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Capítulo 02. Alfa – Omega. El principio del fin.

Septiembre 30th, 2012 Leave a comment Go to comments

Dos años, seis meses atrás.

Un mensaje de correo electrónico había sido distribuido a todo el staff del Cubo. El mensaje decía:

A todo el personal de la División de Investigación y Desarrollo – Software.

Se les convoca a una reunión a celebrarse el próximo Lunes a las 10:00 AM en la sala azul. TEMA: Combate a la piratería. Sus propuestas serán bienvenidas.

Atte.

Dirección de la División de Investigación y Desarrollo – Software”.

-    ¿Leíste ya este memo, Sergio? – Pregunté a mi compañero, quien se encontraba absorto en su trabajo. – ¿A cuál memo te refieres? – Contestó él sin mucho afán. – Al memo en el que nos piden asistir a la reunión sobre piratería. – Respondí. – ¡Piratería! ¡Piratería! – Refunfuñó él para sus adentros. – Debe ser un problema muy grave. – Sugirió finalmente. – Supongo que si. – Dije. – Las ventas nacionales han estado cayendo en picada. Parece ser que nos va mejor en los mercados extranjeros. – Afirmé.

Eso era particularmente cierto. A pesar de los infantiles intentos de las autoridades por frenar la piratería, esta no solo no era erradicada, sino que las incidencias eran cada vez más frecuentes y el mercado negro parecía ser un mercado floreciente, prometedor e imparable.

Los noticiarios en la televisión –con mucha frecuencia-, hacían alusión a operativos realizados por las autoridades en los que –con todo lujo de violencia-, arrasaban con cuanto puesto callejero se encontraban.

Era usual que –de repente-, seleccionaran un tianguis cualquiera y llegara la policía a atacar a los comerciantes para incautarles de la mercancía. Entonces, los comerciantes se “defendían” atacando a la policía y acusándolos de represión.

Más que por afán de proteger a los fabricantes, este teatro se hacia -la mayoría de las veces-, con fines políticos. Era común que el candidato a determinado puesto en el medio político, acusara a su contrincante de algún manejo inadecuado y, para sustentar su tesis, motivaba un movimiento de las fuerzas policiales como el descrito. Naturalmente, al estar estos tianguis bajo el control de líderes de comerciantes, éstos aprovechaban la oportunidad para poner en evidencia los abusos de autoridad cometidos en su contra, todo lo anterior como una campaña de desprestigio político entre candidatos. Mas aún, los contendientes a posiciones de liderazgo político –en muchas oportunidades-, promovían acuerdos con tales líderes de comerciantes y de muchos otros sectores con el fin de obtener el apoyo “incondicional” a su causa.

Es evidente que este juego tenía una única finalidad: hacer un llamado a la conciencia popular para conseguir su aprobación hacia alguno de los contendientes en demérito del otro. Era ridícula la manera en que las autoridades pretendían convencer a la opinión pública de que ‘algo’ estaban haciendo. Era por demás evidente que las mismas autoridades estaban en contubernio con los infractores.

Pero el problema no se limitaba exclusivamente a las autoridades. La cultura en general era una cultura de impunidad, una cultura de mediocridad. Por triste que parezca, esa era nuestra realidad. Tras décadas de paternalismo, nos habíamos formado en una cultura de dependencia, impulsada por políticas y políticos populistas que sometían al pueblo aprovechando su creciente ignorancia, envolviéndolo en su demagogia, comprando el favor de su preferencia diciéndoles justamente lo que deseaban escuchar y tomando absoluta ventaja de la pereza intelectual de los individuos quienes, más entretenidos con los deportes o las telenovelas, dejaban de prestar atención al principio fundamental del análisis y escrutinio de la oferta política.

Nos encontrábamos sometidos por políticos que glorificaban el poder y que lo justificaban a través de la divinización de éste como medio. Para nadie es un secreto que los grandes imperios utilizaron -en algún momento de su historia-, el sometimiento basado en la fe cuando la fuerza falló.  El líder demagógico y populista se había convertido en dios, el estado laico en religión y nosotros, el pueblo, habíamos aprendido a rendirle culto a cambio de beneficios. Un perfecto círculo vicioso.

Estos mismos líderes justificaban sus decisiones afirmando que habían sido tomadas por y para el pueblo. Alegaban que revertir los devastadores efectos de sus errores y, más que nada, de las medidas que habían adoptado bajo la mortecina luz de sus tenebrosos intereses, era antipatriótico y aquél que se atrevía a cuestionarlos era automáticamente descalificado como iconoclasta e incluido dentro del selecto grupo herético que blasfemaba en contra del sistema.

Este paternalismo populista había originado en el pueblo una actitud de ‘sumisión comprada’; es decir, el pueblo había terminado aprendiendo que la manipulación y el engaño, eran la única forma permisible de satisfacer sus necesidades y deseos. El gobierno, por otra parte, jugaba con los intereses del pueblo, sumiéndolo en una economía inflada, acabando con el poder adquisitivo del dinero.

El desempeño de la actual administración podía calificarse de bueno; se habían producido suficientes esfuerzos que bien valía la pena considerar pero, dada la naciente competencia entre los diversos frentes, la mayoría de ellos encontraban un silo repleto de obstáculos.

El problema no era la ausencia de propuestas; éstas existían. Pero los diversos frentes estaban más interesados en asegurarse posiciones privilegiadas y tergiversaban lo que hubiera resultado en gran beneficio para la nación, disfrazándolo de medidas sórdidas y truculentas. No faltaba el defensor de los pobres que era capaz de satanizar una propuesta que, aunque a todas luces impopular para el ciudadano común, más interesado en la oferta televisiva, podía muy bien traer estabilidad económica al país tras un largo proceso de maduración.

Analizando más detenidamente la línea de acción de la actual administración, había algunas cosas en particular que parecían no cuadrar. Dadas las circunstancias de globalización en las que se encuentra sumergido el mundo de nuestros días, parecía muy natural que las propuestas de la actual administración se apoyaran, principalmente, en la inversión extranjera, pero Lucas pensaba que era mejor impulsar el desarrollo de la industria nacional pues, de otra forma, jamás podría romperse la relación de dependencia prevaleciente con la primera potencia mundial.

Esto, no obstante, estaba condicionado a un parámetro muy importante: la liquidez. Efectivamente, este representaba un obstáculo muy importante para la implantación de políticas nacionalistas que buscaran el fortalecimiento de la economía a través de la inversión interna y es que, gracias a décadas en las que se privilegiaba el sostenimiento del poder, más que los más intrínsecos intereses de la nación, parecía ser que la moneda que se distribuía en cualquier juego de turista internacional tenía un valor efectivo mucho más elevado que el de nuestra propia moneda.

A eso se reducía el problema de la piratería. El mundo globalizado de nuestros días exige a las personas una preparación que requiere el acceso a tecnología especializada de avanzada, pero el costo de tal tecnología muchas veces es inalcanzable. Cuando dicha tecnología se distribuye como un bien tangible, es un poco más difícil reproducirla ilícitamente pero, si el producto de dicha tecnología cae en el rango de lo abstracto, de lo conceptual, como lo es el software y las producciones fílmicas y musicales que, por su naturaleza inherente, son fáciles de reproducir, la piratería surge como una alternativa que es factible debido a que es más económica que el original.

Es obvio que la gente, que ve mermado su poder adquisitivo gracias a modelos económicos neoliberales, imperialistas, recurra a la piratería como medio para obtener satisfactores a los que, de otra manera, jamás tendría acceso. Tal tipo de modelos económicos era también la causa de un sinfín de desigualdades y abusos sociales y es que, dichos mecanismos habían sido diseñados para soportar el discurso, no la forma, de la propuesta política ofrecida. La solución, si es que la había, tendría que ser una solución radical, que comenzara desde la base fundamental del problema, y no oculta tras el disfraz de alternativas milagrosas y mesiánicas.

De ahí que Lucas fuera un defensor acérrimo de ideas nacionalistas que impulsaran el desarrollo económico comenzando en casa, fortaleciendo la industria nacional y estimulándola para hacerla resurgir. Lucas pensaba en una economía basada en el consumo, que requiere que la gente gane bien, que tenga acceso a educación de calidad y, sobre todo, que motive el desarrollo de ciencia y tecnología nacionales como motor impulsor del desarrollo económico. Lucas tenía fija la mirada en reformas que llegasen a la raíz del problema, atacándola desde el punto exacto donde surgen las desigualdades; en este caso concreto, Lucas creía que la raíz del problema era la falta de legislación adecuada que protegiese la propiedad intelectual y la inexistencia de los mecanismos apropiados para hacer valer dicha legislación. Pero también sabía que apelar a ello era fútil, dada la cruenta lucha por la hegemonía del partido y del individuo, en detrimento de los intereses nacionales. Por ello, sabía que tendría que formular una propuesta radical, que permitiera combatir el problema acatando las actuales reglas del juego.

El problema era serio. ¡Muy grave! Cualquier propuesta que se hiciera para combatir la piratería, tendría que considerar las circunstancias actuales. Lucas lo sabía y así lo expresó.

-    ¿Sabes Sergio? Creo que esta vez no bastará con crear algoritmos de cifrado más sofisticados. – Sugerí. Sergio me miró extrañado y preguntó: – ¿Qué quieres decir? – Yo me percaté de que me lanzaba una mirada dubitativa y suspiré profundamente, a la vez que respondía: – No lo sé aún mi buen Sergio, no lo sé aún. – Luego, me levanté y tomé mi chaqueta del perchero. – Creo que consultaré a Morfeo esta noche y lo digeriré durante el fin de semana. – Confesé. – ¡Conozco esa mirada! No sé que estás tramando Lucas, pero algo me dice que esta va a ser otra de las tuyas. – Comentó mientras me dirigía una perspicaz mirada de complicidad.

* * *

Bajé al estacionamiento y me dirigí a mi auto. Tenía que llamar a Lucy, pero no quise hacerlo desde mi cubículo. Odiaba mezclar los asuntos personales con los negocios. Lucy había sido mi novia desde hacía un par de años. La conocí en una conferencia que dimos a un corporativo para promover nuestros productos. Era una chica de origen asiático cuyos rasgos orientales le daban un toque de misticismo, aunque ella no era particularmente bonita. Había un acuerdo tácito entre ambos. Cada uno tenía su carrera y ésta era importante para ambos. Los dos sabíamos que vivir juntos sólo aceleraría el desencanto y, en honor a la verdad, ninguno de los dos se sentía lo suficientemente seguro de querer asumir compromisos más allá de respetar la fidelidad en nuestra relación. Se suponía que nos encontraríamos el fin de semana en mi casa, pero la reciente solicitud de la dirección me pondría a realizar una cruzada de investigación exhaustiva para poder preparar una propuesta. Tenía la intención de sugerirle que, en vez de pasar el fin de semana juntos, fuéramos sólo a cenar y divertirnos el Sábado por la noche. En realidad, no creía que tal sugerencia resultara un serio inconveniente para ella.

Abrí la puerta del auto y subí. Tome el celular y marqué su número. Se escuchó la señal de marcado y espere pacientemente en la línea mientras ella contestaba. Finalmente lo hizo. – Hola, habla Lucy Cheng, buenas tardes. – Contestó. – Hola chiquita hermosa, soy yo. – Respondí. – ¿Quién es usted y por qué me habla con tanta familiaridad? – Bromeó. – Sólo soy alguien que piensa mucho en usted, chinita preciosa. – Respondí. – Cielo, me temo que tendré que cancelar. Surgió algo. Trabajo. Tú sabes. Tendré que concentrarme. – Complementé. – ¡Uf! – Suspiró. – ¡Grandioso! La verdad es que no tenía muchas ganas de ir. – Me dijo con una franqueza apabullante. Enseguida rió. Comprendí que bromeaba; es decir, conociéndola como la conocía, sabía que algo había de eso. Nuestras vidas estaban consagradas al desarrollo de nuestros proyectos individuales y no era poco frecuente que llegásemos al fin de semana exhaustos y con deseos impostergables de exclusión, de aislamiento. Sin embargo, sabía que ella secretamente habría preferido pasar el fin de semana conmigo.

Hacía tiempo que nuestros encuentros se limitaban a salidas ocasionales, por el simple hecho de estar juntos y disfrutar mutuamente de nuestra compañía.  A veces, si el tiempo lo permitía, pasábamos la noche juntos, pero eso ocurría muy pocas veces. Ella era muy independiente y autónoma. Daba a cada situación la ponderación adecuada. Eso me fascinaba de ella. Pero a pesar de sus esfuerzos por no delatarse a sí misma, yo sabía que me amaba. ¡A su manera, claro! pero de forma contundente, incontrolable e incuestionable. Era perfectamente correspondida.

-    ¡Vaya! Yo preocupado porque la cancelación resultara problemática para ti y tú tan tranquilamente me dices que no tienes ganas de verme. ¡Increíble! – Bromeé. Ambos reímos. Luego continué. – Amor, te extraño, pero esto es importante. Te compensaré, lo prometo. – Prometí. – No lo tomes tan a pecho. – Respondió. – Entiendo lo que ocurre porque tú también has sufrido mis cancelaciones. – Añadió. – Te propongo algo. – Dije. – ¿Qué piensas de ir a cenar o a bailar mañana por la noche? – Pregunté. – ¡Bueno! ¡Tendré que conformarme! – Dijo, haciéndose la sufrida.

Lo demás fue la clásica conversación de una pareja. Permanecimos hablando un rato –¡Bastante largo! valga decir-, y luego arranque el auto y me fui a la casa. No era un problema sencillo, pero amaba los rompecabezas. Mi cerebro estaba saturado por el largo día de trabajo arduo, creando algoritmos. Difícilmente podría concentrarme en las propuestas que se nos habían pedido. Decidí -como en muchas otras ocasiones-, consultar a Morfeo.

A la mañana siguiente una idea comenzaba a gestarse en mi cabeza. Era una idea alocada, que implicaba un cambio de paradigmas, pero que podría resultar. Para producir tal cambio de paradigmas, tendría que tener bien clara la estrategia a seguir. Así que decidí consultar dos fuentes que tenía a la mano y que podrían ayudarme a madurar mis planes: ‘El príncipe’, de Nicolás Maquiavelo y ‘El arte de la guerra’, de Sun Tzu. Pero pronto se me hizo evidente que necesitaría consultar otras fuentes. Necesitaba mucha información, así que seleccione varios libros y pasé casi todo el día sumergido en la lectura y el estudio. También preparé una lista de temas que no había podido encontrar y decidí ocupar la mañana del Domingo en comprar algunos libros donde pudiera localizar la información que me hacía falta.

Por lo que respecta al Sábado, mi día terminó en una velada íntima con Lucy. Al otro día me levanté temprano y, de acuerdo a lo planeado, fui a buscar libros que me pudieran ayudar. Conseguí algunos y pude por fin terminar mi estudio. Para la noche del Domingo ya tenía estructurada una propuesta. ¡Estaba listo!

* * *

 Eran las 10:09 AM del Lunes. Aunque algunos ya nos encontrábamos en la sala azul esperando a que la reunión se iniciara, aún faltaban muchos por llegar. Yo siempre había odiado la impuntualidad. No concebía que en un ambiente de negocios –y, en general, en cualquier circunstancia-, las personas no tuvieran respeto por el tiempo de los demás. La excusa clásica era que había muchas otras cosas que hacer, como si con eso los impuntuales quisieran justificarse en nombre del trabajo, cuando en realidad hacían patente su desinterés por el trabajo, su falta de organización y –como consecuencia directa de ello-, su incompetencia, sin mencionar el desprecio por el tiempo de las demás personas.

Idelfonso fue uno de los últimos en entrar, disculpándose, como siempre lo hacía. Una vez que entró, el director de la DIDS (División de Investigación y Desarrollo – Software), Braulio Ordóñez, dio inicio a la reunión.

Braulio era un hombre entrado en los cincuentas, con el cabello parcialmente encanecido, sin vello facial; algo robusto y alto. Medía alrededor de un metro noventa. Sergio, mi compañero de cubículo también era relativamente alto -él media un metro ochenta y cinco–, y solía afirmar que todo aquel que mide cinco centímetros por debajo de tu propia altura es un chaparro así que -según creo-, desde mi perspectiva podía considerarlos a ellos altos.

El director de la DIDS, Braulio, era muy querido por mucha gente en la empresa. Yo le había dirigido la palabra únicamente para saludarlo o para despedirme, pero nunca habíamos tenido mayor trato. Sin embargo, pensaba de él como una persona muy agradable y –sobretodo-, muy tolerante.

-    Les he citado aquí este día – inició Braulio -, porque es imprescindible que afrontemos un problema muy serio que se nos ha presentado en el mercado nacional. Como ya deben suponer, me refiero a la piratería, que se está convirtiendo rápidamente en un problema incontrolable, por lo que es menester que encontremos soluciones ¡Ya! ¡De inmediato!. Quizás muchos de ustedes se pregunten: ¿Por qué se nos ha de involucrar a nosotros en algo que debe ser una decisión ejecutiva? Bien, la respuesta es que a Argus, la formamos todos. Argus no son las cabezas únicamente, sino todo el cuerpo y –considero-, si algo afecta a la cabeza, terminará afectando al cuerpo. – Muchos no pudieron controlar su impulso de aplaudir, incluyéndome. Braulio era un líder nato, sabía y gustaba de trabajar en equipo, delegaba, pero compartía, involucraba. Todos veíamos eso en él, todos teníamos de él la imagen de un líder incluyente y, de cierto modo, todos queríamos ser como él. – Bien, les escucho. – Concluyó dando lugar a que las propuestas y el debate iniciaran.

Varios de los presentes se inclinaron por mejorar los algoritmos de cifrado. Algunos propusieron novedosos algoritmos más sofisticados. Hubo quien propuso ofrecer descuentos atractivos en los precios de los productos que podrían ser recuperados a través del soporte e –incluso-, aquellos que estaban a favor de lanzar campañas de concientización para hacer comprender a la gente del daño que la piratería estaba ocasionando.

De pronto, Idelfonso pidió la palabra y habló, en su acostumbrado tono parsimonioso. – Braulio, déjame entender la situación. Sugieres que la piratería ha provocado pérdidas muy importantes en el mercado nacional, ¿cierto?- Dijo. – Así es. – Respondió Braulio. – Mi primera pregunta es, ¿Cómo se están comportando los mercados internacionales? – preguntó. Braulio pidió que se exhibiera la diapositiva donde se mostraba una gráfica de ventas y contestó: – Como se puede ver en esta gráfica, nuestras ventas han subido en los países desarrollados de América del Norte y Europa. Es interesante notar que Sudamérica empieza a presentar un patrón muy similar al de nuestro país, aunque relativamente más moderado, a excepción de Argentina, donde se ha hecho más crítico últimamente. – Explicó. – ¡Bueno! ¿Para qué complicarnos la existencia? – Continuó Idelfonso. – Olvidémonos del mercado nacional y concentrémonos en el mercado extranjero. ¡Nuestros productos arrojan mayores utilidades fuera del país! – Concluyó fríamente, como si se considerara digno del premio Nóbel. Pero la respuesta de Braulio fue casi inmediata. – Debo confesar, Idelfonso, que ya hemos considerado esta alternativa, pero presenta varios problemas; entre otros, Argus desaparecería del país a mediano plazo, salvo por algunas posiciones directivas que –a la larga-, terminarían migrando hacia nuevos horizontes, por un lado. Por otra parte, el enfoque a los mercados extranjeros incrementaría sustancialmente nuestros costos, tendríamos que abrir nuevas oficinas en el extranjero, contratar personal en las nuevas ubicaciones, otorgar salarios y beneficios acordes al costo del país donde reubiquemos . . ., no es tan simple. – Explicó. – Pero Braulio, hagamos un análisis comparativo de beneficio – costo. ¿Qué tan importantes son las pérdidas en el mercado local? ¿Qué tan importantes son la utilidades en el mercado extranjero? Pongámoslo en la balanza y decidamos. – Insistió Idelfonso.

-    Si me permiten, yo tengo una propuesta desde un enfoque diametralmente opuesto. – Interrumpí. Braulio e Idelfonso hablaron casi al unísono, el primero para pedirme que compartiera mi opinión y el segundo para pedirme que no interrumpiera su discurso. – Creo que esperaré un mejor momento. – Respondí por respeto a Idelfonso. – Gracias caballero. – Respondió éste, pero Braulio parecía querer salirse por la tangente a cualquier costo, así que me instó a continuar. – No, por favor, Lucas, dinos que propones. – Dijo. Animado por su apoyo, inicié mi exposición: – ¿No fue Nicolás Maquiavelo quien dijo “si no puedes vencerlos, úneteles”? – La carcajada no se hizo esperar y resonó fuertemente en todo el salón. Sergio no tardó en expresar lo primero que le acudió a la mente: – ¿Estas sugiriendo que nos convirtamos en piratas, Lucas? – Dijo. Idelfonso movía con desaprobación la cabeza, con los ojos cerrados y cubriéndose la frente, visiblemente molesto de que le interrumpieran por lo que parecía ser un chiste. Braulio, por otro lado, no atinaba a comprender del todo la razón de mi comentario, pero se mostraba a la expectativa, queriendo encontrar una explicación para mi intervención. – Por favor, Sergio, esta es una compañía seria. No creo que Lucas haya querido sugerir algo tan absurdo. – Dijo, instándome a que fuera más explicito. – Si y no. – Comencé. – La razón de mi comentario es que si queremos combatir la piratería, es tan simple como sacarlos del mercado. ¿Cómo? Haciendo que los piratas operen con pérdidas. – Dije, respondiendo a mi propia pregunta. Braulio luchaba visiblemente por entender mi punto. Idelfonso –por otra parte-, comenzaba a exasperarse. – No veo el sentido de este absurdo – comentó Idelfonso – Finiquitémoslo de una buena vez. – Remató. – Si me permiten un momento, por favor, les mostraré mi punto – insistí. – El problema aquí es que hemos enfocado estrechamente nuestro campo de visión. Nos estamos limitando a lo que la lógica nos indica y dejamos de ver lo obvio. Si queremos que los piratas operen con pérdidas, lo que tenemos que hacer es ofrecer nuestros productos gratis. – Continué. – ¡Vaya estupidez! – Interrumpió Idelfonso. – ¡No! ¡No! Dejemos que Lucas exponga su punto. Dinos Lucas, ¿cómo pretendes que nuestro negocio sobreviva si empezamos a regalar nuestro trabajo? – Preguntó Braulio con visible interés. – Publicidad. – Remarqué, trazando con mis dedos un rectángulo que encerraba imaginariamente a la palabra con que respondí tan escuetamente a la pregunta de Braulio. – Insertemos dentro de nuestro software publicidad. – Expliqué. – ¡Por dios! ¡Eso es lo más estúpido que he oído! – Declaró impaciente Idelfonso. – ¿Tú crees? – Le respondí en tono grave. Algo que parecía estar a la orden del día eran los insultos, las reprimendas a la capacidad intelectual de cada uno de quienes participábamos en la reunión, de unos a otros. Ese era el estándar en las reuniones de la DIDS. En realidad, nadie lo tomaba de manera personal. Piensa en ello. Junta a un grupo de personas cuyo trabajo es puramente intelectual y lo que obtienes es un semillero de individuos arrogantes atacándose unos a otros, tratando de aplastar el enorme ego del contrincante. – Vean, la lógica detrás de mi propuesta es la siguiente. – Continué – En términos macroeconómicos, actualmente las tasas de interés han bajado más que considerablemente. En teoría, esto debería motivar la inversión privada pero en la otra cara de la moneda tenemos un enorme gasto público y una muy escueta recaudación fiscal, lo cuál nos conduce por consecuencia a altas tasas impositivas, que obstaculizan la inversión privada. – Expliqué con tanta claridad como pude. – ¡Liquidez! – Dijo de pronto Braulio. – Creo que comienzo a entender tu punto. – Añadió. – Dices que, debido a un problema de liquidez, la piratería ha surgido como una alternativa muy viable para satisfacer las necesidades de consumo de la sociedad. – Dijo, iluminado. – Así es. La gente necesita nuestros productos, pero son demasiado costosos para que puedan adquirirlos. De ahí que tengamos ahora problemas con la piratería, así que la mejor manera de combatir la piratería consiste en regalar el software pero, para poder recuperar las utilidades que sostienen a este negocio, a cambio de este beneficio venderemos espacios publicitarios. Para comenzar, según creo, debemos ofrecer este servicio sólo a empresas que buscan sostener su presencia y debemos evitar a aquellas que necesitan posicionarse. – Expliqué. Braulio había seguido con notorio interés mi discurso y entonces agregó: – ¡Que belleza! Si entiendo bien, la razón por la que debemos ofrecer este servicio primero a aquellos que buscan mantener su presencia en el mercado es que ellos ya están posicionados, sólo necesitan que la gente los vea para que los recuerde y, como resultado del condicionamiento publicitario, las decisiones de compra del consumidor automáticamente les considerarán pero, por otra parte, al principio debemos excluir a quienes busquen posicionamiento simplemente porque para los primeros este servicio sería solamente una ampliación de los diferentes medios que utilizan para anunciarse, mientras que, para los últimos, nuestro servicio podría parecer poco atractivo ya que, como ocurre con toda innovación, podrían considerarlo más un experimento que como un medio completamente efectivo y comprobado. ¡Sería nuestra propia etapa de posicionamiento! – Dijo, complementando a la perfección mi aseveración. – ¡Captaste perfectamente el punto! – Indiqué. – Pero el asunto no termina ahí. – Añadí. – Construyamos una atalaya. – Sugerí. – Explícate. – Solicitó Braulio. – Es simple. – Comencé. – Naturalmente, solo regalaremos el software dentro del nicho del usuario doméstico. Pero en cuanto al mercado empresarial, nuestros productos seguirán teniendo un precio, junto con el soporte inherente. Incluso, podemos crear versiones ligeras que puedan ser distribuidas gratuitamente y versiones empresariales con costo. Pero veamos hacia el futuro. ¿Cuál podría ser la respuesta de nuestra competencia? Más aún, ¿cuál podría ser la respuesta de los piratas? La competencia naturalmente, nos va a imitar, mientras que los piratas inventarán nuevas formas de piratería. Por ello, tanto por la naturaleza misma del proyecto, como por seguridad para nosotros mismos, vigilemos la actividad de los usuarios y registremos cada ingreso de éstos a nuestro software. – Dije, concluyendo mi exposición. Ahora Braulio parecía preocupado por algo y así lo expresó: – Creo que podríamos tener algunos problemas de carácter legal con eso, ¿no crees? Estaríamos invadiendo la intimidad de las personas. – Indicó muy atinadamente. – No soy experto en la materia – aclaré –, pero creo que ese problema podría ser resuelto añadiendo una cláusula en el contrato de licencia de uso. Si el usuario acepta el término, no habría forma de reclamar. – Sugerí. – Habría que estudiar los detalles. Gracias Lucas, Muchas gracias tan excelsa aportación. – Agradeció Braulio. La reunión continuó ahora en torno a mi propuesta. Idelfonso no volvió a participar; al menos no voluntariamente.

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