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Capítulo 04. El conflicto.

Septiembre 30th, 2012 Leave a comment Go to comments

Dos años, un mes atrás.

Hacer el amor con Lucy no era el simple llamado de una función biológica. Hacer el amor con Lucy era eso: despertar múltiples sensaciones en nuestros cuerpos y sentidos. Era llevar cada célula de nuestros cuerpos a un éxtasis interminable de sensaciones explosivas que se propagaban incontrolablemente, en una reacción en cadena, a través de nuestra piel hasta tocar nuestras almas, fundiéndonos en un solo ser. Hacer el amor con Lucy era descubrir en la carne, el bienestar que se le depara a un alma que ha alcanzado la gloria. Significaba compartir, entregar, descubrir. Cada caricia, cada beso, todos ellos, eran sólo elementos que, en conjunto, revelaban una profunda necesidad de comprensión mutua. Era redescubrir algo que, de antemano, ya sabía: Que no había mejor lugar para mí que sus brazos, ni mejor regalo que su amor, ni mejor sensación que la que su sola esencia me producía. Era también aceptar que nada de eso sería posible si ella no se sintiese igual, que nada de eso podría nunca existir, si no era yo capaz de despertar en su ser las mismas sensaciones que ella podía ocasionar en mí.

La comunión nunca fue necesaria entre nosotros porque éramos ya uno solo, aunque divido en dos cuerpos que, por capricho del destino, fueron capaces de reencontrarse y volverse a integrar.

Éramos afortunados. ¿Cuántas veces ocurre esto en la vida? ¿Cuántas personas son tan afortunadas, como lo éramos nosotros, de conocer y entender esta sensación? Muchas personas pasan su vida sin conocer nunca lo que es el amor.

El amanecer nos sorprendió desvelados, pero no había cansancio. Ella tenía que abordar un avión y yo debería presentarme a una reunión a la que había sido requerido para sorpresa mía. La reunión involucraba solamente a personal directivo, según pude leer en el mensaje que se me había enviado previamente, pero me asombró que requiriesen mi presencia. El hecho me halagaba.

Tomamos un desayuno frugal y cada uno se dirigió a su destino. Hacía mucho tiempo que no habíamos tenido la oportunidad de compartir un momento tan íntimo. Las actividades de ambos nos mantenían absortos en nuestras ocupaciones y pocas veces lográbamos coincidir.

Tan pronto llegué, Idelfonso me interceptó. – ¿Tienes idea del motivo de la reunión? – Preguntó. – Ni la más remota idea. – Contesté. – ¿Ah, si? – Inquirió. Su insolente insinuación me molestó. – ¡Ya te lo he dicho! Probablemente yo he recibido el mismo correo electrónico que tú. Si lo dudas, te lo puedo reenviar. -  Dije. Pocas veces dejaba que alguien me sacara de mis casillas, pero este tipo se había vuelto muy irritante y posiblemente el desvelo comenzara a afectarme. Para evitar que la situación se complicara, me excuse y me dirigí a mi cubículo para revisar mis pendientes. A la hora fijada, acudí a la oficina de Braulio, en el noveno piso.

En realidad, el edificio de Argus no era un rascacielos, pero desde la ventana de la oficina de Braulio se extendía una vista impresionante. Llegué con la mayoría de los citados, aunque está por demás decir que algunos faltaban, incluido Idelfonso.

Braulio decidió esperar sólo cinco minutos, el tiempo suficiente para que su asistente llamara a la extensión de los faltantes para hacer que se presentaran. Mientras tanto, pláticas intrascendentes inundaron el recinto.

Alguien que no recuerdo trataba de hacerme explicarle los procesos de pensamiento que me llevaron a proponer Atalaya. Me esforcé por satisfacer su curiosidad. En realidad, siempre he sido alguien muy callado. Difícilmente permito a otros involucrarme en conversaciones. Aún no sé porqué. Sólo sé que paso la mayor parte del tiempo pensando y me siento muy a gusto en ese soliloquio interno, conversando conmigo mismo. Tanto, que es muy frecuente que los demás pasen por dificultades muy serias para hacerme hablar.

Braulio nos interrumpió. Habían transcurrido los cinco minutos de plazo y decidió que no podíamos esperar más. A esas alturas solo un par de ejecutivos faltaban de llegar, además de Idelfonso.

-    Caballeros – inició Braulio – he solicitado su presencia aquí porque creo que ha llegado el momento de cristalizar un antiguo proyecto mío, de mis años de universidad – dijo – y pobre de aquel que se atreva a insinuar cuanto tiempo ha pasado. – La broma surtió su efecto. Todos reímos de buena gana.  – Mi proyecto consiste en desarrollar un sistema operativo. He retomado ese proyecto que llenó de ambición mis años de juventud porque considero que éste es el momento oportuno, ahora que hemos echado a andar Atalaya. – Algo conectó las dendritas y axones apropiados en mi cerebro y el chispazo producido me hizo comprender que rumbo tomaría esta reunión. Ahora sabía el motivo, lo que no comprendía aún era porqué había sido incluido. Quizás, Braulio me pediría que respondiera a algunas preguntas sobre Atalaya, tal vez querían conocer mi opinión al respecto. La verdad es que hubiera preferido que Idelfonso estuviera presente para prevenir que quisiera acosarme, culpándome de no tomarlo en cuenta y de saltarme las jerarquías.

Debido a la continua necesidad de renovar el software para complicarle a los crackers la ruptura del código, la codificación de las instrucciones necesarias para recuperar los datos colectados por Atalaya debía sufrir modificaciones de manera ininterrumpida. Esto era poco eficaz en cuanto a costo y esfuerzo. Lo ideal, al menos, lo que un desarrollador experimentado haría, era construir módulos de propósito general y estructurarlos bajo alguna convención predeterminada. Así, el módulo correspondiente al protocolo que Atalaya usaba para transmitir los datos del usuario a la torre de vigilancia sería congruente en todos los productos de Argus, y no necesitaría ser reescrito cada vez. Sin embargo, este era el punto vulnerable del sistema. Para nuestros propósitos era indispensable que esa porción de código en particular cambiara en cada producto y la solución ideal, no resultaba ser la solución adecuada. Pero el enfoque que le había dado Braulio era brillante, ya que al construir todo el sistema operativo, haciendo que éste implementara de facto la tecnología de Atalaya solucionaría completamente el problema. La razón para ello es que a través del sistema operativo se podrían definir áreas protegidas del sistema de manera intrínseca, a las que sólo se tuviera acceso si los permisos requeridos habían sido previamente otorgados. Esto simplificaba el problema y garantizaba la protección requerida.

-    Para aquellos de ustedes que son neófitos en este argot – comenzó a explicar Braulio -, un sistema operativo  es un programa que le simplifica la vida al usuario no versado en los menesteres de la computadora. Esconde la complejidad del sistema y le permite al usuario crear las maravillas por las cuales usa la computadora. Claro está que el sistema operativo hace mucho más que eso, pero creo que esa explicación les bastará. Ahora bien, la importancia de mi propuesta – dijo, dedicándome una mirada de complicidad – radica en que el sistema operativo nos permitirá simplificar enormemente nuestra codificación, reducir esfuerzos y abatir costos – terminó la oración, modulando su voz al pronunciar las últimas dos palabras y mirando ahora con su característica mirada de complicidad a Carlos, el recluta de más reciente adquisición, quien se encontraba a cargo de la contraloría en la empresa.

Todos seguíamos con atención el discurso de Braulio. Cada uno de los presentes estaba implicado de una forma u otra en la propuesta de Braulio. Aún así, para mi no resultaba completamente clara mi función en esta reunión.

-    Como Lucas es el culpable de que hayamos llegado hasta este punto – dijo, más con un tono condescendiente que con ánimos acusatorios – he decidido que él asuma la responsabilidad de este proyecto. – Las felicitaciones y comentarios de apoyo se iniciaron en ese momento. – Así que, Lucas, nos gustaría que te comenzaras a involucrar. Sé que has realizado un trabajo impecable antes y no espero menos de ti. – Puntualizó.

Más que nada por cuestiones de logística, Carlos había quedado como jefe común para Idelfonso y para mí. Al terminar la reunión se acercó a mí y me pidió que esperara a que él hablara con Idelfonso antes de que yo hiciera cualquier comentario al respecto. Él tenia antecedentes de la álgida situación entre Idelfonso y yo. Además, por protocolo, consideraba que era mejor que él le comunicara a Idelfonso sobre la decisión que Braulio había tomado. Estaba al tanto de la importancia que las jerarquías tenían para Idelfonso y como tenía que cohabitar con ambos, consideró que era deseable que él actuara como mediador.

Para mí resultaron muy claros sus propósitos, por no decir cuán convenientes me parecían, así que acepté su solicitud de inmediato. Íbamos de salida cuando Idelfonso recién llegaba. – ¿Qué paso mi querido Idelfonso? – dijo Carlos dedicándole una sonrisa franca bajo su profuso mostacho. – Te estuvimos esperando. – Le informó más a manera de broma que como regaño. – ¡Te extrañamos! – Bromeó. – ¡Ya sabes que tengo mucho trabajo! – Respondió Idelfonso. “Para variar”, pensé. – ¡Vente! ¡Ven conmigo a mi oficina! – Urgió Carlos, sin dar oportunidad de entrar en detalles. – ¿Me vas a regañar? – Bromeó Idelfonso. Ambos desaparecieron al final del pasillo mientras yo regresaba a mi cubículo. Tenía mucho en qué pensar. Una asignación como ésta es el sueño dorado de cualquiera. No podía darme el lujo de fallar. En los próximos días seria necesario que me dedicara por entero a estructurar una propuesta. Era la oportunidad que esperaba para sacar a colación algunas inquietudes mías que me habían surgido gracias a diferentes circunstancias.

Pero no pude permanecer embebido mucho tiempo en mis cavilaciones. No habían pasado quince minutos desde que vi a Carlos e Idelfonso dirigirse a la oficina del primero, cuando mi extensión repiqueteó.  – Mi estimado Lucas, vente a mi oficina como de rayo. – Dijo Carlos en su acostumbrada entonación relajada y bonachona. – Voy. – Le confirmé.

Al entrar a la oficina de Carlos esperaba encontrar a un Idelfonso furibundo. En su lugar, encontré a un camarada que me felicitaba por la asignación aparentando muy bien su alegría por mi logro. Carlos se limitó a decirme que, aunque tendría a mi cargo el proyecto, debía dirigir cualquier consulta a Idelfonso y coordinar con él cuanto hubiera que hacer. Naturalmente esto me incomodó, pero no consideré oportuno expresar mi descontento. “Después de todo fui yo quien recibió el encargo.” Pensé. “Este tipo ni siquiera se molestó en llegar.” Me encontraba realmente consternado, pero no permitiría que –siquiera-, mi lenguaje corporal me delatara. – Idelfonso, encárgate de que cualquier proyecto que Lucas tenga en este momento sea delegado a alguien más y deja que se concentre en el nuevo proyecto. – Ordenó Carlos.

* * *

Esa noche el cansancio me abatía. Mi cama reclamaba con gran urgencia mi presencia. Además de cansancio sentía consternación. No me había gustado en absoluto la posición de saqueo que habían asumido Idelfonso y Carlos. Sentía que algo me había sido arrebatado. Lo que me tenía más molesto fue la actitud de prepotencia que Idelfonso me había mostrado durante la tarde, cuando me llamó a su oficina y me urgió a que compartiera con él detalles sobre los avances que había hecho después de la reunión. Yo no quería compartir con él mis ideas, al menos no hasta que tuvieran una forma que él no pudiera cuestionar.

En Idelfonso era característica la negligencia. Supongo que alguna vez había oído o leído que las mentes brillantes simplifican, pero consideraba que, de ser así, él había malinterpretado el significado de dicha simplicidad. Por ello, quería tener una idea suficientemente madura y sólida, para no dejarle lugar a sus “sugerencias”. Esa fue la razón de que simplemente le dijera que me encontraba trabajando en ello. No obstante, él insistió, arguyendo que algún avance debía de tener. Yo simplemente le dije que sí, que había pasado el día identificando las funciones que el sistema debería soportar y que eso me tomaría varios días. Decidí no complicarme más la vida y me fui a dormir.

* * *

Lucy había tenido que viajar de urgencia a Hong Kong, a atender asuntos de negocios que su compañía le había delegado. Estaría por allá un par de semanas. Aproveché estos días para dedicarme por completo a la definición del proyecto. Para su regreso, ya había definido los componentes del sistema, las funciones que debía integrar, había identificado a aquellos de mis compañeros que mejor podrían contribuir al proyecto, había elaborado una gráfica de asignación de tiempos y recursos, había estimado costos, presupuestos, proyecciones, etcétera. Por supuesto, había mantenido al tanto –religiosamente-, a Idelfonso. Este no perdía oportunidad para intentar insertar sus opiniones, pero había conseguido disuadirlo la mayoría de las veces explicando la razón de mis propuestas.

Sin embargo, pronto aparecieron serias divergencias entre ambos. Esto dio lugar a una nueva intervención de Carlos y yo, simplemente, pedí que se me excluyera del proyecto sino se me permitía hacer mi trabajo con libertad. Como ya era costumbre, acompañé mis argumentos de sesudos razonamientos y pruebas que justificaban plenamente mi posición. Eso me ayudó a conseguir que se me diera absoluta libertad para proceder, sin la supervisión de Idelfonso. Obviamente, Idelfonso no quedó muy contento con el fin al que habían llegado las cosas y exigió una garantía. Finalmente acordamos que yo me dedicaría completamente al proyecto, con todas las libertades que exigía, a condición de que terminando éste volviera a reportar a Idelfonso. Me pareció justo, aceptable. Después de todo –siempre lo había dicho-, yo no buscaba el puesto de Idelfonso. Lo único que quería era entregar el mejor trabajo de mi vida.

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