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Capítulo 03. Atalaya.

Septiembre 30th, 2012 Leave a comment Go to comments

Dos años, cinco meses atrás.

Tras la reunión un naciente frenesí se desató en el ánimo de los semidioses. Nuevas reglas habían sido establecidas, nuevas estrategias de publicidad y mercadeo habían sido desarrolladas. La opinión pública se mostraba impaciente y a la expectativa. El proyecto –en términos generales-, había sido recibido con gran entusiasmo.  El nombre código para el proyecto se definió como Atalaya. Precisamente de eso se trataba todo. Argus se erigiría como una torre de vigilancia.

Contrario a lo supuesto inicialmente, al público pareció no importarle demasiado el hecho de que el software que utilizaban monitoreara su actividad. No obstante, pronto aparecieron grupos extremistas exigiendo que el congreso de la nación legislara en cuanto al alcance de este monitoreo.

Sin embargo, Argus respondió haciendo del dominio público la naturaleza de esta vigilancia. Simplemente se trataba de detectar cuándo y por quién el software era utilizado. El algoritmo que recopilaba estos datos fue publicado libremente. Cualquiera que así lo deseara, podía ver qué información se colectaba. “Después de todo,” argumentó Argus en apoyo a su postura, “en el mundo de nuestros días, las personas son vigiladas consciente o inconscientemente. Cuando realizamos transacciones en los cajeros automáticos, cuando ingresamos a una tienda a comprar víveres u otros artículos -incluso-, cuando utilizamos la Internet, por cualquier propósito que se nos ocurra. Todos los días, nuestra información personal es recopilada y manipulada inevitablemente.

Como es natural, a pesar de esta explicación, algunos grupos radicales exigieron el respeto al derecho inalienable del ser humano a su intimidad. “Como cualquier compañía legítimamente establecida, nosotros tenemos el derecho a proteger nuestros intereses de los piratas, quienes, como parásitos, obtienen beneficios ilícitamente a nuestras costillas.” Replicó Argus. Pero, como en toda guerra, el contraataque no se hizo esperar. “Si la gente recurre a la piratería es porque no puede pagar los altos precios que las compañías imperialistas del mundo imponen a sus productos para acumular riqueza, mientras someten al pueblo bajo su yugo”, otras voces decían. Evidentemente, la controversia no paró. Es más, se extendió hacia otros ámbitos, como el reclamo de algunos porque el software se utilizara como instrumento de publicidad.

La competencia empezó también a utilizar estrategias similares pero, como sugiere el viejo dicho “quien pega primero, pega dos veces”. El ataque más fuerte, como ya se había previsto, provino del mercado negro. Ante la imposibilidad de reproducir software y distribuirlo a un costo diez o más veces por debajo del costo del software original, los nuevos piratas comenzaron a especializarse más e intentaron romper el código para poder ahora vender los espacios publicitarios al nicho que Argus, aún, no tenía cubierto: el de aquellas compañías que buscaban posicionarse.

Sin embargo, en esto también Argus se adelantó. Ya se habían hecho los estudios necesarios para predecir cuanto tiempo tomaría para que esto ocurriese y la estrategia de Argus fue planeada por fases, cuya duración se previó para contemplar este inconveniente.

También se consideró la posibilidad de que hubiera crackers que inhabilitaran el mecanismo de monitoreo incluido en el software. Este problema en particular se solucionó de dos maneras. Por un lado, el protocolo que realizaba la función de monitoreo fue codificado meticulosamente para complicar tanto como fuera posible la labor de un posible cracker, haciendo que romper el código fuera una tarea extenuante, muy cara en tiempo, dinero y esfuerzo. Se utilizaron subrutinas similares a las utilizadas por los virus polimórficos e invisibles. Se cifró digitalmente porciones del código y se esparció este a lo largo de interminables cadenas del ríspido lenguaje de la máquina.

Obviamente, aún así existía una posibilidad –por mínima que fuera-, de que un cracker muy determinado rompiera el código y revelara el secreto. Esto se combatió jugando con el ciclo de vida del software. Tan pronto como se considerase que existía un riesgo muy alto de que el código de algún producto fuese violado, Argus respondía liberando, no una versión mejorada del mismo, sino un producto radicalmente nuevo, con características ampliadas y mejores funciones, que soportaba –evidentemente-, las características propias de los correspondientes productos predecesores.

Toda esta planeación logró su objetivo principal, que era el de presentar una cruenta batalla a la piratería. Al ver éxito alcanzado por Argus, pronto otras compañías intentaron estrategias similares, adaptadas –claro está-, a la naturaleza de sus productos. Por supuesto, esto sólo representaba un obstáculo en el camino de los piratas. Pero era un obstáculo muy difícil de vencer.

* * *

 Un buen día Idelfonso me pidió que lo visitara en su privado. Él se encontraba sentado frente a su estación de trabajo, aparentemente ocupado. – Pasa. – Me dijo. Yo entré y tomé asiento frente a él. – Quiero felicitarte por el éxito de tu propuesta. – Me dijo. – Sinceramente, no comprendí al principio su alcance pero, conforme lo explicabas en aquella junta, se me hizo muy claro porqué era una idea ganadora. – Continuó. – Veo, con beneplácito, que tu idea ha funcionado como se planeó, aunque debo reconocer que tenía mis dudas. – Dijo. “Y esperabas que fracasara.” Pensé. – Independientemente de ello, – continuó sin darme la oportunidad de hacer cualquier comentario – lo que recupero de todo esto es que tu aportación ha sido benéfica para el departamento, Lucas. Ahora nos toman más en serio y espero continuar así. – Indicó. “Pero . . .” pensé. Empezaba a captar el punto hacia el cuál Idelfonso se dirigía. – Pero sigue sin gustarme tu actitud, Lucas, ahora eres el héroe, pero todos necesitamos de todos. Reconozco que a mí jamás se me habría ocurrido una idea tan brillante como la tuya. Por eso, Lucas, quiero invitarte a que, en el futuro, discutas primero conmigo tus ideas, antes de que las expongas por tu cuenta. Recuerda que existen jerarquías. Se ve muy mal que pases por alto las jerarquías. Yo sé que quieres escalar posiciones y lo entiendo. Yo mismo he estado alguna vez en tu posición y sé muy bien que tu turno llegará. – Afirmó. – Idelfonso – interrumpí – si lo que insinúas es que sólo busco escalar posiciones a costa de las jerarquías impuestas, discúlpame, pero estás equivocado. No me interpretes de la manera errónea, como tú, yo estoy aquí por el dinero; como a ti, a mi también me interesa mejorar mis condiciones de vida, pero tener un puesto similar o más importante que el tuyo no es mi objetivo profesional. Sé que mejorar mi situación económica va invariablemente ligado a escalar posiciones, pero mi caso es diferente Idelfonso, yo amo lo que hago, me apasiono por mi trabajo. Ahora, por otro lado Idelfonso, se nos citó a esa reunión un Viernes por la tarde. En el mensaje de correo electrónico se nos pedía que preparáramos una propuesta. Yo terminé mi propuesta hasta el Domingo por la noche y el Lunes te vi hasta el momento en que tú entraste a la sala azul. Aún así, suponiendo que te hubiera visto antes, yo no tenía forma de saber que estabas interesado en nuestras propuestas, ni tú sabías lo que cada uno iba a proponer. Simplemente, ni tú, ni yo teníamos forma de saberlo. Tú debiste comunicárnoslo con anticipación para prevenir que esto llegase a ocurrir. – Expuse. Mi posición era clara. No iba a permitir que este tipo me inculpara tan fácilmente. – ¡Por eso! – dijo él. – Mira, se trata simplemente de que somos un equipo. Tú sabes que en un equipo ningún miembro es más importante que los otros. Quiero que entres en el redil y colabores con nosotros, como parte del equipo. – Insistió. Podía discutir, pero no tenía caso. Nunca me ha parecido que entrar en una discusión por necedad tenga sentido. Siempre que he detectado que alguno de los participantes en una discusión –incluyéndome-, comienza a ponerse necio, trato de cortar la discusión tan pronto como me es posible. – Bien, si así lo deseas, cuenta conmigo. – Acepté.

 * * *

Hacía tiempo que Lucy y yo no pasábamos un rato juntos. Esa noche –por fin-, tuvimos la oportunidad de encontrarnos en su departamento. La cena había transcurrido entre comentarios poco trascendentes acerca de nuestras respectivas ocupaciones y de los eventos que habían ocurrido en nuestras vidas desde la última vez que nos habíamos visto. Ella parecía muy animada. Las cosas iban bien para ella y no paraba de hablar de sus proyectos. También mostró interés por mis actividades y le relaté la manera en que las cosas habían resultado.

En medio de la plática, un sentimiento repentino de bienestar se adueñó de mis sentidos. Hacía mucho que no departíamos como esa noche. – Amor, te he extrañado mucho, mucho. – Le dije. – ¿Ah, si? ¿Cuánto? – preguntó coqueta. – Pues, déjame ver si puedo ser lo suficientemente elocuente. – Respondí. – Me has hecho tanta falta, que mi corazón se ha sobrecogido cada vez que mi mente ha volado hacia ti, lo cual ha sido muy frecuente. ¿Cómo no pensar en ti? Si cada cosa que veo me recuerda a ti, si cada cosa que hago está inspirada en ti. Los sonidos de la naturaleza, los colores, las texturas, todo lleva implícita en su esencia una pequeña parte de ti y -al combinarse-, inevitablemente integran en mi mente y en mi ser una perfecta imagen tuya. ¿Cómo no pensar en ti? Más aún, ¿Cómo evitar toda esa gama de sentimientos que tu sola esencia desborda en mí interior? Sin esos sentimientos que tú provocas yo sería nadie, sería nada, Estaría muerto, pues mi cuerpo no podría tomar conciencia de su entorno . . . porque mi entorno, Lucy, eres tú. – Ella me miró profundamente. Una pequeña sonrisa se había dibujado entre sus labios. Tomó mi mano y confesó: – Te amo.

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