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Capítulo 06. OmniSoft. La esencia del ser.

Septiembre 30th, 2012 Leave a comment Go to comments

Un año, mes y medio atrás.

Estaba en el aeropuerto. En cuestión de minutos, el avión en que viajaba Lucy aterrizaría. Me encontraba esperando por ella, quien había salido en uno de sus ya habituales viajes a Hong Kong. En realidad, hacía quince minutos que el avión debía haber aterrizado. Según parecía, el aeropuerto se encontraba congestionado en esos momentos. De pronto, una voz femenina –de una entonación con rasgos distintivos que difícilmente pasarían desapercibidos-, cortó de tajo el hilo de mis pensamientos. Una serie de recuerdos que creía ya enterrados e inaccesibles inundaron de pronto mi memoria.

Admito que feliz no estaba. Lo que sentí al escuchar esa voz fue un estremecimiento más bien causado por lo inoportuna que resultaba esta presencia que por la remembranza de historias que hacía muchos años habían concluido en capítulos amargos que había decidido olvidar. En torno a ellos sólo hubo dolor, al principio, decepción después, aceptación finalmente. Fueron más bien una lección de cómo no hacer las cosas o, quizás, un entrenamiento tácito para identificar los engaños a tiempo, antes de que el desencanto pesase tanto que se convirtiera en un fardo que era muy penoso traer a cuestas. Para mí, ella era un error que no deseaba repetir. Para ella yo . . . no sé que sería yo. Sólo sé que no deseaba verla, que no deseaba hablar con ella y mucho menos deseaba que fuera justo ahora, cuando Lucy estaba por llegar en cualquier momento.

No quiero ser interpretado de la manera equivocada. Yo insistía en llamarla a ella mi gran error, pero no desde una postura elitista que me hiciera suponer que yo era mejor ser humano que ella. Nadie es mejor que su prójimo. Pero ella había plagado mi vida de mentiras y me involucró en un mundo de fantasías que yo quise creer. La fantasía más cruenta fue su amor, amor que yo veía porque estaba enamorado; porque yo lo quería ver.

Envuelto de su capa de falacias, había decidido creerle ciegamente, tan sólo para descubrir que las bases sobre las que se asentaba ese amor habían sido construidas sobre los cimientos de mis sueños, de mis ansias . . . pero jamás existió el cemento de su contribución a este amor. Con una base tan endeble, el amor que edificamos no tardó en caer. Pero ella había aprendido bien mi debilidad y aprendió a usarla contra mi. No obstante, ningún engaño puede perdurar por siempre y con el paso de los años fui capaz de entender la falacia de su entrega. El humo se disipó y pude ver a la bestia tal cual es. Desde ese instante la repudié, en un principio, y después sentí una profunda pena por ella.

Aún quedaban vestigios de lo que otrora había sido una mujer extremadamente hermosa. En su momento, yo me sentí afortunado porque mis manos recorrieron ese cuerpo de principio a fin, mientras mis besos trazaron un mapa de sus formas. Pero la ensoñación acabó y aquello que había sido fuego ardiente, se había extinguido, reduciéndose a cenizas. Algo que había sido una pasión desbordante, incontrolable, ahora era un bochorno indescriptible, una vergüenza infinita; el tipo de  vergüenza que se siente cuando se descubre que la confianza que se entrega había sido demasiada. De ahí que pensara de ella como en un error.

Su vida entera era una mentira. Mentira que la había conducido a la más profunda soledad. Sé que siempre hubo otros que entraron y salieron de su vida. Unos, tal vez, por las mismas razones que yo; otros, en un afán egoísta de posesión. Otros que si vieron a tiempo lo que yo no vi y sacaron de ello la ventaja que pudieron.

-    ¡Lucas! ¡No puedo creerlo! ¿Qué haces aquí? – Dijo. – ¡Ah! ¡Hola, Margarita! –Respondí sin mucho afán. En realidad, estoy seguro que ella captó perfectamente el enfado en mi voz, pero si lo hizo, lo ignoró. – Espero a alguien. – Agregué escuetamente. La verdad es que no quise decirle que esperaba a Lucy. Sabía cuál sería su reacción. Sabía que cuestionaría mi relación con Lucy y trataría de invalidarla. Ella siempre hacía eso. Desde su punto de vista, como yo le había dicho que la amaba, ese antiguo amor aún existía y yo jamás podría sentirlo por alguien más. Pero la realidad era que ella siempre era la que abandonaba y no toleraba que alguien la abandonara a ella. Por eso, decidí que decirle quien era la persona que esperaba sería una tontería. Sólo esperaba que el avión de Lucy tardara un poco más, para dar tiempo a que se fuera Margarita.

Pero las mujeres suelen ser muy curiosas y no era aparente que tuviera la intención de dejarme en paz. En lugar de irse, comenzó a hablar de lo que fue nuestra relación. – ¿No estarás esperando a una vieja? ¿Verdad? – Preguntó repentinamente. Yo no quería responder a esa pregunta porque, cualquier respuesta iniciaría una controversia. – Espero a alguien. – Respondí lacónicamente. Había sido una mala respuesta pues, si antes no tenía deseos de irse por la curiosidad, ahora menos se iría. – Seguro que es una vieja. – Contestó, captando a la perfección mi incomodidad. – Tú no puedes tener otra vieja porque tú me amas a mí. Eso me dijiste, ¿o qué? ¿me engañaste? – Comenzó el reclamo. – Como yo lo recuerdo, fuiste tú quien me engaño a mí, Margarita. Además, lo nuestro acabó hace años. – Respondí. – Fuiste tú quien terminó esa absurda relación. – Agregué. – ¿Absurda? ¿Ahora te parece absurda nuestra relación? – Preguntó aparentando un falaz desasosiego por mi respuesta. – Si, precisamente, ¡Absurda! – confesé tajante. – Entonces, me mentiste cuando dijiste que me amabas . . . – Empezó a decir, pero no la dejé. – No, no mentí. Cuando te dije que te amaba no mentí. Más bien, la verdad ha cambiado. Yo dejé de amarte. – Le dije. – ¡Estas mintiendo! Cuando uno ama es para siempre. Si me amabas entonces, me amas ahora y no puedes amar a nadie más. Pero si no me amas ahora, es que nunca me amaste y me dijiste sólo mentiras para que me entregara a ti. – Insistió. – ¡Esta bien! Si eso quieres oír, tienes razón; siempre te engañé. Por eso ahora puedo decirte que ya no te amo, que lo que hubo entre los dos, para mi ya no existe. – Dije. La verdad es que yo comenzaba a impacientarme.

Era molesto tenerla a ella insistiendo en algo que ya no existía. Su sola presencia me avergonzaba. Lucy llegaría en cualquier momento y no quería que llegara mientras Margarita estaba a mi lado. Pero las cosas no ocurrieron como yo deseaba. Lucy llegó en ese preciso instante.– Hola amor. – Dijo Lucy mientras me besaba en la mejilla. – Hola hermosa – le respondí –, te presento a Margarita, una amiga. – Dije a Lucy, presentándole a Margarita. – Margarita, esta mujer tan hermosa – dije, abrazando a Lucy fuertemente por el talle -, es Lucy. La mujer de mi vida. – exclamé, poniendo un marcado énfasis en la oración. Margarita estaba furiosa. Difícilmente era capaz de controlar su ira, que se le desbordaba irremisiblemente a través de cada poro. Por su parte, Lucy, estaba desconcertada. Pude captar una pregunta en sus ojos. Pero no era momento de dar respuestas. – ¿Amiga, eh? – Dijo Margarita, destilando su veneno. – No hace mucho yo ocupaba su posición. – Afirmó. – ¡Lucas! ¿Qué es todo esto? – Preguntó Lucy. – Esto, Lucy, no es más que una quimera que ¡hace mucho! – dije, enfatizando mi último par de palabras mientras miraba a Margarita a los ojos con un odio incontrolable – dejó de ser una molesta realidad. ¡Vámonos de aquí! – Solicité, más como una orden que como una petición.

Tomé a Lucy por el antebrazo y la encaminé hacia la salida. Atrás quedaba Margarita con una sonrisa dibujada en los labios, satisfecha por el efecto de su ponzoña. Estaba seguro de que esto no pararía ahí. Sabía que Margarita no se conformaría con el desastre que había provocado.

Lucy trataba de mantener mi paso con esfuerzos, mientras yo caminaba hacia la salida de prisa, como queriendo huir de un peligro inevitable. – ¡Me estas lastimando, Lucas! – Dijo ella. -¡Suéltame! – ordenó. – Lo siento. – Respondí, liberándola. Mis ojos buscaban ansiosos el piso. No sabía que decir. Estaba avergonzado. Lucy me miró largamente, buscando mis ojos, buscando respuestas. – Dime, Lucas, ¿quién es realmente Margarita? – Preguntó. Yo la mire a los ojos. – Margarita fue, Lucy, algo importante en mi vida. Margarita es hoy, Lucy, mi mayor vergüenza. – Dije. – ¿Fue? ¿Estás seguro? – Preguntó. – Lucy, hace años, mucho antes incluso de conocerte, yo creí que la amaba, pero el amor no puede existir si no es mutuo y, lo que quiera que eso haya sido, no fue mutuo. Yo morí por ella, ¡una y mil veces!, pero para ella yo solo fui diversión. – Le revelé.

En el fondo, Lucy había obtenido ya la respuesta que buscaba y no fue a través de mis palabras. La escena, la actitud de Margarita, mi reacción, mis respuestas, todo eso le indicaban que yo decía la verdad, pero aún flotaba en el aire la duda. ¿Por qué no se lo había contado? ¿Qué importancia tenía . . . aún? ¿Era esta la única vez que me había reencontrado con Margarita? Y, si no era así, ¿por qué no se lo había dicho? ¿Qué más podría yo estar ocultándole? – Lucas, sólo quiero que me digas una cosa. – Insistió. – ¿La has vuelto a ver antes, mientras tú y yo hemos sostenido nuestra relación? – Preguntó. Su pregunta me cayó como un golpe bajo devastador. De hecho, yo había encontrado a Margarita un par de veces anteriormente y si, Lucy ya era mi novia para entonces. Pero nunca se lo había contado. Nunca creí necesario compartir con Lucy, algo que yo me esforzaba por enterrar en el rincón más recóndito de mi ser. Donde no asaltara a mi memoria. En el segmento de mi cerebro donde guardo lo olvidado, para vivir tranquilo, haciendo como si tales recuerdos jamás hubiesen llegado a existir. Baje la mirada. Sólo eso basto. Lucy obtuvo su respuesta. – Si. – Dije sin poder mirar a sus ojos. – No lo puedo creer. – Respondió. Un tono de rabia acompañó su respuesta y se alejó. Yo me quedé ahí, parado, cabizbajo, dubitativo.

* * *

La segunda etapa del proyecto Esporadic-OS, denominada con el nombre código OmniSoft, se encontraba ya en fase final. A lo largo de los pasados meses, mi equipo y yo habíamos trabajado arduamente en este complemento del sistema operativo Esporadic-OS.

OmniSoft había sido concebido como un protocolo de comunicaciones de banda ancha que permitía la transmisión de datos, voz y video simultáneamente. OmniSoft había sido la razón para la construcción de la supercomputadora que ahora residía en el centro del cubo, como director de orquestas de la sinfonía de comunicaciones que administraba Esporadic-OS. OmniSoft se componía de múltiples herramientas para administrar las telecomunicaciones entre empresas y personas. Entre sus bondades, ahora era posible programar video conferencias y organizar juntas entre diferentes miembros de un corporativo sin necesidad de su presencia física. Este logro era importante porque se había convertido en un factor de peso para abatir costos para muchas empresas alrededor del mundo. Ahora no sólo la información podía fluir con eficiencia sin importar las distancias, sino que, adicionalmente, podían tomarse decisiones en línea. Los negocios nunca habían sido tan fluidos como ahora. Pero la importancia del proyecto no se limitaba a proporcionar herramientas para facilitar la intercomunicación de los usuarios. En realidad, sin tan sólo dependiera de las herramientas, esta fase habría resultado innecesaria. El software desarrollado para integrar las funciones de telecomunicación podía haber sido liberado junto con Esporadic-OS, pero no sólo era el software. Internet proporcionaba ya la mayoría de estas herramientas, pero la anarquía existente en Internet y la diversidad de estándares en que se soportaba, no lo hacían el medio ideal para lo que OmniSoft representaba. Más aún, Internet se formó como una respuesta a las necesidades globales de telecomunicación y pretendía ser un medio democrático y accesible para la gente, pero era vulnerable.

Así, OmniSoft se pensó como una respuesta para aquellos usuarios, personas y empresas, que requerían de un medio seguro y veloz para transmitir su información. Eso era lo que representaba OmniSoft.

* * *

Había intentado varias veces comunicarme con Lucy. Sabía que estaba herida y yo necesitaba darle una explicación. Cada vez que le llamaba, cada vez que la buscaba, me encontraba sólo con una evasiva. Eso me hizo pensar que era mejor que dejara pasar un tiempo, para permitir que las cosas se calmaran.

Hacía ya un mes que Margarita se apareció como un áspid para regar su veneno e intoxicar nuestra relación y no había sido capaz de hablar con Lucy aún. Pero esta vez fue diferente. Cuando llame a su puerta ella abrió. Su recepción fue gélida, pero me recibió. Entre al departamento, cerrando la puerta detrás de mí. – Gracias. – Dije simplemente. Ella no contestó. – Vine porque necesito darte una explicación. – Dije. – No veo el caso, Lucas. – Respondió ella. – Ayudaría si me dijeras porqué te molesta tanto todo esto, Lucy. – Sugerí. – ¿A caso no lo entiendes, Lucas? – preguntó – ¡No puedo confiar más en ti! – Dijo, rompiendo a llorar. – He pensado mucho acerca de porqué nunca me hablaste sobre ella y, después de darle muchas vueltas, he llegado a la conclusión de que se trata de tu pasado, de que yo no tenía ningún derecho a cuestionarte sobre eso. Después de todo, tu siempre has respetado mi pasado. – Dijo, mientras lloraba. – Lucy . . . – Intenté hablar, pero ella no me lo permitió. – Encontré que, mientras esa relación permaneciera en el pasado, nada podría haber que yo pudiera recriminarte, ¡pero me mentiste, Lucas! ¡me mentiste! – gritó. No me atreví a responder. En el fondo, sabía que ocultar equivalía –en este caso-, a mentir y desde esa óptica, efectivamente, había mentido. – Si tu me hubieras dicho que esa mujer existía, si hubieras compartido conmigo tus encuentros furtivos con ella . . . pero no lo hiciste. – Las lágrimas cubrían su rostro. Ella se abrazaba así misma, como queriéndose consolar. Yo intenté pasar mi mano sobre su hombro, pero me rechazó. – Sólo una cosa más quiero saber, Lucas. ¿Qué tan importante es ella para ti ahora? – Urgió. – Lo que tuve con ella acabó, Lucy. – Respondí. – ¡No! ¡Lucas! ¡No! Lo que yo quiero saber es qué tanto te importa ella ahora ¡Maldita sea! – gritó. – Para mi es sólo un error. – Dije, respondiendo a su pregunta. – ¡Largo de aquí! – Gritó. – Lucy, yo . . . – quise hablar, pero nuevamente urgió – ¡Que te largues! ¡Déjame sola! ¡No quiero verte! ¡Lárgate! – gritó y su llanto cayó sin consuelo. Pero las lágrimas de ella no eran las únicas. También en mi ser, mi alma lloraba.

* * *

La noche transcurría y yo no era capaz de conciliar el sueño. Todo se conjugaba para impedirme dormir ahora. La discusión con Lucy, la inminente sino consumada ruptura, las fallas recientes encontradas en la programación de Esporadic-OS, los detalles aún pendientes de resolver en OmniSoft . . . todo insistía por permanecer en mi cerebro en ese momento y me impedía dormir. Encendí el televisor. Sintonicé un canal donde exhibían un documental sobre genética y clonación. Me sentía terriblemente abatido. No sabía que pasaría con mi relación con Lucy, pero deseaba inconteniblemente poder reparar el daño. Ella tenía razón en desconfiar. Yo debí hablarle sobre Margarita y debí compartir con Lucy sobre las veces en que llegué a encontrármela. Pero me empeñé, con necedad, en mantener a Margarita como un recuerdo que deseaba reprimir, como una parte de mi historia que deseaba borrar.

Lo que no lograba entender era el sentido de su última pregunta y, más que nada, el sentido de su reacción ante mi respuesta. Analicé la pregunta. Para ella quedaba claro que Margarita había sido parte de mi pasado. Después de todo, ella así lo indicó. Si le quedaba claro que Margarita era parte de mi oscuro pasado, ¿por qué asumir que aún tendría importancia? Desde mi punto de vista, las relaciones que uno decide enterrar en el pasado dejaron de ser importantes en cuanto uno echó la primera palada de tierra sobre ellas. Por eso las entierra uno en el pasado. Pero, por otro lado, Margarita era aún una mujer sobresalientemente hermosa y es posible que eso inquietara un poco a Lucy. Sin embargo, pronto olvidé esa idea. Era absurdo. Simplemente absurdo. Tenía que ser otra cosa pero, ¿qué?

Repentinamente, una luz se encendió en mi cerebro. Yo había sido muy escueto en mi respuesta. Había declarado abiertamente que, para mí, Margarita representaba únicamente un error. Eso debió sonar extremadamente machista de mi parte. Debí parecerle el clásico macho que primero las enamora y luego las bota. De pronto quedo muy claro para mí que debía hablar de nuevo con Lucy y relatarle la historia, sin ambigüedades, completamente. Entonces el cansancio surtió efecto y caí en un profundo sueño.

En medio de mis sueños, sin embargo, percibía las voces provenientes del televisor. Quizás eso influyó en las historias sin sentido que mi mente maquinaba mientras dormía. Ese sopor en el que me encontraba envuelto me pareció un brevísimo instante en el tiempo. Mi cuerpo me exigía más descanso, pero el despertador marcaba el momento de despertar  y la implacable conciencia le cedía el control absoluto a la responsabilidad. Aún así, permanecí dormido por algunos minutos más. Un sueño oportunista entró durante ese lapso y el sueño me mostraba imágenes de personas que se multiplicaban, como si de pronto adquiriesen el poder divino de la omnipresencia.

Yo sabía que debía despertar. Mi sentido de responsabilidad me obligaba a ello y ese sueño marcó el inicio de mi día. Mientras me bañaba, aún somnoliento, trataba de aclarar mi mente. Una jaqueca matutina empezaba a hacer estragos en mi día y el maldito sueño de los individuos omnipresentes se resistía a abandonar el recinto de mi mente.

De pronto, algo ocurrió en mí. Sin habérmelo propuesto, empecé a relacionar las cosas y una idea empezó a juguetear en mi cerebro. Eso terminó por aclarar mi mente y, mientras más lo pensaba, más sentido parecía tener. Mientras más vueltas le daba, más se parecía a una oportunidad ¡y yo debía tomarla!

* * *

Braulio se encontraba saliendo de una junta del salón platino, ubicado en el noveno piso, cuando lo intercepté. – ¡Mi estimado Lucas! – Dijo en un tono agradable y bonachón. – ¿Cómo van Esporadic-OS y OmniSoft? ¿Ya mero acabamos? – Preguntó. – Todo en orden Braulio. De acuerdo a lo programado, pero he venido porque quiero compartir contigo una idea que se me acaba de ocurrir. Quisiera conocer tu opinión. – Dije. El me miró interesado y respondió. – Muy bien, Lucas, pero te agradecería que me dieras unos minutos para hacer una llamada y enseguida te recibo. – Solicitó. – No te vayas, espera aquí unos minutos. Enseguida te hago pasar, ¿está bien? – Dijo. Hice lo que me pedía y esperé. Unos minutos después me hacía pasar a su privado.

El proyecto había consumido gran cantidad de recursos de Argus. Había ya compromisos de entrega y los costos se habían incrementado en los últimos meses por la inversión en infraestructura de telecomunicaciones que Argus había hecho para la liberación de OmniSoft. Quizás, una idea que prolongara la entrega del proyecto no sería bien recibida, pero tenía que tomar esta oportunidad. De hecho, yo estaba convencido de las bondades de mi idea. Ahora sólo tenía que venderla. – Ahora si, Lucas, platícame sobre esta nueva ocurrencia tuya. – Instó Braulio para que le compartiera mi idea. – Debo confesar – empecé -, que esta idea me surgió en medio de sueños, pero no por ello es menos válida. Tengo una excelente corazonada de que no sólo funcionará, sino que será el mejor negocio que Argus pueda hacer jamás. – Aseveré. Braulio aceptó mi justificación exponiendo francamente su expectativa. – El sueño que tuve involucraba a varios individuos que se multiplicaban. Luego, ya despierto, relacione ese sueño con el proyecto OmniSoft y de pronto lo vi muy claro: ¡Omnipresencia! – Dije. Braulio me lanzó una mirada cargada de preguntas. Quien lo haya visto en ese momento debió ver a una persona que empezaba a preguntarse si estaría en presencia de un lunático. – No entiendo. – Admitió. – ¡Si! ¡Omnipresencia! ¡Podemos dotar a OmniSoft con herramientas para permitir al usuario volverse Omnipresente! – Dije con entusiasmo desbordante. Braulio aún me miraba azorado. Parecía sostener una lucha interna para decidir entre continuar escuchándome o mandarme a un manicomio. – ¡Esta bien! ¡Esta bien! – Aseguré. Me di cuenta de lo incomprensible que era mi idea para Braulio. – Creo que debo explicar mi propuesta desde otro ángulo. Mi propuesta consiste en lo siguiente: Podemos desarrollar un chip que se implante en el cerebro de las personas para monitorear la actividad eléctrica de su cerebro. La información recopilada de esta forma podría entonces ser transmitida hacia una computadora que la utilizaría para entrenar una red neuronal artificial. De esta manera, estaremos haciendo una réplica de la personalidad del usuario. Captaremos la esencia de su ser, sus mecanismos de razonamiento. Duplicaremos su personalidad. Con toda esta información podemos complementar OmniSoft para que sea factible, no sólo crear una presencia virtual del usuario, sino que este usuario virtual podría tomar decisiones concientes, bajo el mismo esquema de mecanismos del pensamiento que la persona original, permitiéndole al usuario resolver múltiples asuntos de negocios simultáneamente. Aquellos asuntos que sean concurrentes podrían resolverse de una manera similar a como un sistema operativo administra las concurrencias. Más aún, podríamos emplear esta tecnología como tecnología de soporte para el campo de la ingeniería genética, pudiendo programar la conciencia de los individuos gestados por clonación e, incluso, podríamos utilizar esta tecnología para ayudar a aquellas personas que necesiten rehabilitarse tras una intervención quirúrgica en la que se les haya extirpado parte de su cerebro. – Puntualicé exaltado. Braulio me miraba aún atónito, como si su cerebro se resistiera a creer en la gama de posibilidades que le planteaba. Pero, con su acostumbrada mente abierta, dio a mi propuesta una segunda oportunidad y me prometió analizarla.

* * *

Había pasado el resto del día dedicado al seguimiento del proyecto. Visité a varios de mis colegas y supervisé su trabajo. Me encontraba ultimando detalles sobre una aplicación con uno de ellos, cuando Sergio me indicó que tenía una llamada en mi extensión. Fui al cubículo y levanté el auricular. – Hola, buenas tardes, soy Lucas, ¿en qué puedo ayudarle? – dije a la expectativa – Tenías razón Lucas, ella fue un error en tu vida. – Dijo la voz al otro lado de la línea. – ¿Lucy? – Pregunté. Pero ya era demasiado tarde. Lucy había colgado.

La repentina llamada de Lucy me había inquietado. Ella nunca me llamaría a la oficina. A mi extensión. Su voz se había oído calmada, pero era evidente que no quería hablar conmigo. De otra forma, me habría permitido hablar con ella. Sin embargo, aún cuando no me había dado la oportunidad de hablar, algo me hacía tener la esperanza de que ella me lo permitiría tarde o temprano. Quizás sólo recordó que mi extensión no era el medio apropiado para una conversación ajena a los negocios. Por otro lado, esa aceptación en la que me daba la razón por mi forma de ver a Margarita me indicaba que era bastante factible que la mano de Margarita estuviera involucrada.

La llamada de Lucy me hizo recobrar la esperanza y me impulsó a tratar mis pendientes con rapidez, para poder ir a buscarla. Más tarde, llegué a su departamento y ella me permitió pasar. – Por favor, discúlpame por haberte cortado sin darte la oportunidad a responder, Lucas, no creí que llamarte a tu oficina fuera una buena idea de cualquier manera, pero no pude contactarte por tu celular. – Confesó Lucy. – Tengo curiosidad, Lucy, ¿Por qué me das ahora el beneficio de la duda? – Pregunté. Ella lanzó una profunda mirada al vacío y suspiró. Era evidente que se encontraba abatida, confundida; luchando consigo misma. – ¿Creerás que la muy estúpida se atrevió a buscarme en mi oficina? – Dijo ella. – Me hizo pasar un mal rato. ¡La muy víbora! – Dijo, queriendo desahogarse. Yo no quise hablar. Permanecí escuchándola. – Me gritó que tú eres suyo, que nadie la bota, que si yo pensaba que ella te iba a dejar en mis manos, estaba muy equivocada. Me contó de su relación y de la manera como te mantenía comiendo de su mano. – Ahora comprendía. Margarita simplemente no se iba a conformar con un desplante. Para Margarita yo -y cualquier persona-, no era más que un juguete en sus manos. Se sentía con derecho a tomar mi vida y despedazarla a su antojo. Se sentía con derecho a invadir la privacidad de Lucy, a exponerla al ridículo, a exhibir con descaro sus pasiones. ¡Pobre de ella! Nunca como ahora me había producido tan profunda tristeza por su actitud autodestructiva. Se estaba quedando sola y lo peor era que ella sola se lo estaba buscando. – Lucy, amor, lamento tanto que tuvieras que pasar por todo esto. Lamento que esa mujer tan irresponsable te pusiera en esta álgida posición. – Dije, pretendiendo reconfortarla. – No lo hagas. – Dijo ella. – Quizás, era necesario. – Puntualizó, como si ella misma trata de convencerse de sus propias palabras. – Lucy, yo, decidí anoche contarte toda la historia, pero veo que ya no es necesario. Sólo lamento no haber sido lo suficientemente oportuno para evitarte todas estas molestias. Anoche me di cuenta de que fui muy sucinto al señalar a Margarita como un error y comprendí que debí decirte porque. No necesito asegurarte que te amo con todas mi fuerzas, Lucy, pero si necesito que sepas que lo que tuve con Margarita fue sólo una pasión que confundí con amor, que le entregué mansamente mi confianza y decidí creer tanto en lo que quería recibir de ella, que yo mismo me cegué y no vi la realidad hasta que fue ya demasiado tarde. – Ella permaneció en silencio, mirando al vacío. No sé si estuvo escuchando, pero no recibí retroalimentación de su parte. – ¿Crees que algún día podrás perdonar que te excluyera de esa parte de mi pasado? – Dije con vehemencia, esperando el indulto. – No lo sé, Lucas. Ya no sé. – Se limitó a decir.

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