Idelfonso. – Ordenó.

La noticia voló. El Mesías de Argus acababa de ser crucificado. Las leyes de nuestro país contemplaban una compensación por contribuciones importantes para la tecnología de una empresa o la mejora sustancial de procedimientos. Todas mis contribuciones calificaban para ese tratamiento. Carlos lo sabía y me extendió una carta de renuncia. Supongo que él pensó que no me daría cuenta de sus intenciones, pero yo estaba muy molesto y no pensaba arrojar la toalla sólo porque estos imbéciles así lo querían. – Si quieres mi renuncia, Carlos, tendrás que pagarme por obtener mi firma. – Sentencié. – ¿Cuánto quieres? – Preguntó. – Cien millones. – Dije, sin más. – Y una recomendación. – Agregué. Mi última solicitud era más un anzuelo que una necesidad. Carlos se dio cuenta de mis intenciones y simplemente contestó: -Te doy los cien millones, pero no puedo recomendarte. – Puntualizó. – ¡Qué raro! – exclamé -, hace no más de un año habrías metido las manos al fuego por mí. No entiendo porqué ahora no puedes recomendarme. – Dije, sin esperar respuesta.

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