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Capítulo 01. La cámara de los secretos.

Septiembre 30th, 2012 Leave a comment Go to comments

Las luces se apagaron repentinamente. Sólo el fulgor de la pantalla iluminaba el cuarto; pero la carga de la fuente ininterrumpible de energía no duraría para siempre. Además, a lo lejos, el estridente ulular de la alarma rompía despiadadamente el silencio. ¡No tenía mucho tiempo!

Había irrumpido furtivamente en el edificio buscando una respuesta. Lo que buscaba estaba ahí, en la computadora. Pero para llegar a ello, primero tenía que burlar la seguridad del sistema. No tenía porqué ser difícil. Después de todo, yo había diseñado la mayor parte del sistema de seguridad. Pero las cosas habían cambiado. No tenía forma de saber cuánto. ¡Tenía que romper el código!

Una serie de caracteres de luminoso blanco se esparcían sobre el fondo oscuro de la pantalla. Códigos hexadecimales, caracteres ASCII, direcciones de memoria . . . debía ubicar el archivo que contenía las llaves de acceso, pero el sistema presentaba modificaciones radicales en la estructura de los datos contenidos en su memoria. Sólo disponía de unos pocos minutos. ¡Era imprescindible que encontrara la llave!

Abrí el archivo de programa y procedí a desensamblarlo. La operación se completó en unos pocos segundos. Ahora debía encontrar las instrucciones que me llevaría a lo que estaba buscando.

Tenía una ligera idea de cómo luciría el código ensamblado de la sección que buscaba, así que decidí hacer una búsqueda por las posibles instrucciones. Si funcionaba, tal vez, tendría mi respuesta antes de lo previsto. Sino . . ., ojalá no hubiera un “sino”.

Las instrucciones que buscaba aparecieron por fin en la pantalla. Ahora debía comprobar que esta rutina realmente realizara la tarea que esperaba encontrar. ¡Maldita sea! Solo una maldita rutina engaña-bobos. El tiempo transcurría. No había segundo que perder. Inicié una nueva búsqueda a partir del punto anterior. Pronto encontré otro juego de instrucciones. ¡No! Tampoco era lo que buscaba. – ¡Vamos! ¡Vamos! – me urgí a mí mismo. – Este maldito código tiene que estar por aquí. ¡Idelfonso no es tan listo! – pensé, subestimando  a mi antiguo compañero.

El tiempo seguía su curso y era cuestión de minutos -tal vez de segundos-, para que los guardias llegaran al cubículo en el que me encontraba. – ¡Piensa como Idelfonso! – me apremié – ¿Qué harías si fueras Idelfonso?

Idelfonso había sido mi jefe hasta hacía tan solo un par de semanas. No era muy brillante, se limitaba a hacer justo lo que le pedían y rara vez mostraba signos de pensamiento independiente. Solía ser muy cauteloso y recalentaba las ideas que se le proponían a consideración por varios días; a veces tantos, que era necesario recordarle que uno esperaba una respuesta. Era muy celoso de su puesto. Había estado trabajando ahí por más de quince años y casi no había obtenido promociones importantes. Dos o tres, según podía yo recordar. “Había conseguido esa jefatura, sólo porque yo no quise pelearla” solía pensar con soberbia.

La realidad -justo sea decir-, era que él -con todas sus limitaciones-, había realizado un trabajo aceptable como administrador. No obstante, siempre se encontraba a la defensiva y su mayor preocupación parecía ser que llegara alguien que pudiera arrebatarle una tan esperada posición de liderazgo que parecía no llegar.

Su obstinación llegaba al punto en que ponía obstáculos a todo aquel que pudiera representar un peligro inminente para la consecución de su objetivo; yo había representado a tal Némesis y –finalmente-, él consiguió hacerme a un lado.

Todo habría resultado de acuerdo al plan si no hubiera sido por la casualidad, que era precisamente lo que me había traído aquí.

Gran parte de su resentimiento se debía a mi habilidad para visualizar el panorama completo, cuando él parecía preocupado solo por el problema que se le pedía resolver. Por otra parte –creo-, el éxito que había conseguido en los proyectos que había tenido a cargo antes de mi destitución se debía a que procuraba siempre estar preparado, mientras él solía aparecer siempre improvisado, dubitativo, indeciso.

Creo que debí infundir en él un temor tal, que era frecuente que “tomara prestada” la autoría de mis ideas e, incluso, llego a pedirme un día que tratara de trabajar en equipo, que compartiera mis ideas para beneficio común. Tal vez fui algo así como una mosca en el calzón para él.

Quizás, tenía a mi favor que él era muy predecible. Si quería romper el código, necesitaba ponerme en su canal y seguir su flujo de razonamiento. Yo sabía que él me guardaba un temor inconmensurable y conocía la razón de su miedo. Sabía que él intentaría cambiar las cosas de tal modo que el código del sistema de seguridad que yo había desarrollado no me resultara familiar y -si lo conocía tanto como esperaba-, estaba seguro que cualquier cambio que se presentara en el sistema no habría sido introducido directamente por él; simplemente, no tenía la capacidad. Sin embargo, quienquiera que hubiera sido el que realizara las modificaciones en el código y la estructura de los datos, tendrían que existir indicios de la tímida participación de Idelfonso de cualquier forma.

Un segmento de código apareció en la pantalla. Había una referencia a una dirección de memoria. La seguí. Pronto la pantalla se volvió a llenar de caracteres codificados en hexadecimal y ASCII y un patrón comenzó a aparecer. El formato parecía Unicode. Indiscutiblemente se trataba de un patrón uniformemente distribuido. Algo tenía que significar.

-    ¡Alto ahí! – grito un guardia de aspecto fiero, quién acababa de cruzar el umbral. Otros guardias cubrían el exterior. Ninguno portaba armas de fuego ni punzo cortantes. En vez de ello, trataban de someterme amenazándome con unas porras enormes que podrían destrozarme el cráneo de un solo golpe.

-    ¡Deje el teclado y apártese de la computadora! – gruño de nuevo el mismo guardia. Luego, tomó su radio y se comunicó con la central. – Central de vigilancia, adelante; central de vigilancia, adelante. – un leve zumbido siguió a la vehemente solicitud del guardia. Unos cuantos segundos después, una voz respondía al llamado. – Aquí central de vigilancia, reporte status, cambio -, dijo la voz. –Tenemos al intruso, repito, tenemos al intruso – confirmó el guardia. -¡Perfecto! Sométanlo y trasládenlo a la central. La policía viene en camino. – Ordenó finalmente la voz de la central de vigilancia.

Estaba perdido. Ahora si que necesitaba un milagro. Aunque tenía un pequeño indicio, de poco me serviría en la cárcel. Necesitaba urgentemente un milagro, . . . una pequeña posibilidad.

* * *

Las luces en el tablero comenzaron a destellar. Jorge, uno de los guardias de turno encargados del sistema de circuito cerrado y de alarmas se percató del incidente. – Parece que tenemos un visitante. – Dijo a Luis, uno de sus compañeros. – Mejor asegúrate, este maldito sistema ha estado fallando mucho últimamente. – Solicitó Luis. Pero no había duda. Una de las cámaras había captado una silueta que desapareció repentinamente. Jorge y Luis pudieron presenciar la fugaz aparición. – Jefe, tenemos un intruso en el octavo piso. – Informó Luis.

Un hombre maduro, de mediana estatura, complexión gruesa y cabello cano se volvió hacia ellos. – ¿Ya verificaste que no se tratara de una falsa alarma, Luis? – Dijo. – Así es jefe. Jorge y yo alcanzamos a ver una silueta en esta pantalla. La silueta desapareció casi de inmediato, pero quedo registrada en el sistema; hay alguien en el octavo. – Contestó Luis.

-    ¡Demonios! ¡Pensé que me retiraría invicto! – Comentó casi para sí mismo el jefe. – Bien, desplacen hombres al piso en cuestión y verifiquen que la policía ha recibido la alarma también. – Ordenó el jefe.

En los siguientes instantes Jorge y Luis se encargaron -cada uno por separado-, de desplazar un grupo de hombres al piso invadido y de confirmar a la policía que la activación había sido correcta. Una alarma sonora fue activada mientras un comando se dirigía al octavo piso. Quizás la operación completa solo tomaría unos minutos. Por seguridad, se cortó el suministro de energía al octavo piso y se desactivaron tres de los cuatro ascensores que accedían al piso. El cuarto ascensor permaneció funcionando porque era el que el comando usaría para llegar al octavo piso.

La idea de cortar el suministro de energía era la de bloquear los mecanismos de acceso al cuarto. Todos los cubículos se encontraban encerrados en el piso dentro de una caja de cristal. Esto, más que un lujo absurdo, se constituía en un complejo sistema de seguridad para impedir que se filtrase la información que se guardaba en el octavo piso.

El octavo piso se usaba como centro de cómputo. En él se encontraban todos los servidores y la supercomputadora. Todo este complicado sistema de computación tenía como propósito almacenar los proyectos próximos a ser liberados y algunos de los proyectos terminales que se encontraban en fase de pruebas. Se consideraba que la información y programas guardados en ellos tenían un valor millonario y, efectivamente, así era. La más alta tecnología en software era desarrollada allí, en el octavo piso, y los secretos que cambiarían el curso de la historia para los mercados financieros y la economía de las naciones, bien merecían un complejo e inexpugnable sistema de seguridad.

El propósito del Cubo, como se solía llamar a la caja de cristal en el argot de los semidioses –apelativo con que usualmente se hacía referencia a los ingenieros que trabajaban en los proyectos del piso ocho-, era el de filtrar las ondas electromagnéticas que pudieran escaparse hacia el exterior.  La idea básica tras el diseño del Cubo era que un posible intruso, desde el exterior del edificio, podría dirigir una antena receptora que, sintonizando la frecuencia correcta, podría captar estas señales y decodificarlas, para registrarlas en una computadora. Por ello, la función del Cubo consistía en obstaculizar la radiación electromagnética para impedir que se difundiese hacia el exterior.

Para ingresar al cubo, existían cuatro accesos apuntando hacia cada uno de los puntos cardinales. Estas puertas sólo se abrían con una tarjeta que contenía información digital cifrada, de manera que el portador de la tarjeta debía exhibirla frente a un dispositivo lector. La información de la tarjeta consistía únicamente de un código de identificación del portador.

Como es natural, esto sólo le decía al sistema “¡Hola! Soy fulano de tal”, pero el sistema necesitaba una confirmación posterior así que, una vez que se leía la información contenida en la tarjeta, era necesario que el portador colocará su dedo pulgar en otro dispositivo que leía su huella digital. Hecho esto, la persona que pretendía obtener el acceso debía exhibir su retina ante otro lector. Si el sistema lograba encontrar una concordancia entre estos tres parámetros, entonces se abría la puerta y el individuo conseguía entrar.

Sin embargo, si se cortaba el suministro de energía, ninguno de los sistemas de identificación del Cubo funcionaba, a menos que deliberadamente se activara uno solo de los ingresos, aquel que correspondía al ascensor activo, tan pronto como este se abriera -con el comando enviado a reducir al intruso-, en la caja del ascensor.

Este era un procedimiento de seguridad. Ante una situación de invasión, como definitivamente lo era ésta, la central de vigilancia formaba un comando compuesto por seis hombres y pedía al sistema que seleccionara un acceso al azar. Nadie podía saber cual iba a ser el acceso por el que iban a entrar los guardias hasta que el sistema lo determinara. Una vez determinado el acceso del comando al piso ocho, el sistema bloqueaba los demás ascensores y cortaba el suministro eléctrico.

Cuando el comando enviado arribaba al sitio invadido, al abrirse el ascensor, se activaba automáticamente el ingreso correspondiente al Cubo y el comando podía entrar. Una vez adentro, el líder del comando debía bloquear este acceso y la búsqueda comenzaba.

Una situación de invasión se detectaba gracias a un sistema de detección de movimiento. Adicionalmente, un sistema de circuito cerrado cubría el perímetro del Cubo. Quienquiera que ingresara en el área fuera del horario regular debía informar de su presencia a la central de vigilancia, para desactivar el área en que tal persona estaría.

Los guardias que integraban el comando llegaron por fin al octavo piso. Como lo prevenía el procedimiento, la puerta correspondiente al cuarto ascensor se abrió, los guardias entraron y de inmediato Octavio, el líder del grupo, bloqueó la única vía de escape.

Una frenética búsqueda por el intruso comenzó. Uno a uno, los cubículos fueron inspeccionados. De pronto, fui encontrado y sometido.

* * *

Fui escoltado por los guardias a la central de vigilancia. Creí reconocer a un par de ellos, pero a ellos poco les importó quién era yo. Iba esposado. Mi suerte había acabado antes de empezar.

La caja del ascensor se deslizó hacia el sótano del edificio, donde se encontraba ubicada la central de vigilancia. Unos minutos después, la puerta del ascensor se abría y yo era conducido a través de estrechos pasillos hasta ingresar a un cuarto que era donde se localizaba la central.

Entramos al cuarto y los guardias me acercaron una silla indicándome que me sentara. El jefe se aproximó y me lanzó una gélida mirada con un gesto de desaprobación claramente dibujado en su rostro. Permaneció así, mirándome, observándome detenidamente por largo rato. Finalmente, cuestionó: – ¿Por qué Lucas? ¿Por qué?

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